Del Estructuralismo al Post-estructuralismo: Conversación con Roland Posner (primera parte)

El artículo aborda el problema de la codificación y lectura del espacio arquitectónico a partir de una conversación ficticia con Roland Posner, cuya teoría amplía el campo de la semiótica hacia sistemas no verbales como la arquitectura. El texto analiza cómo el entorno construido opera como un sistema de signos estructurado en niveles sintácticos, semánticos y pragmáticos, donde la organización espacial, los elementos formales y las relaciones contextuales configuran significados específicos. A través de este dispositivo narrativo, se examina la arquitectura como medio de comunicación que articula códigos culturales y convenciones sociales, permitiendo interpretar el espacio más allá de su materialidad. La conversación desarrolla una lectura en la que el proyecto arquitectónico se entiende como un proceso de producción sígnica, donde el usuario desempeña un rol activo en la decodificación. La conclusión principal sostiene que la arquitectura constituye un lenguaje complejo cuya comprensión exige herramientas semióticas, lo que permite redefinir el análisis disciplinar desde una perspectiva estructurada y sistemática del significado.

Roland Posner y la semiótica del espacio arquitectónico

 1. Prefacio Contextual

Hacia el cierre del siglo XX, el pensamiento europeo se enfrentaba al desgaste progresivo de los grandes relatos teleológicos que habían articulado el proyecto moderno, cuya estructura conceptual funcionaba como armazón interpretativo de la historia y de la cultura. La reiterada proclamación del denominado “fin de las ideologías”, formulada con frecuencia en términos reductivos, señalaba la crisis de esos dispositivos teóricos que, durante décadas, habían operado como marcos de inteligibilidad global. En este escenario, la semiótica ocupaba una posición inestable: podía disolverse junto con el declive del estructuralismo, cuya pretensión de sistematicidad aspiraba a una modelización integral de los fenómenos culturales, o bien reconfigurarse mediante una revisión crítica de sus propios fundamentos epistemológicos y metodológicos.

El diálogo con la obra de Roland Posner adquiere, en este contexto, un valor estratégico, en la medida en que su pensamiento permite describir la transición desde una concepción normativa de la cultura —organizada según estructuras formales cerradas y jerarquizadas— hacia una práctica interpretativa más flexible, atenta a la contingencia, a la variabilidad histórica y a la heterogeneidad de los sistemas simbólicos. Esta inflexión no implica la negación del legado estructuralista, sino su relectura desde parámetros menos universalistas, en los cuales la noción de sistema se entiende como dispositivo operativo, susceptible de ajustes y desplazamientos, y no como totalidad autosuficiente dotada de clausura interna.

La reconsideración del modernismo supone, en este marco, desplazar la mirada desde la idea de ruptura hacia la de sedimentación crítica. Los restos conceptuales de la modernidad se examinan como estratos superpuestos que, de manera análoga a una sección constructiva, permiten visualizar las tensiones internas del proyecto original, así como sus puntos de fisura y sus potenciales líneas de rearticulación. La exploración se inicia, por tanto, con el análisis de las raíces históricas de la modernidad y del estructuralismo, entendidos como soportes teóricos que sostuvieron la aspiración de constituir una ciencia universal de la cultura, cuyo desmontaje parcial no implica su demolición definitiva, sino la apertura de nuevas vías interpretativas y de configuraciones conceptuales alternativas. 

2. Bloque I: Modernismo, Estructuralismo y la Ambición de la Totalidad

El modernismo y el estructuralismo compartieron una misma episteme orientada al reordenamiento sistemático de la experiencia, sustentada en la aspiración de formular principios fundamentales y axiomas de validez general. Esta disposición epistemológica, que promovía la depuración formal, la modulación rigurosa y la reducción a estructuras elementales, desbordó el campo estrictamente artístico y se proyectó sobre múltiples dominios culturales. Se manifestó, por ejemplo, en la sintaxis geométrica y en la pedagogía proyectual de la Bauhaus, donde la estandarización tipológica y la articulación entre forma y función se concebían como principios estructurantes del diseño, así como en la experimentación narrativa de James Joyce, cuya fragmentación y recomposición formal respondían a una lógica constructiva estricta, basada en correspondencias internas y en una arquitectura textual de alta complejidad. De manera paralela, esta matriz conceptual se trasladó al ámbito científico mediante la afirmación de la autonomía disciplinar y la consolidación de una división especializada del trabajo intelectual, configurando un campo segmentado pero internamente coherente.

