Antonio U. Vilar y la expansión del tipo: vivienda, territorio y patrimonio

Gardinetti, Marcelo

Arquitecto, Editor de Tecnne · La Plata, Argentina

Tecnne · Año 2026, n.º 68

Resumen

Este artículo analiza la expansión del pensamiento tipológico de Antonio U. Vilar desde la escala de la vivienda hacia la ciudad, el territorio y el patrimonio arquitectónico. La investigación examina cómo los principios de repetición y variación desarrollados en la arquitectura de renta se proyectaron sobre programas de mayor complejidad. El lote porteño y la célula habitacional constituyen un primer campo de aplicación, mientras la red del Automóvil Club Argentino traslada la lógica tipológica hacia una infraestructura distribuida territorialmente. La vivienda mínima introduce, a su vez, sistemas de combinación y crecimiento progresivo vinculados con condiciones sociales y económicas específicas. A partir de estas experiencias, el artículo sostiene que una parte significativa de la producción de Vilar debe comprenderse como un sistema antes que como una colección de edificios autónomos. Esta condición plantea desafíos para la valoración patrimonial, cuyos instrumentos centrados en la excepcionalidad del objeto individual resultan insuficientes para reconocer arquitecturas seriales, redes territoriales y conjuntos tipológicos.

Palabras clave: Antonio U. Vilar, arquitectura territorial, vivienda mínima, Automóvil Club Argentino, patrimonio arquitectónico serial.

La vivienda de renta: célula habitacional y lote porteño

El edificio de departamentos de alquiler constituyó durante la década de 1930 uno de los principales campos de experimentación del racionalismo argentino. Su importancia derivaba de la convergencia entre una demanda sostenida del mercado inmobiliario y la posibilidad de aplicar soluciones tipológicas repetibles sobre un parcelario relativamente homogéneo. En este contexto, el lote porteño de 8,66 metros de frente, dimensión recurrente en la trama urbana como resultado de la subdivisión histórica de la manzana colonial, adquiere en la obra de Vilar una función determinante. No constituye simplemente una restricción a la que la planta debe adaptarse. Condiciona la propia formación del tipo.

Una vez establecido el ancho de la parcela, determinadas relaciones espaciales adquieren un grado elevado de estabilidad: la posición de la caja de escalera, la profundidad de los locales, la organización de las unidades y la disposición del vano unificado pasan a funcionar como variables dentro de un sistema común. Cada proyecto puede modificar esas relaciones en función del programa, la orientación o la condición del lote, pero conserva una estructura reconocible que evita reformular desde cero las decisiones fundamentales (Ballent y Liernur 2014). El tipo comienza, por tanto, antes de la planta arquitectónica propiamente dicha: se construye a partir de la relación entre la parcela, sus dimensiones recurrentes y las posibilidades de ocupación que esas dimensiones determinan.

Antonio U. Vilar, Edificio Palermo, Buenos Aires 1935 vista
Antonio U. Vilar, Edificio Palermo, Buenos Aires 1935

El edificio de departamentos situado en la intersección de la avenida del Libertador y la calle Oro (1935) constituye una formulación precisa de este procedimiento. La solución de ventana analizada anteriormente reduce los elementos visibles de la fachada y establece un módulo capaz de ordenar su composición con independencia de la condición particular del edificio (Scarone 1970). En el edificio de renta construido en 1935 sobre la actual avenida del Libertador, el mismo principio se adapta a una parcela de esquina. El volumen se articula mediante tres planos de fachada, pero conserva el módulo de vano como elemento de continuidad formal y constructiva (Feal 2006; Casal, Couturier y Quiroga 2015). La variación volumétrica no modifica, por tanto, la estructura tipológica que organiza el conjunto.

La reducción del repertorio formal tampoco implica una disminución equivalente de la atención al habitar. Vilar incorporó dispositivos como el mobiliario rebatible para ampliar las posibilidades de uso en ambientes de dimensiones reducidas, vinculando la organización espacial con las condiciones concretas de la vivienda de alquiler. Esta preocupación coincide con investigaciones desarrolladas en la Europa de entreguerras sobre la vivienda mínima, aunque no existe evidencia suficiente para establecer una filiación directa entre Vilar y esas experiencias (Ballent y Liernur 2014). La coincidencia resulta significativa menos por una eventual transferencia de modelos que por la aparición de problemas semejantes en contextos productivos diferentes.

