Resumen
El Parc de la Villette, proyectado por Bernard Tschumi e inaugurado en 1987 en París, constituye una de las operaciones urbanas más influyentes del pensamiento arquitectónico contemporáneo. Implantado sobre los antiguos mataderos del nordeste parisino, el proyecto reformula la noción histórica del parque público mediante una organización basada en tres sistemas autónomos: puntos, líneas y superficies. La retícula modular de 120 x 120 metros estructura el emplazamiento y define la localización de las célebres Folies, pabellones rojos concebidos como referencias espaciales y dispositivos programáticos. Frente al modelo pintoresquista del jardín decimonónico, Tschumi propone un campo abierto de recorridos, eventos y superposiciones funcionales donde arquitectura, paisaje y movimiento operan de manera simultánea. El parque introduce una lectura vinculada al posestructuralismo y a la deconstrucción arquitectónica, entendiendo el espacio como una secuencia de acontecimientos antes que como una composición estable. Su influencia permanece vigente en numerosos debates sobre urbanismo cultural y espacio público contemporáneo.
Palabras clave: Bernard Tschumi, Parc de la Villette, deconstructivismo arquitectónico, urbanismo contemporáneo, arquitectura del paisaje.
Arquitectura y acontecimiento en La Villette
El Parc de la Villette, proyectado por Bernard Tschumi, se organiza mediante la superposición de tres sistemas autónomos —puntos, líneas y superficies— que estructuran el parque a partir de una lógica no jerárquica. Cada sistema responde a reglas operativas específicas y mantiene independencia relativa dentro de una estructura general basada en la coexistencia y la interacción de elementos heterogéneos.
El sistema de puntos se materializa en la retícula de folies, distribuidas a intervalos regulares sobre el territorio. Estas estructuras funcionan simultáneamente como referencias espaciales, nodos programáticos y dispositivos de orientación. La repetición homogénea de las folies introduce un orden abstracto que contrasta con la diversidad funcional y formal de cada una de ellas, evitando la consolidación de un centro dominante dentro del parque.
Las líneas corresponden a los recorridos, pasarelas y ejes de circulación que articulan conexiones entre distintas áreas del conjunto. Su trazado organiza el desplazamiento del visitante mediante secuencias espaciales variables, donde la experiencia del recorrido adquiere un papel central. La continuidad del parque se construye así desde el movimiento y la percepción temporal antes que desde una composición axial tradicional.
El sistema de superficies define áreas de uso específico asociadas a actividades culturales, recreativas y paisajísticas. Jardines temáticos, explanadas y áreas verdes conforman una serie de ámbitos diferenciados que introducen diversidad programática y perceptiva dentro del conjunto. Estas superficies operan como campos abiertos de apropiación, capaces de admitir múltiples configuraciones de uso.
La relación entre puntos, líneas y superficies produce una composición disociada donde estructura y acontecimiento mantienen una tensión constante. El espacio no se concibe como una forma cerrada y estable, sino como un soporte para acciones cambiantes y experiencias variables. Las intersecciones entre sistemas generan discontinuidades, superposiciones y episodios espaciales que forman parte activa de la lógica proyectual.
La materialidad del parque, dominada por estructuras metálicas y componentes prefabricados, refuerza la claridad y legibilidad del sistema organizativo. Las folies, particularmente a través de su construcción metálica y su color rojo uniforme, consolidan la percepción de la retícula como infraestructura conceptual distribuida sobre el territorio.
Desde una perspectiva teórica, el proyecto redefine el parque urbano como un campo de relaciones abiertas. La propuesta desplaza los modelos tradicionales de composición paisajística y plantea una arquitectura basada en interacción, movimiento y variabilidad programática. El parque deja de operar como una totalidad estática organizada mediante jerarquías formales y pasa a configurarse como una estructura dinámica donde espacio, acontecimiento y experiencia se producen de manera simultánea.
