Sustracción volumétrica, programa e indeterminación funcional en el proyecto de OMA (1989)
Gardinetti, Marcelo
Arquitecto, Editor de Tecnne · La Plata, Argentina
Tecnne · Año 2020, n.º 4
Resumen
El ensayo examina la propuesta de Rem Koolhaas y OMA para la Très Grande Bibliothèque (1989) como la formulación más consistente de una metodología proyectual centrada en el programa antes que en la tipología. El análisis sostiene que la operación de sustracción volumétrica, mediante la cual las bibliotecas temáticas se excavan en un sólido compacto, responde a una lectura crítica de la transformación tecnológica del conocimiento y redefine el papel de la arquitectura institucional. La denominada «ausencia de edificio» expresa simultáneamente la desaparición de una forma tipológica estable, la construcción del vacío como espacio estructurante y el desplazamiento de la autoría hacia la organización de relaciones programáticas. El estudio vincula estas operaciones con la teoría de la congestión, la noción de Bigness y diversos marcos filosóficos, situando la TGB como un punto de inflexión en el debate disciplinar de finales del siglo XX y como antecedente metodológico de proyectos posteriores de OMA.
Palabras clave: Rem Koolhaas, Très Grande Bibliothèque, sustracción volumétrica, teoría del programa arquitectónico, OMA.
La Très Grande Bibliothèque como metodología proyectual
Este ensayo analiza la propuesta de Rem Koolhaas y OMA para la Très Grande Bibliothèque (TGB) de París como una operación proyectual que excede los límites del concurso que la originó. La pregunta que orienta el análisis es precisa: ¿en qué medida la TGB constituye no una respuesta singular y circunstancial a un programa de gran escala, sino la formulación más concentrada y teóricamente consistente de una metodología proyectual que el estudio había elaborado desde mediados de los años setenta y que continuaría desarrollando en las décadas siguientes?
La hipótesis es doble. La inversión de la lógica tipológica convencional —la sustitución del sólido construido por el vacío obtenido mediante sustracción— no es una decisión formal autónoma, sino la consecuencia de una lectura crítica del programa en sus condiciones culturales y tecnológicas de 1989. Y el concepto de «ausencia de edificio» no designa una renuncia a la forma, sino una redefinición del estatuto de la arquitectura institucional en el umbral de la transformación digital: el edificio ya no representa la institución, sino que materializa la condición de tránsito en la que esa institución se encuentra.
Este concepto, que funciona como categoría rectora del ensayo, opera en tres niveles que conviene distinguir desde ahora. En el nivel tipológico, designa la ausencia de una forma reconocible dentro de la historia del tipo biblioteca. En el nivel espacial, designa la sustracción de masa que produce el vacío interior del cubo. En el nivel autoral, designa el desplazamiento de la autoría desde la composición formal hacia la construcción de un sistema de relaciones entre programas. Los tres niveles son compatibles entre sí y se desarrollan en distintos capítulos del ensayo —el tipológico, el espacial, el autoral —, pero conviene tenerlos presentes desde el inicio para no confundirlos entre sí.
El análisis cruza tres marcos interpretativos. El primero es la teoría programática elaborada por OMA en sus textos y proyectos de referencia. El segundo es el debate disciplinar sobre tipología y autonomía formal en el período 1980-2000. El tercero es un conjunto de marcos filosóficos que el propio proyecto activa: la teoría atomista del vacío, la fenomenología husserliana y la reflexión foucaultiana sobre el lenguaje y la desaparición del sujeto. Estos marcos no se presentan de manera acumulada al final del ensayo: se incorporan en el punto del análisis donde el proyecto mismo los convoca, de modo que cada uno aparece junto a la operación arquitectónica que le da sentido. El objeto empírico es la documentación publicada del proyecto: la memoria original de OMA (1989), la presentación en S,M,L,XL (1995) y los análisis especializados de El Croquis (n.º 53, 1993; n.º 79, 1996), complementados con la bibliografía crítica relevante.
El ensayo no pretende agotar el análisis de la TGB, sino identificar sus operaciones estructurantes y situarlas en el debate disciplinar. El recorte metodológico es deliberado: el texto no aborda la recepción del concurso ni el análisis comparativo con la propuesta ganadora de Dominique Perrault. El foco se concentra en la coherencia interna de la propuesta de OMA y en su relevancia para la cultura arquitectónica posterior.

