La investigación de Emil Kaufmann sobre la obra de Boullee, Ledoux y Lequeu constituye un punto de inflexión en la historiografía arquitectónica del siglo XVIII. Hasta bien entrado el siglo XX, estos arquitectos permanecían en gran medida relegados al olvido o eran tratados como figuras marginales, vinculadas a episodios anecdóticos de la arquitectura francesa. Kaufmann, sin embargo, plantea que su importancia radica en la dimensión conceptual de su producción, que refleja una profunda transformación en el pensamiento arquitectónico de la época inmediatamente anterior y concomitante a la Revolución Francesa. El autor sitúa a estos tres arquitectos como representantes de un movimiento revolucionario entendido como portadores de nuevos ideales culturales y filosóficos. A través de la exploración de formas geométricas elementales, del abandono progresivo de la tradición barroca y de la búsqueda de expresividad mediante la composición autónoma de volúmenes, Boullee, Ledoux y Lequeu anticiparon rasgos esenciales de la modernidad arquitectónica. Así, su legado reside en la innovación formal y en la redefinición de los fundamentos disciplinarios, comparable en magnitud a las transiciones históricas entre la Edad Media y el Renacimiento.
Reevaluación de la Historia de la Arquitectura del Siglo XVIII
Emil Kaufmann propone una revisión crítica de la historiografía arquitectónica del siglo XVIII, en la que los llamados “arquitectos revolucionarios” habían sido sistemáticamente ignorados o subestimados. La causa de este descrédito se encuentra, según el autor, en el hecho de que las ideas que sustentaban sus proyectos perdieron vigencia al ser desacreditadas en el plano político y cultural, arrastrando con ellas a quienes las habían concebido. A este olvido contribuyó, además, la destrucción material de muchas de sus obras, lo que imposibilitó un análisis directo de sus propuestas y obligó a los investigadores a reconstruir sus aspiraciones a partir de escritos, dibujos y proyectos no realizados.
Sin embargo, Kaufmann señala que la historiografía reciente ha corregido en parte este vacío, reconociendo que la arquitectura del siglo XVIII sí participó activamente en el proceso de reorganización intelectual y social que culminó en la Revolución Francesa. En este sentido, la llamada “corriente revolucionaria” ya no puede considerarse una hipótesis aislada o una exageración interpretativa, sino un hecho histórico plenamente aceptado, cuyo estudio se beneficia del incremento sostenido en el conocimiento de la época.
La Definición de “Arquitectos Revolucionarios”
El autor delimita cuidadosamente el alcance del término “arquitectos revolucionarios”. No se trata de aquellos que colaboraron con la administración revolucionaria o que añadieron símbolos circunstanciales a composiciones convencionales, como gorros frigios u otros emblemas alegóricos. La condición revolucionaria reside, más bien, en la capacidad de un grupo de arquitectos para interiorizar los ideales formulados por los grandes pensadores de su tiempo y traducirlos, casi de manera inconsciente, en un lenguaje arquitectónico nuevo.
Desde esta perspectiva, la arquitectura del siglo XVIII experimentó una transformación equiparable a las transiciones históricas más significativas, como la que condujo del Medioevo al Renacimiento. Se abandonó el legado artístico consolidado del Barroco y, en su lugar, se establecieron las bases de una tradición inédita, fundada en la expresividad formal, la autonomía de los volúmenes y la exploración de las potencialidades de la geometría elemental. Este abandono supuso una auténtica refundación disciplinaria, en sintonía con los cambios filosóficos, literarios y sociales que marcaron el final del Antiguo Régimen.


Descontento Artístico y la Búsqueda de Nuevas Formas
El proceso de transformación arquitectónica del siglo XVIII no puede entenderse sin considerar el creciente descontento hacia las convenciones del Barroco. A la par del malestar político y social, se gestó una insatisfacción progresiva con los modos establecidos de composición artística. El esquema barroco y sus prolongaciones tardías, basados en la exuberancia ornamental y la armonía jerárquicamente organizada, fueron percibidos como insuficientes para expresar las nuevas aspiraciones culturales.
En contraste con el Renacimiento y el Barroco, que habían privilegiado la unidad armónica y el equilibrio formal dentro de un orden jerárquico, hacia finales del siglo XVIII los objetivos de la arquitectura se reorientaron hacia la expresión del carácter, la creación de atmósferas diferenciadas y la fragmentación de las composiciones en unidades autónomas. Esta tendencia no significaba un abandono del rigor formal, sino una búsqueda deliberada de nuevas formas expresivas. En este sentido, los arquitectos revolucionarios rechazaron la mera “pintoresquidad literaria” y se propusieron alcanzar una expresividad genuina a través de la forma arquitectónica misma, otorgando a cada elemento un valor simbólico y autónomo.
El Uso de la Geometría Elemental y el Individualismo
En la búsqueda de un lenguaje arquitectónico renovado, las formas geométricas elementales se convirtieron en instrumentos privilegiados. Su pureza y claridad permitían cumplir con el doble propósito de expresar individualidad y dotar de carácter a los edificios. Gracias a ellas, las partes podían presentarse como entidades independientes, diferenciadas por su tamaño o por el contraste formal, sin necesidad de subordinarse a un esquema compositivo rígido.
Este giro conceptual se acompañó de un cambio en la actitud hacia los materiales. Frente a la tradición barroca, que recurría a formas “vivas” como cariátides o decoraciones antropomórficas, los arquitectos revolucionarios optaron por resaltar las propiedades intrínsecas de los materiales, presentándolos sin disfraces ni ornamentos superfluos. El énfasis recaía en la sinceridad constructiva y en la austeridad expresiva, lo que introdujo una nueva ética formal en la disciplina.
A pesar de que algunos proyectos reflejaron el entusiasmo de la época con soluciones experimentales y ambiciosas, el objetivo último de esta arquitectura no era la ostentación, sino la restricción. La monumentalidad se alcanzaba, paradójicamente, a través de la simplicidad y la moderación, cualidades que la acercaban tanto a los ideales ilustrados como a los principios que posteriormente serían retomados por la arquitectura moderna.


