Tipología, construcción y producción serial en la modernidad argentina
Gardinetti, Marcelo
Arquitecto, Editor de Tecnne · La Plata, Argentina
Tecnne · Año 2026, n.º 66
Resumen
El artículo examina la obra de Antonio U. Vilar entre 1914 y 1945 como un proceso de formulación tipológica vinculado con la racionalización constructiva y productiva de la arquitectura moderna argentina. El análisis sostiene que el tipo opera como una estructura de decisiones capaz de transformar soluciones proyectuales en procedimientos repetibles, ajustables y transferibles entre obras. Desde su formación técnica y su tránsito hacia el racionalismo hasta la consolidación de soluciones constructivas en los edificios de renta, Vilar desarrolló un repertorio basado en la coordinación entre detalle, planta y ejecución. La integración de la carpintería al plano de fachada, la resolución técnica del vano y la adaptación de la planta al parcelario urbano permiten identificar una lógica de serialización que no equivale a industrialización integral. El artículo analiza también la relación entre estudio y empresa constructora, mostrando cómo la coordinación técnica y la persistencia del oficio definieron una racionalización productiva propia.
Palabras clave: Antonio U. Vilar, tipología arquitectónica, racionalismo argentino, tectónica moderna, producción arquitectónica, arquitectura argentina, arquitectura La Plata.
Antonio U. Vilar y la racionalización de la arquitectura moderna
La consolidación del racionalismo en la Argentina no puede explicarse únicamente como la recepción de un repertorio formal procedente de Europa. Su incorporación efectiva dependió, en buena medida, de la capacidad de un grupo reducido de profesionales para transformar ese repertorio en sistemas constructivos y tipológicos aplicables a la vivienda, el edificio de renta y determinadas infraestructuras vinculadas al territorio. La obra de Antonio Ubaldo Vilar (La Plata, 1887 – Buenos Aires, 1966) constituye un caso particularmente consistente de esa transformación. La fecha de nacimiento requiere una precisión: tanto la monografía fundacional de Mabel Scarone (1970), elaborada con acceso directo al arquitecto y su familia, como el estudio de Adrián Gorelik (1996), uno de los análisis académicos más completos sobre su trayectoria, consignan 1887. Parte de la bibliografía de divulgación posterior y algunas fichas institucionales indican, en cambio, 1889, con fecha exacta del 16 de mayo. Este estudio adopta la datación de Scarone y Gorelik, atendiendo al carácter de sus fuentes.
Frente a una concepción de la arquitectura centrada en la invención singular, Vilar desarrolló un repertorio de soluciones tipológicas y constructivas susceptibles de repetición: la integración de la carpintería al plano de fachada, la adaptación de plantas estandarizadas al parcelario estrecho porteño y, posteriormente, la red de estaciones de servicio del Automóvil Club Argentino. Estos procedimientos favorecieron la difusión del lenguaje moderno mediante una continuidad productiva que contrasta con otros episodios contemporáneos, más vinculados a la excepcionalidad del edificio aislado (Scarone 1970; Liernur 2001; Casal 2021).
En este análisis, el término racionalismo se utiliza en un sentido restringido, de carácter constructivo y tipológico. Se diferencia así de otras acepciones habituales en la historiografía del período, donde puede designar una corriente estilística, una denominación general de la arquitectura moderna o un programa funcionalista de raíz europea. Aquí refiere a un modo de proyectar sustentado en la racionalización del proceso constructivo y en la reducción del repertorio formal a un conjunto acotado de soluciones susceptibles de repetición. Bajo esta definición, la producción de Vilar puede inscribirse dentro del racionalismo a partir de criterios concretos de organización tipológica, constructiva y formal.