Los Grands Travaux y la transformación institucional de la arquitectura francesa
En 1981, Mitterrand asumió la presidencia de Francia con un programa cultural que asignaba al Estado un papel activo en la producción del espacio público. Los Grands Travaux, más que una política de inversión en infraestructura, funcionaron como un proyecto de legitimación simbólica del poder republicano a través de la arquitectura: Johnson (1998) señala que el ministerio de Cultura, dotado de medios excepcionales durante el primer mandato, convirtió la democratización del conocimiento en uno de los ejes del ideal socialista de gobierno.
Entre 1977 y 1995, París incorporó una secuencia de edificios que redefinieron la escala de sus instituciones culturales —el Centro Pompidou de Piano y Rogers, la pirámide del Louvre de Pei, el Parc de La Villette de Tschumi, la Cité des Sciences de Fainsilber, el Grand Arc de la Défense de von Spreckelsen—, todos compartiendo la ambición de convertir el edificio público en instrumento de representación nacional. El concurso para la Très Grande Bibliothèque, lanzado en 1989 poco después de la reelección de Mitterrand, cerraba esa secuencia con la biblioteca —la institución del saber por excelencia— como objeto de transformación.
La dimensión del encargo era inédita: unos 240 000 m², distribuidos en cinco colecciones temáticas independientes, con un 60 % del programa destinado a espacios públicos. El edificio debía funcionar como repositorio físico de la cultura impresa francesa y, al mismo tiempo, como emblema de la relación entre el Estado y la sociedad. La selección final recayó en el proyecto de Dominique Perrault, que optó por una solución de alto impacto simbólico: cuatro torres de vidrio en las esquinas de un podio arbolado. La propuesta de Koolhaas, que obtuvo solo una mención honorífica, apuntaba en una dirección radicalmente distinta.
El ensayo no compara en detalle ambas propuestas, pero conviene señalar el contraste que las separa, porque expone con claridad la posición de Koolhaas frente al problema político de los Grands Travaux. Perrault resuelve el encargo como objeto urbano reconocible: cuatro torres que funcionan, a la escala de la ciudad, como emblema legible del poder estatal sobre el conocimiento. Koolhaas, en cambio, resuelve el mismo encargo como campo espacial indeterminado, sin imagen exterior estable que lo represente. La radicalidad de la TGB no reside solo en sus operaciones internas de sustracción y programa, sino también en esta negativa a ofrecer a la institución una forma inmediatamente reconocible como monumento de Estado.
La cultura de la congestión y el origen conceptual del proyecto
Para comprender la propuesta de Koolhaas para la TGB es necesario situarla dentro del marco intelectual que el arquitecto neerlandés había elaborado desde mediados de los años setenta. En 1978 publicó Delirious New York, subtitulado «manifiesto retroactivo para Manhattan», donde propuso leer la ciudad estadounidense como el laboratorio de una nueva cultura urbana basada en la congestión y la superposición de usos (Koolhaas, 2005). La «cultura de la congestión» sostenía que la acumulación de programas en un mismo volumen podía ser fuente de riqueza formal y funcional, no un problema a resolver mediante zonificación.
Esa tesis encontró su instrumento proyectual en el concepto de «desconexión», formulado a través del análisis del rascacielos neoyorquino: la separación radical entre la envolvente exterior —que cumple funciones representativas y de escala urbana— y la organización interior —que responde a lógicas autónomas de cada planta—. Koolhaas denominó «lobotomía» a esta escisión, que liberaba la arquitectura interior de cualquier obligación de legibilidad exterior. Frampton (2009) ha señalado que esta tensión entre la máscara y el contenido constituye uno de los legados más productivos del rascacielos como tipo para la arquitectura contemporánea; la lectura que Koolhaas hace de ese legado permite entender la TGB como el desarrollo lógico de una posición sostenida durante más de una década.