En este contexto, el estructuralismo se constituyó como horizonte metodológico compartido por las humanidades, al proponer una analítica centrada en las relaciones internas del sistema antes que en las contingencias históricas o biográficas. Su programa aspiraba a una transparencia estructural capaz de neutralizar los presupuestos del historicismo y del psicologismo decimonónicos, sustituyéndolos por la formalización de un sistema de signos concebido como red autorreferencial, regulada por reglas inmanentes de funcionamiento. La cultura, entendida bajo este paradigma, se analizaba como una arquitectura de relaciones diferenciales cuya coherencia dependía de la estabilidad del conjunto y de la consistencia de sus articulaciones internas, del mismo modo que una estructura portante depende de la correcta distribución de cargas y de la continuidad de sus elementos constitutivos.

Tecnne: Profesor Posner, para situar nuestra discusión en el rigor que la materia exige, resulta imperativo delimitar el concepto de «Modernidad». Usted sostiene una distinción crucial entre la tendencia histórica general y una «Era Moderna» muy específica del siglo XX. ¿Bajo qué parámetros gnoseológicos define este periodo y cómo se articula su ruptura programática con la tradición?

Roland Posner: Es una precisión necesaria. Aunque diversos movimientos, desde la escritura carolingia hasta el Impresionismo, se autodenominaron «modernos» en su momento, hoy identificamos una «Era Moderna» cualitativamente distinta que cristaliza hacia finales del siglo XIX. Su expresión plena se halla en la arquitectura de la Bauhaus, la música dodecafónica y la literatura de Kafka, Joyce o Proust. Lo que define a esta modernidad no es la mera cronología, sino el rechazo programático a las ideas tradicionales y la convicción de que todas las áreas de la vida —desde lo cotidiano hasta lo institucional— pueden ser reordenadas por completo a partir de unos pocos conocimientos fundamentales. Esta mentalidad estaba dispuesta a sacrificar cualquier estabilidad del presente en favor de un futuro racionalizado y superior, bajo la premisa de un progreso permanente.

Tecnne: Esta voluntad de reconstrucción total no se detuvo en las artes. ¿Cómo se tradujo ese espíritu de radicalización en la praxis científica y en la organización socioeconómica?

Roland Posner: En el ámbito de las ciencias, la Modernidad se manifestó en la extensión de la investigación a todas las esferas de la vida, sustentada por una racionalización extrema de los métodos y una especialización minuciosa de los investigadores. Vimos nacer disciplinas que buscaban una autonomía absoluta, aunque paradójicamente cooperaran en programas de investigación a gran escala. En la esfera económica, esto se tradujo en el taylorismo, la división radical del trabajo y la producción en masa. Era un proyecto totalizador que aspiraba a que la cadena de épocas llegara a su fin para dar paso a un estado de equilibrio racional y eterno, ignorando que tal ambición de totalidad sembraba las semillas de su propia obsolescencia.

Tecnne: Dentro de este marco, el estructuralismo dominó las humanidades europeas. ¿Cuáles son los rasgos que le permitieron presentarse como el método unificado, casi isomórfico, para disciplinas tan dispares como la lingüística de Saussure, la fenomenología de Husserl o la antropología de Lévi-Strauss?

Roland Posner: El estructuralismo fue el brazo teórico de la modernidad en las humanidades. Compartía sus mismos rasgos: el rechazo a los modos de pensamiento tradicionales, la creencia de que las disciplinas podían ser reconstruidas sobre principios fundamentales y la voluntad de prescindir de terminologías previas. Al proponer que la realidad no es una suma de sustancias sino un sistema de funciones y formas, el estructuralismo ofreció, por primera vez, un lenguaje común. Ya fuera en la psicología de la Gestalt de Ehrenfels o en la glosemática de Hjelmslev, el enfoque se desplazó del átomo aislado al sistema de relaciones, permitiendo una formalización que prometía convertir a las ciencias sociales en ciencias exactas.

