Gardinetti, Marcelo
Arquitecto, Editor de Tecnne · La Plata, Argentina
Resumen
La Casa Julián Martínez (1930) constituye uno de los proyectos residenciales más relevantes desarrollados por Le Corbusier durante su relación con América Latina. Aunque nunca fue construida, representa el único encargo sudamericano derivado de su viaje de 1929 que alcanzó una definición contractual y un desarrollo proyectual completo. Implantada en un lote irregular entre medianeras del barrio porteño de Belgrano, la propuesta funciona como un laboratorio de adaptación de los principios modernos formulados por el arquitecto en las villas europeas. El proyecto articula una estructura híbrida de pilotis y muros portantes, una organización espacial basada en la sección, una promenade architecturale vertical y un sistema de equipamiento integrado asociado a la producción industrial. La incorporación de una linterna invertida y una terraza con piscina sintetiza preocupaciones lumínicas, espaciales y programáticas. Su valor historiográfico radica en documentar el proceso mediante el cual la doctrina moderna se ajustó a las condiciones urbanas, culturales y constructivas del contexto rioplatense.
Palabras clave: Le Corbusier; Casa Julián Martínez; arquitectura moderna; vivienda entre medianeras; arquitectura argentina del siglo XX..
La Casa Martínez en el contexto de los encargos sudamericanos de Le Corbusier
Cuando Le Corbusier regresó a Europa en noviembre de 1929 llevaba consigo dos encargos residenciales surgidos de su viaje sudamericano: la casa para Matías Errázuriz, destinada a un emplazamiento costero en Chile, y la casa para Julián Martínez, proyectada para un lote urbano en Buenos Aires. Ninguna de las dos llegó a construirse. Sin embargo, la casa Martínez ocupa una posición singular dentro de la producción americana del arquitecto, ya que fue el único encargo que alcanzó una base contractual definida y al que respondió mediante un proyecto completamente desarrollado (Lapunzina, 2015). Esta condición le otorga un valor documental particular, pues permite examinar cómo los principios formulados en Vers une architecture y sistematizados posteriormente en Précisions se adaptaban a la escala doméstica de una vivienda entre medianeras.
El interés del proyecto radica en su capacidad de condensación. En un volumen de dos niveles implantado sobre un terreno irregular, Le Corbusier reunió un conjunto de recursos ya ensayados en sus villas parisinas: planta libre, fachada autónoma, cubierta utilizable, promenade architecturale y equipamiento integrado. La reducción de escala exige aquí una síntesis rigurosa. Mientras la Villa Stein y la Villa Savoye disponían de parcelas exentas que permitían desplegar estos principios con amplitud, el lote de Belgrano imponía la presencia de tres medianeras y un único frente abierto hacia el espacio urbano. El proyecto puede interpretarse, por tanto, como una operación de compresión arquitectónica destinada a verificar la capacidad de adaptación del sistema corbusierano frente a las restricciones de un solar estrecho y profundamente condicionado por su contexto inmediato.
Cuatro dimensiones estructuran este análisis: el partido y su organización estructural híbrida; la sección, que jerarquiza el programa mediante diferencias de altura; el recorrido vertical, encargado de articular los distintos ámbitos de la vivienda; y el equipamiento fijo, que ordena el espacio interior sin recurrir a compartimentaciones convencionales. Entre ellas, la sección y el recorrido constituyen los principales instrumentos de organización espacial.
El objetivo de este artículo es determinar qué operaciones proyectuales permiten la persistencia de los principios corbusieranos en las condiciones específicas de un lote entre medianeras. Para ello se analiza la planta, la sección, los dispositivos de iluminación y el equipamiento integrado, estableciendo comparaciones con la casa Errázuriz y con el proyecto de Adolf Loos para Baker.

El viaje sudamericano de 1929 y la génesis de los proyectos residenciales
La visita de Le Corbusier a Buenos Aires durante el invierno austral de 1929 formó parte de una gira de conferencias que incluyó Montevideo, São Paulo y Río de Janeiro. De esa experiencia surgiría Précisions sur un état présent de l’architecture et de l’urbanisme, publicado en 1930, donde el arquitecto revisó y amplió las ideas desarrolladas previamente en Vers une architecture (Le Corbusier, 1978). El viaje también tuvo consecuencias en el plano perceptivo. Diversos estudios han señalado que el contacto con la escala territorial sudamericana —la extensión de la llanura pampeana, la continuidad del horizonte y la presencia del Río de la Plata— contribuyó a reformular algunas de sus reflexiones sobre la relación entre arquitectura, territorio y paisaje (Segre, 2015; Queiroz, 2013). La pampa ofrecía una experiencia de horizontalidad continua que encontraba afinidades con ciertas preocupaciones presentes en su investigación formal.
