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Reyner Banham, un hogar no es una casa

Reyner Banham, A home is not a house, The Environment Bubble ©Francois Dallegret

A home is not a House, Reyner Banham

Cuando tu casa contiene un gran complejo de cañerías, conductos de humos, cables, luces, acometidas, enchufes, hornos, piletas, trituradores de residuos, parlantes de hi-fi, antenas, plenos, freezers, calentadores —cuando contiene tantos servicios que el dispositivo podría soportarse por sí mismo sin ayuda de la casa, ¿para qué tener una casa para sostenerlo?

Cuando el costo de todo este instrumental es la mitad del costo total (o más, como sucede a menudo), ¿qué es lo que está haciendo la casa excepto esconder tus partes pudendas mecánicas de la mirada de los transeúntes?

Ha habido un par de casos recientes en los que el público estaba realmente confundido con respecto a qué eran los servicios mecánicos y qué era la estructura —a muchos visitantes de Filadelfia les toma un rato entender que los entrepisos de las torres de laboratorios de Louis Kahn no están sostenidos por las cajas de ladrillos para conductos, y cuando lo han entendido tienden a dudar si valía la pena la complicación de darle a los entrepisos una estructura portante independiente.

Sin duda, gran parte de la atención que atraen esos laboratorios deriva del intento de Kahn de exponer el drama de los servicios mecánicos —y si finalmente falla en hacerlo convincentemente, la importancia sicológica del gesto sigue estando, por lo menos a los ojos de sus colegas arquitectos. Los servicios son un tema en el cual la práctica arquitectónica ha alternado caprichosamente entre lo desfachatado y lo recatado —estuvo aquel período ‘déjalos bambolear’, en el que cualquier cielorraso era un lío de entrañas en colores vivos, como en la salas del Consejo en el edificio de la ONU, y ha habido ataques de pudor en los  que el detalle anatómico más inocente fue velado precipitadamente con un cielorraso suspendido.

Básicamente, hay dos razones para todo este blowing hot and cold, si se me permite el más viejo juego de palabras entre los instaladores de aire acondicionado. La primera es que los servicios mecánicos son demasiado nuevos como para haber sido absorbidos en el saber tradicional de la profesión: ninguno de los grandes slogans —la forma sigue a la función, accusez la structure, firmness commodity and delight, honestidad con los materiales, wenig ist mehr— es de mucha ayuda al enfrentarse con la invasión mecánica. Lo que más se aproxima, en forma significativamente negativa, es el “Pour Ledoux cʼetait facile —pas de tubes” de Le Corbusier, que parece estar cobrando validez proverbial como la expresión de una profunda nostalgia por la época dorada anterior a la llegada de las cañerías.

La segunda razón es que la invasión mecánica es un hecho, y los arquitectos —y especialmente los arquitectos americanos— la sienten como una amenaza cultural a su posición en el mundo. Los arquitectos americanos ciertamente tienen razón en sentirlo así, porque su especialidad profesional, el arte de crear espacios monumentales, nunca se estableció firmemente en este continente. Ha quedado como un transplante de una cultura más vieja, y los arquitectos americanos tienen constantes regresiones a esa cultura. La generación de Stanford White y Louis Sullivan tendían a comportarse como emigrés de Francia, Frank Lloyd Wright a menudo se refugiaba en teutonicismos nostálgicos como Lieber Meister, los  peso pesado de los treinta y cuarenta al fin y al cabo vinieron de Aachen y Berlín, los líderes de los cincuenta y sesenta son hombres de cultura internacional como Charles Eames y Philip Johnson, y también lo son, en muchos aspectos, los que están surgiendo hoy en día, como Myron Goldsmith.

Si se los deja hacer, los americanos no monumentalizan ni hacen arquitectura. Desde la casita de fin de semana en Cape Cod, pasando por el balloon frame, a la perfección del siding de chapa de aluminio con un texturado para simular veteado de madera, siempre han tendido a hacer una chimenea de ladrillos y apoyar contra ella un conjunto de tinglados.

Cuando Groff Conklin escribió en The Weather-Conditioned House que “Una casa no es otra cosa que una cáscara vacía… una cáscara es todo lo que una casa o cualquier estructura en la que los seres humanos viven y trabajan es en realidad. Y la mayor parte de las cáscaras en la naturaleza son barreras extraordinariamente ineficientes al calor y al frío” estaba expresando un punto de vista extremadamente americano, apoyado por una tradición popular largamente establecida.

