La Arquitectura de Miguel Ángel: Conversación imaginaria con James S. Ackerman

Gardinetti, Marcelo

Arquitecto, Editor de Tecnne · La Plata, Argentina

Resumen

El texto aborda el problema de cómo interpretar la arquitectura de Miguel Ángel frente a los límites del paradigma humanista basado en la proporción geométrica. A través de un reportaje imaginario al historiador James S. Ackerman, se construye un dispositivo crítico que permite examinar la obra de Miguel Ángel Buonarroti, con énfasis en la Basílica de San Pedro. El formato dialógico articula una lectura donde la arquitectura miguelangelesca se define como un organismo viviente, en el que masa, estructura y superficie operan bajo una lógica anatómica y dinámica. Se analiza la sustitución de la modulación matemática por una concepción orgánica basada en sistemas musculares, tensiones internas y continuidad material. Asimismo, se examina su metodología proyectual, caracterizada por modelos tridimensionales y un proceso generativo abierto que prioriza cualidades plásticas sobre reglas predefinidas. La conclusión sostiene que este enfoque redefine la disciplina al desplazarla desde un sistema abstracto hacia una experiencia empática, en la que el edificio actúa como un cuerpo activo que interpela al observador mediante relaciones físicas y perceptivas.

Palabras clave: Miguel Ángel, James Ackerman, teoría arquitectónica, organismo viviente, arquitectura renacentista.

Reportaje crítico: Ackerman y la teoría de Miguel Ángel

1. Introducción Contextual

En el contexto imaginario de una jornada académica en la Academia Americana en Roma, tras una disertación centrada en la evolución de la basílica vaticana, se plantea un ejercicio interpretativo en torno a la figura del historiador James S. Ackerman, cuya producción crítica ha contribuido de manera decisiva a la comprensión contemporánea de Miguel Ángel Buonarroti como una figura que desborda las categorías disciplinares convencionales. Ackerman lo define como un “anti-teórico”, en tanto su práctica se distancia de los postulados normativos del Humanismo del Quattrocento, particularmente de aquellos vinculados a la geometría como principio rector del orden arquitectónico.

Desde esta perspectiva, la obra miguelangelesca puede leerse como una revisión del sistema proporcional clásico, en la que la modulación geométrica cede frente a una concepción espacial de naturaleza orgánica, articulada a partir de tensiones internas y relaciones dinámicas entre masa, estructura y superficie. La arquitectura deja de concebirse como una composición de elementos regulados por simetrías planimétricas, para asumir un carácter plástico, en el que los volúmenes adquieren cualidades escultóricas y las fachadas se configuran como campos de fuerza en interacción.

Este desplazamiento conceptual se refuerza mediante una aproximación desde la anatomía, donde los elementos constructivos —muros, columnas, cornisas— se interpretan como equivalentes a sistemas musculares en contracción y distensión, introduciendo una lectura cinética del espacio arquitectónico. En este sentido, la obra se aproxima a una lógica de continuidad material, en la que la piedra se modela como si respondiera a impulsos internos, diluyendo la distinción entre estructura portante y expresión formal.

Esta interpretación conduce a una paradoja constitutiva: pese a la incidencia de Miguel Ángel en la configuración urbana de Roma, su posicionamiento respecto a la arquitectura se mantuvo ambiguo, insistiendo en su identificación primaria como escultor. Esta tensión entre práctica y autodefinición permite entender su producción arquitectónica como un territorio híbrido, en el que convergen disciplinas y se reformulan los límites tradicionales del quehacer arquitectónico.+

Miguel Angel, Cupula de San Pedro
Miguel Angel, Cupula de San Pedro

2. Bloque I: La Identidad de las Artes y el Rechazo de la Profesión

Tecnne: Profesor Ackerman, resulta un punto de partida fascinante, y a la vez desconcertante, el hecho de que uno de los mayores innovadores del lenguaje arquitectónico occidental insistiera repetidamente en que él “no era arquitecto”. ¿Cómo debemos interpretar esta negación sistemática desde un punto de vista técnico y teórico?