Los encargos obtenidos durante el viaje planteaban respuestas distintas frente a un problema común: la adaptación de los principios modernos a contextos específicos. La casa Errázuriz debía construirse en una localización rural chilena donde las dificultades de transporte limitaban el uso de materiales industrializados. En consecuencia, el proyecto recurrió a piedra y madera disponibles en el lugar, integrando condiciones constructivas, climáticas y topográficas en la definición arquitectónica (Curtis, 1987). Esta adaptación material no implicaba una renuncia a los principios compositivos del arquitecto, quien sostenía que la claridad del plan podía mantenerse independientemente del carácter de los materiales empleados1. La propuesta adquirió así un valor precursor dentro de la reflexión moderna sobre el lugar, articulando una cubierta inclinada y muros de piedra con una organización espacial plenamente contemporánea.
El 24 de abril de 1930 Le Corbusier envió a Errázuriz siete planos acompañados por dos cartas con indicaciones técnicas y recomendó la participación de Antonio Vilar para la interpretación gráfica del proyecto2. Tras el acuerdo entre Vilar y Errázuriz, se incorporó a Carlos de Landa para desarrollar la construcción. Sin embargo, los costos estimados resultaron excesivos y el proyecto fue finalmente abandonado3. La casa Martínez se desarrolló en paralelo a este proceso y compartió tanto los intermediarios como el desenlace. Antonio Vilar actuó nuevamente como representante local de Le Corbusier, aunque en este caso el proyecto adoptó una posición opuesta a la de la casa chilena. Frente a la materialidad tectónica y contextual de Errázuriz, la propuesta para Buenos Aires afirmaba la autonomía del volumen, la abstracción geométrica y la expresión del sistema estructural moderno.
Las conferencias dictadas en Buenos Aires, tanto en ámbitos académicos como en la asociación Amigos del Arte, difundieron un cuerpo teórico que vinculaba vivienda, técnica y urbanismo. Su recepción, sin embargo, fue gradual. La cultura arquitectónica local necesitó varios años para asimilar plenamente sus implicancias, y los proyectos derivados de aquella visita no encontraron condiciones favorables para su materialización inmediata. La casa Martínez se sitúa precisamente en ese intervalo entre la circulación de las ideas y su traducción efectiva en obra construida, una circunstancia característica de la recepción de la arquitectura moderna en los contextos periféricos de América Latina.
Victoria Ocampo, redes intelectuales y cultura arquitectónica moderna
El encargo de la casa Martínez se inscribe en una red de vínculos personales e intelectuales articulada en torno a Victoria Ocampo. Julián Martínez mantenía una relación cercana con la escritora, quien promovió activamente la construcción de la vivienda y asumió buena parte de las gestiones vinculadas al proyecto. En sus memorias, Ocampo expresó su descontento con el departamento que Martínez ocupaba entonces, al que describió como una vivienda reducida, escasamente amueblada y carente de las cualidades espaciales que consideraba deseables para la vida doméstica4. Esa valoración contribuyó a orientar la búsqueda de una nueva residencia y condujo a la adquisición de un terreno sobre la Avenida de los Incas, en el barrio de Belgrano5. También favoreció el contacto con Le Corbusier, cuya arquitectura Ocampo había intentado incorporar a su propia vivienda un año antes mediante un proyecto que no llegó a concretarse.
Las condiciones programáticas fueron definidas con notable precisión. Ocampo solicitó una vivienda de dimensiones contenidas, organizada alrededor de una sala principal de carácter expansivo, complementada por un único dormitorio, cochera y una piscina ubicada en el fondo del lote. El proyecto fue desarrollado en el atelier de la rue de Sèvres, en París. Entre la formulación del encargo y la llegada de los planos a Buenos Aires transcurrió más de un año, un período que probablemente estuvo condicionado por la experiencia previa del arquitecto con el proyecto para Ocampo, cuya resolución había resultado insatisfactoria para las partes involucradas.
La participación de Ocampo como intermediaria y principal intérprete del programa vincula la casa Martínez con el mismo ambiente cultural que impulsó instituciones como Amigos del Arte y, posteriormente, la revista Sur. En ese contexto, la arquitectura moderna formaba parte de un proceso más amplio de circulación de ideas, obras y referencias procedentes de Europa. El proyecto puede entenderse, por tanto, como una manifestación arquitectónica de los intercambios culturales promovidos por una élite intelectual interesada en incorporar lenguajes contemporáneos al medio porteño.
