BIBLIOTECADocumentos

Colin Rowe, Transparencia: literal y fenomenal


“Transparencia”, “Espacio-tiempo”, “Simultaneidad”, “interpretación”, “superimposición”, “ambivalencia”: en la literatura de la arquitectura contemporánea estas palabras, y otras semejantes, son empleadas a menudo como sinónimos. Todos conocemos las manifestaciones a las cuales son aplicadas, o eso presumimos. Se trata, según creemos, de las características formales específicas de la arquitectura contemporánea; y, como respondemos a ellas, raramente intentamos analizar la naturaleza de nuestras respuestas.

Y, evidentemente, tal vez sea inútil intentar convertir en instrumentos críticos eficientes esas definiciones sólo aproximadas. Tal vez ese tipo de intentos acabe siempre en sofismas. Y, sin embargo, también es evidente que, a menos que examinemos la naturaleza evasiva de tales palabras, podemos correr el peligro de interpretar erróneamente las formas de la lúcida complejidad a la que, en algunos casos, pueden estar refiriéndose; y es precisamente por ese motivo que vamos a intentar exponer ciertos niveles de significación que han sido convertidos en patrimonio de la palabra “transparencia”.

Según la definición del diccionario, la cualidad o estado de ser transparente es una condición material la de ser permeable a la luz y al aire, el resultado de un imperativo intelectual- de nuestra petición inherente en favor de lo que debiera ser fácilmente detectado, perfectamente evidente; y un atributo de la personalidad: la ausencia de superchería, pretensión o disimulo; y por lo tanto el adjetivo transparente, al definir un significado puramente físico, al funcionar como un honor crítico, y al hallarse dignificado por connotaciones morales bastante agradables, es una palabra que, desde el principio, se halla fuertemente cargada de posibilidades de sentido y de incomprensión.

Pero, además de estas connotaciones sabidas, la transparencia, como condición que debe ser descubierta en la obra de arte, se entrelaza con otros niveles de interpretación, niveles que se hallan admirablemente definidos por Gyorgy Kepes en su obra Language of Vision:

“Si vemos dos o más figuras que se sobreponen, y cada una de ellas reclama para sí la parte superpuesta que les es común, nos encontramos ante una contradicción de las dimensiones espaciales. Para resolverla debemos asumir la presencia de una nueva cualidad óptica. Las figuras en cuestión están provistas de transparencia: es decir, pueden interpretarse sin que se produzca una destrucción óptica de ninguna de ellas. Sin embargo, la transparencia implica algo más que una mera característica óptica, implica un orden espacial mucho más amplio. La transparencia significa la percepción simultánea de distintas locaciones espaciales. El espacio no sólo se retira, sino que fluctúa en una actividad continua. La posición de las figuras transparentes tiene un sentido equívoco puesto que tan pronto vemos las figuras distantes como próximas1.”

De este modo Kepes introduce un concepto de transparencia bastante distinto de cualquier cualidad física de la sustancia e igualmente distante de la idea de lo transparente como algo perfectamente claro. De hecho, mediante esa definición, lo transparente deja de ser lo que es perfectamente claro para convertirse en lo claramente ambiguo. Y no es que se trate de una definición esotérica de ningún modo; cuando leemos (como sucede a menudo) alguna referencia a “planos transparentes superpuestos” sabemos que se trata de una transparencia que no es meramente física.

Por ejemplo, mientras Moholy Nagy en su Vision in Motion, se refiere constantemente a “hojas de celofán transparentes”, “plástico transparente”, “transparencia y luz en movimiento”, “las radiantes sombras transparentes de Rubens”2, si leemos atentamente el libro veremos que para Moholy Nagy esta transparencia literal está frecuentemente provista de ciertas   cualidades   metafóricas. Ciertas superposiciones de forma, dice Moholy, “superan las fijaciones espaciales y temporales. Transponen singularidades insignificantes a complejos con sentido… Las cualidades transparentes de las superposiciones muchas veces también sugieren la transparencia de contexto, revelando en el objeto cualidades estructurales invertidas3”. Y más adelante, comentando lo que llama “las múltiples aglutinaciones de palabras” de James Joyce y sus juegos de palabras, Moholy encuentra que son “el comienzo de la tarea práctica de construir una totalidad mediante una ingeniosa transparencia de relaciones4”. En otras palabras, Moholy parece creer que, mediante un proceso de distorsión, recomposición y double entendre, se puede lograr una transparencia lingüística equivalente literario de la “interpretación sin destrucción óptica” de Kepes, y que cualquiera que experimente una de esas “aglutinaciones” joyceanas disfrutará de la sensación de contemplar, a través de un primer plano de significación, los otros que quedan atrás.

Por lo tanto, al principio de cualquier investigación sobre la transparencia, debe dejarse establecida una distinción que es, seguramente, básica. La transparencia puede ser una cualidad inherente a la sustancia como ocurre en una tela metálica o en una pared de vidrio-, o puede ser una cualidad inherente a la organización- como así sugieren Kepes y Moholy, aunque este último en menor medida. Y precisamente por esta razón podemos distinguir entre transparencia literal o real y transparencia fenomenal o aparente.

Es posible que nuestra actitud ante la transparencia literal derive de dos fuentes, de lo que podríamos designar como estética de la máquina y de la pintura cubista; y es probable que nuestra actitud hacia la transparencia fenomenal derive exclusivamente de la pintura cubista; y, desde luego, cualquier lienzo cubista de 1911-1912 podría servir para ilustrar la presencia de estos dos órdenes o niveles de lo transparente.