Y dado que esa tradición coincide con él en que la cáscara americana es una barrera térmica tan ineficiente, los americanos siempre han estado listos para bombear en sus refugios más calor, luz, y energía que el resto de los pueblos. El gran espacio monumental americano es, supongo, el gran espacio exterior — el porch, la galería, las llanuras surcadas por rieles de Whitman, el camino infinito de Kerouac, y ahora, The Great Up There. Incluso en el interior de la casa, los americanos rápidamente aprendieron a deshacerse de las particiones que los europeos necesitan para darle al espacio un carácter arquitectónico y ordenado, y mucho antes de que Wright comenzara a atropellarse los muros que dividían la arquitectura  correcta  en  sala  de estar, sala de juegos, sala de cartas, sala de armas, etc., los americanos más humildes se habían ido deslizando hacia un modo de vida adaptado a los interiores distribuidos informalmente que  eran, efectivamente, grandes espacios únicos.

Ahora bien, los grandes volúmenes envueltos en delgadas cáscaras tienen que ser iluminados y calefaccionados en un modo bastante diferente y más generoso que los interiores cúbicos de la tradición europea en torno a los cuales cristalizó en un principio el concepto de arquitectura doméstica. Desde el primer momento, desde la estufa Franklin y la lámpara de kerosén, el interior americano ha debido estar mejor servido si es que debía soportar una cultura civilizada, y ésta es una de las razones por las cuales los Estados Unidos han estado siempre a la vanguardia en los servicios mecánicos para edificios —de modo que, si los servicios pueden en algún lugar percibirse como una amenaza para la arquitectura, ese lugar es América.

“El plomero es el burgomaestre de la cultura americana”, escribió Adolf Loos, padre de todas  las perogrulladas europeas sobre la superioridad de la plomería americana. Sabía de qué hablaba; su breve visita a los Estados Unidos en los noventa lo convencieron de que las virtudes sobresalientes del modo de vida americano eran su informalidad (no hace falta ponerse un sombrero de copa para visitar a un funcionario local) y su limpieza —que necesariamente debía ser percibida por un vienés con un  esquema  de compulsiones freudianas tan altamente desarrollado como el suyo. La obsesión con la limpieza (que se ha convertido en uno de los mayores absurdos la cultura Kleenex de la América que respira lysol) fue otro motivo psicológico que llevó a la nación a los servicios mecánicos. Las justificaciones tempranas para el aire acondicionado no eran simplemente que la gente tenía que respirar: Konrad Meier en Reflections on Heating and Ventilating, 1904, escribía meticulosamente que

las cantidades excesivas de vapor de agua, los olores enfermantes provenientes de órganoslos respiratorios, los dientes sucios, la transpiración, la ropa desprolija, la presencia de microbios por muchas razones, el aire cargado de polvo por las alfombras y tapices… causan gran incomodidad y mayor enfermedad.

(Lávate las manos y vuelve para el próximo párrafo)

La mayor parte de los pioneros del aire acondicionado parecen haber estado obsesionados olfativamente del mismo modo: como mejores amigos podían señalarle a América su mal olor corporal y luego rápidamente recetar su propia panacea para ventilarla hasta reventar. En algún punto entre estos conceptos arracimados —la limpieza, la cáscara ligera, los servicios mecánicos, la informalidad e indiferencia por los valores arquitectónicos monumentales, la pasión por el espacio abierto— siempre me pareció que acechaba algún difuso concepto madre que nunca lograba enfocar claramente. Finalmente me apareció claro y legible en junio del ʼ64, en las circunstancias más altamente apropiadas y sintomáticas.

Estaba sumergido hasta el vello de mi pecho, haciendo películas caseras (me excita al estilo NASA lo de llevar equipo costoso a medios hostiles) en la playa del campus en el sur de Illinois. Esta playa combina lo exterior y la limpieza en un modo altamente americano —escenográficamente es el viejo estanque en la tradición de Huckleberry Finn, pero está vigilada como corresponde (estudiantes de segundo año haciendo de guardavidas, sentados en sillas Eames sobre postes en el agua) y además está  clorada.  Desde  donde estaba, podía ver no sólo pícnics y asados familiares inmensamente elaborados desarrollándose sobre la arena esterilizada, sino también, a través de y por sobre los árboles, el entramado de una de las cúpulas experimentales de Buckminster Fuller. Y en ese momento lo vi, si la sucia Naturaleza pudiera ser mantenida bajo el grado adecuado de control (quedarse con el sexo y eliminar los estreptococos) por otros medios, los Estados Unidos felizmente se desharían por completo de la arquitectura y los edificios.

