Wolfgang Tschapeller y la arquitectura de la preexistencia estratificada
Gardinetti, Marcelo
Arquitecto, Editor de Tecnne · La Plata, Argentina
Tecnne · Año 2020, n.º 3
Resumen
El proyecto de ampliación de la Universidad de Artes Aplicadas de Viena, diseñado por Wolfgang Tschapeller, plantea una intervención sobre un conjunto urbano compuesto por estratos arquitectónicos de distinta procedencia histórica. La actuación sobre la Wörle-Schwanzer Bau de 1965 combina demolición selectiva, sustracción interior y creación de nuevos vacíos para reorganizar las relaciones entre las construcciones preexistentes. El análisis propone entender el patrimonio no como permanencia física de una forma estable, sino como continuidad de determinadas estructuras tipológicas, constructivas y urbanas capaces de admitir transformaciones. La demolición del volumen de enlace recupera la autonomía de los edificios históricos; la eliminación de particiones y núcleos interiores expone la retícula estructural moderna; y el sistema compuesto por plaza, jardín y escalera diagonal articula nuevas condiciones de circulación e intercambio. El caso también revela una tensión irreductible entre valor arquitectónico y valor documental: transformar una preexistencia puede preservar su lógica interna, pero implica necesariamente seleccionar qué estratos permanecen y cuáles desaparecen.
Palabras clave: Wolfgang Tschapeller, patrimonio arquitectónico, preexistencia arquitectónica, reutilización adaptativa, intervención patrimonial.
Introducción: patrimonio, preexistencia y transformación arquitectónica
Entre los distritos I y III de Viena, en las inmediaciones del Ringstrasse, una manzana urbana reúne la Universidad de Artes Aplicadas y el Museo de Artes Aplicadas (MAK) en un conjunto compuesto por edificios de distintas épocas y filiaciones arquitectónicas. La secuencia comprende la Ferstel Bau, proyectada por Heinrich von Ferstel, construida como museo en 1871 y adaptada como escuela de artes y oficios en 1877; la ampliación de Ludwig Baumann de 1908; la Wörle-Schwanzer Bau de 1965, destinada a ampliar las instalaciones universitarias en el contexto de la posguerra; y diversas intervenciones posteriores de Noever y Müller sobre el museo. La heterogeneidad del conjunto no deriva únicamente de la coexistencia de lenguajes arquitectónicos, sino también de la acumulación de estructuras, programas y sistemas de circulación que modificaron progresivamente la configuración de la manzana.
En 2011, un concurso internacional convocó propuestas para transformar la construcción de Wörle y Schwanzer y reorganizar la relación entre las piezas históricas y las adiciones posteriores. El proyecto ganador, desarrollado por el arquitecto austríaco Wolfgang Tschapeller, adoptó una operación de sustracción sobre la estructura de posguerra: eliminó el volumen que vinculaba físicamente los edificios históricos, reconstruyó las partes afectadas por esa inserción y retiró tabiques, núcleos de escaleras y ascensores hasta exponer la retícula estructural de columnas y losas. La intervención conserva así la estructura resistente como soporte de una nueva configuración espacial. Sobre esta base se organizan tres dispositivos de conexión: una plaza interior, un jardín y una escalera diagonal denominada «Broadway». Estos elementos articulan las distintas edificaciones y permiten reconstruir la continuidad funcional del campus sin reducir las construcciones preexistentes a una única expresión formal.
El proyecto permite formular una hipótesis más precisa que la afirmación general según la cual la intervención arquitectónica habría sustituido a la restauración como respuesta privilegiada frente a la arquitectura del pasado. No resulta equivalente afirmar que la intervención constituye una alternativa teórica a la restauración clásica y sostener que la ha desplazado como paradigma dominante. El caso vienés plantea un problema diferente: el valor patrimonial de una construcción heredada puede depender menos de la conservación integral de su configuración material que de la permanencia de determinadas relaciones tipológicas, constructivas y urbanas capaces de admitir transformaciones sucesivas sin perder su legibilidad histórica. Desde esta perspectiva, intervenir sobre una preexistencia exige determinar qué niveles de la construcción poseen capacidad para sostener la identidad del conjunto y cuáles pueden ser sustituidos, eliminados o reorganizados.
