Resumen
Las Termas de Vals, proyectadas por Peter Zumthor entre 1993 y 1996, constituyen una de las obras más influyentes de la arquitectura contemporánea por su integración entre paisaje, materialidad y experiencia sensorial. El artículo analiza el edificio desde la fenomenología arquitectónica, destacando la relación entre la geología del lugar, la construcción estereotómica y la organización secuencial del espacio. La implantación semienterrada, el empleo de cuarcita local, la modulación estructural y el control de la luz natural configuran una arquitectura concebida como prolongación de la montaña. El recorrido articula ámbitos con distintas condiciones lumínicas, acústicas y térmicas que intensifican la percepción del visitante y refuerzan la continuidad entre naturaleza y construcción. Asimismo, el estudio interpreta la obra como una síntesis entre tradición constructiva, precisión técnica y significado espacial, donde los materiales, el agua y la luz participan activamente en la definición de la atmósfera arquitectónica y de la experiencia corporal del espacio.
Palabras clave: Peter Zumthor, Termas de Vals, fenomenología arquitectónica, arquitectura sensorial, materialidad arquitectónica.
Fenomenología y pensamiento arquitectónico de Peter Zumthor
La obra de Peter Zumthor ha sido interpretada de manera recurrente desde la fenomenología, perspectiva que permite comprender su interés por la experiencia sensible y por la dimensión atmosférica de la arquitectura. Sus proyectos exploran cómo la materialidad, la luz, el sonido, la temperatura y la memoria del lugar configuran la percepción del espacio, articulando fenómenos físicos con experiencias subjetivas. Desde esta aproximación, la arquitectura adquiere la capacidad de producir una influencia tanto corporal como emocional sobre quien la habita.
En un contexto disciplinar marcado por la internacionalización de la producción arquitectónica y por modelos de práctica asociados a grandes corporaciones, Zumthor desarrolla una posición vinculada a la tradición constructiva y al trabajo artesanal. Su arquitectura parte de una lectura atenta del lugar, entendido como una construcción cultural donde confluyen memoria, paisaje y técnicas locales. El proyecto surge de un proceso de interpretación de estas condiciones, con el propósito de establecer una relación de continuidad entre la obra, el entorno y la experiencia del habitante.
Así como existe una dimensión poética en la pintura, la poesía o el cine, Peter Zumthor busca identificar aquello que confiere singularidad a un lugar. Su reflexión se centra en la materialidad de la arquitectura y en la experiencia sensorial que producen los elementos físicos: las superficies táctiles, los sonidos, los olores y las condiciones atmosféricas. La arquitectura surge de la interacción entre estos componentes, cuya presencia transforma el espacio construido en una experiencia perceptiva.




La forma arquitectónica nace de las características físicas del sitio, de la tradición constructiva y del empleo de materiales locales. La inspiración proyectual se construye a partir de la interpretación que el arquitecto realiza del lugar y de la experiencia que este suscita. En consecuencia, la implantación del edificio busca revelar las cualidades del entorno mediante una relación equilibrada entre arquitectura y paisaje, de modo que ambos configuren una nueva unidad espacial.
Desde esta perspectiva, la forma deja de constituir un objetivo autónomo y pasa a ser el resultado de la relación entre lugar, materia, construcción y programa. La arquitectura adquiere una presencia física en la que los materiales trascienden su función constructiva para convertirse en mediadores entre el habitante y el espacio. Su elección no responde únicamente a criterios técnicos o expresivos, sino también a la capacidad de incorporar la memoria del territorio y transmitirla mediante la experiencia arquitectónica.
Las cualidades perceptivas de la materia se manifiestan a través de la interacción con la luz, el sonido y la temperatura. La luz modela el espacio al articular zonas de distinta intensidad lumínica y definir los volúmenes mediante las sombras. El sonido varía según la geometría del recinto y las propiedades acústicas de los materiales, configurando una dimensión sensorial propia de cada ambiente. La temperatura física depende de las características materiales de la construcción, aunque Zumthor amplía este concepto al hablar de «temperar» la arquitectura, entendido como un proceso de afinación de las relaciones entre los distintos elementos espaciales para producir diferentes grados de intimidad.
