Gardinetti, Marcelo
Arquitecto, Editor de Tecnne · La Plata, Argentina
Resumen
El texto analiza la Casa Malaparte, proyectada en el encuentro entre Adalberto Libera y Curzio Malaparte, abordando el problema de la relación entre artefacto arquitectónico y soporte natural. La investigación examina cómo la obra trasciende la tipología doméstica para configurarse como un dispositivo que articula forma, geografía y experiencia, mediante una implantación estereotómica que afirma su autonomía frente al paisaje. El análisis se centra en la dialéctica entre exterior e interior, donde la terraza funciona como plano abstracto de exposición al horizonte, mientras los espacios excavados en la masa construyen una atmósfera introspectiva. Asimismo, se estudia el recorrido como secuencia ritualizada, donde la escalera trapezoidal estructura una progresión perceptiva hacia la cubierta. La investigación incorpora la dimensión fenomenológica y la condición escénica del edificio, evidenciando su capacidad para operar como dispositivo narrativo. Se concluye que la obra establece una tensión productiva entre autonomía formal y correspondencia territorial, consolidándose como un caso singular donde arquitectura y naturaleza coexisten sin resolución sintética, redefiniendo el habitar como experiencia crítica.
Palabras clave: Casa Malaparte, Adalberto Libera, arquitectura y paisaje, fenomenología arquitectónica, arquitectura moderna.
1. Preámbulo Analítico: El Acto Trascendental de la Forma
La Casa Malaparte se sitúa fuera de los marcos convencionales de la arquitectura residencial, en tanto no responde a una lógica tipológica de refugio doméstico, sino que se configura como una construcción donde convergen la voluntad intelectual del comitente y las condiciones específicas del lugar. El proyecto, desarrollado en el encuentro entre Adalberto Libera y Curzio Malaparte, no deriva únicamente en un objeto habitable, sino en una formulación arquitectónica que articula una relación precisa entre sujeto y geografía, donde la forma construida opera como mediadora entre ambos. En este sentido, la obra puede leerse desde una perspectiva fenomenológica, donde el espacio se organiza a partir de una condición de autosuficiencia que integra cielo, tierra, lo humano y lo material en una unidad operativa (Martin Heidegger, como se cita en Linda McDowell, 2000, p. 111). Esta articulación se inscribe en un punto de contacto entre referencias de la antigüedad clásica, particularmente en su dimensión ritual, y los principios abstractos del racionalismo italiano.
Desde el punto de vista tectónico, la casa presenta una marcada condición estereotómica, en la medida en que su implantación responde a la topografía de Punta Masullo mediante una operación de ajuste y afirmación simultánea. La geometría del volumen no reproduce de forma mimética el soporte natural, sino que establece una relación de correspondencia a través de una modulación precisa de sus partes. El carácter monolítico del conjunto, anclado en el estrato rocoso, le confiere una presencia que excede la escala doméstica y la aproxima a una dimensión monumental, donde la masa construida se percibe como una entidad continua frente a la extensión del Mediterráneo.
El acceso se organiza mediante una secuencia claramente jerarquizada, donde la escalera exterior de traza trapezoidal introduce un recorrido ascendente que culmina en la terraza. Este elemento estructura una experiencia espacial basada en la progresión y la exposición. La cubierta, concebida como un plano horizontal continuo, actúa como un dispositivo de observación, estableciendo una relación directa con el horizonte y configurando una plataforma que reinterpreta la superficie natural como espacio habitable.
En contraste, el interior se caracteriza por una configuración más contenida, donde los espacios se inscriben en la masa y reducen su expresión formal a lo esencial. La organización interior prescinde de jerarquías marcadas, adoptando una disposición que remite a una cierta austeridad, donde la materialidad y la proximidad con la roca refuerzan una atmósfera introspectiva. Esta oposición entre la apertura de la cubierta y la compacidad del interior introduce una tensión perceptiva constante, donde el habitante oscila entre la exposición al paisaje y el resguardo en un espacio de escala controlada. Dentro de este marco, la obra puede interpretarse como un caso singular en la evolución del movimiento moderno, en el que la relación entre forma, lugar y experiencia adquiere un carácter crítico.

