Cinco años después del primer manifiesto, y en un contexto europeo marcado por la inestabilidad política, el avance de los totalitarismos y la creciente polarización ideológica, André Breton publica el Segundo manifiesto del surrealismo (1929), texto que evidencia tanto la fractura interna del grupo como la voluntad de redefinir su orientación teórica y estratégica. Las tensiones acumuladas, derivadas de discrepancias personales y divergencias conceptuales, obligan a una reformulación que ya no se limita al ámbito literario, sino que asume explícitamente una dimensión política. El documento establece un desplazamiento decisivo: el surrealismo deja de concebirse únicamente como método de exploración del inconsciente y se articula como instrumento de intervención histórica. Breton vincula el movimiento con el materialismo dialéctico, incorporando categorías procedentes del marxismo y exigiendo una adhesión rigurosa a sus presupuestos ideológicos. Esta asociación no se presenta como una afinidad superficial, sino como una convergencia estructural entre la liberación psíquica y la transformación de las condiciones materiales de existencia. El manifiesto adopta, en consecuencia, un tono combativo. Funciona simultáneamente como declaración de confrontación frente al orden social vigente y como mecanismo de depuración interna. Se enumeran nombres, se establecen exclusiones y se delimita con precisión el perímetro doctrinal del grupo, bajo la premisa de que la coherencia intelectual y moral constituye un requisito indispensable para la pertenencia al movimiento. La escritura se convierte en instrumento de control y definición colectiva. En el plano conceptual, el texto insiste en la búsqueda de un punto de resolución de los contrarios, entendidos no como oposiciones irreconciliables sino como tensiones susceptibles de integrarse en una síntesis superior. Vida y muerte, realidad e imaginación, conciencia e inconsciente dejan de plantearse como categorías excluyentes; se persigue un estado en el que dichas polaridades se neutralicen dentro de una experiencia unificada. Esta aspiración, ya insinuada en 1924, adquiere aquí un carácter sistemático y programático. El segundo manifiesto consolida así una fase de radicalización. El surrealismo se configura como proyecto total, que articula práctica estética, teoría del conocimiento y compromiso político en una estructura coherente, aunque internamente conflictiva, cuya estabilidad depende de una disciplina ideológica estricta.
Segundo manifiesto del surrealismo
El segundo Manifiesto del Surrealismo, escrito por André Breton y Paul Éluard, se publicó como Second Manifeste du surréalisme en el número 12 de la revista La Révolution Surréaliste en diciembre de 1929. A diferencia del primer Manifiesto del Surrealismo, este es un texto polémico y sustancialmente político que critica duramente a los surrealistas puros por no involucrarse con la revolución marxista.
Segundo Manifiesto del Surrealismo
Si nosotros, no encontramos palabras bastantes para denigrar la bajeza del pensamiento occidental, si nosotros no tememos entrar en conflicto con la lógica, si nosotros somos incapaces de jurar que un acto realizado en sueños tiene menos sentido que un acto efectuado en estado de vigilia, si nosotros consideramos incluso posible dar fin al tiempo, esa farsa siniestra, ese tren que se sale constantemente de sus raíles, esa loca pulsación, este inextricable nudo de bestias reventantes y reventadas, ¿cómo puede pretenderse que demos muestras de amor, e incluso que seamos tolerantes, con respecto a un sistema de conservación social, sea el que sea? Esto es el único extravío delirante que no podemos aceptar.
Todo está aún por hacer, todos los medios son buenos para aniquilar las ideas de familia, patria y religión. En este aspecto la postura surrealista es harto conocida, pero también es preciso se sepa que no admite compromisos transaccionales. Cuantos se han impuesto la misión de defender el surrealismo no han dejado ni un instante de propugnar esta negación, de prescindir de todo otro criterio de valoración. Saben gozar plenamente de la desolación, tan bien orquestada, con que el público burgués, siempre innoblemente dispuesto a perdonarles ciertos errores «juveniles», acoge el deseo permanente de burlarse salvajemente de la bandera francesa, de vomitar de asco ante todos los sacerdotes, y de apuntar hacia todas las monsergas de los «deberes fundamentales» el arma del cinismo sexual de tan largo alcance.
Combatimos contra la indiferencia poética, la limitación del arte, la investigación erudita y la especulación pura, bajo todas sus formas, y no queremos tener nada en común con los que pretenden debilitar el espíritu, sean de poca o de mucha importancia. Todas las cobardías, las abdicaciones, las traiciones que quepa imaginar no bastarán para impedirnos que terminemos con semejantes bagatelas.
