Fundamentos teóricos de la sostenibilidad arquitectónica: genealogías y marcos contemporáneos

Gardinetti, Marcelo

Arquitecto, Editor de Tecnne · La Plata, Argentina

Tecnne · Año 2026, n.º 57

Resumen

El artículo analiza la sostenibilidad arquitectónica como una categoría epistemológica que trasciende su interpretación habitual como conjunto de soluciones técnicas, certificaciones ambientales o mecanismos de eficiencia energética. A través de una genealogía conceptual, examina los principales marcos teóricos que han configurado el pensamiento sostenible contemporáneo, desde el Informe Brundtland y la economía ecológica de Herman Daly hasta las formulaciones actuales sobre resiliencia, circularidad y arquitectura regenerativa. El estudio aborda las contribuciones del diseño bioclimático de Victor Olgyay, la historia ambiental de Reyner Banham, el regionalismo crítico de Kenneth Frampton, la ecología proyectual de Ian McHarg, el diseño ecológico de Van der Ryn y Cowan, la ecosofía de Félix Guattari y la política terrestre de Bruno Latour. El recorrido evidencia cómo la sostenibilidad redefine las relaciones entre arquitectura, naturaleza y sociedad, desplazando el proyecto desde el control técnico hacia una comprensión sistémica del habitar.

Palabras clave: sostenibilidad arquitectónica, arquitectura regenerativa, ecología proyectual, regionalismo crítico, Antropoceno.

La sostenibilidad arquitectónica como transformación del conocimiento disciplinar

La noción de sostenibilidad arquitectónica ha experimentado, durante las últimas cinco décadas, una evolución conceptual caracterizada por desplazamientos semánticos, debates disciplinares y reformulaciones teóricas que impiden entenderla como una categoría unívoca. Su identificación con técnicas de eficiencia energética, certificaciones ambientales o materiales de bajo impacto reduce un concepto que también plantea interrogantes sobre las relaciones entre arquitectura, naturaleza y sociedad en el contexto del Antropoceno, período geológico en el que la actividad humana constituye un factor de transformación de los sistemas terrestres a escala planetaria (Crutzen y Stoermer, 2000). Desde esta perspectiva, la sostenibilidad se aborda como una reconfiguración epistemológica que revisa los fundamentos modernos de la relación entre arquitectura y naturaleza y propone comprender el habitar como parte de sistemas ecológicos interdependientes.

Esta interpretación encuentra respaldo en investigaciones que identifican la coexistencia de múltiples enfoques de sostenibilidad arquitectónica —ecotécnico, ecocéntrico, ecoestético, ecocultural, ecomédico y ecosocial—, cada uno sustentado en concepciones diferenciadas sobre la técnica, la naturaleza y la organización social (Guy y Farmer, 2001). En consecuencia, el estudio de la sostenibilidad requiere examinar sus fundamentos teóricos antes que sus aplicaciones instrumentales, ya que los marcos epistemológicos condicionan la definición de los problemas, los criterios empleados para evaluar las soluciones y los aspectos de la realidad que permanecen fuera del análisis (Williamson, Radford y Bennetts, 2003).

Con este propósito, el artículo reconstruye una genealogía de las principales corrientes que han configurado el debate sobre sostenibilidad en arquitectura. El recorrido comienza con la definición establecida por el Informe Brundtland y las aportaciones de la economía ecológica; incorpora el diseño bioclimático de Victor Olgyay, las reflexiones ambientales de Reyner Banham, el regionalismo crítico de Kenneth Frampton, la ecología del diseño de Ian McHarg, la ecosofía de Félix Guattari y las reconsideraciones ontológicas de Bruno Latour; y concluye con enfoques contemporáneos vinculados a la resiliencia territorial, la circularidad material y la arquitectura regenerativa. Esta genealogía no pretende ofrecer una revisión exhaustiva, sino construir un marco conceptual que permita interpretar la sostenibilidad arquitectónica como un campo de conocimiento cuya complejidad excede las aproximaciones centradas exclusivamente en el desempeño técnico de los edificios.