La naturaleza del encargo aporta también una dimensión social relevante. La introducción de la arquitectura moderna en Buenos Aires dependió, en numerosos casos, de iniciativas privadas impulsadas por redes de sociabilidad y mecenazgo cultural. La casa Martínez responde a esta lógica. Se trataba de una vivienda concebida para un cliente singular, cuyo programa excedía las convenciones residenciales habituales y cuya materialización dependía de un reducido círculo de actores. Esta condición explica tanto la libertad compositiva que caracteriza al proyecto como su vulnerabilidad frente a cambios de decisión por parte de los comitentes.
La crítica reciente ha profundizado en el papel de Victoria Ocampo dentro de los debates sobre la domesticidad moderna. Chikiar Bauer (2016) ha señalado afinidades entre sus reflexiones y las desarrolladas por Virginia Woolf en torno a la relación entre espacio doméstico, autonomía intelectual y producción cultural. Desde esta perspectiva, el interés de Ocampo por la vivienda de Martínez adquiere un significado que trasciende las circunstancias personales del encargo. La organización del espacio doméstico constituía para ella una cuestión cultural vinculada a nuevas formas de habitar, trabajar y representar la vida moderna. La reducción del ornamento, la claridad espacial y la reorganización funcional de la vivienda respondían a una concepción del habitar coherente con los principios intelectuales que poco después encontrarían expresión en el proyecto editorial de Sur.

Implantación, modulación y estructura híbrida en un lote irregular
El terreno adquirido por Martínez presentaba una geometría irregular, definida por un muro posterior oblicuo respecto de los linderos laterales. Esta condición generaba una asimetría que Le Corbusier resolvió mediante la implantación de un volumen compacto de dos niveles, coronado por una cubierta-terraza e inscrito entre las tres medianeras. La operación consistió en absorber la irregularidad dentro de una envolvente regular, desplazando sus efectos hacia la organización interior. El frente sobre la calle se reducía a un plano relativamente cerrado, mientras que la vivienda orientaba sus principales espacios hacia el interior del predio, donde el jardín y la fachada vidriada establecían la relación con el exterior.
La planta se organiza a partir de una modulación transversal de proporción 1,5:1 y de un eje estructural definido por cuatro pilotis equidistantes, retirados tanto del plano de fachada como del límite posterior. Esta disposición remite al principio formulado por Le Corbusier en el sistema Dom-ino, basado en la independencia entre estructura portante y cerramientos (Frampton, 1980). Sin embargo, la casa Martínez introduce una adaptación significativa. Los cuatro pilotis sostienen los entrepisos y la cubierta, mientras que los muros medianeros participan simultáneamente del sistema resistente. El proyecto combina así una estructura puntual independiente con apoyos murarios continuos, integrando dos lógicas constructivas habitualmente consideradas opuestas.
Esta condición híbrida constituye uno de los aspectos más relevantes de la propuesta. Las restricciones impuestas por el lote entre medianeras impedían reproducir las condiciones de las villas exentas, donde la estructura podía retraerse completamente del perímetro y liberar las fachadas. Frente a esa limitación, Le Corbusier concentró la autonomía estructural en la línea central de pilotis y utilizó los muros laterales como parte activa del sistema resistente. La regularidad de la modulación introduce un orden abstracto capaz de disciplinar la geometría irregular del solar. Como observó Rowe (1976), la arquitectura corbusierana suele apoyarse en esquemas proporcionales de raíz clásica; en este caso, la modulación funciona como un mecanismo de control geométrico que impone coherencia espacial a un terreno carente de regularidad.
La trama estructural organiza simultáneamente el programa. El módulo menor concentra los servicios y las circulaciones verticales, mientras que el módulo principal alberga los espacios de estancia. La diferenciación entre espacios servidos y servidores surge de la propia estructura y de la disposición del equipamiento fijo, sin necesidad de una compartimentación extensiva. La planta conserva así un alto grado de continuidad espacial, donde los apoyos, los desniveles y el mobiliario integrado asumen funciones tradicionalmente atribuidas a los tabiques.
La interpretación de los cinco puntos de la nueva arquitectura adquiere en este proyecto un carácter selectivo. Los pilotis se reducen a la serie de cuatro columnas que ordena la planta y libera parcialmente el frente interior. La planta libre se manifiesta en la continuidad de los espacios principales. La fachada independiente se concentra en el cerramiento vidriado orientado al jardín, desligado de la estructura portante. La ventana horizontal alcanza una formulación extrema al transformarse en una superficie transparente continua. Finalmente, la terraza jardín se materializa en la cubierta habitable, donde la piscina y la linterna invertida completan la composición volumétrica. Cada uno de estos elementos aparece reformulado por las condiciones específicas del lote, sin alterar la lógica general del sistema.
