Memoria colectiva, morfología urbana y fundamentos del neorracionalismo
Gardinetti, Marcelo
Arquitecto, Editor de Tecnne · La Plata, Argentina
Tecnne · Año 2015, n.º 4
Resumen
En el contexto de la crisis del Movimiento Moderno durante la segunda mitad del siglo XX, Aldo Rossi formuló una propuesta teórica que articuló la racionalidad científica con la profundidad simbólica de la memoria colectiva. A través de sus conceptos centrales —tipo, locus, monumento y ciudad análoga—, Rossi construyó un sistema de interpretación arquitectónica orientado a recuperar la identidad de las ciudades mediante el análisis morfológico de sus hechos urbanos. El presente artículo examina los fundamentos filosóficos de esa teoría, sus vinculaciones con la pittura metafisica de De Chirico y la racionalidad de Loos, el proyecto disciplinar de La Tendenza, y las limitaciones estructurales de un método cuya coherencia interna no elude las tensiones entre rigor científico y ambigüedad interpretativa. Esa tensión no constituye un defecto del sistema: es precisamente lo que asegura su productividad crítica y su vigencia historiográfica.
Palabras clave: Aldo Rossi, ciudad análoga, tipo arquitectónico, memoria colectiva, teoría de la arquitectura.
Aldo Rossi y la reconstrucción teórica de la arquitectura urbana
El pensamiento arquitectónico de Aldo Rossi ocupa una posición singular en el debate teórico de la segunda mitad del siglo XX: constituye uno de los intentos más rigurosos —y más debatidos— de fundar científicamente la práctica arquitectónica en el análisis histórico de la ciudad. Formulado con especial sistematicidad en La arquitectura de la ciudad (Rossi 1966) y desplegado con creciente inflexión autobiográfica en la Autobiografia scientifica (Rossi 1981), el sistema rossiano propone que la comprensión morfológica de los hechos urbanos —tipos, monumentos, loci— constituye la base epistemológica de toda práctica proyectual legítima.
¿En qué medida ese sistema teórico logra articular su ambición científica con la inevitable mediación de la experiencia individual y la memoria colectiva? ¿Cuáles son las tensiones constitutivas que limitan su programa y, al mismo tiempo, garantizan su fertilidad crítica? Estas preguntas orientan el análisis que sigue. La hipótesis que lo articula sostiene que la coherencia interna del método análogo descansa sobre una tensión irresoluble —entre rigor morfológico y mediación autobiográfica, entre universalidad tipológica y particularidad del locus— cuya productividad crítica trasciende su carácter de limitación y explica la vigencia historiográfica del proyecto rossiano.
El análisis se apoya en un método de exégesis teórico-historiográfica: lectura de fuentes primarias (Rossi 1966, 1981, 1990) en diálogo con la recepción crítica canónica (Moneo 1978, 2004; Tafuri 1980; Montaner 1997; Sainz Gutiérrez 1999) y con las fuentes filosóficas y artísticas que el propio Rossi reconoce como fundamento de su pensamiento (Loos, De Chirico, Halbwachs, Quatremère de Quincy). El artículo se estructura en seis secciones: el contexto de crisis disciplinar; La Tendenza como proyecto colectivo; los fundamentos filosóficos del sistema rossiano; el análisis de sus cuatro categorías conceptuales centrales; el método análogo y su procedimiento proyectual; y, finalmente, las tensiones estructurales y la vigencia crítica del conjunto.

El contexto de la posguerra y la crisis disciplinar
En la segunda mitad del siglo XX, la arquitectura occidental atraviesa una profunda revisión de sus fundamentos. El agotamiento del vocabulario funcionalista del Movimiento Moderno —evidenciado tanto en la disolución de los Congresos Internacionales de Arquitectura Moderna (CIAM) como en la crítica a la aplicación masiva del urbanismo de zonificación— abrió un debate disciplinar que reclamaba nuevas bases teóricas. En ese escenario bifurcado, dos tradiciones de respuesta se configuraron en los años sesenta: la que optó por recuperar el simbolismo y la representatividad suprimidos por la modernidad, y la que intentó radicalizar la racionalidad arquitectónica desde nuevas premisas históricas y morfológicas.
La primera corriente, hegemónica en el mundo anglosajón y vinculada al capitalismo consumista del período, está representada por figuras como Robert Venturi, Denise Scott Brown, Charles Moore y Robert Stern, quienes propugnan el retorno a la complejidad simbólica y la contradicción formal como antídotos al puritanismo moderno (Venturi 1966). En Inglaterra, en paralelo, la obra teórica de Reyner Banham y las intervenciones del Team X y Archigram buscan actualizar el proyecto moderno mediante un lenguaje tecnológico más contundente, cuya herencia directa puede leerse en la obra posterior de Richard Rogers, Renzo Piano y Norman Foster.
