Gardinetti, Marcelo
Arquitecto, Editor de Tecnne · La Plata, Argentina
Resumen
La Casa Slegers representa una etapa de madurez en la trayectoria de Gerrit Rietveld y evidencia una reformulación crítica de los principios neoplásticos desarrollados durante las décadas anteriores. La vivienda abandona la fragmentación bidimensional de planos característica de la Casa Schröder y adopta una composición basada en volúmenes autónomos articulados horizontalmente sobre una parcela irregular en Velp. La organización espacial responde a las condiciones topográficas, a la presencia del paisaje vegetal y a las necesidades específicas del estudio del artista Piet Slegers. La materialidad adquiere un papel central mediante el uso de ladrillo oscuro, superficies retranqueadas y grandes paños acristalados que regulan la relación entre opacidad, transparencia y percepción lumínica. La modulación estructural y la disposición de los cuerpos construyen una espacialidad continua orientada a integrar interior y entorno natural. La obra evidencia el desplazamiento de Rietveld hacia una arquitectura más tectónica, contextual y vinculada a la experiencia cotidiana del habitar durante la reconstrucción europea de posguerra.
Palabras clave: Gerrit Rietveld, Casa Slegers, neoplasticismo, arquitectura moderna neerlandesa, fragmentación volumétrica.
Del Neoplasticismo a la Consolidación Volumétrica
La trayectoria de Gerrit Rietveld durante la posguerra europea evidencia una transformación progresiva de su lenguaje arquitectónico. La descomposición de planos característica de su etapa neoplástica inicial da paso, en la Casa Slegers, a una composición basada en volúmenes autónomos y cuerpos espaciales claramente definidos. La vivienda abandona la fragmentación bidimensional de obras anteriores para operar mediante relaciones de masa, vacío y articulación material, consolidando una tridimensionalidad de mayor densidad tectónica.
El equilibrio compositivo se organiza a partir de cuerpos diferenciados según su función y jerarquía espacial. En este proceso, la materialidad adquiere un papel estructurante: el contraste entre superficies opacas y paños transparentes reemplaza la dependencia de los códigos cromáticos estrictos empleados en la etapa vinculada a De Stijl. La obra introduce así un desplazamiento disciplinar significativo. La abstracción geométrica continúa presente, aunque subordinada a condiciones de habitabilidad, implantación y uso cotidiano.
La Casa Slegers permite observar cómo Rietveld reformula los principios del neoplasticismo desde una posición más flexible y madura. La autonomía volumétrica sustituye la disolución continua de la envolvente, mientras la masa arquitectónica recupera espesor, peso y presencia física. Esta evolución supone un distanciamiento respecto de la búsqueda de desmaterialización absoluta que caracterizaba parte de su producción de los años veinte. La relación entre lleno y vacío ya no se resuelve mediante la independencia de planos suspendidos, sino a través de una composición de volúmenes interdependientes que construyen profundidad espacial y estabilidad visual.
El periodo comprendido entre 1952 y 1955 resulta decisivo dentro de esta transformación, coincidiendo con el proceso de reconstrucción neerlandesa posterior a la Segunda Guerra Mundial. En ese contexto, la Casa Slegers aparece como una revisión crítica de los postulados iniciales del autor. La vivienda evita una ruptura explícita con el pasado neoplástico y opta por reinterpretar sus principios desde las exigencias concretas del programa y del sitio.
La comparación con la Casa Schröder permite precisar este desplazamiento conceptual. En la obra de Utrecht, la ortogonalidad estricta y la continuidad espacial se desarrollaban mediante una envolvente fragmentada en planos que tendían a extenderse de manera indefinida. En Velp, por el contrario, la arquitectura adquiere una condición más compacta y arraigada al terreno. Los volúmenes reconocen la gravedad y establecen una relación más estable con la superficie sobre la que se implantan.
Durante los años cincuenta, Rietveld sustituye parte de la experimentación plástica radical de su juventud por una investigación centrada en la capacidad del volumen arquitectónico para construir refugio y definir espacialidad habitable. La materia deja de entenderse como un obstáculo para la abstracción y pasa a constituirse como un recurso plástico y compositivo legítimo. Esta transición desde la búsqueda de una espacialidad universal hacia una arquitectura de carácter más táctil y contextual evidencia una reformulación de sus prioridades proyectuales.
