Gardinetti, Marcelo
Arquitecto, Editor de Tecnne · La Plata, Argentina
Resumen
El Pasaje Dardo Rocha constituye uno de los ejemplos más significativos de reconversión patrimonial en la ciudad de La Plata. El edificio fue concebido originalmente como la Estación 19 de Noviembre, proyectada por Francesco Pinaroli dentro del programa fundacional de la capital bonaerense, y transformado posteriormente en equipamiento cultural por Enrique Quincke y Darío Cooke en 1928. El estudio analiza la evolución arquitectónica del inmueble desde una perspectiva tipológica, urbana y constructiva, identificando los elementos espaciales que han garantizado su continuidad a lo largo del tiempo. La permanencia del patio central, las galerías perimetrales, la secuencia jerarquizada de accesos y la robustez de los sistemas estructurales permitieron absorber sucesivos cambios funcionales sin alterar la identidad del conjunto. Asimismo, la investigación examina las intervenciones de restauración y los procesos de reutilización adaptativa como mecanismos de preservación patrimonial. El caso demuestra que la integración de usos contemporáneos constituye una condición fundamental para la conservación activa de la memoria urbana.
Palabras clave: La Plata; patrimonio activo; reconversión arquitectónica; permanencia urbana; tipología; Pasaje Dardo Rocha.
La Plata fundacional: urbanismo racional y arquitectura institucional
La fundación de la ciudad de La Plata en 1882 constituye uno de los episodios más significativos de la historia del urbanismo latinoamericano. Concebida como nueva capital de la provincia de Buenos Aires, la ciudad materializó un proyecto estatal asociado a los ideales de orden, progreso y racionalidad administrativa que caracterizaron la consolidación del Estado argentino durante las últimas décadas del siglo XIX. En este contexto, la arquitectura institucional adquirió un papel central dentro de una operación urbana integral, en la que cada edificio público fue pensado como parte de un sistema espacial jerarquizado y no como una pieza autónoma. La construcción de la nueva capital exigía la ejecución de un programa edilicio capaz de expresar la capacidad organizativa del Estado moderno, utilizando el trazado urbano como soporte físico de la representación institucional.
El plan diseñado por el ingeniero Pedro Benoit se estructuró a partir de una geometría rigurosa que organizaba el espacio público mediante una clara jerarquización de edificios, plazas y ejes circulatorios. La ciudad adoptó la forma de un cuadrado regular atravesado por una red de diagonales zonales e interzonales que complementaban la trama ortogonal, optimizando los recorridos y estableciendo conexiones entre los principales núcleos de actividad. Según Carbonari (2010), este modelo de planificación racionalista ubicó las sedes administrativas y los servicios públicos en posiciones estratégicas dentro de la estructura urbana, otorgándoles simultáneamente funciones operativas y representativas. La arquitectura se convirtió así en uno de los instrumentos materiales de un proyecto político orientado a consolidar una imagen de modernidad y proyección internacional, reconocimiento que obtuvo una expresión concreta cuando el diseño urbano de La Plata recibió la medalla de oro en la Exposición Universal de París de 1889.
Dentro de esta estructura urbana, la localización de la estación ferroviaria original sobre la avenida 7 respondió a criterios que excedían las necesidades funcionales del transporte. Durante el proceso de modernización argentina de fines del siglo XIX, el ferrocarril constituyó una infraestructura fundamental para la articulación territorial, conectando los centros productivos con los principales ámbitos administrativos y comerciales. Su emplazamiento sobre el eje cívico principal, frente a la Plaza San Martín y próximo a las instituciones bancarias, incorporó a la estación dentro del sistema de representaciones urbanas previsto por el plan fundacional. Como señala Gorelik (1998), la estación ferroviaria era el primer espacio de carácter público experimentado por quienes llegaban a la ciudad, funcionando simultáneamente como punto de acceso, lugar de intercambio y elemento articulador de la vida urbana. Esta condición otorgó al edificio una relevancia que trascendía su función operativa, exigiendo una configuración arquitectónica acorde con la monumentalidad y la jerarquía espacial del sector en el que se insertaba.

La avenida Monteverde y la influencia italiana en la imagen urbana
La configuración del paisaje urbano fundacional de La Plata puede comprenderse a partir de la continuidad visual y arquitectónica alcanzada sobre la avenida 7, denominada originalmente Monteverde. Este eje concentró una parte significativa de los edificios institucionales de la nueva capital, constituyéndose como uno de los principales recorridos cívicos de la ciudad. Su carácter distintivo residió en la notable coherencia formal que adquirió durante las primeras décadas de construcción, definida por la predominancia de referencias al neorrenacimiento italiano y por la utilización de repertorios compositivos compartidos. Esta unidad estilística surgió de la convergencia de criterios proyectuales comunes entre arquitectos e ingenieros formados dentro de una misma tradición académica, quienes adaptaron modelos europeos a las condiciones materiales y urbanas del contexto local.