La categoría de preexistencia permite precisar este problema. No designa aquí un objeto monumental delimitado ni equivale al concepto de patrimonio, sino una condición material en la que coexisten temporalidades superpuestas: edificio historicista, ampliaciones posteriores, estructura de posguerra, modificaciones funcionales y programa contemporáneo. El proyecto de Tschapeller opera precisamente sobre esa condición estratificada, diferenciando elementos según su capacidad para participar en una nueva organización espacial. El análisis reconstruye primero la genealogía teórica que permite considerar la preexistencia como materia de proyecto y no únicamente como objeto de tutela; examina después el contexto urbano y arquitectónico de la manzana vienesa; analiza las tres operaciones centrales del proyecto, demolición selectiva, sustracción estructural y organización del sistema de vacíos, en sus dimensiones urbana, arquitectónica y patrimonial; y aborda finalmente las objeciones que esta operación plantea desde una perspectiva conservacionista.

De la restauración a la preexistencia: una genealogía crítica
La noción de patrimonio arquitectónico constituye una construcción histórica propia de la modernidad europea. Choay (2007) ha mostrado que el concepto de «monumento histórico» adquirió una definición específica a partir de la Revolución Francesa, cuando la destrucción de bienes eclesiásticos y aristocráticos hizo necesario establecer criterios para distinguir aquello que debía preservarse como testimonio de la memoria colectiva de aquello cuya desaparición podía asumirse sin una pérdida cultural significativa. La formulación del problema patrimonial introdujo, desde su origen, una serie de interrogantes que todavía estructuran la práctica de la conservación: qué elementos poseen valor, qué puede reconstruirse, cómo se distinguen las distintas temporalidades de una obra y qué hacer cuando los valores atribuidos a una misma construcción entran en conflicto.
Resulta más productivo organizar esta genealogía a partir de esos problemas que mediante una sucesión estrictamente cronológica de autores. Cada posición modifica el alcance de la anterior y desplaza progresivamente la discusión desde la autenticidad material hacia la interpretación, el uso y la transformación de la arquitectura existente.
¿Qué merece conservarse? Ruskin (2000 [1849]), en Las siete lámparas de la arquitectura, defendió la autenticidad material de la arquitectura antigua como condición fundamental de su valor histórico. La pátina y las huellas acumuladas por el tiempo constituían, para el autor, testimonios irreemplazables de la vida del edificio. Desde esta posición, la restitución estilística implicaba una alteración sustancial de la materia histórica, porque sustituía la evidencia de su envejecimiento por una imagen reconstruida.
¿Qué puede reconstruirse? Viollet-le-Duc (2007 [1866]) formuló una posición distinta al entender la restauración como restitución de un estado coherente del edificio, incluso cuando ese estado no hubiera existido nunca de manera efectiva. La unidad estilística podía, por tanto, justificar la reconstrucción de elementos ausentes o la modificación de partes existentes. El edificio se interpretaba como un sistema formal susceptible de recuperar una integridad proyectada retrospectivamente.
¿Cómo distinguir lo antiguo de lo añadido cuando ambas posiciones resultan insuficientes? Boito (1893) propuso una posición intermedia basada en la diferenciación entre la fábrica histórica y las intervenciones posteriores. La nueva construcción podía integrarse al edificio siempre que su condición contemporánea resultara reconocible mediante recursos materiales y formales, acompañados por una documentación rigurosa de las operaciones realizadas. La intervención adquiría así una dimensión crítica: conservar implicaba también hacer legible la sucesión temporal de la obra.
¿Qué valores entran en conflicto dentro de una misma construcción? Riegl (1987 [1903]) desplazó la discusión desde la autenticidad material hacia los valores atribuidos socialmente al monumento. Su clasificación entre valor de antigüedad, histórico, de uso y artístico permitió comprender la conservación como un campo de decisiones en el que diferentes criterios pueden entrar en tensión. La importancia de una construcción ya no dependía exclusivamente de sus características formales o de su antigüedad, sino también de las relaciones sociales y perceptivas mediante las cuales una época determinada reconoce su valor.