La Villette y la reformulación del parque urbano contemporáneo
En la formulación teórica de Bernard Tschumi, la relación entre regla y concepto constituye un principio central del proyecto arquitectónico. Las reglas —ya sean técnicas, normativas o compositivas— pueden ser modificadas o incluso transgredidas, siempre que dicha operación no altere la consistencia del concepto rector. El concepto se entiende así como una estructura abstracta capaz de sintetizar conocimientos, programas y condiciones heterogéneas dentro de un sistema coherente de relaciones.
Concebir arquitectura implica, en este marco, articular realidades diversas mediante una lógica organizativa propia, antes que reproducir modelos tipológicos preexistentes. El proyecto deja de derivarse de formas establecidas y pasa a construirse a partir de principios operativos capaces de integrar complejidad, variación e indeterminación sin perder coherencia interna.
El Parc de la Villette puede interpretarse como la materialización de esta posición teórica. La propuesta se distancia de las concepciones tradicionales del jardín urbano, históricamente subordinadas a criterios de composición paisajística o recreativa, para configurar un sistema abierto de relaciones espaciales y programáticas. El parque no se organiza como una secuencia jerárquica de perspectivas y recorridos predeterminados, sino como una estructura capaz de admitir múltiples formas de apropiación y experiencia.
En esta lógica, el usuario adquiere un papel activo en la construcción del recorrido y en la interpretación del espacio. La experiencia arquitectónica no se encuentra completamente definida por el diseño, sino que emerge de la interacción entre desplazamiento, acontecimiento y percepción. El parque opera así como una infraestructura espacial que regula relaciones entre elementos heterogéneos sin imponer una narrativa única.
El origen del proyecto se vincula al proceso de reconversión del sector de La Villette, ubicado en el noreste de París. El área había estado ocupada por infraestructuras industriales asociadas al abastecimiento cárnico de la ciudad, clausuradas en 1974. Tras un primer concurso fallido en 1976, en 1978 se convocó una nueva competencia internacional destinada a redefinir el futuro de este extenso vacío urbano.
El jurado, presidido por Roberto Burle Marx e integrado por figuras como Renzo Piano, Arata Isozaki y Vittorio Gregotti, junto con especialistas en paisaje, seleccionó nueve propuestas entre un total de 472 participantes para una segunda etapa de evaluación. En marzo de 1983, el proyecto de Tschumi fue declarado ganador por mayoría de votos, aunque sin unanimidad, situación que evidencia el carácter experimental y disruptivo de la propuesta dentro del contexto disciplinar de la época.
La intervención incorpora elementos preexistentes del sitio, como la Grande Halle de la Villette y el Canal de l’Ourcq, integrándolos dentro de una estructura espacial basada en sistemas abstractos y relaciones dinámicas. Esta operación permite mantener la memoria industrial del lugar sin subordinar el proyecto a una lógica conservacionista tradicional.
La propuesta redefine así la relación entre espacio público, programa y experiencia. El parque deja de concebirse como un paisaje contemplativo organizado mediante principios compositivos estables y pasa a funcionar como un campo de acontecimientos, recorridos y apropiaciones variables. A través de esta transformación, el Parc de la Villette introduce un nuevo marco conceptual para el diseño urbano contemporáneo, donde la arquitectura opera como sistema abierto antes que como forma cerrada y definitiva.

Sistema conceptual y organización espacial
La arquitectura del Parc de la Villette es definida por Bernard Tschumi como una “arquitectura del significante más que del significado”, formulación que desplaza el énfasis disciplinar desde la representación estable del sentido hacia la capacidad operativa de la forma como sistema generador de relaciones. En esta concepción, la arquitectura deja de entenderse como un objeto portador de significados fijos y pasa a configurarse como un campo abierto donde el sentido emerge de la interacción entre espacio, recorrido, programa y acontecimiento.