Arquitectura sostenible capitulo 1 tecnne

El Informe Brundtland y los límites del paradigma sostenible moderno

El punto de partida de la reflexión contemporánea sobre la sostenibilidad suele situarse en el informe de la Comisión Mundial sobre Medio Ambiente y Desarrollo, Nuestro futuro común, publicado en 1987 bajo la dirección de Gro Harlem Brundtland. La definición allí formulada, según la cual el desarrollo sostenible consiste en satisfacer las necesidades del presente sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras para satisfacer las propias, ha constituido durante décadas el principal marco de referencia para las políticas ambientales y para numerosos campos del conocimiento aplicado, entre ellos la arquitectura.

Pese a su influencia, esta formulación presenta limitaciones conceptuales que han sido ampliamente señaladas. En primer lugar, parte de una perspectiva antropocéntrica que sitúa las necesidades humanas como criterio rector, sin problematizar cómo se definen esas necesidades, a quiénes representan o qué relaciones sociales y políticas intervienen en su formulación. En segundo lugar, mantiene la noción de desarrollo como horizonte de referencia, suponiendo que el crecimiento económico puede compatibilizarse con la conservación ecológica mediante mejoras tecnológicas e incrementos de eficiencia. Las corrientes del decrecimiento y del posdesarrollo han cuestionado este supuesto al considerar que encierra una contradicción estructural (Latouche, 2006). Finalmente, la definición conserva una concepción instrumental de la naturaleza, entendida como soporte de las actividades humanas, sin revisar de manera sustancial los fundamentos de la relación moderna entre sociedad y sistemas naturales.

La economía ecológica profundizó este debate mediante la distinción entre sostenibilidad débil y sostenibilidad fuerte. La primera asume que el capital natural puede sustituirse por capital manufacturado, de modo que la pérdida de bosques, suelos o estabilidad climática podría compensarse mediante desarrollo tecnológico o acumulación económica. La segunda sostiene que determinadas funciones ecológicas, como la regulación climática, los ciclos biogeoquímicos o la biodiversidad, constituyen condiciones insustituibles para el funcionamiento de los sistemas terrestres y establecen límites que no pueden ser reemplazados por otras formas de capital (Daly, 1996). Desde esta perspectiva, el Informe Brundtland se aproxima al paradigma de la sostenibilidad débil al subordinar la preservación ecológica a la continuidad del desarrollo económico. En arquitectura, esta distinción tiene implicaciones directas. Mientras la sostenibilidad débil admite compensar los impactos ambientales mediante certificaciones, mecanismos de mercado o mejoras tecnológicas, la sostenibilidad fuerte exige evaluar la viabilidad de determinadas intervenciones cuando comprometen procesos ecológicos de carácter irreversible.

Estas tensiones adquieren especial relevancia en el ámbito arquitectónico. La industria de la construcción representa aproximadamente el 40 % del consumo mundial de energía y el 36 % de las emisiones de CO₂ asociadas al sector energético (IEA, 2022), lo que sitúa a la disciplina frente a un problema que trasciende la optimización del desempeño ambiental de los edificios. La magnitud de estos impactos requiere marcos conceptuales capaces de examinar las relaciones entre producción arquitectónica, sistemas ecológicos y modelos de desarrollo. En este contexto, el regionalismo crítico constituye una de las primeras formulaciones teóricas elaboradas desde la propia disciplina para replantear esas relaciones.

Regionalismo crítico y tectónica: sostenibilidad desde el contexto arquitectónico

La aportación de Kenneth Frampton al debate sobre la sostenibilidad arquitectónica no se formula desde la eficiencia energética ni desde la reducción de emisiones, sino a partir de una reflexión sobre las condiciones culturales, materiales y técnicas que vinculan la arquitectura con su contexto. En Hacia un regionalismo crítico: seis puntos para una arquitectura de resistencia (1983) y, posteriormente, en Estudios sobre cultura tectónica (1995), plantea el regionalismo crítico como una mediación entre la estandarización técnica y las particularidades del lugar. Aunque desarrollada en un contexto previo a la consolidación del discurso contemporáneo sobre sostenibilidad, esta propuesta comparte con él la atención a las condiciones climáticas, constructivas y culturales que intervienen en el proyecto.

En este marco, la tectónica se entiende como la expresión de la lógica constructiva a través de la relación entre materiales, sistemas estructurales y procesos de ensamblaje. La construcción adquiere así una dimensión cultural que se opone a la homogeneización derivada de la estandarización global de las técnicas y los lenguajes arquitectónicos. La atención a los materiales disponibles, a las tradiciones constructivas y a las condiciones climáticas específicas favorece soluciones estrechamente vinculadas al lugar y reduce la dependencia de sistemas tecnológicos concebidos para neutralizar las condiciones ambientales mediante un elevado consumo de recursos (Frampton, 1995). Desde esta perspectiva, el regionalismo crítico constituye una referencia temprana para comprender la sostenibilidad como una práctica arquitectónica contextualizada.