Tecnne: Finalmente, en este primer bloque, ¿cuál diría usted que era el telos último del proyecto estructuralista, aquello que buscaba consolidar como la ciencia definitiva de lo humano?

Roland Posner: El objetivo final era la creación de una ciencia de la cultura que lo abarcara todo, basada enteramente en los signos: la semiótica. Se pretendía que la lingüística, la sociología y las artes fueran meros componentes de esta ciencia unificada. Sin embargo, tras la Segunda Guerra Mundial, este diseño global comenzó a fracturarse. El escepticismo creció ante la imposibilidad de reducir la fluidez de la experiencia humana a la rigidez de un código universalmente válido.

La culminación de este proyecto estructuralista marcó también el inicio de su crisis, al revelarse que la ambición de una totalidad científica no podía contener las complejidades emergentes de la posguerra.

Aldo Van Eyck Sonsbeek Pabellón
Aldo Van Eyck Sonsbeek Pabellón

3. Bloque II: Las Diez Paradojas y el Agotamiento del Modelo Saussureano

El tránsito hacia el postestructuralismo no puede interpretarse como una fractura abrupta del paradigma precedente, sino como la intensificación crítica de las tensiones ya inscritas en la matriz estructuralista. El edificio teórico erigido sobre la lingüística de Ferdinand de Saussure, cuya arquitectura conceptual distinguía con precisión entre langue y parole, sincronía y diacronía, significante y significado, incorporaba en su propia modulación binaria los límites de su operatividad. La claridad taxonómica que aseguraba la consistencia interna del sistema funcionaba, al mismo tiempo, como principio de clausura.

Al trasladar el rigor abstracto de la langue, concebida como sistema autónomo y autorregulado, a la complejidad de los procesos sociales y culturales, se hizo evidente la insuficiencia de esas dicotomías para dar cuenta de fenómenos atravesados por la historicidad, la contingencia y la agencia. La estructura, entendida como dispositivo estable de relaciones diferenciales, comenzaba a mostrar fisuras cuando debía enfrentarse a prácticas simbólicas cuya dinámica excedía el marco formal previamente delimitado. La estabilidad sistémica, que en el plano lingüístico podía sostenerse como hipótesis metodológica, resultaba más difícil de preservar en el análisis de configuraciones culturales heterogéneas.

La exigencia de pureza gnoseológica, que había conducido a una progresiva depuración metodológica y a una creciente formalización, implicó la exclusión sistemática de dimensiones consideradas externas al sistema: la materialidad del signo, su inscripción histórica y la intervención de la subjetividad creadora. Como consecuencia, el sistema de diferencias, aislado de referencias extratextuales, tendía a constituirse como una estructura cerrada, autorreferencial, progresivamente desvinculada de sus condiciones empíricas de producción y circulación. El postestructuralismo emerge, en este contexto, como una revisión interna de esa arquitectura teórica, orientada a reintroducir las dimensiones relegadas y a reconsiderar la estructura no como armazón inmutable, sino como campo de fuerzas en permanente reconfiguración.

Tecnne: Profesor Posner, la gnoseología saussureana se erigió sobre dicotomías pretendidamente estables: significante/significado, lengua/habla. Sin embargo, usted ha identificado diez problemas o paradojas fundamentales que desestabilizan este edificio. ¿Podría desglosar las tensiones ontológicas y epistemológicas de este modelo, particularmente respecto a la existencia de la langue y la naturaleza de su objeto?

Roland Posner: Las paradojas son profundas y tocan la raíz misma de la disciplina. En primer lugar, enfrentamos un problema ontológico: ¿dónde reside la langue? ¿Es un sistema fisiológico en el cerebro de cada individuo o es un «espíritu objetivo» social basado en convenciones colectivas? En segundo lugar, surge el problema epistemológico del objeto: Saussure postuló que la langue era el único objeto de estudio legítimo, pero la langue es inobservable; solo podemos inferirla a través de la parole (el habla). Esto nos sitúa ante la paradoja de una ciencia cuyo objeto empírico es, en realidad, un constructo teórico derivado de lo que ella misma rechaza como secundario.