La obra manifiesta, además, una atención precisa a las condiciones preexistentes del lugar. La implantación, la disposición de los cuerpos y la relación entre horizontalidad y apoyo territorial revelan una arquitectura que ya no persigue la autonomía absoluta del objeto moderno, sino una integración controlada entre forma construida, programa y entorno físico.

Implantación Territorial y Relación con el Paisaje de Velp
La implantación de la Casa Slegers en el tejido urbano de Velp se encuentra determinada por la geometría irregular de la parcela y por la presencia dominante del entorno vegetal. En contraste con las primeras obras de Gerrit Rietveld, concebidas desde una lógica de autonomía formal y vocación universal, esta vivienda establece una relación directa con las condiciones específicas del sitio. El proyecto abandona la abstracción absoluta para incorporar variables topográficas, visuales y ambientales como componentes activos de la composición arquitectónica.
La organización del conjunto responde a operaciones de escalonamiento y desplazamiento volumétrico que permiten absorber los desniveles naturales del terreno. Los cuerpos edificados se orientan de manera precisa para optimizar la captación de luz natural y controlar las relaciones visuales con el paisaje circundante. Esta disposición introduce una secuencia espacial donde las aperturas, terrazas y retranqueos funcionan como dispositivos de mediación entre interior y exterior.
La relación con la vegetación se construye mediante una gradación espacial que regula la transición entre privacidad doméstica y apertura territorial. La vivienda evita consolidarse como un objeto aislado sobre la parcela; por el contrario, los volúmenes se distribuyen siguiendo la lógica del terreno y establecen continuidades visuales con el entorno inmediato. Las terrazas y plataformas exteriores prolongan las áreas habitables hacia el paisaje, mientras la fragmentación controlada de la masa edificada reduce la percepción de compacidad del conjunto.
La permeabilidad visual constituye uno de los aspectos centrales de la propuesta. La posición de cada volumen, así como la dimensión y orientación de las superficies transparentes, modifica la percepción del espacio exterior y lo incorpora a la experiencia cotidiana de la vivienda. El paisaje deja de operar como fondo contemplativo para integrarse a la organización funcional y espacial del proyecto.
La implantación condiciona, además, la distribución interna del programa. La pendiente, las visuales y la presencia de la vegetación determinan la jerarquía de los espacios y la articulación entre áreas públicas y privadas. La configuración exterior y la organización doméstica forman así un sistema interdependiente, donde la volumetría, la topografía y el uso cotidiano se articulan mediante una lógica compositiva unitaria.

Autonomía Volumétrica y Secuencia Espacial Interior
La organización espacial de la Casa Slegers se estructura mediante tres cuerpos volumétricos diferenciados que operan de forma autónoma dentro de un sistema compositivo unitario. La vivienda distribuye su programa en una secuencia de piezas articuladas horizontalmente, donde cada volumen responde a requerimientos funcionales específicos y adquiere una identidad formal propia.
El cuerpo principal, de planta cuadrada y cubierta inclinada, concentra las áreas de uso social y el estudio del artista. Su posición y dimensión establecen la jerarquía general del conjunto. La mayor altura libre de este volumen, junto con la disposición precisa de las aberturas, permite configurar un espacio continuo y ampliamente iluminado, adecuado para el trabajo artístico y las actividades colectivas. La escala interior responde tanto a exigencias funcionales como a la necesidad de construir una espacialidad de carácter expansivo.
El estudio de Piet Slegers constituye el núcleo programático de la vivienda y condiciona las principales decisiones compositivas. La orientación de los volúmenes y el desplazamiento entre cuerpos se organizan para captar iluminación homogénea desde el norte, condición fundamental para la práctica pictórica. El taller deja de funcionar como un recinto complementario y pasa a definir la lógica distributiva del proyecto, así como las proporciones generales de la intervención.
En contraste con el volumen principal, el sector destinado a los dormitorios y servicios adopta una configuración más baja y compacta, resuelta mediante cubierta plana. Esta diferencia de altura y geometría introduce una tensión compositiva controlada entre ambos cuerpos. Mientras el estudio y las áreas comunes privilegian amplitud y continuidad espacial, el volumen privado enfatiza una escala doméstica más contenida y una organización funcional de mayor reserva.