Tal como se plantea en Arquitectura y Acontecimiento, esta posición crítica introduce una tensión que excede la dicotomía moderna entre forma y función. El espacio arquitectónico adquiere una condición dinámica y procesual, definida por situaciones cambiantes de uso, percepción y apropiación. La arquitectura no organiza únicamente actividades previstas, sino que establece condiciones para la producción de experiencias variables e incluso imprevisibles.
Bajo esta lógica, el proyecto del parque se estructura mediante la superposición de tres sistemas autónomos —puntos, líneas y superficies—, cada uno dotado de reglas operativas y principios organizativos específicos. Los puntos corresponden a la retícula de folies distribuidas regularmente sobre el territorio; las líneas articulan recorridos y secuencias de desplazamiento; las superficies configuran áreas programáticas y paisajísticas diferenciadas.
La relación entre estos sistemas no responde a un principio de síntesis jerárquica ni a una composición unitaria tradicional. Cada estructura conserva autonomía relativa y mantiene su propia lógica de funcionamiento dentro del conjunto. Las intersecciones, superposiciones y discontinuidades producidas por esta coexistencia constituyen parte esencial de la organización espacial del parque.
La fricción entre sistemas introduce un modelo arquitectónico basado en la coexistencia de diferencias antes que en la resolución de contradicciones. La coherencia del proyecto no depende de la subordinación de las partes a una figura dominante, sino de la capacidad del sistema para sostener relaciones variables y múltiples interpretaciones espaciales. El parque se configura así como una estructura abierta, donde recorridos, programas y acontecimientos pueden transformarse sin alterar los principios conceptuales que organizan el conjunto.
En este contexto, la arquitectura se aproxima a una lógica relacional y no representativa. El significado deja de estar contenido en la forma arquitectónica de manera estable y pasa a producirse a través de la experiencia del usuario, de la temporalidad del recorrido y de la interacción entre elementos heterogéneos. La propuesta de Tschumi redefine así el proyecto arquitectónico como una infraestructura conceptual capaz de integrar indeterminación, movimiento y cambio dentro de una estructura rigurosamente organizada.
El modelo organizativo del Parc de la Villette se articula mediante tres sistemas autónomos, cuya diferenciación responde a categorías espaciales y operativas específicas:
- Un sistema de objetos, representado por puntos, que introduce referencias construidas dentro del territorio a través de elementos discretos y repetidos, capaces de establecer una modulación constante.
- Un sistema de movimientos, representado por líneas, que define trayectorias, recorridos y flujos, configurando una red de desplazamientos que atraviesa y conecta el conjunto sin someterse a una jerarquía centralizada.
- Un sistema de espacios, representado por superficies, que delimita áreas de uso y permanencia, donde se desarrollan programas diversos mediante configuraciones paisajísticas y tratamientos materiales diferenciados.
Retícula modular y dispositivos programáticos
El sistema de puntos del Parc de la Villette se organiza mediante una retícula ortogonal de 120 metros de módulo que introduce un orden abstracto y homogéneo sobre el territorio. La implantación de esta trama establece una estructura regular capaz de neutralizar jerarquías espaciales preexistentes y distribuir de manera uniforme las distintas intervenciones dentro del parque.
Las intersecciones de la retícula determinan la ubicación de las folies, concebidas como unidades discretas que funcionan simultáneamente como referencias espaciales, nodos programáticos y dispositivos de modulación territorial. La repetición sistemática de estos puntos produce una lógica distributiva no jerárquica, donde la coherencia del conjunto emerge de la reiteración y de la regularidad del sistema antes que de la existencia de un centro dominante.
Cada folie mantiene autonomía formal y programática, aunque su significado espacial depende de la relación que establece con la totalidad de la trama. La retícula actúa así como una infraestructura conceptual que permite articular diferencias sin perder continuidad organizativa. El parque deja de estructurarse mediante composiciones axiales tradicionales y pasa a configurarse como un campo isotrópico, potencialmente expandible y abierto a múltiples recorridos e interpretaciones.