2. Contextualización Histórica: La Concertación entre Arquitectura y Territorio
Para comprender la génesis de la Casa Malaparte resulta necesario situarla en el contexto de la década de 1930, periodo en el que el Movimiento Moderno comienza a revisar sus postulados iniciales, particularmente en lo relativo a la relación entre forma y lugar. Tras una fase caracterizada por la estandarización formal y una relativa indiferencia hacia el contexto, ciertos sectores de la vanguardia europea reorientan su interés hacia la arquitectura vernácula y la especificidad del sitio. La noción de integración con el entorno adquiere centralidad como criterio proyectual, no en términos de mimetismo, sino como una relación de correspondencia entre objeto arquitectónico y geografía. Adalberto Libera participa de esta inflexión disciplinar, incorporando una sensibilidad hacia el lugar que encuentra una formulación precisa en su colaboración con Curzio Malaparte. La obra no plantea la disolución del volumen construido, sino su articulación con un territorio que impone condiciones físicas y simbólicas, estableciendo una coexistencia de carácter dialéctico.
La dimensión biográfica del comitente incide de manera directa en la configuración del proyecto. Curzio Malaparte, tras su participación en la Primera Guerra Mundial y su posterior confinamiento en las islas Lípari entre 1933 y 1938 por disposición del régimen fascista, proyecta la casa como un espacio de retiro, asociado a una necesidad de aislamiento y control del entorno (Gardinetti, 2015). La elección del promontorio de Capo Massullo, en Capri, responde a esta intención, en tanto el enclave presenta condiciones topográficas extremas que permiten explorar la implantación del volumen en relación con el soporte rocoso. La proximidad con el Salto de Tiberio y la Villa Jovis introduce una referencia explícita a la tradición de la villa romana, donde la arquitectura articula una relación directa con el paisaje mediante operaciones de emplazamiento y dominio visual.
La influencia de la residencia de Axel Munthe se traduce en la búsqueda de una síntesis entre monumentalidad y economía formal, donde la geometría del volumen se presenta depurada y legible1. La casa se configura como un cuerpo que afirma su condición artificial, estableciendo una continuidad material y visual con la roca sobre la que se asienta. La arquitectura actúa así como un dispositivo que reorganiza la percepción del lugar, activando la topografía como parte constitutiva del proyecto. Esta condición permite interpretar la obra como el resultado de una convergencia entre la trayectoria personal del promotor y la posición disciplinar del arquitecto, donde la geografía deja de ser un soporte pasivo para convertirse en un componente activo en la definición del programa arquitectónico.

3. Dialéctica de la Forma: Atributos de Reciprocidad y Autonomía
La Casa Malaparte puede interpretarse como la formulación de un acuerdo de reciprocidad entre arquitectura y entorno, en el que se redefine la relación convencional entre el habitar y el soporte geográfico. El proyecto no recurre a estrategias de mimetismo que disuelvan el volumen en el paisaje, sino que afirma una autonomía formal que intensifica la percepción del lugar. En este sentido, la intervención de Adalberto Libera se articula a partir de una operación precisa sobre la topografía, donde la construcción no se oculta, sino que se posiciona como un elemento activo en la lectura del enclave.
La terraza superior constituye el dispositivo más significativo de esta operación. Mediante la generación de un plano horizontal continuo, la superficie rocosa es transformada en una plataforma artificial que introduce una condición de habitabilidad asociada a la idea de urbanización del soporte natural. Este plano, sin embargo, mantiene una independencia funcional respecto de los espacios interiores, que quedan contenidos en el volumen inferior. Como observa Francesco Venezia (Venezia, 2001, p. 17), la comprensión de la obra depende de reconocer la “indiferencia” del plano superior respecto del programa doméstico, condición que responde a una decisión proyectual que disocia niveles de uso y percepción. Esta disociación permite que la cubierta opere como un campo autónomo de relación con el horizonte, estableciendo una continuidad visual que se proyecta hacia el mar y el cielo.
