La figura de Juhani Pallasmaa se sitúa en el cruce entre teoría arquitectónica, fenomenología y crítica cultural, articulando un discurso que cuestiona la primacía de la visión en la experiencia del espacio construido. Su producción escrita, desarrollada desde finales del siglo XX, propone una reconsideración del cuerpo como instrumento perceptivo, incorporando nociones provenientes de la filosofía existencial y la teoría de la percepción. En obras como Los ojos de la piel (1996), el autor examina la dimensión háptica de la arquitectura, enfatizando la importancia de la materialidad, la textura y la escala en la construcción de atmósferas. Este enfoque deriva en una crítica a la estandarización formal y a la dependencia de la imagen en la práctica contemporánea. Desde una perspectiva disciplinar, su pensamiento introduce una lectura integradora entre sensibilidad, técnica y cultura, ampliando los marcos interpretativos del proyecto arquitectónico.
Simposio de Alvar Aalto en Jyväskylä: entrevista, Diego Grass y Javiera Jadue
No creo que haya algo especial en mi manera de trabajar. De hecho, lo hago del mismo modo anticuado que los arquitectos solían trabajar: dibujando mucho y haciendo maquetas. Tal vez sí hay una observación importante que he hecho, que es que cuando uno esta interesado en la tactilidad de las cosas, se necesita trabajar con la escala 1:1. Uno puede entender las cualidades visuales en una escala reducida, en una proporción visual de una fachada o de una silla reducidas a 1:10 o incluso 1:100, pero uno logra entender la tactilidad de las cosas, los bordes y detalles solo en escala 1:1. El interés por lo táctil obliga a trabajar en escala 1:1.
Siempre he realizado objetos que algunos considerarían esculturas. Yo nunca los llamo esculturas, los llamo objetos arquitectónicos. Las pequeñas cosas, sean de madera o metal, las hago con el objetivo de mantener su sensibilidad táctil y también a veces para desarrollar una imagen que empieza a interesarme. Por ejemplo, me he vuelto obsesivo por las escaleras y escalones, por lo que hecho tanto escaleras de bolsillo como grandes objetos, y eso es parte de mi método de trabajo.
Tiene que ver con que uno siempre entra en un camino sin salida cuando cambia de escala. Por ejemplo, Tadao Ando nunca tuvo el mismo éxito con un edificio grande, como lo hizo con obras de menor escala. Y algunos podrían pensar que es lo mismo hacer un pequeño edificio que uno grande, pero no es así. Somos diferentes; alguien podría manejar una composición sinfónica, mientras otro tiene talento en escalas menores. Yo siempre me he sentido cómodo con las escalas menores.
Mi proyecto favorito es diseñar una urna, una urna para enterrar a una persona. Recién diseñé una tumba para un músico que murió recientemente. Esos son los objetos que más aprecio, porque siento como si pudiera tenerlos dentro de mi cuerpo, como una madre lleva a su bebé dentro. Esto tiene relación con el carácter de una persona, su infancia, su pasado.
Normalmente viajo dando charlas y enseñando, pero mientras más viajo, más me siento vinculado a Finlandia y, particularmente, a su paisaje. Cada vez que me quedo dormido en Sudamérica, China o en cualquier otro lado, justo antes de dormir, veo, tengo una visión en mis ojos, de una luz reflejada en la superficie de un lago, y la luz que se entrevé de las líneas verticales del bosque… como si fuera una especie de protector de pantalla cuando viajo. Joseph Brodsky tiene una frase preciosa en uno de sus libros que dice: “Mientras más uno viaja, más complejo deviene el sentido de la nostalgia”. He viajado tanto, que cuento con un sentido muy complejo de la nostalgia.
Y hay otra cosa interesante: hay personas que solo pueden trabajar solos, así como hay personas que solo pueden trabajar en pareja o en grupo. Yo he tenido ambas experiencias, pero ya a mi edad avanzada, me siento más como un trabajador solitario. Eso probablemente aparece con la edad: cuando uno es joven puede trabajar en equipo, pero cuando uno se vuelve viejo, las reacciones y los valores personales son tan específicos, que no se pueden compartir. «…»
Siempre entendí la arquitectura como un regalo. La buena arquitectura siempre es un regalo, por el hecho de que, cuando es profunda y exitosa, logra más que las expectativas puestas en ella y en su creación; es en este sentido que es un regalo. Al hablar sobre el anonimato, mi actitud personal es que cuando trabajo pongo muchas emociones en el trabajo, pero antes de terminarla necesito sacar todas las emociones de este.
La obra terminada no debe contener mis emociones. Me sentiría muy mal si alguien tuviera que vivircon mis emociones. Cada uno tiene que vivir con sus propias emociones. La obra, la neutralidad de la obra, es como un espejo: refleja las emociones del usuario o del espectador. En ese sentido es que es anónimo y desvinculado de mi personalidad y creo que esa es la generosidad del arte y de la arquitectura. Permite a las personas, a todas las personas, experimentar sentimientos que son de cada uno, pero que no podrían ser sin la existencia de la obra. También uso el concepto de cortesía arquitectónica.
Esta cortesía es importante en cómo un edificio reacciona a las expectativas, es decir, cuando uno quiere mirar hacia afuera, justo hay una ventana en el lugar requerido; cuando uno está interesado en el segundo piso la escalera está justo ahí, así como también está la manilla de la puerta, la cual no está instalada tontamente en la puerta sino que está dispuesta como un gesto hacia la mano, invitándola. Hay cosas casi invisibles, pero son las que hacen la diferencia entre un edifico generoso y otro que no lo es.
Extracto de la entrevista realizada por Diego Grass y Javiera Jadue durante el 11º Simposio de Alvar Aalto en Jyväskylä, Finlandia, el 5 de agosto del año 2009 en “Diálogos” ARQ 76 (2010), 82-86
Fotografía: © Arthur Tintu
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