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Le Corbusier, teoría de la terraza jardín

Le Corbusier, Villa Savoye, tecnne

Desarrollo del segundo punto

Desde 1906, he construido tres techumbres inclinadas. Eran las tres primeras. Fue en la sierra; los muros estaban dispuestos para recibir la armadura; a cada momento me sorprendía la hermosura del aire puro (la superficie exacta de la casa) que se ofrecía en lo alto de la construcción. El cielo se abría en todas direcciones con amplitud. Lejos de la calle, se experimentaba un sentimiento de seguridad y de bienestar.

A la mañana siguiente, puesta la techumbre, todo había desaparecido, todo estaba destruido.

Entonces, me sujeté a un examen definitivo del plano inclinado. Estando ahí el hormigón armado, ninguna razón verdadera imponía el techo inclinado; al contrario.

Además, estos techos son costosos de hacer; los gastos de su cuido son considerables también y se renuevan cada año. Las tejas se rompen, el agua penetra a veces en la habitación. El clima era muy duro: grandes nevadas, temperatura frecuente a – 20° (1.000 metros de altura).

En 1916, construí una villa bastante grande con techo plano, de azotea (Sprit Nouveau, número 6); el techo no se movió; soportó en invierno temperaturas de – 25°, mientras que la calefacción suministraba 20° de calor al interior. Era el fruto de la experiencia hecha el invierno anterior sobre una pequeña azotea.

El principio esencial de esta nueva techumbre, consistía en formar una superficie cóncava, con bajada de agua por el interior de la casa, hacia lo caliente, en vez de repetir la superficie convexa con salida de agua al exterior, hacia lo frío.

Observé las techumbres de las villas circundantes (techos abuhardillados o a dos aguas, tejas o pizarras). La nieve se fundía en contacto con las rejas bajo el efecto de la calefacción central; tanto las bajantes por el exterior del edificio, como las canales, se llenaban de agua, en seguida congelada por el intenso frío; como el agua ensancha de volumen al congelarse, las bajadas estallan y las bocas de las canales se taponan de hielo. El agua sigue resbalando bajo la costra de nieve; enormes estalactitas de hielo suspendidas de las goteras, amenazan al transeúnte; los canalones se deforman y violentan inclusive.

No evacuándose por las canales el agua caediza, va siendo embebida por la masa de nieve, que se acumula en los. extremos del tejado; el agua satura la teja o la pizarra; estas mismas esponjas húmedas, sufren también los efectos del frío exterior.

Si bien un solo bloque de hielo (sobre nieve, teja, canalón o pizarra) ofrece una barrera infranqueable al agua, constituye de todos modos un saco, una bolsa. Al mediar la noche, cuando es más intensa la helada, el agua que signe resbalando por las tejas, bajo la costra de nieve por entre las cuatro paredes interiores de los muros sometidos a los efectos de la calefacción central, no pudiendo franquear el límite helado, toma el primer camino que se le brinda: el espacio que dejan las primeras tejas a plomo del muro interior; e inunda la casa. Reacción automática: llamar en cada caso de nevada al albañil para inspeccionar el tejado antes de que sobrevenga la catástrofe (corolario: tejas o pizarras rotas, dispendios anuales importantes).

Reacción subsiguiente característica: Todas las antiguas monteras inclinadas tradicionales, debajo de las cuales se instaló calefacción central, se modificaron de este modo: tres metros más arriba del canalón se levantaron las tejas y se reemplazaron por cinc o latón.

Y mí conclusión es ésta: desde hace siglos, una montera tradicional soporta normalmente el invierno y sus nevadas, mientras la casa se calienta con chimeneas. Desde el instante en que se instala calefacción central, la montera antigua deja de convenir. El techo no debe ser giboso, sino cóncavo. Debe recoger las aguas en el interior, no expulsarlas al exterior.

Verdad irrecusable: los climas fríos imponen la supresión de la montera inclinada y provocan la construcción de azoteas cóncavas, con bajada de agua por el interior de la vivienda.

Corolario: servida la solución extrema, cabe admitir lógicamente que ella conviene a los casos intermedios (climas templados, dulces o cálidos). El cemento armado es el medio nuevo que permite llevar a la práctica la techumbre homogénea.

Pero el cemento armado se dilata mucho. La dilatación trae consigo el quebranto de la obra en las horas de brutal contracción.

