Las Meninas de Velázquez según Foucault: espacio, mirada y estructura de la representación

Gardinetti, Marcelo

Arquitecto, Editor de Tecnne · La Plata, Argentina

Tecnne · Año 2026, n.º 54

Resumen

El análisis de Las Meninas de Diego Velázquez desarrollado por Michel Foucault en «Las palabras y las cosas» constituye una aproximación fundamental a la relación entre representación, espacio y conocimiento en la pintura clásica. La investigación examina la estructura visual del cuadro mediante la posición del pintor, el espejo, el umbral arquitectónico, la perspectiva y la distribución de las miradas. La composición organiza un sistema espacial donde el observador ocupa un lugar previsto por la propia representación, vinculado con la posición de los modelos ausentes reflejados en el espejo. El estudio aborda cómo estos dispositivos articulan una reflexión sobre la episteme clásica y sobre las condiciones que hacen posible representar. Asimismo, incorpora las revisiones críticas procedentes de la historia del arte, la filosofía y la teoría de la imagen, mostrando la permanencia del cuadro como objeto de análisis interdisciplinar.

Palabras clave: Las Meninas, Michel Foucault, espacio pictórico, teoría de la representación, historia del arte barroco, episteme clásica.

Las Meninas como arquitectura visual de la representación clásica

Michel Foucault abre Las palabras y las cosas, publicado en 1966 con el título Les mots et les choses. Une archéologie des sciences humaines, con un capítulo dedicado íntegramente a Las Meninas de Diego Velázquez. La elección responde al núcleo metodológico de la obra y no a un interés historiográfico por la pintura del Siglo de Oro español ni por la biografía de su autor. El cuadro funciona como punto de partida para examinar el problema que articula el libro: las condiciones históricas que organizan las relaciones entre las palabras, las cosas y el sujeto que las conoce (Foucault, 1966).

Este ensayo reconstruye la interpretación foucaultiana desde una perspectiva espacial y arquitectónica. Analiza la organización del plano pictórico, la secuencia de profundidades definida por umbrales, reflejos y ejes visuales, y la relación entre la posición física del espectador y el lugar que la representación le asigna dentro de su propia estructura. El análisis sigue de manera exegética el texto de Foucault (1966) y lo confronta con la historiografía que ha discutido su propuesta, prestando especial atención a la lógica compositiva y espacial que sostiene su argumentación. Asimismo, examina cómo esta lectura opera como punto de partida del método arqueológico desarrollado en Las palabras y las cosas y cómo modificó la interpretación posterior de la obra en la historia del arte, la estética y la filosofía de la representación.

Difundido por primera vez en castellano en 1967 en la Revista de Occidente e incorporado posteriormente a la edición de Siglo XXI Editores (1968), en traducción de Elsa Cecilia Frost, el capítulo desarrolla una descripción rigurosa de la composición pictórica. La posición del pintor, el gran lienzo orientado hacia el exterior del cuadro, el espejo situado en el muro del fondo, la figura detenida en el umbral de la puerta y la disposición de la infanta con su séquito se integran en una secuencia espacial cuya coherencia depende del recorrido de la mirada. La descripción prescinde de los procedimientos habituales de la iconografía y de la semiología para concentrarse en la organización del espacio representado. El recorrido visual revela una estructura articulada en torno a un vacío: el lugar ocupado por Felipe IV y Mariana de Austria, presentes únicamente como reflejo en el espejo y como referencia implícita del sistema perspectivo. Esa ausencia organiza la totalidad de la composición y establece el punto desde el cual adquieren sentido las relaciones entre los personajes, la arquitectura interior y la posición del observador.

La interpretación de Foucault ha sido considerada, con razón, una intervención filosófica antes que una contribución convencional a la historia del arte (Alpers, 1983; Umberger, 1995). Su lectura propone que la estructura espacial de Las Meninas hace visible una forma histórica de organizar la representación y, con ella, las condiciones de producción del conocimiento. La pintura deja de constituir únicamente un objeto artístico para convertirse en un dispositivo de análisis epistemológico, capaz de mostrar, mediante la disposición de sus planos, ejes visuales y relaciones espaciales, la configuración intelectual de una época. A partir de esta premisa, el presente ensayo examina las categorías centrales que articulan el argumento foucaultiano —episteme, representación y sujeto— y las sitúa en el debate desarrollado posteriormente entre la filosofía, la historia del arte y la teoría de la imagen.