Entre ambos sectores se dispone un tercer volumen de menor escala que actúa como elemento articulador. Este núcleo de conexión contiene el vestíbulo y la escalera de acceso al sótano, concentrando las circulaciones principales de la vivienda. Su posición intermedia permite establecer continuidad visual entre las distintas áreas y garantiza una transición gradual entre espacios públicos y privados.
La autonomía de los cuerpos volumétricos permite asignar a cada sector una configuración espacial ajustada a su uso específico sin fragmentar la lectura global del conjunto. La vivienda se expande sobre el terreno mediante una composición horizontal que combina desplazamientos, diferencias de altura y variaciones de cubierta para construir una secuencia espacial continua.
La articulación entre estos tres volúmenes define tanto la experiencia interior como la percepción exterior de la obra. Las relaciones entre llenos y vacíos, junto con la modulación de las circulaciones y aperturas, producen una organización espacial donde funcionalidad, iluminación y composición volumétrica se integran en una estructura coherente. Esta lógica distributiva encuentra su consolidación definitiva en las decisiones constructivas y materiales que otorgan al edificio su presencia física dentro del paisaje de Velp.
Materialidad, Modulación y Construcción Tectónica
La resolución técnica de la Casa Slegers se basa en un sistema estructural racional que privilegia la independencia relativa de las fachadas y la lectura horizontal de los forjados. Esta organización constructiva permite que los cerramientos dejen de operar exclusivamente como elementos portantes y asuman una función espacial y perceptiva vinculada a la definición de luz, profundidad y continuidad visual.
La materialidad del proyecto evidencia una transformación significativa respecto de la etapa neoplástica de Gerrit Rietveld. La dependencia de la policromía primaria es sustituida por una investigación centrada en la densidad visual de los materiales, sus texturas y su capacidad para construir relaciones de peso y ligereza. El ladrillo oscuro adquiere un papel predominante dentro de la composición y otorga al conjunto una presencia más compacta y tectónica. Su utilización introduce espesor y estabilidad, reforzando la condición volumétrica de la vivienda.
En el lateral izquierdo, los muros reciben un acabado negro alquitranado que intensifica la absorción de luz y acentúa la profundidad de las superficies. En contraste, el lado opuesto incorpora planos blancos apoyados sobre zócalos negros retranqueados. Esta operación genera un efecto perceptivo de suspensión, reduciendo visualmente el contacto entre la masa edificada y el terreno. La composición establece así una tensión entre gravedad y flotación, entre densidad material y desmaterialización óptica.
La relación entre el ladrillo macizo y los elementos retranqueados remite a una reformulación de preocupaciones presentes en la producción temprana de Rietveld. Sin recurrir a la fragmentación planar de la etapa De Stijl, la vivienda continúa explorando mecanismos para reducir el peso perceptivo de la arquitectura. La diferencia radica en que dicha operación ya no se alcanza mediante la independencia abstracta de planos coloreados, sino a través de recursos tectónicos vinculados a la profundidad, la sombra y el contraste material.
La carpintería de madera introduce un sistema de modulación preciso basado en paños de un metro de lado. Este módulo regula las superficies acristaladas y organiza la composición de la envolvente mediante una cadencia constante. La modulación actúa como un dispositivo proporcional que vincula la escala doméstica con la dimensión horizontal del paisaje circundante.
Los grandes ventanales establecen una relación directa entre interior y exterior, mientras los muros de ladrillo funcionan como superficies de protección y contención visual. La oposición entre opacidad y transparencia sustituye el protagonismo cromático de las obras anteriores por una investigación sobre textura, luz y percepción atmosférica. Las perforaciones abiertas en los muros profundos enfatizan el espesor de la masa construida y producen variaciones lumínicas que modifican continuamente la lectura de las fachadas.
La luz neerlandesa desempeña un papel central dentro de esta configuración material. Las superficies oscuras absorben y densifican la sombra, mientras los paños blancos y acristalados reflejan y difunden la iluminación natural hacia el interior. La envolvente deja de entenderse como un límite estático y pasa a constituirse como un sistema sensible a las variaciones climáticas y temporales.
Esta lógica material se prolonga hacia el interior de la vivienda. La combinación entre superficies opacas, carpinterías moduladas y aperturas controladas determina la experiencia sensorial de los espacios habitables, articulando percepción visual, escala doméstica y relación con el paisaje exterior.

