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Pallasmaa, la geometría de las sensaciones

Juhani Pallasmaa, Centro comercial Kamppi, tecnne ©Jouni Immonen - Yle

An Architecture of the Seven Senses, Juhani Pallasmaa

Arquitectura de retina y pérdida de la plasticidad

La arquitectura de nuestro tiempo se está transformando en un arte visual, en una imagen impresa fijada por el ojo de la cámara. Esta mirada tiende a aplastarla en una imagen y quitarle su plasticidad; en lugar de experimentar nuestro estar en el mundo, lo mantenemos fuera, como espectadores de imágenes proyectadas en la superficie de nuestra retina

En la medida en que los edificios pierden su plasticidad y su conexión con el lenguaje y la sabiduría del cuerpo, se los aísla en el medio frío y distante de la visión. Con la perdida de lo táctil, la escala y los detalles elaborados por la mano del hombre, nuestra arquitectura se transforma en algo repulsivamente chato, inmaterial, irreal. Esta separación de las realidades de la construcción y la materia, hacen que se transforme en una escenografía para el ojo, desprovista de autenticidad material y de lógica tectónica.

Los materiales naturales la piedra, el ladrillo, la madera- permiten que la mirada penetre en su superficie y nos permite convencernos de la veracidad de la materia. Los materiales naturales expresan su edad y la historia de su uso por el hombre. La pátina del uso le agrega una experiencia del tiempo transcurrido que resulta enriquecedora, la materia pasa a existir en el continuo del tiempo. Por el contrario, la presencia de los materiales contemporáneos el vidrio, el metal anodizado o cromado, sintéticos- tienen una superficie que no sede a la acción del ojo y no es capaz de contener nada que remita la esencia material del tiempo.

Más allá de la arquitectura, toda nuestra cultura parece distanciarse, enfriarse, de-sensualizarse, des-erotizarse de la relación humana con la realidad. La pintura y la escultura han perdido su sensualidad y en lugar de invitar a una intimidad sensorial, nos rechazan y mantienen a distancia de la curiosidad sensible.

El énfasis extremo en la dimensión intelectual y conceptual de la arquitectura, también contribuye a la desaparición de su esencia física y corporizada.

La arquitectura de los sentidos

En el Renacimiento, se pensaba que los cinco sentidos formaban un sistema jerárquico que iba desde la visión al más bajo, el tacto. Este esquema se relacionaba con una imagen del cuerpo cósmico: la visión era correlativa al fuego y la luz, el oído al aire, el olfato al vapor, el gusto al agua y el tacto a la tierra.

El hombre no siempre ha sido aislado en el mundo de la visión que reemplazó el predominio primordial del oído. En su libro sobre oralidad y literatura, Walter Ong señala que “El paso del habla oral a la escrita supuso el paso del espacio auditivo al  visual. La escritura reemplazó al arte de escuchar e implicó el dominio del mundo del pensamiento”.

Toda experiencia táctil de la arquitectura es multisensorial; las cualidades de materia, espacio y escala se miden tanto por la visión como por el oído, el olfato, la piel, la lengua, el esqueleto y los músculos. La arquitectura comprende siete universos de experiencia sensorial que interactúan y se compenetran unos con otros.

En palabras de Merlau Ponty “Vemos la profundidad, la velocidad, la suavidad y dureza de los objetos Cezanne dice que hasta vemos su olor. Si un pintor pretende expresar el mundo, su sistema de colores debe generar un complejo indivisible de impresiones, de otra manera su pintura solo atisba las posibilidades sin producir unidad, presencia y esa diversidad que gobierna la experiencia y que es la definición de la realidad para nosotros”.

Una caminata a través de un bosque o un jardín japonés es vigorizante y curativa por la interacción de todos los sentidos que refuerzan y articulan nuestro sentido de la realidad se ve así reforzado y articulado.