¿Cómo se interviene sobre una obra transformada por el tiempo? Brandi (1988 [1963]) formuló la restauración como un acto crítico sobre una obra recibida en un estado necesariamente fragmentario. Restaurar no significa recuperar materialmente un pasado íntegro, sino interpretar las huellas que ese pasado ha dejado en la obra desde una conciencia histórica contemporánea. La consecuencia es significativa: si toda restauración supone una lectura de la materia existente, la oposición estricta entre conservar y transformar pierde parte de su capacidad explicativa. La Carta de Venecia de 1964 sintetizó posteriormente una serie de principios asociados con la mínima intervención, la reversibilidad y la distinguibilidad de las adiciones (ICOMOS 1964). Sin embargo, su aplicación a conjuntos urbanos compuestos por estratos heterogéneos mostró las dificultades de trasladar estos principios a edificios cuya significación no se concentra en una única fase histórica.
¿Puede proyectarse sobre la preexistencia o solo tutelarla? Ignasi de Solà-Morales planteó en 1982 un cambio decisivo al sostener que la arquitectura contemporánea debía asumir una posición proyectual frente a la arquitectura histórica, en lugar de limitarse a una actitud de protección. La intervención constituía, según su formulación, una manera «específicamente arquitectónica» de responder ante la preexistencia (Solà-Morales 1982, 26-31). El edificio antiguo dejaba así de entenderse exclusivamente como objeto de tutela para convertirse en materia de proyecto. En un trabajo posterior, Solà-Morales (2006) distinguió entre respuestas basadas en el contraste y aquellas sustentadas en la analogía, defendiendo una relación entre arquitectura contemporánea y contexto histórico que no dependiera de la imitación formal. La nueva intervención podía mantener una temporalidad propia y establecer, desde ella, una relación crítica con lo existente.
¿Cómo se transforma un edificio sin perder su lógica interna? Moneo (2004) ha señalado que toda construcción posee una lógica específica, constituida por relaciones estructurales, tipológicas y materiales que deben ser identificadas antes de intervenir. La transformación adquiere consistencia cuando deriva de esa lectura y no de la aplicación de una forma independiente del edificio existente. Fred Scott (2008), en On Altering Architecture, sistematiza las operaciones que intervienen en la modificación de edificios existentes, entre ellas la adición, la sustracción, la inserción y el revestimiento, y las considera procedimientos con una lógica formal y constructiva propia. La alteración deja así de constituir una operación secundaria respecto del proyecto de nueva planta y pasa a conformar un campo específico de la disciplina.
Rodolfo Machado (1976) había formulado ya en la década de 1970 la imagen del edificio existente como un palimpsesto, es decir, como una superficie sobre la que se acumulan sucesivas capas de uso y transformación. Esta concepción resulta particularmente pertinente para el caso vienés, donde varias construcciones y modificaciones se superponen sobre una misma estructura urbana. La preexistencia puede entenderse, por tanto, como una condición estratificada cuya continuidad no depende necesariamente de la conservación integral de cada capa, sino de la identificación de aquellas relaciones capaces de mantener la coherencia espacial, constructiva y urbana del conjunto.
Plevoets y Van Cleempoel (2019) han sistematizado posteriormente el campo de la reutilización adaptativa como ámbito disciplinar específico, mientras que Otero-Pailos (2010) ha estudiado el desplazamiento producido por la fenomenología de posguerra desde una concepción objetivista de la autenticidad hacia una atención creciente a la experiencia del espacio histórico. Ambas aproximaciones amplían el problema: la conservación ya no se define únicamente por la permanencia física de la materia, sino también por las condiciones de uso, percepción y continuidad espacial que permiten que una construcción histórica siga operando en el presente. En este marco, la preexistencia se convierte en una materia proyectual compleja, cuya transformación requiere establecer relaciones precisas entre permanencia, sustitución y nueva configuración espacial.