Esta perspectiva tampoco requiere presentar a Vilar como una figura desplazada por la historiografía canónica del Movimiento Moderno. Su producción responde a una lógica distinta: quien trabaja mediante tipos y sistemas repetibles concentra su actividad en la construcción de soluciones transferibles, no en la excepcionalidad de una pieza aislada. El interés historiográfico de su obra reside precisamente en esa condición. La arquitectura moderna en la Argentina no puede reconstruirse únicamente a partir de los edificios de mayor carga expresiva o de los proyectos que concentraron la atención de la crítica contemporánea; también requiere examinar las condiciones técnicas, institucionales y productivas que permitieron incorporar ese lenguaje al tejido urbano. Vilar ofrece un punto de observación preciso para estudiar ese proceso. Su obra no resuelve el debate general sobre la condición periférica de la modernidad latinoamericana (Curtis 1996), pero permite identificar un fenómeno más específico: la constitución de mecanismos locales de racionalización tipológica y productiva capaces de articular referencias internacionales con condiciones concretas de construcción.
La formación de Vilar antecede a este proceso y tampoco se inicia en Buenos Aires. Graduado como ingeniero civil por la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires en 1914, comenzó ese mismo año su ejercicio profesional en la empresa de su padre, en La Plata, junto con su hermano, el arquitecto Carlos Vilar (Gorelik 1996). Entre 1918 y 1920 se desempeñó como jefe del Servicio de Obras y Construcciones de la Explotación Nacional de Petróleo en Comodoro Rivadavia, organismo sobre cuya estructura se constituiría en 1922 la Dirección General de Yacimientos Petrolíferos Fiscales. Esta experiencia estableció una temprana relación con la actividad productiva del Estado, vínculo que reaparecería dos décadas después en su trabajo para el Automóvil Club Argentino (Gorelik 1996).
Desde su graduación hasta el concurso del Banco Popular Argentino de 1926, Vilar desarrolló junto con Carlos una búsqueda orientada hacia la definición de un estilo español modernizado. La producción comprendió obras domésticas de pequeña escala en La Plata y, según otra línea de la bibliografía, una serie de viviendas de renta realizadas junto al ingeniero Juan Urrutia (Medina et al. 2025), además de la sede social de la Casa de España (Casal, Couturier y Quiroga 2015). Este período platense resulta relevante porque permite observar las condiciones desde las cuales se produjo su posterior transformación: antes de adoptar un vocabulario racionalista definido, Vilar había acumulado experiencia en la organización constructiva, en la resolución de programas diversos y en la relación entre arquitectura y producción. El tránsito hacia el racionalismo, examinado aquí a partir de 1926, se construyó sobre esa práctica previa.

Hacia 1930, Buenos Aires atravesaba una transición entre el agotamiento de los repertorios historicistas y académicos y la aparición, todavía fragmentaria, de un vocabulario moderno. El art nouveau tardío de Julián García Núñez había perdido centralidad frente a una vertiente geométrica vinculada al art déco, cuyo exponente más citado, Alejandro Virasoro, alcanzó en La Equitativa del Plata (1929) una síntesis de ornamentación estilizada que conservaba, sin embargo, la lógica compositiva del edificio-monumento (Liernur 2001). La crítica más incisiva procedió de otro ámbito. Desde las páginas de la revista Martín Fierro, Alberto Prebisch cuestionó la persistencia de un academicismo desvinculado de las condiciones funcionales y reclamó una arquitectura ajustada a las posibilidades técnicas y económicas de la construcción contemporánea, en lugar de subordinada a repertorios heredados (Liernur 2001).
La visita de Le Corbusier a Buenos Aires en 1929, organizada por la Sociedad de Amigos del Arte, introdujo un catalizador intelectual de particular relevancia. Las conferencias dictadas durante aquella estadía, reunidas posteriormente en Précisions sur un état présent de l’architecture et de l’urbanisme (Le Corbusier 1930), tuvieron una amplia repercusión en el debate arquitectónico, aunque su incidencia directa sobre la producción sistemática de edificios fue más limitada. Durante la visita, Le Corbusier conoció y valoró el edificio de renta que Vilar había construido en 1929 en Ugarteche 3370, cuyo último piso ocupaba como vivienda. Desde allí, en lo que describió como un «pequeño rascacielos», observó el barrio de Palermo y el río oculto detrás de la estructura urbana, experiencia que contribuiría a la formulación de su propuesta para Buenos Aires, la cité des affaires (Gorelik 1996).