Por esto, el camino lógico de la solución nos ha conducido a admitir la implantación de Jardines en las azoteas. En vez de tratar de dar pronta salida a las aguas de lluvia, esforzarse por mantener humedad constante sobre el cemento de la azotea y, con ella, una temperatura regular sobre el cemento armado.

Medidas especiales de protección: arena cubierta de losetas gruesas de cemento, cuyas juntas quedan separadas; en estas juntas se siembra césped. El césped envía fuertes raíces a la arena, bajo la loseta. La arena y las raíces dejan filtrar muy lenta, muy lentamente el agua. Esta humedad latente nutre muy bien a las plantas. Los jardines de las azoteas llegan a ser opulentos: flores, arbustos y árboles, césped.

El hombre ha tratado en todas las épocas históricas de subir a su techo. Y lo ha hecho siempre que los climas permitían soluciones constructivas satisfactorias. La lluvia, únicamente, se lo impidió, porque él no disponía más que ele sistemas constructivos heterogéneos o permeables. De golpe, el cemento armado le trae la solución homogénea impermeable.

La montera inclinada, no es más que una solución transitoria, un expediente. Las habitaciones bajo ella presentan techos oblicuos; sus claraboyas abren mal, iluminan poco, son costosas de hacer y de sostener. Estas piezas de la casa se dan a los criados o se destinan a granero o trastera. Así, se condena al destino más ínfimo la parte más bella de la casa.

Hoy día no nos preocupan estas cámaras oscuras. Nos aprovisionamos día por día de mercancías frescas en las tiendas especializadas. En las ciudades, las cimas de los edificios son los lugares más apartados del ruido de la calle, y se dan plenamente a la luz y al aire más puro. En el campo, una educación recientísima ha abierto los ojos a los hombres sobre las bellezas de la naturaleza. Desde los techos se goza de la visión más extensa y se ve todo el cielo.

Conclusiones: Razones técnicas, razones de economía, razones de confort y razones sentimentales nos llevan a adoptar la azotea-jardín.

Se puede, por consiguiente, revolucionar totalmente la economía tradicional de la casa. Se puedo recibir, dar una recepción en el tejado en contacto directo con el jardín superior.

Si construyendo sobre pilotis se recupera la casi totalidad del terreno cubierto por la construcción, al hacer la azotea-jardín se dobla aquella superficie: en vez de perder el terreno al construir sobre él, se dobla.

Consideraciones de orden estético y de una importancia capital intervienen aún: La heterogeneidad, perjudicial a la belleza (teja y mampostería) queda suprimida. El coronamiento de la casa que se presenta hasta hoy en plano huidizo, se sustituye por una línea de pureza ideal.

Todos los esfuerzos arquitectónicos a través de los siglos han tendido a ocultar el techo tras una línea horizontal pura, cortando el cielo en línea recta y no rasgándolo más con planos zigzagueantes y débiles. Se tendía al prisma puro. La solución técnica para el mejor escape de las aguas y la mayor protección de la fachada condujo a la supresión de la cornisa. Acontecimiento arquitectónico de gran significación. He aquí una cuestión grave que se sigue: La casa es un prisma puro que se destaca en el cielo con una pureza absoluta.

El frente de la casa es puro. Por lo pronto disponemos —gracias al cemento armado llevado a todas sus consecuencias— de un sistema arquitectónico totalmente nuevo y de la mayor pureza.

Y si se considera la cuestión en urbanista, se verá que se ha recuperado toda la cara alta de la ciudad al barrer los tejados: en metros cuadrados, haría un hermoso capital.

¿Hay alguno todavía que plañe en favor del tejado inclinado, del “buen viejo tejado” de todos los días?

Creemos poder afirmar que ha sido expuesta, por vez primera, la teoría del techo plano. Ella es consecuencia de experiencias crueles en algunos casos (1911-1927).

[Respuesta a la encuesta organizada en 1926 por Walter Gropius y publicada en el Bauwelt, abril, 1926]

Le Corbusier

Le Corbusier, “Teoría de la azotea jardín” en: Le Corbusier, Pierre Jeanneret, Cinco puntos sobre una nueva arquitectura, Revista Arquitectura N°107 (1928), 78-85

Fotografías: ©Paul kozlowski, © FLC-ADAGP

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