La arquitectura del relato en Borges: espacio, geometría y pensamiento

Gardinetti, Marcelo

Arquitecto, Editor de Tecnne · La Plata, Argentina

Tecnne · Año 2026, n.º 58

Resumen

El artículo analiza la función estructural de la arquitectura en la narrativa de Jorge Luis Borges, entendiendo el espacio construido como un dispositivo capaz de organizar pensamiento, tiempo y relato. A partir de El jardín de senderos que se bifurcan, Tema del traidor y del héroe y La muerte y la brújula, el estudio identifica tres configuraciones espaciales fundamentales: el laberinto como estructura epistemológica, la geometría como sistema de determinación narrativa y el escenario arquitectónico como soporte intertextual. La investigación articula herramientas provenientes de la sintaxis espacial de Hillier y Hanson, los estudios de Sophia Psarra y Cristina Grau sobre Borges y arquitectura, el concepto de cronotopo de Bajtín y la fenomenología del espacio habitado. El análisis incorpora además la dimensión territorial de las “orillas” porteñas estudiada por Beatriz Sarlo, mostrando la relación entre espacio imaginario, experiencia urbana y construcción literaria.

Palabras clave: Jorge Luis Borges y arquitectura, espacio narrativo, arquitectura y literatura, laberinto borgeano, sintaxis espacial.

Arquitectura y literatura: el espacio como estructura narrativa en Borges

En Architecture and Narrative, Sophia Psarra examina la relación estructural entre arquitectura y narrativa literaria, con especial atención a la obra de Jorge Luis Borges (Psarra, 2009). Su estudio parte de una premisa que organiza toda la investigación: ambas disciplinas comparten una lógica compositiva basada en la articulación del espacio y el tiempo. Mientras la arquitectura organiza el recorrido mediante una secuencia de experiencias espaciales, la literatura incorpora configuraciones arquitectónicas, particularmente el laberinto, como principio formal para estructurar el relato. Psarra desarrolló inicialmente esta hipótesis en una ponencia presentada en el Cuarto Simposio Internacional de Space Syntax, celebrado en Londres, donde planteó el análisis de la contribución de los modelos espaciales a la literatura de Borges y, de manera recíproca, de la capacidad de sus relatos para ofrecer instrumentos de comprensión arquitectónica (Psarra, 2003).

Con anterioridad, la arquitecta valenciana Cristina Grau había abordado una línea de investigación semejante. Su tesis doctoral, dirigida por Josep Muntañola Thornberg y publicada como Borges y la arquitectura, se apoyó en entrevistas realizadas al escritor en Buenos Aires entre 1982 y 1983 para examinar cómo el arquetipo del laberinto organiza tanto el espacio literario como el arquitectónico (Grau, 1989). Aunque proceden de tradiciones académicas diferentes —la sintaxis espacial británica y la composición arquitectónica española—, ambos estudios coinciden en una misma conclusión: en la obra de Borges, la arquitectura constituye un modelo generador de la narración y no un recurso metafórico de carácter ornamental.

Psarra centra su análisis en tres relatos de Ficciones: Tema del traidor y del héroe, El jardín de senderos que se bifurcan y La muerte y la brújula (Borges, 1944). En ellos identifica una correspondencia sistemática entre las configuraciones espaciales y los mecanismos narrativos. A través de principios como la simetría, la geometría y la repetición, Borges construye relatos donde autores, personajes y acontecimientos se reflejan y duplican, produciendo estructuras que operan simultáneamente como tramas narrativas y como organizaciones espaciales. El laberinto, la villa o el mapa dejan de ser escenarios para convertirse en dispositivos de pensamiento que permiten explorar cuestiones recurrentes en su obra, como la relación entre unidad y multiplicidad, la noción de infinito, la correspondencia entre forma y conocimiento, y la tensión entre realidad y ficción. La narrativa borgiana puede entenderse, así, como una arquitectura conceptual en la que el espacio organiza el razonamiento y materializa las relaciones entre orden, complejidad y sistema.

La convergencia entre arquitectura y literatura constituye un campo de afinidades estructurales antes que una relación fundada en analogías formales. Ambas disciplinas organizan el espacio —material o textual— mediante secuencias, jerarquías y sistemas de relaciones que producen significado. En arquitectura, Le Corbusier formuló la promenade architecturale como un principio de recorrido que estructura la experiencia del edificio a través de una sucesión temporal de acontecimientos espaciales. Habitar implica, en este sentido, recorrer una secuencia organizada de episodios, de manera análoga a la lectura de un texto. En sentido inverso, la literatura ha recurrido con frecuencia a configuraciones arquitectónicas como instrumentos de organización narrativa. Desde el laberinto de Dédalo hasta las ciudades imaginarias de Italo Calvino, el espacio construido se convierte en un medio para reflexionar sobre el lenguaje, la memoria y la forma urbana.