La planta baja, destinada a una cochera para dos vehículos, introduce otra dimensión significativa del proyecto. La incorporación del automóvil al núcleo de la vivienda respondía a una cuestión funcional, pero también a una concepción cultural de la modernidad. Desde Vers une architecture, Le Corbusier había asociado la precisión técnica y la racionalidad mecánica del automóvil con los valores estéticos de su tiempo. La ubicación de la cochera en el nivel inferior permitía elevar los espacios principales y reproducir, en una parcela urbana restringida, una operación comparable a la de las villas sobre pilotis. En el contexto porteño de comienzos de la década de 1930, esta disposición expresaba además la pertenencia de sus habitantes a una cultura urbana vinculada a la movilidad, la técnica y las transformaciones materiales promovidas por la modernización.

Sección, promenade architecturale y organización vertical del espacio
Si la planta establece la distribución funcional, la sección organiza la experiencia espacial. El módulo principal estructura una secuencia vertical compuesta por tres niveles diferenciados: la cochera en planta baja, el espacio habitable en el primer nivel y la terraza con piscina en la cubierta. Esta disposición introduce una gradación jerárquica que asciende desde el plano destinado al automóvil hasta el ámbito recreativo superior. El nivel social adquiere una posición dominante mediante un incremento de medio módulo en su altura, recurso que intensifica la amplitud perceptiva del estar y refuerza su centralidad dentro de la composición.
La articulación entre estos niveles se resuelve mediante dos escaleras de caracol de dimensiones y funciones distintas. La escalera principal, situada hacia el frente del volumen, conecta el acceso con el nivel habitable y la terraza. Una segunda escalera, de menor diámetro y emplazada en el sector posterior, vincula las áreas de servicio. En una carta dirigida a Martínez, Le Corbusier destacó que esta disposición permitía separar con claridad los recorridos vinculados a la recepción y al servicio6. La circulación vertical se convierte así en un mecanismo de organización funcional que introduce distintos grados de autonomía entre los sectores de la vivienda.
La escalera principal asume además un papel compositivo decisivo. Como en otros proyectos del arquitecto, el desplazamiento vertical estructura la percepción secuencial del espacio y materializa el principio de la promenade architecturale, entendido como una experiencia arquitectónica construida a través del movimiento (Benton, 1984). El recorrido conduce progresivamente desde el nivel de acceso hasta la cubierta, organizando una serie de situaciones espaciales encadenadas que revelan el edificio de manera gradual.
Formalmente, la escalera se expresa mediante un volumen cilíndrico que emerge desde la planta baja y atraviesa la composición. Visible detrás del cerramiento vidriado del primer nivel, introduce una tensión geométrica entre la curvatura del cilindro y la ortogonalidad del prisma principal. Este contraste constituye un recurso recurrente en la obra de Le Corbusier, donde elementos autónomos adquieren protagonismo plástico a partir de su diferenciación formal. La solución encuentra antecedentes en la Villa Stein y la Villa Savoye, así como en la intervención realizada poco después para el departamento Beistegui en París (Benton, 1984). En la casa Martínez, el cilindro adquiere además una función representativa: frente a una fachada relativamente contenida hacia la calle, concentra la expresión volumétrica del acceso y señala la presencia de una espacialidad más compleja en el interior.
La organización seccional remite asimismo a una línea de investigación desarrollada por Le Corbusier desde la casa Citrohan. El protagonismo otorgado al espacio principal y su relación con un gran plano vidriado evocan la búsqueda de un ámbito doméstico caracterizado por la amplitud y la continuidad visual (Frampton, 1980). Sin embargo, las restricciones dimensionales del lote impiden reproducir las condiciones espaciales de aquellos prototipos. La doble altura característica de la vivienda Citrohan se transforma aquí en una variación más contenida, resuelta mediante el incremento parcial de la altura del nivel social. La sección conserva así los principios de jerarquización espacial presentes en los modelos anteriores, aunque ajustados a las limitaciones físicas del terreno. Es precisamente en este plano donde puede observarse con mayor claridad la capacidad de adaptación del sistema corbusierano: la organización espacial mantiene su lógica fundamental, mientras modifica sus recursos formales para responder a las condiciones específicas del sitio.