Diego Velazquez, Las Meninas
Diego Velazquez, Las Meninas 1656

Foucault y la episteme clásica: representación, saber y mirada

Para comprender la elección de Las Meninas como punto de partida de Las palabras y las cosas resulta necesario precisar el objetivo del libro. Foucault no propone una historia de las ideas ni una reconstrucción del progreso del conocimiento. Su interés se dirige a las condiciones históricas que hacen posible que determinados enunciados puedan formularse y adquirir validez en un momento específico. Denomina episteme al conjunto de reglas implícitas que organizan ese campo de posibilidad y que, sin pertenecer a un autor, una disciplina o una teoría particular, atraviesan los distintos dominios del saber (Foucault, 1966). La episteme constituye, así, la estructura que hace posible que disciplinas como la historia natural, la gramática general y el análisis de las riquezas compartan un mismo régimen de inteligibilidad, aun cuando difieran en sus objetos de estudio.

En este marco, Las palabras y las cosas distingue tres grandes configuraciones epistemológicas de la cultura occidental. La episteme renacentista se organiza en torno al principio de semejanza, mediante un sistema de analogías, correspondencias y simpatías que concibe el conocimiento como el descubrimiento de similitudes ocultas. La episteme clásica, desarrollada entre mediados del siglo XVII y finales del XVIII, reemplaza ese principio por el de representación: conocer implica ordenar signos capaces de representar con claridad aquello que designan. Finalmente, la episteme moderna, configurada hacia comienzos del siglo XIX, incorpora la historicidad como condición del conocimiento y sitúa al ser humano, por primera vez, como sujeto y objeto de investigación (Foucault, 1966). Las Meninas ocupa una posición decisiva dentro de esta periodización, ya que condensa visualmente el régimen de representación propio de la época clásica mediante la organización espacial de la escena y la distribución de las relaciones entre observador, imagen y objeto representado.

Foucault precisó posteriormente el alcance metodológico de esta propuesta en La arqueología del saber, donde distinguió la arqueología de la historia tradicional de las ideas. Su propósito no consiste en interpretar significados ocultos ni reconstruir las intenciones de los autores, sino en describir la disposición de los enunciados y las condiciones que hacen posible su aparición (Foucault, 1969). Este planteamiento define también su aproximación a Las Meninas. En lugar de preguntar qué quiso expresar Velázquez o cuál sería el significado último de la pintura, Foucault examina la organización del espacio representado mediante una descripción rigurosa de sus elementos visibles y de las relaciones que establecen entre sí. La posición de las figuras, la sucesión de planos, los umbrales arquitectónicos, el espejo y los recorridos de la mirada configuran un sistema espacial cuya lógica excede la intención individual del pintor. Desde esta perspectiva, la obra funciona como un documento en el que se materializan las condiciones históricas de la representación, permitiendo identificar la estructura epistemológica que organiza la cultura clásica.

El taller pictórico como sistema espacial de representación

Foucault inicia su descripción a partir del elemento que domina el primer plano de la composición: la figura de Diego Velázquez, representado de pie junto a un lienzo de gran formato cuyo reverso, constituido por el bastidor, es el único plano visible para el espectador. Esta disposición establece desde el comienzo una relación de visibilidad parcial que estructura el espacio pictórico. Mientras el pintor se presenta plenamente a la vista, la superficie sobre la que trabaja permanece oculta. La composición organiza así una diferencia entre aquello que la representación ofrece y aquello que mantiene fuera del campo visual. Foucault interpreta esta disposición como un dispositivo espacial que orienta la experiencia del observador y redefine su posición frente a la imagen (Foucault, 1966).

El alcance de esta operación se comprende con mayor claridad a la luz de los principios de la perspectiva lineal desarrollados en el Quattrocento. La convergencia de las líneas de la composición hacia un punto de fuga determina la organización del espacio representado y, simultáneamente, fija la posición desde la cual la profundidad resulta coherente para el observador. En Las Meninas, ese punto se sitúa aproximadamente en el vano de la puerta del fondo, ocupado por la figura de José Nieto, cuya presencia articula la sucesión de planos espaciales. Desde esa construcción perspectívica, la posición del espectador coincide con el lugar que, dentro de la ficción pictórica, ocupan Felipe IV y Mariana de Austria, modelos del retrato que Velázquez ejecuta. La perspectiva deja así de operar exclusivamente como un procedimiento de representación tridimensional para convertirse en un principio de organización conceptual que incorpora al observador al sistema espacial del cuadro.

Esta configuración produce una paradoja inherente al acto de representar. Velázquez aparece simultáneamente como sujeto de la pintura y como figura representada, aunque el contenido del lienzo sobre el que trabaja permanece inaccesible. La composición sitúa al pintor en el límite entre dos campos de visibilidad incompatibles: el espacio desde el que observa a sus modelos y el espacio desde el cual el espectador observa la escena. La imposibilidad de hacer visibles, en un mismo plano, el objeto representado y el proceso mismo de representación constituye el núcleo del análisis foucaultiano. El cuadro convierte esa condición en un principio compositivo y espacial, articulando la relación entre visión, representación y posición del sujeto dentro de la imagen (Foucault, 1966).