En Le città invisibili, Calvino presenta una serie de ciudades descritas por Marco Polo a Kublai Kan que no remiten a lugares identificables, sino a operaciones conceptuales sobre la propia idea de ciudad (Calvino, 1972). Iván Moure Pazos ha señalado que el interés de esta obra no radica en anticipar una corriente arquitectónica específica, sino en trasladar al ámbito literario un debate urbano presente en la Italia de las décadas de 1960 y 1970, particularmente en las propuestas de Archizoom y Superstudio. Para definir este procedimiento introduce el concepto de «arquitectura escrita», entendido como una práctica capaz de formular modelos espaciales con un grado de libertad imposible para la arquitectura construida, condicionada por restricciones materiales, técnicas y económicas (Moure Pazos, 2013). Tanto Calvino como Borges utilizan la ciudad y el libro como dispositivos equivalentes para pensar el espacio. Sin embargo, sus procedimientos difieren: mientras Calvino desarrolla una proliferación descriptiva de ciudades posibles, Borges concentra la complejidad en sistemas geométricos de elevada condensación conceptual.

En la obra de Jorge Luis Borges esta relación alcanza una formulación particularmente rigurosa. La arquitectura no constituye un escenario ni una referencia visual destinada a contextualizar la acción. Funciona como el principio organizador de la composición narrativa y del pensamiento filosófico que la sostiene. El espacio arquitectónico se transforma en un modelo de razonamiento capaz de ordenar simultáneamente la estructura de los relatos y la disposición de las ideas que estos desarrollan.

El laberinto de Borges, San Giorgio Maggiore Venecia. Randoll Coate
El laberinto de Borges, San Giorgio Maggiore Venecia. Randoll Coate 2011

Marco teórico y metodología para el análisis espacial de la narrativa borgeana

El presente análisis sostiene que Jorge Luis Borges emplea modelos arquitectónicos como operadores conceptuales de su escritura y plantea tres objetivos específicos. En primer lugar, identificar y caracterizar las principales modalidades mediante las cuales la arquitectura organiza la narrativa borgiana: el laberinto, la geometría y el escenario filosófico. En segundo lugar, contrastar estas modalidades con marcos teóricos procedentes de la teoría literaria —especialmente el cronotopo de Bajtín— y de la teoría arquitectónica —la sintaxis espacial y la fenomenología del lugar—, con el fin de precisar en qué medida la arquitectura en Borges constituye un principio estructural de la narración y no un recurso metafórico. Finalmente, situar esta arquitectura conceptual en relación con la geografía que el autor habitó y reconfiguró literariamente, en particular el espacio liminar de las orillas de Buenos Aires, para integrar la dimensión material del territorio al análisis de su construcción espacial.

La investigación se articula en torno a la siguiente pregunta: ¿de qué modo el espacio construido —laberinto, villa, jardín o ciudad— deja de funcionar como escenario de la acción para convertirse en el principio organizador del relato y del pensamiento que este desarrolla, y qué categorías procedentes de la crítica literaria y de la teoría arquitectónica permiten describir ese proceso?

La metodología combina la lectura crítica del corpus narrativo con herramientas analíticas procedentes de la sintaxis espacial, especialmente la distinción entre experiencia perceptiva y estructura configuracional (Hillier y Hanson, 1984), y de la fenomenología del lugar habitado (Bachelard, 1957; Norberg-Schulz, 1980). El corpus bibliográfico incorpora estudios de referencia sobre Borges y la arquitectura (Psarra, 2003, 2009; Grau, 1989), la geografía literaria de Buenos Aires (Sarlo, 1995) y la recepción europea de la obra borgiana (Eco, 1980, 1983, 1986; Moure Pazos, 2013). El desarrollo del artículo se organiza en tres apartados dedicados al laberinto, la geometría y el escenario arquitectónico, seguidos de un cuarto capítulo centrado en la dialéctica entre habitante y cartógrafo y de un quinto dedicado a la relación entre la configuración espacial de los relatos y la topografía de Buenos Aires, antes de la síntesis final.

