Fundamento, estructura y lenguaje en la teoría arquitectónica contemporánea
Gardinetti, Marcelo
Arquitecto, Editor de Tecnne · La Plata, Argentina
Tecnne · Año 2026, n.º 65
Resumen
Esta entrevista imaginaria reconstruye el pensamiento de Mark Wigley sobre la relación entre filosofía, deconstrucción y arquitectura, tomando como eje sus interpretaciones de Jacques Derrida y Walter Benjamin. El diálogo examina la traducción de la deconstrucción al discurso arquitectónico y cuestiona la concepción de la arquitectura como receptora de conceptos filosóficos previamente formulados. La traducción aparece, en cambio, como una operación transformadora capaz de modificar aquello que interpreta. La conversación analiza también la presencia de metáforas arquitectónicas en la tradición metafísica occidental, especialmente en Kant y Heidegger, donde conceptos como fundamento, estructura, suelo y edificio organizan la reflexión filosófica. La relación entre estructura y ornamento permite revisar las jerarquías que sostienen esa tradición, mientras que la Torre de Babel concentra los problemas de traducción, construcción e incompletud. El intercambio distingue finalmente entre una deconstrucción arquitectónica entendida como problema teórico y su reducción a un lenguaje formal de geometrías fragmentadas.
Palabras clave: Mark Wigley, entrevista imaginaria, deconstrucción arquitectónica, Jacques Derrida, teoría de la arquitectura.
Nota editorial:
La entrevista que sigue es una construcción editorial basada en un texto teórico y no corresponde a un diálogo real ni a declaraciones efectivamente realizadas por Mark Wigley. Se trata de un ejercicio de reconstrucción argumentativa que reorganiza el ensayo sobre la traducción de la deconstrucción en el discurso arquitectónico en formato de preguntas y respuestas, con el propósito de facilitar su lectura sin modificar el contenido conceptual.
El material fuente corresponde al capítulo «The Translation of Deconstruction», perteneciente a: Wigley, Mark. The Architecture of Deconstruction: Derrida’s Haunt. Cambridge, Massachusetts: The MIT Press, 1995. ISBN 0-262-23170-0 (HB), 0-262-73114-2 (PB).
El formato dialogado responde exclusivamente a un criterio expositivo. Su finalidad es hacer más explícita la secuencia del razonamiento y poner en relieve las relaciones entre los principales ejes del ensayo —la traducción, la metáfora arquitectónica, la estructura y el ornamento— preservando el sentido de los argumentos desarrollados en el texto original. Las respuestas no reproducen declaraciones textuales, sino que reformulan, con fidelidad, las ideas, distinciones y relaciones conceptuales presentes en la obra de referencia.
Este material debe entenderse, por tanto, como un recurso de divulgación y estudio. No constituye el registro de una entrevista efectivamente realizada, sino una herramienta editorial destinada a ofrecer una vía de acceso más clara al texto

La recepción de Derrida en la teoría arquitectónica de los años noventa
A comienzos de la década de 1990, la difusión del pensamiento de Jacques Derrida en el ámbito de la arquitectura impulsó un intenso debate sobre el alcance de la deconstrucción y las formas de su incorporación al discurso arquitectónico. En ese contexto, Mark Wigley desarrolló una de las reflexiones más influyentes sobre la relación entre filosofía y arquitectura, cuestionando la idea de que la primera proporcionara un conjunto de conceptos susceptibles de ser aplicados de manera directa a la segunda.
La conversación que sigue reconstruye ese planteamiento a partir de sus propios escritos. Organizada en formato de entrevista, aborda la traducción de la deconstrucción al lenguaje arquitectónico y examina por qué el vínculo entre ambas disciplinas antecede al denominado “deconstructivismo”. En este recorrido, la arquitectura deja de aparecer como un campo receptor de teorías filosóficas para revelarse como un componente estructural del lenguaje con el que la propia filosofía ha pensado, históricamente, sus nociones de fundamento, orden y construcción.
La traducción de la deconstrucción al discurso arquitectónico
Tecnne: Empecemos por una pregunta que usted mismo formula al inicio de su trabajo: ¿qué queda por traducir cuando el pensamiento de Derrida llega, con veinte años de retraso, al discurso arquitectónico?
