Peter Zumthor en Allmannajuvet: entre el sosiego y la seducción

Gardinetti, Marcelo

Arquitecto, Editor de Tecnne · La Plata, Argentina

Tecnne · Año 2015, n.º 1

Resumen

El ensayo analiza el Museo de la mina de zinc de Allmannajuvet, proyectado por Peter Zumthor e inaugurado en 2016 como parte de las rutas turísticas nacionales de Noruega. La interpretación se distancia de la idea de una arquitectura simplemente integrada en el paisaje y propone entender el proyecto como un dispositivo de reducción perceptiva. La fragmentación del programa, la escala contenida, el recorrido secuencial, la oscuridad interior y el encuadre controlado de las visuales desplazan la atención desde el objeto arquitectónico hacia el territorio. El análisis incorpora la dimensión tectónica de la obra, especialmente la utilización de madera, zinc, prefabricación y modelos a escala real, para explicar cómo la memoria minera se transforma en experiencia espacial. Asimismo, examina la noción de atmósfera como resultado de operaciones proyectuales verificables. Finalmente, aborda la tensión entre memoria industrial y consumo turístico, mostrando cómo la arquitectura convierte un paisaje productivo abandonado en patrimonio cultural y experiencia escénica.

Palabras clave: Peter Zumthor, Allmannajuvet, arquitectura y paisaje, memoria industrial, tectónica arquitectónica.

Reducción perceptiva y presencia arquitectónica

En el centro de la obra de Peter Zumthor se plantea una paradoja: una arquitectura que busca reducir su presencia en el paisaje requiere, para conseguirlo, un alto grado de precisión formal, material y espacial. La contención no constituye una propiedad espontánea del proyecto ni una renuncia a la forma. Es el resultado de un control riguroso de la escala, el color, los sistemas constructivos, la iluminación y la posición de cada elemento en el terreno. Aquello que se percibe como silencio arquitectónico es, en términos proyectuales, una operación de alta definición.

El Museo de la mina de zinc de Allmannajuvet, en el municipio de Sauda, región de Ryfylke, Noruega, permite examinar con particular claridad esta relación. El encargo se inició en 2002 y la obra abrió al público en 2016, después de catorce años de desarrollo.[1] Durante ese período, el proyecto atravesó sucesivas revisiones, ensayos mediante maquetas a escala real y ajustes constructivos que prolongaron su elaboración. El resultado se organiza como un conjunto de pequeñas piezas oscuras, separadas entre sí y elevadas sobre delgados montantes de madera. Los volúmenes se distribuyen sobre una pendiente abrupta, en el mismo territorio donde, a finales del siglo XIX, se extrajo y procesó mineral de zinc.

La interpretación habitual presenta la obra como una arquitectura vinculada al paisaje, sensible a la memoria del lugar y cuidadosamente integrada en su entorno. La descripción resulta pertinente, pero no alcanza a explicar el mecanismo espacial mediante el cual se produce esa relación. Los volúmenes de Zumthor no reproducen las formas del paisaje, tampoco adoptan sus colores ni buscan confundirse con la vegetación. Por el contrario, establecen una diferencia perceptible: cajas negras suspendidas sobre una topografía compuesta por granito, musgo y abedules. La arquitectura mantiene una presencia nítida. Sin embargo, esa presencia no se impone como un objeto autónomo frente al territorio.

La relación se construye mediante una reducción deliberada de la escala y de la percepción del conjunto. Zumthor fragmenta el programa, distribuye los edificios en distintos puntos de la ladera y elimina la posibilidad de aprehenderlos simultáneamente desde una posición dominante. El recorrido adquiere así una función compositiva fundamental. La arquitectura desplaza progresivamente la atención desde el volumen construido hacia la topografía, las antiguas instalaciones mineras, los senderos y las condiciones ambientales del lugar. El edificio deja de constituir el único objeto de observación y pasa a organizar las condiciones desde las cuales el territorio puede ser observado.