Desde esta perspectiva, las ficciones de Borges pueden entenderse como construcciones de precisión arquitectónica, donde la organización espacial determina la estructura narrativa y orienta el proceso de lectura. El espacio deja de ser un soporte descriptivo para convertirse en un sistema de relaciones que articula el pensamiento y conduce al lector a través de un recorrido cuidadosamente configurado, en el que orientación y desorientación forman parte de un mismo principio compositivo.

El laberinto como arquitectura temporal y estructura del conocimiento

El laberinto constituye uno de los principios arquitectónicos más persistentes en la obra de Jorge Luis Borges. Su importancia no deriva únicamente de su dimensión simbólica, sino de su función como modelo compositivo capaz de articular espacio, tiempo y estructura narrativa. En el universo borgiano, la lectura se configura como un recorrido arquitectónico, organizado mediante una sucesión de bifurcaciones, desvíos y puntos de decisión. Esta concepción alcanza su formulación más precisa en El jardín de senderos que se bifurcan, donde se afirma que el libro y el laberinto eran una misma cosa, expresión que Sophia Psarra adopta como título del capítulo dedicado a Borges y que sintetiza el núcleo de su interpretación (Psarra, 2009).

El relato constituye un experimento narrativo construido a partir de una hipótesis espacial. Yu Tsun descubre, a través de Stephen Albert, el significado del proyecto concebido por su antepasado Ts’ui Pên, quien emprendió simultáneamente la escritura de una novela y la construcción de un laberinto destinado a extraviar a todos los hombres. Albert demuestra que ambas empresas corresponden a una única obra: el laberinto no se desarrolla en el espacio físico, sino en la multiplicación del tiempo. La novela se organiza mediante una secuencia ilimitada de bifurcaciones, donde cada decisión genera una nueva línea de acontecimientos que coexiste con las restantes. El texto adquiere así la condición de una arquitectura temporal en la que el recorrido físico es sustituido por la simultaneidad de posibilidades.

Esta integración entre tiempo y espacio encuentra un marco teórico en la noción de cronotopo formulada por Mijaíl Bajtín, entendida como la unidad en la que las relaciones temporales y espaciales adquieren expresión artística, haciendo visible el tiempo y dotando al espacio de la dinámica propia de la acción narrativa (Bajtín, 1981). Aunque esta categoría fue desarrollada para el estudio de otros géneros novelísticos, resulta especialmente pertinente para interpretar el relato de Borges. El laberinto de Ts’ui Pên constituye un cronotopo construido, donde la arquitectura no contiene el tiempo, sino que lo organiza como principio estructural. Cada bifurcación configura una unidad espacio-temporal autónoma que permanece activa junto a las demás alternativas, diferenciándose del laberinto clásico de Dédalo, estructurado en torno a un único recorrido posible.

Esta organización puede analizarse también desde la teoría de la sintaxis espacial. Bill Hillier y Julienne Hanson definen la configuración como el sistema de relaciones topológicas que vincula cada espacio con el conjunto, de modo que la organización arquitectónica depende de la estructura relacional y no de las propiedades aisladas de sus componentes (Hillier y Hanson, 1984). Formada en el entorno académico de Hillier, Psarra traslada este marco analítico al estudio de la narrativa borgiana y demuestra que la coherencia interna de un relato puede describirse mediante herramientas equivalentes a las empleadas para analizar la configuración de un edificio o de un plano urbano (Psarra, 2009).

Borges sitúa este modelo abstracto en un paisaje reconocible mediante la evocación de jardines orientales e ingleses que, pese a su apariencia irregular, responden a un orden cuidadosamente modulado. En estas composiciones, naturaleza y artificio forman parte de un mismo sistema, donde la percepción del azar es resultado de una organización rigurosa. El jardín concebido por Ts’ui Pên adopta esa misma condición: una estructura gobernada por reglas internas cuya complejidad produce la impresión de dispersión. La bifurcación se convierte, así, en el principio geométrico de una concepción del universo basada en la coexistencia de múltiples temporalidades. Cada intersección corresponde a una decisión narrativa y cada sendero configura una trayectoria que permanece simultáneamente abierta.

