La Casa Curutchet, proyectada por Le Corbusier en La Plata, se analiza a partir de la noción de secuencia como principio organizador del recorrido y del espacio doméstico. Implantada en un lote urbano estrecho, la obra articula programa profesional y vivienda mediante una disposición en niveles conectados por rampas y escaleras, generando una continuidad espacial controlada. El sistema estructural de pilotis libera la planta baja y permite una modulación flexible de los entrepisos, mientras que la fachada regula la relación con la calle a través de brise-soleil y planos vidriados. La promenade architecturale se manifiesta como una construcción gradual de la experiencia, donde visuales, luces y cambios de altura se encadenan. Desde una perspectiva teórica, la casa se interpreta como modelo, al condensar principios del movimiento moderno en una síntesis entre tipología, estructura y recorrido.
El modelo como regente del proyecto Casa Curutchet
La casa Curutchet presenta una articulación plástica intensa y compleja, que requirió cambiar el modo de representación durante el proceso de diseño. Se utilizó un modelo de arcilla desde etapas tempranas del trabajo, lo cual fue algo novedoso para el estudio. El proyecto destaca por su organización vertical, la terraza jardín y el brise soleil. Las relaciones entre los volúmenes en horizontal y vertical, la rampa que los une, la terraza de la vivienda y el baldaquino que la cubre, son los principales elementos del juego espacial. Estas complejas relaciones no se pueden apreciar fácilmente mediante dibujos. Con la incorporación del modelo, el proceso de diseño desarticuló conceptos formales rígidos y permitió a Le Corbusier componer una obra de arquitectura doméstica de gran riqueza espacial.

Casa Curutchet secuencia y modelo
Si se entiende la cultura arquitectónica como la articulación entre formulación teórica y práctica proyectual, Le Corbusier ocupa una posición central dentro del Movimiento Moderno, al haber construido un cuerpo disciplinar en el que ambas dimensiones se encuentran estrechamente integradas. Su producción se desarrolla bajo la premisa de que la arquitectura, en tanto disciplina formal, posee la capacidad de incidir en las condiciones de vida a través de la configuración del espacio, apoyándose en una búsqueda sistemática de un lenguaje acorde a las transformaciones técnicas y culturales de la era mecanizada.
En este marco, su aproximación se orienta hacia la formulación de principios universales, sustentados en la geometría elemental y en la claridad volumétrica, donde las formas primarias —prismas, cilindros, planos— adquieren un valor estructurante. La referencia a la tradición clásica no se plantea como reproducción estilística, sino como una operación de abstracción que permite identificar constantes formales susceptibles de ser reinterpretadas en clave contemporánea. Esta tendencia hacia la generalización se traduce en la elaboración de sistemas normativos que buscan trascender la especificidad de cada encargo.
El período de las denominadas casas puristas constituye un momento de consolidación de estos principios. Obras como la Villa Besnus y la Maison La Roche-Jeanneret evidencian un proceso de depuración formal basado en la modulación, la proporción y la articulación de volúmenes simples, donde la composición se organiza mediante relaciones precisas entre llenos y vacíos, planos horizontales y verticales, y la incorporación de elementos como pilotis o terrazas.
En paralelo, Le Corbusier sistematiza su pensamiento a través de la formulación de principios que denomina “certezas adquiridas”, los cuales se traducen posteriormente en máximas proyectuales aplicables a distintos contextos. Estas reglas —que estructuran gran parte de su producción durante el período de entreguerras— configuran un marco operativo donde la arquitectura se concibe como un sistema racional, capaz de organizar el espacio mediante leyes claras y repetibles, estableciendo una correspondencia directa entre concepto, forma y construcción.
A partir de la década del 30, y fundamentalmente después de la reapertura de su estudio en las postrimerías de la segunda guerra, la obra Corbusierana transitará de la estricta geometría hacia una expresión netamente plástica, cuyo caso paradigmático es la capilla de Ronchamp, obra inmediatamente posterior a la casa Curutchet. Durante ese período se produce el alejamiento del taller de su primo Pierre Jeanneret, y a pesar que resulta imposible dimensionar de qué manera influyó este acontecimiento sobre los trabajos del estudio, resulta evidente que la obra de Le Corbusier toma una dimensión más “artística”, resultado de una exploración vernácula en busca de una nueva expresión plástica.
A mediados de 1948, cuando Le Corbusier acepta el encargo de la Casa Curutchet, su figura se encontraba plenamente consolidada dentro del Movimiento Moderno, tanto por la difusión de sus postulados teóricos como por la repercusión de sus propuestas urbanas. Su producción escrita había establecido un cuerpo doctrinario reconocible, mientras que su atelier en la Rue de Sèvres funcionaba como un espacio de formación y experimentación, atrayendo a arquitectos de diversas procedencias interesados en una práctica proyectual vinculada a la investigación conceptual.
En este periodo, su trabajo se desarrolla en paralelo a una exploración más introspectiva sobre las lógicas constructivas de la arquitectura vernácula, entendida no como repertorio formal, sino como sistema de relaciones entre clima, materialidad y organización espacial. Esta línea de investigación introduce una inflexión en su producción, visible en la Casa Curutchet, donde ciertos desplazamientos respecto de las villas puristas evidencian una reconsideración de sus propios principios.
