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Juhani Pallasmaa, Visión y conocimiento

Juhani Pallasmaa, Visión y conocimiento, tecnne

 Visión y conocimiento, Juhani Pallasmaa

En la cultura occidental, la vista ha sido considerada históricamente como el más noble de los sentidos y el propio pensamiento se ha considerado en términos visuales. Ya en la Grecia clásica, el pensamiento se basaba con seguridad en la vista y en la visibilidad. “Los ojos son testigos más exactos que los oídos”,6 escribía Heráclito en uno de sus fragmentos. Platón consideraba la vista como el mayor don de la humanidad, e insistía en que los universales éticos deben ser accesibles al “ojo de la mente”. Asimismo, Aristóteles consideraba la vista como el más noble de los sentidos “porque aproxima más al intelecto en virtud de la inmaterialidad relativa de su saber”.

Desde los griegos, siempre han abundado textos filosóficos con metáforas oculares, hasta el punto de que el conocimiento ha pasado a ser análogo a la visión clara y la luz metáfora de la verdad. Santo Tomás Aquino incluso aplicó la idea de la visión a otros ámbitos sensoriales, así como a la cognición intelectual. Peter Sloterdijk resume perfectamente el impacto del sentido de la vista en la filosofía:

“Los ojos son el prototipo orgánico de la filosofía. Su enigma consiste en que no sólo pueden ver, sino que son capaces de verse a sí mismos viendo. Esto les otorga una prominencia entre los órganos cognitivos del cuerpo. Una buena parte del pensamiento filosófico es en realidad únicamente ojo-reflexivo, ojo-dialéctico, se ve a sí mismo viendo”.

En el renacimiento se consideraba que los cinco sentidos formaban un sistema jerárquico, desde el sentido más elevado de la vista hasta el más bajo del tacto. El sistema renacentista de los sentidos estaba relacionado con la imagen del cuerpo cósmico; la visión guardaba correlación con el fuego y la luz, el oído con el aire, el olfato con el vapor, el gusto con el agua y el tacto con la tierra.!!

La invención de la representación en perspectiva hizo del ojo el punto central del mundo perceptivo, así como del concepto del yo. La propia representación en perspectiva se convirtió en una forma simbólica que no sólo describe, sino que también condiciona la percepción.

No cabe duda de que nuestra cultura tecnológica ha ordenado y separado los sentidos aún con más claridad. La vista y el oído son ahora los sentidos socialmente privilegiados, mientras que se considera a los otros tres como restos sensoriales arcaicos con una función meramente privada y, normalmente, son suprimidos por el código de la cultura. Sólo algunas sensaciones, como el disfrute olfativo de una comida o de la fragancia de las flores y las respuestas ante las temperaturas, están legitimadas para acceder a la conciencia colectiva en nuestro código de cultura ocular-centrista y obsesivamente higiénico.

El predominio de la vista sobre el resto de sentidos – y la consecuente parcialidad en la cognición – ha sido observado por muchos filósofos. Una recopilación de ensayos filosóficos titulada “Modernity and hegemony of visión” expone que “comenzando por los antiguos griegos, la cultura occidental ha estado dominada por el paradigma ocular-centrista, una interpretación del conocimiento, la verdad y la realidad que se ha generado y centrado en la vista”. Este libro nos invita a reflexionar al analizar las “conexiones históricas entre visión y conocimiento, visión y ontología, visión y poder, y visión y ética”.

A medida que los filósofos revelan el paradigma ocular-centrista de nuestra relación con el mundo y con nuestro concepto de conocimiento -el privilegio epistemológico de la vista-, también se torna importante estudiar críticamente el papel de la vista en relación con el resto de sentidos a la hora de entender y poner en práctica el arte de la arquitectura. La arquitectura, como todas las artes, se enfrenta fundamentalmente a cuestiones de la existencia humana en el espacio y el tiempo, y expresa y refiere la existencia humana en el mundo. La arquitectura está profundamente comprometida con cuestiones metafísicas del yo y del mundo, de la interioridad y de la exterioridad, del tiempo y de la duración, de la vida y de la muerte.