Pero, al juzgar fenómenos tan desconcertantes y complejos como los que marcan la pintura cubista, el posible analista se encuentra en desventaja; y posiblemente esa es la razón por la cual, después de casi cincuenta años de los hechos, todavía nos hallamos prácticamente desprovistos de un análisis desapasionado del fenómeno cubista. Se pueden encontrar abundantes explicaciones que oscurecen los problemas pictóricos del cubismo, pero ante ellas podemos mostrarnos escépticos, como podemos serlo, también, ante   esas   dos   posibles interpretaciones que involucran la fusión de factores temporales y espaciales, y que consideran el cubismo como una premonición de la relatividad, presentándolo, de este modo, como poco menos que un producto secundario y “natural” de una particular atmósfera cultural. Tal como dice Alfred Barr, Apollinaire “invocó la cuarta dimensión… en un sentido más metafórico que matemático5”; y, antes que intentar relacionar a Picasso con Minkowski, para nosotros sería preferible referirnos a fuentes de inspiración menos debatibles.

Un  Cézanne  tardío  como  Mont  Sainte Victoire,  de 1904-1906 (Fig.1), perteneciente al Philadelphia Museum of Art, se caracteriza por algunas extraordinarias simplificaciones: la más notable es la desarrolladísima insistencia en adoptar un punto de vista frontal para toda la escena; la supresión de algunos de los elementos más obvios que podrían sugerir profundidad y, como resultado, la compresión de primer plano, plano medio y fondo en una única y comprimida matriz pictórica. Las fuentes de luz se hallan definidas, pero son varias y una atenta contemplación del cuadro muestra que los objetos en el espacio son ligeramente empujados hacia adelante, a lo cual ayuda el uso que Cézanne hace del color opaco y contrastado, más enfático todavía debido a la intersección del lienzo que proporciona la base de la montaña. El centro de la composición se halla ocupado por una retícula bastante densa de líneas oblicuas y rectilíneas y esa zona es luego afianzada y estabilizada por una retícula horizontal y vertical más insistente que introduce cierto interés periférico.

Paul Cezanne, Montagne Sainte-Victoire, 1904, tecnne
1. Paul Cezanne, Montagne Sainte-Victoire, 1904

La frontalidad, la supresión de la profundidad, la contracción del espacio, la definición de los focos de luz, el adelantar los objetos, la paleta limitada, las retículas oblicuas y rectilíneas, la tendencia al desarrollo periférico, todas éstas son características del cubismo analítico. Y, en las composiciones típicas de 1911-1912, separadas de una intencionalidad más abiertamente representativa, esas características asumen un significado todavía más evidente. En esos cuadros, además de la descomposición en pedazos y de la reconstrucción de objetos, tomamos conciencia, sobre todo, de una nueva contracción de la profundidad y de una creciente acentuación de la retícula. Y, en esos años, se puede descubrir el entrelazamiento de dos sistemas de coordenadas. Por una parte, una disposición de líneas oblicuas y curvas que sugiere cierta recesión espacial diagonal. Por otro una serie de líneas verticales y horizontales que implican una contradictoria formulación de la frontalidad. En general las líneas oblicuas y curvas poseen cierta significación naturalista mientras que las rectas muestran una tendencia geometrizante que sirve de reafirmación del plano del cuadro. Pero ambos sistemas de coordenadas sirven para la orientación de las figuras tanto en un espacio extenso como en la superficie pintada, mientras que sus intersecciones, superposiciones, entrelazamientos y amalgama en configuraciones más amplias y fluctuantes, permiten la génesis del motivo típicamente cubista.

Pero, a medida que el observador distingue entre todos los planos a los que esas retículas dan origen, va tomando conciencia de una oposición entre ciertas áreas de pintura luminosa y otras de coloración más densa. Distingue entre ciertos planos a los cuales puede atribuir una naturaleza física aliada a la del celuloide, otros cuya esencia es semiopaca y unas terceras zonas cuya sustancia es totalmente opuesta a la transmisión de la luz. Y puede descubrir que todos esos   planos, translúcidos   u   opacos, independientemente   de   su   contenido representacional, se encuentran implicados en la manifestación que Kepes definía como transparencia. La doble naturaleza de esta transparencia  puede quedar ilustrada por la comparación y análisis de un cuadro un tanto atípico de Picasso, Clarinet (Fig. 2),  y  uno  representativo  de  Braque,  Le Pourtugais (Fig. 3), ambos de 1911.

Pablo Picasso, Clarinet, 1911 - Georges Braque, Le Pourtugais, 1911, tecnne
2. Pablo Picasso, Clarinet, 1911 – 3 Georges Braque, Le Pourtugais, 1911

En ambos lienzos hay una forma piramidal que implica una imagen; pero mientras Picasso define su pirámide por medio de un fuerte contorno, Braque emplea una inferencia más complicada. El contorno de Picasso es tan afirmativo e independiente de su fondo que el observador tiene la sensación de encontrarse ante una figura positivamente transparente colocada en un espacio relativamente profundo, y sólo después logra redefinir esa sensación para dar entrada a la verdadera falta de profundidad del espacio. Con Braque, sin embargo, la lectura del lienzo sigue el orden inverso. Una elaboradísima retícula de entramado horizontal y vertical, creada por medio de líneas interrumpidas y planos que avanzan, establece un espacio que es, en primera instancia, plano y que el observador sólo logra investir de la profundidad necesaria para que la figura adquiera sustancia poco a poco. Braque nos ofrece la posibilidad de una lectura independiente de figura y de retícula. Lo cual difícilmente ocurre en Picasso. La retícula de Picasso más bien queda subsumida dentro de la figura o bien aparece como una forma de incidente periférico destinada a estabilizarla.