Bucky Fuller, por supuesto, pone especial énfasis en este tema: su famosa pregunta no retórica “Señora, ¿sabe cuánto pesa su casa?” expresa una subversiva sospecha de lo monumental. Esta sospecha la comparten, sin expresarla tan claramente, los miles de americanos que ya han mudado el peso muerto de la arquitectura doméstica y viven en casas móviles que, incluso si pueden terminar sin moverse jamás, siguen dando una mejor performance como refugio que las estructuras ancladas a tierra que cuestan por lo menos tres veces más y pesan diez veces más. Si alguien pudiera desarrollar un paquete que pudiera efectivamente desconectar la casa móvil de los cables aéreos del suministro eléctrico, los tubos de gas envasado fijados precariamente en su gabinete y las semi-innombrables instalaciones sanitarias que surgen de no poder conectarse a la cloaca general —ahí estaríamos ante algunos cambios sustanciales.

Puede  no  estar demasiado lejos; los recortes en los gastos de defensa pueden llevar a que las técnicas derivadas de la investigación espacial sean aprovechadas por otros campos relativamente pronto, y ese talento miniaturizado aplicado a un paquete estándar de vida autocontenido y regenerativo que pudiera ser arrastrado tras una casa rodante o adosado a ella, podrían producir una especie de unidad remolcable que podría ser recogida o dejada en depósitos todo a lo ancho de la nación. Avis podría todavía transformarse en la primera en equipos, aun si tuviera que seguir conformándose con un meritorio segundo puesto en alquiler de autos.

De aquí podría surgir una revolución doméstica al lado de la cual la Arquitectura Moderna se vería como kiddibrix, ya que podrías también desprenderte de la casa móvil. Un paquete estándar de vida (la frase standard of living y el concepto son ambos de Bucky Fuller) que realmente funcionara podría, como tantas invenciones sofisticadas, retrotraer al hombre a un estadio más cercano al natural a pesar de su compleja cultura (tal como el abandono del telégrafo Morse por el teléfono Bell le devolvió  su  capacidad  de comunicarse hablando, a través del país). Desde el comienzo el hombre ha tenido dos maneras básicas de controlar el entorno: una esquivando el tema y escondiéndose debajo de una roca, árbol, tienda o techo (lo que finalmente llevó a la arquitectura tal como la conocemos) y la otra interfiriendo realmente con la meteorología local, usualmente a través de un fuego que, en forma más elaborada, podría llevar al tipo de situación aquí en discusión. A diferencia del espacio habitable atrapado con nuestros ancestros debajo de una roca o un techo, el espacio en torno al fuego tiene muchas cualidades distintivas que la arquitectura no puede aspirar a igualar, en primer lugar su libertad y variabilidad.

Reyner Banham, A home is not a house, Super-Coupe de Long-week-end 1927 ©Francois Dallegret
Reyner Banham, A home is not a house, Super-Coupe de Long-week-end 1927 ©Francois Dallegret

La dirección y fuerza del viento decidirá la forma y dimensiones de ese espacio, estirando el área de calor tolerable en un óvalo alargado, pero la emisión de luz no se verá afectada por el viento, y el área de iluminación tolerable será un círculo superpuesto al óvalo de calor. Habrá entonces una variedad de combinaciones de luz y calor para elegir según la necesidad y el interés. Si quieres hacer una tarea fina, como reducir una cabeza humana, te sientas en un lugar, pero si quieres dormir te acomodas en otro; el juego de tabas hallaría su lugar bastante diferente del entorno que correspondería a las reuniones del comité organizador de ritos de iniciación… y todo esto sería perfecto si los fuegos al aire libre no fueran tan efímeros, ineficientes, poco confiables, humeantes y todo eso.