La influencia de este modelo se proyectó sobre la literatura europea de la segunda mitad del siglo XX. Umberto Eco, quien reconoció haber descubierto tempranamente la obra de Borges a través de Ficciones, construyó en El nombre de la rosa una biblioteca monástica de configuración laberíntica custodiada por el bibliotecario ciego Jorge de Burgos, referencia explícita al escritor argentino (Eco, 1980). En las Apostillas a El nombre de la rosa, Eco afirmó que la asociación entre biblioteca y ceguera remitía inevitablemente a Borges y reconoció ese homenaje como una forma de filiación intelectual (Eco, 1983). La correspondencia trasciende la alusión nominal. La biblioteca de la abadía reproduce el mismo principio configuracional presente en La biblioteca de Babel: un sistema de conocimiento potencialmente exhaustivo cuya complejidad termina por impedir su comprensión y convierte el espacio en un mecanismo de desorientación. Eco desarrolló posteriormente esta relación entre arquitectura y significado en sus estudios sobre semiótica arquitectónica, donde sostiene que los edificios constituyen sistemas de signos susceptibles de ser interpretados como textos, con independencia de su función utilitaria (Eco, 1986). La recepción de Borges en la obra de Eco evidencia la transferencia del modelo del libro-laberinto desde la literatura hacia la reflexión arquitectónica sobre la organización y el significado del espacio construido.

El laberinto adquiere, de este modo, una función epistemológica. Constituye un sistema configuracional que interpreta la realidad como una red de relaciones y trayectorias posibles. En los relatos posteriores, esta lógica se condensará en estructuras de mayor rigor geométrico, donde la organización del espacio expresa, con creciente precisión, la arquitectura conceptual del destino.

Laberinto de Villa Pisani en Venecia, grabado de Giovanni Battista Carboni y N. Randonnette
Laberinto de Villa Pisani en Venecia, grabado de Giovanni Battista Carboni y N. Randonnette

Geometría, simetría y determinación espacial del destino narrativo

En la obra de Borges, la geometría constituye un principio de organización narrativa. Frente a la expansión potencialmente ilimitada del laberinto, las configuraciones simétricas y los patrones geométricos introducen un orden preciso que transforma la contingencia en necesidad. La forma geométrica actúa como una matriz compositiva donde acontecimientos, personajes e identidades responden a una organización previa que regula sus relaciones y determina el desarrollo del relato.

En Tema del traidor y del héroe, la composición adopta la estructura de un díptico especular. El relato se organiza en dos secuencias complementarias que invierten sus términos: Fergus Kilpatrick pasa de héroe a traidor, mientras Nolan asume simultáneamente las funciones de conspirador, ejecutor y autor de la versión histórica destinada a preservar la figura del héroe. Esta organización excede el plano argumental y responde a una disposición geométrica rigurosa. Borges establece correspondencias entre dos tríadas: la de los autores —Borges, Nolan y Shakespeare— y la de los personajes —Ryan, Kilpatrick y César—. La superposición de ambas configuraciones produce una estructura relacional en la que cada posición encuentra su correspondencia en otra, diluyendo la separación entre autor y personaje. Psarra identifica un mecanismo equivalente en El jardín de senderos que se bifurcan, donde Borges se corresponde con Ts’ui Pên, creador del laberinto narrativo, mientras Stephen Albert reproduce su función al descifrar la obra y morir, como él, a manos de un desconocido; perseguidores y víctimas intercambian posiciones dentro de una estructura gobernada por la lógica de la bifurcación (Psarra, 2003). En ambos relatos, las relaciones particulares convergen en una misma categoría estructural: la del creador de historias.

Esta organización pone de manifiesto que la identidad individual queda subordinada a una matriz formal que la precede. Los personajes aparecen como variaciones de un mismo principio compositivo y ocupan posiciones definidas dentro de una configuración estable. La narración adquiere así una estructura autosimilar, en la que cada nivel de autoría reproduce las relaciones del anterior, de manera comparable a una planta arquitectónica simétrica, donde la distribución de los espacios responde a un orden que regula el conjunto.

En La muerte y la brújula, la geometría adquiere una expresión arquitectónica explícita. El detective Erik Lönnrot interpreta los tres asesinatos como los vértices de un rombo y deduce un cuarto punto donde espera resolver el enigma. Esa lectura resulta ser el mecanismo diseñado por Red Scharlach para conducirlo hasta su muerte. La villa de Triste-le-Roy materializa esta configuración mediante una composición basada en ejes de simetría, galerías paralelas, patios, espejos enfrentados y recorridos duplicados. La arquitectura deja de constituir el escenario de la acción para integrarse en el dispositivo narrativo que organiza la investigación y conduce al desenlace. La descripción del edificio incorpora principios compositivos propios de la tradición clásica, como la axialidad, la repetición modular y la proporción, cuya presencia será examinada en el apartado siguiente.