En los proyectos de OMA de la segunda mitad de los ochenta, esta posición se traduce en un método proyectual sistemático: el estudio no parte de una imagen formal, sino del análisis minucioso del programa. Kipnis (1996) identificó en esa actitud lo que llamó «el último Koolhaas»: una reducción deliberada a lo esencial que funciona no como minimalismo formal, sino como maximalismo programático. Koolhaas rechaza los estándares funcionales convencionales no porque los considere irrelevantes, sino porque entiende que cada programa tiene su propia lógica, y que imponerle una respuesta tipológica predefinida equivale a empobrecerlo. Colonnese y Carpiceci (2013) señalan que OMA trabaja con «un máximo de programa y un mínimo de arquitectura», dosificando la intervención formal para no coartar las posibles relaciones entre los usos.
García Germán (2012) ha denominado a esta disposición «estrategia operativa»: una técnica de proyecto que prioriza la acción sobre el objeto y el proceso sobre el resultado formal. La TGB representa la versión más radical de este método, aplicada a un programa de escala y complejidad excepcionales.
La confrontación entre la TGB y el texto teórico «Bigness», publicado seis años después dentro de S,M,L,XL (Koolhaas y Mau, 1995), resulta reveladora. Allí Koolhaas sostiene que, a partir de cierta escala, el edificio deja de poder leerse como una totalidad formalmente coherente: sus partes se emancipan del control unitario de la forma, y la infraestructura de circulación pasa a ser el único vínculo necesario entre ellas. Pero la TGB no anticipa Bigness simplemente por su dimensión: la anticipa porque ensaya una arquitectura en la que la escala produce la autonomía de los programas y desplaza la coherencia del edificio hacia la infraestructura que los conecta. Esa estructura se reconoce en la TGB en cinco rasgos concretos: los cinco programas son autónomos entre sí, no existe continuidad formal que los vincule, la circulación vertical funciona como sistema exclusivo de conexión, la envolvente se comporta con independencia de la organización interior, y el espacio intersticial opera como campo residual e indeterminado. La TGB, proyectada antes de que la tesis de Bigness fuera formulada de manera explícita, la ensaya en la práctica: el proyecto no ilustra, en este caso, una teoría preexistente; la antecede. Bigness formaliza, seis años más tarde, una intuición que la TGB ya había resuelto arquitectónicamente.

La biblioteca ante la transformación digital del conocimiento
La pregunta que Koolhaas se plantea antes de resolver la forma es previa a cualquier decisión arquitectónica: ¿qué es una biblioteca en 1989? La respuesta, para OMA, no puede partir de los modelos históricos de la institución, sino del análisis de las condiciones técnicas y culturales del momento. En la memoria del proyecto, el estudio anota que «en el momento en que la revolución electrónica parece derretir todo lo que es sólido, para eliminar toda necesidad de concentración y encarnación física, parece absurdo imaginar la biblioteca definitiva» (OMA, 1989).
Esta observación no es retórica. En 1989, la digitalización del conocimiento era ya un hecho técnico verificable, aunque todavía incipiente en términos de difusión masiva. La World Wide Web se propondría públicamente ese mismo año; los CD-ROM y las bases de datos digitales comenzaban a desplazar parcialmente al soporte impreso. Koolhaas detecta una contradicción en el encargo: se pide diseñar el repositorio definitivo del saber en el momento en que el saber empieza a desvincularse de sus soportes físicos. El documento impreso mantiene su valor histórico y cultural, pero el volumen de datos expresable en bits supera con creces lo almacenable en papel.
Frente a esta contradicción, Koolhaas no propone ignorar el soporte físico ni preservar su lógica sin más. Formula, en cambio, una biblioteca que reconoce ambas dimensiones: un custodio de la memoria tanto en su forma material —el libro, el documento, el archivo— como en su forma electrónica. El edificio debe albergar estas dos naturalezas sin subordinar una a la otra. Esa dualidad es el punto de partida del proyecto y determina su organización formal.
La reflexión sobre el programa tiene también una dimensión social. Kipnis (1996) resume la nueva definición que Koolhaas propone para la biblioteca: ya no un depósito de libros, sino una infraestructura de acceso, un espacio de circulación entre conocimientos de naturaleza heterogénea. Este desplazamiento conceptual —de la colección al tránsito, del archivo al recorrido— tiene consecuencias formales directas en la organización espacial del edificio. El procedimiento que Koolhaas aplica al programa puede compararse, en un sentido metodológico y no genealógico, con lo que Norberg-Schulz (1979) describía como «novedosa actitud hacia las cosas» propia de la fenomenología: suspender las preconcepciones que la historia del tipo ha sedimentado sobre el concepto de biblioteca y examinar el programa desde sus condiciones concretas de enunciación. El método de Koolhaas está, sin embargo, históricamente más vinculado al análisis programático y a la cultura metropolitana que a la tradición fenomenológica; la comparación con Norberg-Schulz ilumina un efecto —la suspensión del tipo— sin implicar una filiación intelectual directa. Esa suspensión, sea cual sea su origen conceptual, es la que hace posible, en el capítulo siguiente, la operación de sustracción: solo si la biblioteca deja de pensarse como forma heredada puede convertirse en un vacío por construir.