El proyecto de vivienda económica en Florida permite observar el mismo criterio en una escala programática menor. Los presupuestos acotados y las dimensiones reducidas de los lotes exigían una economía rigurosa de superficie y recursos, pero no condujeron a abandonar la organización tipológica desarrollada en los edificios de renta. La depuración espacial aparece, en este caso, como un principio proyectual aplicable a distintas escalas y condiciones económicas, no como una consecuencia circunstancial de la escasez (Scarone 1970). La racionalización de Vilar comprende así tanto la estructura del edificio como las unidades que lo componen: parcela, planta, vano y equipamiento doméstico participan de un mismo proceso de ajuste entre dimensiones, uso y construcción.

El Automóvil Club Argentino y la expansión territorial del tipo

Si en el edificio de renta el tipo permite repetir una solución dentro de los límites de una misma obra, el encargo del Automóvil Club Argentino extiende ese principio a la escala territorial. La arquitectura deja de organizar únicamente un edificio o un conjunto de parcelas y pasa a integrarse en una red de alcance nacional. El interés del episodio reside precisamente en ese cambio de escala: el tipo se convierte en un instrumento para producir continuidad arquitectónica a través de emplazamientos geográfica y constructivamente diversos.

Tras obtener el concurso de 1937, Vilar proyectó y dirigió durante los seis años siguientes una extensa red de estaciones de servicio y sedes sociales. Según las cifras reunidas por Lucchesi et al. (2013) y Medina et al. (2025), el programa llegó a comprender noventa establecimientos distribuidos en veinte de las veintitrés provincias argentinas. Estas cantidades deberían contrastarse con el catálogo de obra recopilado por Gorelik (1996) antes de considerarlas definitivas. Más allá de su dimensión cuantitativa, la importancia del programa reside en la articulación de un repertorio común con una doble tipificación, funcional y de lenguaje, capaz de incorporar variaciones derivadas de las condiciones regionales. La red establecía así una imagen institucional reconocible sin exigir la reproducción literal de una única configuración arquitectónica.

Antonio U. Vilar, Sede ACA Capital Federal
Antonio U. Vilar, Sede ACA Capital Federal

Este procedimiento adquiere una dimensión particular dentro de la arquitectura corporativa argentina de la primera mitad del siglo XX. Por su extensión geográfica y por la continuidad de sus soluciones, el programa del Automóvil Club Argentino constituye uno de los primeros casos de sistematización de una identidad arquitectónica aplicada de manera sostenida al territorio nacional. El proceso coincidió con la expansión de la infraestructura vial y del transporte automotor, que comenzó a modificar las relaciones entre los centros urbanos y sus áreas regionales (Gorelik 1998). Las estaciones de servicio no eran, por tanto, unidades aisladas: formaban parte de una nueva infraestructura asociada a la movilidad y a la organización territorial.

La escala del tipo también modifica la unidad de análisis. En el edificio de renta, la célula habitacional constituye el componente repetible dentro de una estructura arquitectónica determinada. En la red del Automóvil Club Argentino, la estación individual pierde autonomía como objeto y adquiere significado por su pertenencia al conjunto. Su valor arquitectónico depende de la capacidad del sistema para hacer reconocible una misma institución en lugares diferentes mediante relaciones constantes entre programa, organización espacial, estructura, imagen y detalle.

Esta condición permite vincular la obra de Vilar con un proceso más amplio de expansión de infraestructuras estandarizadas durante el período de entreguerras. Rutas, estaciones y edificios de servicio contribuyeron a articular físicamente el territorio y a establecer nuevas formas de continuidad entre ciudades y regiones, aunque ese proceso también introdujo tensiones con las tradiciones constructivas locales y con las condiciones específicas de cada lugar (Gorelik 1998; Waisman 1990). La respuesta de Vilar no consistió en imponer un prototipo invariable. La red combinó principios tipológicos estables con modificaciones determinadas por el emplazamiento, el programa y las condiciones regionales.