Las diferencias de método en estos dos cuadros podrían ser recalcadas una y otra vez. Según el momento pueden parecer distintas y semejantes. Pero hay que señalar que en este paralelo se esconden los atisbos de direcciones distintas. Ante el cuadro de Picasso tenemos la sensación de mirar a través de una figura colocada en un espacio profundo; en el espacio poco profundo, llano y extendido lateralmente de Braque, sin embargo, no obtenemos ningún objeto físicamente tan evidente. En un cuadro recibimos el anuncio de lo que será la transparencia literal, en el otro de lo que será la transparencia fenomenal; y la evidencia de estas dos actitudes tan dispares se hace mucho más clara si intentamos comparar dos cuadros de pintores algo posteriores: Robert Delaunay y Juan Gris.

Les Fenêtres simultanées de   Delaunay   (1911),   y Naturaleza muerta de Juan Gris (1911) (Fig. 4 y 5), incluyen objetos que son, presumiblemente, transparentes; en el primero se trata de ventanas, en el segundo de botellas. Pero, mientras Gris suprime la transparencia literal de las botellas en favor de la transparencia de la retícula, Delaunay acepta con irrefrenable entusiasmo las cualidades elusivas y reflectivas de sus “aberturas vidriadas” superpuestas. Gris traza un sistema de líneas oblicuas y curvas para formar una especie de espacio acanalado poco profundo; y, siguiendo la tradición arquitectónica de Cézanne, a fin de amplificar sus objetos y su estructura, recurre a una serie de variadas pero definidas fuentes luminosas. La preocupación de Delaunay por la forma presupone una actitud totalmente distinta. Para él las formas, por ejemplo, una manzana de edificios bajos y varios objetos naturalistas que recuerdan la Torre Eiffel- no son sino reflexiones y refracciones de la luz, que Delaunay presenta en términos análogos a la retícula cubista. Pero, a pesar de esta geometrización de la imagen, la naturaleza generalmente etérea tanto de las formas de Delaunay como de su espacio, parece más próxima al impresionismo; y este parecido se halla reafirmado aún más por el modo como emplea su medio. A diferencia de las zonas planas, llanas, de color opaco y casi monocromático que Gris emplea con tan elevado valor táctil, Delaunay subraya una caligrafía casi impresionista; y mientras Gris proporciona una definición explícita del plano de fondo, Delaunay disuelve las posibilidades de poner límites tan claros a su espacio. El plano de fondo de Gris funciona como un catalizador que localiza las ambigüedades de sus objetos pictóricos y engendra sus valores fluctuantes. El desprecio de Delaunay por un procedimiento tan específico deja sin resolver las ambigüedades latentes de su forma, que quedan, así, expuestas, sin referencia. Ambas operaciones pueden ser reconocidas como intentos por dilucidar la enmarañada complejidad del cubismo analítico; pero, mientras Gris parece haber intensificado algunas de las características del espacio cubista imbuyendo sus principios plásticos con renovado coraje, Delaunay tal vez se haya visto llevado a explorar los matices poéticos del cubismo divorciándolos de su sintaxis métrica.

Robert Delaunay, Les Fenêtres simultanées su la Ville 1912 - Juan Gris, Naturaleza muerta Botellas-cuchillo 1912, tecnne
4. Robert Delaunay, Les Fenêtres simultanées su la Ville 1912 – 5. Juan Gris, Naturaleza muerta Botellas-cuchillo 1912

Cuando parte de la actitud de un Delaunay se funde con un énfasis estético    maquinista sobre los materiales y cobra rigidez debido al entusiasmo por las estructuras planas, la transparencia literal se torna completa; y esto tal vez encuentre su ilustración más apropiada en la obra de Moholy Nagy. En su Abstract of an Artist, Moholy nos cuenta que, alrededor de 1921, sus “pinturas transparentes” quedaron completamente libres de cualquier elemento que recordase la naturaleza y, según sus propias palabras, “hoy comprendo que ése era el resultado lógico de las pinturas cubistas que con tanta admiración había estudiado6”.

Ahora bien, para el tema aquí tratado no nos importa que el despojarse de todos los elementos que puedan recordar la naturaleza sea o no una continuación lógica del cubismo, pero lo que sí nos importa es saber si Moholy Nagy logró realmente vaciar su obra de todo contenido naturalista de cierta importancia; y su creencia que el cubismo había iniciado el camino hacia la liberación de las formas puede servirnos de justificación para analizar una de sus obras posteriores y compararla con otro cuadro post-cubista. La Sarraz, de Moholy Nagy (1930) (Fig. 6), lo podemos comparar un lienzo de Fernand Léger de 1926, Trois profils (Fig. 7).

