BIBLIOTECAEscritos

Aldo Rossi, Teoría de la permanencia y los monumentos

Aldo Rossi, tecnne

Teoría de la permanencia y los monumentos, Aldo Rossi

Pero es evidente que pensar en la ciencia urbana como en una ciencia histórica es equivocado; porque en este caso tendríamos que hablar solamente de historia urbana, en tanto que lo que aqui queremos decir es simplemente esto: que la historia urbana parece siempre más satisfactoria, hasta desde el punto de vista de la estructura urbana que cualquier otra indagación o investigación sobre la ciudad. Me ocuparé más adelante de manera particular de la contribución histórica a la ciencia urbana examinando contribuciones a los problemas de la ciudad que nacen de consideraciones históricas, mas puesto que este problema es de la máxima importancia, no estar, mal anticipar en seguida algunas consideraciones particulares.

Estas consideraciones atañen a la teoría de las permanencias de Poéte. y de Lavedan; teoría que he expuesto en las páginas precedentes. Veremos además que la teoría de las permanencias está en parte relacione da con la hipótesis, que ya he anticipado al comienzo, de la ciudad como manufactura. Para es’tas consideraciones debemos tener presente, además, que la diferencia entre pasado y futuro desde el punto de vista de la teoría del conocimiento consiste precisamente en el hecho de que el pasado es en parte experimentado ahora por que, desde el punto de vista de la ciencia urbana, puede ser éste el significado que hay que dar a las permanencias; éstas son un pasado que aún experimentamos.

Sobre este punto la teoría de Poéte no es tan explícita. Intentaré exponerla nuevamente en pocas lineas.

Aunque se trate de una teoría construida sobre muchas hipótesis, entre las cuales hay hipótesis económicas relativas a la evolución de la ciudades sustancialmente una teoría histórica y está centrada alrededor del fenómeno de las persistencias. Las persistencias se advierten a través de los monumentos, los signos físicos del pasado, pero también a través de la persistencia de los trazados y del plano. Este último punto es el descubrimiento más importante de Poéte; las ciudades permanecen sobre ejes de desarrollo, mantienen la posición de sus trazados, crecen según la dirección y con el significado de hechos más antiguos que los actuales, remotos a menudo. Muchas veces estos hechos permanecen, están dotados de vitalidad continua, y a veces se destruyen; queda entonces la permanencia de las formas, los signos físicos del locus. La permanencia más significativa está dada así por las calles y por el plano; el plano permanece bajo niveles diversos. se diferencia en las atribuciones, a menudo se deforma, pero sustancialmente no cambio de sitio. Esta es la parte más válida de la teoría de Poete; nace esencialmente del estudio de la historia. si bien no podemos definirla completamente como una teoría histórica.

A primera vista puede parecer que las permanencias absorben oda la continuidad de los hechos urbanos, pero sustancialmente no es así porque en la ciudad no todo permanece, o lo hace con modalidades tan diferentes que a menudo no son confrontables.

De hecho, en este sentido el método de las permanencias para explicar un hecho urbano está obligado a considerarlo fuera de las acciones presentes que lo modifican; es sustancialmente un método aislador. El método histórico acaba así no ya individualizando las permanencias, sino estando constituido siempre y solamente por las permanencias, puesto que sólo ellas pueden mostrar lo que la ciudad ha sido por todo aquello en que su pasado difiere del presente. Entonces las permanencias pueden convertirse, respecto del estado de la ciudad, en hechos aisladores y anómalos, no pueden caracterizar un sistema sino en forma de un pasado que experimentamos aun.

Acerca de este punto el problema de las permanencias presenta dos vertientes; por un lado los elementos permanentes pueden ser considerados como elementos patológicos; por el otro, como elementos propulsores. O bien nos servimos de estos hechos para intentar comprender la ciudad en su totalidad o acabamos quedando atados por una serie de hechos que no podremos relacionar después con un sistema urbano.

Me doy cuenta de que no he hecho de manera bastante evidente la distinción que hay entre los elementos permanentes de modo vital y los que hay que considerar como elementos patológicos. Intentaré anticipar todavía algunas observaciones aunque no sistemáticamente; en las primeras páginas de este estudio he hablado del Palazzo della Ragione de Padua y he puesto de relieve su carácter permanente; aquí la permanencia  no significa sólo que en este monumento se experimenta aún la forma del pasado, que la forma física del pasado ha asumido funciones diferentes y ha continuado funcionando, condicionando aquel contorno urbano y constituyendo siempre un foco importante del mismo. En parte este edificio es aún usado; aunque todo el mundo está convencido de que se trata de una obra de arte, se encuentra normal que en la planta baja dicho palacio funcione casi como un mercado al por menor y ello prueba su vitalidad. Tomemos la Alhambra de Granada; no alberga ya ni a los reyes moros ni a los reyes castellanos, aunque si aceptáramos las clasificaciones funcionalistas deberíamos declarar que eso constituye la principal función urbana de Granada. Es evidente que en Granada experimentamos la forma del pasado de manera completamente diferente de como la podemos experimentar en Padua (o si no completamente, al menos en gran parte). En el primer caso, la forma del pasado ha asumido una función diferente, pero está íntimamente en la ciudad, se ha modificado y es correcto pensar que podría modificarse aún; en el segundo, está por así decirlo aislada en la ciudad, nada se le puede añadir, constituye una experiencia tan esencial que no se puede modificar (consideremos en  este sentido el fracaso sustancial del palacio de Carlos V, que podría ser destruido tranquilamente); pero, en los dos rasos, estos hechos urbanos son una parte insuprimible de la ciudad, porque constituyen la ciudad.