Ackerman: Debemos evitar la tentación de leer esta afirmación como una simple muestra de modestia o un desplante retórico. En realidad, es la clave hermenéutica fundamental para penetrar en la lógica de sus edificios. Al declarar que no es arquitecto, Miguel Ángel está rechazando la concepción profesionalizada y doctrinaria que imperaba en su época. Él no se veía a sí mismo como un técnico que aplica leyes de proporción preestablecidas, sino como un escultor que desafía la bidimensionalidad del plano para imponer una volumetría tectónica sobre el espacio. Para él, la arquitectura es una forma de «talla» a gran escala. Esta autopercepción le permitió tratar las masas de una estructura como si fueran formas orgánicas moldeables, capaces de expresar movimiento y de articular sinfonías de luz y textura. Su formación como escultor no fue un obstáculo técnico, sino el cimiento de su capacidad para concebir el edificio como un organismo que respira.

Tecnne: Esta concepción nos lleva a la famosa carta al Cardenal Rodolfo Pio, un documento que usted analiza con precisión quirúrgica. En ella, Miguel Ángel defiende una “identidad única” entre las artes. ¿De qué manera esta tesis rompe con el paradigma humanista?

Ackerman: Esa carta es el único vestigio de lo que podríamos llamar su “teoría”, aunque él la considerase más un imperativo biológico. En ella, Miguel Ángel argumenta que la arquitectura, la pintura y la escultura emanan de un mismo origen: el conocimiento profundo de la figura humana. Lo que lo define como un «anti-teórico» en el contexto del Renacimiento es que sustituye la teoría, entendida entonces como un conjunto de reglas universales de número y geometría, por la maestría individual de la anatomía. Para Miguel Ángel, el plan arquitectónico debe seguir una lógica de correspondencias orgánicas. Si el plan cambia de forma, los adornos deben cambiar no por una norma matemática, sino porque el “cuerpo” del edificio así lo exige. Esta defensa de la libertad creativa absoluta, donde los medios son “elegidos a voluntad” del creador, dinamita el dogma de la Antigüedad y sitúa al artista como el único juez de la armonía.

Tecnne: Si aceptamos esta premisa, la masa arquitectónica deja de ser un muro para convertirse en algo más. ¿Cómo describiría usted esa transformación de la estructura en una «forma orgánica»?

Ackerman: Miguel Ángel visualiza la estructura como una unidad plástica indivisible. Mientras que arquitectos como Bramante o Sangallo pensaban en términos de planimetría —capas de planos que se intersectan para generar espacios—, Miguel Ángel pensaba en términos de volumetría plástica. Sus dibujos no son meras líneas que delimitan áreas vacías; son evocaciones de una masa con peso y voluntad. Al tratar la masa como un organismo viviente, logra que el edificio deje de ser una barrera inerte y pase a ser un vehículo de expresión psicológica. No hay una separación entre la función estructural y la forma estética; ambas están fundidas en una «anatomía» arquitectónica donde la luz actúa sobre las superficies para crear una profundidad que es tanto física como emocional. Esta unidad de las artes es lo que permite que sus edificios trasciendan la técnica y se conviertan en presencias vibrantes en el paisaje urbano. Esta visión holística de las artes nos conduce inevitablemente al estudio del cuerpo humano como la única medida válida, pero desde una perspectiva que desafía los cánones clásicos.

Miguel Angel, Piazza del Campidoglio vista aerea
Miguel Angel, Piazza del Campidoglio

3. Bloque II: El Cuerpo Humano como Canon Funcional

Tecnne: Profesor, la frase “los miembros arquitectónicos derivan de los miembros humanos” es central en su análisis. Sin embargo, para un arquitecto del siglo XV, esta analogía solía ser matemática. ¿Cómo redefine Miguel Ángel esta derivación anatómica?

Ackerman: La ruptura es absoluta. Para el arquitecto del Quattrocento, el cuerpo era un microcosmos del universo, una representación de la armonía divina que se traducía en proporciones ideales como 1:7. Miguel Ángel, en cambio, desplaza el interés desde la proporción abstracta hacia la función orgánica. Para él, la anatomía es la disciplina básica superior que revela el funcionamiento interno del ser. La relación no es con un cuerpo idealizado y estático, sino con un organismo dotado de un sistema nervioso y muscular. Sus miembros arquitectónicos no «miden» lo mismo que un hombre; «actúan» como un hombre. Esta distinción es vital: el edificio deja de ser un ensamblaje de piezas geométricas independientes y se transforma en un sistema interconectado donde cada elemento responde a una necesidad vital del conjunto, tal como un brazo responde al impulso del cerebro.