Sustracción volumétrica y construcción del vacío arquitectónico
La decisión formal central de la propuesta de Koolhaas para la TGB es la inversión de la lógica tipológica convencional de la biblioteca pública. En lugar de organizar los programas en salas diferenciadas contenidas dentro de un volumen construido, OMA parte de un bloque sólido y lo perfora. El vacío, obtenido por sustracción, no es residual: es el elemento formal determinante.
Técnicamente, la operación consiste en concebir el edificio entero como una masa opaca —un cubo de dimensiones colosales— y horadar su interior con las cinco colecciones temáticas, que quedan configuradas como figuras huecas de geometría específica para cada programa. El material restante tras esa excavación constituye los espacios públicos: vestíbulos, circulaciones, escaleras mecánicas, zonas intersticiales. Lo construido y lo vacante intercambian así sus roles habituales: el espacio públicamente usable no resulta de añadir salas dentro de un contenedor, sino de restar los programas específicos de la masa total.
La operación puede describirse como una secuencia de tres momentos. Primero, el cubo conceptual: un volumen sólido y homogéneo, sin diferenciación interna. Segundo, la inserción por sustracción de las cinco figuras programáticas, cada una horadada con la geometría que le corresponde. Tercero, la aparición del espacio público como resultado residual de esa sustracción: no como un vacío proyectado de manera autónoma, sino como lo que queda entre las figuras una vez retiradas de la masa. Esta secuencia —cubo, sustracción, espacio intersticial resultante— es la que debería acompañarse, en una publicación con soporte gráfico, de planta, sección y axonométrico esquemáticos; el argumento verbal aquí expuesto describe una operación que es, en su origen, una operación de dibujo.
Koolhaas recurre a una cita de James Joyce —la ausencia como la forma más elevada de presencia— para articular conceptualmente esta operación (OMA, 1989). La formulación puede leerse, retrospectivamente, en clave de una concepción atomista del vacío: Şimsek (2019) recuerda que fue Demócrito quien desarrolló el concepto de vacío como el espacio necesario para que los átomos puedan desplazarse. No hay evidencia de que Koolhaas construyera su operación a partir de esa tradición filosófica de manera consciente; la analogía no describe una genealogía documentada, sino que ilumina retrospectivamente una condición espacial que el proyecto ya formula por medios arquitectónicos. En ese sentido interpretativo, el vacío interior del cubo cumple una función análoga a la atomista —no como ausencia de materia, sino como condición necesaria para la relación entre partes—: es lo que hace posible la coexistencia y la circulación entre los distintos programas. Sin ese vacío, las cinco colecciones no podrían relacionarse entre sí ni con el usuario que las recorre.
El vacío de la TGB, sin embargo, no es un vacío absoluto: es un vacío producido —un espacio intersticial resultante de la sustracción— que de inmediato queda ocupado por circulación, encuentro, exposición y usos públicos no siempre previstos. No es, por tanto, ausencia de programa, sino programa abierto: el espacio intersticial no es aquello que queda cuando termina la arquitectura, sino aquello que queda disponible cuando termina la determinación programática.
La ausencia de edificio no designa la eliminación de la arquitectura, sino el desplazamiento del edificio como principio organizador del programa: no se trata de construir menos arquitectura, sino de dejar que el programa la produzca por sustracción antes que por adición. Lo que se ausenta es la forma edificatoria tradicional —muros, tabiques, particiones que delimitan funciones—, sustituida por el contorno de las figuras programáticas que flotan en el interior del cubo. En términos cercanos a los de Pallasmaa (2006), puede leerse que la arquitectura aquí no impone su dominio visual sobre el cuerpo del habitante, sino que se retira para que el cuerpo encuentre su propio lugar en el espacio. Esta segunda lectura fenomenológica es más frágil que la suspensión del tipo señalada en el capítulo anterior: describe un efecto plausible del vacío resultante, no una intención documentada del proyecto.