Las imágenes de un universo sensorial alimentan las imágenes de otro. En el Libro del té de Kakuzo Okakura se ofrece una hermosa descripción de las imágenes evocadas por una experiencia tan sencilla como la ceremonia del té: “reina una calma que no es interrumpida salvo por la nota del agua hirviendo en una tetera metálica. Esta tetera es sonora porque las piezas de hierro del fondo están ordenadas de manera de producir una melodía peculiar en la que podemos escuchar los ecos de una catarata ahogada por las nubes, de unas olas distantes rompiendo contra las rocas, de un aguacero deslizándose a través de un bosque de bambúes, o del suspirar de los pinos en una colina lejana”.

Los sentidos no sólo median la información para el juicio del intelecto, articulan un pensamiento sensible.

Intimidad acústica

Uno que se ha despertado por el sonido de un tren distante en la noche y, a través del sueño, experimentado el espacio de la ciudad, conoce el poder del sonido sobre la imaginación; el silbato nocturno de un tren nos ha hecho consientes de la ciudad dormida. Cualquiera que se vio atraído por el sonido de gotas cayendo en la oscuridad de una ruina puede dar testimonio de la extraordinaria capacidad del oído para excavar un volumen en el vacío de la oscuridad. El espacio rastreado por el oído se transforma en una cavidad esculpida en el interior de la mente. Podemos recordar la dureza acústica de una casa deshabitada si la comparamos con la afabilidad de un hogar vivido en el que el sonido es refractado y suavizado por la superficie de los numerosos objetos de la vida cotidiana. Cada edificio y espacio tiene un sonido característico de intimidad o monumentalidad, rechazo o invitación, hospitalidad u hostilidad.

La vista nos hace solitarios, escuchar en cambio crea un sentido de conexión y solidaridad; la mirada vaga solitaria en las oscuras profundidades de una catedral, pero el sonido del órgano nos hace dar cuenta de nuestra afinidad con el espacio. El sonido de las campanas a través de las calles nos hace dar cuenta de nuestra condición de ciudadanos. El eco de nuestros pasos en el pavimento nos pone en interacción con la calle, mide el espacio y su escala se vuelve comprensible. Sin embargo, la ciudad contemporánea ha perdido este eco.

Silencio, tiempo y soledad

La experiencia auditiva más extraordinaria que un arquitecto puede crear es la tranquilidad. La arquitectura es el acto de silenciar el drama de la construcción en materia y espacio; es el arte del silencio petrificado. Después que los ruidos y voces de la construcción se aplacan, el edificio se transforma en un museo de la espera y el silencio paciente. En Egipto los templos encontraron el silencio de los faraones, el de la catedral gótica recuerda la última nota de un canto gregoriano apagándose, y el eco de los pasos romanos se desvanecieron en los muros del Panteón.

La experiencia arquitectónica silencia todo ruido externo, focaliza nuestra atención en la existencia misma. Nos separa del ambiente y nos permite percibir el flujo del tiempo y el paso de la historia. Nos conecta con los muertos, se trata de un tiempo detenido.

El espacio del olor

Una de las memorias espaciales más fuertes es su olor, no puedo recordar la forma de la puerta de la granja de mi abuelo, pero sí la resistencia de su peso, la pátina de su madera marcada por medio siglo de uso y, especialmente, el aroma de su casa que me golpeaba como una mano invisible tras la puerta.

Un aroma nos hace reentrar secretamente a un espacio que se ha borrado totalmente de la retina de la memoria. “La memoria y la imaginación están asociadas” escribió Gastón Bachelard: “las profundidades de un aparador que conserva ese olor único, puede introducirme en el recuerdo de un pasado remoto: el olor a pasas de uva secándose en una bandeja de mimbre. El olor a las pasas está más allá de cualquier descripción, ¡oler supone una gran imaginación!”