Antonio U. Vilar, Sede ACA La Plata vista
Antonio U. Vilar, Sede ACA La Plata

En este sentido, el programa del Automóvil Club Argentino lleva a su escala territorial la lógica que ya podía observarse en los edificios de renta. La repetición deja de ser una propiedad de componentes internos de la obra y se convierte en una condición de la red arquitectónica. El tipo permite mantener una identidad común a través de la diferencia: establece aquello que debe permanecer constante y, al mismo tiempo, define el margen dentro del cual cada edificio puede responder a su localización.

Vivienda mínima, repetibilidad y crecimiento progresivo

Este apartado no reconstruye una segunda biografía de Vilar, centrada en su actividad filantrópica o en su preocupación por la vivienda popular. La cuestión es más específica y deriva directamente de la tesis general: cómo opera la repetibilidad cuando el problema arquitectónico deja de estar asociado a la renta inmobiliaria y se vincula con la vivienda social.

Entre 1918 y 1920, mientras se desempeñaba como responsable de obras de la Explotación Nacional de Petróleo en Comodoro Rivadavia, Vilar proyectó viviendas obreras mediante estructuras desmontables de madera y revestimientos metálicos. Las soluciones respondían a las condiciones particulares de los campamentos petroleros patagónicos, caracterizados por la urgencia constructiva y la escasez de mano de obra calificada (Scarone 1970). No existe evidencia documental suficiente para establecer una relación causal directa entre aquellas experiencias y los proyectos de vivienda mínima desarrollados quince años después en Buenos Aires. Sí puede reconocerse, sin embargo, una cuestión técnica común: la posibilidad de descomponer la vivienda en componentes montables, combinables y ampliables, capaces de responder a condiciones variables de recursos y disponibilidad de trabajo. La relación entre ambos episodios debe entenderse, por tanto, como una continuidad de problemas proyectuales y no como una filiación demostrada.

La preocupación de Vilar por la cuestión social también precedió a sus propuestas arquitectónicas de vivienda mínima, aunque ambos registros requieren mantenerse diferenciados. En 1931, durante la crisis económica derivada del colapso de 1929, organizó una iniciativa privada de asistencia a trabajadores desocupados, antecedente de la posterior Comisión de Asistencia Social a la Desocupación, de la que fue secretario general. En 1933 publicó además el folleto La desocupación (Gorelik 1996). Estas intervenciones pertenecen al campo de la asistencia social. La formulación arquitectónica y política del problema de la vivienda aparecería posteriormente.

En enero de 1937, en el artículo «La vivienda popular», publicado en Nuestra Arquitectura, Vilar sostuvo que la vivienda destinada a los sectores populares no podía depender exclusivamente de la iniciativa privada, debido a que las condiciones de rentabilidad del mercado inmobiliario resultaban incompatibles con determinados estándares mínimos de habitabilidad. En consecuencia, planteó la intervención directa del Estado como condición para abordar el problema de manera sistemática (Vilar 1937; Gorelik 1996). En 1938 volvió sobre esta posición como delegado del Rotary Club de Buenos Aires ante el Primer Congreso Panamericano de la Vivienda (Gorelik 1996). La dimensión política del planteamiento resulta relevante porque introduce un cambio de escala: la vivienda deja de considerarse únicamente como una unidad de producción privada y comienza a formularse como un problema de alcance colectivo.

La traducción arquitectónica de estas posiciones se produjo en 1945 con los prototipos de vivienda «V». El conjunto estaba compuesto por cuatro modelos derivados del fraccionamiento de una casa de mayores dimensiones y concebidos para admitir combinaciones y ampliaciones progresivas según las posibilidades económicas de cada familia. Vilar planteó su aplicación tanto en ámbitos urbanos y rurales como en campamentos fabriles y situaciones de emergencia (Gorelik 1996). El proyecto trasladaba a la vivienda social una lógica que ya estaba presente en otros ámbitos de su producción: establecer un número limitado de componentes y relaciones espaciales capaces de generar configuraciones diferentes.