Desde el punto de vista formal, la casa se configura como un volumen compacto, definido por una geometría unitaria que evita la fragmentación compositiva. El revestimiento continuo en estuco, sin juntas aparentes, refuerza la lectura del conjunto como un bloque monolítico, cuya cromaticidad remite a referencias históricas asociadas al mundo clásico mediterráneo. Esta condición material contribuye a consolidar la presencia del objeto arquitectónico frente al paisaje, no como réplica de sus formas, sino como contrapunto geométrico. En esta línea, Gloria Saravia Ortíz (2010) señala que la obra adquiere una dimensión simbólica al presentarse como una entidad autónoma, cuya relación con el entorno se establece a través de contraste y no de continuidad literal.
La ausencia de elementos de protección en la terraza, como barandas o límites perceptibles, intensifica la experiencia espacial al enfatizar la continuidad del plano horizontal con el vacío circundante. Esta decisión amplifica la percepción del límite y expone al habitante a una relación directa con la escala del paisaje. Lejos de aislar el artefacto, esta autonomía formal lo inscribe en una lógica de interacción donde la arquitectura actúa como mediadora entre el orden geométrico y la irregularidad del soporte natural. La obra se configura así como un dispositivo que articula una tensión constante entre lo construido y lo geológico, produciendo una experiencia donde ambos registros coexisten sin resolverse en una síntesis unívoca.

4. Fenomenología del Espacio: La Integración Dinámica y el Rito del Recorrido
El acceso a la Casa Malaparte se configura como una secuencia espacial cuidadosamente articulada, donde el recorrido adquiere un carácter performativo que trasciende su función circulatoria. El desplazamiento a través del relieve rocoso culmina en la escalinata exterior, cuyo trazado remite a referencias tipológicas reconocibles, tanto en su proximidad a la Chiesa dell’Annunziata como en la composición ascendente del Capitolio diseñado por Miguel Ángel. En este punto, la geometría actúa como instrumento de control perceptivo: la sección trapezoidal de la escalera, con una base menor en el arranque, introduce una distorsión óptica que amplifica la percepción de la altura y enfatiza la progresión del ascenso. Este recurso transforma el acceso en un umbral ritualizado, en el que el visitante transita desde una condición vinculada al terreno hacia un plano superior de carácter abstracto.
Una vez alcanzada la terraza, la presencia del muro curvo organiza el espacio mediante una operación de contención y desvío. Este elemento regula la experiencia visual, imponiendo un desplazamiento lateral que dilata el tiempo de percepción antes de permitir la apertura completa hacia el horizonte. La cubierta se consolida como un plano autónomo, donde la relación con el paisaje se construye a partir de una secuencia controlada de aproximaciones y revelaciones.
La interpretación de John Hejduk (1980) introduce una lectura fenomenológica que enfatiza la dimensión simbólica del conjunto, describiendo la casa como un “sarcófago de gritos suaves” y la terraza como una “horizontal de sacrificio”. Desde esta perspectiva, la escalera no sólo conecta niveles, sino que conduce a un plano que encapsula un vacío, situando al habitante en una condición intermedia entre lo construido y lo ritual. Esta carga interpretativa encuentra correspondencia en la organización espacial del interior, donde el contraste con la exterioridad es evidente.
El espacio interior se caracteriza por una configuración contenida, donde los ambientes se inscriben en la masa y reducen su expresividad formal. Los vanos en la sala principal operan como dispositivos de encuadre, limitando la apertura visual y estableciendo una relación medida con el paisaje. Las estancias privadas, excavadas en el espesor del volumen y articuladas mediante aberturas puntuales, refuerzan una percepción de resguardo, donde la luz se introduce de manera controlada. La materialidad, definida por el uso de estuco en tonalidades terrosas y pavimentos pétreos, acentúa la continuidad con el soporte rocoso y contribuye a la construcción de una atmósfera introspectiva.
En este contexto, el espacio principal puede interpretarse como una extensión interiorizada del exterior, con cualidades próximas a las de un patio, donde la relación con el entorno se produce de forma mediada. Bajo la plataforma superior, que establece una relación directa con el cielo y el mar, el interior propone una experiencia distinta, asociada a la escala doméstica y a una temporalidad más contenida. La obra articula así una dualidad entre exposición y resguardo, donde cada ámbito construye una relación específica con el paisaje y redefine el vínculo entre arquitectura y experiencia.