Voz de Mark Wigley: La pregunta incomoda porque presupone que hay algo previo, un original filosófico, que la arquitectura estaría recibiendo con demora. Pero si tomamos en serio la lógica de la traducción tal como la piensa Derrida siguiendo a Benjamin, ninguna traducción transmite un sentido que existía antes e independientemente de ella; lo produce. Entonces la pregunta no es qué le falta a la arquitectura para alcanzar a la filosofía, sino qué clase de operación ocurre cuando un discurso se apropia de otro bajo la apariencia de una simple aplicación. Lo que se presenta como una lectura tardía y hasta sospechosa —demasiado obvia, demasiado literal— es en realidad el síntoma de que no hay traducción inocente posible entre estos dos campos.
Tecnne: Usted describe esa recepción arquitectónica como «obvia y sospechosa a la vez». ¿Por qué esa obviedad resulta problemática?
Voz de Mark Wigley: Porque no hay evidencia de trabajo. Se toma el nombre de la deconstrucción y se lo traslada al edificio como si la arquitectura fuera simplemente la representación material de una idea que nació en otra parte, en el dominio abstracto de la filosofía. Esa es exactamente la jerarquía clásica que la propia deconstrucción pone en cuestión: la idea que precede a la forma, la teoría que antecede a la práctica. Si la arquitectura se limita a ilustrar a Derrida, se la convierte en el último eslabón de una cadena representacional, el ornamento final que no puede afectar la estructura de pensamiento a la que se agrega. Esa domesticación es precisamente lo que hay que interrogar.
Tecnne: ¿Cómo se sale entonces de esa trampa? Usted afirma que no existe un punto de partida higiénico para pensar la traducción entre arquitectura y deconstrucción.
Voz de Mark Wigley: No hay un lugar externo, neutral, desde el cual gobernar ambos discursos. Lo único que puede hacerse es entrar en la economía ya existente entre ellos y rastrear su geometría. Eso significa localizar los puntos donde cada discurso hace tema del otro, aunque sea de manera fugaz, y tirar de esos hilos para ver qué grietas aparecen en el resto del entramado. No se trata de excavar debajo de la superficie, como si hubiera un fondo oculto, sino de seguir los pliegues que están dentro de la superficie misma.

Walter Benjamin y la traducción como transformación constructiva
Tecnne: Usted recurre a Walter Benjamin para pensar la traducción como una forma de «abuso constructivo». ¿Qué implica esa idea para su argumento?
Voz de Mark Wigley: Benjamin sostiene que un texto «llama» a su traducción, y que esa traducción necesariamente transforma el texto en lugar de simplemente transmitirlo. Lo interesante es que ese llamado surge de una fisura interna: ningún texto es una totalidad orgánica y unificada, cada lengua está fracturada en sí misma. La traducción no viola una pureza previa; produce el mito mismo de esa pureza al presentarse como su violación. Aplicado a nuestro problema, esto significa que la traducción arquitectónica de la deconstrucción no puede aspirar a recuperar fielmente un sentido original e indiviso. Tiene que ser, ella misma, uno de los abusos que constituyen los textos de Derrida como deconstructivos.
Tecnne: Usted dedica buena parte de su argumento a mostrar que la filosofía occidental se ha pensado a sí misma en términos arquitectónicos desde mucho antes de Derrida. ¿Podría desarrollar ese punto a partir de Heidegger?
Voz de Mark Wigley: Heidegger no se limita a teorizar la arquitectura como un objeto más de análisis; su propio modo de teorizar está pensado en términos arquitectónicos. Basta observar cómo describe la tradición metafísica: Kant presenta la metafísica como un edificio erigido sobre fundamentos seguros, sobre un terreno estable, y denuncia a los filósofos anteriores por levantar sus estructuras especulativas sin antes preguntarse si esos fundamentos eran confiables. Toda la historia de la metafísica puede leerse como una sucesión de nombres distintos para el mismo suelo: logos, ratio, arche. La pregunta fundamental de la metafísica —por qué hay ente y no más bien nada— es, en el fondo, la pregunta arquitectónica por antonomasia: ¿sobre qué se sostiene aquello que se sostiene?