La participación de profesionales italianos desempeñó un papel decisivo en la consolidación de esta identidad arquitectónica. Figuras como Juan Antonio Buschiazzo, Luis Ángel Viglione y Francesco Pinaroli integraron una red técnica vinculada por afinidades formativas y experiencias laborales compartidas. Según Carbonari (2010), estos vínculos favorecieron la circulación de conocimientos constructivos y referencias estilísticas que contribuyeron a la conformación de un lenguaje arquitectónico relativamente homogéneo. Sobre la avenida 7, edificios como el Banco de la Provincia y el Banco Hipotecario establecieron relaciones compositivas basadas en la modulación regular de las fachadas, el empleo de órdenes clásicos y la organización simétrica de los vanos. La continuidad de estos recursos otorgó al conjunto una lectura unitaria, reforzando la jerarquía institucional del corredor urbano.
La relevancia de este eje fue advertida por observadores contemporáneos que identificaron similitudes entre las obras platenses y algunos referentes urbanos italianos. Di Castelnuovo (citado en Barcia, 1982) comparó la Estación 19 de Noviembre con las terminales ferroviarias de Bolonia, Roma y Milán, subrayando la escala y el rigor compositivo alcanzados por la arquitectura pública de la nueva capital. En este contexto, la estación ocupó una posición destacada dentro del sistema edilicio fundacional. Su presencia sobre el eje institucional y su elaboración formal la integraban al conjunto de edificios destinados a conferir representatividad al espacio urbano. La formación académica de sus proyectistas y la experiencia técnica aportada por los profesionales inmigrantes resultaron factores determinantes para la materialización de una arquitectura que combinó exigencias funcionales, calidad constructiva y coherencia urbana.

Francesco Pinaroli y la construcción de la monumentalidad pública
Francesco Pinaroli ocupa un lugar relevante en el proceso de construcción de la imagen arquitectónica fundacional de La Plata. Nacido en Novara en 1842, desarrolló su actividad profesional en Argentina durante un período caracterizado por la expansión de las infraestructuras públicas y la incorporación de nuevas tecnologías constructivas. Su formación técnica le permitió operar simultáneamente sobre dos campos complementarios: la tradición académica heredada de la arquitectura europea y las posibilidades ofrecidas por los materiales industriales que transformaban la práctica proyectual durante la segunda mitad del siglo XIX. Esta combinación resultó particularmente adecuada para el diseño de edificios vinculados al transporte y a los servicios públicos, programas que exigían tanto representatividad institucional como eficiencia constructiva.
El proyecto original de la estación evidencia una composición organizada según los principios del neorrenacimiento italiano. La planta y la fachada se estructuran mediante una marcada simetría axial, articulada por un cuerpo central jerarquizado que concentra los principales accesos y distribuye funcionalmente las dependencias laterales. La fachada principal adopta una organización tripartita, con un basamento almohadillado que establece una percepción de solidez y continuidad horizontal. Sobre este nivel se desarrolla un orden arquitectónico caracterizado por columnas pareadas y estriadas, vanos rectangulares rehundidos y una secuencia regular de balaustres que refuerza la modulación de la composición. La disposición de estos elementos construye una fachada de fuerte presencia urbana, concebida para dialogar con la escala institucional del entorno y con la perspectiva abierta de la plaza.
La trayectoria profesional de Pinaroli también estuvo marcada por su interés en la incorporación del hierro a la arquitectura. Su tesis de reválida, presentada en 1878, abordó específicamente las posibilidades de este material dentro de la construcción moderna. Como señala Frampton (1995), el dominio de las estructuras metálicas constituía una competencia técnica fundamental para resolver edificios asociados al desarrollo ferroviario, donde las grandes luces y las amplias cubiertas requerían soluciones distintas a las proporcionadas por los sistemas tradicionales de mampostería portante. En la estación de La Plata, esta dimensión tecnológica coexistió con recursos formales procedentes de diversas tradiciones arquitectónicas. Entre ellos destaca la incorporación de la mansarda francesa, cuya cubierta de doble pendiente y ventanas abuhardilladas modifica el perfil volumétrico del edificio y establece vínculos con la arquitectura civil desarrollada en París durante el siglo XIX. La combinación de referencias italianas, francesas y soluciones constructivas vinculadas a la ingeniería ferroviaria refleja una concepción ecléctica característica del período, entendida como un mecanismo de integración de lenguajes arquitectónicos ampliamente legitimados en el ámbito internacional (Gutiérrez, 1997; Liernur, 2001). Esta síntesis formal y técnica proporcionó las bases materiales y compositivas necesarias para la construcción de uno de los edificios más representativos del conjunto fundacional platense.