Tecnne: Usted menciona que Miguel Ángel utiliza analogías con la nariz, los ojos y las manos para explicar la simetría. ¿Cómo se traduce este pensamiento en la correspondencia de planos de un proyecto tan complejo como la Basílica de San Pedro?

Ackerman: Miguel Ángel utiliza la analogía facial para explicar una lógica de simetría bilateral que es orgánica, no cuadricular. En su carta, explica que la nariz, al estar en el centro, no tiene compromiso con los ojos, pero un ojo está obligado a ser como el otro en relación a los lados del cuerpo. En San Pedro, esto se traduce en una estricta correspondencia de las partes que se reflejan, como en los cuatro brazos iguales de la basílica. Donde el plan es idéntico en calidad y cantidad, el adorno debe ser idéntico. Sin embargo, lo crucial aquí es que esta simetría no nace de una cuadrícula predeterminada sobre el papel, sino de una lógica de correspondencias biológicas. Miguel Ángel busca restaurar la indivisibilidad de la forma humana, una unidad que él encontraba en la función cerebral y en los sistemas de nervios y músculos, más que en la simetría externa de las proporciones.

Tecnne: Al comparar esta visión con el canon de Vitruvio o la tradición griega, ¿podríamos decir que Miguel Ángel es más “científico” o más “psicológico” en su uso de la anatomía?

Ackerman: Es ambas cosas, pero sobre todo marca el tránsito de lo objetivo a lo subjetivo. La tradición vitruviana buscaba el “número de Dios” a través de la disección simbólica, inscribiendo el cuerpo en círculos y cuadrados. Miguel Ángel, por el contrario, basaba su arquitectura en la disección real, empírica. A diferencia de Leonardo, cuya disección buscaba la comprensión mecánica del universo, Miguel Ángel buscaba la penetración figurativa en la psicología del ser. Su conocimiento de los huesos y los músculos le permitía humanizar la piedra de tal forma que el edificio pudiera evocar estados de ánimo. La importancia de la anatomía para él reside en que es la única vía para entender el movimiento y el gesto (moti y apparenze). Mientras que los humanistas veían el cuerpo como una excusa para la geometría, Miguel Ángel veía la arquitectura como una oportunidad para proyectar la vitalidad del cuerpo humano. Esta transición de lo matemático a lo biológico marca el fin de la hegemonía de la abstracción y el inicio de una nueva forma de habitar el espacio.

Miguel Angel, La Capilla Medicea en Florencia
Miguel Angel, Capilla Medicea en Florencia

4. Bloque III: Ruptura con el Humanismo Matemático

Tecnne: Profesor Ackerman, usted ha señalado que Miguel Ángel atacó con dureza los principios analíticos de sus predecesores. ¿Por qué consideraba que la arquitectura basada en armonías musicales y microcosmos universales era una debilidad?

Ackerman: Su crítica principal residía en que ese enfoque convertía a la arquitectura en algo fragmentado y artificialmente abstracto. Los teóricos del siglo XV, como Alberti o Filarete, no derivaban sus leyes de un estudio empírico de la vida, sino que forzaban la realidad para que encajara en fórmulas metafísicas heredadas de Platón y Pitágoras. Al buscar proporciones numéricas simples para justificar la belleza, terminaban creando edificios que eran colecciones de unidades discretas y autónomas. Miguel Ángel sentía que esto destruía la unidad esencial que debe tener toda obra de arte. Para él, un edificio no debe ser una suma de partes relacionadas por una ratio matemática, sino una unidad orgánica cuya armonía emana de una lógica interna, casi nerviosa.

Tecnne: Usted emplea la metáfora de Procrusto para ilustrar este fenómeno en el Renacimiento temprano. ¿Cómo es que el Quattrocento mutilaba el concepto del cuerpo humano en favor de la geometría?