Continuidad Visual y Experiencia Doméstica
El interior de la Casa Slegers se organiza como una secuencia continua de espacios interrelacionados donde la transparencia y la modulación de los cerramientos favorecen una percepción constante de amplitud y luminosidad. La planta evita compartimentaciones rígidas y permite que la luz natural atraviese longitudinalmente la vivienda, produciendo gradaciones espaciales que enfatizan la relación visual con el entorno vegetal.
La disposición de los espacios interiores responde a una lógica de continuidad perceptiva. Los grandes paños acristalados y la posición estratégica de los tabiques permiten establecer conexiones visuales entre las distintas áreas de la vivienda, reduciendo la sensación de clausura y reforzando la horizontalidad general del proyecto. Esta organización espacial otorga protagonismo a las visuales hacia el jardín y transforma el paisaje en parte activa de la experiencia doméstica.
Dentro de esta configuración, el mobiliario diseñado por Gerrit Rietveld adquiere una función estructurante. Las piezas no operan únicamente como equipamiento utilitario, sino como elementos capaces de ordenar el vacío y definir relaciones espaciales. La silla Zig-Zag, diseñada en 1934, se integra de manera coherente al ambiente interior mediante una síntesis formal basada en continuidad estructural y reducción geométrica. Su presencia establece correspondencias directas con la lógica compositiva de la vivienda, particularmente en la articulación entre planos, líneas y superficies suspendidas.
El equipamiento interior conserva referencias al vocabulario neoplástico, aunque reinterpretadas desde una sensibilidad más contenida. Los planos de color distribuidos en distintos elementos del mobiliario introducen acentos visuales controlados que organizan el equilibrio compositivo del espacio. El amarillo utilizado en la puerta de acceso y el rojo presente en la puerta doble del estudio remiten a la paleta de De Stijl, pero aparecen subordinados a una atmósfera dominada por tonos neutros, materiales naturales y superficies continuas.
La relación entre color y arquitectura pierde el carácter doctrinario de las primeras obras de Rietveld y pasa a desempeñar una función puntual dentro de la composición interior. Los acentos cromáticos operan como elementos de orientación y jerarquización espacial, evitando competir con la materialidad dominante o con la incidencia de la luz natural.
La modulación de los ventanales y la disposición del mobiliario favorecen una experiencia habitacional fluida, donde circulación, iluminación y percepción visual se encuentran estrechamente vinculadas. El estudio del artista recibe una iluminación controlada y homogénea, adecuada para la actividad pictórica, mientras las áreas de estar mantienen una relación directa con el exterior mediante amplias superficies transparentes.
La vivienda se configura así como un espacio orientado a la percepción y al trabajo creativo. La continuidad entre interior y paisaje, junto con la atención otorgada a la luz y a la escala doméstica, evidencia una arquitectura concebida desde la experiencia cotidiana del habitar. En este contexto, el encargo de Piet Slegers adquiere una dimensión decisiva dentro de la evolución de Rietveld, permitiéndole desarrollar una síntesis entre experimentación espacial, funcionalidad y sensibilidad material característica de su producción de posguerra.


La Madurez Arquitectónica de Rietveld en la Posguerra
Desde una perspectiva crítica, el encargo realizado para Piet Slegers permite examinar los modos de habitar que la arquitectura de Gerrit Rietveld propone durante su etapa de madurez. La vivienda plantea una síntesis entre racionalidad compositiva, control lumínico y articulación material, desplazando el énfasis de la experimentación plástica radical hacia una arquitectura de mayor estabilidad tectónica y precisión funcional.
La Casa Slegers se configura como una obra donde la forma pura y la organización espacial adquieren protagonismo frente a las complejidades formales de carácter expresivo. La claridad volumétrica, la modulación de las aperturas y el tratamiento contenido de los materiales producen una arquitectura que mantiene el rigor abstracto de la tradición moderna, aunque reinterpretado desde una sensibilidad más sobria y contextual.
En el contexto urbano de Velp, la vivienda introduce una presencia reconocible sin recurrir a operaciones monumentales. Su implantación y composición establecen un equilibrio entre singularidad formal e integración paisajística, evidenciando cómo los principios modernos podían adaptarse a condiciones específicas de uso, escala y entorno durante la reconstrucción europea de posguerra.