Vilar se convirtió además en uno de los principales interlocutores de Le Corbusier durante aquella estadía. Ambos discutieron las ideas del plan urbano y elaboraron una campaña destinada a persuadir a la opinión pública y a los sectores económicos de su viabilidad. Después de la partida del arquitecto franco-suizo, Vilar continuó las negociaciones, que finalmente no prosperaron. Su posición profesional, sin embargo, siguió una dirección diferente. En lugar de concentrar su intervención en el manifiesto o en la polémica pública, Vilar sustentó la incorporación de la arquitectura moderna en la continuidad de la obra construida y en la consolidación de una práctica profesional capaz de producir soluciones verificables y repetibles (Gorelik 1996). Esta diferencia resulta significativa para comprender su desarrollo posterior: Vilar construyó su aproximación a la arquitectura moderna mediante la acumulación y sistematización de procedimientos constructivos, tipológicos y profesionales, y no a partir de una doctrina previamente definida.
La distancia entre el discurso programático del martinfierrismo y su materialización arquitectónica fue ocupada, en parte, por profesionales cuya formación técnica adquiría un peso decisivo. Vilar representa con claridad ese perfil. Su aproximación al racionalismo no surgió de una adhesión inicial a un manifiesto estético, sino de una transformación progresiva de los procedimientos que había empleado durante sus primeros años, todavía vinculados al eclecticismo académico y al neocolonial.

El proyecto para el Banco Popular Argentino (1926), realizado junto con Carlos Vilar, registra un momento intermedio de este proceso. La composición conserva referencias historicistas, asociadas al «Renacimiento español modernizado» que reivindica la memoria descriptiva publicada en la Revista de Arquitectura (1931), pero introduce simultáneamente una mayor depuración volumétrica y una reducción de la ornamentación aplicada en el cuerpo central (Revista de Arquitectura 1931; Scarone 1970; Feal 2006). La transformación todavía no implica una ruptura completa con los repertorios anteriores, pero modifica progresivamente la relación entre volumen, superficie y ornamento.
El cambio adquiere una definición más precisa en el Hindú Club (1931). Según documenta Mabel Scarone en su estudio monográfico publicado en la colección «Precursores de la Arquitectura Moderna en la Argentina» del Instituto de Arte Americano, esta obra constituye el momento en que Vilar adopta explícitamente el vocabulario racionalista y establece una continuidad sostenida con él en su producción posterior (Scarone 1970). A partir de entonces, la racionalización deja de operar como una depuración parcial de repertorios anteriores y pasa a organizar de manera más sistemática las decisiones formales, tipológicas y constructivas de su arquitectura.

El tipo como estructura operativa del proyecto
El problema central de esta lectura no consiste en determinar qué formas repitió Vilar, sino en comprender qué estructura conceptual permitió esa repetición sin convertirla en reiteración mecánica. La planta de sus edificios de renta, la resolución del vano en las fachadas y la disposición del acceso en las estaciones de servicio no reproducen un modelo invariable. Cada uno desarrolla variaciones controladas sobre un conjunto acotado de decisiones, ajustadas de manera continua a las condiciones del sitio y a las particularidades del programa.
Esta operación permite distinguir el tipo del modelo. Mientras el modelo proporciona un objeto susceptible de copia, el tipo define una estructura formal común a partir de la cual pueden producirse soluciones diferentes frente a un mismo problema. La distinción pertenece a una tradición disciplinar que se extiende desde Quatremère de Quincy hasta Moneo (1978), e incorpora tanto la reivindicación de Colquhoun (1967) del pensamiento tipológico frente al racionalismo técnico del siglo XX como la interpretación de Vidler (1978), quien identificó una modalidad específica de relación entre arquitectura y tipo vinculada a la producción industrial. La obra de Vilar se aproxima principalmente a esta última condición: el tipo surge asociado a una lógica de producción seriada y resulta compatible con su formación de ingeniero y con su relación operativa con la industria de la construcción. Su interés por la repetición tipológica se diferencia así de las elaboraciones de la teoría de posguerra centradas en la forma urbana y en la autonomía disciplinar del tipo.