Distinción entre Arquitectura Revolucionaria y Romanticismo
La denominada arquitectura revolucionaria, desarrollada en el tránsito del siglo XVIII al XIX, se definió por una posición crítica frente a todo revivalismo, distanciándose así del movimiento romántico, que, aunque igualmente buscaba la expresividad y el individualismo, recurría con frecuencia a la revalorización del pasado. La hostilidad hacia la imitación histórica constituyó, en este sentido, un principio rector, dando lugar a propuestas arquitectónicas que aspiraban a una ruptura radical con la tradición. Los proyectos más avanzados de este periodo se distinguieron por una marcada simplicidad formal y por una monumentalidad que anticipa con claridad los planteamientos del siglo XX.
El papel de Boullée, Ledoux y Lequeu
Los arquitectos Étienne-Louis Boullée, Claude-Nicolas Ledoux y Jean-Jacques Lequeu representan la culminación del movimiento, en tanto encarnaron una transición que puso fin al Barroco y abrió el horizonte hacia las concepciones arquitectónicas de los siglos XIX y XX. Cada uno de ellos aportó un énfasis distinto dentro de un mismo proceso de búsqueda formal y conceptual.
Boullée se vinculó de manera principal a la exploración de nuevas formas, a menudo mediante composiciones geométricas de gran pureza y escala monumental, que buscaban expresar un ideal abstracto y universal. Ledoux, por su parte, orientó su producción hacia la construcción de un nuevo orden arquitectónico, en el que la articulación de los componentes respondía a criterios de racionalidad y simbolismo funcional; la amplitud de su pensamiento y la diversidad de sus realizaciones lo convierten en uno de los casos más estudiados del periodo. Lequeu encarnó la etapa final del movimiento, marcada por un tono de desilusión y resignación, en el que la experimentación radical desembocó en un retorno parcial a referencias históricas, interpretadas desde una perspectiva melancólica y fragmentaria.
Este proceso, inicialmente guiado por la aspiración a fundar un lenguaje arquitectónico autónomo, terminó en gran medida en la frustración de sus propios protagonistas, quienes en los últimos años adoptaron posturas más conservadoras.
Antecedentes y fuentes
El análisis de Emil Kaufmann sobre la arquitectura revolucionaria no se limita a estas tres figuras, sino que abarca también a sus predecesores y a la teoría arquitectónica francesa del siglo XVIII. Entre las fuentes más influyentes destaca Jacques-François Blondel, considerado el fundador de la escuela de arquitectura más prestigiosa de la centuria y primer maestro de Boullée. Su célebre afirmación “nous n’avons point d’amour pour les choses que nous ignorons” (no tenemos amor por las cosas que ignoramos), sintetiza la importancia del conocimiento histórico y teórico en la formación arquitectónica, así como la necesidad de comprender en profundidad el legado de estos arquitectos para valorar el alcance de sus propuestas.


Conclusión
Los extractos de Three Revolutionary Architects de Emil Kaufmann permiten situar a la arquitectura revolucionaria como un momento de inflexión dentro del panorama francés de finales del siglo XVIII, en el que la insatisfacción con los modelos artísticos y sociales vigentes impulsó una búsqueda de nuevos lenguajes formales. La obra de Boullée, Ledoux y Lequeu, aunque con frecuencia marginada en su tiempo y posteriormente relegada en la historiografía, constituye un laboratorio conceptual donde la geometría elemental, la monumentalidad abstracta y el rechazo sistemático de la imitación histórica anticiparon rasgos centrales de la modernidad arquitectónica.
Este episodio, más que una etapa aislada, debe entenderse como un antecedente decisivo en la gestación de un pensamiento arquitectónico autónomo, capaz de articular la expresión individual y la racionalidad constructiva con una clara voluntad de ruptura. La recuperación crítica de estos arquitectos “olvidados” evidencia cómo las grandes transiciones culturales no se producen de manera súbita, sino que se configuran a partir de experiencias previas que, aun no materializándose plenamente en su contexto inmediato, trazan líneas de desarrollo que alcanzarán su madurez en los siglos posteriores.
©tecnne
Fuente: Kaufmann, Emil. “Three Revolutionary Architects: Boullée, Ledoux, and Lequeu,” Transactions of the American Philosophical Society Vol 42. No. 3, 1952
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