Programa, geometría y organización espacial de las bibliotecas temáticas
Las cinco colecciones temáticas de la TGB son los elementos que Koolhaas horada en el sólido, y cada una recibe una geometría derivada de las exigencias específicas de su programa. Esta correspondencia entre forma y uso no sigue criterios compositivos externos, sino una exploración individual para cada caso, aunque el propio Koolhaas reconoce que esa intencionalidad formal no está del todo exenta de arbitrariedad.
La Biblioteca de Imagen y Sonido adopta la forma de un canto rodado —compacta, redondeada, sin aristas— empotrada en el podio de acceso, junto a la colección de mayor demanda inmediata. La forma orgánica contrasta con la geometría euclidiana del contenedor y señala la diferencia entre el carácter audiovisual y sensorial del programa y el régimen formal del edificio.
La Biblioteca de Consulta es una espiral continua de cinco plantas y tres giros: un dispositivo que evita las interrupciones entre niveles y mantiene la estantería siempre accesible desde un recorrido único.
La Biblioteca de Investigación resulta de una superficie continua que, mediante pliegues sucesivos, genera un volumen semejante a una cinta de Möbius —una figura sin interior ni exterior distinguibles—. Aplicada al programa, sugiere un espacio de trabajo donde la distinción entre colección y sala de lectura se disuelve en una continuidad espacial.
La Sala de Catálogos, en forma de almendra, media entre la Biblioteca de Consulta y la de Estudio; su perfil elipsoidal facilita la orientación y ofrece una vista panorámica hacia el exterior. La Biblioteca de Adquisiciones Recientes se compone de dos prismas entrecruzados —una sala de lectura horizontal y un auditorio en pendiente hacia el Sena— y orienta su programa audiovisual hacia el paisaje fluvial, buscando continuidad entre la proyección interior y el horizonte urbano.
Zaera Polo (1993) describe el conjunto de estas operaciones como una exploración de la «multiplicidad de velocidades» y la «yuxtaposición de recorridos» dentro de un mismo espacio; en la TGB, esa multiplicidad opera a través de la diferencia formal entre las figuras programáticas. Tamargo (2014) la describe como la mediación específicamente arquitectónica que OMA interpone entre el programa y su resolución formal.
La circulación vertical como infraestructura programática
En la mayoría de los edificios de gran escala, la circulación vertical funciona como infraestructura de servicio: un sistema que conecta las plantas, pero sin protagonismo arquitectónico propio. En la TGB, la relación se invierte. Las figuras programáticas flotan en el interior del cubo sin contacto entre sí; el único elemento capaz de vincularlas es la red de ascensores, que se convierte así en el sistema estructurante de las relaciones funcionales.
Koolhaas dispone una cuadrícula de nueve ascensores a intervalos regulares, acompañados por una serie de muros paralelos que actúan como soporte estructural. Esta cuadrícula ordena el interior del cubo sin determinar la posición de las figuras programáticas, que se distribuyen libremente en los intervalos. Cada ascensor conduce a un destino diferente, aunque en mayor o menor medida atraviesa también otras figuras; una variedad de carteles electrónicos situados en las cajas de cristal y los muros identifica los destinos.
La elección del ascensor como elemento articulador principal no es casual. En la teoría de Koolhaas, el ascensor es el dispositivo que hizo posible el rascacielos neoyorquino y la cultura de la congestión: al liberar la planta de la dependencia de la escalera, permitió que cada nivel funcionara de manera autónoma. La secuencia puede formularse de manera esquemática: en el rascacielos de Manhattan, el ascensor produce autonomía de plantas, y esa autonomía produce desconexión y congestión vertical. En la TGB, la secuencia se invierte: el ascensor produce conexión de programas, y esa conexión produce interdependencia y congestión institucional. El mismo dispositivo que en el rascacielos separa verticalmente los programas, en la TGB produce su conexión selectiva entre figuras que, de otro modo, permanecerían incomunicadas. Es el único hilo que une los fragmentos de un programa deliberadamente disperso.
