Gardinetti, Marcelo
Arquitecto, Editor de Tecnne · La Plata, Argentina
Resumen
Se analizan tres obras que materializan los postulados teóricos del grupo, atendiendo a su resolución constructiva, su configuración volumétrica y su relación con el contexto inmediato. Los Ateliers de Suipacha y Paraguay (1938–1939) se examinan a partir de su sistema de fachada industrializada y del empleo de bóvedas catalanas en la cobertura. La articulación entre un frente modulable, asociado a lógicas de producción seriada, y una solución estructural de tradición artesanal configura un dispositivo híbrido, en el que coexisten distintos registros técnicos dentro de una misma operación proyectual. El edificio de Virrey del Pino 2446 (1941–1944) introduce una relación específica entre volumen construido y vegetación. La incorporación de eucaliptos en el perímetro inmediato incide en la percepción del conjunto y en la definición de su envolvente, estableciendo una interacción entre masa edificada y elementos naturales que redefine los límites de la parcela y la lectura de la fachada. El Sillón BKF (1938–1940) se aborda como objeto que condensa una reflexión sobre la producción industrial y la cultura material. Su estructura ligera, basada en un armazón metálico y una superficie continua de apoyo, sintetiza criterios de economía de medios, desmontabilidad y adaptación, trasladando al diseño de mobiliario principios que atraviesan la producción arquitectónica del grupo.
Palabras clave: Ateliers Suipacha y Paraguay, Virrey del Pino 2446, Sillón BKF, Bonet, Ferrari Hardoy, Kurchan, materialización proyectual.
Serie El Grupo Austral · Entrega 04
Aunque Austral no produjo obras colectivas en sentido estricto, diversos proyectos desarrollados por sus integrantes —de manera individual o en asociaciones parciales— permiten reconocer la traducción de sus postulados teóricos en configuraciones espaciales concretas. Estas obras funcionan como instancias de verificación, en las que conceptos formulados en el plano discursivo se materializan a través de decisiones tipológicas, constructivas y de implantación.
El análisis comparativo de estos casos permite identificar recurrencias en el uso de la modulación, la organización del volumen, la relación entre llenos y vacíos y la articulación entre edificio y soporte urbano o territorial. Al mismo tiempo, pone en evidencia variaciones significativas en la interpretación de estos principios, vinculadas tanto a las trayectorias individuales como a las condiciones específicas de cada encargo. En este cruce se delinean convergencias operativas —en torno a la racionalización del proyecto y la ampliación del programa— y divergencias en la incorporación de dimensiones simbólicas o contextuales.
Este conjunto de obras constituye, por lo tanto, un campo de análisis que permite evaluar el grado de transferencia entre formulación teórica y procedimiento proyectual. A través de ellas se observa cómo los principios enunciados en el manifiesto se traducen —con distintos niveles de consistencia— en operaciones verificables, al tiempo que se hacen visibles los límites y ajustes que impone la práctica profesional sobre el marco conceptual del grupo.
Ateliers de Suipacha y Paraguay (1938–1939)
Los Ateliers de Suipacha y Paraguay, proyectados por Antonio Bonet, Horacio Vera Barros y Abel López Chas, constituyen una de las primeras instancias de materialización de los postulados de Austral. El programa se organiza mediante siete estudios para artistas ubicados en las dos plantas superiores y cuatro locales comerciales en planta baja. La circulación posterior, abierta hacia un patio de dimensiones reducidas, estructura el conjunto: cinco unidades se orientan hacia la calle Suipacha, una hacia Paraguay, mientras que el atelier de esquina se resuelve mediante un frente curvo. En la terraza, dos estudios cubiertos con bóvedas catalanas de hormigón armado completan la composición volumétrica (Liernur y Pschepiurca, 2004).
La fachada se resuelve como un sistema ensamblado de componentes industrializados —perfiles de acero, chapas metálicas, mallas y paños de vidrio con distintos grados de transparencia y curvatura— organizados según una lógica de montaje en seco. Este procedimiento enfatiza la autonomía relativa de cada elemento dentro del sistema constructivo. La materialidad seriada se contrapone con las bóvedas del nivel superior, ejecutadas mediante técnicas de tradición mediterránea. La coexistencia de ambos registros introduce una tensión que remite a la superposición de sistemas constructivos y a la articulación de saberes técnicos diferenciados, en línea con procedimientos asociados a la estética surrealista (Liernur, 1994).
El tratamiento del plano de fachada mediante el uso extensivo del vidrio introduce una operación significativa en el contexto local. A diferencia de las envolventes opacas predominantes en la arquitectura moderna argentina de la época, el frente se concibe como un diafragma técnico que regula la relación entre interior y exterior. Esta condición disuelve la noción de fachada como plano autónomo, estableciendo una continuidad espacial basada en la transparencia y en la modulación de cerramientos. La obra establece una relación directa con el edificio de la Rue Molitor de Le Corbusier, en cuyo desarrollo participó Bonet. Sin embargo, la transformación del balcón saliente en un sistema de parasoles giratorios de accionamiento eléctrico introduce una adaptación precisa a las condiciones climáticas y programáticas locales, evidenciando un proceso de reinterpretación más que de transferencia directa (Liernur y Pschepiurca, 2004).