La construcción espacial del cuadro: plano pictórico, profundidad y recorridos de la mirada

El análisis de Foucault se apoya en la organización espacial concebida por Velázquez. La composición se estructura mediante una secuencia de planos de profundidad, cada uno con una función específica dentro del sistema de representación. El primer plano concentra las figuras de mayor presencia material y escala relativa: el pintor frente al gran lienzo, la infanta Margarita, las meninas, el mastín recostado y el enano que apoya el pie sobre su lomo. Este ámbito ocupa la mayor superficie del cuadro y constituye el acceso visual a la escena. Un segundo plano, parcialmente sumido en penumbra, reúne a los cortesanos y a la dama de compañía que conversa con el guardadamas, estableciendo la transición entre el espacio inmediato y el fondo arquitectónico. El tercer plano concentra los elementos que articulan la interpretación de Foucault: el espejo dispuesto sobre el muro posterior y el vano de la puerta abierto hacia un corredor iluminado.

La profundidad del cuadro resulta de la superposición de diversos recursos de representación. La perspectiva lineal organiza la estructura geométrica mediante la convergencia de las líneas del techo artesonado y del pavimento hacia el fondo de la estancia. Sin embargo, Velázquez amplía esa construcción incorporando dos elementos arquitectónicos que modifican la percepción del espacio. El primero es el vano de la puerta, cuya apertura prolonga la secuencia espacial hacia un ámbito exterior a la sala principal. La presencia del corredor iluminado sugiere la continuidad del edificio y transforma la habitación representada en un episodio dentro de una organización arquitectónica de mayor extensión. La profundidad deja de depender exclusivamente de la perspectiva para construirse también mediante la sucesión de espacios comunicados.

El espejo desarrolla una operación espacial de naturaleza diferente. Mientras el vano proyecta la composición hacia el interior del edificio, el reflejo incorpora un espacio situado fuera de la escena representada. La imagen de Felipe IV y Mariana de Austria introduce en el muro del fondo aquello que permanece ausente del recinto visible: el lugar ocupado por los modelos y, simultáneamente, el punto desde el cual observa el espectador. El espejo establece una continuidad entre el espacio pictórico y el espacio real, vinculando ambos mediante un mismo eje visual. Su función no consiste en prolongar la profundidad, sino en integrar dos ámbitos distintos dentro de una única estructura perceptiva.

Sobre esta organización espacial, Foucault identifica un recorrido visual cuidadosamente construido por la composición (Foucault, 1966). La mirada se dirige inicialmente hacia la infanta, recorre el primer plano hasta la figura del pintor, atraviesa la zona intermedia en penumbra y se proyecta después hacia el espejo y el vano iluminado del fondo. Este desplazamiento articula los principales componentes del sistema de representación: quien observa, quien representa, la superficie destinada a la pintura, la imagen reflejada y la apertura arquitectónica que prolonga el espacio. La descripción foucaultiana reproduce el itinerario impuesto por la composición, transformando el acto de mirar en una secuencia de relaciones espaciales antes que en la contemplación simultánea de una escena estática.

La posición del observador constituye el principio que integra esta organización. Aunque el punto de fuga se sitúa aproximadamente en la figura de José Nieto, ubicada en el umbral del fondo, el punto de vista desde el que se articula la representación coincide con el lugar ocupado por los modelos del pintor y, en consecuencia, por el espectador situado frente al cuadro. La composición reserva así una posición precisa dentro de su propia estructura espacial. El observador no permanece exterior a la representación, sino que ocupa un lugar previsto por la lógica perspectívica y por la disposición arquitectónica de la escena. La experiencia visual consiste, por tanto, en incorporarse a un sistema espacial que distribuye de manera simultánea las posiciones del pintor, de los modelos y de quien contempla la obra (Foucault, 1966).

El observador como elemento estructural del espacio pictórico

Una de las consecuencias centrales del análisis de Foucault concierne a la posición del espectador dentro de la representación. La organización espacial de Las Meninas sitúa al observador en el lugar ocupado, dentro de la ficción pictórica, por Felipe IV y Mariana de Austria, modelos del retrato que Velázquez ejecuta. Como resultado, la mirada del pintor parece dirigirse hacia quien contempla la obra, aunque ese punto de vista no corresponde a un individuo determinado, sino a una posición estructural prevista por la composición. El lugar del observador permanece disponible para cualquier sujeto que se sitúe frente al cuadro, de modo que la relación entre espectador y modelo se define por la ocupación de un mismo espacio antes que por la identidad de quienes lo habitan (Foucault, 1966).