“Las prácticas estéticas y culturales son particularmente susceptibles a la experiencia cambiante del espacio y del tiempo, justamente porque implican la construcción de representaciones y artefactos espaciales fuera del flujo de la experiencia humana”, escribe David Harvey. La arquitectura es el instrumento principal de nuestra relación con el tiempo y el espacio y de nuestra forma de dar una medida humana a esas dimensiones; domestica el espacio eterno y el tiempo infinito para que la humanidad lo tolere, lo habite y lo comprenda. Como consecuencia de esta interdependencia del espacio y el tiempo, la dialéctica del espacio exterior e interior, de lo físico y lo espiritual, de lo material y lo mental, de las prioridades inconscientes y conscientes que incumben a estos sentidos, así como a sus papeles e interacciones relativas, tienen un impacto fundamental en la naturaleza de las artes y de la arquitectura. David Michael Levin impulsa la crítica filosófica del predominio del ojo con las siguientes palabras:

“Creo que es conveniente desafiar la hegemonía de la vista, el ocular-centrismo de nuestra cultura. Y creo que necesitamos examinar de una manera muy crítica el carácter de la vista que actualmente domina nuestro mundo. Necesitamos urgentemente un diagnóstico de la patología psicológica de la visión cotidiana, y un entendimiento crítico de nosotros mismos como seres visionarios”.

Levin señala la vía autónoma y la agresividad de la vista y “los fantasmas de la regla patriarcal” que rondan nuestra cultura ocular-centrista:

“La voluntad de poder en la visión es muy fuerte. Existe una tendencia muy sólida de la vista a captar y a fijar, a cosificar y a totalizar: una tendencia a dominar, asegurar y controlar que, con el tiempo, dado que se ha promovido ampliamente, ha asumido cierta hegemonía indiscutible sobre nuestra cultura y su discurso filosófico, estableciendo una metafísica ocular-centrista de la presencia al mantener la racionalidad instrumental de nuestra cultura y el carácter tecnológico de nuestra sociedad”.

Creo que muchos aspectos de la patología de la arquitectura corriente actual pueden entenderse mediante un análisis de la epistemología de los sentidos y una crítica a la tendencia ocular-centrista de nuestra sociedad en general, y de la arquitectura en particular. La inhumanidad de la arquitectura y la ciudad contemporánea puede entenderse como consecuencia de una negligencia del cuerpo y de la mente, así como un desequilibrio de nuestro sistema sensorial. Por ejemplo, las crecientes experiencias de alienación, distanciamiento y soledad en el mundo tecnológico actual pueden estar relacionadas con cierta patología de los sentidos.

Da que pensar que sean justamente los entornos más avanzados tecnológicamente, como los hospitales y los aeropuertos, los que a menudo generan esta sensación de distanciamiento e indiferencia. El dominio del ojo y la eliminación del resto de sentidos tiende a empujarnos hacia el distanciamiento, el aislamiento y la exterioridad. Sin duda, el arte del ojo ha producido edificios imponentes y dignos de reflexión, pero no ha facilitado el arraigo humano en el mundo. El hecho de que, generalmente, el lenguaje del movimiento moderno no haya sido capaz de penetrar la superficie del gusto y de los valores populares parece deberse a su énfasis intelectual y visual unilateral; en general, el proyecto moderno ha albergado el intelecto y el ojo, pero ha dejado sin hogar al cuerpo y al resto de sentidos, así como a nuestros recuerdos, nuestros sueños y nuestra imaginación.

Juhani Pallasmaa

Pallasmaa, Juhani, “Los ojos de la piel” (Barcelona: Gustavo Gili, 2006), 15

Imagen: Ojo reflejando el interior del teatro de Besanroll. Gravado de Claude-Nicholas Ledoux

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