BIBLIOTECAEscritos

Marina Waisman, Subjetividad y objetividad

Peter Einsenman, House III, tecnne

Una de las condiciones que el lector común suele exigir del historiador o del crítico es la “imparcialidad” o la “objetividad”. Esta simplista interpretación de la tarea histórico-crítica tiene, sin embargo, una justificación: la de quien pretende no ser manipulado por el escritor, apoyado en un mejor conocimiento del tema, mediante una interpretación arbitraria o tendenciosa de la realidad en favor de determinada corriente ideológica.

Por otro lado, es evidente que, como ya se ha indicado, de diferentes situaciones culturales surgen diferentes pautas de valoración y por tanto diferentes juicios, y al no existir una escala universal de valores debe aceptarse cierto grado de relativismo, o lo que es lo mismo, de subjetividad.

La objetividad absoluta requeriría la existencia de una verdad única, de un punto de vista único, lo que, a su vez, requeriría de un observador que no perteneciera a este mundo, que no hubiera recibido determinada educación, que no estuviera inmerso en grupo social ni época ni cultura alguna, puesto que todas esas circunstancias condicionan su modo de ver el mundo, y por tanto su modo de entender la arquitectura. Todo ser humano existe en un medio socio-cultural que constituye el marco obligado de su pensamiento. Esto no significa que sea incapaz de superar los límites que el medio le señala – si así no fuera la historia no existiría -; pero trabajará a partir del territorio en el que comienza a operar su pensamiento. Se ha dicho, con razón, que no se puede pensar cualquier cosa en cualquier época.

Las elecciones del historiador, o del crítico, se ven así afectadas por una serie de circunstancias epocales y otras personales. Entre las primeras deben considerarse: el estado del pensamiento filosófico, científico e historiografía), la situación y la problemática socio-política; el estado de la tecnología; y, en lo específico, el carácter de la praxis arquitectónica y urbana – su temática, la orientación del saber profesional, el papel del arquitecto en la comunidad, etc. etc. – y el estado del pensamiento arquitectónico y urbanístico. Esto tanto en el panorama internacional como en el local, a lo que debe agregarse el tipo de relación que exista entre la praxis local y la internacional, entre el pensamiento local y el internacional.

En lo personal, el juicio del historiador se verá influido por diversas circunstancias, asimismo por su formación profesional (como arquitecto, como historiador, como historiador del arte…), por su formación personal, por su relación con grupos profesionales determinados cuya acción le interese apoyar, o que influyan en su propia visión de la arquitectura; también tendrá peso el tipo de actividad que desarrolle (docencia, publicación periódica, libro, etc.) y, naturalmente, last but not least, su propia personalidad.

Este complejo haz de circunstancias producirá un particular enfoque de los problemas, una ideología arquitectónica específica. Este somero enunciado confirma el carácter subjetivo de la determinación de una escala de valores, una subjetividad que, si atiende a respetar los aspectos básicos de la problemática enunciada, no podrá ser ni arbitraria ni caprichosa, sino que representará una panicular visión de la realidad histórica, enraizada en la realidad misma.

Este “momento” subjetivo en la tarea del historiador conducirá, pues, a la formulación, explícita o implícita, de una escala de valores, como asimismo a la elección del objeto de estudio y de los instrumentos de análisis. ¿Quedaría, pues, librada a la pura subjetividad la tarea histórica? Muchas soluciones han propuesto los pensadores a este dilema. Conviene detenerse en la de Max Weber1, quien complementa esta etapa subjetiva con otra de la más estricta objetividad, determinando así límites al relativismo histórico y estableciendo el necesario equilibrio entre subjetividad y objetividad en la formulación y en la aplicación de una escala de valores. La objetividad exigida, una vez que se ha definido el sistema de valores – que no es otra cosa que una hipótesis de trabajo basada en una teoría de la arquitectura – consiste en guardar el más estricto respeto por los datos de la realidad. Esto es, aceptarlos tal como se presentan, sin intentar forzar los hechos para acomodarlos a las hipótesis formuladas. Esto exige, sin duda, un considerable grado de probidad científica, de amor a la verdad, y la humilde decisión de reformular una y otra vez la hipótesis si la realidad demuestra que era errada.