László Moholy Nagy, La Sarraz 1930 - Fernand Leger, Trois profils. 1926, tecnne
6. László Moholy Nagy, La Sarraz 1930 – 7. Fernand Leger, Trois profils. 1926

En La Sarraz encontramos cinco círculos conectados por una cinta en forma de S, dos grupos de planos trapezoidales de color traslúcido, cierto número de barras casi horizontales o verticales, buena dosis de puntos oscuros y claros y una serie de trazos ligeramente convergentes, colocado todo ello sobre un fondo negro. En Tres rostros vemos tres zonas principales que muestran formas orgánicas, artefactos abstractos, y formas puramente geométricas unidas por unas franjas horizontales y por un contorno común. A diferencia de Moholy Nagy, Léger alinea sus objetos pictóricos en ángulo recto los unos con los otros y con los bordes del cuadro: da a esos objetos una coloración llana y opaca, formando así un espacio de figuras que se halla entre la comprimida disposición de superficies fuertemente contrastadas; y, mientras Moholy parece haber abierto de par en par una ventana que diese sobre su versión privada del espacio exterior, Léger, trabajando dentro de un esquema casi bidimensional, alcanza la máxima claridad de formas tanto “positivas” como “negativas”. Gracias a la restricción, el cuadro de Léger se carga de una lectura de equívoca profundidad, con una transparencia fenomenal que recuerda singularmente aquello a lo que Moholy Nagy se había mostrado tan sensible en los escritos de Joyce pero que, a pesar de la transparencia literal de su pintura, él jamás había podido o querido alcanzar.

Y es que, a pesar de la modernidad del motivo, el cuadro   de   Moholy Nagy todavía   muestra   el convencional primer plano, plano medio y fondo del pre-cubismo; y, a pesar del ocasional tramado de superficie y elementos de profundidad destinados a destruir la lógica de ese espacio profundo, el lienzo de Moholy sólo admite una lectura. El caso de Léger, sin embargo, es muy distinto. Porque Léger, gracias al refinado virtuosismo con el que reúne los elementos poscubistas, evidencia totalmente el comportamiento multifuncional de la forma claramente definida. Empleando planos llanos, buscando una ausencia de volumen que sirve para sugerir su presencia, implicando una retícula que no nos da, recurriendo a un interrumpido ajedrezado que es estimulado por el color, la proximidad y una discreta superposición, hace que la mirada experimente una inacabable serie de grandes y pequeñas organizaciones dentro del todo. Lo que preocupa a Léger es la estructura de la forma; lo que preocupa a Moholy – Nagy son los materiales y la luz. Moholy ha aceptado la figura cubista sacándola de su matriz espacial; Léger ha conservado e incluso intensificado la tensión típicamente cubista entre figura y espacio.

Estas tres comparaciones pueden clarificar algunas de las diferencias básicas entre la transparencia literal y fenomenal de la pintura en los últimos cuarenta y cinco años. Advirtamos que la transparencia literal tiende a ser asociada con el efecto de trompe-l’oeil de un objeto translúcido en un espacio profundo y naturalista; mientras la transparencia fenomenal parece darse cuando un pintor busca la presentación articulada de objetos frontalmente alineados en un espacio poco profundo y abstraído.

Pero, si pasamos a considerar no ya las transparencias pictóricas sino las arquitectónicas, inevitablemente surgirán confusiones. Pues, aunque la pintura sólo implique una tercera dimensión, la arquitectura jamás puede suprimirla. Tratándose de la realidad y no de un amago de tres dimensiones, la transparencia literal puede convertirse, en arquitectura, en un hecho físico. La transparencia fenomenal, sin embargo, ya es más difícil de conseguir, y, desde luego, es tan difícil de discutir que generalmente los críticos se han mostrado totalmente partidarios de asociar la transparencia arquitectónica a una simple transparencia de los materiales. Así Gyorgy Kepes, después de proporcionar una explicación casi clásica de los fenómenos que hemos visto en Braque, Gris y Léger, parece considerar que el análogo arquitectónico de los mismos debe encontrarse en las cualidades físicas del vidrio y los plásticos, y que el equivalente de las calculadísimas composiciones cubistas y poscubistas debe ser descubierto en las azarosas superposiciones que proporcionan los reflejos accidentales de la luz jugando sobre una superficie bruñida o traslúcida7.  Siegfried Giedion parece suponer, igualmente, que la presencia de una pared totalmente acristalada en la Bauhaus, con sus “extensas zonas transparentes”, permite “la flotante relación de los planos y el tipo de ‘superposición’ que aparece en los cuadros contemporáneos”, y luego pasa a reforzar ese criterio con una cita de Alfred Barr sobre la característica “transparencia de los planos superpuestos” en el cubismo analítico8.

Pablo Picasso, L'Arlesienne 1911-12, tecnne
Pablo Picasso, L’Arlesienne 1911

En L’Arlésienne de Picasso, cuadro que proporciona la base visual a estas referencias de Giedion, esta transparencia de planos superpuestos se exhibe con toda obviedad. En él, Picasso nos ofrece planos que parecen ser de celuloide.  El observador tiene la sensación de mirar a través de ellos y, al hacerlo, sus sensaciones son, sin duda, un tanto similares a las del observador del ala de los talleres de la Bauhaus. En ambos casos descubrimos la transparencia de los materiales. Pero además Picasso, en el espacio de su tela construido lateralmente, y mediante la compilación de una serie de formas mayores y menores, también nos ofrece las ilimitadas posibilidades de otras alternativas de interpretación. L’Arlésienne tiene el sentido fluctuante y equívoco que Kepes reconoce como característico de la transparencia; pero la pared acristalada de la Bauhaus, superficie sin ambigüedades que da a un espacio que también carece de ellas, parece carecer curiosamente de esa cualidad (Fig.8); de modo que, si queremos encontrar evidencias de lo que hemos designado como transparencia fenomenal, deberemos bucear en otros ejemplos.