Los espacios intersticiales entre las figuras programáticas, accesibles mediante escaleras mecánicas, materializan de manera más directa ese vacío producido del que se habló en parrafos anteriores. Son zonas públicas de geometría indefinida, cuya forma depende de la posición relativa de las figuras que las rodean. Estos espacios reciben, en la organización del proyecto, una flexibilidad mayor que los programas específicos: pueden adaptarse a usos no previstos —exposiciones temporales, instalaciones, eventos colectivos—. Son el componente del edificio más abierto a la indeterminación funcional. Precisamente por ello, constituyen el lugar donde la arquitectura deja de organizar funciones determinadas para convertirse en soporte de acontecimientos aún no previstos.




Envolvente traslúcida y relaciones entre interior, exterior y representación
Las cuatro fachadas del cubo de la TGB están conformadas por una envolvente traslúcida cuyo grado de opacidad varía según la orientación solar y la profundidad del espacio interior. Donde el espacio interior es poco profundo, la opacidad es mayor y el contorno de los volúmenes interiores se percibe como silueta desde el exterior; donde el espacio es profundo, la traslucidez aumenta y el interior se hace más legible. El edificio lee sus propias condiciones internas y las traduce en variaciones de densidad del cerramiento.
Este sistema debe leerse en relación con la teoría de la transparencia desarrollada por Rowe y Slutzky (1963, 1997). En su distinción entre transparencia literal y transparencia fenomenológica, ambos autores señalaban que la segunda no implica la presencia física de un material traslúcido, sino la capacidad de la forma de sugerir la simultaneidad de posiciones diferentes en el espacio. Conviene distinguir, en la envolvente de la TGB, cuatro registros que operan a la vez: la transparencia literal, condición física del material traslúcido; la transparencia fenomenológica, simultaneidad perceptiva de espacios distintos; la opacidad, que oculta parcialmente el programa; y la proyección, que exterioriza la actividad interna sobre la superficie. Esa simultaneidad de registros diferencia el dispositivo de la transparencia integral del curtain wall moderno. Lo relevante no es que la fachada sea transparente, sino la ambivalencia que produce entre legibilidad y ocultamiento: la TGB no muestra el edificio, sino que hace visible la existencia de algo que no permite comprender por completo. Esa ambivalencia conecta directamente la fachada con la indeterminación descrita en el capítulo anterior.
Desde el exterior, la superficie del cubo exhibe una variedad de intensidades que insinúa la existencia de un interior complejo sin describir su organización. Las figuras programáticas proyectan sus sombras sobre la envolvente, produciendo un efecto de imagen variable que cambia con la luz. Por la noche, las figuras iluminadas interiormente se proyectan como volúmenes luminosos en la superficie traslúcida, y convierten el exterior del edificio en una pantalla que exhibe la actividad interna. La envolvente permite además utilizar algunas de sus caras como superficies de proyección, y transforma la fachada en un medio de comunicación activo.
Koolhaas había analizado en Delirious New York la «lobotomía» del rascacielos: la separación entre la máscara exterior y el mundo interior del edificio que garantizaba la autonomía de cada planta respecto de la representación de la fachada (Koolhaas, 2005). En la TGB, el procedimiento es similar pero más matizado: la fachada no niega el interior, sino que lo filtra. Foster (2013) ha observado que en varios proyectos de OMA la relación entre exterior e interior reproduce la lógica del espectáculo urbano: el edificio se convierte en superficie de proyección de su propio programa, y participa activamente en la producción del paisaje cultural de la ciudad.
El diagrama en negativo como instrumento proyectual
El procedimiento gráfico de OMA para la presentación de la TGB es coherente con la inversión formal que el proyecto propone. Las plantas y elevaciones del edificio se realizan como un negativo de los métodos tradicionales de representación arquitectónica: el fondo negro corresponde al vacío constitutivo del proyecto, mientras que el blanco representa los volúmenes sólidos que flotan en su interior.
Esta inversión no es un recurso estético, sino una necesidad argumentativa. En un proyecto donde lo determinante es el vacío y no el sólido, representar el vacío en blanco y los volúmenes en negro produciría una imagen que enfatiza lo construido sobre lo ausente, e invertiría la jerarquía conceptual del proyecto. Al usar el negro para el vacío, esta inversión hace que el espacio público —lo remanente de la sustracción— se perciba como el protagonista de la imagen.