Este procedimiento admite una relación analógica con las investigaciones pictóricas desarrolladas por Paul Cézanne en su etapa final. En muchas de sus obras, la organización del lienzo mediante tramas subyacentes permitía distribuir tensiones visuales de manera uniforme, evitando la dependencia de un punto de fuga único y construyendo una espacialidad basada en múltiples percepciones simultáneas.
A través de esta estructura reticular, Cézanne conseguía integrar fragmentos heterogéneos del paisaje dentro de una composición coherente sin recurrir a jerarquías perspectívicas tradicionales. De manera comparable, la retícula del Parc de la Villette opera como un principio ordenador constante que admite variaciones programáticas, espaciales y perceptivas sin comprometer la unidad del sistema.
Aunque Bernard Tschumi no formula explícitamente esta relación con la obra de Cézanne, la analogía resulta pertinente para comprender el papel del concepto dentro del proyecto. La retícula funciona como un dispositivo de síntesis capaz de organizar experiencias, recorridos y acontecimientos diversos dentro de una estructura operativa común. La coherencia del parque no depende de la uniformidad formal de sus elementos, sino de la persistencia del principio organizador que regula sus relaciones espaciales.

Recorridos, circulación y secuencia espacial
El sistema de líneas del Parc de la Villette se materializa mediante galerías, pasarelas y pérgolas que organizan el espacio a partir de la lógica del desplazamiento. A diferencia de la retícula de puntos, cuya disposición responde a una estructura regular y abstracta, las líneas introducen un orden dinámico basado en la conexión entre fragmentos dispersos del parque.
Estos recorridos funcionan como vectores de articulación espacial que vinculan programas, accesos y áreas de permanencia. Su trazado, frecuentemente sinuoso o desviado respecto de la ortogonalidad dominante, intensifica la percepción del movimiento y produce una experiencia secuencial del espacio. La continuidad deja de depender exclusivamente de alineaciones geométricas estables y pasa a construirse a través de la trayectoria y la experiencia corporal del recorrido.
La línea adquiere así una dimensión operativa y fenomenológica. El visitante percibe el parque mediante una sucesión variable de encuadres, aperturas y cambios de dirección que modifican constantemente la relación entre proximidad, profundidad y orientación. Esta condición introduce una lectura temporal del espacio, donde la arquitectura y el paisaje se comprenden a través de la duración del desplazamiento.
En términos compositivos, el sistema lineal actúa como un mecanismo de mediación entre la abstracción de la retícula y la contingencia del uso cotidiano. Las galerías y pasarelas no establecen recorridos únicos ni jerarquías rígidas, sino una multiplicidad de trayectorias posibles que favorecen interpretaciones abiertas del parque. La experiencia espacial se construye, por tanto, desde la variación perceptiva y la superposición de movimientos antes que desde una organización axial tradicional.
Paisaje, programa y variación topológica
El sistema de superficies del Parc de la Villette se desarrolla en los espacios intersticiales definidos por la superposición entre la retícula de puntos y las líneas de circulación. Jardines temáticos, explanadas pavimentadas y áreas arboladas conforman una serie de unidades espaciales diferenciadas, cada una caracterizada por condiciones materiales, programáticas y perceptivas específicas.
Estas superficies evitan una concepción homogénea del paisaje y operan, en cambio, mediante una diversificación controlada de usos y atmósferas. La composición del parque no busca construir una continuidad paisajística uniforme, sino establecer una secuencia de ámbitos heterogéneos capaces de admitir actividades múltiples y configuraciones variables de ocupación.
La disposición de estas unidades introduce una experiencia espacial basada en la discontinuidad y la transición. Cada superficie funciona como un episodio autónomo dentro de un sistema mayor, definido por cambios de textura, vegetación, escala y densidad programática. La relación entre las distintas áreas no depende de una jerarquía centralizada, sino de una articulación abierta que favorece recorridos diversos y lecturas fragmentarias del conjunto.