Esta condición modifica también la manera de comprender el proyecto. Allmannajuvet no puede reducirse a una composición que se contempla desde un punto de vista único. Su percepción depende del desplazamiento, de la secuencia temporal y de la experiencia corporal del desnivel. La fragmentación arquitectónica no constituye únicamente una decisión volumétrica; determina una forma específica de conocimiento del sitio.

La cuestión adquiere una dimensión adicional cuando se considera qué territorio construye el proyecto como objeto de percepción. Allmannajuvet no corresponde a un paisaje natural en sentido estricto, sino a un territorio productivo abandonado. La explotación minera transformó su topografía, construyó caminos, excavó galerías y estableció infraestructuras vinculadas a la extracción y al procesamiento del mineral. La posterior interrupción de la actividad permitió que la vegetación recolonizara progresivamente el área hasta producir la apariencia de un paisaje predominantemente natural. La intervención contemporánea vuelve a hacer visibles esas capas de transformación y, al mismo tiempo, incorpora el antiguo sitio industrial a un circuito cultural y turístico. La memoria del trabajo minero y su conversión en patrimonio forman parte, por tanto, de una misma operación.

Peter Zumthor, Museo de las minas de Zinc Allmannajuvet
Peter Zumthor, Museo de las minas de Zinc Allmannajuvet ©Arne Espeland

Territorio, memoria y materia de proyecto

Las minas de zinc de Allmannajuvet permanecieron activas entre 1881 y 1899. Durante esos dieciocho años se extrajeron aproximadamente doce mil toneladas de mineral y la explotación llegó a emplear a 168 trabajadores. El descenso del precio internacional del zinc, combinado con el elevado costo de una extracción realizada manualmente sobre una pendiente pronunciada, condujo al cierre definitivo de las minas.[2] El mineral se extraía mediante galerías estrechas excavadas en la roca, se seleccionaba manualmente, se lavaba y posteriormente se transportaba hacia el fiordo por un camino construido junto al río. Tras el abandono de la actividad, el lugar conservó muros de contención, plataformas, caminos y accesos a las galerías, mientras la vegetación cubría gradualmente buena parte de estas estructuras.

Este tipo de emplazamiento dificulta entender el contexto como un marco preexistente al que la arquitectura simplemente debe adaptarse. En Allmannajuvet, la topografía, las ruinas industriales, los senderos y las huellas del trabajo minero constituyen componentes activos del proyecto. Zumthor no introduce un museo independiente dentro de un sitio histórico, sino que establece una secuencia espacial capaz de reorganizar la percepción de ese sitio. Su aproximación a la historia tampoco se basa exclusivamente en la reconstrucción documental. El arquitecto ha descrito su interés por una historia transmitida mediante la materialidad y la atmósfera de los lugares, una forma de conocimiento anterior a su formulación explicativa (Zumthor y Lending, 2018).

Esta posición permite matizar la interpretación fenomenológica asociada a la obra de Zumthor. Norberg-Schulz (1980) formuló el concepto de genius loci como una identidad propia del lugar que la arquitectura debía reconocer y preservar. La noción resulta útil para comprender determinadas relaciones entre arquitectura y emplazamiento, aunque presupone una condición relativamente estable del lugar anterior a la intervención. Allmannajuvet introduce una dificultad significativa en esa lectura. El carácter que actualmente se atribuye al sitio, definido por su silencio, su aislamiento y su apariencia agreste, deriva en buena medida del abandono de la actividad industrial y de la posterior recolonización vegetal. La condición aparentemente natural del paisaje constituye, en realidad, el resultado histórico de una transformación productiva.

Cosgrove (1984) señaló que el paisaje es una construcción social e ideológica, determinada por formas históricas de percepción y representación, y no un dato neutral del territorio. Corner (1999) trasladó esta concepción al campo del proyecto al entender el paisaje como un medio activo de transformación cultural. Desde esta perspectiva, Allmannajuvet puede analizarse como una superposición de temporalidades: la geología del sitio, la explotación minera, el abandono industrial, la regeneración vegetal y la posterior patrimonialización conforman distintas capas de un mismo territorio.