Edificio de Virrey del Pino 2446 (1941–1944)
El edificio de Virrey del Pino 2446, proyectado por Jorge Ferrari Hardoy y Juan Kurchan, desarrolla una investigación precisa sobre la relación entre estructura arquitectónica y entorno inmediato. El programa presenta una configuración tipológica poco frecuente: 16 unidades de monoambiente de 34 m², ocho departamentos de dos ambientes de 52 m² y tres dúplex de 111 m², complementados por dos penthouses. La planta baja integra lobby, portería, lavandería y restaurante, junto con un sistema de carritos térmicos destinado a la distribución de alimentos hacia las unidades. Este dispositivo remite a modelos de servicios centralizados próximos a la Unité d’Habitation, aunque en una escala significativamente menor (Liernur y Pschepiurca, 2004).
La operación de implantación define la lógica del proyecto. El volumen se dispone longitudinalmente sobre la línea de fondo del lote, posibilitado por una excepción normativa, y libera el frente para la conformación de un jardín. Esta decisión introduce una alteración en la continuidad del damero, al reemplazar la ocupación perimetral por una relación directa entre vacío y espacio público. El edificio se concibe como un fragmento de los redents destinados a sustituir el tejido tradicional, planteando la posibilidad de una transformación progresiva del sistema urbano mediante intervenciones puntuales (Liernur y Pschepiurca, 2004). En este sentido, la referencia tipológica se aproxima más al High Point Number II del grupo Tecton que a los modelos corbusieranos.
La incorporación de tres eucaliptos en el interior del volumen de hormigón constituye la operación central en términos espaciales y perceptivos. La relación entre masa construida y elemento vegetal se establece mediante un ajuste recíproco: la estructura se pliega y modula en función de los troncos, mientras estos atraviesan el edificio como elementos verticales activos. La presencia de los árboles introduce una doble condición. Por un lado, fija un elemento orgánico dentro de un sistema constructivo rígido, produciendo una tensión entre naturaleza y artificio. Por otro, incorpora una dimensión temporal al conjunto, ya que el crecimiento y movimiento de la vegetación alteran la percepción estática del volumen, en una lógica comparable a los dispositivos cinéticos de Alexander Calder (Liernur, 1994).
La elección del eucalipto resulta significativa: se trata de una especie no autóctona, cuya presencia remite a procesos de introducción y adaptación en el paisaje local. En este sentido, la operación no conserva naturaleza en estado original, sino que trabaja sobre una construcción cultural del paisaje. El árbol se incorpora como elemento cargado de historicidad, desplazando su lectura desde el registro natural hacia una dimensión simbólica vinculada a la transformación del territorio (Liernur y Pschepiurca, 2004).
Sillón BKF (1938–1940)
El Sillón BKF, desarrollado por Antonio Bonet, Juan Kurchan y Jorge Ferrari Hardoy como parte del equipamiento del atelier de esquina en los Ateliers de Suipacha y Paraguay, constituye un objeto en el que convergen dimensiones estéticas y productivas. Deriva tipológicamente de la silla Tripolina —de origen inglés y uso militar—, pero introduce una transformación decisiva: sustituye la estructura plegable de madera por un armazón fijo de acero, resuelto mediante cuatro barras entrecruzadas que sostienen una pieza continua de cuero. Este pasaje de un sistema transformable a uno estático implica una redefinición del objeto en términos formales y estructurales, en la que la estabilidad se convierte en principio organizador (Liernur y Pschepiurca, 2004).
La modificación material conlleva una reformulación geométrica. Los encuentros angulares se resuelven mediante curvaturas continuas, generando una superficie tensada que distribuye las cargas por tracción. La pieza prescinde de frontalidad y jerarquías compositivas, configurándose como un volumen autónomo cuyo equilibrio deriva de la interacción entre estructura portante y superficie flexible. La combinación de acero y cuero articula dos lógicas productivas diferenciadas —industrial y artesanal—, estableciendo una relación que remite a los contrastes materiales explorados por Austral (Liernur, 1994). Esta articulación no se limita a un efecto compositivo, sino que expresa una posición respecto de la integración entre técnica moderna y cultura material.
El sillón obtuvo en 1940 el Primer Premio en el 3° Salón de Artistas Decoradores y fue incorporado al año siguiente a la colección del Museo de Arte Moderno de Nueva York, a partir de la gestión de Elliot Noyes, sugerida por Edgar Kaufmann Jr. (Liernur y Pschepiurca, 2004). Su difusión internacional bajo diversas denominaciones —Hardoy Chair, BKF, Butterfly, entre otras— dio lugar a una producción masiva que amplificó su alcance en el mercado global. Sigfried Giedion lo incorporó posteriormente a la categoría de «Nuevo Regionalismo» en A Decade of Contemporary Architecture (1954), interpretándolo como un caso de articulación entre técnicas modernas y tradiciones constructivas (Liernur y Pschepiurca, 2004). Esta lectura se inscribe en el marco teórico del contexto norteamericano de posguerra y no coincide necesariamente con los fundamentos conceptuales que orientaron su desarrollo original.