Casa del Fascio de Como: Ideología, crítica e historiografía

Gardinetti, Marcelo

Arquitecto, Editor de Tecnne · La Plata, Argentina

Tecnne · Año 2026, n.º 73

Resumen

La Casa del Fascio de Como permite examinar las relaciones entre racionalismo italiano, ideología fascista y construcción historiográfica durante el periodo de entreguerras. Giuseppe Terragni desarrolló un lenguaje basado en geometría, proporción, transparencia y modulación, incorporando el programa político sin adoptar plenamente los códigos monumentales asociados a la arquitectura oficial. La organización del atrio, la diferenciación de las fachadas, la ausencia de la torre littoria y la integración del arengario muestran cómo las funciones representativas fueron transformadas mediante recursos espaciales y compositivos. Esta condición produjo interpretaciones divergentes desde la crítica contemporánea y, posteriormente, desde la historiografía de Tafuri, Zevi, Ghirardo y Eisenman. Tras 1945, la eliminación de elementos propagandísticos, los cambios de uso y las intervenciones de conservación añadieron nuevas capas de significado. El edificio puede entenderse así como un documento arquitectónico donde estructura, representación política, memoria y materialidad permanecen estrechamente vinculadas.

Palabras clave: Casa del Fascio de Como, Giuseppe Terragni, racionalismo italiano, arquitectura fascista, historiografía arquitectónica.

Terragni y la dimensión ideológica del racionalismo

La práctica proyectual de Terragni revela tensiones entre los códigos estéticos promovidos por el régimen fascista y los principios formales del racionalismo italiano. La Casa del Fascio de Como concentra estas contradicciones y permite examinar la distancia entre la retórica política que acompañó su encargo y la lógica arquitectónica mediante la cual el edificio fue configurado. Terragni se declaró partidario del fascismo y entendió el racionalismo como un medio adecuado para traducir determinados valores políticos al ámbito de la arquitectura civil. Su interpretación, sin embargo, se apoyaba en una concepción idealizada del fascismo, asociada a principios éticos y sociales que no coincidían necesariamente con los repertorios formales adoptados por la arquitectura oficial del Estado. En este sentido, Zevi compara su posición con la de Miguel Ángel frente a los poderes de su tiempo: una relación de adhesión que no excluía la interpretación crítica de los principios proclamados por el sistema (Zevi, 1981).

Terragni se distanció del historicismo monumental promovido por la escuela de Marcello Piacentini y buscó recuperar aspectos del discurso fascista temprano que, a su juicio, habían sido desplazados por soluciones arquitectónicas de carácter conservador. Su posición se desarrolló en la intersección entre racionalismo y tradición clásica, aunque esta última no se entendía como repertorio estilístico, sino como un sistema basado en proporción, ritmo, orden y claridad volumétrica. La Casa del Fascio traduce esta tensión en términos estrictamente arquitectónicos: mantiene una fuerte condición institucional, pero construye su monumentalidad mediante geometría, estructura, modulación y relaciones espaciales, en lugar de recurrir a los mecanismos figurativos de la arquitectura oficial.

Giuseppe Terragni, Casa del Fascio Como

La Casa del Fascio ante el programa ideológico del régimen

La relación entre el edificio y el programa ideológico fascista presenta una condición ambivalente. Las decisiones fundamentales del proyecto podían justificarse mediante conceptos promovidos por el régimen, pero su traducción arquitectónica modificó el significado de algunos de los dispositivos de representación política que sustentaban la arquitectura fascista (Ghirardo, 1980b; Storchi, 2007).

El concepto mussoliniano de la «casa de cristal» constituye uno de los ejemplos más claros. Terragni convirtió la exigencia de transparencia en una condición espacial concreta mediante superficies acristaladas, continuidad visual y conexiones directas entre el atrio y la plaza. La visibilidad no se restringe al cerramiento, sino que interviene en la organización del edificio: los espacios colectivos, las circulaciones y determinadas relaciones jerárquicas quedan perceptibles desde diferentes puntos de observación. La transparencia adquiere así una dimensión política, pero también una condición estrictamente espacial derivada de la estructura y de la organización del programa.

La ausencia de la torre littoria introduce una segunda modificación significativa. Este elemento, utilizado en otras Casas del Fascio como referencia vertical y contrapunto simbólico frente a los campanarios religiosos, fue sustituido por un plano murario compacto que funciona como una «torre virtual». Terragni conservó, por tanto, la necesidad de establecer un punto de concentración formal dentro del volumen, pero rechazó la autonomía tipológica de la torre como emblema. La monumentalidad se incorpora al sistema general de la fachada y depende de la relación entre masa, vacío y estructura.

Algo similar ocurre con el arengario. Terragni no eliminó la función de representación pública vinculada a la intervención de los dirigentes ante la población, sino que modificó su configuración arquitectónica. En lugar de constituir un elemento monumental independiente, la tribuna se integra en el loggiato de la fachada principal, de manera que la función oratoria queda incorporada a la propia estructura espacial del edificio. La representación política permanece presente, pero cambia su condición formal: deja de depender de un volumen autónomo y pasa a formar parte de una composición continua de estructura, circulación y fachada.