Con el fin de alcanzar esta atmósfera, Zumthor desarrolla el proyecto mediante modelos de escala intermedia que le permiten evaluar la interacción entre materiales, luz y espacio antes de la construcción. Este procedimiento facilita la identificación de aquellas cualidades vinculadas a la memoria del lugar y favorece que los habitantes establezcan asociaciones perceptivas de manera espontánea, integrando pasado, materia y experiencia en una misma realidad arquitectónica.
Las Termas de Vals: arquitectura integrada al paisaje alpino
Peter Zumthor se ha definido reiteradamente como un fenomenólogo, aunque el término no debe entenderse aquí como una adscripción filosófica estricta, sino como una caracterización de su modo de concebir la arquitectura. Su interés no reside en producir formas inéditas, sino en investigar cómo los fenómenos materiales —la luz, la gravedad, la temperatura, la textura, el sonido, el olor— se transforman en experiencia sensible y construyen la dimensión emocional del espacio. La arquitectura deja así de entenderse como un objeto visual para convertirse en un medio capaz de intensificar la percepción y de hacer consciente la relación del cuerpo con el mundo. En este sentido, la obra de Zumthor desplaza el énfasis desde la representación hacia la presencia: importa menos la imagen del edificio que la intensidad con la que este es experimentado.
Esta posición adquiere especial relevancia en el contexto cultural en que desarrolla su obra. Frente a una producción arquitectónica crecientemente subordinada a la lógica de la globalización, la espectacularización mediática y la estandarización constructiva, Zumthor reivindica una práctica artesanal, lenta y profundamente vinculada al lugar. Su arquitectura puede situarse en la órbita del regionalismo crítico formulado por Kenneth Frampton, aunque con un énfasis decididamente fenomenológico: el paisaje no constituye un simple soporte físico ni un escenario pintoresco, sino un acontecimiento cultural sedimentado en el tiempo, cuya memoria material debe ser interpretada antes que transformada. Proyectar significa, en consecuencia, descubrir las cualidades latentes del sitio y permitir que la nueva arquitectura prolongue esas condiciones en lugar de sustituirlas.
Las Termas de Vals representan la realización más acabada de esta concepción. El pequeño valle alpino de Vals posee manantiales de aguas termales explotados con fines terapéuticos desde finales del siglo XIX. En la década de 1960 un complejo hotelero intentó convertir este recurso natural en un polo turístico, pero las dificultades económicas condujeron a la adquisición del establecimiento por parte de la municipalidad durante los años ochenta. Poco después se convocó un concurso para construir un nuevo edificio termal que renovara las instalaciones existentes, concurso que fue adjudicado a Peter Zumthor. Más que diseñar un edificio independiente, el arquitecto encontró la oportunidad de formular una reflexión sobre la relación entre arquitectura, paisaje y memoria material.
El lugar ofrecía unas condiciones excepcionalmente acordes con sus intereses proyectuales. El valle sintetiza, en una misma realidad geológica, la presencia permanente de la montaña, la estratificación de la piedra y el recorrido del agua caliente que aflora desde el subsuelo. Zumthor no interpreta estos elementos como condicionantes externos del proyecto, sino como los verdaderos generadores de la arquitectura. La montaña representa una temporalidad geológica prácticamente inmóvil; la piedra materializa esa duración en una sustancia táctil y pesada; el agua introduce el movimiento, el sonido, la temperatura y el vapor. El edificio no pretende competir con estas fuerzas sino intensificarlas mediante la construcción de una atmósfera donde naturaleza y arquitectura resulten inseparables.
