El texto se presenta bajo el formato de entrevista como estrategia discursiva para articular una reflexión teórica en torno a La estructura ausente de Umberto Eco y a su incidencia en el desarrollo del pensamiento semiótico aplicado a la arquitectura, el diseño y el espacio urbano. A través de un diálogo construido, se examinan nociones fundamentales como la estructura entendida como modelo hipotético, la consideración de la arquitectura como fenómeno comunicativo y la distinción operativa entre funciones primarias y funciones secundarias en los objetos y sistemas arquitectónicos. El recorrido conceptual se amplía con la referencia a los sistemas antropológicos de la proxémica, entendidos como estructuras reguladoras de la distancia, la relación y la percepción corporal en el entorno arquitectónico. El diálogo culmina en una lectura crítica del urbanismo moderno, tomando como caso de estudio la ciudad de Brasilia, cuya configuración formal y funcional permite problematizar las limitaciones de los modelos urbanos cerrados y altamente codificados. A partir de este análisis, se plantea la necesidad de pensar la arquitectura como una obra abierta, susceptible de interpretaciones múltiples y de apropiaciones diversas por parte de sus usuarios. La entrevista opera, de este modo, como un dispositivo analítico que permite condensar, reorganizar y poner en relación distintos núcleos conceptuales del pensamiento de Eco, destacando su pertinencia para el análisis contemporáneo de la arquitectura, el diseño y la ciudad.
La estructura ausente: Conversación imaginaria con Umberto Eco
1. El Umbral del Estructuralismo: De la Ontología a la Metodología
Tecnne: Doctor Eco, ante el agotamiento de un estructuralismo que busca «esencias» inmutables, ¿cómo debemos entender el tránsito hacia la postura crítica de la «estructura ausente» en el análisis de los sistemas comunicativos?
Umberto Eco: Para elucidar esta cuestión, debemos partir de la premisa de que toda estructura se postula como un modelo estructural y no como una realidad sustancial. En mi planteamiento, la «estructura» no es algo que preexista al análisis en el tejido del ser, sino una hipótesis teórica que deducimos mediante la observación de los usos comunicativos y las convenciones sociales. Al hablar de una «estructura ausente», me refiero precisamente a la imposibilidad de hallar un fundamento último y estático; la estructura es, en rigor, un instrumento heurístico que nos permite verificar la isomorfía entre diversos niveles de la cultura.
Los códigos, en este sentido, no son leyes naturales, sino convenciones que establecen una relación de pertinencia entre determinados planos de expresión y de contenido. No se trata de una verificación empírica de casos singulares —lo cual nos reduciría a una psicología del comportamiento—, sino de la construcción de modelos que den cuenta de la recurrencia sintagmática de los signos. La estructura es, por definición, una mediación intelectual que permite el paso de la observación caótica de los fenómenos a la sistematización de un orden de relaciones.
Es fundamental comprender que el código se funda en una hipótesis de regularidad: el investigador postula que un determinado significante ha sido investido de un significado específico por una cultura dada. Esta relación de significación se comprueba no por una esencia mística, sino por la funcionalidad del modelo para explicar las reacciones de los usuarios ante el estímulo comunicativo. Así, la noción de estructura deviene en una herramienta dialéctica que, al reconocerse como ausente en el plano de la ontología, adquiere toda su potencia en el plano de la metodología crítica.
Esta distinción nos permite evitar el determinismo dogmático y abrir la puerta a una semiótica que comprenda la cultura como un proceso dinámico de comunicación. El modelo estructural no es el punto de llegada, sino el punto de partida para una desconstrucción de los mecanismos mediante los cuales la sociedad dota de sentido a su entorno. En última instancia, esta abstracción de los códigos encuentra su terreno de validación más fértil en la configuración material del hábitat humano, donde la forma no solo precede a la función, sino que la significa: la arquitectura.

2. La Arquitectura como Fenómeno Comunicativo: Signo y Función
Tecnne: Considerando que la arquitectura nace de la necesidad práctica, ¿de qué manera un objeto de uso —un elemento puramente funcional— puede ser comprendido semióticamente como un significante?
Umberto Eco: La dificultad teórica inicial reside en que, si aplicáramos el triángulo semiótico de Richards a la arquitectura, tropezaríamos con obstáculos insuperables. En el sistema de Richards, el símbolo remite a una referencia y esta a un referente; no obstante, en el objeto arquitectónico, el referente (la realidad física) y el significado (la función que permite) tienden a coincidir de tal manera que el triángulo se colapsa. Si una puerta es un símbolo cuya referencia es la «posibilidad de acceso», ¿cómo definir el referente sino como la puerta misma? Esta coincidencia entre el objeto y la función que denota invalida las aproximaciones semióticas tradicionales que requieren una distinción neta entre la cosa y su sentido.