Esta configuración trasciende el análisis formal de la pintura y se integra en una reflexión más amplia sobre el estatuto del sujeto. La lectura de Foucault se inscribe en el contexto intelectual francés de la segunda mitad del siglo XX, junto con las investigaciones de Claude Lévi-Strauss, Roland Barthes y Jacques Lacan, que cuestionaron la concepción del sujeto como origen estable del conocimiento y del significado. En Las Meninas, el centro de la representación no pertenece de forma permanente a ninguna figura. La composición distribuye las posiciones de la mirada mediante una estructura espacial en la que el sujeto ocupa un lugar definido por las relaciones entre los elementos representados y no por una condición previa o autónoma. La organización del espacio antecede, en este sentido, a la posición del observador y determina las condiciones desde las cuales la imagen puede ser contemplada.

Diego Velazquez, Las Meninas detalle
Diego Velazquez, Las Meninas 1656, detalle

Esta interpretación no desconoce la identidad histórica de los personajes representados. Foucault identifica a la infanta Margarita, a María Agustina Sarmiento, a Nicolás Pertusato y a José Nieto, entre otros integrantes de la corte, reconociendo su presencia documental dentro de la pintura (Foucault, 1966). Sin embargo, la identificación individual constituye únicamente un primer nivel de análisis. El interés principal reside en la función que cada figura desempeña dentro de la organización espacial de la obra, donde los personajes actúan como puntos de articulación entre planos, direcciones visuales y relaciones perspectívicas. El análisis oscila así entre el reconocimiento histórico de los retratados y el estudio de la estructura compositiva que los integra en un sistema de representación cuya lógica excede las identidades particulares.

El espejo de Las Meninas y la incorporación del espacio exterior

En el muro del fondo de la estancia, entre los grandes lienzos que ocupan la pared, se distingue un pequeño espejo en el que aparecen reflejadas las figuras de Felipe IV y Mariana de Austria. Su presencia constituye uno de los elementos más singulares de la composición. A diferencia de la tradición flamenca y neerlandesa, en la que el espejo suele duplicar el espacio ya representado —como ocurre en el Matrimonio Arnolfini de Jan van Eyck—, el reflejo de Las Meninas introduce un ámbito que permanece ausente del campo visual principal. El espejo no repite la escena, sino que incorpora aquello que ninguna otra parte del cuadro muestra: los modelos situados frente al pintor y, por extensión, el lugar que ocupa el espectador (Foucault, 1966).

Esta operación convierte al espejo en un elemento decisivo para la organización espacial de la obra. La disposición de las figuras, las direcciones de las miradas y la perspectiva lineal orientan la composición hacia un punto situado fuera del cuadro; el espejo es el único componente que incorpora ese exterior al espacio representado. Sin embargo, lo hace mediante una imagen tenue y de escasa definición. El reflejo carece de la presencia material que caracteriza a las figuras del primer plano y adquiere un carácter casi espectral. Foucault interpreta esta diferencia como un rasgo estructural de la representación clásica: el espejo no pretende ofrecer un retrato de los soberanos, sino señalar la posición que ocupan dentro del sistema visual que organiza la escena (Foucault, 1966).

La ubicación del espejo refuerza esta función. Situado aproximadamente en el centro del muro del fondo, podría esperarse que reflejara el contenido del gran lienzo orientado hacia el espectador. En cambio, su superficie registra un espacio exterior a la pintura representada, correspondiente al lugar desde el cual Velázquez observa a sus modelos. Esta discrepancia entre la posición física del espejo y el contenido de su reflejo constituye uno de los aspectos centrales del análisis foucaultiano. El dispositivo especular deja de responder a una lógica óptica de reproducción para integrarse en la organización conceptual del cuadro, donde la visibilidad depende de la estructura de la representación y no de una correspondencia directa entre los objetos y su imagen. El espejo articula así el espacio pictórico con el espacio del observador y convierte esa relación en el principio ordenador de la composición.

El vano y la continuidad espacial dentro de la representación

En el extremo posterior de la estancia, contiguo al espejo, un vano abierto comunica la sala con un corredor intensamente iluminado. En ese umbral se recorta la figura de José Nieto Velázquez, aposentador de la reina, cuya postura permanece deliberadamente ambigua: un pie apoyado sobre el escalón, el cuerpo girado parcialmente y una mano apoyada en el marco de la puerta o en la cortina. La composición no permite establecer si se dispone a ingresar en la habitación, si acaba de abandonarla o si permanece detenido observando la escena. Foucault atribuye a esta indeterminación un papel decisivo dentro de la organización del cuadro (Foucault, 1966). Desde el punto de vista espacial, el vano constituye el único elemento que establece una continuidad explícita entre el recinto principal y un ámbito contiguo, prolongando la secuencia arquitectónica más allá de los límites de la sala representada.