El contexto vienés: cuatro temporalidades en una misma manzana
La comprensión del caso exige situarlo con precisión en el Ringstrasse, cuya construcción entre 1860 y 1890 constituye uno de los episodios centrales del urbanismo historicista europeo. Schorske (1981) ha mostrado cómo el bulevar vienés se configuró como una secuencia de lenguajes históricos, entre ellos el neogótico, el neorrenacentista y el neobarroco, aplicados a edificios institucionales cuya expresión arquitectónica debía establecer una relación entre forma, función y genealogía cultural. La manzana ocupada por la universidad y el museo participa de esta lógica, aunque presenta una condición temporal más compleja: en ella coexisten cuatro estratos constructivos.
La Ferstel Bau pertenece al período fundacional del historicismo, con el museo construido en 1871 y la escuela de artes y oficios incorporada en 1877. La ampliación de Ludwig Baumann de 1908 prolonga esa configuración sobre el mismo predio. En 1965, la Wörle-Schwanzer Bau introduce una estructura reticular vinculada al movimiento moderno tardío, organizada originalmente en tres crujías: dos bandas destinadas a aulas y talleres, flanqueando una banda central de circulaciones. A este conjunto se incorporan posteriormente las intervenciones de Noever y Müller sobre el museo, que constituyen un cuarto estrato de transformación. El proyecto de Tschapeller puede entenderse, en este contexto, como una continuación crítica de las decisiones arquitectónicas de Wörle y Schwanzer, llevadas hacia una configuración espacial que aquellos autores no habían desarrollado.
Esta condición desplaza la lectura del proyecto desde la oposición genérica entre arquitectura historicista y arquitectura moderna hacia una intervención específica sobre la lógica constructiva de la Wörle-Schwanzer Bau. El problema no reside, por tanto, en resolver la coexistencia de dos lenguajes arquitectónicos, sino en determinar qué relaciones entre las distintas edificaciones permiten mantener la coherencia urbana de la manzana. El diagnóstico de Tschapeller parte de que la intención urbana inicial, basada en la autonomía visual de cada edificio dentro del bloque, había quedado parcialmente alterada por sucesivas adiciones a nivel de planta baja. Entre ellas, el volumen construido por Wörle y Schwanzer para establecer una conexión funcional entre las distintas fábricas adquirió una incidencia particular, tanto sobre la lectura urbana del conjunto como sobre la autonomía formal de los edificios existentes.
Aldo Rossi (1971) señaló que la permanencia de los artefactos urbanos a través del tiempo no implica necesariamente su estabilidad funcional. Una construcción puede incorporar nuevos usos y transformaciones mientras conserva determinadas relaciones tipológicas, estructurales y urbanas que contribuyen a la memoria colectiva de la ciudad. La permanencia adquiere así un sentido distinto de la conservación literal: designa la continuidad de una estructura capaz de admitir modificaciones sin perder su legibilidad. Esta noción permite comprender la selección operada por Tschapeller entre los distintos estratos de la manzana. La intervención no trata todas las partes existentes como equivalentes, sino que establece una jerarquía entre aquellas que deben permanecer y aquellas cuya eliminación permite recuperar relaciones espaciales consideradas fundamentales.
Demoler para conservar: restitución y sustracción arquitectónica
La primera operación de Tschapeller consiste en eliminar el volumen de enlace y reconstruir las partes de la Ferstel Bau y de la Wörle-Schwanzer Bau afectadas por su incorporación. La operación combina demolición y reconstrucción para recuperar la autonomía espacial de los edificios que habían quedado vinculados por la adición de posguerra. No se trata, por tanto, de reconstruir un estado histórico completo, sino de restablecer una relación urbana específica mediante la eliminación de una pieza posterior. La demolición adquiere aquí una función conservativa: al retirar una parte de la construcción existente, permite recuperar la legibilidad de otras preexistencias.