La pregunta arquitectónica, por tanto, no consiste únicamente en cómo insertar nuevos edificios en el desfiladero sin alterar su apariencia. Consiste en determinar qué condiciones del territorio se vuelven perceptibles mediante la intervención. La respuesta de Zumthor se concentra en la dimensión material y espacial del trabajo minero. Las nuevas piezas se relacionan con las antiguas instalaciones, adoptan referencias constructivas propias de los cobertizos temporales y establecen una secuencia que conduce hacia el túnel excavado en la roca, conservado sin transformación sustancial. La arquitectura no reconstruye literalmente la explotación minera. Organiza las condiciones espaciales para que sus huellas puedan ser recorridas, observadas y comprendidas como parte de una experiencia territorial.

La materia del proyecto, en consecuencia, no se reduce a los edificios. Incluye la roca excavada, las plataformas, los caminos, los restos de las instalaciones y la vegetación que cubrió progresivamente las estructuras industriales. La intervención establece relaciones precisas entre estas capas sin intentar devolverlas a un estado histórico único. Su operación consiste en hacer legible la coexistencia de tiempos distintos dentro de un mismo paisaje.

Peter Zumthor, Museo de las minas de Zinc Allmannajuvet plano del sitio

Recorrido, cuerpo y construcción de la experiencia espacial

Uno de los principales problemas al analizar Allmannajuvet consiste en abordarlo como un objeto arquitectónico unitario. La intervención se organiza, en cambio, mediante piezas independientes distribuidas a lo largo de la pendiente, cuyo sentido aparece en la secuencia del recorrido. La experiencia comienza en el estacionamiento situado junto a la carretera, continúa por senderos y escaleras que recuperan los antiguos caminos mineros, atraviesa los distintos volúmenes y se detiene en las aberturas que encuadran el paisaje, hasta culminar en la galería excavada en la roca. Ningún punto de observación permite reunir el conjunto en una sola imagen.

El programa comprende un cuerpo de servicios que emerge de un muro de contención de piedra situado en el borde del acantilado, un café y una galería de exposición, ambos elevados mediante entramados de montantes de madera, además de una pieza menor que marca el acceso a la mina.[3] El último componente introduce una condición diferente: no constituye una construcción propiamente dicha, sino la conservación de una sustracción existente, el túnel estrecho donde trabajaban los mineros. Las piezas se diferencian por su función y por su posición topográfica, pero comparten una economía constructiva común. Ninguna ocupa una jerarquía central ni presenta una fachada concebida como frente representativo.

La fragmentación del programa tiene consecuencias sobre la percepción del conjunto. Al distribuirlo en unidades menores, Zumthor prescinde de una composición unitaria y, con ella, de una imagen sintética capaz de resumir la totalidad. Una fotografía puede registrar cada pieza, pero difícilmente condensar la experiencia espacial producida por su sucesión. La obra desplaza así el énfasis desde la contemplación estática hacia el movimiento. En este sentido, la afirmación de Zevi (1948) acerca del conocimiento del espacio arquitectónico mediante el recorrido encuentra en Allmannajuvet una aplicación particularmente precisa: la obra sólo se comprende en la relación temporal entre sus partes.

Esta secuencia, sin embargo, requiere distinguirse de la promenade architecturale moderna. En la Villa Savoye, el recorrido constituye un dispositivo interno que organiza la percepción del edificio y conduce hacia una instancia de síntesis: la rampa alcanza la terraza, desde donde la arquitectura y el paisaje pueden percibirse conjuntamente. En Allmannajuvet, en cambio, el recorrido precede a la arquitectura. La secuencia ya existía como camino de explotación minera y el proyecto la incorpora como estructura organizativa, reforzándola mediante una sucesión de volúmenes y elementos necesarios para su funcionamiento contemporáneo: escaleras, plataformas, senderos y servicios. La arquitectura introduce intervalos dentro de un trayecto preexistente. No origina el recorrido ni constituye su punto final.