La función del umbral adquiere pleno sentido en relación con los demás dispositivos espaciales de la composición. Foucault identifica tres manifestaciones del punto desde el cual se organiza la representación: el pintor situado en el primer plano, el reflejo de los soberanos en el espejo y la figura de José Nieto en el fondo de la estancia. Estas presencias ocupan posiciones diferenciadas dentro del espacio pictórico y corresponden a distintas modalidades de representación del mismo centro visual. El pintor encarna al sujeto que ejecuta la imagen; el espejo hace visible el lugar ocupado por los modelos; el personaje del umbral señala el límite entre el espacio interior y su prolongación arquitectónica. Distribuidas entre el primer plano, el plano reflejado y el plano profundo, estas figuras estructuran la composición mediante una secuencia que articula la producción de la imagen, su objeto y el espacio desde el cual ambos adquieren sentido (Foucault, 1966).

La diferencia entre estas tres posiciones también corresponde a distintos regímenes de visibilidad. Velázquez y José Nieto aparecen representados como cuerpos plenamente integrados en el espacio arquitectónico de la sala, mientras que los reyes solo adquieren presencia a través del reflejo especular. La composición establece así una gradación entre presencia directa, presencia reflejada y continuidad espacial. Para Foucault, esta distribución evidencia que el centro de la representación nunca coincide plenamente con alguno de sus elementos visibles. La organización de planos, el espejo y el umbral hacen perceptible ese centro, pero no lo materializan de manera completa. La arquitectura del cuadro mantiene, por tanto, una distancia permanente entre el origen de la representación y sus manifestaciones visibles, convirtiendo esa tensión en el principio que ordena el espacio pictórico (Foucault, 1966).

Ejes visuales, geometría y construcción perceptiva del cuadro

Foucault completa su análisis mediante el examen de la organización compositiva de las figuras que ocupan los dos primeros planos de Las Meninas. En el centro de este conjunto se sitúa la infanta Margarita, cuya posición constituye el principal foco de estabilidad visual de la escena. Su figura organiza la distribución de las meninas, los cortesanos y los bufones de la corte, dispuestos según un equilibrio que combina simetrías parciales con variaciones en las orientaciones corporales y en las direcciones de las miradas. Aunque cada personaje mantiene una actitud particular, el conjunto responde a una modulación espacial que integra las figuras en una estructura unitaria (Foucault, 1966).

Foucault identifica dos esquemas compositivos que permiten comprender esta organización. El primero adopta una configuración diagonal semejante a una gran «X», cuyos ejes vinculan la figura del pintor con el personaje situado en el umbral y, en sentido inverso, el gran lienzo orientado hacia el espectador con el primer plano ocupado por el mastín y Nicolás Pertusato. La intersección de estas diagonales coincide aproximadamente con el rostro de la infanta, que actúa como centro de equilibrio de la composición. El segundo esquema describe una amplia curva que conecta nuevamente al pintor con la figura del fondo y cuya concavidad envuelve a la princesa, a la menina arrodillada y al área central del cuadro, donde se sitúa el espejo. Ambos trazados evidencian que la composición no responde únicamente a una construcción perspectívica, sino también a una cuidadosa articulación de ejes visuales y relaciones geométricas que ordenan el recorrido de la mirada (Foucault, 1966).

El interés de este análisis excede la descripción formal. La disposición de las figuras establece una doble organización del espacio. La infanta constituye el centro perceptivo inmediato, alrededor del cual se estructura el primer plano y convergen las miradas de varios personajes. Paralelamente, el reflejo de los soberanos y el eje definido por el espejo y el umbral introducen un segundo centro, situado fuera del espacio visible de la escena. La composición articula ambos polos mediante la distribución de los planos, las direcciones visuales y la profundidad arquitectónica, de modo que el equilibrio del conjunto depende de la relación entre un centro materialmente representado y otro cuya presencia solo puede inferirse a través de los dispositivos espaciales que organizan la representación (Foucault, 1966).

El lugar ausente de los soberanos en el sistema representativo

El argumento de Foucault alcanza uno de sus puntos centrales cuando examina el lugar que ocupa la pareja real dentro del sistema de representación de Las Meninas. Felipe IV y Mariana de Austria desempeñan simultáneamente varias funciones: son los modelos retratados por Velázquez, ocupan el punto de vista hacia el que convergen las miradas de los personajes y corresponden al lugar que asume el espectador al situarse frente a la obra. Estas funciones no aparecen distribuidas en distintas zonas del cuadro, sino que confluyen en un único punto exterior al espacio visible. Ese punto resulta indispensable para la organización de la composición y, sin embargo, permanece fuera de toda representación directa (Foucault, 1966).