Iluminación cenital, transparencia y construcción de la experiencia espacial
La organización espacial de la vivienda plantea un problema específico de iluminación. Mientras la sala ocupa el frente completamente vidriado y recibe luz directa desde el jardín, el dormitorio se ubica en la parte posterior del volumen, separado del área social mediante un mueble bajo que preserva la continuidad espacial. Al carecer de una fachada propia, este sector requería un sistema alternativo de captación lumínica. Le Corbusier resolvió esta condición mediante una depresión practicada en la losa de cubierta, cuyos bordes incorporan aberturas perimetrales capaces de conducir luz natural hacia la zona posterior de la planta.
En la carta que acompañó el envío de los planos definitivos, fechada el 3 de diciembre de 1930, el arquitecto describió este recurso como una «linterna invertida»7. La expresión define con precisión el funcionamiento del dispositivo. A diferencia de la linterna tradicional, concebida como un elemento emergente que introduce iluminación desde la parte superior de un edificio, la operación consiste aquí en una concavidad excavada en la cubierta que capta la luz y la dirige hacia el interior sin alterar significativamente el perfil general del volumen. La intervención modifica localmente la geometría ortogonal de la envolvente y concentra en un único elemento funciones lumínicas, espaciales y programáticas.
La singularidad del recurso radica en la superposición de usos dentro de un mismo espesor constructivo. La depresión de la cubierta no sólo canaliza la iluminación cenital hacia el dormitorio, sino que aloja simultáneamente la piscina situada en la terraza. Agua, estructura y luz quedan integradas en una única operación arquitectónica. Dentro de un proyecto caracterizado por la regularidad geométrica de su volumen exterior, la concavidad constituye la principal inflexión formal y uno de los episodios espaciales más elaborados de la propuesta.
Esta solución mantiene afinidades con el proyecto de Adolf Loos para Josephine Baker de 1927, donde una piscina iluminada cenitalmente adquiría un papel central en la organización visual de la vivienda (Liernur y Pschepiurca, 2008). La relación resulta particularmente sugestiva debido a la conocida coincidencia entre Le Corbusier y Baker durante el viaje sudamericano de 1929, así como a la presencia de la artista en Buenos Aires durante el período de desarrollo del proyecto (Liernur y Pschepiurca, 2008)8. Sin establecer una dependencia directa entre ambas obras, la comparación permite reconocer una preocupación compartida por la incorporación del agua como elemento activo en la construcción de la experiencia espacial.
La lectura propuesta por Colomina (1994) para la casa Baker resulta especialmente pertinente en este contexto. Según la autora, la piscina deja de operar exclusivamente como equipamiento recreativo para convertirse en un dispositivo visual capaz de organizar relaciones entre observación, movimiento y espacialidad. En la casa Martínez puede identificarse una lógica comparable. La piscina suspendida sobre el dormitorio y vinculada visualmente con los espacios interiores transforma la cubierta en un ámbito donde convergen funciones técnicas y efectos perceptivos. El agua deja de constituir únicamente un elemento de uso para participar de la construcción de la atmósfera arquitectónica.
La cuestión de la luz reaparece en la resolución de la fachada principal. El amplio cerramiento vidriado que se abre hacia el jardín remite a las investigaciones desarrolladas por Le Corbusier en la casa Citrohan, donde la iluminación uniforme del espacio interior dependía de una fuente continua de luz natural (Frampton, 1980). La ventana horizontal, uno de los cinco puntos de la nueva arquitectura, alcanza aquí una formulación extrema al transformarse en un plano transparente de piso a techo. La independencia entre estructura y cerramiento permite que la fachada funcione como una superficie de iluminación y visión antes que como un muro portante.
Esta decisión adquiere una importancia particular por la orientación del frente hacia el interior del lote. La transparencia no se dirige a la calle sino al jardín privado, condición que permite maximizar la apertura visual sin comprometer la intimidad doméstica. La relación entre luz y mirada, central en la arquitectura moderna, se construye aquí mediante un control preciso de las visuales y de la posición de los observadores dentro de la vivienda.
La terraza con piscina completa esta secuencia de operaciones. Su presencia remite a las transformaciones culturales asociadas a la arquitectura moderna durante las décadas de 1920 y 1930, cuando el acceso al sol, al aire libre y a las prácticas vinculadas al cuidado del cuerpo adquirió un papel central en la definición del espacio doméstico. En la casa Martínez, la terraza jardín se reformula como una superficie de agua. La cubierta deja de actuar exclusivamente como remate funcional para convertirse en el punto culminante del recorrido ascendente organizado por la sección. La iluminación cenital, la piscina y la terraza habitable convergen así en un único dispositivo que sintetiza dimensiones técnicas, espaciales y culturales del proyecto.