En estos relatos, la geometría adquiere una dimensión epistemológica al expresar la relación entre orden y destino. La configuración espacial precede al acontecimiento y establece las condiciones de su desarrollo. Borges convierte la forma geométrica en un sistema de organización del conocimiento donde la simetría no representa equilibrio, sino determinación. El espacio construido impone una lógica que condiciona a quienes lo recorren.

Esta concepción contrasta con la formulada décadas más tarde por Bernard Tschumi, quien sostiene que entre la forma arquitectónica y el acontecimiento no existe una relación causal, sino una disyunción capaz de generar nuevas posibilidades de uso e interpretación (Tschumi, 1994). Mientras Tschumi propone una arquitectura abierta a la contingencia, Borges configura espacios donde el acontecimiento ya se encuentra inscrito en la organización geométrica. La villa de Triste-le-Roy expresa con claridad esta condición: su configuración arquitectónica no admite el azar, sino que ordena anticipadamente el destino de quien la habita.

El espacio arquitectónico como sistema filosófico e intertextual

En la narrativa de Jorge Luis Borges, el espacio arquitectónico constituye un principio de organización conceptual. Los escenarios —ciudades, jardines, villas o edificios— no funcionan como marcos descriptivos de la acción, sino como configuraciones espaciales que articulan referencias históricas, filosóficas y literarias. La arquitectura se presenta así como un sistema de relaciones capaz de estructurar la experiencia narrativa y traducir en organización espacial las ideas que sustentan el relato. Esta concepción encuentra un marco teórico en la semiótica arquitectónica de Umberto Eco, quien sostiene que toda obra construida satisface una función de uso y, simultáneamente, comunica significados culturales, ideológicos y simbólicos que pueden adquirir autonomía respecto de su función original (Eco, 1986).

En Tema del traidor y del héroe, la elección de Dublín responde a esta lógica configuracional. La ciudad remite al contexto político de la insurrección irlandesa y, al mismo tiempo, al modelo literario de Ulises, donde James Joyce convierte la estructura urbana en el correlato espacial de la Odisea. Psarra señala que Anthony Burgess identificó la correspondencia entre cada episodio de la novela de Joyce y un episodio homérico, una organización que permite comprender la disposición espacial de los relatos borgianos, en los que el trazado urbano, el paisaje y la arquitectura organizan la percepción del lector mediante recorridos, correspondencias y desplazamientos (Psarra, 2003). Borges reconfigura Dublín como un espacio de representación donde historia, ficción y memoria convergen en una misma estructura. La ciudad adquiere la condición de un palimpsesto que superpone la insurrección irlandesa, la tragedia shakesperiana y la reflexión sobre la escritura, convirtiendo el tejido urbano en una organización equivalente a la del propio relato.

En La muerte y la brújula, la arquitectura adquiere una presencia material más definida a través de la villa de Triste-le-Roy. Su composición se organiza mediante ejes de simetría, secuencias espaciales, galerías paralelas y proporciones reguladas que remiten a la tradición clásica, desde los principios vitruvianos hasta la concepción pitagórica del orden geométrico. La configuración del edificio expresa la convicción de que la realidad puede comprenderse mediante estructuras racionales y relaciones matemáticas. Esta es también la posición intelectual de Erik Lönnrot, cuya interpretación de los crímenes responde a un modelo geométrico. El desenlace revela el límite de ese procedimiento: la misma organización espacial que promete inteligibilidad termina por conducir al detective hacia una conclusión previamente determinada.

La oposición entre la regularidad geométrica de la villa y la condición cambiante del paisaje suburbano sintetiza uno de los problemas centrales de la narrativa borgiana: la tensión entre el orden abstracto y la experiencia, entre la construcción intelectual y la incertidumbre del mundo. Una problemática comparable aparece en Le città invisibili de Italo Calvino, aunque resuelta mediante un procedimiento distinto. Mientras Borges concentra la complejidad en configuraciones espaciales cerradas, Calvino desarrolla un sistema abierto de ciudades imaginarias donde cada configuración explora una dimensión específica de la experiencia urbana —la memoria, el deseo, el intercambio o el lenguaje— sin clausurar el conjunto de posibilidades (Calvino, 1972). Moure Pazos interpreta esta operación como una forma de «arquitectura escrita», capaz de trasladar al ámbito literario problemas propios del pensamiento arquitectónico y urbano con una libertad ajena a las limitaciones de la construcción material (Moure Pazos, 2013).