En Italia, el debate adopta una dirección diferente. Mientras el movimiento Neo Liberty se disuelve en sus propias contradicciones internas, un grupo de arquitectos formados en torno a la revista Casabella-Continuità, bajo la dirección de Ernesto Nathan Rogers, articula una propuesta alternativa: recuperar la racionalidad histórica de la arquitectura y la ciudad como fundamento de la práctica proyectual. En ese marco emerge Aldo Rossi como la voz teórica más coherente y ambiciosa del panorama italiano.
La Tendenza y el proyecto neorracionalista
La propuesta de Rossi se inscribe en el movimiento conocido como La Tendenza, un grupo de arquitectos italianos que alcanzó reconocimiento internacional al exhibir su obra en la XV Trienal de Milán de 1973 bajo el lema Architettura razionale. El grupo, integrado además por Giorgio Grassi, Carlo Aymonino, Bruno Reichlin y Fabio Reinhart, entre otros, no constituyó una escuela formal ni un manifiesto unificado, sino —en palabras de Renato Nicolini— un intento de “definir un terreno teórico común” en torno a la arquitectura y la ciudad, al fundamento tipológico de la disciplina y a su transmisibilidad pedagógica.
Como ha señalado Rafael Moneo, la ambición cientificista de este primer Rossi se orientaba a identificar el territorio específico de la arquitectura —la ciudad— y a explorar los principios que han gobernado su construcción a lo largo de la historia (Moneo 2004: 103). Esta tarea, desarrollada con especial rigor en La arquitectura de la ciudad (1966), busca liberar a la disciplina de su subordinación al funcionalismo ingenuo y restituirle una autonomía conceptual fundada en la razón histórica.
El programa de La Tendenza resulta inseparable de su contexto político. La Italia de los años sesenta y setenta, atravesada por las tensiones del milagro económico y por la emergencia de nuevas formas de conflicto urbano, provee el trasfondo social en el que la pregunta por la identidad de la ciudad adquiere urgencia política, además de disciplinar. Esta dimensión —que Tafuri examina desde posiciones próximas al materialismo histórico (Tafuri 1980)— impide reducir el neorracionalismo italiano a un formalismo: se trata de un proyecto que interpela a la ciudad como arena de conflicto y memoria colectiva.


Fundamentos filosóficos: Loos, De Chirico y la memoria colectiva
La posición teórica de Rossi tiene raíces filosóficas diversas. Por un lado, la influencia determinante de Adolf Loos —cuyo ensayo Ornamento y crimen (1908) el propio Rossi contribuyó a difundir en Italia— le proporciona el modelo de una racionalidad arquitectónica despojada de decoración gratuita y orientada a la esencia constructiva. Este racionalismo heredado de Loos no es meramente técnico: implica una ética de la forma, la convicción de que la simplicidad geométrica es condición necesaria para que la arquitectura participe de manera auténtica en la vida civil.
La influencia de la pittura metafisica de Giorgio De Chirico opera en un registro completamente distinto. Las plazas deshabitadas, las arcadas silenciosas, la yuxtaposición de objetos arquitectónicos fuera de escala y de tiempo histórico en los cuadros chirichescos constituyen para Rossi un modelo visual de la condición urbana: la ciudad como sedimento de memorias colectivas que sobreviven a sus funciones originales. El propio Rossi reconoció esta deuda en sus Quaderni azzurri, y la literatura crítica posterior ha subrayado cómo esa melancolía metafísica impregna tanto sus dibujos como su arquitectura construida.
El concepto de memoria colectiva —tomado de la tradición sociológica inaugurada por Maurice Halbwachs en su obra póstuma La mémoire collective (1950)— permite articular ambas influencias en un sistema coherente. La memoria colectiva no es para Rossi un depósito de imágenes del pasado, sino el mecanismo activo mediante el cual una comunidad construye y reconoce su identidad espacial. La arquitectura, en esta concepción, no crea ex nihilo: sedimenta y reactiva esos estratos memoriales a través de formas que trascienden sus funciones inmediatas.
El sistema conceptual: tipo, locus, monumento y ciudad análoga
El andamiaje conceptual de Rossi descansa sobre cuatro nociones interrelacionadas: el tipo arquitectónico, el locus, el monumento y la ciudad análoga. Cada una cumple una función precisa en la articulación entre historia, forma y proyecto.