Equipamiento integrado, estandarización y producción industrial
La casa Martínez incorporaba una definición detallada del equipamiento interior, concebido como parte integral de la organización arquitectónica. En consonancia con las ideas desarrolladas por Le Corbusier en L’Art décoratif d’aujourd’hui (Le Corbusier, 1925), el mobiliario dejaba de entenderse como un conjunto de objetos autónomos para convertirse en un dispositivo funcional integrado al proyecto. Los elementos de almacenamiento, organización y servicio asumían simultáneamente funciones prácticas y espaciales, participando activamente en la configuración del interior. Como ha señalado Rojo de Castro (2015), esta concepción sustituía el valor representativo tradicional del mobiliario por criterios de racionalidad, regularidad y uso9.
La correspondencia entre Le Corbusier y Martínez permite reconstruir con precisión esta propuesta. El arquitecto describió una serie de «casilleros estándar» concebidos como cerramientos o semicerramientos equipados, accesibles desde distintos sectores de la vivienda. Estos módulos podían adaptarse a necesidades específicas mediante la incorporación de percheros, estanterías para indumentaria o compartimentos destinados al almacenamiento doméstico. La tipificación no implicaba uniformidad absoluta, sino la posibilidad de articular componentes estandarizados con requerimientos particulares dentro de una misma lógica proyectual.
La producción de estos elementos formaba parte del sistema concebido para la vivienda. Le Corbusier propuso que los módulos fueran suministrados por Thonet, empresa con sede en París y presencia comercial en Buenos Aires10. Esta decisión vinculaba directamente el proyecto arquitectónico con los circuitos de fabricación industrial, incorporando al interior doméstico los principios de serialización y estandarización que caracterizaban buena parte de la cultura material moderna.
El equipamiento asumía así una función organizadora comparable a la de la estructura. Del mismo modo que la modulación y la disposición de los pilotis establecían un orden espacial a escala arquitectónica, los casilleros regulaban la ocupación y el uso del interior. La delimitación entre áreas de estancia, circulación y servicio no dependía principalmente de muros divisorios, sino de elementos equipados capaces de definir ámbitos diferenciados sin interrumpir la continuidad espacial. La vivienda se concebía como un conjunto coordinado de estructura, cerramientos y equipamiento, donde cada componente participaba de una misma lógica de organización.
La incorporación de mobiliario estandarizado permite comprender el alcance de la propuesta corbusierana en la casa Martínez. El proyecto no se limitaba a resolver la implantación, la estructura o la sección, sino que extendía los principios de modulación y racionalización hasta la escala del uso cotidiano. La arquitectura y el equipamiento formaban parte de un único sistema proyectual, articulado mediante relaciones precisas entre espacio, técnica y producción industrial.

Los límites de la doctrina moderna en el tejido urbano consolidado
La casa Martínez ocupa una posición singular dentro de la producción americana de Le Corbusier. Fue el único encargo surgido de su viaje de 1929 que alcanzó una base contractual definida y al que el arquitecto respondió mediante un proyecto completamente desarrollado (Lapunzina, 2015). La documentación conservada permite reconstruir con precisión su proceso de elaboración, así como las gestiones destinadas a posibilitar su construcción. Le Corbusier recomendó a Julián Martínez establecer contacto con Antonio Vilar para desarrollar la obra y remitió a este último una copia de los planos11. Sin embargo, no se conservan registros que permitan determinar si dicha colaboración llegó a concretarse ni documentación que explique las razones del abandono definitivo del proyecto12. Las hipótesis formuladas por la crítica permanecen, por lo tanto, en el terreno de la conjetura.
La propuesta revela también una serie de tensiones derivadas de la adaptación del sistema corbusierano a las condiciones específicas del lote. La más evidente aparece en la relación entre la estructura y los principios de la planta libre. Aunque el proyecto incorpora una línea de pilotis que organiza espacialmente el interior, los muros medianeros participan activamente en el sistema resistente. La autonomía estructural promovida por el esquema Dom-ino se mantiene de forma parcial, integrada a una configuración híbrida que responde a las exigencias físicas del emplazamiento. Esta condición no invalida el principio, pero sí modifica su alcance operativo.