La segunda operación se desarrolla en el interior de la Wörle-Schwanzer Bau y constituye el núcleo de la intervención. Tschapeller elimina los muros divisorios y desplaza los núcleos de escaleras y ascensores hacia el exterior de la envolvente, dejando expuesta la retícula estructural de columnas y losas. La operación modifica de manera sustancial la organización espacial del edificio. La disposición original en tres crujías se transforma en una configuración de dos, mientras que los elementos de circulación vertical dejan de ocupar la banda central y adquieren autonomía respecto de la trama estructural.
Esta reorganización convierte la circulación en un componente espacial independiente. Los núcleos verticales existentes se reformulan como dos cuerpos autónomos y exentos, a los que se incorpora una tercera figura: el Broadway. Esta escalera diagonal atraviesa la retícula en lugar de inscribirse dentro de una banda de circulación convencional. Su presencia introduce una dirección espacial distinta de la ortogonalidad dominante de la estructura y establece una relación directa entre los niveles del edificio y el sistema general de vacíos del conjunto.
La operación puede interpretarse como una conservación por sustracción. Lo que permanece no es la distribución interior, susceptible de modificarse en función de las necesidades programáticas, sino la estructura resistente, considerada como uno de los componentes más estables de la arquitectura de posguerra. Carbonara (1997) ha señalado que la conservación del patrimonio del siglo XX requiere criterios específicos, debido a que en numerosos edificios modernos el valor arquitectónico se concentra en la relación entre estructura, materialidad, planta y envolvente, antes que en una dimensión ornamental comparable a la de la arquitectura monumental tradicional.
En la Wörle-Schwanzer Bau, esta condición resulta particularmente evidente. La eliminación de particiones no equivale simplemente a liberar superficie disponible. La retícula estructural pasa a desempeñar simultáneamente funciones resistentes, espaciales, perceptivas y programáticas. Columnas y losas dejan de percibirse exclusivamente como componentes técnicos y adquieren una presencia directa en la configuración del espacio. La estructura se convierte, de este modo, en uno de los principales instrumentos de lectura arquitectónica del edificio transformado.
El paso de tres crujías a dos introduce, sin embargo, una tensión que resulta necesario conservar en el análisis. La intervención no se limita a despejar la planta, sino que modifica la organización tipológica original para mantener aquello que considera estructuralmente determinante. Se conserva la estructura al mismo tiempo que se altera la tipología. Esta relación plantea una cuestión central para la arquitectura de transformación: ¿hasta qué punto puede modificarse la configuración tipológica de una obra moderna sin que deje de reconocerse como la misma obra?
La taxonomía de valores propuesta por Riegl (1987) permite interpretar esta operación como una redistribución de valores. La alteración de la banda central supone una pérdida del valor asociado a la configuración histórica de la planta, mientras que el valor de uso se adapta a nuevas condiciones programáticas y el valor artístico puede desplazarse hacia la expresión de la lógica estructural. Desde la perspectiva de Moneo (2004), la decisión resulta coherente si se considera que la estructura constituye uno de los componentes fundamentales de la lógica interna del edificio. Scott (2008), por su parte, proporciona una categoría operativa precisa para describirla: la sustracción como procedimiento de transformación arquitectónica.
El edificio moderno se conserva, en consecuencia, mediante una selección de sus componentes y no mediante la restitución integral de su configuración original. La permanencia de la obra se vincula a la continuidad de su sistema estructural, mientras que la planta, los núcleos de circulación y las relaciones programáticas quedan disponibles para una nueva organización espacial. La intervención redefine así qué significa conservar una arquitectura moderna: no necesariamente mantener intacta su forma, sino identificar las relaciones constructivas y espaciales capaces de sostener su identidad bajo nuevas condiciones de uso.