5. La Arquitectura como Dispositivo Escénico y Cinematográfico
La condición de la Casa Malaparte como objeto autónomo ha favorecido su incorporación en narrativas que exceden el ámbito estrictamente doméstico, consolidándola como un artefacto escénico capaz de estructurar relatos visuales complejos. En la película Le Mépris de Jean-Luc Godard, la arquitectura se desplaza desde su función de residencia hacia un dispositivo de representación en el que se hace explícita la tensión entre referencias clásicas y formulaciones modernas. La secuencia de descenso por la escalinata, configurada como una pirámide invertida, adquiere un valor icónico al condensar, en términos espaciales, una relación entre proporción, ritmo y percepción que remite a cánones de la antigüedad. En este caso, la obra de Libera actúa como un microcosmos formal que condiciona la posición de los cuerpos y su inscripción en el espacio, generando situaciones de compresión y expansión que, según Spina (2016), evocan construcciones perceptivas próximas a las exploraciones gráficas de M. C. Escher.
Desde una perspectiva complementaria, el análisis de Sánchez-Noriega (2017) sobre la adaptación cinematográfica de La Piel2 permite observar cómo la casa opera como un dispositivo de mediación entre contenido narrativo y construcción espacial. En las escenas desarrolladas en el salón principal, la cámara enfatiza la organización interior mediante recorridos que revelan la disposición del mobiliario y la presencia de la chimenea como núcleo compositivo. Los vanos, orientados hacia los farallones, funcionan como encuadres que limitan la irrupción del paisaje, reforzando una condición introspectiva donde el exterior queda subordinado a la lógica interna del espacio. La autonomía del interior, se presenta como un ámbito controlado, aislado de la intensidad del contexto geográfico.
En contraste, las secuencias filmadas en la terraza introducen una variación significativa en la relación entre arquitectura y representación. La iluminación mediante antorchas y la ocupación del plano horizontal por elementos efímeros, como el mobiliario o los objetos asociados a la escena, activan la cubierta como un espacio performativo en el que la arquitectura establece las condiciones de visibilidad y movimiento. La elección de encuadres evita una lectura pintoresca del paisaje, privilegiando una estética que enfatiza la materialidad del plano y la exposición del cuerpo en relación con el vacío circundante.
En ambos casos, la casa actúa como un sistema espacial que organiza la acción y condiciona la construcción de sentido. La arquitectura interviene en la narrativa mediante la definición de recorridos, la modulación de la luz y la delimitación de los campos visuales, configurándose como un elemento activo en la articulación de tensiones de carácter ético y estético. La Casa Malaparte consolida su condición de dispositivo escénico, en el que la relación entre forma, uso y representación se redefine en cada puesta en escena.

6. Síntesis Crítica y Conclusiones: El Legado de una Ausencia Inamovible
El proceso de ejecución de la Casa Malaparte presenta una complejidad que excede la lectura de su configuración final, en tanto se encuentra atravesado por una relación conflictiva entre Adalberto Libera y Curzio Malaparte, marcada por la divergencia entre una lógica proyectual racionalista y una voluntad autoral de carácter personal. Esta tensión deriva en una interrupción del vínculo profesional que sitúa la autoría en un estado de ambigüedad, productivo desde el punto de vista disciplinar. Según documenta Spina (2016), el desarrollo del proyecto evidencia una evolución significativa desde el Progetto di Villetta de marzo de 1938 —definido como un volumen longitudinal de 28 x 6,6 metros con un corredor dispuesto en el borde sur— hasta la configuración definitiva de 29 x 9 metros3.
Durante este proceso, Malaparte introduce modificaciones sustanciales en la organización espacial, entre las que se destaca el desplazamiento del acceso hacia el lado norte y la reconfiguración del sistema distributivo mediante un eje central que articula las estancias a ambos lados. En esta nueva disposición, el apartamento padronale adquiere una condición axial al incorporar dos dormitorios simétricos y un estudio que ocupa el ancho completo del volumen, lo que refuerza una lectura unitaria del conjunto.
Las declaraciones de Curzio Malaparte, en las que reduce la participación de Adalberto Libera a una función administrativa, junto con la ausencia de una reivindicación explícita por parte del arquitecto, configuran un escenario de atribución imprecisa. Esta cuestión ha sido revisada por Talamona (1997), quien documenta la existencia de un proyecto inicial de matriz racionalista desarrollado por Libera, posteriormente transformado durante la ejecución.