Casi de la misma época de la Bauhaus es la casa de Garches, de Le Corbusier, y ambas pueden, con justicia, ser comparadas. Superficialmente la fachada al jardín de esta villa (Fig.9) y las elevaciones del ala de los talleres en la Bauhaus no son muy distintas. Ambas emplean paredes que salen en voladizo y ambas muestran una planta baja remetida. Ninguna admite una interrupción del movimiento horizontal de los ventanales y ambas tienen el prurito de hacer que estos den la vuelta a la esquina. Pero en vano buscaríamos otras semejanzas. A partir de aquí podríamos decir que Le Corbusier siente especial preocupación por las cualidades planas del vidrio y Gropius por sus atributos traslúcidos. Le Corbusier, mediante la introducción de un paño de pared casi de idéntica altura que sus divisiones vidriadas, da rigidez al plano acristalado dando una tensión generalizada a toda la superficie; Gropius, sin embargo, permite que su superficie traslúcida parezca colgar un tanto holgadamente de un saledizo que recuerda el carril de las cortinas. En Garches podemos gozar de la ilusión de pensar que quizás el marco de los ventanales pase por detrás de la superficie de la pared; pero en la Bauhaus   no   podemos permitirnos tales especulaciones puesto que siempre somos concientes de que el techo está presionando tras el ventanal.

En Garches la planta baja está concebida como una superficie vertical atravesada por una hilera de ventanas horizontales; en la Bauhaus tiene apariencia de una pared sólida hendida a todo lo largo por ventanas. En Garches ofrece una indicación explícita de la estructura que soporta los saledizos superiores; en la Bauhaus muestra unos pilares un tanto robustos que no conectan automáticamente con la idea de armazón del edificio. En esta ala de los talleres de la Bauhaus podríamos decir que Gropius se halla absorto por la idea de establecer un zócalo sobre el cual disponer una sucesión de planos horizontales, y su principal preocupación parece estribar en su deseo de que dos de esos planos sean visibles a través de una cortina acristalada. El vidrio no parece ejercer, sin embargo, la misma fascinación para Le Corbusier; y aunque, evidentemente, se pueda ver a través de sus ventanas, no es en ellas que encontramos la transparencia de su edificio.

Walter Gropius Bauhaus Dessau - Le Corbusier Villa Stein, 1926, tecnne
8 Walter Gropius Bauhaus Dessau – 9 Le Corbusier Villa Stein, 1926

En Garches, la superficie remetida de la planta baja vuelve a ser definida sobre el techo por las dos paredes independientes en las que termina la terraza; e idéntica formulación de profundidad la encontramos en las puertas vidriadas de las paredes laterales que actúan como conclusión de la fenestración. De este modo Le Corbusier plantea la idea de que, inmediatamente detrás de las vidrieras, existe una estrecha franja de espacio que se mueve paralelamente a ellas; y, naturalmente, como consecuencia de eso, da un nuevo paso: que rodeando esa franja espacial, y tras ella, existe un plano del cual forman parte tanto la planta baja como las paredes independientes de la terraza, como los batientes interiores de las puertas; y, aunque ese plano puede ser considerado más como una conveniencia conceptual que como un hecho físico, no se puede negar su importuna presencia. Al reconocer el plano físico del vidrio y el cemento y ese plano imaginario (aunque no por ello menos real) que se halla detrás, comprendemos que aquí la transparencia no se obtiene por medio de una ventana sino haciéndonos tomar conciencia de los conceptos primarios que se “interpenetran sin la destrucción óptica de los otros”.

Resulta obvio, además, que estos dos planos no son los únicos, puesto que existe una tercera superficie paralela, igualmente nítida, que se halla introducida e implícita. Es la que define la pared trasera de la terraza, y que se vuelve a ver reiterada por otras dimensiones paralelas: los parapetos de las escaleras que bajan al jardín, la terraza y el balcón del segundo piso. En sí mismo, cada uno de estos planos es completo o tal vez fragmentario; sin embargo, la fachada se organiza tomando estos planos paralelos como puntos de referencia, y la implicación total es una especie de estratificación vertical en capas del espacio interior del edificio, una sucesión de espacios que se extienden lateralmente circulando uno tras otro.

Le Corbusier Villa Stein, 1926, tecnne
10. Le Corbusier Villa Stein, 1926

Este sistema de estratificación espacial es lo que acerca la fachada de Le Corbusier al cuadro de Léger que ya hemos analizado. En Tres rostros Léger concibe su lienzo como un campo modelado en bajo relieve. De sus tres paneles principales (que se superponen, ensamblan y tan pronto se abarcan como excluyen mutuamente) dos están estrechamente implicados en una relación de profundidad casi equivalente, mientras el tercero constituye una coulisse que avanza y retrocede. En Garches, Le Corbusier sustituye el plano pictórico de Léger por una elaboradísima concepción de la vista frontal (las vistas preferidas sólo tienen mínimas desviaciones respecto a la perspectiva paralela); el cuadro de Léger se convierte en el segundo plano de Le Corbusier y otros planos se añaden o quitan a estos datos básicos; de este modo la profundidad espacial se forja por idéntico sistema de coulisse, con la fachada cortada de par en par y la profundidad inserida en la hendidura resultante.