Broadway, plaza y jardín: una nueva estructura de vacíos
La escalera diagonal conocida como «Broadway» constituye el elemento más singular de la propuesta y concentra buena parte de sus implicaciones programáticas. Su lectura puede organizarse a partir de una pregunta precisa: ¿qué sucede cuando la circulación deja de funcionar como espacio residual, subordinado a los ámbitos definidos por el programa, y adquiere el carácter de infraestructura institucional? El proyecto ofrece una respuesta concreta. Una vez liberada la retícula de columnas y losas y desplazados hacia el exterior los núcleos de ascensores y escaleras de emergencia, el Broadway atraviesa diagonalmente la planta ortogonal de la Wörle-Schwanzer Bau, conecta sus distintos niveles y articula los diecisiete estudios que integran la universidad.
La diagonal introduce una dirección espacial que no coincide con ninguna de las líneas dominantes de la estructura. Cada tramo atraviesa la retícula con una orientación diferente respecto de las crujías que encuentra en su recorrido, produciendo una tensión geométrica entre la regularidad cartesiana de la estructura y la trayectoria continua de la circulación. El desplazamiento cotidiano deja así de constituir una operación exclusivamente funcional y adquiere una dimensión colectiva: el recorrido atraviesa áreas vinculadas con distintas disciplinas y establece condiciones para encuentros que no dependen de una programación específica.
La noción de espacio «intermedio» o «articulador» desarrollada por Hertzberger (1991) ofrece un marco adecuado para interpretar esta condición. El umbral, el pasillo ensanchado o la escalera ampliada pueden adquirir una capacidad de permanencia y encuentro que la circulación estrictamente funcional suele excluir. En el proyecto vienés, este principio alcanza una escala mayor: el Broadway se convierte en el espacio de circulación más caracterizado del edificio y organiza una parte sustancial de las relaciones entre los diferentes niveles y ámbitos de trabajo.
Esta concepción también puede relacionarse con la arquitectura entendida por Cedric Price como una estructura capaz de admitir usos y comportamientos variables. Mathews (2007), al estudiar el proyecto no construido del Fun Palace, ha señalado precisamente la importancia de una infraestructura que no determine de antemano todas las formas de ocupación. En la Wörle-Schwanzer Bau, la retícula estructural liberada y atravesada por el Broadway configura un campo espacial abierto a diferentes apropiaciones. La estructura establece las condiciones físicas, mientras que el uso determina en cada momento las formas concretas de interacción.
Tschumi (1996) permite completar esta lectura al considerar la relación entre espacio, movimiento y acontecimiento. Desde esta perspectiva, la circulación deja de ser un mecanismo neutro de conexión entre recintos y adquiere capacidad para producir situaciones arquitectónicas. Las tres referencias pueden entenderse, por tanto, como aproximaciones sucesivas a un mismo problema: Hertzberger permite identificar la condición intermedia de la circulación, Mathews su capacidad de admitir comportamientos no completamente predeterminados y Tschumi su dimensión como soporte de acontecimientos espaciales. La arquitectura del Broadway se comprende así a partir de la operación concreta que lo produce y de las relaciones espaciales que esa operación genera.
El Broadway, sin embargo, forma parte de un sistema más amplio de vacíos. La propuesta se organiza mediante tres dispositivos complementarios: la plaza interior, el jardín y la escalera diagonal. La plaza establece la conexión entre la Ferstel Bau y la Wörle-Schwanzer Bau y funciona como espacio de acceso, representación y encuentro; el jardín vincula los edificios de la universidad con los del museo y configura un ámbito exterior de estancia, con una condición espacial más pausada; el Broadway articula verticalmente la universidad mediante un recorrido continuo que combina circulación e intercambio.
Los tres dispositivos comparten una condición fundamental: ninguno constituye un espacio residual producido entre volúmenes previamente definidos. Cada uno posee una configuración espacial específica y participa activamente en la organización del conjunto. Considerados de manera conjunta, permiten interpretar la intervención como una reorganización del sistema de vacíos de la manzana. La sustracción practicada sobre la estructura de la Wörle-Schwanzer Bau encuentra su contraparte en la construcción de nuevos espacios de relación. El proyecto transforma, simultáneamente, la materia construida y los intervalos que la articulan.