Kant y la posición ambivalente de la arquitectura en la filosofía
Tecnne: Si la filosofía depende tan profundamente de esa figura arquitectónica, ¿por qué insiste, al mismo tiempo, en subordinar a la arquitectura como la más inferior de las artes, según usted mismo señala en su lectura de Kant?
Voz de Mark Wigley: Ahí está precisamente la ambivalencia estructural que me interesa rastrear. En la Crítica de la razón pura, Kant necesita la arquitectura para describir la metafísica; en la Crítica del juicio, la subordina por estar demasiado atada a lo utilitario, aquello que lo estético supuestamente trasciende. Pero si uno lee con atención, la propia Crítica del juicio organiza su argumento con dos ejemplos arquitectónicos —la distinción entre conocimiento racional y deleite estético de un edificio, y la oposición entre un palacio decorado y una cabaña funcional. La arquitectura estructura el argumento mismo que la subordina. No es que se la promueva en un dominio y se la degrade en otro: está cosida en las operaciones de la filosofía de un modo más complejo de lo que la filosofía puede reconocer.
Tecnne: Usted habla de una arquitectura «irrepresentable» que la filosofía necesitaría sepultar y a la vez proteger. ¿Qué es exactamente lo que se reprime ahí?
Voz de Mark Wigley: Lo que se reprime no es un contenido oculto detrás de la imagen familiar de la arquitectura, sino la extrañeza estructural de la arquitectura misma: el hecho de que la figura que sostiene el discurso filosófico —el edificio fundado, la estructura que se yergue sobre un terreno firme— no puede ser examinada por la mirada que ella misma hace posible. La arquitectura funciona como un punto ciego estratégico. Cuanto más se la invoca como fundamento, menos se la interroga como tal. Esa exención de examen es lo que sostiene, en última instancia, a la institución filosófica.
Estructura y ornamento en la crítica de la jerarquía metafísica
Tecnne: Llegamos a un punto central de su argumento: la jerarquía entre estructura y ornamento. ¿Por qué le atribuye tanta importancia?
Voz de Mark Wigley: Porque esa jerarquía es la versión arquitectónica precisa de la jerarquía entre fundamento y representación que organiza toda la metafísica. La estructura estaría unida al suelo de manera más segura que el ornamento a la estructura; cuanto más se aleja una capa del suelo, menos amenaza representa para el conjunto. Ese orden vertical es un mecanismo de control: permite pensar el suelo como soporte, y por lo tanto pensar la presencia como aquello que todo lo sostiene. Pero si se sigue con cuidado el argumento de Derrida, se descubre que ese andamiaje que en principio sostiene la estructura termina siendo, él mismo, la parte de la estructura que se vuelve ornamental. La estructura de la estructura, dicho de otro modo, es ornamento.
Tecnne: Eso lo lleva a afirmar que la arquitectura no es una metáfora más entre otras, sino «la metáfora fundacional». ¿Podría precisar esa distinción?
Voz de Mark Wigley: Cuando la filosofía intenta definir qué distingue a una metáfora de aquello que sería fundamental y no metafórico, recurre inevitablemente a la imagen de un edificio distinguido de su terreno. Es decir: necesita la figura arquitectónica para poder pensar el concepto mismo de metáfora, y para poder pensar aquello que estaría más allá de toda metáfora. La arquitectura organiza entonces el estatuto general de lo metafórico. No puede descartarse como «mero» recurso ilustrativo porque es la condición misma que permite trazar la distinción entre lo literal y lo figurado. Por eso digo que no es simplemente una metáfora: es aquello que hace posible pensar en términos de metáfora y fundamento a la vez.
La Torre de Babel como figura de traducción e incompletud
Tecnne: Usted recurre extensamente a la Torre de Babel tal como la lee Derrida. ¿Qué función cumple esa figura en su argumento sobre la traducción?