Foucault interpreta esta ausencia como un principio estructural de la representación clásica y no como un recurso compositivo destinado a suscitar incertidumbre. El orden representativo no depende de la presencia efectiva de aquello que representa, sino de un sistema de relaciones que organiza las posiciones, las miradas y los objetos dentro del espacio pictórico. En este contexto, la ausencia de los soberanos adquiere una función constitutiva. Aunque la jerarquía cortesana representada en la escena remite continuamente a ellos, su presencia solo puede inferirse a través del reflejo especular y de la orientación de las figuras. El cuadro expone, de este modo, las condiciones espaciales que hacen posible el acto de representar sin identificar plenamente su fundamento con una imagen visible. Por ello, Foucault considera Las Meninas una representación de la representación misma, en la que la disposición del pintor, el lienzo, el espejo, el umbral y las trayectorias de la mirada hacen explícita la estructura sobre la que se organiza el régimen clásico de la representación (Foucault, 1966).

Esta interpretación anticipa el desarrollo de Las palabras y las cosas. Según Foucault, la episteme clásica dispone de un sistema de representación de notable complejidad, pero aún no reconoce al ser humano como fundamento del conocimiento. La figura del sujeto, entendida como origen y objeto simultáneo del saber, solo adquirirá consistencia en la configuración epistemológica moderna (Foucault, 1966). En Las Meninas, esta condición encuentra una formulación visual. El punto desde el que se organiza la representación permanece necesariamente fuera del espacio representado y solo puede hacerse perceptible mediante dispositivos como el espejo y el umbral, que articulan la relación entre el interior del cuadro y el lugar ocupado por el observador. La composición expresa así, en términos espaciales, una estructura epistemológica en la que el origen de la representación constituye una condición de su funcionamiento, pero no un elemento susceptible de ser plenamente representado.

Las Meninas y la representación como objeto de análisis visual

Considerado en conjunto, el análisis de Foucault permite comprender por qué Las Meninas ocupa el lugar de apertura de Las palabras y las cosas. Mientras los tratados científicos y filosóficos del siglo XVII formulan de manera explícita las reglas de la representación dentro de ámbitos particulares del conocimiento, la pintura de Velázquez las reúne en una única construcción espacial. En ella convergen el sujeto que representa, los instrumentos de la pintura, la superficie destinada a la imagen, las obras ya concluidas que ocupan el muro del fondo y el punto de vista desde el cual la representación adquiere coherencia. La composición hace visible, de manera simultánea, un conjunto de relaciones que en los discursos escritos solo pueden desarrollarse de forma sucesiva.

Desde esta perspectiva, el recorrido visual descrito por Foucault constituye un principio de organización del espacio antes que una simple secuencia perceptiva. La mirada atraviesa el taller siguiendo los ejes definidos por las figuras, el espejo, el umbral y la iluminación, estableciendo un circuito que articula los distintos componentes del acto de representar. La escena deja así de entenderse exclusivamente como un retrato cortesano para presentarse como una reflexión sobre las condiciones materiales y espaciales de la representación. El interés de Foucault no reside en los personajes retratados, sino en la estructura que organiza sus posiciones, sus relaciones visuales y la distribución de los planos dentro del cuadro (Foucault, 1966).

Esta interpretación no pretende sustituir las lecturas históricas desarrolladas por la historiografía del arte. Estudios dedicados al contexto cortesano han destacado la función de Las Meninas en la afirmación del estatus profesional de Velázquez y su vinculación con el reconocimiento que culminó en la incorporación de la cruz de la Orden de Santiago a la versión definitiva de la obra (Brown, 1986). La lectura foucaultiana responde a un problema diferente. Su objetivo consiste en identificar, a partir de la organización espacial de la pintura, las condiciones epistemológicas que estructuran la representación clásica, independientemente de las intenciones del artista o de las circunstancias concretas de su realización.

Interpretaciones críticas sobre espacio, mirada y representación

La interpretación propuesta por Foucault dio lugar a un amplio debate interdisciplinario en el que convergieron la filosofía, la historia del arte, la teoría de la representación y la estética. Las principales objeciones se concentraron en dos cuestiones: la consistencia del análisis espacial de Las Meninas y el alcance epistemológico de las conclusiones derivadas de esa lectura.

Desde la filosofía del lenguaje, John R. Searle examinó la reconstrucción foucaultiana a partir de la lógica de los puntos de vista pictóricos y de las convenciones de la perspectiva lineal. En un artículo publicado en Critical Inquiry, sostuvo que la organización de la representación planteaba problemas formales comparables, por analogía, a determinadas paradojas de la teoría de conjuntos, cuestionando especialmente la localización del espectador y la relación entre el punto de vista y el punto de fuga propuesta por Foucault (Searle, 1980).