Una situación comparable puede observarse en el tratamiento de la fachada. El amplio plano vidriado orientado hacia el jardín lleva al extremo la independencia entre cerramiento y estructura, al tiempo que maximiza la entrada de luz natural y la continuidad visual. Sin embargo, esta transparencia se concentra exclusivamente en el frente interior del lote. Hacia la calle, la vivienda adopta una actitud considerablemente más contenida, determinada por requerimientos de privacidad y por la propia condición urbana del entorno. La solución permite compatibilizar apertura e intimidad, aunque evidencia las dificultades de trasladar literalmente algunos postulados formulados para parcelas exentas a un tejido consolidado de medianeras.
La comparación con el proyecto para Victoria Ocampo resulta particularmente reveladora. Mientras aquella propuesta había enfrentado dificultades asociadas a la materialización de determinados recursos constructivos y formales, la casa Martínez reformula los mismos principios mediante una organización más compatible con las condiciones locales. La transparencia no desaparece, pero se concentra en el ámbito privado del jardín; la autonomía formal del volumen se preserva, aunque apoyada en una estructura parcialmente dependiente de los muros laterales. El proyecto puede interpretarse, en este sentido, como un ejercicio de ajuste antes que de aplicación literal de la doctrina.
La relación entre arquitectura y medio constituye otra dimensión de análisis. La vivienda orienta sus principales espacios hacia el interior del predio y organiza la captación de luz a través del gran frente vidriado y del dispositivo cenital asociado a la linterna invertida. Esta disposición privilegia la coherencia compositiva y la continuidad espacial del volumen. Al mismo tiempo, plantea interrogantes acerca de la respuesta ambiental de la propuesta en las condiciones específicas de Buenos Aires, particularmente en lo relativo a la ventilación cruzada y al aprovechamiento diferencial de la orientación solar. La documentación disponible no permite evaluar con precisión estos aspectos, aunque su consideración resulta pertinente en una lectura contemporánea del proyecto.
Estas tensiones no deben entenderse como contradicciones aisladas, sino como indicios de un problema más amplio: la adaptación de un sistema arquitectónico formulado a partir de modelos ideales a las restricciones concretas de un contexto urbano específico. La casa Martínez adquiere interés precisamente porque registra ese proceso de ajuste. Su valor no reside únicamente en la aplicación de los principios corbusieranos, sino también en las transformaciones que dichos principios experimentan al enfrentarse con la geometría irregular del lote, las medianeras, las exigencias del programa y las condiciones de la ciudad existente.
Proyección historiográfica y alcance territorial de la Casa Martínez
La visita de Le Corbusier a la Argentina no produjo efectos inmediatos en la cultura arquitectónica local. La recepción de sus ideas fue gradual y encontró uno de sus principales vehículos de difusión en Précisions, publicación en la que el arquitecto sistematizó los argumentos expuestos durante sus conferencias sudamericanas (Le Corbusier, 1978). Aunque los proyectos surgidos de aquel viaje permanecieron sin construir —entre ellos las casas Errázuriz y Martínez, así como diversas propuestas urbanas—, contribuyeron a establecer una red de intercambios intelectuales y profesionales cuya influencia se extendió durante las décadas siguientes. Liernur y Pschepiurca (1987; 2008), junto con la compilación documental realizada por Gutiérrez (2009), han reconstruido este entramado bajo la noción de red austral, entendida como el conjunto de actores, obras y proyectos que facilitaron la difusión de la arquitectura corbusierana en el ámbito rioplatense.
En ese contexto, la casa Martínez ocupa una posición temprana y significativa. El proyecto antecede la producción de Antonio Bonet, Jorge Ferrari Hardoy y Juan Kurchan, arquitectos que desempeñaron un papel decisivo en la reinterpretación local de las ideas modernas. Su interés no radica únicamente en la relación directa con Le Corbusier, sino también en su capacidad para documentar un momento inicial del proceso mediante el cual esos principios comenzaron a incorporarse a las condiciones urbanas, constructivas y culturales de la región.
La propuesta adquiere mayor relevancia cuando se la considera en relación con las reflexiones urbanas que Le Corbusier desarrolló durante su estancia en Buenos Aires. Los estudios sobre la Ciudad de los Negocios y sobre la reorganización del frente costero del Río de la Plata formaban parte de una visión territorial que vinculaba arquitectura, infraestructura y transformación metropolitana (Coire, 1979). Las viviendas proyectadas para Ocampo y Martínez pueden entenderse como expresiones domésticas de ese mismo horizonte conceptual. Aunque pertenecen a una escala radicalmente distinta, participan de una reflexión común sobre la forma de habitar la ciudad moderna y sobre las posibilidades de reorganizar la relación entre espacio construido, paisaje y territorio.