El tipo arquitectónico como principio morfológico
El tipo constituye el núcleo epistemológico de la teoría rossiana. Heredero de la tradición tipológica que va de Quatremère de Quincy —quien lo definiera como “un objeto que debe servir de regla al modelo” (Quatremère de Quincy 1825, citado en Colquhoun 1967)— a los racionalismos del siglo XX, Rossi lo redefine no como un modelo a imitar sino como “la idea misma de la arquitectura: lo que está más cerca de su esencia. Y por ello, lo que, no obstante cualquier cambio, siempre se ha impuesto al sentimiento y a la razón, como principio de la arquitectura y de la ciudad” (Rossi 1981: 80). El tipo no es una forma cerrada, sino un principio generativo que garantiza la continuidad formal de la ciudad a través del tiempo. Como ha señalado Moneo, sin embargo, la noción de tipo comporta también el riesgo de un pensamiento excesivamente cerrado, estático y proclive al conservadurismo formal (Moneo 1978: 28).
El locus y la identidad del lugar en la arquitectura
El locus introduce la dimensión del lugar como categoría insustituible del análisis arquitectónico. Rossi lo define como “aquella relación singular y sin embargo universal que existe entre cierta situación local y las construcciones que están en aquel lugar” (Rossi 1981: 185). El locus no es un concepto geográfico sino cultural: supone que cada lugar posee un carácter irreductible que condiciona y cualifica las construcciones que lo habitan. En este sentido, se aproxima a la noción fenomenológica de genius loci elaborada por Christian Norberg-Schulz (1979), aunque Rossi la reencuadra desde una perspectiva morfológica, más que experiencial.
El monumento como soporte de la memoria colectiva
El concepto de monumento designa los hechos urbanos que, por su capacidad de persistir en el tiempo, condensan la memoria colectiva de la ciudad más allá de su función original. Para Rossi, los monumentos no son necesariamente los edificios institucionales o emblemáticos en el sentido convencional, sino aquellos elementos que, por su forma y su relación con el tejido urbano, actúan como anclas de la identidad colectiva. Esa permanencia formal es lo que permite a la ciudad construir una continuidad histórica que trasciende sus ciclos funcionales.
La ciudad análoga como método de interpretación urbana
La ciudad análoga es el concepto que sintetiza el método proyectual de Rossi. La tavola presentada junto a Eraldo Consolascio, Bruno Reichlin y Fabio Reinhart en la Bienal de Venecia de 1976 constituye su formulación más precisa: un collage de fragmentos tipológicos extraídos de ciudades diversas, recompuestos en una nueva configuración urbana que no reproduce ninguna ciudad existente pero condensa los principios formales que las gobiernan. La ciudad análoga procede mediante la fragmentación metodológica de la memoria urbana —de manera análoga a los capricci de Canaletto, a quienes Rossi reconoce como precursores visuales de este método— para construir una nueva realidad formal que no imita, sino que abstrae.


El método análogo: geometría, arquetipo y depuración simbólica
El procedimiento proyectual que Rossi deriva de estos conceptos opera mediante la reducción de las imágenes urbanas a arquetipos geométricos elementales. El cilindro deviene columna o tumba; el triángulo equilátero, tímpano; la semiesfera o la pirámide, cúpula; el cuadrado, ventana o patio. Estas equivalencias no son arbitrarias: pertenecen a un inventario de formas que la historia de la arquitectura occidental ha consolidado como legibles para cualquier contexto social que comparte una misma memoria colectiva.
La operación análoga no se agota en un ejercicio de reducción formal: implica una toma de posición epistemológica sobre la naturaleza del conocimiento arquitectónico. Rossi propone que la arquitectura solo puede fundamentarse científicamente si articula sus procedimientos con los arquetipos que la historia ha sedimentado en la conciencia colectiva. La Autobiografia scientifica (1981), cuyo título remite a la tradición científica de Max Planck, desarrolla esta convicción desde un registro más introspectivo, y revela la tensión permanente entre el rigor del método y la pulsión del recuerdo personal.
El resultado formal de este método se caracteriza por la simplicidad geométrica, la escasa variedad de elementos, la articulación del color y la luz como instrumentos primarios de diferenciación, y una claridad tipológica que aspira a trascender el particularismo estilístico. En las obras construidas —desde el Cementerio de San Cataldo en Módena (1971) hasta el Teatro del Mondo (1979)—, estos principios producen una arquitectura de resonancias monumentales y atmósfera a un tiempo austera y evocadora, que la crítica ha conectado con la tradición del racionalismo italiano de los años treinta.