Pero un paquete standard of living correctamente armado, que emita aire caliente sobre el suelo (en vez de absorber aire frío a lo largo del suelo como el fuego), irradiando luz suave y Dionne Warwick en cálido estéreo, con proteína madura girando en el horno en un baño de luz infrarroja, y la hielera tosiendo discretamente unos cubitos en los vasos sobre el bar desplegable —esto podría hacer por un claro en el bosque o una roca en la ensenada lo que Playboy nunca podría hacer por un penthouse puesto allí. ¿Pero cómo vas a trasladar este mazacote de tecnología hasta la ensenada? No necesita ser tan masivo; las necesidades aeroespaciales, por ejemplo, han tenido un efecto terrible sobre la tecnología de estado sólido, llegando a producir pequeños transistores refrigeradores. Todavía no captan ninguna gran cantidad de calor, pero ¿qué vas a hacer en el claro de todas formas? ¿congelar un novillo? Tampoco se necesita manipularlo —podría trasladarse sobre un colchón de aire (su propia emisión de aire acondicionado, por ejemplo) como un hovercraft o una aspiradora doméstica.

Esto va a consumir una buena cantidad de energía, incluso con los transistores. Pero deberíamos recordar que muy pocos americanos están en momento alguno lejos de una fuente de entre 100 y 400 caballos de fuerza —el automóvil. Unas baterías de automóvil potenciadas y un tambor para un cable de arrastre probablemente podrían poner a este paquete a emitir vapores de cognac sobre el Edén mucho antes de que aparezcan la transmisión de potencia por microondas o las plantas atómicas miniaturizadas. El automóvil es ya hoy una de las armas más pesadas de la artillería ambiental americana, y el componente esencial en un anti-edificio no arquitectónico que ya es bien conocido para la mayor parte de la nación —el autocine [the drive-in movie house]. Sólo que la palabra house es un manifiesto error de denominación —sólo un terreno liso en el que la compañía operadora ofrece imágenes visuales y sonido por cable, y el resto de la situación viene sobre ruedas. Traes tu propio asiento, calor y protección como parte del coche. También traes Coca Cola, galletitas, Kleenex, Chesterfields, ropas de más, zapatos, la píldora y cualquier otra cosa que se te ocurra y que no te darían en el Radio City.

El automóvil, para abreviar, está haciendo ya bastante del trabajo del paquete standard of living —la pareja acaramelada bailando a la música de la radio de su convertible estacionado ha creado una sala de baile de la nada (la pista va por cortesía del Departamento de Autopistas, por supuesto) y todo esto es paradisíaco hasta que empieza a llover. Incluso en ese caso no estás acabado —se necesita muy poca presión de aire para inflar una cápsula de mylar transparente, el aire acondicionado del paquete podría hacerlo, con o sin un poco de potenciación, y la cápsula en sí, doblada en una bolsa de paracaidista, podría ser parte del paquete. Desde el interior de tu hemisferio de treinta pies de Lebensraum seco y calentito podrías tener unas espectaculares vistas de primera fila del viento derribando árboles, la nieve arremolinándose en el claro, el incendio forestal que se acerca por sobre la colina o Constance Chatterley corriendo ágilmente hacia ya sabes quién a través de la tormenta.

Pero… ¿esto no es un hogar, no puedes criar una familia en una bolsa  de  polietileno?  Nunca  podrá reemplazar al venerable estilo rancho de tres niveles alzándose orgullosamente en el paisaje  de  cinco arbustos ralos, flanqueado a un lado por la casa de techo a dos aguas y piso en desniveles con seis arbustos ralos y al otro por la casa con techo a dos aguas y piso en desniveles con cuatro niños y un arenero propio. Si los innumerables americanos que están criando exitosamente a niños preciosos en trailers me disculpan por un momento, tengo algunas sugerencias para hacer a los todavía más innumerables  americanos  que están tan inseguros que tienen que esconderse detrás de falsos  monumentos  de Permastone y techado en rollo. Hay que admitir que hay muy sensatas ventajas cotidianas en pararse sobre una alfombra y un piso firme, en vez de sobre agujas de pino y hiedra venenosa. Los pioneros americanos reconocieron esto construyendo habitualmente sus chimeneas sobre un piso de ladrillos. Una burbuja inflable transparente podría anclarse a una placa semejante tan fácilmente como un balloon frame, y el paquete standard of living podría flotar animadamente en una especie de glorificado hoyo para fuego en el centro de la placa. Pero una burbuja inflable no es el tipo de cosa en la que los niños podrían entrar y salir cuando les diera la gana —créanme, tratar de salir de una cápsula inflable puede ser todavía más complicado que salir de una carpa empapada venida abajo si se equivoca la movida.