Esta operación puede entenderse como una auténtica exégesis arquitectónica del lugar. La piedra deja de ser un mero revestimiento para convertirse en la materia constitutiva del edificio, prolongando físicamente la geología del valle y dotando al espacio de una presencia corporal casi mineral. El agua, por su parte, deja de actuar únicamente como elemento funcional para incorporarse como material arquitectónico: organiza recorridos, modifica la percepción térmica, produce resonancias acústicas y genera una atmósfera cambiante mediante el vapor y los reflejos de la luz. La arquitectura no representa la montaña; prolonga sus procesos naturales y los hace perceptibles al cuerpo.




Secuencia espacial y organización del recorrido arquitectónico
El edificio se presenta, por ello, como una sucesión de espacios cuidadosamente diferenciados, concebidos para suscitar estados de ánimo diversos más que para responder únicamente a un programa funcional. Zumthor organiza la experiencia mediante una secuencia de ámbitos donde cambian continuamente la iluminación, la temperatura, la humedad, la resonancia sonora y la escala espacial. Cada recinto constituye una situación perceptiva específica, de modo que el recorrido se transforma en una exploración progresiva de la materia y de las sensaciones que esta produce.
La implantación del edificio resume con claridad esta actitud proyectual. Desde el fondo del valle, las termas aparecen como un gran monolito pétreo parcialmente incrustado en la ladera; vistas desde la montaña, en cambio, prácticamente desaparecen bajo la cubierta vegetal, confundidas con la topografía. La arquitectura oscila así entre presencia y desaparición. No se impone sobre el paisaje como un objeto autónomo, sino que parece surgir de él mediante una excavación deliberada. Las incisiones geométricas abiertas en la cubierta permiten el ingreso controlado de la luz natural y revelan simultáneamente la intervención humana sobre una materia geológica ancestral. El edificio no imita la naturaleza, pero tampoco se le opone: establece con ella una relación de equilibrio donde la precisión geométrica de la arquitectura intensifica, en lugar de negar, el carácter primigenio del lugar.
La organización espacial de las Termas de Vals responde a un sistema de quince volúmenes pétreos dispuestos sobre una gran plataforma horizontal excavada en la montaña. Estos cuerpos, aparentemente autónomos, estructuran el espacio mediante una geometría rigurosa que evita toda deriva laberíntica y convierte el recorrido en una secuencia cuidadosamente articulada de aproximaciones, pausas y descubrimientos. Cada bloque constituye una entidad espacial con identidad propia, pero ninguno adquiere sentido de manera aislada: la experiencia arquitectónica surge precisamente de las relaciones que se establecen entre ellos, de las transiciones que enlazan espacios abiertos y cerrados, luminosos y oscuros, comprimidos y expansivos. La composición no fragmenta el edificio, sino que organiza un continuo espacial donde las piezas se leen como afloramientos minerales emergidos de un mismo sustrato geológico.
Materialidad, estructura y construcción estereotómica
Esta lógica compositiva encuentra su correlato en el sistema constructivo. Los gruesos muros de piedra sostienen las losas de cubierta con una naturalidad que hace desaparecer cualquier exhibición estructural. Zumthor alterna hormigón armado y piedra según la condición de cada superficie: los paramentos que permanecen enterrados contra la montaña se ejecutan en hormigón, mientras que aquellos expuestos al paisaje se construyen con gneis cuarcítico extraído de la propia cantera de Vals. Las piezas, cortadas en largas franjas horizontales de espesores variables, reproducen la estratificación geológica del valle y evocan simultáneamente la tradición local de la construcción pétrea. La estructura no pretende expresar una innovación tecnológica, sino prolongar materialmente la lógica del lugar.
La piedra desempeña, por ello, un papel que excede ampliamente el de un simple revestimiento. Los muros constituyen verdaderos elementos portantes formados por sucesivas hiladas de bloques cuidadosamente modulados, cuya continuidad hace que cada plano se perciba como una única masa mineral. El tratamiento superficial intensifica deliberadamente la rugosidad, las vetas y las irregularidades naturales del gneis, reforzando su dimensión táctil y su capacidad para registrar la humedad, la luz y el paso del tiempo. Sin embargo, esta aparente continuidad con la montaña nunca pretende confundirse con ella. La precisión geométrica del aparejo revela la intervención humana sobre la materia natural y establece una tensión constante entre naturaleza y artificio. La arquitectura no imita la geología, sino que dialoga con ella mediante una abstracción rigurosa. Esa dialéctica se mantiene tanto en el interior como en el exterior del edificio, donde los límites entre paisaje y construcción aparecen deliberadamente atenuados.