Estas observaciones, que pueden sugerir que Le Corbusier realmente había logrado alienar la arquitectura de su necesaria existencia tridimensional, requieren ciertas precisiones. Para ello será necesario tratar del volumen interior del edificio. Y ya para empezar podemos advertir que este espacio parece estar en flagrante contradicción con la fachada, especialmente en el piso principal en donde el volumen revelado es casi lo opuesto a lo que hubiéramos podido suponer. Así las cristaleras de la fachada que da al jardín podían hacer suponer la existencia tras ellas de una gran sala; y también podían hacer suponer que la dirección de dicha sala era paralela a la fachada. Las divisiones interiores del espacio, sin embargo, niegan esa suposición, revelando en su lugar, un gran volumen cuya dirección primaria forma ángulo recto con la fachada; mientras que, tanto el volumen principal como en los espacios subsidiarios que lo rodean, el predominio de esta dirección se ve todavía más descaradamente acentuado por las paredes laterales.

Evidentemente la estructura espacial de esta planta es más compleja de lo que podría parecer a primera vista y, en última instancia, ha de llevarnos a revisar nuestros presupuestos iniciales. Poco a poco se va evidenciando la naturaleza lateral de las ranuras voladizas y mientras el ábside del comedor, la posición de la escalera principal, el hueco, la biblioteca, todo reafirma la misma dimensión, ahora vemos que por medio de estos elementos los planos de la fachada efectúan una profunda modificación en la profunda extensión   del   espacio   interior, que empieza a aproximarse a la estratificada sucesión de espacios planos que sugería la apariencia externa.

Esto en lo concerniente a la lectura de los volúmenes internos en términos de planos verticales, pues otra lectura en términos de los planos horizontales, de los suelos, descubriría características parecidas. Así, habiendo reconocido que un suelo no es una pared y que un plano no es un cuadro, podemos volver a examinar esos planos horizontales de modo semejante a como hemos hecho con la fachada, tomando de nuevo Tres rostros como punto de partida. Ahora podemos encontrar el complemento del plano pictórico de Léger en los techos del ático y el pabellón elíptico, en los bordes superiores de las paredes laterales independientes y en la cima de esa curiosa glorieta, todos los cuales se encuentran en la misma superficie. El segundo plano pasa a ser, ahora, la terraza del techo principal y el espacio de coulisse es ese corte en la techumbre que permite mirar a la terraza inferior; paralelos similares son también obvios si examinamos la organización del primer piso. Ahí el equivalente vertical del espacio profundo viene introducido por la doble altura de la terraza exterior y por el vacío que conecta la sala de estar con el vestíbulo de entrada; y ahí, de igual modo como Léger aumenta las dimensiones espaciales mediante el desplazamiento de los bordes interiores de sus paneles exteriores, Le Corbusier también invade el espacio de esta zona central.

De este modo vemos que, en toda la casa, existe una contradicción de las dimensiones espaciales que Kepes tomaba como característica de la transparencia. Hay una continua dialéctica entre hecho e implicación. La realidad del espacio profundo se opone constantemente a la inferencia del espacio superficial y, gracias a la tensión resultante, se nos obliga a efectuar siempre nuevas lecturas. Los cinco estratos de espacio que dividen verticalmente el volumen del edificio y los cuatro que lo seccionan horizontalmente requieren, una y otra vez, nuestra atención y esta reticulación espacial es la que llevará a las continuas fluctuaciones de la interpretación.

Estos refinamientos posiblemente cerebrales son bastante menos notorios en la Bauhaus; y es evidente que se trata de atributos que una estética de los materiales resiste mal. En el ala de los talleres de la Bauhaus encontramos la transparencia literal que tanto ha aplaudido Giedion, en Garches, sin embargo, lo que llama la atención es la transparencia fenomenal; y si existen razones para relacionar el logro de Le Corbusier con el de Léger, también las hay para destacar la comunidad de intereses en la expresión de Gropius y Moholy.

Moholy Nagy siempre estuvo interesado por la expresión del vidrio, el metal, las substancias reflectantes, la luz; Gropius, al menos en los años veinte, parece hallarse igualmente preocupado por la idea de emplear materiales por sus cualidades intrínsecas. Y hay que decir con razón que ambos recibieron cierto estímulo de los experimentos de De Stijl y los constructivistas rusos, aunque aparentemente fueron reacios a aceptar otras conclusiones más parisinas.

Ya que, aparentemente, fue en París donde, precisamente, el “descubrimiento” cubista del espacio superficial fue explotado más concienzudamente, y fue en París en donde se comprendió más cabalmente la idea del plano pictórico como campo uniformemente activado. Con Picasso, Braque, Gris, Léger, Ozenfant, nunca somos conscientes del plano pictórico funcionando según un papel pasivo. Tanto él, en cuanto espacio negativo, como los objetos situados sobre él, en cuanto figuras positivas, están investidos de idéntica capacidad de estímulo. Pero fuera de la escuela parisina esta condición ya no es tan típica, aunque Mondrian, parisino de adopción, constituya una importantísima excepción y Klee otra. Pero si repasamos sumariamente las obras de Kandinsky, Malevich, El Lissitzky o Van Doesburg veremos que esos pintores, como Moholy, casi nunca sintieron la necesidad de proporcionar una matriz espacial diferenciada a sus principales objetos. Están dispuestos a aceptar una simplificación de la imagen cubista como composición de planos geométricos, pero rechazan la abstracción del espacio que es igualmente cubista; y si, por estas razones, sus cuadros nos muestran figuras que flotan en un vacío infinito, atmosférico y naturalista, desprovistas de la enjundiosa estratificación parisina del volumen, bien podemos aceptar que la Bauhaus sea su equivalente arquitectónico.