Colonnese y Carpiceci (2013) señalan que los diagramas de OMA comparten con la figura-fondo del análisis de Nolli la capacidad de hacer visible el espacio no construido como figura positiva, aunque la inversión no es exactamente equivalente: en el mapa de Nolli el espacio público urbano aparece en blanco sobre el fondo negro de la masa edificada; en OMA, la inversión opera en el interior del edificio, donde el espacio de uso colectivo es el negro del diagrama y los programas específicos son el blanco que lo interrumpe. OMA no usa el dibujo para representar una arquitectura previamente definida, sino para construir el argumento que hace posible esa arquitectura: el diagrama no ilustra el proyecto, lo produce. Es en ese sentido que el dibujo funciona en OMA como instrumento operativo y no como documentación posterior a la decisión de diseño.
Autoría, representación y organización espacial: una lectura foucaultiana
La operación de sustracción del capítulo 4 y su traducción gráfica en el capítulo 8 admiten, de manera complementaria y no fundacional, una lectura en clave foucaultiana: en «El pensamiento del afuera» (1966), Foucault sostiene que el ser del lenguaje solo aparece por sí mismo en la desaparición del sujeto que habla. La analogía tiene un límite evidente —Foucault escribe sobre el lenguaje verbal, no sobre el espacio construido— y su valor aquí es interpretativo, no demostrativo: aporta un nombre para una actitud que el proyecto ya manifestaba por otros medios arquitectónicos.
Con esa cautela, la analogía sugiere que Koolhaas no elimina la autoría al hacer del vacío la figura positiva del diagrama, sino que la desplaza desde la expresión formal hacia la organización de las condiciones espaciales: la cuadrícula de ascensores y la envolvente que filtra sin narrar son decisiones tan autorales como cualquier composición de fachada, solo que ejercidas en otro lugar del proyecto.

La Très Grande Bibliothèque y el desplazamiento del debate disciplinar
El proyecto de Koolhaas para la TGB no se limita a proponer una alternativa dentro del debate arquitectónico de los años ochenta: desplaza los términos en que ese debate se planteaba. Hasta 1989, la discusión entre el posmodernismo historicista y la autonomía formal tardía suponía, en sus posiciones más visibles, dos salidas contrapuestas: o la arquitectura recuperaba el lenguaje y la memoria histórica del tipo, o defendía la coherencia de sus propios sistemas formales frente a cualquier exigencia externa al objeto. Esta caracterización simplifica, con fines argumentativos, un campo disciplinar más heterogéneo, en el que coexistían posiciones intermedias y variantes regionales; pero permite situar con precisión el lugar específico que ocupa la TGB frente a esas dos posiciones dominantes. Frampton (2009) sitúa ahí la relevancia de Koolhaas: uno de los intentos más sistemáticos de escapar simultáneamente al historicismo posmoderno y al formalismo tardío de la segunda modernidad.
La TGB logra ese escape porque no discute en el terreno del lenguaje, sino en el del programa. La biblioteca sin genius loci que resulta de la sustracción —sin el carácter propio de lugar que Norberg-Schulz (1979) atribuye a la arquitectura tradicional— no necesita apoyarse en ninguna imagen heredada, del mismo modo en que Koolhaas argumentaría pocos años después, en «Generic City» y «What Ever Happened to Urbanism?» (Koolhaas y Mau, 1995), que la identidad de la ciudad contemporánea deriva de la performance de sus sistemas y no de su carácter histórico. Trasladado a la escala del edificio, ese desplazamiento es lo que permite a la TGB eludir tanto el historicismo como el formalismo: ninguno de los dos discute ya en el terreno donde Koolhaas ha decidido jugar.
Tamargo (2014) matiza esta lectura: el programa no genera mecánicamente la forma; existe siempre una mediación en la que el arquitecto decide. Esa mediación, sin embargo, ya no se ejerce en la TGB sobre un repertorio de lenguajes disponibles, sino sobre las condiciones concretas de un programa singular. Es ese cambio de terreno —del lenguaje al programa como campo de decisión formal— lo que explica que la TGB siga discutiéndose hoy no como un episodio de estilo dentro de la historia de la biblioteca, sino como un desplazamiento en los términos mismos de la disciplina.