La obra también señala un distanciamiento respecto de los postulados más rígidos de la primera etapa neoplástica. El carácter lírico presente en la producción temprana de Rietveld persiste, aunque canalizado mediante una arquitectura de mayor densidad material y menor dependencia del contraste cromático. La expresividad ya no se concentra en la fragmentación de planos coloreados, sino en las relaciones entre masa, transparencia, proporción y luz natural.
La esencia compositiva de la vivienda reside en la articulación entre los tres volúmenes principales y en el tratamiento diferencial de cada uno de ellos. La tensión entre la densidad del ladrillo y la transparencia de las superficies acristaladas construye un sistema perceptivo que excede las exigencias funcionales inmediatas y organiza la experiencia espacial de la obra.
La casa evidencia una etapa en la que Rietveld orienta su investigación hacia la concreción física del espacio arquitectónico. Las formas puras dejan de responder exclusivamente a principios abstractos y se vinculan directamente con las necesidades de uso, iluminación y concentración requeridas por el trabajo artístico. El estudio, las visuales controladas y la continuidad con el paisaje conforman un entorno concebido para favorecer tanto la producción creativa como la experiencia cotidiana del habitar.
En este sentido, la vivienda evita constituirse como un manifiesto teórico autónomo. Su relevancia radica en la capacidad de resolver de manera precisa un programa específico mediante recursos espaciales, constructivos y materiales cuidadosamente articulados. La obra demuestra cómo la cultura arquitectónica moderna podía sostener simultáneamente una dimensión conceptual rigurosa y una atención concreta a las condiciones prácticas de la vida doméstica.
Esta atención hacia la materialidad y la experiencia espacial conduce directamente a la metodología proyectual de Rietveld, caracterizada por una aproximación táctil al diseño y por una comprensión de la arquitectura como construcción física antes que como ejercicio puramente abstracto.

Pensamiento Táctil y Experimentación Material
El proceso proyectual de Gerrit Rietveld se encuentra estrechamente vinculado a lo que Marijke Kuper (2006) define como un pensamiento táctil, una metodología donde la experimentación manual y la manipulación directa de materiales preceden con frecuencia a cualquier formulación teórica sistemática. En este contexto, el acto de proyectar se desarrolla a partir de una relación inmediata entre mano, materia y espacio, privilegiando la exploración física de las formas arquitectónicas.
Rietveld iniciaba gran parte de sus proyectos mediante bocetos informales y, especialmente, a través de maquetas improvisadas construidas con fragmentos de vidrio, cerillas, cartón y tiras de papel. Estos modelos operaban como instrumentos de investigación espacial antes que como representaciones acabadas. La maqueta permitía estudiar proporciones, tensiones volumétricas y relaciones entre llenos y vacíos con una precisión difícil de alcanzar exclusivamente mediante el dibujo técnico.
La importancia otorgada a la tridimensionalidad física explica en parte la distancia que el arquitecto mantuvo respecto de las formulaciones doctrinarias cerradas. Rietveld rechazaba la necesidad de traducir completamente la arquitectura al lenguaje verbal, sosteniendo que la expresión formal perdía parte de su sentido al ser convertida en explicación teórica. Esta posición introduce un relativismo consciente dentro de su práctica proyectual y favorece procesos abiertos, sujetos a modificaciones y ajustes durante la ejecución de la obra.
La evolución de sus maquetas refleja también la transformación de su lenguaje arquitectónico. La maqueta de la Casa Schröder, de dimensiones reducidas —aproximadamente 7,5 × 10 centímetros—, correspondía a una investigación centrada en la fragmentación planar y la disolución espacial. En cambio, las maquetas de las obras de madurez, que alcanzaban proporciones cercanas a los 10 × 30 centímetros, evidencian una preocupación creciente por la masa, la profundidad y la articulación de volúmenes más compactos.
Existe una tensión significativa entre la ausencia de una teoría escrita coherente y la precisión espacial de sus edificios construidos. Esta contradicción sugiere que el pensamiento arquitectónico de Rietveld operaba con mayor claridad mediante la manipulación concreta de objetos y materiales que a través de formulaciones discursivas abstractas. Sus escritos, frecuentemente fragmentarios y ambiguos, evitan establecer principios definitivos y mantienen una apertura constante hacia la contingencia del proceso constructivo.