Tecnne: Esta limitación metodológica parece exacerbarse con la llamada «prueba de comutación» (prueba de comutación). ¿Cómo restringe este método la capacidad de la semiótica para dar cuenta de la complejidad de la semiosfera?

Roland Posner: La comutación es el tercer problema. Al definir el signo solo por su oposición a otros dentro de un mismo código, limitamos nuestro análisis a sistemas cerrados. Sin embargo, la semiosfera de una cultura es un tejido de interacciones; los signos de diferentes códigos se influyen mutuamente. El estructuralismo aisló los sistemas para estudiarlos, pero en ese aislamiento perdió la capacidad de explicar el isomorfismo y la interacción entre distintas áreas de la cultura.

Tecnne: El cuarto y quinto problema tocan la exclusión de la diacronía y del sujeto. ¿Cómo puede una ciencia de la cultura ignorar la historia y al individuo que, en teoría, produce el sentido?

Roland Posner: Es el precio de la abstracción. Al centrarse en la sincronía, el estructuralismo bloqueó la explicación del cambio del código. Como señaló Albrecht, la parole no tiene historia para el estructuralista, a pesar de que es allí donde se manifiestan primero los cambios de la langue. En cuanto al sujeto, se le redujo a un mero usuario pasivo de un código preexistente, negando su capacidad de estructurar el mundo de forma creativa o de percibir la realidad fuera de las convenciones del signo. El sujeto quedó «sujetado» al código.

Tecnne: Entrando en los problemas sexto y séptimo, llegamos a la materialidad y al referente. ¿Por qué la tesis de la arbitrariedad del signo terminó descuidando la cualidad física de la señal, y qué papel juegan los estudios de Berlín y Kay sobre los términos de color en esta crítica?

Roland Posner: La arbitrariedad es, en gran medida, un artefacto del método estructuralista. Al asignar una señal a un significante abstracto, se ignora que la variación de las cualidades materiales de la señal —su textura, su ritmo— sirve expresamente para que el emisor module su mensaje. Por otro lado, el estructuralismo pretendía que el significado dependiera solo de la oposición interna del código, sin influencia del mundo material (el referente). No obstante, los estudios de Berlín y Kay sobre los colores demostraron que hay determinaciones materiales: ninguna cultura divide arbitrariamente el espectro en los centros del rojo, verde o azul. Existe una determinación material del significado que el estructuralismo simplemente omitió.

Tecnne: Finalmente, las paradojas octava, novena y décima abordan el co-texto, el contexto y la reducción del proceso interpretativo. ¿Por qué la visión del signo como una pieza de construcción mecánica resultó insuficiente para la complejidad estética?

Roland Posner: El estructuralismo trató los signos en los sintagmas como bloques de construcción listos para usar, subestimando cómo el co-texto y el contexto situacional transforman el sentido. Todos sabemos que un mismo texto cambia de significado según dónde y cuándo se lea. Al reducir la interpretación a una mera decodificación —como si leyéramos un diccionario—, se ignoró que los signos pueden ser vaciados de sentido y rellenados con nuevos mensajes. Esta insuficiencia fue la que impulsó a los autores de Tel Quel en el París de los sesenta a superar el modelo dogmático.

El reconocimiento de estas grietas estructurales fue lo que permitió la emergencia de una nueva sensibilidad teórica, donde la estabilidad del código cedió ante la volatilidad del discurso.

Cierre de la primera parte

Esta primera sección evidencia que las restricciones del estructuralismo, lejos de ser definitivas, preparan el terreno para nuevas aproximaciones más flexibles e interpretativas, cuya exploración se retoma en la segunda parte del artículo.

©tecnne

Continua en la segunda parte: disponible a partir del 17 de abril de 2026

Cómo citar este artículo:
Gardinetti, Marcelo. «Del Estructuralismo al Post-estructuralismo: Conversación con Roland Posner (primera parte).» Tecnne N° 14, 2026.
DOI: https://doi.org/10.6084/m9.figshare.31370482.
Disponible en: https://bit.ly/conversacion-posner

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Marcelo Gardinetti
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