La reflexión de Frampton incorpora, además, la dimensión háptica de la experiencia arquitectónica, entendida como la percepción del espacio a través del tacto, el movimiento, la temperatura, la textura, el sonido y el olor, en contraste con el predominio de una aproximación esencialmente visual. Esta interpretación sitúa la experiencia corporal como un componente central del proyecto y anticipa debates actuales sobre confort ambiental, salud y calidad espacial. La utilización de materiales con propiedades sensoriales específicas, el aprovechamiento de la iluminación natural, la ventilación cruzada y la integración con el paisaje responden simultáneamente a criterios ambientales y a una concepción de la arquitectura basada en la experiencia multisensorial del habitar. La atención a las condiciones del sitio encuentra, además, un desarrollo metodológico en el diseño bioclimático, cuyas bases comenzaron a sistematizarse varias décadas antes.

Arquitectura y clima: fundamentos bioclimáticos del pensamiento sostenible

Antes de que la sostenibilidad se consolidara como categoría de análisis, la arquitectura del siglo XX había desarrollado un cuerpo de conocimiento sobre la relación entre clima, forma construida y confort ambiental que constituye uno de sus principales antecedentes técnicos. En Design with Climate (1963), Victor Olgyay formuló de manera sistemática los principios del diseño bioclimático al plantear que la configuración del edificio —su implantación, orientación, envolvente, proporción y sistema de aberturas— debía derivarse del estudio integrado de las condiciones climáticas del lugar, considerando variables como la temperatura, la humedad, la radiación solar y el régimen de vientos en relación con los rangos de confort humano. El diagrama bioclimático desarrollado por Olgyay, basado en la interacción entre temperatura y humedad, proporcionó un instrumento para determinar las respuestas proyectuales más adecuadas en cada contexto climático (Olgyay, 1963). Su principal aportación consiste en demostrar que una parte significativa del desempeño energético de un edificio se define en las decisiones iniciales de proyecto, antes de la incorporación de sistemas mecánicos de acondicionamiento.

La evolución histórica de esta relación entre arquitectura y ambiente fue examinada por Reyner Banham en The Architecture of the Well-Tempered Environment (1969). En esta obra, el autor analizó la influencia que los sistemas de calefacción, ventilación, iluminación artificial y aire acondicionado ejercieron sobre la configuración de la arquitectura moderna, señalando que la historiografía había privilegiado tradicionalmente la forma y la estructura, relegando el estudio de las tecnologías ambientales que condicionan la habitabilidad de los edificios. Esta interpretación reconoce la dimensión ambiental como un componente constitutivo del proyecto arquitectónico, pero también evidencia la creciente dependencia de los sistemas mecánicos y del consumo energético que caracterizó buena parte de la producción moderna, una situación puesta en cuestión tras la crisis energética de 1973 (Banham, 1969).

La comparación entre las aportaciones de Olgyay y Banham permite identificar dos aproximaciones complementarias que marcaron el desarrollo posterior del debate sobre sostenibilidad. Mientras el diseño bioclimático propone regular el ambiente interior mediante la configuración arquitectónica y el aprovechamiento de las condiciones climáticas, la historia tecnológica reconstruida por Banham muestra el papel que los sistemas mecánicos asumieron en el control ambiental de los edificios. La relación entre ambos enfoques plantea una cuestión que continúa siendo central para la disciplina: en qué medida el confort puede alcanzarse mediante decisiones de proyecto basadas en el clima y cuándo requiere el apoyo de tecnologías de acondicionamiento. Este interrogante, formulado inicialmente en la escala del edificio, adquiriría una dimensión territorial en las investigaciones de Ian McHarg.

Diseño ecológico y territorio: la naturaleza como estructura proyectual

Publicado en 1969, Design with Nature de Ian McHarg constituye una referencia fundamental para la incorporación sistemática de los principios de la ecología al diseño del paisaje y la planificación territorial. Su propuesta parte de que toda intervención debe fundamentarse en el análisis de las condiciones naturales del sitio —geología, hidrología, topografía, suelos, vegetación y clima—, consideradas como factores que orientan y delimitan las posibilidades del proyecto. La metodología de superposición de capas ambientales (overlay mapping) desarrollada por McHarg permitió integrar esta información en un procedimiento de evaluación territorial que anticipó los actuales análisis multicriterio y el uso de los sistemas de información geográfica aplicados al diseño y la planificación (McHarg, 1969).