Walter Gropius, Bauhaus Dessau 1925-1926, tecnne
11. Walter Gropius, Bauhaus Dessau 1925-1926

Así pues, en el complejo de la Bauhaus, aunque nos hallamos ante una composición de edificios como placas, cuyas formas sugieren la posibilidad de lectura del espacio por estratos, apenas somos conscientes de la presencia de una estratificación espacial. Gracias a los movimientos del edificio dormitorio, de las oficinas administrativas, y del ala de los talleres, el piso principal puede sugerir una canalización del espacio en una dirección. Y mediante los movimientos contrarios de los accesos, las aulas y el ala del auditorio, la planta baja puede sugerir un movimiento del espacio en la dirección opuesta. Pero no se formula preferencia alguna por una de las dos direcciones; y el dilema resultante se resuelve dando prioridad a los puntos de vista diagonales, que es el único modo como podía resolverse en este caso.

Bauhaus Dessau Plano del sitio, tecnne
12. Bauhaus Dessau Plano del sitio

De modo parecido a como Van Doesburg y Moholy Nagy   rehuyeron   la   frontalidad   cubista, Gropius también la evitó; y es significativo que, mientras las fotografías publicadas de Garches tienden a minimizar los factores de la recesión diagonal, las de la Bauhaus tienden casi invariablemente a realzar precisamente esos   factores.   La   importancia   de   estas   vistas diagonales de la Bauhaus se ve constantemente reafirmada, en la esquina transparente del ala de los talleres y en características como los balcones del dormitorio y el saledizo sobre la entrada de los talleres, características   que   requieren, para   su   exacta comprensión, una renuncia al principio de frontalidad. En el plano, la Bauhaus revela una sucesión de espacios, pero casi nunca una “contradicción de dimensiones espaciales”. Basándose en el punto de vista de la diagonal, Gropius ha exteriorizado los movimientos opuestos de su espacio, permitiéndoles que se desparramen hacia la eternidad; y, al mostrarse reacio a atribuir a cualquiera de los dos una diferencia de cualidad significativa, ha cerrado el paso a una potencial ambigüedad. Por eso sólo los contornos de su edificio asumen un carácter estratificado, pero esos estratos apenas sirven para sugerir una estructura estratificada   del   espacio   interno   o   externo.   El observador al ver de este modo negada la posibilidad de penetrar en un espacio estratificado definido bien por planos reales o por sus proyecciones imaginarias, ve negada también la posibilidad de experimentar los conflictos entre un espacio explícito y otro implícito. Puede disfrutar de la sensación de mirar a través de una pared acristalada y, por tanto, de ver al mismo tiempo el interior y el exterior del edificio, pero al hacerlo sólo tendrá conciencia de una pequeña parte de las emociones que se derivan de la transparencia fenomenal.

De todos modos, dado que Garches es un bloque único y la Bauhaus un complejo con varias alas, la comparación entre ambas es doblemente injusta. Dentro de los límites de un volumen único, ciertamente, se pueden inferir ciertas relaciones que, en una composición más elaborada, siempre quedan fuera del terreno de las posibilidades; de modo que, por esas mismas razones, tal vez sea más oportuno distinguir entre transparencia literal y fenomenal recurriendo a otro paralelo entre Gropius y Le Corbusier.

El proyecto para la Liga de las Naciones de Le Corbusier (1927), posee, como la Bauhaus, elementos y funciones heterogéneas que conducen a una amplia organización y a la aparición de una nueva característica común a ambos edificios: el bloque estrecho. Pero las similitudes sólo llegan hasta aquí, porque, mientras los bloques de la Bauhaus ruedan de un modo que recuerda mucho las composiciones constructivistas, en la Liga de las Naciones estos mismos bloques largos sirven para definir un sistema de estriaciones casi más rígido que el evidenciado en Garches.

Esquema del Palacio de las Liga de las Naciones, tecnne
13. Esquema del Palacio de las Liga de las Naciones