Sin embargo, es notable advertir que los individuos que un día nos impusieron la obligación de tener que prescindir de ellos, una’ vez solos se quedaron indefensos y tuvieron que recurrir inmediatamente a los más miserables expedientes para congraciarse con los defensores del orden, todos ellos grandes partidarios de conseguir que todos los hombres tengan la misma altura, mediante el procedimiento de cortar la cabeza de los más altos.
La fidelidad inquebrantable a las obligaciones que el surrealismo impone exige un desinterés, un desprecio del riesgo y una voluntad de negarse a la componenda que, a la larga, muy pocos son los hombres capaces de ello. El surrealismo vivirá incluso cuando no quede ni uno solo de aquellos que fueron los primeros en percatarse de las oportunidades de expresión y de hallazgo de verdad que les ofrecía. Es demasiado tarde ya para que la semilla no germine infinitamente en el campo humano, pese al miedo y a las restantes variedades de hierbas de insensatez que aspiran a dominarlo todo
[…] Nuestra adhesión al principio del materialismo histórico… Verdaderamente no se puede jugar con estas palabras. Si dependiera únicamente de nosotros -con eso quiero decir si el comunismo no nos tratara tan sólo como bichos raros destinados a cumplir en sus filas la función de badulaques y provocadores, nos mostraríamos plenamente capaces de cumplir, desde el punto de vista revolucionario, con nuestro deber. Desgraciadamente, en este aspecto imperan unas opiniones muy especiales con respecto a nosotros; por ejemplo, en cuanto a mí concierne, puedo decir que hace dos años no pude, tal como hubiera querido, cruzar libre y anónimamente el umbral de la sede del partido comunista francés, en la que tantos individuos poco recomendables, policías y demás, parecen tener permiso para moverse como don Pedro por su casa.
En el curso de tres entrevistas, que duraron varias horas, me vi obligado a defender al surrealismo de la pueril acusación de ser esencialmente un movimiento político de orientación claramente anticomunista y contrarrevolucionaria. Huelga decir que no tenía derecho a esperar que quienes me juzgaban hicieran un análisis fundamental de mis ideas. Aproximadamente en esta época, Michel Marty vociferaba, refiriéndose a uno de los nuestros: «Si es marxista, no tiene ninguna necesidad de ser surrealista. »
El surrealismo se ocupa y se ocupará constantemente, ante todo, de reproducir artificialmente este momento ideal en que el hombre, presa de una emoción particular, queda súbitamente a la merced de algo «más fuerte que él» que le lanza, pese a las protestas de su realidad física, hacia los ámbitos de lo inmortal. Lúcido y alerta, sale, después, aterrorizado, de este mal paso. Lo más importante radica en que no pueda zafarse de aquella emoción, en que no deje de expresarse en tanto dure el misterioso campanilleo, ya que, efectivamente, al dejar de pertenecerse a sí mismo el hombre comienza a pertenecernos.
Estos productos de la actividad psíquica, lo más apartados que sea posible de la voluntad de expresar un significado, lo más ajenos posible a las ideas de responsabilidad siempre propicias a actuar como un freno, tan independientes como quepa de cuanto no sea la vida pasiva de la inteligencia, estos productos que son la escritura automática y los relatos de sueños ofrecen, a un mismo tiempo, la ventaja de ser los únicos que proporcionan elementos de apreciación de alto valor a una crítica que, en el campo de lo artístico, se encuentra extrañamente desarbolada, permitiéndole efectuar una nueva clasificación general de los valores líricos, y ofreciéndole una llave que puede abrir para siempre esta caja de mil fondos llamada hombre, y le disuade de emprender la huida, por razones de simple conservación, cuando, sumida en las tinieblas, se topa con las puertas externamente cerradas M «más allá», de la realidad, de la razón, M genio, y M amor.
Día llegará en que la generalidad de los humanos dejará de permitirse el lujo de adoptar una actitud altanera, cual ha hecho, ante estas pruebas palpables de una existencia distinta de aquella que habíamos proyectado vivir. Entonces, se verá con estupor que, pese a haber tenido nosotros la verdad tan al alcance de la mano, hayamos adoptado en general, La precaución de procurarnos una coartada de carácter literario, en vez de adoptar la actitud de, sin saber nadar, tirarnos de cabeza al agua, sin creernos dotados de la virtud del Fénix penetrar en el fuego; a fin de alcanzar aquella verdad.
André Breton, 1930
Segundo manifiesto surrealista
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