Materialidad, tectónica y sistemas constructivos del siglo XIX
El sistema constructivo de la Estación 19 de Noviembre respondía a las condiciones tecnológicas y materiales disponibles en Argentina durante las últimas décadas del siglo XIX. En un contexto previo a la difusión generalizada del hormigón armado, la mampostería portante de ladrillo macizo constituía la solución predominante para edificios de gran escala. La estabilidad estructural dependía de muros de considerable espesor que concentraban simultáneamente funciones resistentes y de cerramiento. Esta condición establecía una estrecha relación entre estructura y organización espacial, ya que la disposición de los ambientes quedaba determinada por la ubicación de los muros portantes y por la lógica de transmisión de cargas hacia las fundaciones.
Los entrepisos se resolvieron mediante un sistema de bovedillas cerámicas apoyadas sobre perfiles metálicos, una técnica ampliamente utilizada en la arquitectura pública del período. El procedimiento consistía en disponer vigas de hierro o acero laminado de forma paralela y completar los espacios intermedios mediante pequeñas bóvedas de ladrillo. La combinación de ambos materiales permitía reducir el peso propio de las losas y, al mismo tiempo, alcanzar luces superiores a las que ofrecían los sistemas tradicionales exclusivamente ejecutados en mampostería. La incorporación de perfiles metálicos importados, principalmente desde Gran Bretaña y Bélgica, evidencia la dependencia de la construcción local respecto de los circuitos internacionales de producción industrial. En las cubiertas, la estructura de madera se completaba con revestimientos de pizarra natural y piezas de zinguería destinadas tanto a la resolución técnica de encuentros y desagües como a la definición del remate arquitectónico del conjunto.
La coexistencia entre sistemas tradicionales de mampostería y componentes industriales metálicos resulta particularmente significativa en un edificio ferroviario de este período. Mientras el cuerpo principal presentaba una imagen urbana asociada a la arquitectura institucional, caracterizada por la solidez de los volúmenes y el espesor de los muros, los sectores vinculados al funcionamiento ferroviario incorporaban estructuras metálicas capaces de responder a las exigencias operativas de amplios espacios cubiertos. Esta articulación entre representación arquitectónica y eficiencia técnica constituye uno de los rasgos más relevantes del proyecto original.
Las características del sistema constructivo condicionaron posteriormente las posibilidades de transformación del edificio. La presencia de muros portantes de gran espesor limitaba la apertura de nuevos espacios y dificultaba alteraciones sustanciales de la configuración original. Cualquier intervención debía considerar la lógica resistente del conjunto y la continuidad estructural de sus elementos principales. Paradójicamente, la misma masividad que restringía las adaptaciones futuras contribuyó a la preservación material de la obra. La robustez de la construcción permitió que el edificio permaneciera en pie tras el cese de la actividad ferroviaria, creando las condiciones para su posterior reutilización y resignificación dentro de la estructura urbana de La Plata.

El traslado ferroviario y la consolidación de una permanencia urbana
El crecimiento demográfico y la expansión funcional de La Plata impulsaron el traslado de la estación ferroviaria a su emplazamiento definitivo en las calles 1 y 44, inaugurado en 1906. La reubicación respondió a la necesidad de liberar el centro administrativo de las interferencias derivadas de la actividad ferroviaria, particularmente aquellas asociadas al tránsito de trenes, los depósitos de carga y las instalaciones de servicio. Como consecuencia, el edificio proyectado por Pinaroli perdió su función original y permaneció sin uso durante casi dos décadas. Esta situación planteó un interrogante significativo respecto del destino de una construcción de gran escala ubicada en uno de los sectores más representativos de la ciudad.
La permanencia del edificio puede comprenderse a partir de su condición urbana antes que por su utilidad inmediata. Determinadas arquitecturas adquieren una relevancia que excede el programa para el cual fueron concebidas y terminan integrándose de manera estable a la estructura física y simbólica de la ciudad. Aun cuando desaparece la función que les dio origen, su implantación, su escala y su capacidad para organizar el espacio circundante mantienen vigente su presencia. En el caso de la antigua estación, su ubicación sobre la avenida 7 y su participación en la secuencia institucional del eje fundacional le otorgaban un papel difícilmente reemplazable dentro de la composición urbana. El edificio se había incorporado a la imagen consolidada de la ciudad, actuando como un elemento de referencia dentro del sistema de espacios públicos y edificios monumentales que caracterizaban el centro cívico.
La eventual demolición de la estación habría alterado la continuidad morfológica de este conjunto y eliminado uno de los testimonios materiales asociados a la etapa fundacional de La Plata. Su conservación no respondió únicamente a razones constructivas o económicas, sino también al reconocimiento, explícito o implícito, de su valor como componente estable del paisaje urbano. La persistencia física de la estructura permitió que el edificio atravesara el período de vacancia y quedara disponible para nuevas formas de ocupación. Esta condición resultó decisiva cuando, en 1928, las autoridades provinciales impulsaron su reconversión, iniciando una nueva etapa en la historia del inmueble mediante su adaptación a funciones vinculadas con la producción y difusión cultural.