El cuerpo del visitante participa, por tanto, en la construcción de la experiencia de una manera que excede la percepción visual. La pendiente exige esfuerzo físico, las escaleras establecen una cadencia y las condiciones ambientales aportan información adicional mediante la humedad, el sonido del agua y la temperatura de la roca. Bloomer y Moore (1977) señalaron que la comprensión espacial se estructura también a partir de la memoria háptica del cuerpo, mientras Pallasmaa (1996) cuestionó la primacía de la visión en la experiencia arquitectónica. En Allmannajuvet, esta dimensión corporal adquiere además una relación específica con la historia del lugar. El visitante experimenta, de forma limitada y voluntaria, una parte de las condiciones físicas asociadas al trabajo minero. El recorrido no reproduce esa actividad, pero establece una correspondencia corporal con el esfuerzo que caracterizó la explotación del sitio.

Tectónica, materialidad y memoria de la explotación minera

La interpretación material de Allmannajuvet suele concentrarse en la elección de la madera como referencia a las antiguas construcciones de la explotación minera. La asociación es pertinente, pero resulta insuficiente si convierte el material en una cita histórica y reduce la arquitectura a una operación de evocación. La relación entre construcción y memoria se encuentra en un nivel más preciso: en la forma en que la estructura, los materiales y los sistemas de montaje reinterpretan las condiciones constructivas asociadas al lugar.

La estructura portante está compuesta por montantes de pino laminado impregnados con creosota y fijados mediante placas de acero ancladas directamente a la roca. El elemento de mayor altura alcanza aproximadamente veinticuatro metros. La densidad de los apoyos produce la apariencia de un bosque artificial que se adhiere al borde del acantilado y sostiene los volúmenes sobre la pendiente. Sobre este entramado se apoyan cajas cerradas construidas con tableros contrachapados de dieciocho milímetros, revestidos exteriormente con arpillera de yute y una capa impermeabilizante de metacrilato que produce una superficie negra y uniforme. El interior mantiene la misma tonalidad. Las cubiertas de chapa ondulada se separan del cuerpo principal, mientras que las puertas y sus herrajes incorporan zinc. Las piezas se prefabricaron en Saudasjøen y posteriormente se ensamblaron en el emplazamiento. Zumthor desarrolló los detalles constructivos mediante maquetas a escala real, procedimiento relacionado con su concepción del proyecto como resolución concreta de encuentros entre materiales y sistemas constructivos, antes que como ejercicio exclusivamente gráfico (Zumthor, 2004).[4]

La definición de lo tectónico propuesta por Frampton (1995) resulta pertinente para interpretar esta operación: la construcción adquiere dimensión arquitectónica cuando la estructura, el ensamblaje y la relación entre materiales forman parte de la expresión de la obra, en continuidad con una tradición que encuentra uno de sus antecedentes fundamentales en Semper. Desde esta perspectiva, la referencia a las construcciones mineras de Allmannajuvet no funciona como analogía formal. Los nuevos volúmenes no reproducen la configuración de un barracón ni reconstruyen su apariencia. Adoptan, en cambio, una lógica constructiva asociada a aquellas estructuras: armazones ligeros, montados sobre una topografía difícil y vinculados a una actividad cuya permanencia dependía de las condiciones de explotación. La memoria histórica se incorpora al sistema constructivo.

Esta operación introduce una tensión entre precariedad y permanencia. Las construcciones mineras originales respondían a una economía productiva que no justificaba una inversión elevada en estructuras permanentes. Zumthor recupera esa condición mediante procedimientos técnicamente sofisticados: prefabricación, cálculo de los anclajes, selección de revestimientos durables y ensayos a escala real. La apariencia de provisionalidad resulta, paradójicamente, de un proceso constructivo altamente controlado. La obra reconstruye una condición precaria mediante medios destinados a garantizar su permanencia. En esa diferencia entre el modelo histórico y su reinterpretación contemporánea aparece una reflexión sobre la transformación de un espacio de trabajo en objeto patrimonial.

El zinc concentra otra dimensión de esta relación entre territorio, construcción y memoria. Constituye el mineral que originó la explotación y, con ella, los caminos, las instalaciones, el trabajo y las ruinas que actualmente estructuran el sitio. En la intervención contemporánea, el mismo material reaparece en las cubiertas onduladas y en las puertas, vinculando la materia extraída del territorio con la construcción que actualmente lo interpreta. El zinc también está presente en la denominación del museo, de modo que su función excede la de un material de acabado.