En el proyecto de la Liga de las Naciones la extensión lateral caracteriza las dos alas principales   del secretariado, cualifica la biblioteca y el almacén de publicaciones, vuelve a ser subrayada por el acceso y los vestíbulos del edificio de la Asamblea general, y domina incluso el propio auditorio. En éste, la introducción de cristaleras en las paredes laterales, perturbando el foco normal de la sala hacia la mesa presidencial, introduce la misma dirección transversal. Y, de este modo, la contraformulación de un espacio profundo   se   torna   una   proposición   altamente afirmativa, sugerida principalmente por una forma romboidal cuyo eje mayor pasa por el edificio de la Asamblea   General   y   cuyo   perímetro   queda comprendido por el desdoblamiento del volumen del auditorio sobre los accesos de la cour d’honneur (Fig. 13), como si se tratase de un espejo. Pero una vez más, como ocurría en Garches, los atisbos de profundidad inherentes a esa forma se ven consistentemente refrenados.  Una  hendidura,  una  dislocación  y  un corrimiento lateral se producen a lo largo de la línea del eje menor; y, en cuanto figura, se ve repetidamente rota y descompuesta en una serie de referencias laterales por los árboles, la circulación, por el ímpetu de los propios edificios- de tal modo que, finalmente, debido  a  una  serie  de  implicaciones  positivas  y negativas, toda la zona acaba siendo una especie de monumental contienda, un debate entre un espacio real y profundo y un espacio ideal y superficial. Supongamos que el Palacio de la Liga de las Naciones hubiese sido construido y que el observador se aproximase hacia el auditorio siguiendo el eje del rombo. Necesariamente se sentiría sometido a la atracción polar de la entrada principal que ve enmarcada entre una pantalla de árboles. Pero esos mismos árboles, que rompen su visión, introducen también una desviación lateral de su interés, de modo que el observador iría percibiendo, sucesivamente, primero una relación entre el paseo de acceso y el patio del secretariado. Y una vez bajo los árboles, bajo el umbráculo que proporcionan, vendría a establecerse una nueva tensión: el espacio, que se dirige hacia el edificio de la Asamblea General, viene definido, y se lee, como una proyección de la biblioteca y almacén de publicaciones. Y finalmente, una vez tuviese los árboles tras de él, el observador se encontraría detenido sobre una terraza baja, situado frente al podio de entrada, pero separado de él por un espacio vacío tan absoluto que sólo se puede decidir a cruzarlo gracias al impulso que le da el camino que ya lleva hecho. Su arco de visión ya no se encuentra limitado, y ahora contempla el edificio de la Asamblea General en su totalidad; pero dado que la recién descubierta falta de foco le obliga a mirar a lo largo de la fachada, su atención vuelve a ser irresistiblemente atraída hacia un costado el de los jardines y el lago que se encuentran en otro lado-. Y si el observador se volviese en ese espacio vacío y dejase de mirar hacia lo que obviamente es su meta, pasando a contemplar el arbolado por el que acaba de cruzar, vería que la huida lateral del espacio resulta todavía más determinada, acentuada por los mismos árboles y por el camino perpendicular que lleva hacia la hendidura situada junto al almacén de publicaciones. Y aún más si ese observador es un individuo de cierta sofisticación, y si la horadación de un volumen o de una pantalla de árboles por un camino le puede haber hecho pensar que la función intrínseca de ese camino es penetrar volúmenes y pantallas similares, tal vez entonces, por inferencia, la terraza sobre la que se encuentra se convertirá, no en un preludio del auditorio, como parece sugerir su relación axial, sino en una proyección de los volúmenes y planos del edificio de oficinas con el cual se halla alineada.

Estas estratificaciones, recursos gracias a los cuales queda construido el espacio y se torna substancial y articulado, son la esencia de aquella transparencia fenomenal que hemos señalado como una de las características de la principal tradición poscubista. Y son estratificaciones que jamás han sido destacadas como características de la Bauhaus, puesto que, evidentemente, se trata de concepciones del espacio totalmente diferentes. En el proyecto para la Liga de las Naciones de Le Corbusier el observador se encuentra con una serie de puntos de situación específicos. En la Bauhaus, tal como dice Giedion, están “desmaterializados”. En el Palacio de la Liga de las Naciones el espacio es cristalino; pero en la Bauhaus son las vidrieras lo que dan al edificio una “transparencia cristalina”. En el palacio de la Liga de las Naciones el vidrio proporciona una superficie tan definida y tirante como el parche de un tambor; pero en la Bauhaus las paredes acristaladas “se funden unas con otras”, “se mezclan”, “envuelven el edificio”, y en otro sentido (actuando como ausencia del plano) “contribuyen a ese proceso de disolución que hoy predomina en el terreno arquitectónico9”.

Le Corbusier, Palacio de las Liga de las Naciones 1927, tecnne
14. Le Corbusier, Palacio de las Liga de las Naciones 1927

Sin embargo, en el Palacio de la Liga de las Naciones buscaríamos en vano esa “disolución”. En él no existe ninguna evidencia de que se quieran obliterar las distinciones tajantes. Los planos de Le Corbusier son como afiladas navajas que deben cortar la correspondiente porción de espacio. Si pudiésemos atribuir al espacio las cualidades del agua. El edificio de Le Corbusier podría ser comparado a la presa que contiene el espacio, lo ordena, lo horada, le abre compuertas, para regar finalmente los informales jardines situados junto al lago. La Bauhaus, por su parte, aislada en un mar de contornos amorfos, sería como el arrecife lamido por una plácida marea.

Esta discusión, probablemente excesiva, de dos esquemas, uno mutilado y el otro jamás construido, tenía por efecto clarificar el medio espacial en el que resulta posible la transparencia fenomenal. No pretendo insinuar que la transparencia fenomenal (a pesar de su estirpe cubista) sea un constituyente necesario de la arquitectura moderna, ni que su presencia pueda ser empleada como una especie de plantilla en el test de la ortodoxia arquitectónica. Simplemente quiere servir como una caracterización de la especie y, también, como toque de atención frente a una posible confusión de las especies.

Colin Rowe con Robert Slutzky

Notas

1 Gyorgy Kepes, “Language of Vision”, Chicago, 1944, p. 77

2 László Moholy – Nagy, “Vision in Motion”, Chicago, 1947, pp. 188, 194, 159 y 157.

3 Ibídem, p. 210.

4 Ibídem, p. 350.

5 Alfred Barr, “Picasso: Fifty Years of His Art”, Nueva York, 1946, p. 68.

6 L. Moholy – Nagy, “The New Vision and Abstract of an Artist”, Nueva York, 1947, p. 75;

7 G. Kepes: Op cit

8 Siegfried Giedion, “Space, Time and Architecture”, Cambridge Mass, 1954, p 491 and p 490

9 Siegfried Giedion, op cit p. 489, y S. Giedion, “Walter Gropius”, Nueva York, 1954, pp. 54-55.

Bibliografia:

Colin Rowe; Robert Slutzky, “Transparency: Literal and Phenomenal”, Perspecta, Vol. 8 (1963) 45-54

Imágenes:

Bauhaus, gráficos y fotografías: ©bauhausdessau.de

Le Corbusier, planos y fotografías: ©FLC/ADAGP

TECNNE| Arquitectura y contextos