Las modificaciones, impulsadas por Malaparte en colaboración con el constructor Adolfo Amitrano, afectan de manera directa la configuración formal de la obra, incluyendo la incorporación de la escalera exterior y la redefinición del volumen. En este proceso interviene también Luigi Moretti, cuya participación resulta relevante en la resolución geométrica de dicha escalera, ausente en las versiones iniciales (Talamona 1997).
No obstante, el resultado construido se inscribe en el debate arquitectónico de su tiempo, configurándose como una obra donde convergen escalas y registros diversos. La relación entre lo doméstico y lo monumental se articula a través de un equilibrio inestable, en el que la vivienda adquiere una presencia que excede su programa.
En términos interpretativos, Saravia Ortíz señala que la casa encarna una noción de “ausencia”, vinculada a la percepción de aislamiento y a la construcción de un vacío significativo4. Su implantación, alejada de tramas urbanas y accesos convencionales, refuerza esta condición, aproximándola a la lógica de un objeto autónomo inscrito en el paisaje. La obra no reproduce las formas del entorno, sino que establece una relación de correspondencia mediante contraste, configurando un nuevo campo perceptivo en el que lo natural y lo construido coexisten en tensión.
La arquitectura emerge como una operación que reorganiza la lectura de la roca, a través de su reinterpretación como soporte activo del proyecto. En este sentido, la Casa Malaparte puede entenderse como una formulación donde la intervención humana, ejercida con precisión geométrica y control material, produce una forma capaz de sostenerse en el tiempo, integrándose al sustrato geológico sin perder su identidad como objeto arquitectónico.
Marcelo Gardinetti
Referencias:
1 “Malaparte llegó a la isla en 1936 para visitar al médico sueco Axel Munthe, propietario de Villa San Michele. Durante su estancia quedó cautivado por la belleza salvaje de Capo Masullo. Adquirió el terreno por 12.000 liras al pescador Antonio Vuotto e inmediatamente contactó con su amigo Galeazzo Ciano para obtener un permiso de construcción, algo esencial pero difícil, dado el contexto.” (Mariotti,2021)
2 La piel, dirigida por Liliana Cavani (Opera Film Produzione/Gaumont, 1981), película.
3 «Marida Talamona (1997) sostiene que la génesis de la Casa Malaparte fue un proceso de desvío del canon racionalista italiano; mientras Libera proponía un diseño convencional, la voluntad de Malaparte impuso las modificaciones morfológicas que definieron la identidad definitiva del edificio.» Marida Talamona, Casa Malaparte, trad. de Juan Calatrava (Madrid: Akal, 1997).
4 “la sola imagen de Casa Malaparte es ya suficiente para comprender que permanece inaccesible, lejana de lo común, y que refleja con fuerza una cierta idea de “ausencia”, asociada con la soledad y el vacío en el que parece encontrarse inmersa. Lo monumental está en su condición escultórica y arcaica. Un hito en la naturaleza, inamovible.” (Saravia Ortíz,2010)
Bibliografía:
Gardinetti, Marcelo. «Casa Malaparte». Tecnne, 2015.https://doi.org/10.6084/m9.figshare.32065710.
Hejduk, John. «Adalberto Libera’s Villa Malaparte». Domus, n.º 605 (abril 1980).
Mariotti, Walter. «Curzio Malaparte: la storia e i retroscena di Casa come me». Domus, n.º 1055 (2021).
McDowell, Linda. Género, identidad y lugar. Madrid: Cátedra, 2000.
Sánchez-Noriega, José L. «La casa Malaparte: espacio fílmico y arquitectura de autor». Revista Arte, Individuo y Sociedad 29 (2017): 463-481.
Saravia Ortíz, Gloria. «Los dos mundos en Casa Malaparte». dearq, n.º 07 (diciembre 2010): 96-111.
Spina, Davide. «The Good, the Bad and the Malaparte». En AA Files 72 Architectural Association, 3-19. Londres: The Architectural Association, 2016.
Talamona, Marida. Casa Malaparte. Traducido por Juan Calatrava. Madrid: Akal, 1997.
Venezia, Francesco. Casa Malaparte. Cádiz: Editorial de Arquitectos de Cádiz, 2001.
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