La respuesta de Joel Snyder y Ted Cohen, aparecida ese mismo año en la misma revista, desplazó la discusión hacia el análisis técnico de la composición. Su estudio examinó el funcionamiento óptico del espejo y la geometría de la perspectiva para sostener que las aparentes paradojas del cuadro podían resolverse mediante una reconstrucción rigurosa de su organización espacial, sin recurrir a contradicciones lógicas inherentes a la representación (Snyder y Cohen, 1980). Este intercambio puso de manifiesto la diferencia entre una lectura filosófica interesada en las condiciones de la representación y un análisis centrado en la coherencia óptica y perspectívica de la pintura.

La historiografía del arte abordó el problema desde una perspectiva distinta. En «Interpretación sin representación, o la manera de ver Las Meninas», Svetlana Alpers examinó las implicaciones metodológicas de que una de las interpretaciones más influyentes de la obra hubiera sido formulada por un filósofo y no por un historiador del arte (Alpers, 1983). Su análisis situó la discusión en los procedimientos interpretativos de la disciplina, diferenciando las aproximaciones centradas en el contexto histórico y en la función cortesana de la pintura, como la desarrollada por Jonathan Brown (Brown, 1978), de aquellas que privilegian la organización espacial y las condiciones de la representación. En esta misma línea de ampliación crítica, Emily Umberger (1995) propuso una lectura apoyada en la tradición retratística española y en la configuración documentada de los espacios del Alcázar de Madrid, mientras que Amy Schmitter (1996) examinó la relación entre representación, autoridad y poder en el contexto de la corte de Felipe IV.

El psicoanálisis ofreció otra línea de interpretación. En Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, Jacques Lacan retomó la compleja red de miradas articulada por Las Meninas para analizar la posición del sujeto frente a la mirada del Otro y la función del objeto de deseo, trasladando la discusión desde el régimen de la representación hacia los procesos de constitución de la subjetividad (Lacan, 1973).

Leídas en conjunto, estas aportaciones no conducen a una interpretación unívoca de Las Meninas, sino que ponen de manifiesto la capacidad de la obra para admitir aproximaciones metodológicas diferentes. Mientras Foucault la considera un modelo de la organización epistemológica de la representación clásica, otros autores privilegian su coherencia perspectívica, su contexto histórico o su dimensión psicoanalítica. Esta diversidad de enfoques confirma la complejidad formal y conceptual del cuadro y explica la permanencia de su lugar en los debates sobre representación, espacio y mirada.

La reinterpretación moderna de Las Meninas y sus estructuras visuales

La influencia de Las Meninas trasciende los debates filosóficos e historiográficos y se extiende a la práctica artística del siglo XX. Entre agosto y diciembre de 1957, Pablo Picasso realizó en su taller de La Californie, en Cannes, una serie de cincuenta y ocho pinturas dedicadas al análisis de la obra de Velázquez. Cuarenta y cuatro de ellas reinterpretan directamente la composición original, mientras que las restantes incluyen paisajes, palomas y retratos vinculados al mismo proceso de trabajo (Museu Picasso de Barcelona, 2008). Donada íntegramente por el artista al Museu Picasso de Barcelona en 1968, la serie constituye el único conjunto completo de estas características conservado en una única institución.

El procedimiento adoptado por Picasso difiere del análisis desarrollado por Foucault, aunque ambos toman como punto de partida la organización espacial de la pintura de Velázquez. Foucault reconstruye las relaciones entre planos, miradas y posiciones del observador para examinar las condiciones de la representación clásica. Picasso, por el contrario, explora esas mismas relaciones mediante la transformación de la estructura compositiva. La serie modifica las proporciones de las figuras, reorganiza los ejes visuales, fragmenta los volúmenes en planos geométricos y ensaya soluciones cromáticas que oscilan entre composiciones casi monocromas y otras de intensa saturación. Estas variaciones no reproducen el original, sino que someten su organización espacial a un proceso continuo de reinterpretación formal (Galassi, 1996).

Pablo Picasso, Las Meninas
Pablo Picasso, Las Meninas (serie) 1957

La recepción de Las Meninas en la teoría contemporánea ha reforzado esta condición autorreflexiva de la obra. W. J. T. Mitchell la incorpora al conjunto de las metapictures, imágenes que convierten la representación en su propio objeto de análisis y que hacen visibles los mecanismos mediante los cuales producen significado (Mitchell, 1994). Desde una perspectiva complementaria, Víctor Stoichita sitúa la pintura dentro de la tradición de las imágenes autorreflexivas de la temprana modernidad, caracterizadas por incorporar al espacio representado los instrumentos, los actores y las condiciones materiales de su propia producción (Stoichita, 1997). En este contexto, la serie de Picasso puede entenderse como una prolongación de esa tradición crítica. A través de un lenguaje plástico radicalmente distinto, vuelve sobre la estructura espacial concebida por Velázquez y confirma la vigencia de los problemas de representación que la pintura plantea desde el siglo XVII.