¡Y que placer moverse desde un aroma a otro en las calles angostas de una ciudad vieja!; los olores de una casa de golosinas nos hacen pensar en la inocencia y curiosidad de la infancia, el olor denso de una talabartería remite a caballos y a la excitación de montar, la fragancia de una panadería proyecta imágenes de salud y vigor

En su cuaderno sobre el puente de Malta Lurids, Rainer Maria Rilke nos da una imagen dramática de la vida pasada en una casa ya demolida, a través de los rastros en un muro vecino. “Había almuerzos, y enfermedades, y el humo de años, el sudor de las axilas que hace pesado los ropajes, y el olor oleoso de los pies traspirados. El olor acre de la orina y las emanaciones rancias de la grasa. El aroma dulzón de los bebés y el de los chicos asustados que van a la escuela y la densidad de las camas de los adolescentes”. En comparación con el poder asociativo de estas imágenes olfativas , las imágenes contemporáneas de arquitectura parecen estériles y sin vida.

La forma del tacto

La piel lee textura, peso, densidad y temperatura de la materia. La superficie de un objeto antiguo perfectamente pulida por el uso nos seduce. Es placentero presionar el pomo de una puerta que brilla por los miles de manos que pasaron antes, dando a su brillo imagen de bienvenida y hospitalidad.

La piel traza espacios con precisión, la fresca y vigorizante sombra debajo de un árbol, la esfera cálida y acariciante de un lugar soleado. Puedo recordad vívidamente muros contra un ángulo de sol, muros que intensificaban la radiación y derretían la nieve permitiendo el primer aroma de la tierra que anunciaba la primavera.

Rastreamos la densidad y textura del suelo a través de nuestras suelas. Pararse descalzo sobre la roca lisa por el mar en un atardecer y sentir bajo la suela la piedra calentada por el sol es una experiencia curativa, nos hace parte del ciclo eterno de la naturaleza.

Hay una estrecha identidad entre la piel y la sensación de estar en casa que es, esencialmente, una sensación de calidez. El espacio tibio en torno a una chimenea es el de máxima intimidad y confort.

Pero el ojo también toca, supone una identificación inconsciente. Nuestra mirada se posa en superficies, contornos y bordes lejanos y una sensación táctil inconsciente determina lo agradable o no de la experiencia.

La gran arquitectura ofrece formas y superficies modeladas para el placer del ojo.

El ojo es un sentido de separación y distancia y el tacto de proximidad, intimidad y afecto. En momentos altamente emocionales solemos cerrar este sentido distanciador de la visión, cerramos los ojos cuando acariciamos. Las sombras profundas y la oscuridad son esenciales porque agudiza la visión e invita a una fantasía visual y táctil periférica. La luz homogénea paraliza la imaginación del mismo modo que la homogeneidad elimina la experiencia del lugar.

En estados emotivos, los sentidos suelen derivar de los más refinados a lo más arcaico, de la visión al tacto y el olfato. Una cultura que pretende controlar se inclina por lo opuesto, por el distanciamiento, necesariamente es una sociedad voyeuristica.

Imágenes del músculo y los huesos

El hombre primitivo usaba su cuerpo para dimensionar y proporcionar las construcciones. Los constructores tradicionales daban forma a los edificios con su propio cuerpo, del mismo modo que los pájaros moldean el nido. La esencia de una tradición es la sabiduría corporal atesorada en la memoria háptica. El saber del cazador, el pescador o el granjero antiguo, así como la del albañil, era una imitación de la tradición corporal del oficio almacenada en los sentidos musculares y táctiles.

Hay una sugestión de acción en las imágenes arquitectónicas, el momento de un encuentro activo o la promesa de uso. La reacción corporal es un aspecto inseparable de la experiencia. No se trata sólo de una imagen visual, se va al encuentro de un edificio, uno se aproxima, lo encuentra, se mueve en él y lo utiliza como condición de otras cosas

Un sendero de piedras sobre el césped son la imagen y huella de pasos humanos

Cuando abrimos una puerta, nuestro peso se encuentra con el peso de la puerta, nuestras piernas miden los pasos cuando ascendemos la escalera, nuestra mano toca la baranda y el cuerpo entero se mueve en forma diagonal.

El edificio no es un fin en sí mismo, enmarca, articula, reestructura, da significado, relaciona, separa, une, facilita e impide. Los elementos de arquitectura deberían tener un verbo y no un nombre. La auténtica experiencia arquitectónica consiste en aproximarse y confrontar un edificio y no simplemente una fachada, supone entrar y no simplemente mirar a través de una abertura.