Ackerman: Del mismo modo que el mito cuenta que Procrusto estiraba o cortaba a sus víctimas para que encajaran en su cama, los arquitectos del siglo XV inscribían el cuerpo humano en figuras geométricas ya idealizadas por la tradición. Colocaban el ombligo en el centro exacto de un círculo o un cuadrado para validar sus diseños, pero esto era un ejercicio puramente intelectual y, en la práctica, superfluo. Las formas matemáticas no se veían alteradas por el cuerpo; el cuerpo era solo una justificación filosófica. Miguel Ángel denunció esta falsedad: él no quería que la arquitectura pareciera humana mediante símbolos, sino que fuera humana mediante la expresión del gesto. La arquitectura debía aprender de la verdadera complejidad del cuerpo vivo, no al revés.

Tecnne: Es muy conocida su crítica a Alberto Durero. ¿Qué es lo que Miguel Ángel encontraba tan deficiente en el enfoque del maestro alemán sobre la proporción?

Ackerman: Condivi nos relata que, para Miguel Ángel, la obra de Durero era débil porque se limitaba exclusivamente a la medición y a la variedad de los cuerpos. Miguel Ángel señalaba con perspicacia que Durero concebía sus figuras “erguidas como postes”, sin decir una sola palabra sobre las acciones y los gestos humanos, sobre los moti y apparenze. Mientras Durero se obsesionaba con la taxonomía de las formas externas y las medidas objetivas, Miguel Ángel se enfocaba en la indivisibilidad de la forma humana que se encuentra en el sistema nervioso. Esta es la gran revolución: el paso de lo objetivo (lo que se puede medir) a lo subjetivo (lo que se puede sentir). Al centrarse en el gesto estructural, Miguel Ángel cambia la percepción del observador, quien deja de contemplar un diagrama matemático para identificarse físicamente con el edificio. Esta subjetividad nos introduce de lleno en la dramatización de las fuerzas, donde el edificio se convierte en un campo de batalla de tensiones musculares.

5. Bloque IV: Dinamismo, Empatía y Fuerzas Estructurales

Tecnne: Entremos en los conceptos de moti y apparenze. ¿Cómo logra Miguel Ángel que términos que sugieren emociones y movimientos psicológicos se encarnen en la solidez inanimada de la piedra?

Ackerman: Es a través de lo que yo denomino la “articulación expresiva”. El término moti no solo se refiere al desplazamiento físico, sino a los movimientos del alma, a las emociones que un cuerpo comunica a través de su postura. En su arquitectura, Miguel Ángel busca evocar estos estados psicológicos. Sus diseños no están hechos para ser contemplados desde un punto de vista estático y privilegiado; él entiende que el observador está siempre en movimiento. Por ello, sus masas arquitectónicas parecen hincharse y contraerse, respondiendo a un imperativo biológico. Incluso en sus dibujos de fortificaciones, vemos que las murallas no son líneas defensivas inertes, sino masas que parecen reaccionar orgánicamente ante la presión exterior, como un músculo en tensión.

Tecnne: Usted afirma que, en Miguel Ángel, la humanización de la arquitectura llega a superar las leyes de la estática. ¿Cómo se traduce esto en la relación entre carga y soporte?

Ackerman: Miguel Ángel dramatiza las fuerzas estructurales. Lo que hoy la ingeniería define fríamente como tensión, compresión o estrés, él lo interpreta en términos de poder muscular. Los elementos plásticos como columnas, pilastras o entablamentos, actúan como una estructura ósea y muscular que escenifica un “épico imaginado” de fuerzas en conflicto. Mientras la pared anónima y silenciosa realiza el trabajo técnico de estabilizar el edificio, los miembros esculpidos se encargan de dramatizar la acción. Esto permite paradojas visuales asombrosas: la cúpula de San Pedro, a pesar de su peso ciclópeo, parece elevarse con una energía propia, mientras que una cornisa o un ático pueden estar diseñados para oprimir visualmente con una fuerza abrumadora. La arquitectura se convierte en un teatro de la energía física.

Tecnne: Este fenómeno parece estar íntimamente ligado al concepto de «empatía» o Einfühlung. ¿De qué manera se establece este vínculo físico entre el observador y el objeto arquitectónico?