La reconversión cultural de 1928 y la transformación tipológica
En 1926, el gobierno de la provincia de Buenos Aires promovió la reconversión de la antigua estación ferroviaria, encargando el proyecto a la Dirección de Arquitectura del Ministerio de Obras Públicas bajo la conducción de los arquitectos Enrique Quincke y Darío Cooke. Las obras comenzaron en 1928 y estuvieron orientadas a transformar un edificio concebido para el movimiento continuo de pasajeros en un equipamiento destinado a actividades culturales y expositivas. La intervención implicó una modificación sustancial de la organización espacial y funcional del conjunto, adecuándolo a nuevas formas de uso asociadas a la permanencia, el recorrido y la contemplación. Durante esta etapa, el edificio recibió la denominación de «Pasaje Monteverde», en homenaje al ex gobernador Luis Monteverde (1921–1922), nombre que conservó hasta 1930.
La operación proyectual se estructuró a partir de la sustitución de la lógica ferroviaria original por una organización espacial inspirada en la tipología de la casa romana. Este modelo, articulado en torno a un patio central cubierto y galerías perimetrales, permitió reorganizar la circulación mediante un esquema centrípeto en el que los distintos espacios se vinculaban a un ámbito común de distribución. La adopción de esta configuración respondía a las necesidades funcionales de un centro de exposiciones, facilitando recorridos flexibles y diversas modalidades de ocupación. Al mismo tiempo, la nueva disposición establecía afinidades con la tradición de los pasajes cubiertos europeos estudiados por Geist (1983) y Benjamin (1982), caracterizados por la creación de interiores públicos capaces de concentrar actividades culturales, comerciales y sociales bajo una envolvente arquitectónica unificada. El antiguo espacio operativo vinculado a las maniobras ferroviarias fue reinterpretado como un ámbito de uso colectivo, donde las relaciones visuales entre galerías, salas y espacios de circulación favorecían una experiencia continua del conjunto.
La intervención también modificó la expresión arquitectónica exterior del edificio. Quincke y Cooke reforzaron su carácter institucional mediante recursos compositivos vinculados a la arquitectura palaciega francesa del siglo XVII, acentuando la horizontalidad del volumen y su presencia frente a la Plaza San Martín. Sin embargo, la remodelación no implicó una ruptura con la construcción preexistente. La conservación de la mansarda proyectada por Pinaroli mantuvo uno de los elementos más reconocibles de la silueta original, asegurando la continuidad visual del edificio dentro del eje urbano fundacional. La coexistencia entre componentes heredados y nuevas configuraciones espaciales produjo una arquitectura estratificada, en la que distintas etapas históricas permanecieron legibles dentro de una misma estructura. Esta superposición de capas constructivas y programáticas constituye uno de los aspectos más significativos de la transformación emprendida durante la década de 1920.

Continuidad material y adaptación estructural del edificio histórico
La intervención realizada a partir de 1928 puede interpretarse como una operación de adaptación estructural basada en la articulación entre la construcción original de Pinaroli y los recursos técnicos disponibles durante las primeras décadas del siglo XX. Quincke y Cooke conservaron los componentes fundamentales de la edificación decimonónica, incorporando nuevos sistemas constructivos que permitieron adecuar el inmueble a un programa cultural de mayor complejidad espacial. El proyecto se apoyó en la capacidad resistente de la estructura existente, utilizándola como soporte para una reorganización funcional que modificó sustancialmente la experiencia interior sin alterar las características esenciales de su implantación urbana.
Desde el punto de vista constructivo, la intervención preservó los muros perimetrales de mampostería portante, responsables tanto de la estabilidad estructural como de la imagen institucional consolidada por el edificio. La creación del gran patio central exigió la incorporación de elementos resistentes capaces de absorber nuevas cargas y liberar áreas previamente condicionadas por la compartimentación original. Para ello se introdujo un sistema de columnas de hormigón armado dispuesto en el perímetro interior del espacio central. Esta operación permitió transferir parte de las cargas a una estructura independiente, reduciendo la necesidad de apoyos masivos y favoreciendo una organización espacial más abierta. El empleo del hormigón armado respondió a las posibilidades ofrecidas por una tecnología que comenzaba a consolidarse en la arquitectura pública argentina, especialmente en programas que requerían mayores grados de flexibilidad y amplitud interior.
La coexistencia entre muros portantes de ladrillo, columnas de hormigón armado, perfiles metálicos y sistemas de bovedillas evidencia una superposición de técnicas constructivas pertenecientes a distintos momentos de la evolución edilicia. Esta combinación permitió conservar la solidez material del edificio original e introducir, simultáneamente, nuevas condiciones de circulación, iluminación y vinculación visual entre los espacios. La intervención constituye así un ejemplo temprano de adaptación arquitectónica basada en la integración de sistemas heterogéneos, donde la transformación funcional se apoyó en la reutilización de estructuras preexistentes en lugar de su sustitución.