En Borges, la arquitectura organiza el relato como una construcción intelectual. Cada espacio configura un sistema de relaciones que articula historia, filosofía y forma, convirtiendo la organización arquitectónica en el principio que estructura la experiencia narrativa y el desarrollo del pensamiento.

Laberinto de Villa Pisani en Venecia, Gerolamo Frigimelica
Laberinto de Villa Pisani en Venecia, Gerolamo Frigimelica 1721

Las orillas porteñas: territorio, memoria urbana y espacio liminar

El análisis de la espacialidad en la obra de Jorge Luis Borges requiere considerar, junto a las configuraciones arquitectónicas de la ficción —el laberinto, la villa o el jardín—, el territorio urbano que el escritor habitó y transformó en materia literaria. Entre esos espacios ocupa un lugar central la Buenos Aires de comienzos del siglo XX y, particularmente, el ámbito que Borges denominó «las orillas». Beatriz Sarlo ha señalado que este término no designa un sector geográfico preciso, sino una condición urbana caracterizada por la transición entre la ciudad consolidada y la llanura pampeana, un territorio de baldíos, tapias, cercos y calles irregulares donde la trama urbana pierde continuidad sin desaparecer por completo (Sarlo, 1995). Esta condición liminar constituye uno de los principales soportes espaciales de la obra temprana de Borges y establece un contrapunto con la imagen de la metrópoli moderna.

La incorporación de este espacio al análisis arquitectónico responde a una razón conceptual y no únicamente biográfica. Sarlo sostiene que Borges desarrolla la noción de «orillas» como un ideologema que atraviesa su producción literaria bajo distintas formas (Sarlo, 1995). La orilla expresa una condición de transición antes que una localización estable. Se configura como un espacio donde coexisten ciudad y llanura, tradición criolla y modernidad cosmopolita, sin que ninguno de estos términos se imponga definitivamente sobre el otro. Desde esta perspectiva, las orillas constituyen el contrapunto de la organización geométrica presente en relatos como La muerte y la brújula. Mientras la villa de Triste-le-Roy responde a una configuración cerrada y rigurosamente ordenada, la periferia porteña mantiene una estructura abierta, definida por la superposición de límites imprecisos y por la convivencia de temporalidades diversas. Borges sitúa en ese territorio fronterizo una parte significativa de su reflexión sobre la tradición literaria argentina, articulando la herencia gauchesca con procedimientos de escritura que posteriormente serían interpretados desde la noción de intertextualidad (Sarlo, 1995).

La comparación permite ampliar la lectura del cronotopo borgiano. En El jardín de senderos que se bifurcan, tiempo y espacio se integran en una construcción narrativa gobernada por una lógica interna de bifurcaciones. Las orillas presentan una articulación diferente. La dimensión temporal se manifiesta mediante la superposición de estratos históricos inscritos en el territorio: el asentamiento colonial, la expansión decimonónica y el crecimiento de la ciudad moderna permanecen simultáneamente presentes en la configuración suburbana. En este sentido, el espacio materializa procesos históricos y ofrece una expresión concreta de la relación entre tiempo y lugar descrita por Bajtín (Bajtín, 1981). A diferencia de los escenarios construidos en los relatos de Ficciones, las orillas remiten a un territorio existente que la escritura transforma en una estructura simbólica sin perder su referencia a la topografía de Buenos Aires.

Esta dimensión territorial introduce un matiz relevante en la interpretación de la espacialidad borgiana y complementa las aproximaciones basadas en la sintaxis espacial. Si los estudios de Sophia Psarra demuestran que la narrativa de Borges puede analizarse mediante categorías configuracionales propias de la arquitectura, la lectura propuesta por Sarlo incorpora la dimensión histórica y urbana de esas configuraciones. El espacio literario deja de entenderse exclusivamente como una construcción formal para reconocerse también como una reelaboración de experiencias vinculadas a un territorio específico. En consecuencia, el laberinto, la geometría y las orillas no constituyen modelos espaciales independientes, sino manifestaciones complementarias de una misma concepción del espacio, donde la organización formal y la experiencia histórica convergen en la construcción de la narrativa borgiana.