Tres escalas para interpretar una intervención sobre la preexistencia
Las operaciones descritas adquieren significados diferentes según la escala desde la que se analicen. Su particularidad reside precisamente en que cada una produce efectos urbanos, arquitectónicos y patrimoniales de manera simultánea. La demolición del volumen de enlace, por ejemplo, restituye a escala urbana la autonomía visual de los edificios que componen la manzana; a escala arquitectónica, elimina una pieza construida y reconstruye las partes de las fábricas históricas afectadas por su inserción; a escala patrimonial, suprime un estrato material de la evolución del conjunto y plantea, por tanto, una cuestión relativa a la conservación de las huellas de la transformación.
La sustracción de tabiques y núcleos de circulación presenta una condición equivalente. A escala urbana, libera superficies que pueden relacionarse directamente con el nuevo sistema de vacíos; a escala arquitectónica, expone la retícula de columnas y losas y la convierte en principio de organización espacial; a escala patrimonial, privilegia la permanencia de la lógica estructural de la Wörle-Schwanzer Bau sobre la conservación de su distribución interior original. La operación establece así una jerarquía entre los distintos componentes de la obra moderna.
El sistema formado por Broadway, plaza y jardín opera también en las tres escalas. En el ámbito urbano, permite leer la manzana como un conjunto articulado por espacios de relación; en el arquitectónico, transforma la circulación y los vacíos en componentes activos de la organización espacial; en el patrimonial, incorpora una temporalidad contemporánea que se superpone a las construcciones existentes sin eliminar su autonomía formal.
Esta simultaneidad impide reducir el proyecto a una operación de demolición parcial seguida por la incorporación de una arquitectura nueva. La intervención modifica materia, estructura, circulación y espacio abierto mediante operaciones que afectan diferentes niveles de la preexistencia. Su unidad reside precisamente en esa articulación: cada decisión sobre lo construido produce una consecuencia sobre el vacío, cada modificación espacial redefine la relación entre los edificios y cada eliminación material establece una nueva lectura de la historia constructiva del conjunto.


Recepción crítica y límites de la transformación patrimonial
La propuesta se inscribe en un debate contemporáneo más amplio sobre los límites de la preservación en la ciudad europea. Koolhaas, Otero-Pailos y Rasmussen (2014), en la investigación colectiva Preservation Is Overtaking Us, han señalado la expansión del territorio sometido a protección patrimonial durante las últimas décadas y han planteado la necesidad de revisar los criterios mediante los cuales se determina qué construcciones, fragmentos urbanos o estratos históricos requieren conservación. El problema no reside únicamente en la cantidad de bienes protegidos, sino en las consecuencias espaciales y operativas que produce una concepción extensiva de la preservación sobre ciudades sometidas a transformaciones continuas. Esta posición converge parcialmente con la formulada por Solà-Morales (1982): una concepción de la protección basada exclusivamente en la tutela resulta insuficiente cuando la arquitectura histórica debe integrarse en procesos contemporáneos de proyecto.
Esta convergencia, sin embargo, no permite cerrar el problema. La posición contraria puede formularse con igual rigor: el volumen de enlace, aun cuando los proyectistas lo considerasen incompatible con la organización urbana que buscaban recuperar, constituía un documento material de una etapa determinada en la evolución del campus. Su desaparición elimina un estrato completo de la historia constructiva del conjunto. Desde la perspectiva de Riegl (1987), esta pérdida puede relacionarse con el valor de antigüedad, cuya existencia no depende necesariamente de la calidad estética atribuida a una obra ni de la valoración que una época haga de ella. La transformación arquitectónica, por tanto, puede producir simultáneamente una recuperación espacial y una pérdida documental.
La documentación disponible sobre el concurso presenta, además, una limitación relevante. No permite reconstruir con suficiente precisión un debate público o patrimonial en torno a la eliminación del volumen de enlace, ni establecer a partir de la bibliografía consultada si existieron objeciones formales durante el concurso o resistencias institucionales durante la ejecución. La argumentación publicada sobre el proyecto aparece principalmente formulada desde su lógica arquitectónica. Esta condición no invalida la intervención, pero limita la posibilidad de evaluar de manera completa el proceso mediante el cual se determinaron los valores patrimoniales en conflicto.