La relevancia de esta propuesta trasciende su dimensión metodológica. McHarg cuestiona la separación entre naturaleza y cultura característica de la tradición moderna y plantea que los sistemas naturales poseen dinámicas y valores que no pueden reducirse a su utilidad para las actividades humanas. Esta posición establece afinidades con los planteamientos de la ecología profunda formulados posteriormente por Arne Naess (Naess, 1973) y sitúa el diseño como una práctica que se desarrolla dentro de procesos ecológicos preexistentes. En este sentido, diseñar con la naturaleza implica reconocer los límites y las capacidades de los ecosistemas como parte constitutiva del proceso proyectual, y no únicamente como un conjunto de variables técnicas susceptibles de optimización.

La influencia de McHarg resulta evidente en el desarrollo de la arquitectura del paisaje y del urbanismo ecológico contemporáneos. Proyectos de oficinas como Gustafson Porter, el Landschaftspark Duisburg-Nord de Latz + Partner o las intervenciones urbanas de James Corner Field Operations incorporan principios de análisis territorial y funcionamiento ecológico que encuentran un antecedente directo en su trabajo. Del mismo modo, los enfoques actuales basados en soluciones inspiradas en la naturaleza (Nature-Based Solutions), promovidos por la Unión Europea y la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), amplían estas premisas mediante la integración de conocimientos procedentes de la ecología urbana, la hidrología y las ciencias del suelo. La continuidad entre la metodología de superposición de capas y las actuales herramientas de evaluación de servicios ecosistémicos pone de manifiesto la vigencia del marco conceptual desarrollado por McHarg.

Diseño ecológico: integración entre procesos naturales y arquitectura

La publicación de Ecological Design por Sim Van der Ryn y Stuart Cowan en 1996 consolidó un marco conceptual para integrar los procesos ecológicos en la práctica del diseño. Los autores definen el diseño ecológico como toda intervención que reduce los impactos ambientales mediante su integración con los sistemas vivos, desplazando el énfasis desde la mitigación de efectos negativos hacia la comprensión del proyecto como parte de procesos ecológicos más amplios (Van der Ryn y Cowan, 1996).

A partir de esta premisa, Van der Ryn y Cowan formulan cinco principios: desarrollar soluciones vinculadas al lugar, incorporar la contabilidad ecológica, diseñar con la naturaleza, ampliar la participación en los procesos de diseño y hacer visibles los sistemas naturales. En conjunto, estos principios configuran un marco que anticipa enfoques posteriores, entre ellos el diseño regenerativo, la biofilia aplicada a la arquitectura y los procesos de fabricación orientados a minimizar residuos. Destaca especialmente la propuesta de hacer visibles los procesos ecológicos, entendida como la incorporación explícita de los ciclos del agua, los flujos de energía y los ciclos de nutrientes en la organización y expresión del proyecto arquitectónico.

Este planteamiento encuentra continuidad en obras que integran sus infraestructuras ambientales como parte de la experiencia espacial. El Bullitt Center de Seattle, por ejemplo, incorpora los sistemas de captación de agua de lluvia y de tratamiento de residuos orgánicos como componentes reconocibles de su organización arquitectónica. De forma similar, diversos edificios desarrollados bajo los criterios del Living Building Challenge hacen de la gestión del agua, la energía y los recursos un elemento constitutivo de la configuración del proyecto. En paralelo, la biofilia, desarrollada por Stephen Kellert a partir de la hipótesis formulada por Edward O. Wilson, aporta un fundamento teórico para la incorporación de elementos y procesos naturales en el entorno construido, al entender que la relación con la naturaleza responde a necesidades cognitivas y psicológicas profundamente arraigadas (Wilson, 1984; Kellert, Heerwagen y Mador, 2008).

Las tres ecologías de Guattari: sostenibilidad ambiental, social y subjetiva

En Las tres ecologías (1989), Félix Guattari incorpora al debate sobre la sostenibilidad una perspectiva que vincula de manera inseparable las dimensiones ambiental, social y mental. Bajo el concepto de ecosofía, plantea que la crisis ecológica no puede comprenderse únicamente como un problema de degradación ambiental, sino como la expresión de transformaciones simultáneas en los ecosistemas, las relaciones sociales y los procesos de subjetivación propios del capitalismo contemporáneo.