Para superar este escollo, debemos recurrir a la distinción que hace Giovanni Klaus Koenig, basándose en la semiótica de Morris, donde el lenguaje arquitectónico se compone de vehículos ségnicos que promueven comportamientos. Aunque Morris habla del signo como un «estímulo preparatorio» que sustituye a un objeto estimulante, en arquitectura el objeto es el estímulo mismo. Es aquí donde debemos precisar la noción de desixnatum: el signo arquitectónico denota una función de manera exacta y convencional, independientemente de que dicha función se ejerza efectivamente en un momento dado.
Tomemos el ejemplo paradigmático de la escalera: su configuración formal —una serie de planos horizontales superpuestos a niveles progresivos— constituye un significante que, en virtud de un código cultural milenario, denota el significado «posibilidad de subir». Esta denotación se apoya en rasgos pertinentes que la cultura ha codificado; un usuario reconoce la escalera y se siente estimulado a subirla no por una pulsión instintiva mecánica, sino porque ha decodificado el mensaje que la forma le envía. La escalera denota la función incluso si nadie está en ella, e incluso si se encuentra en un desierto donde su utilidad es nula.
El impacto de esta perspectiva es que la arquitectura opera como un estímulo preparatorio que organiza la vida social mediante la comunicación de significados. Si un arquitecto proyecta un espacio, no está simplemente disponiendo materiales en el vacío, sino que está emitiendo un mensaje que predetermina una «forma de habitar». El objeto arquitectónico, por tanto, no es solo algo que «sirve», sino algo que «dice» para qué sirve, estableciendo una red de expectativas retóricas que guían el comportamiento de la masa de usuarios.
En conclusión, la arquitectura denota la función utilitaria —su función primaria— a través de convenciones muy estables que permiten la legibilidad del entorno construido. Una ventana o una puerta son, ante todo, elementos de un código que comunica cómo debe ser usado el espacio, transformando la técnica en lenguaje. Sin embargo, este es solo el primer estrato de un espesor significativo mucho más complejo, donde la denotación de la utilidad se ve recubierta por las capas ideológicas de la connotación.
3. El Espesor de la Significación: Funciones Primarias y Secundarias
Tecnne: ¿Cómo debemos distinguir, desde el rigor analítico, entre la «función primaria» utilitaria y la «connotación simbólica» o función secundaria en el objeto arquitectónico?
Umberto Eco: La distinción fundamental reside en que la función primaria es aquello que el objeto denota (la utilidad), mientras que las funciones secundarias son aquellas que el objeto connota (los significados simbólicos). Un ejemplo clarificador es el trono: en tanto objeto para sentarse, su función primaria es la denotación de una utilidad que comparte con una silla común; sin embargo, mediante una serie de signos accesorios —respaldos elevados, materiales preciosos, iconografía de poder— el trono connota «realeza» o «dignidad». De hecho, la función secundaria de un trono es tan predominante que a menudo se vuelve un «mal» objeto para la función primaria, resultando incómodo para el simple acto de sentarse.
Esta dualidad se manifiesta con gran precisión en el análisis de la arquitectura gótica y el uso del arco agudo o la bóveda ojival. Si bien los historiadores han debatido sobre su función primaria estructural (sostener el peso del edificio), es innegable que estos elementos fueron concebidos bajo el código del abad Suger, como se desprende del Liber de administratione. Para Suger, la estructura ojival no era solo una solución de ingeniería, sino un vehículo para connotar la «ascensión hacia la luz divina», basándose en una estética neoplatónica que identificaba la luminosidad de las naves con la participación en la esencia divina.
En este nivel, la función secundaria se apoya en la denotación primaria para construir un mensaje ideológico que a menudo sobrevive a la utilidad original del edificio. Consideremos el Partenón: hoy en día, su función primaria como lugar de culto se ha perdido por completo, pero sus funciones secundarias —que connotan «belleza clásica» o «identidad nacional»— permanecen intactas y son las que motivan su consumo cultural contemporáneo. La historia de la arquitectura es, en gran medida, la crónica de cómo las funciones secundarias se independizan de las primarias, transformando templos en museos y palacios en sedes burocráticas.
Por tanto, el análisis semiótico debe reconocer que la arquitectura comunica no solo una operatividad, sino una cosmovisión. La función primaria puede verse eclipsada por la carga simbólica, convirtiendo al edificio en un portador de mensajes que trascienden su tiempo. Esta persistencia de lo simbólico nos revela que los códigos arquitectónicos poseen una diacronía propia, donde el significado oscila y se transforma bajo la presión de la historia y el mercado.

4. La Diacronía de los Códigos: Historia, Consumo y «Styling»
Tecnne: Ante la inevitable transformación del sentido a lo largo del tiempo, ¿qué papel juega el fenómeno del «styling» y cómo afecta la oscilación de los significados arquitectónicos?