La relación del edificio con la Plaza San Martín también fue reforzada mediante la puesta en valor de elementos compositivos ya presentes en la construcción original. El basamento almohadillado, caracterizado por el tratamiento resaltado de los paramentos inferiores, acentúa la percepción de estabilidad y continuidad entre la arquitectura y el plano urbano. Este recurso contribuye a consolidar la presencia institucional del volumen dentro del conjunto fundacional. Sin embargo, la claridad espacial alcanzada por la remodelación de Quincke y Cooke se vio progresivamente alterada durante las décadas posteriores, cuando sucesivas ocupaciones y adaptaciones funcionales introdujeron subdivisiones y agregados que modificaron la organización interior concebida por el proyecto de reconversión.
Fragmentación funcional y pérdida de la unidad espacial
El período comprendido entre 1930 y 1980 estuvo caracterizado por una progresiva transformación funcional del edificio, asociada a la incorporación de dependencias administrativas ajenas al programa cultural para el cual había sido adaptado durante la intervención de Quincke y Cooke. Diversos organismos públicos, entre ellos el Ministerio de Acción Social, Radio Provincia y el Correo Argentino, ocuparon sectores del inmueble de manera simultánea o sucesiva, introduciendo requerimientos espaciales vinculados a tareas burocráticas y administrativas. Estas ocupaciones respondieron a necesidades operativas específicas y modificaron gradualmente la organización concebida durante la reconversión de finales de la década de 1920.
Las intervenciones realizadas durante este período alteraron la continuidad espacial que había definido la nueva configuración del Pasaje. La subdivisión de galerías, salas y áreas de circulación mediante tabiques livianos, cerramientos interiores y oficinas independientes produjo una creciente compartimentación del conjunto. El patio central, concebido como núcleo articulador de la distribución y de las relaciones visuales entre los distintos sectores, perdió parte de su capacidad organizadora al quedar fragmentado por elementos añadidos sin consideración por la lógica arquitectónica original. Como consecuencia, se interrumpieron recorridos, se modificaron las perspectivas interiores y se redujo la percepción unitaria de los espacios. Estas transformaciones afectaron también componentes constructivos preexistentes, particularmente los entrepisos resueltos mediante sistemas de bovedillas y perfiles metálicos, que debieron adaptarse a nuevas solicitaciones derivadas de instalaciones y particiones incorporadas con posterioridad.
La modificación de la organización espacial tuvo además consecuencias sobre las condiciones ambientales del edificio. El cierre de vanos interiores y la proliferación de divisiones redujeron la circulación de aire y el ingreso de iluminación natural proveniente del patio cubierto, alterando las cualidades espaciales previstas en la remodelación de 1928. En este sentido, la observación de Liernur (2008) resulta pertinente al señalar cómo determinadas formas de ocupación administrativa tendieron a considerar estos edificios históricos como soportes funcionales indiferenciados, relegando las relaciones existentes entre programa, configuración espacial y valor arquitectónico.
A las transformaciones interiores se sumó un progresivo deterioro material asociado al uso intensivo y a la insuficiencia de tareas sistemáticas de mantenimiento. Las cubiertas de pizarra, los elementos ornamentales y diversas instalaciones técnicas evidenciaron procesos de desgaste que comprometieron la conservación de algunos componentes originales. La permanencia del Correo Argentino en amplios sectores del edificio hasta la década de 1980 constituye uno de los ejemplos más significativos de esta etapa de ocupación prolongada. Recién con la transferencia del inmueble a la órbita municipal se generaron las condiciones institucionales necesarias para iniciar un proceso orientado a la recuperación de sus valores espaciales, arquitectónicos y patrimoniales.
La restauración de 1999 y la recuperación del programa cultural
La restauración concluida en 1999 constituyó una intervención orientada a recuperar la organización espacial establecida durante la remodelación de Quincke y Cooke, alterada por décadas de ocupaciones administrativas y transformaciones internas. El proyecto se concentró en restablecer la legibilidad arquitectónica del conjunto mediante la eliminación de elementos incorporados durante el siglo XX que habían modificado sustancialmente su configuración original. La recuperación de la continuidad espacial permitió reinstalar las relaciones entre patio, galerías y salas de exposición que habían definido la reconversión cultural del edificio, restituyendo condiciones fundamentales para su funcionamiento como equipamiento público.