Desde esta perspectiva, las respuestas centradas exclusivamente en la dimensión tecnocientífica resultan insuficientes. Guattari sostiene que la ecología ambiental aborda la naturaleza como objeto de gestión, mientras que la ecosofía integra las relaciones entre subjetividad, organización social y sistemas naturales (Guattari, 1989). En el ámbito arquitectónico, esta formulación desplaza el análisis desde el desempeño técnico del edificio hacia las condiciones sociales, económicas y culturales que intervienen en la producción del espacio. La sostenibilidad implica, por tanto, examinar conjuntamente los procesos constructivos, los modelos de desarrollo que orientan la actividad edificatoria y las formas de habitar que la arquitectura favorece.

Las implicaciones de esta propuesta han sido desarrolladas posteriormente por autoras como Rosi Braidotti, cuya filosofía posthumanista y su enfoque del nuevo materialismo cuestionan las divisiones tradicionales entre naturaleza y cultura, organismo y materia, así como entre lo humano y lo no humano (Braidotti, 2013). Estas aportaciones proporcionan un marco para interpretar la arquitectura como parte de redes de materia, energía y relaciones ecológicas que exceden el edificio considerado de forma aislada. Al mismo tiempo, convergen con los debates actuales sobre el diseño more-than-human y las aproximaciones multiespecie en arquitectura del paisaje, anticipando la reconsideración de las relaciones entre sociedad y naturaleza que Bruno Latour desarrollará desde una perspectiva ontológica.

Latour y la política terrestre: nuevas relaciones entre arquitectura y sistemas vivos

La obra tardía de Bruno Latour, particularmente Dónde aterrizar (2017) y sus reflexiones sobre el Nuevo Régimen Climático, propone una reformulación ontológica de la sostenibilidad con implicaciones relevantes para la teoría arquitectónica. Su planteamiento parte de que el cambio climático no constituye un problema externo a la actividad humana, sino una condición que transforma las bases materiales y políticas del habitar. Desde esta perspectiva, la crisis climática modifica las relaciones entre sociedad, territorio y medio físico, obligando a reconsiderar los supuestos sobre los que tradicionalmente se ha sustentado la práctica arquitectónica.

Uno de los conceptos centrales de esta reformulación es el de zona crítica, entendida como la estrecha franja del planeta que comprende los primeros metros del subsuelo y los niveles inferiores de la atmósfera, donde interactúan los procesos geológicos, biológicos, climáticos y antrópicos que hacen posible la vida terrestre. Para Latour, este ámbito no constituye un soporte inerte de la acción humana, sino un sistema dinámico cuyas transformaciones condicionan las posibilidades de intervención. En consecuencia, el proyecto arquitectónico pasa a entenderse como parte de una red de relaciones materiales y ecológicas que excede ampliamente la escala del edificio e involucra procesos territoriales, climáticos e hidrológicos de mayor alcance.

Esta interpretación se vincula con la hipótesis Gaia formulada por James Lovelock, según la cual la Tierra funciona como un sistema autorregulado en el que los organismos vivos participan activamente en la configuración de las condiciones físico-químicas que sostienen la vida (Lovelock, 1979). Latour retoma este planteamiento desde una perspectiva filosófica para cuestionar la separación entre naturaleza y sociedad característica del pensamiento moderno. En Políticas de la naturaleza, sostiene que las decisiones sobre el ambiente forman parte de la construcción del mundo común y no pueden entenderse como intervenciones sobre una naturaleza externa e independiente (Latour, 2004). Trasladada al campo de la arquitectura, esta posición implica reconocer que el suelo, el agua, la atmósfera, los materiales y los organismos participan activamente en los procesos que configuran el espacio construido.

La teoría del actor-red (Actor-Network Theory, ANT), desarrollada por Latour junto con Michel Callon, amplía esta perspectiva al atribuir capacidad de agencia tanto a actores humanos como a entidades materiales, técnicas y biológicas. Aplicada a la arquitectura, esta aproximación permite interpretar el edificio como el resultado de interacciones entre personas, materiales, infraestructuras, tecnologías, organismos y procesos ambientales, en lugar de entenderlo exclusivamente como la materialización de decisiones humanas. Desde este enfoque, la sostenibilidad deja de concebirse como una propiedad incorporada al proyecto y pasa a analizarse como una condición relacional que emerge de la interacción entre múltiples actores y sistemas.