En este contexto, emerge el concepto de paseo cinemático, fundamental dentro de la concepción espacial del parque. La experiencia del usuario se construye mediante una sucesión de escenas y variaciones perceptivas que se revelan progresivamente durante el desplazamiento. El recorrido funciona como una estructura narrativa donde cada tramo introduce modificaciones en la relación entre vacío, vegetación, infraestructura y actividad humana.
La analogía con el montaje cinematográfico resulta particularmente pertinente. Así como en el cine la secuencia de planos produce sentido a través de la concatenación temporal, en el parque la continuidad espacial se configura mediante la sucesión de episodios diferenciados. El movimiento del visitante activa una percepción fragmentada y dinámica del espacio, donde la experiencia arquitectónica depende tanto de la organización física de las superficies como de la duración y variabilidad del recorrido.
Interferencia espacial y experiencia urbana
La superposición de los sistemas de puntos, líneas y superficies en el Parc de la Villette configura un campo espacial basado en la coexistencia de órdenes autónomos. Cada sistema conserva su propia lógica operativa y, al interactuar con los demás, produce intersecciones, discontinuidades y solapamientos programáticos que forman parte activa de la estructura conceptual del proyecto.
Estas tensiones no son absorbidas mediante una síntesis compositiva unificadora. Por el contrario, el proyecto incorpora la fricción entre sistemas como condición constitutiva de su organización espacial. La coexistencia entre retícula, recorridos y superficies heterogéneas genera una arquitectura donde la estabilidad no depende de la homogeneidad formal, sino de la capacidad de mantener relaciones variables dentro de un marco organizativo preciso.
La propuesta de Bernard Tschumi introduce así una reconsideración del diseño arquitectónico como estructura abierta y procesual. El proyecto se concibe a partir de reglas operativas capaces de admitir modificaciones, superposiciones y transformaciones sin comprometer la coherencia general del sistema. La arquitectura deja de entenderse como un objeto cerrado y pasa a definirse como un campo dinámico de relaciones espaciales, programáticas y perceptivas.
En este contexto, el concepto adquiere una función reguladora central. La consistencia del parque no se apoya en una forma fija o en una composición jerárquica tradicional, sino en la solidez de los principios que organizan la interacción entre sus componentes. La retícula de puntos, las líneas de desplazamiento y las superficies programáticas operan simultáneamente como sistemas independientes y como partes de una estructura conceptual común.
Esta condición introduce una noción de indeterminación controlada dentro del proyecto arquitectónico. Las variaciones de uso, recorrido y apropiación no son interpretadas como alteraciones externas al diseño, sino como posibilidades previstas dentro de su lógica organizativa. El parque funciona así como una infraestructura abierta capaz de absorber transformaciones temporales y programáticas sin perder continuidad conceptual.
La arquitectura se define, en consecuencia, como una estructura en permanente actualización. Su estabilidad ya no depende de la permanencia formal de los elementos construidos, sino de la persistencia de las relaciones que articulan el sistema. En el Parc de la Villette, la coherencia emerge de la interacción entre diferencias, desplazando el énfasis desde la composición estática hacia la producción continua de acontecimientos espaciales.
En esta reflexión surge un mensaje: si no se alcanza el objetivo, las reglas pueden romperse, pero nunca a costa del concepto.
Marcelo Gardinetti


Fundamentos teóricos y planteo urbano
«El diseño del Parque de la Villette fue seleccionado entre más de 470 competidores internacionales. Los objetivos del concurso eran tanto marcar la visión de una época como actuar sobre el futuro desarrollo económico y cultural de una zona clave de París. Como se describió en el concurso, La Villette no pretendía ser una simple réplica del paisaje; por el contrario, el encargo de este «parque urbano para el siglo XXI» desarrollaba un complejo programa de instalaciones culturales y de entretenimiento. La Villette podía concebirse como uno de los edificios más grandes jamás construidos – un edificio discontinuo pero una sola estructura, sin embargo, que se superponía a las características existentes del sitio y articulaba nuevas actividades. Se opone a la noción paisajística de Olmstead, muy extendida durante el siglo XIX, de que «en el parque, la ciudad no debería existir». En cambio, propone un parque social y cultural con actividades que incluyen talleres, instalaciones de gimnasio y baños, patios de recreo, exposiciones, conciertos, experimentos científicos, juegos y concursos, además del Museo de Ciencia y Tecnología y la Ciudad de la Música en el sitio. Por la noche, durante el verano, los amplios campos de juego se convierten en un cine al aire libre para 3.000 espectadores. El parque actualmente alberga alrededor de ocho millones de visitantes al año».