La secuencia de acceso sintetiza con particular claridad la concepción fenomenológica de Zumthor. El ingreso se produce desde el hotel existente a través de un corredor oscuro y comprimido que funciona como un espacio de transición entre el mundo cotidiano y el interior de la montaña. Antes de que el visitante vea el agua, comienza a percibirla mediante el sonido, que anticipa la experiencia y orienta intuitivamente el recorrido. Al final del túnel, un muro pétreo detiene momentáneamente el desplazamiento y obliga a modificar la dirección del movimiento. Los vestuarios, organizados como una sucesión de cinco ámbitos alineados, constituyen un espacio de preparación tanto funcional como psicológica. Desde allí, una rampa de suave pendiente conduce lentamente hacia las piscinas, instaurando un descenso ceremonial que desacelera el ritmo del cuerpo y dispone al visitante para una experiencia perceptiva distinta. El acceso no resuelve únicamente un problema circulatorio; construye un cambio gradual de estado.
Luz, agua y atmósfera como recursos proyectuales
La luz constituye otro de los materiales esenciales del proyecto. En el interior excavado predomina una penumbra cuidadosamente controlada que acentúa el espesor de los muros y la densidad material del espacio. La iluminación natural penetra únicamente a través de estrechas ranuras abiertas entre los muros y las losas de cubierta, así como por determinados huecos estratégicamente orientados hacia el paisaje. La separación de apenas unos centímetros entre cubierta y muro permite que la luz rasgue horizontalmente la piedra, revelando su textura y transformando los planos en superficies vibrantes. Las diferencias de intensidad lumínica no responden únicamente a criterios funcionales, sino que organizan una auténtica dramaturgia espacial donde la alternancia entre sombra y claridad orienta intuitivamente el recorrido y modifica continuamente la percepción del visitante. La arquitectura no ilumina el espacio de manera homogénea; construye una experiencia de la luz.
En consecuencia, el recorrido interior puede entenderse como una verdadera promenade fenomenológica. A diferencia de la promenade architecturale corbuseriana, basada principalmente en la construcción visual del espacio, el desplazamiento en las Termas de Vals moviliza simultáneamente todos los sentidos. Cada cambio de dirección modifica la resonancia acústica, la temperatura, la humedad, la intensidad luminosa y la proximidad de la materia pétrea. El edificio no ofrece una visión inmediata de su totalidad; se revela progresivamente mediante una sucesión de episodios perceptivos que transforman el caminar en un proceso continuo de descubrimiento. El tiempo deja de medirse únicamente por el desplazamiento del cuerpo y pasa a manifestarse también en las variaciones de la luz natural, en la condensación del vapor y en el sonido constante del agua que acompaña toda la experiencia.
La piscina principal ocupa el centro del conjunto y actúa como núcleo organizador del sistema espacial. Desde ella se accede a una serie de recintos especializados cuyas dimensiones, iluminación, temperatura y grado de apertura producen atmósferas radicalmente distintas. Los ámbitos destinados a la interacción social son abiertos, luminosos y visualmente conectados con el paisaje, mientras que los espacios concebidos para el descanso, la contemplación o los baños individuales reducen la escala, intensifican la penumbra y aíslan acústicamente al visitante. Cada volumen posee así una identidad atmosférica propia, cuidadosamente afinada mediante la combinación de materia, luz, agua y sonido. La diversidad funcional se convierte, al mismo tiempo, en diversidad sensorial, confirmando una de las ideas centrales de Zumthor: la arquitectura alcanza su mayor intensidad cuando consigue transformar las cualidades físicas del espacio en experiencias emocionales capaces de permanecer en la memoria del habitante.