La investigación continuó durante la década siguiente. Hacia 1954, con el apoyo de Ferrodinie y Talleres Thyssen, Vilar ensayó la fabricación seriada de los prototipos mediante el sistema Monolit. En 1957 obtuvo además apoyo estatal para desarrollar una muestra de barrio urbanizado, asociada a una formulación que condensaba el objetivo del programa: la «vivienda mínima y decente», mínima «para poder hacer más» y decente «para que responda al standard de vida que es lógico y justo pretender hoy para un modesto hogar» (Vilar, citado en Gorelik 1996).

El interés arquitectónico de estas experiencias reside en la relación entre repetición y transformación. La vivienda social no se plantea como un objeto cerrado que deba reproducirse idénticamente, sino como una estructura inicial susceptible de combinación, ampliación y modificación. La casa Tuñín y los modelos «V» número uno y número tres pueden interpretarse, desde esta perspectiva, como matrices de una familia de soluciones. Su capacidad de adaptación incorpora variables económicas, familiares y territoriales sin abandonar una estructura tipológica previamente definida.

La vivienda mínima constituye así otro campo de aplicación del principio de repetibilidad desarrollado por Vilar. En los edificios de renta, el tipo organiza la relación entre parcela, planta y componentes constructivos; en la vivienda social, incorpora además una dimensión temporal. La unidad habitacional puede transformarse a medida que cambian las necesidades y los recursos de sus ocupantes. El tipo deja de ser únicamente una forma de producir varias unidades y se convierte también en una estructura capaz de admitir modificaciones sucesivas sin perder su organización fundamental.

Antonio U. Vilar Casa Petley en Belgrano, NA 5 1934 fachada de calle
Antonio U. Vilar Casa Petley en Belgrano, 1934

Arquitectura serial y valoración patrimonial

La interpretación de Vilar como formulador de tipos tiene una consecuencia directa sobre los criterios con los que se valora y protege el patrimonio arquitectónico. Los instrumentos de catalogación del patrimonio edificado en la Ciudad de Buenos Aires se orientan, en términos generales, a la identificación y salvaguarda de inmuebles individuales, mediante criterios de valoración aplicados principalmente a cada edificio. Este enfoque presenta dificultades frente a una producción cuya significación depende de la repetición controlada de soluciones y de su articulación dentro de conjuntos territorialmente dispersos.

No se dispone aquí de un relevamiento normativo exhaustivo, edificio por edificio, que permita establecer cuántas obras de renta de Vilar en el corredor de la avenida del Libertador, o cuántas estaciones del Automóvil Club Argentino en el interior del país, cuentan actualmente con protección patrimonial específica. La determinación de esos datos requeriría consultar el catálogo patrimonial de la Ciudad de Buenos Aires y los inventarios correspondientes a cada jurisdicción provincial. Esa verificación constituye una tarea pendiente. Sí puede formularse, en cambio, una hipótesis derivada de la propia estructura del criterio de valoración: cuando la protección se concentra en la excepcionalidad de cada inmueble, resulta difícil reconocer el valor histórico de una arquitectura cuya relevancia se construye mediante la pertenencia a una serie.

El problema plantea la conveniencia de incorporar categorías de valoración capaces de considerar conjuntos seriales, redes territoriales y sistemas tipológicos. En el caso del Automóvil Club Argentino, la unidad patrimonial podría definirse a partir de la red de infraestructura en su conjunto, en lugar de considerar cada estación como una pieza autónoma. Esta perspectiva coincide con estudios recientes que proponen interpretar el plan ACA-YPF mediante una lectura sistémica apoyada en las categorías de fijo, flujo y rugosidad desarrolladas por Milton Santos (Medina et al. 2025). El interés de esta aproximación reside en que permite relacionar las características arquitectónicas de cada establecimiento con las redes de movilidad, abastecimiento y organización territorial de las que formaba parte.