Voz de Mark Wigley: La torre inconclusa condensa, en una sola imagen, la filosofía, la arquitectura, la traducción y la deconstrucción. Es figura de la filosofía porque el sueño filosófico es el de la traducibilidad plena, la recuperación de una verdad sin mediación; y ese sueño se define, paradójicamente, en el colapso de la torre, no en su conclusión. Es figura de la deconstrucción porque esta habita el proyecto filosófico desde dentro, exponiendo esa incompletud estructural: un edificio a medio construir cuyo andamiaje queda a la vista. Pero además —y esto es lo más importante para nuestra discusión— es figura de la arquitectura misma, porque, como sostiene Derrida, si la torre se hubiera completado no habría arquitectura. Solo la incompletud de la torre permite que la arquitectura, y la multiplicidad de las lenguas, tengan una historia.
Tecnne: Ese último punto es sorprendente: que la arquitectura dependa de una incompletud, y no de la culminación de un proyecto. ¿Cómo se articula con su distinción entre construcción y edificio?
Voz de Mark Wigley: Si el edificio es la presentación del suelo, la arquitectura es la representación de esa fundación. La arquitectura, podríamos decir, traduce la construcción presentándola a sí misma como completa, segura, indivisa. El suplemento arquitectónico siempre es convocado por una falla estructural; no como un ornamento que se agrega en un momento de debilidad a una construcción que ya era plena, sino como aquello sin lo cual ni siquiera existiría la idea de una construcción plena. La construcción, en el fondo, es siempre ya un efecto arquitectónico, nunca su condición previa.

La deconstrucción arquitectónica como problema de representación
Tecnne: ¿Diría entonces que traducir la deconstrucción en clave arquitectónica es, en última instancia, mostrar que el edificio nunca ha sido más que un efecto de representación?
Voz de Mark Wigley: Exactamente, aunque con una salvedad importante: no se trata de sustituir la imagen tradicional del objeto arquitectónico por otra descripción nueva y más sofisticada, como si el trabajo consistiera en corregir un error de representación. Se trata de interrogar el papel discursivo que la arquitectura desempeña dentro de la propia tradición metafísica. La deconstrucción no es un método que se aplique desde afuera; habita la tradición filosófica y la subvierte obedeciendo sus reglas con tal rigor que sus contradicciones internas se hacen visibles. Cuando eso ocurre con la figura arquitectónica, lo que queda expuesto es que la construcción siempre ha dependido de esa capa suplementaria que se supone secundaria.
Tecnne: Para cerrar esta línea de preguntas: ¿es legítimo hablar de una «deconstrucción arquitectónica» en el sentido estilístico que popularizó cierta práctica de diseño de los años ochenta y noventa?
Voz de Mark Wigley: Ese es justamente uno de los peligros que quiero señalar. Si la traducción arquitectónica de la deconstrucción se limita a producir formas quebradas, ángulos inestables o composiciones que aparentan collapse, se está haciendo exactamente lo que criticaba al principio: tomar el nombre de Derrida y aplicarlo como metáfora transparente a un objeto material, sin ningún trabajo de traducción propiamente dicho. Lo que me interesa, en cambio, es una lectura más agresiva y más fiel a la vez, que localice los puntos donde el propio discurso deconstructivo necesita y a la vez resiste una arquitectura que no puede nombrar del todo. Esa arquitectura no es una que se vea «deconstruida» formalmente, sino una que hace visible la violencia estructural que la tradición ha tenido que reprimir para sostenerse.
La vigencia de la relación entre filosofía y arquitectura
Tecnne: Una última pregunta. ¿Cree que esta tensión entre filosofía y arquitectura que usted describe seguirá siendo productiva, o se trata de un episodio historizable, ligado a un momento particular de la teoría?
Voz de Mark Wigley: Mientras la filosofía siga necesitando figurarse a sí misma como una construcción —y no veo cómo podría dejar de hacerlo sin renunciar a buena parte de su vocabulario más elemental— esta tensión seguirá activa, aunque cambien los nombres con que se la discuta. Lo que no puede repetirse, y esto sí es historizable, es la ingenuidad con la que en cierto momento se pensó que bastaba con nombrar a Derrida para producir una arquitectura deconstructiva. Ese gesto ya cumplió su función y debería haberse agotado. Lo que permanece, y lo que me interesa dejar planteado, es la pregunta por lo que la tradición no puede decir de la arquitectura precisamente porque depende de ella para decir todo lo demás. Esa pregunta no tiene fecha de vencimiento.
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