BIBLIOTECAEscritos

Peter Eisenman, La ficción de la historia

Joseph Maria Olbrich, Secession Building, Friedrichstrasse 12, Vienna, 1897, tecnne

The “Fiction” of History: The Simulation of the Timeless

La tercera “ficción” de la arquitectura occidental clásica es la de la historia. Antes de mediados del siglo XV, el tiempo se concebía de forma no dialéctica; desde la antigüedad hasta la Edad Media no existía el concepto de “movimiento hacia delante” del tiempo. El arte no buscaba su justificación en términos de pasado o futuro; era inefable e intemporal. En la antigua Grecia, el templo y el dios eran una misma cosa; la arquitectura era divina y natural. Por eso, a la época clásica que le siguió le pareció “clásica”. Lo clásico no podía representarse ni simularse, sólo podía ser. En su afirmación directa de sí mismo no era dialéctico y era intemporal.

A mediados del siglo XV surgió la idea de un origen temporal, y con ella la idea del pasado. Esto interrumpió el ciclo eterno del tiempo al plantear un punto fijo de comienzo. De ahí la pérdida de lo intemporal, pues la existencia del origen requería una realidad temporal. El intento de los clásicos de recuperar lo intemporal se convirtió, paradójicamente, en una concepción temporal de la historia como fuente de intemporalidad. Más aún, la conciencia del avance del tiempo vino a “explicar” un proceso de cambio histórico. En el siglo XIX este proceso se consideraba “dialéctico”.  Con el tiempo dialéctico surgió la idea del zeitgeist, con una causa y un efecto enraizados en la actualidad, es decir, con una aspiración a la intemporalidad del presente. Además de su aspiración a la intemporalidad, el “espíritu de la época” sostenía que existía una relación a priori entre la historia y todas sus manifestaciones en un momento dado.  Sólo era necesario identificar el espíritu rector para saber qué estilo de arquitectura era propiamente expresivo y relevante para la época. Estaba implícita la noción de que el hombre debía estar siempre “en armonía” -o al menos en una relación no disyuntiva- con su tiempo.

En su polémico rechazo de la historia que le precede, el movimiento moderno intentó apelar a valores para esta relación (armónica) distintos de los que encarnaban lo eterno o lo universal. Al verse a sí mismo como superador de los valores de la arquitectura precedente, el movimiento moderno sustituyó una idea universal de relevancia por una idea universal de historia, el análisis del programa por el análisis de la historia. Presumía de ser una forma de intervención colectiva y sin valores, en contraposición al individualismo virtuoso y al conocimiento informado que personificaba el arquitecto pos-renacentista. La relevancia de la arquitectura moderna pasó a residir en la encarnación de un valor distinto al natural o divino; el zeitgeist se consideraba contingente y del presente, en lugar de absoluto y eterno. Pero la diferencia de valor entre lo presente y lo universal -entre el valor contingente del zeitgeist y el valor eterno de lo clásico- sólo dio lugar a otro conjunto (de hecho, simplemente el conjunto opuesto) de preferencias estéticas. El espíritu presuntamente neutral de la “voluntad de época” apoyaba la asimetría sobre la simetría, el dinamismo sobre la estabilidad, la ausencia de jerarquía sobre la jerarquía.

Los imperativos del “momento histórico” son siempre evidentes en la conexión entre la representación de la función de la arquitectura y su forma. Irónicamente, la arquitectura moderna, al invocar el zeitgeist en lugar de acabar con la historia, sólo siguió actuando como “partera de la forma históricamente significativa”. En este sentido, la arquitectura moderna no fue una ruptura con la historia, sino simplemente un momento en el mismo continuo, un nuevo episodio en la evolución del zeitgeist. Y la representación de la arquitectura de su zeitgeist particular resultó ser menos “moderna” de lo que se pensaba en un principio.

Una de las preguntas que cabe hacerse es por qué los modernos no se vieron en esta continuidad. Una de las respuestas es que la ideología del zeitgeist los ató a su historia presente con la promesa de liberarlos de su historia pasada; estaban ideológicamente atrapados en la ilusión de la eternidad de su propio tiempo.

El final del siglo XX, con su conocimiento retrospectivo de que el modernismo se ha convertido en historia, ha heredado nada menos que el reconocimiento del fin de la capacidad de una arquitectura clásica o referencial para expresar su propio tiempo como intemporal. La ilusoria intemporalidad del presente trae consigo la conciencia del carácter temporal del tiempo pasado. Es por ello que la representación de un zeitgeist implica siempre una simulación; se ve en el uso clásico de la réplica de un tiempo pasado para invocar lo intemporal como expresión de un tiempo presente. Así, en el argumento del zeitgeist, siempre existirá esta paradoja no reconocida, una simulación de lo intemporal a través de una réplica de lo temporal.

También la historia zeitgeist está sujeta a un cuestionamiento de su propia autoridad. ¿Cómo puede ser posible, desde dentro de la historia, determinar una verdad intemporal de su “espíritu”? Así, la historia deja de ser una fuente objetiva de verdad; los orígenes y los fines vuelven a perder su universalidad (es decir, su valor autoevidente) y, como la historia, se convierten en ficciones. Si ya no es posible plantear el problema de la arquitectura en términos de zeitgeist -es decir, si la arquitectura ya no puede afirmar su relevancia a través de una consonancia con su zeitgeist-, entonces debe recurrir a alguna otra estructura. Para escapar de esa dependencia del zeitgeist -es decir, de la idea de que el propósito de un estilo arquitectónico es encarnar el espíritu de su época- es necesario proponer una idea alternativa de la arquitectura, según la cual ya no es el propósito de la arquitectura, sino su inevitabilidad, expresar su propio tiempo.

Una vez que se entiende que los valores tradicionales de la arquitectura clásica no son significativos, verdaderos e intemporales, hay que concluir que estos valores clásicos siempre fueron simulaciones (y no sólo se ven así a la luz de una ruptura actual de la historia o de la desilusión actual con el zeitgeist). Queda claro que lo clásico en sí mismo fue una simulación que la arquitectura sostuvo durante quinientos años. Como lo clásico no se reconocía a sí mismo como una simulación, buscaba representar valores extrínsecos (que no podía hacer) bajo la apariencia de su propia realidad.

El resultado, pues, de ver el clasicismo y el modernismo como parte de una única continuidad histórica es la comprensión de que ya no hay valores autoevidentes en la representación, la razón o la historia que confieran legitimidad al objeto. Esta pérdida de valor autoevidente permite separar lo intemporal de lo significativo y lo verdadero. Permite considerar que no hay una verdad (una verdad intemporal), ni un significado (un significado intemporal), sino simplemente lo intemporal. Cuando se plantea la posibilidad de que lo intemporal pueda separarse de lo temporal (la historia), también se puede separar lo intemporal de la universalidad para producir una intemporalidad que no es universal. Esta separación hace que carezca de importancia que los orígenes sean naturales o divinos o funcionales; así, ya no es necesario producir una arquitectura clásica -es decir, atemporal- recurriendo a los valores clásicos inherentes a la representación, la razón y la historia.

Peter Eisenman

Bibliografía:

Peter Eisenman: The End of the Classical: The End of the Beginning, the End of the End”, Perspecta 21 (1984) 154-173

Imagen de portada: Joseph Maria Olbrich, Secession Building, Friedrichstrasse 12, Vienna, 1897 ©Tilman2007

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