Las obras incluyeron la remoción de tabiques y subdivisiones agregadas en etapas posteriores, así como la reapertura de los espacios centrales que estructuran la circulación interior. La recuperación del patio cubierto devolvió protagonismo al sistema de iluminación cenital, elemento esencial para la percepción unitaria del conjunto y para la articulación visual entre los distintos niveles. Estas tareas exigieron un cuidadoso equilibrio entre la conservación de los componentes históricos y la incorporación de adecuaciones necesarias para garantizar el funcionamiento contemporáneo del edificio. El proceso se desarrolló en un contexto económico complejo, circunstancia que, según advierte Choay (1992), suele afectar la continuidad de las intervenciones patrimoniales y prolongar los tiempos de ejecución. A pesar de estas dificultades, la restauración permitió recuperar elementos constructivos y compositivos significativos, incluyendo los paramentos de mampostería, las galerías interiores y diversos componentes ornamentales asociados a las distintas etapas históricas del inmueble.
La puesta en funcionamiento del edificio tras la restauración confirmó la vigencia de la estructura espacial concebida durante la reconversión de 1928. En la actualidad, el Pasaje Dardo Rocha alberga instituciones culturales como el Museo Municipal de Arte (MUMART), el Museo de Arte Contemporáneo Latinoamericano (MACLA) y el Museo Gráfico, además de salas destinadas a actividades teatrales, educativas y de producción artística. La organización en torno al patio central y las galerías perimetrales facilita la coexistencia de programas diversos dentro de una estructura unificada, permitiendo compatibilizar usos simultáneos sin alterar la claridad distributiva del conjunto. Esta capacidad de adaptación evidencia la permanencia de los principios tipológicos introducidos durante la transformación del antiguo edificio ferroviario y explica su continuidad como uno de los principales equipamientos culturales de la ciudad.
La evolución del inmueble, desde estación ferroviaria hasta centro cultural, pone de manifiesto la capacidad de ciertos tipos arquitectónicos para incorporar funciones sucesivas sin perder su coherencia espacial ni su presencia urbana. La permanencia de su estructura principal y la reinterpretación de sus espacios a lo largo del tiempo constituyen aspectos centrales para comprender su valor patrimonial dentro del proceso histórico de construcción y transformación de La Plata.


Permanencia tipológica y evolución funcional del Pasaje
La evolución histórica del Pasaje Dardo Rocha puede interpretarse a través de tres configuraciones tipológicas sucesivas: la estación ferroviaria de fines del siglo XIX, el pasaje cubierto consolidado durante la remodelación de 1928 y el equipamiento cultural que ocupa actualmente el edificio. A lo largo de estas transformaciones, diversos componentes espaciales han mantenido una notable continuidad, evidenciando la capacidad de determinadas estructuras arquitectónicas para adaptarse a programas diferentes sin perder sus rasgos fundamentales. Entre ellos destaca la secuencia de acceso organizada en torno al cuerpo central, donde persiste la condición de umbral que caracterizaba al proyecto ferroviario original. Aunque las funciones han cambiado, el recorrido continúa articulando la transición entre el espacio público urbano y un ámbito interior protegido y jerarquizado.
La permanencia de estas características puede analizarse a partir del concepto de “invariante estructural” formulado por Moneo (1978). Según este autor, ciertos tipos arquitectónicos poseen una organización formal capaz de admitir transformaciones funcionales sucesivas sin que se alteren las relaciones espaciales que les otorgan identidad. En el caso del Pasaje Dardo Rocha, la combinación entre los muros portantes perimetrales y el gran espacio central constituye el núcleo de esa permanencia tipológica. Las distintas intervenciones desarrolladas a lo largo del tiempo modificaron los usos y las modalidades de ocupación, pero conservaron la estructura general que organiza la experiencia espacial del edificio. Desde esta perspectiva, la transformación de una estación ferroviaria en un centro cultural puede entenderse como un proceso de reinterpretación arquitectónica antes que como una sustitución completa de su configuración original.
La organización en torno a un espacio central cubierto también refuerza la relación del edificio con la tradición de los pasajes urbanos analizada por Geist (1983). Su funcionamiento contemporáneo mantiene la condición de interior público accesible, donde circulaciones, espacios de encuentro y actividades culturales se integran dentro de una misma estructura arquitectónica. Esta característica contribuye a establecer una continuidad entre la escala urbana de la avenida 7 y los ámbitos interiores del edificio, prolongando hacia el interior dinámicas propias del espacio público.
La trayectoria del Pasaje Dardo Rocha permite observar cómo el patrimonio arquitectónico se configura a través de procesos sucesivos de adaptación y reinterpretación. Cada etapa incorporó nuevas funciones y requerimientos, pero lo hizo sobre una base espacial que conservó una parte significativa de sus principios organizativos. La permanencia de estos elementos confirma la capacidad de ciertos tipos arquitectónicos para absorber transformaciones programáticas sin perder coherencia formal, ofreciendo un ejemplo particularmente significativo de continuidad urbana y arquitectónica dentro de la historia de La Plata.