Ackerman: La arquitectura del siglo XV exigía una contemplación intelectual: el observador debía descifrar ratios y símbolos. La arquitectura de Miguel Ángel, en cambio, demanda una identificación inmediata de nuestras propias funciones físicas con las del edificio. Se establece un vínculo psicológico y visceral. Cuando miramos una columna de Miguel Ángel, no solo vemos un soporte; sentimos la tensión en nuestros propios músculos, como si nosotros mismos estuviéramos sosteniendo ese entablamento. Es la inyección del principio de empatía en la estética: el edificio deja de ser un objeto distante para convertirse en una presencia con la que interactuamos a nivel corporal. Sentimos el peso, el esfuerzo y el dinamismo porque Miguel Ángel ha proyectado su conocimiento de la anatomía humana en la anatomía de la piedra. Para alcanzar este nivel de expresión, Miguel Ángel tuvo que abandonar los métodos de diseño tradicionales y crear una metodología de taller radicalmente fluida.

Miguel Angel, cupula de San Pedro en Roma
Miguel Angel, cupula de San Pedro en Roma

6. Bloque V: La Metodología de la Creación

Tecnne: Es bien sabido que Miguel Ángel despreciaba el uso de la regla y el compás en las fases iniciales del diseño. ¿Por qué este rechazo a las herramientas que simbolizaban la precisión del arquitecto renacentista?

Ackerman: Porque él no trabajaba con cantidades, sino con cualidades. El uso de la regla y el compás implica aceptar proporciones predeterminadas y una rigidez que anula la visión orgánica. A diferencia de sus contemporáneos, que operaban con módulos y medidas precisas desde el tablero de dibujo, Miguel Ángel mantenía el diseño en un estado de fluidez absoluta. Él buscaba primero una calidad de forma escultórica, una impresión del todo, antes de que el sistema estructural estuviera siquiera definido. Solo cuando la fantasía había fijado la volumetría plástica, permitía que la técnica disciplinara esa visión. Este rechazo a los cánones antiguos horrorizaba a figuras como Vasari, pero fue precisamente lo que le permitió superar a los antiguos.

Tecnne: Usted destaca el uso de modelos de arcilla y lavados de tiza frente a los dibujos lineales de Bramante o Sangallo. ¿Qué le ofrecían estas herramientas en términos de concepción espacial?

Ackerman: Los dibujos de Sangallo son líneas trazadas alrededor de espacios; los de Miguel Ángel son comunicaciones de masa. Al emplear lavados de tinta y tiza, lograba evocar la textura de la piedra y las gradaciones de luz y sombra incluso en los bocetos más preliminares. Los modelos de arcilla y terracota eran fundamentales porque la maleabilidad del material impide cualquier sugerencia de independencia de las partes o de relaciones matemáticas estrictas. En la arcilla, solo se puede estudiar el todo orgánico. Además, Miguel Ángel rara vez hacía dibujos en perspectiva; él sabía que el observador está en movimiento y no quería congelar el edificio en un único punto de vista fijo. Prefería que la luz, y no la geometría, definiera la forma.

Tecnne: Esa sensibilidad hacia la luz y los materiales parece haber tenido un impacto inesperado en la difusión de su estilo. ¿Cómo influyó el sol del Mediterráneo en su arquitectura y por qué fue difícil exportar su modelo a otros climas?

Ackerman: Ese es un punto crucial. Miguel Ángel diseñaba sus miembros plásticos para ser vistos no como elementos estables, sino como conformaciones cambiantes de luces y sombras. Su arquitectura es un ajuste simpático a la brillantez del sol del Mediterráneo, donde los contrastes son fuertes y definidos. En sus diseños para San Pedro, incluso planeó un dosel interior para filtrar la luz del lanterno, buscando una atmósfera emocional específica. Esta dependencia de la luz solar intensa explica por qué su estilo no fue fácilmente exportado a los países hazier del norte de Europa. Allí, la luz es difusa y no permite la dramatización de las masas que Miguel Ángel exigía; por ello, en esas regiones se prefirió la reserva intelectual y la claridad lineal de Palladio. Miguel Ángel entendía la luz como un elemento de forma en sí mismo. Esta búsqueda incesante de la perfección orgánica, sin embargo, convertía el proceso de construcción en una lucha constante contra el tiempo y la materia.