“El concurso para el Parque de La Villette fue el primero en la historia reciente de la arquitectura en proponer un nuevo programa – el de un parque urbano que plantea que la yuxtaposición y la combinación de varias actividades, promoverá nuevas actitudes y perspectivas. Este programa representa una importante ruptura. La década de 1970 fue testigo de un periodo de renovado interés en la constitución formal de la ciudad, sus tipologías y morfologías. Mientras los análisis que se desarrollaron se enfocaban en la historia de la ciudad, ésta estuvo completa- mente carente de justificaciones programáticas. Ningún análisis dictaminó la cuestión de cuáles actividades ocurrirían en la ciudad. Tampoco ayudó en dicho dictamen el hecho de que la organización de funciones y eventos fue de un problema arquitectónico tanto como lo fue la postulación de formas y estilos. El Parque de La Villette, por el contrario, representa una política programática alentadora e integrada, relacionada tanto con las necesidades de la ciudad como con sus limitaciones” Bernard Tschumi, Citado en Vicent Ducatez, Sandra Bustos “El jardín del placer de OMA” Bitácora Urbano-Territorial, ISSN-e 0124-7913, Vol. 9, Nº. 1, (2005), 11
Resumen:
El enfoque de Bernard Tschumi en el diseño del Parc de la Villette refleja una filosofía arquitectónica donde el significante, o la forma, prevalece sobre el significado, o la interpretación. Esta idea se manifiesta a través de tres sistemas autónomos que se superponen para crear la estructura del parque: los puntos, las líneas y las superficies.
- Sistema de puntos: Este sistema está representado por una cuadrícula de 120 metros de lado que elimina cualquier jerarquía dentro del sitio. En los puntos de intersección de esta cuadrícula se ubican las «Folies», estructuras que actúan como referencias construidas. Este enfoque recuerda al concepto de Cézanne en sus últimas obras, donde utilizaba una trama para extender la composición de manera unitaria en toda la tela, dominando así los paisajes abiertos. Aunque Tschumi no menciona explícitamente esta influencia, el paralelismo refuerza el valor del concepto en la creación de un espacio coherente y controlado.
- Sistema de líneas: Representado por las galerías, este sistema organiza el espacio sin seguir la cuadrícula ortogonal. Las líneas conectan elementos heterogéneos y permiten al visitante moverse por el parque. Las formas ondulantes de las pérgolas acentúan la sensación de movimiento, definiendo el concepto de dinamismo en el Parc de la Villette.
- Sistema de superficies: Aquí se incluyen los jardines, pavimentos, parques y árboles que se desarrollan entre los ejes de la cuadrícula y las referencias lineales. Cada jardín tiene su propio diseño y propone diferentes actividades, creando un «paseo cinemático» que evoca la secuencia de imágenes en una película. Esta diversidad de superficies permite explorar las posibilidades de los espacios naturales, añadiendo riqueza y complejidad al parque.
- La superposición de estos sistemas crea situaciones impredecibles y tensiones dentro del espacio, pero siempre con un respeto al concepto original. El Parc de la Villette se convierte así en un lugar dinámico e innovador, donde el diseño específico puede cambiar, pero siempre en función de una idea clara y definida. Tschumi invita a una reflexión arquitectónica en la que, si bien se pueden romper las reglas, esto nunca debe hacerse a expensas del concepto central.
Fotografías: ©Marcelo Gardinetti
Dibujos: ©Bernard Tschumi
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