Pero la relación del kit de servicios a la placa podría disponerse de modo de solucionar esta dificultad; todo (o casi todo) el paquete standard of living podría reinstalarse en lo alto de una membrana que flotara sobre el piso, irradiando hacia abajo calor, luz, y lo que se quiera, y dejando todo el perímetro completamente abierto para permitir el libre acceso y egreso. Ese loco ideal del Movimiento Moderno de la interpenetración interior y exterior podría finalmente hacerse real al eliminar las puertas. Técnicamente sería factible, por supuesto, hacer que la membrana literalmente flotara, como un hovercraft. Cualquiera que haya tenido que pararse bajo el efecto que produce en el terreno el rotor de un helicóptero sabrá que esta solución tiene poco de recomendable excepto la eliminación instantánea de los papeles de residuo. El ruido, el consumo de energía, y la incomodidad física, podrían ser algo realmente escandaloso. Pero si la membrana de energía pudiera apoyarse en una o dos columnas, o incluso en una unidad de baño hecha en ladrillos, entonces estamos casi a la vista de lo que sería técnicamente posible antes de que la Gran Sociedad tenga muchos más años.

La idea básica es que la membrana soplaría una cortina de aire calentado/enfriado/acondicionado en el perímetro del lado a barlovento de la anti-casa, dejando que el resto del clima circule libremente por el espacio habitable, que no necesita corresponderse exactamente en planta con la membrana de arriba. La membrana probablemente tendría que ir más allá de los límites de la placa de piso, de todas formas, para prevenir la entrada de lluvia, aún si la cortina de aire estaría activa precisamente desde el lado del que cae la lluvia y, estando acondicionada, tendería a captar la humedad mientras cae. La distribución de la cortina de aire estará controlada por varios sensores eléctricos de luz y clima, y por esa invención tan revolucionaria, la veleta. Para el tiempo realmente malo serían necesarios postigones automáticos contra tormenta, pero salvo en los climas más locamente inconstantes, debería ser posible diseñar el kit acondicionador para manejar la mayor parte de los climas la mayor parte del tiempo sin que el consumo de energía se vuelva ridículamente superior al de una ineficiente casa ordinaria del tipo monumental.

Obviamente que sería apreciablemente mayor, pero todo este razonamiento gira sobre la observación que hace al American Way el gastar dinero en servicios y mantenimiento y mantenimiento en vez de en  la estructura permanente como en las  culturas  provincianas  del Viejo Mundo. En cualquier caso, no sabemos por dónde andarán cosas como la energía solar en la próxima década, y para el que quiera asistir a una visión casi posible del aire acondicionado totalmente gratis permítanme recomendar “Shortstack” (otro truquito con tubo de polietileno) en el número de diciembre del ’64 de Analog. De hecho, muchas de las objeciones de sentido común a la anti-casa pueden terminar desvaneciéndose: por ejemplo, el ruido puede no constituir un problema al no haber un muro perimetral para reflejarlo hacia el espacio habitable y, en cualquier caso, el susurro constante de la cortina de aire daría un aceptable umbral de volumen que los sonidos deberían superar para hacerse audibles y entonces molestos. ¿Bichos? ¿Criaturas salvajes? En el verano no deberían ser peor que con las ventanas y puertas de una casa ordinaria abiertas; en invierno todas las criaturas en su sano juicio migran o hibernan; pero, en cualquier caso, ¿por qué no estimular los procesos normales de la selección darwiniana para arreglarte la situación? Todo lo que necesitas es  desencadenar el proceso por medio de un ingenio todo propósito; éste radiaría llamadas de apareamiento y esencias sexys y atraería a todo tipo de predadores y presas mutuamente incompatibles hacia un amontonamiento de masacre indescriptible. Una cámara de circuito cerrado de televisión podría transmitir el estado del juego a una pantalla en el interior de la vivienda y brindar una programación continuada que haría que los ratings de Bonanza parezcan desdeñables.

¿Y la privacidad? Este parece ser un concepto tan nominal en la vida americana tal cual se la vive que parece difícil creer que a alguien le preocupe realmente. La respuesta, en las condiciones suburbanas que todo el argumento implica, es la misma que para las casas de vidrio que los arquitectos estaban diseñando tan laboriosamente hace una década —paisajismo más sofisticado. Esta es, después de todo, la tierra del bulldozer y del transplante de árboles crecidos —¿por qué dejar que el Comisionado de Parques se quede con toda la diversión?