El Cementerio de San Cataldo merece atención particular como verificación proyectual del método. Su planta cuadrangular se organiza en torno a un ossario cúbico con ventanas ciegas que evocan una habitabilidad imposible; sus galerías de pórticos remiten al tipo del camposanto italiano; y la reducción cromática a los rojos y ocres del ladrillo, junto al revoque blanquecino, completa la traducción arquitectónica del principio análogo. La forma trasciende la función, y la memoria tipológica convierte el programa funerario en una reflexión sobre la ciudad misma como lugar de los muertos.
Tensiones y límites del sistema rossiano
La coherencia del sistema teórico de Rossi no oculta sus tensiones internas. La más significativa es la que se produce entre la pretensión científica del método y la inevitabilidad autobiográfica de su aplicación. Como ha observado Moneo, la carrera de Rossi describe un arco que va desde la ambición cientificista de La arquitectura de la ciudad hacia un territorio crecientemente dominado por los sentimientos, las imágenes y los objetos personales en la Autobiografia scientifica: “la sed de conocimiento se transforma en imperiosa expresión del sentimiento” (Moneo 2004: 127). Esta tensión no es un defecto del sistema, sino su rasgo más revelador: el intento de fundar científicamente la arquitectura en la historia colectiva no puede eludir la mediación de la experiencia individual.
Una segunda tensión afecta a la relación entre el tipo y la ciudad existente. El análisis tipológico rossiano, al reducir la diversidad formal de la ciudad a un número limitado de arquetipos, corre el riesgo de producir una visión excesivamente cerrada y estática de la historia urbana, vulnerable a convertirse en instrumento de legitimación del statu quo antes que en herramienta de transformación crítica. Esta objeción, formulada entre otros por Manfredo Tafuri desde posiciones próximas al materialismo histórico (Tafuri 1980), señala los límites políticos de un método que postula la continuidad formal como valor en sí mismo.
El propio Rossi reconoce la ambigüedad que su propuesta genera: el proceso de depuración arquetípica somete la semántica de los monumentos a una reducción tan exhaustiva que puede derivar en un objeto genérico, cuya legibilidad cultural depende casi exclusivamente de la luz, el color y la precisión geométrica. La sintaxis resultante, extrema en su austeridad, dificulta la conexión orgánica con los elementos heterogéneos del entorno urbano contemporáneo.
El análisis directo de las obras construidas permite añadir una tercera tensión, no siempre atendida por la bibliografía secundaria: la que existe entre la escala del método teórico, que opera sobre la ciudad como totalidad histórica, y la escala del proyecto arquitectónico individual. El método análogo produce con frecuencia objetos arquitectónicos de gran potencia simbólica pero de difícil inserción en tramas urbanas fragmentadas y heterogéneas. Su fuerza es la coherencia interna del sistema; esa misma coherencia puede constituir un obstáculo para la mediación con el contexto inmediato.

Conclusiones: vigencia crítica de un proyecto disciplinar
El análisis desarrollado permite formular tres conclusiones de alcance general. En primer lugar, la tensión entre ambición científica y mediación autobiográfica no debilita el sistema rossiano: lo hace productivo. La imposibilidad de sostener una ciencia pura de la arquitectura —porque la memoria personal se filtra inevitablemente en el método colectivo— es lo que conserva su capacidad de interpelación, allí donde formalismos más coherentes la han perdido.
En segundo lugar, la tipología rossiana, pese a sus riesgos de conservadurismo formal, sigue siendo uno de los pocos instrumentos teóricos capaces de articular arquitectura e historia sin reducir esta última a un repertorio de citas. Su premisa —que la forma tiene historia y la historia tiene forma— constituye un correctivo frente al tecnologismo deshistorizado de las vanguardias tecno-ecológicas contemporáneas y frente a la disolución culturalista del objeto arquitectónico en el paisajismo y el urbanismo blando.
En tercer lugar, el legado más duradero de Rossi no reside en las soluciones formales que su método propone, sino en la pregunta que instala: ¿qué debe recordar una ciudad cuando construye su futuro? Esa pregunta, que La Tendenza formuló con la radicalidad que su época requería, no ha perdido urgencia. En un contexto de aceleración urbana y de debilitamiento de los vínculos entre forma construida y memoria colectiva, la ciudad análoga sigue siendo una figura crítica irrenunciable: no como programa a ejecutar, sino como criterio de evaluación de la responsabilidad histórica del proyecto arquitectónico.
Marcelo Gardinetti
Bibliografía
Fuentes primarias
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