Su recorrido dentro del proyecto puede entenderse como una transformación material: primero aparece como recurso geológico, después como objeto de extracción y finalmente como componente arquitectónico. El material que fue retirado de la montaña regresa convertido en superficie, cubierta y umbral. La relación entre arquitectura e historia minera queda así inscrita en la propia construcción. El zinc no funciona únicamente como referencia al pasado de la explotación; participa físicamente en la arquitectura que permite reconocerlo.

Atmósfera y operaciones proyectuales verificables

Zumthor (2006) definió la atmósfera como una cualidad espacial que permite reconocer un lugar de manera inmediata, antes de cualquier análisis consciente, a partir de la interacción entre forma, materia, color, textura, temperatura y sonido. El concepto alcanzó una amplia difusión en la teoría arquitectónica, pero su uso extensivo también ha debilitado su capacidad analítica. Cuando la atmósfera se utiliza para explicar simultáneamente la forma, los materiales, la iluminación, la emoción, la memoria y la identidad, deja de designar un fenómeno específico. Se convierte entonces en una categoría general que sustituye la descripción de las operaciones que producen la experiencia.

La discusión filosófica permite precisar el concepto. Böhme (2017) sitúa la atmósfera en una posición intermedia: no constituye una propiedad inherente al objeto ni un estado exclusivamente subjetivo, sino una realidad relacional producida por las cualidades sensibles de un ambiente y experimentada corporalmente. Griffero (2014) desarrolla esta condición al definirla como una cualidad “casi objetiva”, susceptible de descripción porque depende de decisiones materiales y espaciales concretas. Desde esta perspectiva, el análisis arquitectónico puede desplazar la pregunta desde la identificación de una atmósfera hacia las operaciones mediante las cuales esta se produce.

En Allmannajuvet, esas operaciones pueden identificarse con relativa precisión. La reducción cromática elimina variaciones decorativas y concentra la percepción en el contraste entre las superficies negras de los edificios y el fondo mineral y vegetal. La oscuridad interior, obtenida mediante paredes pintadas del mismo tono, establece una relación perceptiva con la penumbra de las galerías mineras y convierte las aberturas en dispositivos ópticos: cada una recorta una porción determinada del paisaje y la transforma en un campo visual delimitado.

La escala de los volúmenes reduce su impacto frente a la dimensión del desfiladero. La separación entre las piezas prolonga el tiempo del recorrido y alterna de manera constante espacios interiores y exteriores. La elevación sobre montantes despega las construcciones del terreno, permite conservar la continuidad visual de la pendiente y modifica la percepción de la distancia entre el cuerpo y el suelo. La iluminación natural, restringida a aberturas cuidadosamente situadas, regula el tránsito entre la luminosidad exterior y la penumbra interior. La madera introduce, a su vez, una condición táctil y olfativa diferenciada frente a la humedad de la roca y la temperatura del agua.

Consideradas en conjunto, estas decisiones permiten pasar de una descripción de efectos a una identificación de causas. La atmósfera no aparece como una propiedad autónoma que el edificio simplemente transmite, sino como el resultado perceptible de una construcción espacial que puede rastrearse en la escala, los materiales, las aberturas, la iluminación y el sistema de implantación. En Allmannajuvet, estas operaciones concentran la atención en el territorio. La penumbra interior intensifica la percepción del paisaje al convertir las aberturas en encuadres precisos; la reducción volumétrica disminuye la presencia del edificio para ampliar el campo perceptivo del entorno. La experiencia atmosférica deriva, por tanto, de una serie de relaciones arquitectónicas verificables.

De paisaje industrial a destino turístico cultural

Esta lectura podría conducir a una conclusión relativamente estable: Allmannajuvet organiza una arquitectura subordinada a la percepción del territorio y recupera, mediante la construcción, determinadas condiciones asociadas a la memoria del trabajo minero. Sin embargo, esa interpretación resulta incompleta si no considera el marco institucional en el que se desarrolla la intervención.