En su análisis de la Anunciación de Fra Angelico, Alvar Aalto reconoce la condición verbal de la experiencia arquitectónica, habla de entrar a una habitación y no de puerta.

La autenticidad de la experiencia se basa en el lenguaje tectónico y la comprensibilidad del acto de construcción. Tocamos, escuchamos y medimos el mundo con nuestra experiencia corporal y lo organizamos y articulamos alrededor del cuerpo como centro. Nuestro domicilio es el refugio de nuestro cuerpo, memoria e identidad. Estamos en constante diálogo e interacción con nuestro ambiente al punto que es imposible separa la imagen de nosotros mismos de su existencia espacial y situacional. Soy el espacio donde existo.

Identificación corporal

Henry Moore habló de la necesidad de una identificación corporal en la escultura. Un escultor debe tomar la forma en su cabeza para pensarla, no importa su tamaño debe sostenerla en la palma de la mano, debe identificarse con su gravedad, su masa, su peso, dándose cuenta de su volumen.

Enfrentar cualquier obra de arte supone interacción con el cuerpo. La noción de identificación proyectiva de Melanie Klein sugiere que la interacción humana implica la proyección de fragmentos de uno mismo sobre el otro. En palabras de Cezanne el paisaje piensa a través de él y él es conciente del espacio.

De la misma manera el arquitecto internaliza el edificio en su cuerpo, siente la distancia y la escala en la tensión muscular, en la posición del esqueleto. Entender la escala implica la medición inconsciente de un edificio a través de nuestro cuerpo, Sentimos placer y protección cuando el cuerpo entra en resonancia con el espacio en.

Al experimentar una estructura inconscientemente hacemos una mimesis de su configuración con nuestros huesos y músculos. El fluir animado y placentero de una melodía se transforma en una sensación corporal, la composición abstracta de una pintura se experimenta en la tensión de nuestros músculos, la estructura se comprende a través de nuestro esqueleto, realizamos la tarea de la columna o de la bóveda con nuestro cuerpo.

La sensación de solidez, esencial para la arquitectura, nos hace consiente del suelo y la gravedad. Fortalece nuestra experiencia vertical del mundo y nos hace soñar con levitar y volar.

El gusto de la arquitectura

Adrian Stokes habla de la invitación oral del mármol de Veronese. Hay una sutil transferencia entre las experiencias táctiles y gustativas, también la visión; ciertos colores y detalles evocan sensaciones gustativas. La superficie delicadamente coloreada de una piedra es subliminalmente sentida por la lengua.

Arquitectura es el arte de la mediación y la reconciliación.

La tarea de la arquitectura

La tarea de la arquitectura es crear metáforas existenciales corporizadas que estructuren la existencia del hombre sobre la tierra. Las imágenes de arquitectura reflejan e externalizan ideas e imágenes de la vida y de nuestra vida ideal. Los edificios y las ciudades nos permiten estructurar, entender y recordar el flujo informe de la realidad y nos permiten reconocer y recordar quién somos. La arquitectura nos permite ubicarnos en el continumm de la cultura Toda experiencia implica actos memoria y comparación. Los recuerdos corporizados tienen un rol fundamental como base de la memoria de un espacio o lugar. Nuestra casa está integrada a nuestra entidad, se vuelve parte de nuestro cuerpo y nuestro ser.

En las experiencias memorables de arquitectura, el espacio, la materia y el tiempo se fusionan en una sola dimensión, en la sustancia básica del ser que penetran nuestra conciencia. Nos identificamos con el espacio; este espacio, este momento y estas dimensiones se transforman en ingredientes de nuestra existencia.

Juhani Pallasmaa

Pallasmaa, Juhani, “An Architecture of the Seven Senses” In Holl, Steven; Juhani Pallasmaa; Alberto Pérez-Gómez; Toshio Nakamura; (Eds.) Questions of perception: phenomenology of architecture, ISBN 0974621471 (1994), 29-37

Fotografía: ©Jouni Immonen / Yle

Juhani Pallasmaa An Architecture of the Seven Senses

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