Umberto Eco: El fenómeno que defino como consumo de las formas se manifiesta cuando una sociedad, habiendo olvidado los substratos ideológicos originales de un código, recupera sus elementos formales para inyectarles una nueva significación. Este proceso se asemeja a una «filología por instinto» donde el hombre moderno utiliza el pasado como un «rumor semántico». El ejemplo del ready-made es ilustrativo: un objeto diseñado para una función primaria utilitaria es descontextualizado y elevado a la categoría de arte, no porque el objeto haya cambiado, sino porque el código de lectura ha basculado de la denotación de uso a la connotación estética.
En este contexto, el styling emerge como una estrategia de re-semantización fundamental en la comunicación de masas. No se trata simplemente de un cambio decorativo, sino de una operación persuasiva que busca dotar a una función inmutable de una nueva «vestidura» simbólica que incite al consumo. Al rediseñar la apariencia de un objeto cuya utilidad primaria es estable —como el chasis de un automóvil—, se introducen connotaciones de «modernidad«, «agresividad» o «estatus». El styling es, en esencia, una técnica para evitar el desgaste del mensaje, sustituyendo el código caduco por uno que resuene con las expectativas retóricas del consumidor actual.
Esta dinámica de oscilación permite que formas antiguas sean recuperadas mediante un proceso de fisión semántica, donde el signo es arrancado de su contexto histórico para ser insertado en uno nuevo que le confiere significados inéditos. El hombre moderno recupera el Modernismo no para entender su carga revolucionaria original, sino para utilizar sus formas como un signo de distinción social o de «gusto» contemporáneo. El objeto ya no informa, sino que confirma al usuario en sus propios prejuicios culturales.
Es crucial entender que el styling sirve para inyectar ideología en la forma muerta. Al recuperar, por ejemplo, una cuna rústica de los Alpes para usarla como revistero en un apartamento urbano, se está realizando una operación de re-semantización donde la función primaria desaparece en favor de una función secundaria que connota «autenticidad» o «valor nostálgico». La forma arquitectónica es, por tanto, un sistema de expectativas que el mercado manipula para mantener la ilusión de novedad permanente.
Finalmente, el arquitecto debe ser consciente de que su obra es una «obra en movimiento» dentro de la diacronía de los códigos. Ninguna forma está a salvo de ser interpretada maliciosamente o redescubierta bajo una luz que el autor no pudo prever. Más allá de la historia de los objetos, existe una dimensión de la significación que se produce en la relación inmediata y espacial entre los cuerpos humanos, un lenguaje silencioso pero riguroso que la semiótica no puede ignorar.
5. El Espacio como Lenguaje: Proxémica y Sistemas Antropológicos
Tecnne: ¿De qué manera los «códigos antropológicos» de la proxémica gobiernan nuestra percepción del espacio arquitectónico y cómo varían estas lecturas entre diversas configuraciones culturales?
Umberto Eco: La proxémica nos enseña que el hombre habita en esferas de intimidad codificadas que Hall clasifica en cuatro categorías: la distancia íntima, la personal, la social y la pública. Cada una posee una fase de acercamiento y otra de alejamiento, y lo que en una cultura es una distancia aceptable para la interacción social, en otra puede ser leída como una agresión. Estas configuraciones pueden ser «fijas» (como las paredes de una ciudad), «semifijas» (como la disposición de los muebles en una habitación) o «informales» (las distancias que mantenemos inconscientemente al hablar).
La variabilidad cultural de estos códigos es fuente constante de fricciones semióticas. Por ejemplo, el concepto alemán de privacy requiere a menudo de una puerta físicamente cerrada para sentir que se respeta el espacio personal; un alemán en una oficina con la puerta abierta puede sentirse expuesto, mientras que un americano podría considerar que una puerta cerrada es un signo de exclusión hostil. En Japón, la falta de paredes sólidas en la vivienda tradicional y la alta densidad urbana han generado un código donde la privacidad no se busca en el aislamiento físico, sino en una especie de repliegue psicológico que el occidental, acostumbrado a sus propios códigos espaciales, no alcanza a descifrar.
El espacio arquitectónico funciona, en rigor, como un lenguaje parasitario; no significa por sí solo, sino que se apoya en códigos visuales, táctiles, térmicos y olfativos para emitir su mensaje. La distancia de tres metros entre dos personas no es un dato físico puro, sino un significante que denota un tipo de relación social según las convenciones del grupo. Si el arquitecto diseña sin tener en cuenta estos sistemas antropológicos, corre el riesgo de crear espacios que son legibles para él pero «mudos» o «agresivos» para el usuario que opera bajo un código distinto.
