Video sobre el Centro Niemeyer

Este breve documento audiovisual muestra imágenes del Centro Cultural Internacional Oscar Niemeyer, ubicado en Avilés, España, que fuera inaugurado el años pasado. El centro Niemeyer es un espacio abierto a la cultura y la participación, una enorme plaza dedicada a la cultura y la generación de contenidos artísticos, que además cuenta con un museo, un auditorio y varias salas para distintas actividades artísticas. Tal como lo explicita la web del Centro Niemeyer, el edificio “constituye un símbolo de la Asturias moderna y pujante del futuro, además de corazón de lo que un día será la Isla de la Innovación.”

Centro Cultural Oscar Niemeyer, Avilés

El testamento poético de Niemeyer en la ría de Avilés

Durante décadas, el horizonte de Avilés estuvo definido por el «peso siderúrgico» de Ensidesa; una atmósfera donde el gris del acero y el hollín industrial dictaban el ritmo de una ciudad que vivía, por necesidad, de espaldas a su ría. Sin embargo, el «deseo» arquitectónico, esa fuerza invisible que Niemeyer manejaba con maestría, obró una metamorfosis morfológica sin precedentes. Con la irrupción del Centro Niemeyer, el paisaje asturiano experimentó una transición del trauma industrial a la pureza de un santuario de volúmenes níveos. Lo que antes era un área degradada es hoy un oasis donde la sensualidad del hormigón desafía la rigidez del pasado, recordándonos que incluso en las ciudades de hierro, la poesía puede reclamar su territorio.

1. La «Ley del Deseo» como rebelión post-colonial

Niemeyer no fue un arquitecto de ortodoxias ni de moralismos geométricos. Su enfoque, profundamente irreverente, supuso una ruptura consciente con la «tradición ética europea» de la línea recta y el cubismo doctrinario de Le Corbusier. Impulsado por un deseo post-colonial de derribar la imagen de un Brasil atrasado, el maestro buscó en la curva una forma de emancipación. Para él, la arquitectura no era un ejercicio de racionalismo estricto, sino una respuesta plástica a la naturaleza y a la sensualidad del cuerpo.

Como bien describe Luis Fernández-Galiano:

“Oscar Niemeyer es un maestro de inocencia. Más allá de la geometría elemental y la gramática cubista que aprende de Le Corbusier, más allá de las formas curvas y la libertad lírica que provienen del surrealismo o el dadá, y más allá del futurismo naïf y la estética aerodinámica que utiliza el optimismo de los cincuenta, este creador tropical construye con la ignorancia sabia de quien pone la ley del deseo por encima de la ley de la gravedad.”

2. Una bisagra urbana: La resurrección de la Isla de la Innovación

El Centro Niemeyer no se concibió como un objeto aislado, sino como el buque insignia de la Isla de la Innovación, el ambicioso plan de regeneración urbana diseñado por Norman Foster. La genialidad de la intervención radica en su capacidad para sanar la fractura entre la ciudad histórica y el margen derecho de la ría, antes secuestrado por la industria pesada.

La Plaza del Pescado actúa aquí como una «bisagra urbana» fundamental; un punto de articulación donde la memoria de Avilés se encuentra con su futuro. Desde este enclave, la pasarela de acero corten —conocida como la «grapa»— sobrevuela las vías del ferrocarril para conectar el casco antiguo con el nuevo recinto cultural. Esta estructura modular no solo resuelve un desnivel logístico, sino que simboliza el cordón umbilical que permite a la ciudad volver a interactuar con el agua de forma natural y fluida.

3. «Repetir hasta ser diferente»: La pureza del trazo tardío

Al alcanzar el ocaso de su centenaria vida, Niemeyer renunció a la experimentación compleja para abrazar el don del estilo tardío: la esencia. Se cuenta que el primer boceto de este centro fue trazado con un rotulador negro sobre un papel blanco, una imagen que ilustra la pureza de una visión que ya no necesitaba artificios. En Avilés, el arquitecto aplicó la máxima del poeta Manoel de Barros: “repetir, repetir, até ficar diferente. Repetir é um dom do estilo”.

Esta simplificación, lejos de ser una carencia, fue un acto de audacia estructural. Al reiterar sus cáscaras de hormigón y sus líneas ondulantes, Niemeyer sentó las bases que permitieron las actuales «fantasías oníricas» de la arquitectura contemporánea. Sin la libertad que él conquistó con su lápiz, la arquitectura del espectáculo actual carecería de su gramática fundamental.

4. La Plaza como escultura: El diálogo de los volúmenes

El conjunto de Avilés subvierte la idea de la plaza tradicional rodeada de fachadas. Aquí, el espacio es un contenedor donde cuatro edificios actúan como esculturas autónomas en un diálogo rítmico:

El Museo: Una cúpula que emerge como un montículo natural de 4.000 m². En su interior, la protagonista es una escalera helicoidal que serpentea entre las plantas, coronada por una lámpara semiesférica invertida.

El Auditorio: Con su forma de piedra marina erosionada, este volumen de 5.000 m² destaca por su gran abertura escénica, que permite que el espectáculo se vuelque hacia la plaza, integrando al público exterior.

La Torre Mirador: Un cilindro transparente elevado a 13 metros. Su acceso es una joya técnica: una escalera helicoidal que envuelve la columna central de soporte, elevando al visitante sobre la ría.

El Edificio Polivalente: Funciona como el límite visual y administrativo del conjunto.

El elemento que termina de definir esta coreografía es la pasarela sinuosa que surca el aire de la plaza. Al conectar el auditorio con el museo, este trazo aéreo establece un límite virtual que, aunque altera el carácter unitario del espacio, refuerza la naturaleza escultórica de todo el recinto.

5. Cuando la Belleza se convierte en Función

Niemeyer fue el gran transgresor del dogma modernista que dictaba que «la forma sigue a la función». Para el maestro brasileño, la belleza no era un lujo, sino una necesidad funcional del espíritu. Si un edificio logra conmover y generar placer visual, entonces ha cumplido su función más elevada.

Sobre esta inversión del pensamiento funcionalista, Norman Foster reflexionó con precisión:

“Invirtiendo el conocido dicho «a la forma le sigue la función», Niemeyer demostró, en cambio, que «cuando una forma crea belleza, se convierte en funcional y, por tanto, en fundamental en arquitectura».”

Conclusión: El legado de una naturaleza serena

El Centro Niemeyer es, en última instancia, una pieza de naturaleza serena y armónica que ha logrado lo que pocos proyectos de vanguardia consiguen: generar un sentido de pertenencia. Al transformar un área degradada en un paisaje de curvas poéticas, el arquitecto regaló a los ciudadanos una nueva imagen de sí mismos, liberada de ataduras históricas y volcada hacia la sensibilidad del trazo.

Ante la rigidez y la ortogonalidad que dominan nuestras ciudades modernas, el legado de Avilés nos deja una pregunta necesaria: ¿Estamos dispuestos a permitir que la curva poética y la búsqueda de la belleza vuelvan a ser el eje vertebrador de las ciudades del futuro, o seguiremos prisioneros de la línea recta funcional?

© Oscar Niemeyer – International Cultural Centre – Aviles, Spain

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Septiembre de 2012.

Marcelo Gardinetti
Marcelo Gardinetti

Arquitecto, editor de Tecnne. Ver perfil ORCID

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