La cuestión excede la producción de Vilar. Una dificultad semejante aparece en conjuntos residenciales dispersos, redes de transporte y servicios, y arquitecturas corporativas que reproducen una identidad institucional en distintos lugares y durante períodos prolongados. En estas obras, la unidad de significado histórico no coincide necesariamente con el inmueble individual. Puede encontrarse en las relaciones que articulan las distintas piezas: la repetición de componentes, la continuidad de criterios constructivos, la adaptación a emplazamientos diversos y la extensión geográfica del sistema.

El caso de Vilar permite, por tanto, plantear una revisión de la escala con la que se identifica el patrimonio de arquitectura serial. La protección de cada edificio continúa siendo necesaria cuando existen valores arquitectónicos específicos, pero resulta insuficiente para obras cuya lógica proyectual depende de la relación entre múltiples realizaciones. Reconocer esa dimensión sistémica permitiría trasladar al campo patrimonial una condición que ya estaba presente en el proyecto: la obra no se define únicamente por cada edificio construido, sino por el conjunto de relaciones tipológicas, constructivas y territoriales que hacen posible su repetición.

La expansión territorial de la modernidad tipológica

El análisis de la obra de Antonio U. Vilar permite comprender el tipo como una estructura capaz de operar en escalas arquitectónicas y territoriales diferentes. En la vivienda de renta, organiza la relación entre parcela, célula habitacional y fachada; en la vivienda mínima, incorpora la posibilidad de combinación y ampliación; en la red del Automóvil Club Argentino, articula edificios dispersos mediante principios comunes de organización, construcción e identidad institucional. El tipo modifica así su alcance sin perder la estructura de relaciones que sostiene cada realización.

Esta continuidad no depende de la reproducción literal de una forma. Se construye mediante la permanencia de determinadas relaciones funcionales, constructivas y compositivas, sometidas a variaciones derivadas del programa, el emplazamiento y las condiciones materiales de cada obra. La arquitectura de Vilar demuestra que la repetición puede producir diferencia cuando el tipo funciona como una estructura abierta al ajuste. La unidad proyectual no reside entonces en una configuración invariable, sino en las relaciones que permiten trasladarla y transformarla.

Antonio U. Vilar, Hospital Churruca, Buenos Aires
Antonio U. Vilar, Hospital Churruca, Buenos Aires 1938

Esta condición también modifica la escala desde la cual puede interpretarse la arquitectura moderna. Cuando el valor histórico de una producción depende de su repetición, de su extensión geográfica y de las relaciones entre sus componentes, el edificio individual deja de ser suficiente como única unidad de análisis. Las viviendas seriadas, las redes de infraestructura y las arquitecturas institucionales distribuidas requieren categorías capaces de reconocer sistemas, conjuntos y relaciones territoriales. La cuestión patrimonial planteada por la obra de Vilar deriva directamente de esta condición.

Su interés historiográfico reside, en consecuencia, en hacer visible una dimensión de la modernidad argentina vinculada con la producción sistemática de arquitectura. Su obra muestra cómo determinados principios pudieron reproducirse, adaptarse y coordinarse desde la escala de la vivienda hasta la de una red nacional, dentro de una estructura productiva que combinaba racionalización técnica, estandarización y trabajo de oficio. El tipo aparece así no como una forma predeterminada, sino como un instrumento de continuidad capaz de organizar la transformación.

El recorrido analizado permite formular una conclusión más amplia: la consolidación de la arquitectura moderna no dependió únicamente de la aparición de edificios excepcionales o de la incorporación de nuevos lenguajes formales. También se produjo mediante sistemas de proyecto capaces de responder repetidamente a problemas concretos, ajustar sus soluciones a condiciones diversas y extender determinados principios a través del territorio. En Vilar, esa capacidad de articulación convierte al tipo en una categoría simultáneamente proyectual, constructiva y territorial, y ofrece una vía para interpretar la modernidad argentina desde sus mecanismos de producción además de hacerlo desde sus objetos construidos.

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Marcelo Gardinetti
Marcelo Gardinetti

Arquitecto, editor y director de Tecnne desde 2011.
Investigador en teoría y crítica de la arquitectura moderna y contemporánea.
La Plata, Argentina.
ORCID: https://orcid.org/0000-0002-6679-7951

Artículos: 1260