Esta lógica adquiere particular claridad en la red de estaciones de servicio proyectada para el Automóvil Club Argentino. Un estudio reciente distingue allí dos niveles de tipificación: un tipo funcional, determinado por la organización interna del programa, y un tipo estructura-lenguaje, relacionado con la escala y con las condiciones específicas de cada emplazamiento (Medina et al. 2025). La distinción permite explicar cómo un conjunto relativamente estable de principios pudo generar, durante aproximadamente una década, una producción arquitectónica extensa sin reducir la diversidad de los emplazamientos a una solución uniforme. La repetición opera, en este sentido, como un mecanismo de ajuste y no como una reproducción literal.
Esta condición diferencia a Vilar de otros protagonistas del racionalismo porteño de la misma década. La diferencia se manifiesta en la organización del proyecto antes que en la apariencia estilística. Arquitectos como León Dourge y el estudio Sánchez, Lagos y de la Torre desarrollaron, durante esos años, soluciones esquineras de mayor intensidad compositiva en Palermo Chico y en el entorno de la avenida Libertador. Sus edificios incorporaron volúmenes dinámicos y bandas horizontales próximas a ciertas formulaciones de la arquitectura holandesa, particularmente a la obra de J. J. P. Oud (Liernur 2001).
En esas arquitecturas, la unidad del proyecto reside principalmente en la composición volumétrica y en la configuración de la fachada. Cada esquina constituye un episodio formal específico, cuya organización responde a las condiciones particulares del solar y alcanza su sentido en la singularidad del edificio construido. En Vilar, en cambio, la unidad del proyecto se desplaza hacia componentes susceptibles de repetición: la célula habitacional, la planta, el vano y la resolución técnica del cerramiento. Estos elementos adquieren relevancia no tanto por su autonomía compositiva como por su capacidad para mantener determinadas relaciones dimensionales, constructivas y funcionales al trasladarse entre emplazamientos diferentes.
La diferencia entre ambas modalidades no es, por tanto, una cuestión de intensidad estilística. Se refiere a la escala en la que se organiza el proyecto. En un caso, la obra encuentra su unidad en el edificio particular y en la composición que lo distingue; en el otro, cada edificio constituye una realización específica de un sistema tipológico más amplio. La arquitectura de Vilar adquiere así una condición seriada sin depender de la uniformidad formal: el tipo establece las relaciones que permanecen, mientras las condiciones de cada programa y emplazamiento determinan las variaciones.

Tectónica, detalle y sistema constructivo
Uno de los aspectos que la historiografía argentina ha destacado con mayor insistencia en relación con la arquitectura moderna de Buenos Aires es la calidad de su ejecución material, aparentemente contradictoria con la posición periférica de la economía nacional respecto de los centros productores del Movimiento Moderno. Esta condición requiere considerar la presencia, en el mercado local, de empresas constructoras de origen alemán, capaces de incorporar una precisión en el cálculo estructural y en el detalle constructivo poco habitual en la práctica vernácula (Liernur 2001; Ballent y Liernur 2014). La modernización arquitectónica porteña dependió, en este sentido, de un entramado productivo que vinculó proyectistas, empresas constructoras, proveedores y procedimientos técnicos disponibles en el mercado local.
La recuperación de la tectónica propuesta por Kenneth Frampton permite precisar la dimensión arquitectónica de este fenómeno. Entendida como una categoría crítica relacionada con el arte de la junta y de la articulación material, la tectónica desplaza la atención desde la estructura considerada de manera aislada hacia las condiciones mediante las cuales los distintos materiales y sistemas constructivos adquieren forma visible (Frampton 1999). Esta perspectiva resulta particularmente pertinente para interpretar la obra de Vilar. La reducción ornamental de sus fachadas no elimina la dimensión expresiva, sino que la concentra en la resolución del encuentro entre materiales, en el plano de la carpintería y en la textura de las superficies estucadas. La apariencia de la fachada deriva así de decisiones constructivas concretas.