Metabolismo urbano y crítica de la sostenibilidad como representación formal

La escala territorial incorporada por Ian McHarg y la concepción relacional del territorio desarrollada por Bruno Latour convergen en un concepto que ha adquirido un papel central en los estudios urbanos: el metabolismo urbano. Formulada por Abel Wolman, esta noción interpreta la ciudad como un sistema que consume recursos —agua, energía, alimentos y materiales— y genera residuos y emisiones, de modo que su funcionamiento puede analizarse mediante el estudio de estos flujos (Wolman, 1965). Herbert Girardet amplió posteriormente este enfoque al distinguir entre el metabolismo lineal característico de la ciudad industrial, basado en la extracción y el descarte, y un metabolismo circular inspirado en el funcionamiento de los ecosistemas, donde los residuos de un proceso se incorporan como recursos de otro (Girardet, 2008). Esta perspectiva desplaza el análisis desde el edificio individual hacia las dinámicas materiales y energéticas que estructuran el territorio, vinculando la sostenibilidad arquitectónica con la ecología urbana, la planificación territorial y los principios de la economía circular.

Junto a este enfoque centrado en los flujos materiales, la evolución del pensamiento sobre sostenibilidad ha incorporado una reflexión crítica sobre su representación arquitectónica. James Wines advirtió que parte de la denominada arquitectura verde tendía a identificar la sostenibilidad con la incorporación de vegetación, dispositivos tecnológicos visibles o recursos formales asociados al imaginario ecológico, sin modificar los procesos constructivos y ambientales que determinan el desempeño de los edificios (Wines, 2000). Esta observación adquiere especial relevancia en un contexto en el que la sostenibilidad también puede utilizarse como argumento de legitimación comercial mediante prácticas de greenwashing. En este sentido, la distinción entre los enfoques ecotécnico y ecoestético propuesta por Guy y Farmer (2001) permite diferenciar las intervenciones que incorporan mejoras verificables en el funcionamiento ambiental de aquellas que se limitan a representar una imagen ecológica. Desde esta perspectiva, la sostenibilidad requiere examinar los modelos de producción, consumo y gestión de los recursos que hacen posible la arquitectura, una discusión que encuentra continuidad en conceptos actualmente centrales como la resiliencia, la circularidad y la regeneración.

Resiliencia, circularidad y regeneración: nuevos marcos para la arquitectura sostenible

Los debates contemporáneos sobre sostenibilidad arquitectónica se estructuran cada vez con mayor frecuencia en torno a tres conceptos: resiliencia, circularidad y regeneración. Estas nociones amplían el marco propuesto por el Informe Brundtland al desplazar el foco desde la mitigación de impactos hacia la capacidad de los sistemas construidos para adaptarse, reorganizarse e interactuar con los procesos ecológicos.

En ecología, C. S. Holling definió la resiliencia como la capacidad de un sistema para absorber perturbaciones, reorganizarse y mantener sus funciones esenciales frente al cambio (Holling, 1973). Este concepto ha sido incorporado al urbanismo y a la arquitectura para orientar proyectos capaces de responder a escenarios caracterizados por la incertidumbre climática. Desde esta perspectiva, el diseño prioriza la adaptabilidad, la redundancia funcional y la capacidad de recuperación frente a fenómenos como inundaciones, sequías, interrupciones del suministro energético o eventos climáticos extremos, cuya frecuencia e intensidad aumentan en el contexto del cambio climático.

La circularidad plantea una transformación equivalente en el ámbito de los materiales y los procesos constructivos. Frente al modelo lineal basado en la extracción, producción, consumo y descarte, la economía circular concibe los materiales como recursos que conservan su valor a lo largo de múltiples ciclos de uso. Aplicada a la construcción, esta aproximación, sistematizada por la Ellen MacArthur Foundation (2013) e incorporada progresivamente a las políticas de la Unión Europea, promueve criterios como el diseño para el desmontaje, la reutilización de componentes y el empleo de pasaportes de materiales que registran la composición y localización de los elementos constructivos para facilitar su recuperación y reincorporación a nuevos procesos edificatorios.