Como fue dicho más arriba, este argumento implica suburbia que, para bien o para mal, es donde America quiere vivir. No dice nada sobre la ciudad que, como la arquitectura, es un crecimiento foráneo algo inseguro en este continente. Lo que se discute aquí es la extensión del sueño Jeffersoniano más allá de la versión sentimentalmente agraria Usonia/Broadacre de Frank Lloyd Wright —el sueño de la buena vida en el campo limpio, una residencia campesina en un paradisíaco jardín de equipamiento lograda a fuerza de energía. Este sueño de la anti-casa puede sonar no arquitectónico pero lo es sólo en parte, y la arquitectura desprendida de sus raíces europeas pero tratando de echar unas nuevas en un terreno extraño ha estado cerca de la anti- casa uno o dos veces ya. Wright no estaba bromeando cuando hablaba de ‘destruir la caja’ aun si la promesa espacial se cumple sólo ocasionalmente en la demasiado concreta realidad. Arquitectos populares de las llanuras como Bruce Goff y Herb Greene han producido casas cuya supuesta forma monumental tiene claramente poco impacto en la cosa funcional de vivir en ellas.

Reyner Banham A home is not a house ©Francois Dallegret
Reyner Banham, A home is not a house, Power Membrane House ©Francois Dallegret

Pero es en un edificio que a primera vista parece sólo forma monumental que la amenaza o promesa de la anti-casa ha sido demostrada más claramente—la casa Johnson en New Canaan. Se han dicho tantas cosas fuera de lugar (por parte del mismo Johnson, así como por otros) para probar que ésta es una obra de arquitectura en la tradición europea, que muchos de sus aspectos intensamente americanos a menudo se escapan. Sin embargo cuando se ha dejado atrás toda la erudición sobre Ledoux y Malevitch y Palladio y todo lo que ha sido publicado, una de las fuentes más sugestivas resulta difícil de descartar —la reconocida permanencia en el recuerdo de Johnson de una aldea incendiada de New England, con  las  ligeras envolventes consumidas por el fuego, y quedando en pie las plataformas de ladrillo y las chimeneas en pie. La casa de vidrio de New Canaan se compone esencialmente de estos dos elementos, una plataforma calefaccionada de piso de ladrillo, y una unidad vertical que es chimenea-hogar de un lado y baño del otro.

En torno a esto se ha tendido precisamente el tipo de envolvente liviana de la que hablaba Conklin, sólo que todavía más insustancial que aquélla. El techo, ciertamente, es sólido, pero psicológicamente está dominado por la ausencia de cerramiento visual todo alrededor. Como muchos han señalado peregrinos a este sitio, la casa no termina en el vidrio, y la terraza y los árboles más lejanos son parte del espacio de la vivienda, visualmente en invierno y física y operativamente en verano cuando las puertas se abren. La “casa” es poco más que un núcleo de servicios en un espacio infinito, o alternativamente, una galería exenta que mira en todas direcciones hacia el Gran Más Allá. En verano, en verdad, el vidrio sería un poco un sinsentido si los árboles no echaran sombra, y en el reciente otoño muy cálido el sol que atravesaba los árboles desnudos creaba un efecto invernadero tal que partes del interior eran agudamente incómodas —la casa habría estado mejor sin sus paredes de vidrio.

Cuando Philip Johnson dice que el lugar no es un entorno controlado, sin embargo, no son estos aspectos del vidriado indisciplinado lo que tiene en mente, sino que ‘cuando hace frío me acerco al fuego, cuando hace calor simplemente me alejo’. De hecho, simplemente está explotando el fenómeno del fuego del camping (también quiere sugerir que la losa radiante no hace habitable a toda la superficie, que sí la hace) y en cualquier caso, ¿qué quiere decir por entorno controlado? No es lo mismo que entorno uniforme, simplemente es un entorno ajustado a lo que vas a hacer, y ya sea que hagas un monumento de piedra, te alejes del fuego, o enciendas el aire acondicionado, la actitud fundamental es la misma.

Sólo que el monumento es una solución tan ponderosa que me sorprende que los americanos todavía estén dispuestos a emplearla, a menos que sea a partir de algún profundo sentimiento de inseguridad, una persistente incapacidad para liberarse de esos hábitos mentales de los que escapaban al dejar Europa. En la sociedad sin frente a la calle, con su movilidad social e individual, su intercambiabilidad de componentes y personal, sus chiches de equipamiento y casi universal descartabilidad, la  persistencia  de la  arquitectura como espacio monumental debe tomarse como evidencia del valor sentimental de lo perdurable.

Reyner Banham

Gráficos ©Francois Dallegret

Fuente: Art in America 1965 Volume 2 N.Y., 70-79

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