En la Casa Slegers, esta metodología proyectual adquiere una expresión particularmente evidente. La articulación entre los volúmenes, la implantación sobre el terreno y la resolución de los detalles constructivos revelan un proceso basado en ajustes progresivos y decisiones derivadas de la experiencia espacial directa. La vivienda no responde a la aplicación mecánica de un sistema formal preconcebido, sino a una comprensión intuitiva de las relaciones entre escala, luz, materialidad y uso cotidiano.
La precisión compositiva de la obra surge, por tanto, de una práctica proyectual donde la experimentación manual desempeña un papel central. La maqueta funciona como un dispositivo operativo capaz de condensar simultáneamente estructura, espacialidad y percepción, permitiendo a Rietveld desarrollar una arquitectura que conserva rigor geométrico sin perder sensibilidad material ni capacidad de adaptación al contexto.
Volumen, Habitar y Revisión Crítica del Modernismo Holandés
La Casa Slegers ocupa una posición significativa dentro de la arquitectura europea de posguerra al articular, en una misma operación proyectual, la topografía del sitio, las exigencias específicas de un taller artístico y la reformulación crítica de los principios modernos. La vivienda demuestra cómo el rigor geométrico puede adaptarse a las condiciones concretas de una parcela irregular sin perder coherencia compositiva ni precisión espacial.
La organización en tres cuerpos autónomos evidencia una etapa de madurez en la trayectoria de Gerrit Rietveld. La fragmentación experimental característica de sus primeras obras es reemplazada por una composición basada en proporción, equilibrio volumétrico y densidad material. Cada volumen responde a funciones diferenciadas, aunque todos participan de un sistema unitario que integra circulación, iluminación y relación con el paisaje.
La relevancia de la obra dentro de la cultura arquitectónica contemporánea reside en la capacidad de producir complejidad espacial mediante recursos contenidos. El contraste entre superficies opacas y transparentes, la modulación de la luz natural y la articulación entre masa y vacío construyen una arquitectura de fuerte precisión perceptiva. Estas operaciones permiten establecer una relación equilibrada entre interior doméstico y entorno natural, evitando tanto el aislamiento del objeto arquitectónico como su disolución completa en el paisaje.
En la Casa Slegers, Rietveld desarrolla una arquitectura donde la claridad formal no elimina las condiciones variables del habitar cotidiano. La vivienda combina control geométrico y sensibilidad material, integrando escala humana, iluminación y uso doméstico dentro de una estructura espacial coherente. El proyecto confirma así una transformación significativa del modernismo neerlandés durante la posguerra, orientada hacia una arquitectura menos doctrinaria y más atenta a las condiciones concretas del sitio y del programa.
La obra también sintetiza la evolución metodológica del arquitecto. El pensamiento táctil, visible en la importancia otorgada a la maqueta y a la experimentación material, encuentra en Velp una expresión madura donde construcción, espacialidad y percepción se resuelven de manera integrada. La autonomía de los volúmenes y la precisión de los ajustes constructivos evidencian una práctica proyectual basada en la observación directa de las relaciones entre materia, luz y proporción.
La Casa Slegers permanece, en este sentido, como un ejemplo de cómo la arquitectura moderna fue capaz de revisar críticamente sus propios fundamentos sin abandonar sus principios esenciales. La obra demuestra que la claridad compositiva alcanza mayor profundidad cuando se pone al servicio de la complejidad del habitar, incorporando las condiciones físicas, perceptivas y cotidianas que definen la experiencia real del espacio arquitectónico.
Marcelo Gardinetti
Bibliografía:
Gardinetti, Marcelo. «Casa Schröder Concertación de líneas, planos y colores». Tecnne, 2012. https://tecnne.com/arquitectura/casa-schroder-rietveld/. https://doi.org/10.22541/au.176523732.20063520/v1.
Jaffé, Hans L. C. De Stijl, 1917-1931: la visión de la vanguardia holandesa. Traducido por Juan Alejandro de la Rosa. Madrid: Alianza Editorial, 1970.
Kuper, Marijke. «Una introducción a la obra de Rietveld». 2G: revista internacional de arquitectura, ISSN 1136-9647, n.º 39-40, págs. 4-17, 2006.
Mulder, Bertus. Gerrit Thomas Rietveld – Life Thoughts Work. Netherlands: Sun Publishers, 2010.
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