La TGB como diagnóstico cultural y método de proyecto
Las operaciones analizadas permiten formular cuatro proposiciones sobre la relevancia de la TGB para la cultura arquitectónica contemporánea.
La primera concierne al método. La TGB establece un procedimiento proyectual —análisis crítico del programa, sustracción volumétrica, indeterminación del espacio intersticial, verticalidad como único sistema de articulación— que OMA desarrollaría en proyectos posteriores, como la Biblioteca Pública de Seattle (2004) o la Casa da Música de Oporto (2005). Esa secuencia confirma que la TGB no fue un episodio aislado, sino la formulación más concentrada de una metodología que el estudio refinó durante dos décadas.
La segunda concierne a su capacidad diagnóstica. La pregunta de Koolhaas sobre el sentido de reunir en un único edificio la totalidad del saber impreso, en el momento en que ese saber empieza a desmaterializarse, sigue vigente: las bibliotecas contemporáneas han debido negociar exactamente esa tensión entre el soporte físico y el digital. La respuesta de Koolhaas —no resolver la tensión sino formalizarla, hacer del edificio el espacio de su propia contradicción— continúa siendo una de las más coherentes frente a ese problema.
La tercera concierne a las consecuencias disciplinares del desplazamiento descrito en el capítulo anterior. Al convertir el programa, y no el lenguaje ni la memoria tipológica, en el campo donde se decide la forma, Koolhaas ofrece un procedimiento transferible a cualquier institución que deba suspender su tipología heredada frente a una transformación tecnológica o cultural análoga.
La cuarta proposición no pretende actualizar el ensayo, sino señalar que la pregunta que Koolhaas formuló en 1989 permanece abierta. En 1989, la contradicción era entre el libro impreso y la incipiente digitalización del conocimiento. Hoy esa misma contradicción se reformula en otros términos. La inteligencia artificial y los sistemas de conocimiento distribuido han desplazado buena parte del problema. Las bibliotecas híbridas actuales ya no distinguen con claridad entre colección física, archivo digital y flujo de datos generados algorítmicamente. La TGB no anticipó estas condiciones específicas, pero sí anticipó la posición crítica necesaria para enfrentarlas: la de un edificio que no representa una institución estable, sino que aloja su propia transformación. Conviene precisar el alcance de esta afirmación: la vigencia de la TGB no deriva de haber previsto la inteligencia artificial, sino de haber formulado un método para proyectar instituciones cuya función está sometida a transformaciones tecnológicas que el edificio no puede controlar. En ese sentido, la pregunta de 1989 —qué es una biblioteca cuando el saber empieza a desprenderse de su soporte— no ha sido resuelta por la tecnología posterior; ha sido, más bien, reformulada en términos cada vez más radicales.
El cubo sólido que aloja vacíos donde flotan programas específicos sintetiza, en su estructura más básica, las tres operaciones descritas a lo largo del ensayo: sustracción volumétrica, indeterminación funcional del espacio intersticial y desplazamiento de la autoría desde la composición formal hacia la construcción de un sistema de relaciones. El edificio en negativo que propone Koolhaas no resuelve la pregunta inicial sobre qué es una biblioteca en un momento de transformación tecnológica; la mantiene abierta y la traduce en términos arquitectónicos concretos —programa, circulación, envolvente—. Esa capacidad de formalizar una pregunta sin cerrarla, antes que de responderla, constituye el aporte específico de la TGB a la cultura arquitectónica contemporánea, y explica por qué el procedimiento proyectual que ensaya en 1989 sigue siendo operativo en condiciones tecnológicas muy distintas de las originales.
©tecnne

Ficha Técnica
- Proyecto: Très Grande Bibliothèque (TGB) — Concurso para la Biblioteca Nacional de Francia
- Arquitecto: Rem Koolhaas / OMA (Office for Metropolitan Architecture)
- Año: 1989 (proyecto de concurso)
- Lugar: París, Francia
- Superficie: aproximadamente 240 000 m²
- Programa: 60 % espacios públicos, 5 bibliotecas temáticas, zonas de archivo, oficinas, restaurante, jardín y piscina
- Resultado: mención honorífica. El proyecto ganador fue de Dominique Perrault
- Sistema estructural: cuadrícula de nueve núcleos de ascensores y muros paralelos portantes, dentro de un cubo envolvente traslúcido
Bibliografía
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