Allmannajuvet forma parte del programa noruego de Rutas Turísticas Nacionales, gestionado por la administración vial estatal. El programa reúne itinerarios seleccionados en distintas regiones del país e incorpora proyectos de arquitectura y arte destinados a establecer miradores, áreas de descanso y pequeños equipamientos vinculados a la experiencia del paisaje. Zumthor había participado previamente en el mismo programa con el memorial de Steilneset, en Vardø, realizado en colaboración con Louise Bourgeois.[5] La intervención de Allmannajuvet se inscribe así en una política pública que combina conservación patrimonial, producción cultural, infraestructura turística y desarrollo económico regional.

Hvattum y sus colaboradores (2011) han mostrado que una carretera turística no constituye un medio neutral de acceso al paisaje. Su trazado selecciona determinados puntos de observación, establece lugares y tiempos de detención, jerarquiza aquello que puede verse y organiza el territorio como una secuencia espacial. Urry y Larsen (2011) denominaron “mirada turística” a esta construcción social de la percepción, mediante la cual determinados paisajes adquieren valor como objetos de contemplación antes incluso de ser visitados. Desde esta perspectiva, la arquitectura de Zumthor participa en la producción de un paisaje culturalmente legible y físicamente accesible.

Esta condición introduce una tensión relevante en la interpretación del proyecto. Allmannajuvet fue originalmente un lugar de extracción, aislamiento y esfuerzo físico. La intervención lo convierte en un destino de visita dotado de cafetería, servicios sanitarios y estacionamiento. El territorio productivo se transforma en un espacio de contemplación y consumo cultural. La diferencia no es secundaria: modifica el régimen de uso del lugar y, con ello, el significado atribuido a sus restos.

Riegl (1903) había señalado que el valor de antigüedad, basado en la percepción estética de las huellas producidas por el paso del tiempo, constituye una construcción moderna que puede separarse del significado histórico original del objeto. Huyssen (2003) observó, por su parte, que la musealización contemporánea tiende a convertir el pasado en una experiencia disponible para el consumo cultural. Allmannajuvet participa de esta transformación. Las ruinas de una explotación minera que durante décadas careció de una presencia patrimonial significativa adquieren una nueva condición cultural cuando una intervención arquitectónica las incorpora a un recorrido, establece puntos de observación y organiza un programa de visita.

La comparación con la obra de Smithson permite precisar esta transformación. En su recorrido por los restos industriales de Passaic, el artista observó cómo los residuos de la producción podían adquirir una dimensión monumental a través de la mirada, aun cuando nunca hubieran sido concebidos como monumentos (Smithson, 1967). En Allmannajuvet, esa transformación deja de depender exclusivamente de la percepción individual y adquiere una estructura institucional. La arquitectura determina el recorrido, señala los restos, establece espacios de permanencia y convierte el antiguo territorio industrial en patrimonio visitable.

Esta condición no implica, por sí misma, una impugnación del proyecto. Tafuri (1973) planteó que ninguna arquitectura puede separarse de las condiciones económicas, políticas e institucionales que determinan su producción, y que el análisis crítico debe hacer visibles esas relaciones. Allmannajuvet tampoco las oculta. La cafetería y los servicios forman parte de la composición, el estacionamiento establece el punto de llegada y el sistema de circulación organiza explícitamente la experiencia del visitante.

El túnel minero introduce, sin embargo, una diferencia decisiva. Conservado sin transformación significativa, constituye el punto final del recorrido y confronta al visitante con una condición espacial que no responde a los criterios de comodidad y refinamiento presentes en los nuevos edificios. La galería es estrecha, húmeda y oscura. Su escala corresponde al trabajo que allí se desarrollaba y no a las condiciones de una experiencia cultural diseñada para el visitante. Además, constituye el único espacio principal del conjunto que no fue construido por Zumthor.

La secuencia adquiere así una estructura crítica específica. Los nuevos edificios organizan y refinan la experiencia del recorrido, pero conducen finalmente hacia un espacio cuya materialidad conserva la dureza de la explotación minera. La arquitectura contemporánea administra la distancia entre la experiencia turística del paisaje y la historia productiva inscrita en él, sin borrar por completo la fricción entre ambas condiciones. La memoria del trabajo y el consumo cultural del territorio permanecen vinculados dentro de una misma operación espacial.