El proyecto puede interpretarse desde una doble lectura formal. Por un lado, como una articulación precisa de volúmenes diferenciados, cuya disposición responde a condicionantes funcionales, espaciales y urbanos; por otro, como una operación de vaciado o sustracción sobre una envolvente inicial, en la que la masa construida es progresivamente horadada para generar relaciones de continuidad visual, espacial y ambiental. Ambas interpretaciones no son excluyentes, sino complementarias, en tanto describen mecanismos proyectuales que convergen en una misma configuración arquitectónica, caracterizada por la tensión entre compacidad y apertura, entre límite construido y espacio intermedio.
El modelo como rector del proyecto Curutchet
La Casa Curutchet manifiesta una intensificación de la dimensión plástica en la obra de Le Corbusier, en comparación con sus producciones anteriores, particularmente aquellas asociadas al período purista. Esta condición se vincula con una mayor complejidad en la articulación espacial, donde la relación entre llenos, vacíos y circulaciones adquiere un grado de sofisticación que desborda los esquemas compositivos previos.
La complejidad del proyecto incidió directamente en los instrumentos de representación utilizados durante su desarrollo. Según documenta Jerzy Soltan, quien participó en el atelier de la Rue de Sèvres, el proceso de diseño incorporó de manera temprana el uso de modelos tridimensionales en arcilla como herramienta operativa. Este recurso no se limitó a una función ilustrativa o de verificación final, como era habitual en la práctica del estudio, sino que adquirió un carácter instrumental en la toma de decisiones proyectuales.
La introducción del modelo físico como dispositivo de exploración permitió evaluar relaciones espaciales, secuencias de recorrido y condiciones de luz y profundidad que resultaban difíciles de anticipar mediante representación bidimensional. En este sentido, el modelo se constituyó como un medio de pensamiento arquitectónico, capaz de traducir la complejidad del proyecto en una forma manipulable, donde la configuración final emergía de un proceso iterativo entre abstracción conceptual y experimentación material.
“Cuando Corbu aceptó el estudio de la casa Curutchet en La Plata, el capitán del proyecto era un amigo cercano, Roger Aujame: «Territorio del equipo de La Plata-Ajume» se identificaba cerca de mí en el taller. Así podría seguir la evolución de los eventos allí. El proyecto desde un principio se constituyó en un caso típico de modelo líder. El lote era pequeño y estrecho. El plan lógicamente tuvo que recurrir a una organización vertical. Otros triunfos de la planificación fueron la terraza jardín y el brise soleil. Las complejas relaciones entre los volúmenes en horizontal y en vertical, la rampa vinculando los dos bloques, la terraza de la vivienda por sobre la consulta, el baldaquino que cubre la terraza, se convirtieron en los temas principales del juego espacial. Las relaciones entre llenos y vacíos, ortogonales y oblicuos, fueron muy complejas. Poder desarrollar estas relaciones en papel usando técnicas estándar de proyecto era imposible, especialmente si “en desarrollo” significa algo más que conectar en sentido físico la palabra. Después de todo, el plan fue concebido de manera sofisticada, a fin de dar oportunidad a un diseño también sofisticado. Ninguna cantidad de imaginación espacial puede comprender la complejidad de algunas relaciones. Menos aún la cualidad visual que infunden esas relaciones. Esta “nueva” cantidad de formas solamente se pueden apreciar en un modelo y no en el dibujo, que se limita solo a la anotación del modelo.”1

El testimonio de Jerzy Soltan permite identificar el carácter singular que adquirió el proceso proyectual de la Casa Curutchet dentro del atelier de Le Corbusier. La incorporación temprana del modelo físico como instrumento de trabajo introdujo una variación significativa respecto de los métodos previos, en los que la representación bidimensional y la aplicación de principios formales previamente establecidos ocupaban un lugar predominante.
Este desplazamiento metodológico implicó una flexibilización de ciertos esquemas compositivos que habían estructurado su producción anterior, particularmente aquellos asociados a la claridad volumétrica y a la regulación estricta de la forma. En el caso de la Casa Curutchet, el proceso de diseño se orienta hacia una exploración más abierta de las relaciones espaciales, donde la interacción entre niveles, vacíos, rampas y elementos estructurales se resuelve mediante ajustes sucesivos, evaluados a través del modelo tridimensional.
Como resultado, la obra alcanza un grado de complejidad espacial superior dentro de la producción doméstica de Le Corbusier. La organización del conjunto no responde a una composición unitaria basada en volúmenes autónomos, sino a una secuencia articulada de espacios interdependientes, donde la continuidad visual y la profundidad espacial se convierten en variables centrales. Esta condición evidencia una ampliación del campo proyectual, en el que la libertad compositiva se integra a un sistema de reglas capaz de sostener la coherencia del conjunto sin recurrir a esquemas rígidos.
Referencias:
1 Soltan, Jerzy. «Working with Le Corbusier». En Le Corbusier: The Garland Essays, editado por H. Allen Brooks, 219–237. New York: Garland, 1987.
Imagen de Portada: ©Lucién Hervé – FLC/ADAGP
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