El valor historiográfico de la casa Martínez reside también en su condición de proyecto no realizado. Al no haber atravesado las transformaciones propias de la construcción, la obra conserva con particular claridad las operaciones proyectuales que organizan su concepción. La modulación estructural, la articulación seccional, el sistema de iluminación cenital y el equipamiento integrado permanecen registrados en un estado próximo a la formulación original. El proyecto constituye, en este sentido, un documento privilegiado para examinar los mecanismos mediante los cuales Le Corbusier adaptó principios desarrollados en las villas europeas a las restricciones de un lote urbano entre medianeras.
Su principal aporte consiste en mostrar que la transferencia de modelos arquitectónicos no opera mediante reproducciones literales. La casa Martínez evidencia un proceso de ajuste en el que las condiciones específicas del sitio modifican la aplicación de principios previamente formulados. La estructura incorpora el soporte de las medianeras, la transparencia se concentra en el frente interior y la organización espacial se redefine mediante recursos seccionales que responden a la escala reducida del encargo. Estas transformaciones permiten comprender la arquitectura moderna no como un conjunto de soluciones invariables, sino como un campo de operaciones capaz de asumir configuraciones diversas según las condiciones de cada contexto.
Desde esta perspectiva, la casa Martínez ocupa un lugar relevante en la historia de la arquitectura moderna en el Río de la Plata. Su interés no depende de una materialización efectiva, sino de la posibilidad de observar, en una escala doméstica y con un alto grado de precisión documental, el encuentro entre un cuerpo doctrinario de alcance internacional y las restricciones concretas de un emplazamiento local. El proyecto registra ese proceso de adaptación y, precisamente por haber permanecido en el papel, conserva con nitidez las preguntas que lo originaron y las soluciones ensayadas para responderlas.
Marcelo Gardinetti

Notas:
1 Le Corbusier sostiene que la rusticidad de los materiales no impide la manifestación de un plan claro ni de una estética moderna (Le Corbusier, 1995, vol. 2, 45).
2 Carta de Le Corbusier a Matías Errázuriz, 24 de abril de 1930, citada en Vázquez (2001).
3 Sobre los presupuestos elevados y el abandono del proyecto, véase Vázquez (2001).
4 Victoria Ocampo describe el departamento de Julián Martínez en su autobiografía (Ocampo, 2006, citada en Chikiar Bauer, 2016).
5 Martínez adquirió un terreno en Belgrano, sobre la Avenida de los Incas (Ocampo, 2006).
6. Carta de Le Corbusier a Julián Martínez, 3 de diciembre de 1930, en Otero (1992, 43): las dos escaleras separan con claridad el servicio de la recepción.
7. Carta de Le Corbusier a Julián Martínez, 3 de diciembre de 1930, en Otero (1992, 43).
8. Liernur y Pschepiurca (2008, 117) señalan la presencia de Josephine Baker en Buenos Aires durante la concepción del proyecto.
9 Le Corbusier sustituye el mueble entendido como signo de identidad o estatus por un sistema de herramientas estandarizadas (Rojo de Castro, 2015).
10 Carta de Le Corbusier a Julián Martínez, en Otero (1992): provisión seriada de los componentes a través de Thonet.
11 Carta de Le Corbusier a Antonio Vilar, en Otero (1992): Vilar figuraba como responsable de la ejecución de los trabajos del arquitecto en la Argentina.
12 Lapunzina (2015) señala que el proyecto para Martínez fue el único de base contractual sólida entre los encargos americanos, y que se ignoran las causas de su frustración.
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Los dibujos presentados en este artículo fueron realizados a partir de imágenes de © Fabricio Contreras y © Andrés García.
Cite: Gardinetti, Marcelo «Le Corbusier en Buenos Aires, casa Julián Martínez» Tecnne 22-03-2021 https://tecnne.com/arquitectura/le-corbusier-en-buenos-aires-casa-julian-martinez/
Resumen:
- La casa Martínez: Fue encargada por Julián Martínez por recomendación de Victoria Ocampo. Le Corbusier propuso un pequeño edificio de dos niveles con una modulación y organización espacial muy clara.
- Características destacadas de la casa Martínez:
- Planta modular con espacios de servicio y circulación vertical diferenciados
- Escalera curva que asoma al exterior como elemento plástico
- «Linterna» en la cubierta para iluminar indirectamente el dormitorio y alojar la piscina
- Fachada de vidrio que cubre toda la planta social
- Mobiliario concebido como elementos fijos que compartimentan el espacio
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