Entre habitante y cartógrafo: percepción, recorrido y estructura espacial

Uno de los procedimientos compositivos más característicos de la narrativa de Jorge Luis Borges consiste en la alternancia entre dos modos de percepción del espacio. Por un lado, la experiencia fragmentaria del personaje, que recorre el relato de forma secuencial y accede únicamente a una parte de su organización. Por otro, la visión de conjunto que el narrador y el lector reconstruyen al reconocer la configuración que articula la totalidad del relato. Esta oscilación entre recorrido y estructura reproduce, en el ámbito literario, una distinción desarrollada posteriormente por la sintaxis espacial entre la experiencia perceptiva, vinculada al desplazamiento del cuerpo a través de campos visuales sucesivos, y la configuración espacial, accesible únicamente mediante una representación abstracta del conjunto (Hillier y Hanson, 1984; Psarra, 2009).

La diferencia entre ambas formas de conocimiento puede describirse como la oposición entre el habitante y el cartógrafo. El personaje experimenta el espacio desde el interior de la acción y desconoce la organización que determina su recorrido. En La muerte y la brújula, Erik Lönnrot atraviesa la villa de Triste-le-Roy mediante una percepción necesariamente parcial, condicionada por la secuencia de su desplazamiento. El lector, en cambio, dispone de una posición equivalente a la del arquitecto que interpreta una planta o un plano, capaz de reconocer relaciones espaciales, correspondencias y simetrías que permanecen ocultas para quien habita el edificio. Borges construye así una tensión permanente entre la experiencia del recorrido y la comprensión de la configuración.

Esta dualidad encuentra un marco interpretativo en la fenomenología arquitectónica. Gaston Bachelard sostiene que el espacio habitado no se experimenta como una configuración geométrica, sino como un conjunto de imágenes asociadas a la memoria, la imaginación y la experiencia cotidiana (Bachelard, 1957). La descripción arquitectónica exige, por ello, considerar tanto la organización material como la dimensión fenomenológica del habitar. Esta perspectiva permite distinguir dos registros espaciales presentes en la obra de Borges. La villa de Triste-le-Roy se define mediante una descripción precisa de su organización geométrica, mientras que las orillas de Buenos Aires aparecen construidas a partir de imágenes sensoriales, recuerdos y percepciones fragmentarias. La diferencia entre ambos espacios no reside únicamente en su configuración, sino también en el modo en que son experimentados y narrados.

En una dirección convergente, Christian Norberg-Schulz formuló el concepto de genius loci para describir el carácter específico que distingue a cada lugar y que trasciende sus propiedades físicas (Norberg-Schulz, 1980). Aplicado a la narrativa borgiana, este concepto permite diferenciar aquellos espacios cuya identidad emerge de la experiencia del habitar —como las orillas, ciertos patios o jardines— de otros concebidos desde una lógica estrictamente configuracional. Triste-le-Roy responde a este segundo caso. Su composición basada en la repetición modular, la axialidad y la simetría reduce deliberadamente cualquier singularidad atmosférica, subordinando la experiencia del espacio al funcionamiento de la trama.

Esta relación entre percepción y estructura encuentra un paralelo en la interpretación que Michel Foucault propone de Las meninas de Diego Velázquez (Foucault, 1966). Según Foucault, la pintura convierte el propio acto de representación en el objeto de la obra al distribuir las posiciones del pintor, el modelo y el espectador dentro de una misma organización visual. Quien observa el cuadro ocupa un lugar previsto por la composición antes incluso de iniciar la contemplación. Borges desarrolla un procedimiento equivalente en el plano narrativo. La organización espacial de sus relatos sitúa al lector dentro del sistema que intenta comprender, haciendo visible la construcción del relato mientras lo incorpora a ella. La lectura deja de ser una observación externa para convertirse en parte del mecanismo compositivo.

En la arquitectura construida, el habitante experimenta un espacio cuya configuración ha sido concebida previamente por el proyecto. En la narrativa de Borges, esa relación se traslada al plano literario. Personajes y lectores recorren estructuras cuya organización determina las posibilidades de interpretación y de acción. El espacio narrativo se configura así como un dispositivo conceptual donde la experiencia y la forma permanecen inseparables, circunstancia que explica el interés sostenido que la obra de Borges ha despertado en la teoría de la arquitectura y en los estudios sobre la configuración espacial.

M.C. Escher, La Relatividad
M.C. Escher, La Relatividad 1953

Tipología espacial de la imaginación arquitectónica borgeana

La tabla siguiente sintetiza los principales dispositivos arquitectónicos analizados, indicando su función narrativa, el problema filosófico que articulan y el marco teórico empleado para su interpretación a lo largo de este artículo.