La ausencia de una controversia documentada también plantea una cuestión metodológica. La legitimidad conceptual de intervenir sobre una preexistencia, respaldada por la tradición teórica de Solà-Morales, no puede sustituir por sí misma los procesos de deliberación propios de la tutela patrimonial. El problema central no consiste, entonces, en establecer una oposición general entre restauración e intervención, sino en determinar cómo se ponderan dos valores que pueden ser simultáneamente legítimos y, en determinados casos, incompatibles: el valor arquitectónico de una transformación y el valor documental de aquello que esa transformación elimina.
El proyecto de Tschapeller no resuelve esta tensión. Su interés reside precisamente en hacerla visible. La operación demuestra que una intervención puede recuperar determinadas relaciones urbanas y estructurales mediante la eliminación de materia histórica, pero también que toda selección de los estratos que deben permanecer implica una interpretación de la historia del edificio.


Conclusión: el patrimonio entendido como capacidad de transformación
El análisis de la ampliación de la Universidad de Artes Aplicadas de Viena permite formular una hipótesis más precisa que la idea de un desplazamiento general de la restauración por la intervención arquitectónica. En determinados conjuntos estratificados, el patrimonio puede entenderse como la permanencia de una estructura de identidad capaz de admitir transformaciones sucesivas sin perder las relaciones que permiten reconocerla. El caso vienés permite observar esta condición mediante tres operaciones articuladas: la demolición del volumen de enlace para recuperar determinadas relaciones urbanas; la sustracción de elementos interiores para hacer visible la lógica estructural de la Wörle-Schwanzer Bau; y la incorporación de un sistema de vacíos, compuesto por plaza, jardín y Broadway, destinado a reorganizar las relaciones espaciales y programáticas del conjunto.
Estas operaciones no conservan la totalidad de las configuraciones heredadas. Seleccionan. La primera recupera una condición urbana mediante la eliminación de una adición posterior; la segunda modifica radicalmente la organización interior para mantener la retícula estructural; la tercera incorpora una temporalidad contemporánea mediante nuevos espacios de circulación, encuentro y estancia. La continuidad del conjunto depende, por tanto, de una combinación entre permanencia y transformación.
Esta hipótesis encuentra, sin embargo, un límite fundamental: reconocer la capacidad de transformación como componente del valor patrimonial no elimina la necesidad de determinar qué se pierde en cada operación. La demolición selectiva implica siempre una pérdida material y documental, incluso cuando permite recuperar una relación espacial considerada arquitectónicamente relevante. Del mismo modo, conservar la estructura de un edificio moderno mientras se modifica su tipología supone establecer una jerarquía entre sus distintos componentes históricos. La intervención patrimonial requiere, en consecuencia, una lectura crítica capaz de reconocer tanto los valores que la transformación preserva como aquellos que necesariamente sacrifica.
Desde esta perspectiva, los criterios derivados de la tradición normativa de la Carta de Venecia requieren una reconsideración cuando se aplican a conjuntos estratificados y a edificios modernos cuya significación depende de relaciones estructurales, tipológicas y espaciales. La cuestión no consiste en abandonar los principios de conservación, sino en ampliar el campo de aquello que se considera susceptible de conservación. La formación arquitectónica también puede incorporar esta discusión con mayor intensidad, integrando los problemas de restauración, reutilización y transformación dentro del proceso general de proyecto.
El edificio patrimonial no tendría así que definirse únicamente por su capacidad para mantener intacta una configuración material. También puede valorarse por la capacidad de determinadas estructuras, relaciones espaciales y sistemas constructivos para admitir nuevas configuraciones sin perder su legibilidad histórica. El caso vienés muestra que esa continuidad no se alcanza mediante la ausencia de transformación, sino mediante una selección crítica de aquello que debe permanecer para que cada nueva intervención pueda leerse como una nueva fase de una historia constructiva todavía abierta.
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