La arquitectura regenerativa amplía este enfoque al plantear que el entorno construido puede contribuir activamente al funcionamiento de los ecosistemas. Los trabajos de Herbert Girardet, Bill Reed y Pamela Mang sostienen que el proyecto arquitectónico puede favorecer procesos de regeneración ambiental mediante la recuperación de la biodiversidad, la mejora de los ciclos hidrológicos, el incremento de la fertilidad del suelo y la provisión de servicios ecosistémicos (Mang y Reed, 2012). Proyectos como el Bullitt Center de Seattle ilustran esta aproximación al integrar sistemas que buscan restablecer parte de las funciones ecológicas del lugar donde se implantan.

En conjunto, resiliencia, circularidad y regeneración representan una ampliación del concepto contemporáneo de sostenibilidad. La resiliencia sustituye la búsqueda de condiciones estables por la capacidad de adaptación frente a escenarios cambiantes; la circularidad reemplaza los procesos lineales por ciclos continuos de materiales y recursos; y la regeneración desplaza el objetivo desde la reducción de impactos hacia la recuperación activa de los sistemas ecológicos. Estas transformaciones consolidan un marco teórico en el que la sostenibilidad deja de entenderse exclusivamente como un problema de eficiencia para convertirse en una cuestión vinculada a la organización de las relaciones entre arquitectura, territorio y procesos ambientales.

Hacia una nueva comprensión sistémica de la arquitectura sostenible

El recorrido desarrollado en este artículo permite concluir que la sostenibilidad arquitectónica contemporánea excede el ámbito de las soluciones técnicas aplicadas al edificio y constituye una reconfiguración epistemológica de la disciplina. Este cambio de perspectiva cuestiona algunos de los fundamentos que han orientado históricamente el pensamiento arquitectónico, entre ellos la separación entre naturaleza y cultura, la concepción del diseño como una intervención ejercida sobre un contexto pasivo, la lógica lineal de extracción y descarte característica del modelo económico dominante y la consideración del edificio como un objeto autónomo respecto de los sistemas ecológicos y sociales en los que se inserta.

La genealogía reconstruida —desde el Informe Brundtland hasta Bruno Latour, pasando por la economía ecológica de Herman Daly, el diseño bioclimático de Victor Olgyay, la historia ambiental de Reyner Banham, el regionalismo crítico de Kenneth Frampton, la ecología del diseño de Ian McHarg, el diseño ecológico de Sim Van der Ryn y Stuart Cowan y la ecosofía de Félix Guattari— muestra que la sostenibilidad ha sido objeto de interpretaciones diversas, pero convergentes en un aspecto fundamental: la necesidad de comprender la arquitectura como parte de procesos ecológicos, materiales, sociales y culturales de mayor alcance. En este sentido, la sostenibilidad constituye un marco conceptual desde el cual reconsiderar las relaciones entre proyecto, territorio, recursos y formas de habitar.

Esta perspectiva incorpora, además, una dimensión territorial y social que atraviesa todas las escalas del proyecto. Las decisiones sobre la localización de una obra, la selección de materiales, los sistemas constructivos, el consumo de recursos y las condiciones de uso inciden simultáneamente en los procesos ambientales y en las dinámicas sociales del territorio. Por ello, la sostenibilidad no puede evaluarse únicamente a partir del desempeño técnico del edificio o de sus certificaciones ambientales, sino también por su capacidad para establecer relaciones responsables con el suelo, el agua, los ecosistemas y las comunidades que interactúan con él (Steele, 1997). Desde esta perspectiva, el proyecto arquitectónico forma parte de una red de interdependencias cuyos efectos trascienden el objeto construido y se extienden en el tiempo y el territorio.

Los artículos que integran esta serie desarrollan estas cuestiones desde diferentes escalas de análisis. Los capítulos siguientes examinan las dimensiones material, constructiva, bioclimática, territorial, tecnológica y ética de la sostenibilidad arquitectónica, con el propósito de analizar cómo estos fundamentos conceptuales se traducen en criterios de proyecto, procesos de diseño y obras construidas.

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Marcelo Gardinetti
Marcelo Gardinetti

Arquitecto, editor y director de Tecnne desde 2011.
Investigador en teoría y crítica de la arquitectura moderna y contemporánea.
La Plata, Argentina.
ORCID: https://orcid.org/0000-0002-6679-7951

Artículos: 1238