La experiencia espacial se intensifica mediante una cuidadosa articulación entre agua, luz y color. Cada ámbito posee una identidad cromática propia que modifica la percepción de la materia y construye una atmósfera diferenciada. La piscina central se impregna de tonalidades verde-azuladas reforzadas por la iluminación cenital, que evocan la profundidad y transparencia del agua mineral. El espacio destinado a beber agua adquiere un intenso resplandor anaranjado, asociado al calor y a la vitalidad, mientras que los baños de agua caliente se caracterizan por una iluminación rojiza que acentúa la sensación de abrigo corporal. En contraste, los baños de agua fría se sumergen en una dominante azul que enfatiza la frescura, la quietud y el carácter introspectivo del recinto. El color no funciona como un recurso decorativo, sino como un material más de la arquitectura, capaz de modificar la experiencia sensorial del espacio.
Experiencia sensorial y permanencia de una obra contemporánea
La atmósfera se construye igualmente a través del sonido y de la materia. El agua que circula sobre las superficies pétreas produce resonancias distintas según la profundidad de las piscinas, la textura de la piedra y la geometría de cada recinto. Ningún espacio posee una acústica idéntica a otro. La iluminación, cuidadosamente calibrada, acaricia las superficies del gneis y revela la densidad de sus vetas y rugosidades, mientras los bancos monolíticos emergen como prolongaciones naturales de los muros y del pavimento. La continuidad material diluye la distinción entre estructura, mobiliario y envolvente, reforzando la percepción de encontrarse en una cavidad excavada más que en un edificio construido. El vapor suspendido en el aire completa esta experiencia al difuminar los límites visuales y evocar la niebla que envuelve las montañas alpinas, de modo que únicamente el bronce de las barandas y de los accesorios introduce una nota de precisión artesanal dentro de la unidad mineral del conjunto.
Esta estrategia sintetiza con claridad la concepción fenomenológica de Peter Zumthor. La arquitectura no pretende comunicar un significado mediante símbolos ni imponerse como una imagen icónica, sino provocar determinadas condiciones de experiencia a través de la acción conjunta de la materia, la luz, el sonido, la temperatura y el movimiento. Ahora bien, esa experiencia nunca puede entenderse como un fenómeno completamente objetivo. Si bien el arquitecto controla cuidadosamente las condiciones físicas del espacio, la percepción depende inevitablemente de la memoria, la sensibilidad y la disposición emocional de cada visitante. La atmósfera constituye, por ello, una construcción relacional: surge del encuentro entre las cualidades materiales del edificio y la experiencia singular de quien lo habita. La fenomenología de Zumthor no garantiza una emoción determinada, sino que crea las condiciones para que esa emoción pueda producirse.
Precisamente en las Termas de Vals reside una de las realizaciones más convincentes de esta búsqueda. El edificio aparece como una prolongación de la montaña, una intervención que intensifica las cualidades latentes del paisaje sin reducirlas a una mera representación formal. La masa pétrea adquiere profundidad mediante la luz; el agua introduce una dimensión temporal a través de su sonido, su temperatura y su movimiento; el vapor transforma continuamente la percepción del espacio, desdibujando los contornos y modificando la escala. El visitante no contempla simplemente una arquitectura, sino que se ve inmerso en una experiencia donde las fronteras entre construcción y naturaleza, entre interior y exterior, entre percepción física y emoción, permanecen deliberadamente abiertas. En ello reside la singularidad de la obra: no aspira a producir una imagen memorable, sino una experiencia capaz de persistir en la memoria corporal mucho después de haber abandonado el edificio.
Marcelo Gardinetti




Fotografías: Portada: ©Fernando Guerra – Interior: ©Andrea Ceriani / ©Fabrice Fouillet /
Dibujos y planos: ©Peter Zumthor
Thermal baths in Vals, Peter Zumthor
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