En este ejemplo he desarrollado argumentos que aproximan aún más y admirablemente un hecho urbano persistente a un monumento; de hecho, podría haber hablado del palacio ducal de Venecia, o del teatro de Nimes o de la mezquita de Córdoba y el argumento no hubiera cambiado. Desde luego me inclino a creer que los hechos urbanos persistentes se identifican con los monumentos; y que los monumentos son persistentes en la ciudad y efectivamente persisten aún fisicamente. (Excepto, al fin y al cabo, en casos bastante particulares.)

Esta persistencia y permanencia viene dada por su valor constitutivo; por la historia y el arte, por el ser y la memoria.

Más adelante expondré varias consideraciones sobre los monumentos.

Aquí podemos constata’ finalmente la diferencia de la permanencia histórica en cuanto forma de un pasado que experimentamos aún y la permanencia como elemento patológico, como algo aislado y anómalo.

Esta última forma está constituida en gran parte y ampliamente por el «ambiente», cuando el ambiente es concebido como el permanecer de una funcion en si misma aislada en lo sucesivo de la estructura, como anacronismo respecto de la evolución técnica y social. Es notable que, generalmente, cuando se habla de ambiente nos refiramos a un conjunto predominantemente residencial. En este sentido, la conservación del ambiente va contra el proceso dinámico real de a ciudad; las llamadas conservaciones ambientales están en relacion con los valores de la ciudad en el tiempo como el cuerpo embalsamado de un santo lo está a la imagen de su personalidad histórica.

En las conservaciones ambientales hay una especie de naturalismo urbano; admito que ello pueda dar lugar a imágenes sugestivas y que, por ejemplo, la visita a una ciudad muerta (admitido que esto pueda suceder en ciertas dimensiones) puede ser una experiencia única, pero m s encontramos aquí completamente fuera de un pasado que experimentamos todavía. También estoy dispuesto a admitir que reconocer sólo a los monumentos una intencionalidad estética efectiva hasta ponerlos como elementos fijos de una estructura urbana pueda ser una simplificación; es indudable que hasta admitiendo la hipótesis de la ciudad como manufactura y como obra de arte en su totalidad se pueda encontrar una legitimidad de expresión igual en un edificio de viviendas o en cualquier obra menor que en un monumento. Pero cuestiones de este tipo nos llevarían demasiado lejos; aquí sólo quiero afirmar que el proceso dinámico de la ciudad tiende más a la evolución que a la conservación, y que en la evolución los monumentos se conservan y representan hechos propulsores del mismo desarrollo. Y esto es un hecho verificable, lo queramos o no.

Me refiero, naturalmente, a las ciudades normales que tienen un proceso de desarrollo ininterrumpido; los problemas de las ciudades muertas se relacionan sólo tangencialmente con la ciencia urbana, están más bien relacionadas con el historiador y el arqueólogo. Pero considero al menos abstracto el querer reducir o considerar los hechos urbanos como hechos arqueológicos.

Además, he intentado ya demostrar que la función es insuficiente para definir la continuidad de los hechos urbanos, y si el origen de la constitución tipológica de los hechos urbanos es simplemente la función, no se explica ningún fenómeno de supervivencia; una función está siempre caracterizada en el tiempo y en la sociedad; lo que depende estrictamente de ella no puede sino ir unido a su desarrollo.

Un hecho urbano determinado por una función solamente no es disfrutable fuera de la explicación de aquella función. En realidad, nosotros continuamos disfrutando de los elementos cuya función ya se ha perdido desde hace tiempo; el valor de estos hechos reside entonces únicamente en su forma. Su forma participa íntimamente de la forma general de la ciudad, es por así decirlo una variante de ella; a menudo estos hechos van estrechamente vinculados a los elementos constitutivos, a los fundamentos de la ciudad, y éstos se reencuentran en los monumentos. Basta introducir los elementos principales que emergen en estas cuestiones para ver la extrema importancia del parámetro del tiempo en el estudio de los hechos urbanos; pensar en un hecho urbano cualquiera como algo definido en el tiempo constituye una de las aproximaciones más graves que es posible hacer en el campo de nuestros estudios.

La forma de la ciudad siempre es la forma de un tiempo de la ciudad; y hay muchos tiempos en la forma de la ciudad. En el mismo curso de la vida de un hombre la ciudad cambia de rostro a su alrededor, las referencias no son las mismas; Baudelaire escribió:

«Le vieux Paris n’est plus; la forme d’une ville change plus vite, hélas, que le coeur d’un mortel».

Contemplamos como increiblemente viejas las casas de nuestra infancia; y la ciudad que cambia cancela a menudo nuestros recuerdos.

Aldo Rossi

Extracto de: Rossi, Aldo, “La Arquitectura de la ciudad” (Barcelona: Gustavo Gili, 1981), 98-105

TECNNE | Arquitectura y contextos