Vigencia de la lectura foucaultiana en la teoría de la imagen

Medio siglo después de su publicación, el análisis que Foucault dedica a Las Meninas continúa ocupando un lugar relevante en los estudios sobre representación, teoría de la imagen e historia del arte. Su interés trasciende la interpretación de una obra específica para proponer un método de análisis centrado en la organización espacial de la representación. La distribución de los planos, la posición del observador, los dispositivos que regulan la visibilidad y la relación entre representación y poder constituyen categorías que han demostrado su utilidad para examinar tanto imágenes históricas como sistemas visuales contemporáneos. En este sentido, la lectura foucaultiana ofrece un marco conceptual que puede extenderse a otros dispositivos de producción de imágenes, en los que la construcción del punto de vista y la administración de la visibilidad desempeñan un papel igualmente decisivo.

La recepción crítica revisada en este ensayo pone de manifiesto la diversidad de aproximaciones suscitadas por el texto de Foucault. Los análisis de Searle, Snyder y Cohen concentraron la discusión en la consistencia óptica y geométrica de la composición; Alpers, Brown, Umberger y Schmitter abordaron la obra desde perspectivas historiográficas y estéticas; Lacan incorporó el problema de la mirada al campo del psicoanálisis. Estas interpretaciones no invalidan la propuesta foucaultiana, sino que evidencian la capacidad de Las Meninas para articular problemas pertenecientes a tradiciones disciplinarias distintas y para sostener lecturas complementarias sobre la representación, el espacio y el sujeto.

La serie realizada por Picasso confirma, desde la práctica artística, la continuidad de estas interrogantes. Su reinterpretación de la composición velazqueña demuestra que la organización espacial del cuadro constituye un problema abierto a nuevas formulaciones visuales y conceptuales. La permanencia de Las Meninas en la reflexión filosófica, historiográfica y artística responde, en buena medida, a esta condición: la pintura convierte la representación en objeto de examen mediante una construcción espacial que integra perspectiva, arquitectura, miradas y posición del observador en un mismo sistema. Desde esta perspectiva, la lectura de Foucault conserva su interés porque muestra cómo la estructura del espacio representado puede revelar las condiciones históricas que organizan un determinado régimen de visibilidad y de conocimiento.

Espacio, representación y conocimiento en la lectura de Las Meninas

El recorrido desarrollado permite responder con mayor precisión a la pregunta que orienta este ensayo: por qué Foucault abre Las palabras y las cosas con el análisis de una pintura y no con un tratado teórico del siglo XVII. Las Meninas concentra, en una única construcción espacial, las relaciones que caracterizan la representación clásica. La articulación de los planos de profundidad, la continuidad introducida por el umbral, la función del espejo y la disposición del observador configuran un sistema visual en el que la representación se organiza mediante posiciones, recorridos y relaciones de visibilidad antes que por la presencia directa de aquello que representa. El cuadro ofrece así una formulación espacial de la episteme clásica que complementa, desde el lenguaje pictórico, los discursos científicos y filosóficos de su tiempo (Foucault, 1966).

Desde esta perspectiva, el lugar asignado al observador constituye el principio que integra la composición. La ausencia visible de los soberanos no responde a una decisión narrativa, sino a la organización del espacio representado, donde el espejo, el umbral, la perspectiva y la distribución de las figuras remiten a un punto exterior que hace posible el funcionamiento de toda la escena sin incorporarse plenamente a ella. Esta interpretación ha sido objeto de revisiones desde la filosofía, la óptica y la historia del arte (Searle, 1980; Snyder y Cohen, 1980; Alpers, 1983), pero continúa ofreciendo un marco de análisis consistente para comprender la relación entre espacio, representación y conocimiento. En este sentido, la lectura de Foucault conserva su relevancia porque muestra que la organización espacial de Las Meninas no constituye únicamente un recurso compositivo, sino una forma de hacer visible el régimen de representación que define a la episteme clásica y las condiciones históricas desde las cuales ese régimen adquiere sentido.

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Marcelo Gardinetti
Marcelo Gardinetti

Arquitecto, editor y director de Tecnne desde 2011.
Investigador en teoría y crítica de la arquitectura moderna y contemporánea.
La Plata, Argentina.
ORCID: https://orcid.org/0000-0002-6679-7951

Artículos: 1238