Patrimonio activo, autenticidad y función pública
El Pasaje Dardo Rocha constituye uno de los casos más representativos de patrimonio activo dentro de la ciudad de La Plata. Esta condición refiere a aquellos bienes patrimoniales que mantienen una participación efectiva en la vida urbana mediante la incorporación de usos contemporáneos compatibles con sus características arquitectónicas y espaciales. A diferencia de los edificios preservados exclusivamente como objetos de contemplación o exhibición, el patrimonio activo conserva su vigencia a través de la continuidad funcional y de su capacidad para responder a demandas sociales cambiantes. En este sentido, la permanencia del Pasaje no depende de la preservación literal de una etapa histórica determinada, sino de la continuidad de una estructura arquitectónica capaz de admitir nuevas formas de ocupación sin perder su identidad fundamental.
La evolución de los criterios aplicados sobre el edificio refleja transformaciones más amplias en las concepciones internacionales de conservación patrimonial. Tanto la Carta de Venecia (1964) como el Documento de Nara (1994) destacan la importancia de comprender la autenticidad como una condición compleja, vinculada no solo a la materialidad original sino también a la preservación de valores históricos, culturales y espaciales acumulados a lo largo del tiempo. En el caso del Pasaje Dardo Rocha, esta autenticidad se expresa en la coexistencia de distintas etapas constructivas y programáticas que permanecen legibles dentro de una misma estructura. La decisión adoptada en 1982 de excluir usos administrativos del edificio constituyó un punto de inflexión en este proceso, al reconocer la necesidad de establecer una correspondencia más adecuada entre la organización espacial heredada y las funciones desarrolladas en su interior.
La dimensión urbana del edificio constituye otro aspecto central para comprender su valor patrimonial. El Cuaderno del ICOMOS (1999) destaca la relevancia de su inserción dentro de la estructura cívica de La Plata, donde ocupa una posición estratégica en relación con los principales espacios públicos e instituciones fundacionales. Esta localización favorece su funcionamiento como ámbito de encuentro, circulación e intercambio cultural, integrando actividades artísticas y educativas dentro de una arquitectura que conserva una fuerte presencia urbana. El edificio actúa así como un elemento articulador entre patrimonio, espacio público y vida cultural, condición que ha contribuido a sostener su vigencia a lo largo del tiempo.
Desde esta perspectiva, la autenticidad del Pasaje Dardo Rocha no puede evaluarse únicamente a partir de la conservación de materiales, sistemas constructivos o elementos ornamentales. También debe entenderse en relación con la continuidad de su función pública y con la capacidad de la arquitectura para seguir desempeñando un papel significativo dentro de la ciudad. La permanencia de estos atributos explica la relevancia patrimonial del edificio y permite comprender su trayectoria como un proceso continuo de adaptación, conservación y resignificación urbana.

Reconversión patrimonial y continuidad urbana: reflexiones finales
El estudio del Pasaje Dardo Rocha aporta elementos relevantes para la reflexión sobre la gestión del patrimonio arquitectónico y la transformación de la ciudad consolidada. Su trayectoria evidencia cómo la reutilización de infraestructuras existentes puede constituir una alternativa eficaz para compatibilizar conservación patrimonial, continuidad urbana y adaptación funcional. A lo largo de más de un siglo, el edificio ha incorporado programas diversos sin perder los rasgos espaciales que definen su identidad arquitectónica, demostrando la capacidad de determinadas estructuras para absorber cambios de uso mediante procesos sucesivos de reinterpretación.
Las transformaciones experimentadas por el edificio ponen de relieve la importancia de la relación entre organización espacial y función. La permanencia de elementos como el patio central, las galerías perimetrales y la secuencia jerarquizada de accesos evidencia la vigencia de configuraciones arquitectónicas cuya eficacia no depende de un programa específico, sino de su capacidad para admitir diferentes formas de ocupación. Estas estructuras espaciales han demostrado una notable adaptabilidad, permitiendo el paso de una infraestructura ferroviaria a un equipamiento cultural sin alterar los principios fundamentales de organización del conjunto. Desde esta perspectiva, el caso del Pasaje Dardo Rocha resulta particularmente significativo para el estudio de la permanencia tipológica y de la capacidad de ciertos modelos arquitectónicos para trascender las transformaciones funcionales asociadas a distintos contextos históricos.
La evolución del edificio también permite reflexionar sobre la dimensión urbana del patrimonio. Su localización dentro del eje fundacional de la ciudad y su integración con los espacios públicos circundantes han favorecido la continuidad de su papel como ámbito de encuentro y actividad colectiva. La condición de interior público, consolidada durante la reconversión de 1928 y reforzada por las intervenciones posteriores, mantiene vigente la relación entre arquitectura, circulación urbana y vida cultural. En este sentido, el edificio continúa desempeñando una función articuladora dentro de la estructura cívica de La Plata, estableciendo vínculos entre memoria urbana, actividad cultural y espacio público.