Esta sistematización muestra que los cuatro dispositivos arquitectónicos responden a principios espaciales diferenciados y configuran un continuo que se extiende desde la organización geométrica rigurosa de la villa de Triste-le-Roy hasta la condición liminar e indeterminada de las orillas. Entre ambos extremos se sitúan el laberinto, definido por una configuración de bifurcaciones potencialmente ilimitadas, y el escenario filosófico, cuya organización espacial se construye mediante referencias históricas, literarias e intertextuales. Considerados en conjunto, estos dispositivos conforman una tipología de la espacialidad en la obra de Borges, donde cada configuración arquitectónica corresponde a una modalidad específica de organización narrativa y de elaboración conceptual.

La arquitectura conceptual de Borges y la vigencia del pensamiento espacial

El análisis de la arquitectura en la obra de Jorge Luis Borges permite comprender su narrativa como una forma de organización espacial del pensamiento. Los espacios, las configuraciones geométricas y las referencias arquitectónicas que articulan sus relatos constituyen principios de composición antes que elementos descriptivos. El laberinto organiza la narración mediante bifurcaciones espacio-temporales; la geometría convierte la forma en un principio de orden y de determinación narrativa; el escenario arquitectónico integra referencias históricas, filosóficas y literarias en una misma estructura; y las orillas incorporan la dimensión territorial e histórica de la experiencia urbana, ampliando el alcance de esta espacialidad hacia un contexto material reconocible.

Desde esta perspectiva, arquitectura y literatura comparten una misma lógica compositiva basada en la organización de relaciones espaciales. Borges construye relatos cuya coherencia depende de la configuración de los espacios tanto como de la sucesión de los acontecimientos. La influencia de este modelo en autores como Umberto Eco e Italo Calvino confirma la proyección de esta concepción en la literatura contemporánea. Eco desarrolló el motivo del libro-laberinto y la arquitectura entendida como sistema de significación (Eco, 1980; Eco, 1986), mientras que Calvino exploró la ciudad como una construcción conceptual abierta, cuya interpretación arquitectónica ha sido analizada por Moure Pazos desde la noción de «arquitectura escrita» (Moure Pazos, 2013).

La incorporación del cronotopo de Bajtín, la sintaxis espacial y la fenomenología del lugar permite precisar el alcance de esta interpretación. La sintaxis espacial proporciona herramientas para analizar las configuraciones narrativas basadas en relaciones topológicas, como el laberinto o la villa de Triste-le-Roy. La fenomenología arquitectónica, por su parte, permite abordar aquellos espacios cuyo significado depende de la experiencia del habitar, la memoria y el carácter del lugar, como ocurre con las orillas de Buenos Aires. Consideradas de manera complementaria, estas aproximaciones muestran que la espacialidad borgiana integra simultáneamente organización formal y experiencia territorial, evitando reducir la arquitectura presente en sus relatos a una construcción exclusivamente geométrica.

Los estudios de Sophia Psarra y Cristina Grau demostraron que la obra de Borges ofrece un marco especialmente fértil para el diálogo entre teoría literaria y teoría arquitectónica (Psarra, 2003, 2009; Grau, 1989). La presente investigación se sitúa en esa línea al proponer una lectura que articula la configuración espacial, la fenomenología del lugar y la geografía urbana como dimensiones complementarias de un mismo problema. Desde esta perspectiva, la narrativa borgiana constituye un campo de reflexión donde la arquitectura deja de ser un motivo representado para convertirse en un principio de organización del pensamiento.

La vigencia de esta lectura trasciende el ámbito de los estudios literarios. Al concebir el espacio como una estructura capaz de producir significado, la obra de Borges plantea preguntas que continúan siendo relevantes para la teoría y el proyecto arquitectónicos: cómo la configuración organiza la experiencia, de qué manera el recorrido condiciona la interpretación y cuál es la relación entre la forma construida, el territorio y quienes lo habitan. En este sentido, sus relatos ofrecen un marco de reflexión que permite examinar, desde la literatura, algunos de los problemas fundamentales de la arquitectura contemporánea.

El laberinto de Borges en San Giorgio Maggiore Venecia. Randoll Coate
El laberinto de Borges en San Giorgio Maggiore Venecia. Randoll Coate 2011

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Marcelo Gardinetti
Marcelo Gardinetti

Arquitecto, editor y director de Tecnne desde 2011.
Investigador en teoría y crítica de la arquitectura moderna y contemporánea.
La Plata, Argentina.
ORCID: https://orcid.org/0000-0002-6679-7951

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