Reducción perceptiva, memoria y consumo del paisaje

La interpretación de Allmannajuvet como una arquitectura simplemente respetuosa con el entorno resulta insuficiente. La discreción de la intervención no deriva de una actitud ética abstracta frente al paisaje, sino de un conjunto identificable de operaciones proyectuales: fragmentación del programa, reducción de la escala, oscurecimiento de los interiores, control de las visuales, organización secuencial del desplazamiento y adopción de una lógica constructiva vinculada a las antiguas estructuras mineras. La atmósfera que suele describirse como una cualidad envolvente puede entenderse, en consecuencia, como el efecto perceptible de estas decisiones.

Esta lectura permite precisar una cuestión disciplinar más amplia. La relación entre arquitectura y paisaje no depende necesariamente de la semejanza formal entre ambos, sino de la manera en que la intervención modifica las condiciones de percepción del territorio. Los volúmenes negros de Allmannajuvet contrastan con la roca, el musgo y los abedules. Su diferenciación cromática y volumétrica evita cualquier pretensión de continuidad mimética y permite que los edificios funcionen como instrumentos de observación y orientación corporal. La arquitectura no intenta confundirse con la naturaleza; establece una diferencia controlada para dirigir la atención hacia ella.

La integración paisajística se produce, por tanto, mediante una reducción de la presencia arquitectónica en términos perceptivos, no mediante su desaparición material. Al fragmentar el programa y distribuirlo sobre la pendiente, Zumthor reduce la capacidad del conjunto para imponerse como una figura única. Al mismo tiempo, organiza el recorrido, determina puntos de observación y establece relaciones precisas entre interior, exterior y paisaje. Esta operación desplaza la atención desde el edificio hacia el territorio, pero también modifica la condición de ese territorio como objeto de percepción. El paisaje deja de ser únicamente un soporte físico y se convierte en una experiencia culturalmente estructurada.

Aquí aparece la dimensión institucional del proyecto. Allmannajuvet participa en un programa estatal destinado a articular arquitectura, infraestructura y turismo en torno a determinados paisajes noruegos. La intervención conserva y hace legibles las huellas de la explotación minera, pero simultáneamente incorpora el antiguo territorio productivo a un sistema contemporáneo de visita y consumo cultural. La memoria del trabajo se presenta mediante un recorrido cuidadosamente construido, dotado de servicios y organizado para producir una experiencia espacial específica.

La tensión central permanece abierta. Un proyecto destinado a hacer perceptible la memoria de una explotación breve y físicamente exigente forma parte de un programa orientado a atraer visitantes hacia el paisaje noruego. El territorio productivo abandonado adquiere así la condición de paisaje cultural, mientras las huellas del trabajo pasan a formar parte de una experiencia estética y turística. La arquitectura reduce su presencia como objeto para intensificar la presencia del lugar que la rodea, pero esa misma operación incrementa la visibilidad cultural del territorio y facilita su incorporación a circuitos de consumo.

Allmannajuvet no elimina esta contradicción. La estructura espacial del proyecto la hace legible. Los edificios organizan el recorrido y construyen las condiciones para observar el paisaje; la secuencia culmina, sin embargo, en una galería excavada en la roca cuya estrechez, humedad y oscuridad interrumpen la continuidad de la experiencia contemplativa. Allí la arquitectura contemporánea cede ante una condición espacial heredada de la explotación. El recorrido alcanza su límite precisamente en el lugar donde la memoria productiva conserva mayor resistencia frente a su transformación en experiencia cultural.

Peter Zumthor, Museo de las minas de Zinc Allmannajuvet estructuras

Fotografías: ©Per Berntsen  / ©Arne Espeland / ©Aldo Amoretti

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Marcelo Gardinetti
Marcelo Gardinetti

Arquitecto, editor y director de Tecnne desde 2011.
Investigador en teoría y crítica de la arquitectura moderna y contemporánea.
La Plata, Argentina.
ORCID: https://orcid.org/0000-0002-6679-7951

Artículos: 1239

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