La permanencia del Pasaje Dardo Rocha permite comprender el patrimonio arquitectónico como una realidad dinámica, construida mediante procesos de conservación, adaptación y resignificación. Su historia demuestra que la continuidad de un edificio depende tanto de la preservación de sus componentes materiales como de la capacidad de sus espacios para responder a nuevas demandas sociales. Esta combinación entre permanencia formal y transformación funcional constituye uno de los aspectos más relevantes de su trayectoria y explica su vigencia dentro del paisaje urbano contemporáneo de La Plata.
Marcelo Gardinetti
Bibliografía
Barcia, P. (1982). La Plata vista por los viajeros. 1882–1912. La Plata: Ediciones del 80 y Librerías Juvenilia.
Benjamin, W. (1982). Das Passagen-Werk. Frankfurt am Main: Suhrkamp. [Ed. en español: El libro de los pasajes. Madrid: Akal, 2005.]
Carbonari, F. A. (2010). «La arquitectura “monumental” de la ciudad de La Plata a través del ejercicio independiente de los profesionales italianos durante el período fundacional. El caso del eje Avenida Monteverde». SEDICI – Repositorio Institucional de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP). Disponible en: http://sedici.unlp.edu.ar/
Choay, F. (1992). L’allégorie du patrimoine. París: Éditions du Seuil. [Ed. en español: Alegoría del patrimonio. Barcelona: Gustavo Gili, 2007.]
Frampton, K. (1995). Studies in Tectonic Culture: The Poetics of Construction in Nineteenth and Twentieth Century Architecture. Cambridge, MA: MIT Press.
Geist, J. F. (1983). Arcades: The History of a Building Type. Cambridge, MA: MIT Press.
Gorelik, A. (1998). La grilla y el parque. Espacio público y cultura urbana en Buenos Aires, 1887–1936. Bernal: Universidad Nacional de Quilmes.
Gutiérrez, R. (1997). Arquitectura y urbanismo en Iberoamérica. Madrid: Cátedra.
ICOMOS. (1964). Carta de Venecia. Carta Internacional sobre la Conservación y la Restauración de Monumentos y Sitios. Venecia: II Congreso Internacional de Arquitectos y Técnicos de Monumentos Históricos.
ICOMOS. (1994). Documento de Nara sobre la Autenticidad. Nara: Conferencia de Nara sobre la Autenticidad en relación con el Patrimonio Mundial.
ICOMOS Argentina. (1999). Cuaderno del ICOMOS Argentina: Municipalidad de La Plata, n.° 2. La Plata.
Liernur, J. F. (2001). Arquitectura en la Argentina del siglo XX. La construcción de la modernidad. Buenos Aires: Fondo Nacional de las Artes.
Liernur, J. F. (2008). «Patrimonio y arquitectura moderna en Argentina: notas para una historia crítica». Revista de Arquitectura, vol. 10, n.° 2, pp. 24-35.
Moneo, R. (1978). «On Typology». Oppositions, n.° 13, pp. 22-45.
La Plata fundacional: Pasaje Dardo Rocha
Fotografías Pasaje Dardo Rocha: ©Marcelo Gardinetti
TECNNE | Arquitectura, pensamiento crítico y práctica cultural ©Marcelo Gardinetti 2026 – Todos los derechos reservados.
El contenido de este sitio web se encuentra protegido por la legislación vigente en materia de propiedad intelectual e industrial. Salvo en los supuestos expresamente previstos por la ley, queda prohibida su reproducción, distribución, comunicación pública o transformación sin la autorización previa del titular de los derechos correspondientes. Las imágenes y fotografías reproducidas se utilizan exclusivamente con fines informativos, críticos y educativos, en el marco de la divulgación de obras artísticas y arquitectónicas de relevancia cultural. En todos los casos, proceden de fuentes de acceso público en línea, se presentan en baja resolución, carecen de idoneidad para usos comerciales y van acompañadas de la correspondiente mención de autoría, sin que ello implique desconocimiento alguno de los derechos de propiedad intelectual que les son inherentes. Los esquemas y bocetos que acompañan los artículos han sido elaborados por el autor a partir de material fotográfico preexistente, con una finalidad analítica e interpretativa, reconociendo explícitamente la autoría original de las obras representadas y respetando íntegramente los derechos que las protegen. Tecnne emplea herramientas de inteligencia artificial generativa como apoyo en tareas de investigación documental y redacción asistida. Todo contenido es revisado, verificado y editado bajo responsabilidad exclusiva del autor. Ver [política editorial].
[…] habitual que sucedió durante décadas en muchas de las grandes ciudades de nuestro país. La Plata, por ser una ciudad pensada, debió mantener un crecimiento del que hoy podríamos sentir orgullo, […]
[…] Pasaje Dardo Rocha es el ejemplo que ratifica como una estructura de valor histórico puede ser funcional a la […]