Debemos concluir que el diseño del espacio es el diseño de las comunicaciones posibles. La disposición de una plaza, la anchura de un corredor o la altura de un techo no son solo decisiones estéticas o técnicas, sino actos de habla arquitectónicos. Esta responsabilidad del arquitecto como emisor de mensajes espaciales se vuelve dramáticamente evidente cuando pasamos del objeto individual al diseño de la macroestructura urbana, donde la ciudad se propone como un mensaje masivo y, a menudo, conflictivo.

6. La Ciudad como Mensaje: El Caso de Brasilia y la Estructura Abierta
Tecnne: Al analizar el caso de Brasilia, ¿cuáles son las lecciones fundamentales que extraemos sobre el fracaso de los mensajes cerrados en el urbanismo y cuál es la relevancia contemporánea de proponer una «obra abierta» en arquitectura?
Umberto Eco: Brasilia se erige como el testimonio de un «fracaso sociológico y estético» provocado por el desprecio a la prospección sociológica y la imposición de un código cerrado sobre una realidad humana dinámica. Los proyectistas, imbuidos de un utopismo lecorbusieriano, diseñaron una ciudad de iguales, basada en el automóvil y la burocracia, pero ignoraron los códigos de interacción social de sus habitantes. El resultado fue la segregación: mientras el centro funcionaba como un monumento vacío, las favelas y ciudades satélites surgían en la periferia como una respuesta orgánica de la población ante una estructura que no les permitía «habitar» según sus propios códigos de sociabilidad.
La interpretación de los ciudadanos sobre la forma de Brasilia es un ejemplo magistral de cómo el usuario se apropia del signo arquitectónico de manera imprevista. La forma cóncava del edificio de la Cámara de Diputados fue decodificada por el pueblo como una «gran cazuela» donde los políticos devoran los recursos de la nación; este es un caso de «interpretación maliciosa» que demuestra que la arquitectura nunca tiene la última palabra sobre su sentido. El estatus, en lugar de disolverse en la utopía igualitaria, se reafirmó mediante la disposición espacial, comunicando las diferencias sociales de manera más cruda que cualquier discurso oficial.
La gran lección de la «estructura ausente» para el urbanismo es la necesidad de proyectar la ciudad como una obra abierta. El arquitecto no puede pretender ser un demiurgo que dicta las leyes de la historia; su labor debe consistir en proponer funciones primarias variables y funciones secundarias abiertas que permitan el movimiento interpretativo del usuario. Una ciudad que no acepta ser leída de diversas maneras, que no permite el redescubrimiento de nuevos códigos o la adaptación a circunstancias cambiantes, es una ciudad condenada a la esclerosis y al rechazo por parte de quienes la habitan.
La arquitectura debe entenderse como un servicio que, aunque se funda en los códigos existentes, busca la invención de nuevas retóricas que encaminen hacia perspectivas ideológicas distintas. El éxito de un trazado urbano no reside en su perfección geométrica, sino en su capacidad para ser comunicable y válido incluso cuando el sistema de funciones sociales que lo originó haya desaparecido. La ciudad debe ser un marco para la libertad de acción, un sistema de expectativas que invite a la comunidad a inventar su propia manera de situarse en el espacio y en el tiempo.
En última instancia, la «estructura ausente» no es una carencia de orden, sino una invitación permanente a la deconstrucción crítica de nuestros propios sistemas de signos. La arquitectura, como la vida misma, es una praxis que participa en la modificación de las circunstancias, recordándonos que el sentido no es un destino final, sino un trayecto histórico que siempre permanece abierto a la libertad de quien lo habita. El arquitecto debe, por tanto, diseñar para la unpredictibilidad de la historia, reconociendo que su mensaje solo cobra vida en el acto siempre renovado de la interpretación social.
Nota editorial
El presente reportaje posee un carácter estrictamente ficcional. La entrevista no remite a una conversación efectivamente mantenida con Umberto Eco, sino que se configura como un ejercicio de reconstrucción conceptual y de escritura ensayística, elaborado a partir de sus textos, categorías teóricas y desarrollos críticos, en particular aquellos formulados en La estructura ausente y en otros trabajos vinculados al campo de la semiótica. Las respuestas atribuidas al autor se articulan con el propósito de mantener coherencia interna con su marco teórico y con las líneas principales de su pensamiento, sin aspirar a reproducir ni a sustituir declaraciones reales o verificables. El dispositivo adoptado responde, por tanto, a una operación analítica e interpretativa que utiliza la forma de la entrevista como medio para explorar y organizar un conjunto de conceptos, más que como registro documental de una interlocución histórica.
Cómo citar este artículo:
Gardinetti, Marcelo. «La Dialéctica de la Significación: Una Conversación con Umberto Eco sobre La estructura ausente.» Tecnne N° 13, 2026.
DOI: https://doi.org/10.5281/zenodo.18701575.
Disponible en: https://bit.ly/umberto-eco-dialogo
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