Esta condición permite diferenciar su arquitectura de una interpretación estrictamente visual del racionalismo, próxima a la formulación del Estilo Internacional de Henry-Russell Hitchcock y Philip Johnson, en la que el volumen liso, la regularidad y la ausencia de ornamentación aplicada adquieren un valor fundamentalmente perceptivo (Hitchcock y Johnson 1995). En Vilar, la economía formal está vinculada a exigencias de construcción, mantenimiento y envejecimiento. La superficie depurada no constituye un efecto compositivo autónomo, sino el resultado visible de un sistema material sometido a criterios de racionalización.
La solución de ventana que Vilar sistematizó en sus edificios de renta concentra esta relación entre forma y construcción. El dispositivo integra el cajón de persiana al vano como una unidad técnica, mientras la carpintería metálica se dispone a ras del revoque y se identifica cromáticamente con el paño de muro, suprimiendo los resaltes que en la fachada académica correspondían a molduras y balcones (Scarone 1970). Su función requiere una precisión adicional: no resuelve la estructura portante del edificio, que continúa organizada mediante muros y entrepisos convencionales, sino la relación integral entre cerramiento, carpintería y plano de fachada, incluida la estanqueidad del conjunto.
La importancia del dispositivo reside en la convergencia de varias operaciones. La carpintería se incorpora al plano del muro; la persiana embutida proporciona protección solar; la eliminación de relieves reduce superficies susceptibles de acumular suciedad y facilita el mantenimiento; la repetición del vano establece un módulo para la composición serial de la fachada; y la estandarización de sus componentes permite reducir operaciones artesanales y favorecer su fabricación y montaje mediante procedimientos repetibles. Estas funciones no operan de manera independiente. Su articulación convierte el vano en una unidad técnica susceptible de incorporarse al tipo arquitectónico y trasladarse entre diferentes edificios sin perder precisión. Lo que aparece como una decisión formal de pequeña escala adquiere, por tanto, una incidencia directa sobre la organización general de la obra.
La capacidad técnica de las empresas constructoras alemanas radicadas en el país contribuyó a hacer posible esta relación entre estandarización y calidad de ejecución. Estudios de reducida dotación de personal pudieron sostener un volumen considerable de producción sin abandonar la resolución precisa del detalle. Según Scarone, el estudio de Vilar funcionaba con un plantel mínimo de colaboradores, condición que vuelve especialmente significativa su capacidad para coordinar una producción arquitectónica extensa (Scarone 1970). La dimensión industrial del proceso dependía de su articulación con una red constructiva capaz de materializar componentes y procedimientos previamente racionalizados.
En este contexto también adquiere sentido la selección de materiales de acabado como el granito, el travertino y los metales cromados. Su empleo introduce una dimensión de permanencia que complementa la depuración formal de las fachadas. La superficie lisa y desprovista de ornamentación aplicada exige materiales capaces de conservar sus propiedades frente al uso y al envejecimiento; de otro modo, la reducción del repertorio formal podría traducirse en una pérdida de calidad perceptiva y constructiva (Frampton 1999). La materialidad de Vilar responde así a una doble exigencia: reducir las operaciones formales y, simultáneamente, asegurar la durabilidad de aquello que permanece visible. La austeridad compositiva se sostiene mediante una elaboración precisa de la superficie y de sus encuentros.

Producción arquitectónica y coordinación técnica
La relación entre el estudio de Vilar y las empresas constructoras que ejecutaban sus obras modifica la concepción del arquitecto como autor exclusivo de la documentación técnica. Según Scarone, una parte significativa de los planos de detalle constructivo era desarrollada por los técnicos de las firmas constructoras bajo la dirección del ingeniero, dentro de una división del trabajo que anticipa formas de coordinación técnica hoy habituales entre estudio y contratista (Scarone 1970). En este sistema, Vilar no racionalizó únicamente las soluciones arquitectónicas, sino también las condiciones de su producción material. La resolución integral del vano, la adaptación de la planta al parcelario porteño, la repetición de la célula habitacional, los sistemas desmontables ensayados en Comodoro Rivadavia y en la vivienda mínima, y la coordinación técnica con las empresas encargadas de las estaciones del Automóvil Club Argentino responden a una misma lógica: transformar decisiones de proyecto en procedimientos coordinados y transferibles entre obras.