Precisamente un procedimiento corriente en la historiografía de todos los tiempos ha sido el escamoteo de datos, la supresión de aquellos hechos que destruirían o simplemente oscurecerían la hipótesis inicial. La organización de un “relato” en base a un argumento o intriga, por ejemplo, exige que cada acontecimiento desempeñe un papel determinado y que se lo describa en modo de asegurar su inserción en el texto desempeñando el rol asignado. Además, ciertos acontecimientos que no cumplen papel alguno en el relato elegido, serán suprimidos para mantener el sentido general. No ha de achacarse esta operación a mala fe del historiador, sino al carácter mismo de la operación de recorte que efectúa en la realidad histórica, al instrumento de análisis que utiliza y, básicamente, al grado de rigidez de sus convicciones. Por ejemplo, la convicción de que la arquitectura moderna estaba plenamente representada por la orientación de Gropius y del CIAM hizo que durante mucho tiempo la historiografía ignorara al movimiento expresionista; el Futurismo, por su parte, fue larga• mente castigado con el ostracismo historiográfico por motivos políticos; y debió pasar bastante tiempo hasta que comenzaron a conocerse en Occidente datos ciertos y completos acerca de la arquitectura revolucionaria rusa, que en revancha, ha sido estudiada prolífica- mente en los últimos años.

El compromiso con determinados grupos profesionales conduce asimismo a elaboraciones historiográficas que no siempre encuentran su confirmación posterior en los hechos. Baste citar dos casos, el Nuevo Brutalismo, definido por Reyner Banham a raíz de la obra de sus amigos Peter y Alison Smithson y James Stirling.  La primera realización, que fue la más comprometida desde un punto de vista teórico, esto es, la escuela de Hunstanton de los Smithson, no puede estrictamente ubicarse en la misma línea que la obra neo-funcionalista o hiper-funcionalista del Stirling de aquellos años. Aparece asimismo como ingrediente el uso del “béton brut”, del hormigón visto impuesto por Le Corbusier, y, en definitiva, bajo el manto del Brutalismo terminaron cobijándose expresiones muy diferentes, que representaban más bien una corriente figurativa, una corriente de gusto, que una ideología arquitectónica, como había sido la primera estricta aproximación de los Smithson.

Alison and Peter Smithson, Hunstanton School, tecnne
Alison and Peter Smithson, Hunstanton School, tecnne

También resultó fallido, años después, el intento de Colin Rowe de marcar una corriente neo-racionalista con lo que llamó “The five architects”. Creyó reconocer en ellos –    Richard Meier, Peter Eisenman, John Heyduk, Michael Graves, Charles Gwathmey- una orientación común de revisión y continuidad con la obra de Le Corbusier de los años 20. Todos ellos han negado su condición de grupo, sin embargo; y poco a poco las diferencias entre sus respectivas orientaciones se han hecho patentes, hasta el punto de que es difícil encontrar coincidencias entre la seca abstracción de Peter Eisenman, el libérrimo eclecticismo historicista de Graves o el refinado esteticismo purista de Richard Meier.

Otro caso clásico es el de Choisy quien, inspirado en teorías evolucionistas – y aquí se comprueba claramente la relación del historiador de arquitectura con el pensamiento científico y filosófico de su tiempo – fue seleccionando ejemplos históricos que le permitieron trazar una línea evolutiva de las estructuras portantes explicando cada nuevo “paso” como un progreso, en un encadenamiento lineal sumamente atractivo y convincente, que dejaba de lado todas las vacilaciones, desvíos, tentativas fallidas, vías  muertas que dan su color  al tejido de la “historia.

La exigencia de objetividad para el historiador ha de centrarse, pues, en la adhesión a la realidad en toda su complejidad, de modo que el recorte que inevitablemente ha de efectuar no distorsione los rasgos fundamentales del territorio en que opera. De todos modos, debería prevenir al lector declarando explícitamente su ideología arquitectónica y el método que ha de seguir en su trabajo2, con lo cual quedaría descartada toda manipulación del lector, que estaría en condiciones de decodificar adecuadamente la información y los juicios que se le presentan.

Marina Waisman

Marina Waisman, “El interior de la historia” (Bogota: Escala, 1993), 40

Notas:

1 Max Weber según Raymond Aron. La philosophie critique del’histoire J.Vrin.  I969 (la edición 1935), pp.218sqq.

2 Lucien Goldman, “Importancia del concepto de conciencia posible para la comunicación, en El concepto de información en la ciencia contemporánea. Siglo XXI.  México. 1966. p. 46. Un ejemplo excelente del cumplimiento de esta condición es el prólogo del libro de Kenneth Frampton. Modem Architecture, A crítical History, Oxford University Press, 1980 (hay traducción en español): “Como muchos otros de mi generación he sido influenciado por una interpretación marxista de la historia, aunque aún la más super• ficial lectura de este texto revelará que no se han aplicado ninguno de los métedos establecidos de análisis marxista. Por otra parte, mi afinidad para con la teoría critica de la Escuela de Frankfoít ha coloreado sin duda mi visión de todo el período, haciéndome agudamente consciente del lado oscuro del llurninismo…”. p. 9.

Fotografía de portada: ©Peter Eisenman, House III / Fotografía interior: ©Xavier de Jaureguiberry

TECNNE | Arquitectura y contextos