7. Bloque VI: El Proceso Generativo y la Obra No Ejecutada

Tecnne: Profesor, llegamos al problema de la finalización de sus obras. ¿Por qué su método de «diseño en constante flujo» se convirtió a menudo en un obstáculo insalvable para concluir sus proyectos?

Ackerman: El método de Miguel Ángel era intrínsecamente generativo. Su concepción del edificio crecía literalmente durante el proceso de construcción, lo que lo llevaba a un estado de revisión perpetua. Como el edificio era un organismo, un cambio en una pequeña parte exigía cambios simpáticos en todo el resto. Esto resultaba frustrante para la ejecución material. En el Palacio Farnese, por ejemplo, llegó a fabricar maquetas de cornisas de madera a escala real y a izarlas a lo alto del edificio solo para juzgar su efecto visual antes de decidir el diseño final. Si hubiera tenido los fondos, habría destruido partes terminadas para mejorarlas, como hacía con sus esculturas. Su impulso creativo era tan potente que casi ningún proyecto se completó estrictamente según sus planes originales.

Tecnne: Esto debió de suponer un reto inmenso para los historiadores y para los grabadores de su propia época, ¿no es así?

Ackerman: Absolutamente. La ausencia de planos o elevaciones completas se explica porque Miguel Ángel prefería trabajar con grandes modelos de madera que podía alterar en el sitio de obra. Esto obligó a los grabadores contemporáneos a intentar registrar sus proyectos combinando registros dispersos de diferentes etapas del proceso, a menudo completándolos con toques de pura fantasía. Para el historiador moderno, el problema es el mismo: nunca sabremos con certeza qué habrían sido sus proyectos inacabados. Pero intentar buscar una solución determinada es un error metodológico. Para entender a Miguel Ángel, no debemos buscar el plano final, sino capturar el espíritu y las metas de un proceso infinito de creación.

Miguel Angel, diseño para San Giovanni dei Fiorentini
Miguel Angel, diseño para San Giovanni dei Fiorentini

8. Cierre y Reflexión Final

Ackerman: Al contemplar la trayectoria de Miguel Ángel, es evidente que su mayor legado no fue un estilo particular, sino la conquista de una libertad absoluta para la disciplina. Cuando afirmó que su diseño para San Giovanni dei Fiorentini superaba tanto a los griegos como a los romanos, estaba declarando la obsolescencia del dogma humanista. En ese instante, la arquitectura dejó de ser una imitación de la Antigüedad para convertirse en una filosofía de experimentación libre y progreso ilimitado. Su visión de la arquitectura como un organismo viviente, basada en la empatía subjetiva y el dinamismo de las masas, transformó el edificio de un símbolo matemático estático en un drama humano en movimiento. Aunque sus proyectos quedaran a menudo inconclusos, el espíritu del proceso que nos legó sigue siendo la base de nuestra comprensión de la arquitectura como una disciplina de descubrimiento continuo. Miguel Ángel no solo nos enseñó a construir edificios; nos enseñó que la piedra, bajo la mano del maestro que comprende la anatomía del alma, puede poseer nervios, voluntad y una vitalidad que desafía los siglos. Su obra es, en última instancia, el testimonio de que la arquitectura es el arte de dar vida a la materia.

©tecnne

Bibliografía:

Ackerman, James S. The Architecture of Michelangelo. New York: Viking Press, 1961.

Condivi, Ascanio. Vita di Michelangelo Buonarroti. Pisa: Presso Niccolò Capurro, 1821.

Vasari, Giorgio. Le vite de’ più eccellenti pittori, scultori e architettori. Florence: G. C. Sansoni, 1906.

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Marcelo Gardinetti
Marcelo Gardinetti

Arquitecto, editor y director de Tecnne desde 2011.
Investigador en teoría y crítica de la arquitectura moderna y contemporánea.
La Plata, Argentina.
ORCID: https://orcid.org/0000-0002-6679-7951

Artículos: 1214