Esta racionalización, sin embargo, no debe confundirse con una industrialización integral de la construcción. El estudio de Vilar continuó trabajando dentro de una cultura constructiva en la que la obra convencional y los oficios especializados conservaban un papel determinante. El estuquista, el carpintero metálico y otros trabajadores intervenían sobre soluciones que, aunque previamente tipificadas, debían ajustarse a las condiciones concretas de cada lote y de cada obra. La estandarización, por tanto, no eliminó el trabajo artesanal, sino que estableció un marco de mayor coordinación dentro del cual ese trabajo podía desarrollarse con criterios relativamente constantes. La particularidad del sistema reside en esa coexistencia: la racionalización tipológica y técnica se superpone a una estructura productiva que todavía depende de la ejecución in situ y de los saberes del oficio.

Esta distinción resulta necesaria porque la bibliografía del período utiliza en ocasiones como equivalentes conceptos que corresponden a niveles diferentes del proceso productivo. Vilar estandarizó y serializó determinados componentes y soluciones, entre ellos el dispositivo de ventana unificada, la planta adaptada a la parcela angosta y la célula habitacional. La prefabricación en sentido estricto, entendida como fabricación de componentes fuera del sitio de obra para su posterior montaje, aparece de manera puntual en las experiencias de Comodoro Rivadavia y en algunos prototipos de vivienda mínima. No constituye, por tanto, el principio general de su producción.
La trayectoria de Vilar puede caracterizarse con mayor precisión como un proceso de racionalización sin industrialización integral. Esta formulación permite reconocer la dimensión productiva de su arquitectura sin atribuirle una condición industrial que las técnicas y relaciones de trabajo de su época todavía no sustentaban. Su aporte reside en haber introducido criterios de repetición, coordinación y ajuste tipológico dentro de una estructura constructiva que mantenía una participación significativa del oficio y de la ejecución convencional. La tensión entre ambos sistemas no constituye una contradicción, sino una condición concreta de la modernización constructiva porteña.

Conclusión: el tipo como racionalización del proyecto
El análisis de la obra de Antonio U. Vilar permite precisar una modalidad particular de racionalización en la arquitectura moderna argentina. Su producción no se define únicamente por la incorporación de un repertorio formal asociado al racionalismo, sino por la transformación de determinadas decisiones proyectuales en procedimientos susceptibles de repetición, ajuste y transferencia. El tipo articula esta operación al vincular organización espacial, resolución constructiva y condiciones de ejecución dentro de un marco común.
La repetición adquiere así un carácter operativo. No parte de la reproducción literal de un modelo, sino de la estabilización de relaciones y componentes que pueden modificarse según el programa, el parcelario y las condiciones constructivas de cada obra. La continuidad no reside en una apariencia idéntica, sino en la permanencia de determinados criterios de organización.
Esta condición permite establecer una distinción precisa entre racionalización e industrialización. La producción de Vilar incorporó procedimientos de estandarización, serialización y coordinación técnica, pero mantuvo una dependencia significativa respecto de la construcción convencional, de la ejecución en obra y de los oficios especializados. La modernización del proceso no supuso su transformación integral. Se produjo mediante la incorporación de un orden tipológico y técnico dentro de una estructura productiva todavía vinculada a las condiciones particulares de cada obra.
Desde esta perspectiva, el tipo constituye una categoría central para interpretar su arquitectura. El edificio individual puede entenderse como una realización específica de relaciones previamente estabilizadas, en lugar de constituir la única unidad significativa del proyecto. Esta condición permite explicar cómo Vilar sostuvo una producción extensa y relativamente coherente sin recurrir a la uniformidad formal.
Su aporte a la modernidad arquitectónica argentina reside, en consecuencia, en la articulación entre tipo, precisión constructiva y variación controlada. La arquitectura se organiza como un sistema capaz de repetirse sin depender de la copia y de adaptarse sin perder sus principios constitutivos. En esa capacidad de convertir decisiones proyectuales en procedimientos transferibles se encuentra una de las características más significativas de la racionalización desarrollada por Vilar.
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Fuente Documental: Biblioteca Digital FADU-UBA / Revista Nuestra Arquitectura
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