La composición de los alzados introduce una tercera diferencia respecto de los modelos monumentales basados en la simetría axial. Aunque el edificio mantiene una matriz geométrica rigurosa, las cuatro fachadas desarrollan configuraciones diferenciadas de llenos, vacíos, transparencias y elementos estructurales. La regularidad procede de la modulación común, mientras que la composición de cada frente responde a condiciones específicas de orientación, iluminación, circulación y representación. Esta combinación entre orden geométrico y diferenciación de los alzados evita que la simetría se convierta en el principio exclusivo de organización visual.

Finalmente, el estudio del programa y de los recorridos permitió a Terragni vincular la representación institucional con una organización espacial precisa. La distribución de despachos, salas de reunión, circulaciones y espacios colectivos responde a las actividades concretas de la sede partidaria y establece distintos grados de acceso y visibilidad. El resultado combina una apariencia exterior rigurosamente ordenada con una organización interna compleja, en la que los flujos, las jerarquías y las relaciones visuales participan de la configuración arquitectónica. Esta atención al funcionamiento cotidiano de la sede distingue el proyecto de una concepción exclusivamente escenográfica de la arquitectura política y constituye uno de los aspectos que Eisenman identifica como centrales para comprender la autonomía formal del edificio (Eisenman, 2003).

Recepción crítica e interpretación historiográfica

La Casa del Fascio ha sido objeto de numerosas interpretaciones críticas desde su construcción y se ha consolidado como una de las obras más debatidas de la arquitectura italiana del siglo XX. Paradójicamente, suele considerarse una de las sedes del partido menos explícitamente propagandísticas construidas durante el régimen, pese a su función institucional y a las circunstancias políticas de su realización (Poghosyan, 2018). Como observa este autor, el edificio parece expresar el intento de Terragni de formular una arquitectura que, integrada en el aparato institucional fascista, evitara una retórica propagandística convencional. Esta ambigüedad también debe situarse en las condiciones profesionales de la Italia de los años treinta, donde la pertenencia al partido constituía prácticamente un requisito para el ejercicio de la arquitectura, dificultando el desarrollo del modernismo italiano al margen del régimen (Ghirardo, 1980a).

La dificultad para establecer una clasificación ideológica unívoca convierte a la Casa del Fascio en un texto arquitectónico internamente contradictorio. Su configuración responde a la convergencia de ideologías, expectativas políticas y posiciones disciplinares que intervinieron simultáneamente en su concepción y ejecución. Terragni recurrió a referencias tipológicas históricas, especialmente al palazzo renacentista, con alusiones a principios asociados a Vitruvio y Palladio, pero trasladó estas referencias al lenguaje abstracto de la arquitectura racionalista. El vínculo con la tradición se establece mediante el orden geométrico, la proporción y la claridad estructural, sin reproducir el repertorio formal del clasicismo histórico (Schumacher, 1991).

La construcción del edificio intensificó el debate entre los racionalistas y los defensores del Novecento Italiano sobre el lenguaje arquitectónico que debía representar oficialmente al fascismo. Para parte de la clientela fascista, la reivindicación de la herencia de la Roma imperial exigía un vocabulario neoclásico, mientras que el racionalismo, asociado al internacionalismo moderno, la estandarización y la ruptura con la tradición monumental, parecía incompatible con el proyecto cultural nacionalista. En este contexto, Terragni fue cuestionado por su rechazo de la torre littoria, cuya presencia se consideraba casi obligatoria por su función simbólica y por su competencia visual con los campanarios de las instituciones religiosas. Frente a esta concepción del signo monumental como elemento autónomo, el arquitecto planteaba que la ideología debía impregnar la totalidad de la arquitectura y no concentrarse en un único emblema. La ausencia de carteles y símbolos políticos explícitos reforzó esta posición y condujo a una redefinición tipológica de la sede partidaria (Etlin, 1991).

La transparencia del edificio, vinculada a la metáfora mussoliniana de la «casa de vidrio», generó interpretaciones igualmente contrapuestas. Mientras algunas lecturas la entendieron como una manifestación de apertura, visibilidad y participación colectiva, otras identificaron en ella un dispositivo espacial de control y vigilancia. Massimo Bontempelli, en un editorial inicialmente rechazado por Quadrante, sostuvo que la transparencia suponía la subordinación del individuo a una multitud disciplinada, configurando un espacio destinado a la masa antes que al sujeto autónomo (Storchi, 2007). La misma condición espacial que podía presentarse como transparencia cívica adquiría, desde esta perspectiva, una dimensión de exposición y control.

La recepción crítica también estuvo marcada por acusaciones de dependencia respecto de obras modernistas anteriores, entre ellas la Escuela de Amas de Casa Vesna en Brno, de Bohuslav Fuchs, y el asilo para ancianos de Kassel, de Otto Haesler. Aunque se reconocieron determinadas semejanzas formales, la crítica tendió a interpretarlas como manifestaciones de un «espíritu modernista» compartido antes que como evidencias de una apropiación directa (Schumacher, 1991). La discusión desplazó así el problema de la influencia individual hacia un debate más amplio sobre la circulación internacional de los principios racionalistas y sobre la posición de Terragni dentro de ese contexto.

Giuseppe Pagano abordó la obra en Casabella en febrero de 1937, concentrándose en la relación entre revestimiento, materialidad y la metáfora de la «casa de vidrio». En su ensayo La potenza del marmo, destacó el mármol como componente fundamental del edificio, tanto por su presencia cuantitativa como por sus implicaciones simbólicas. Para Pagano, las condiciones de orientación y uso impedían concebir la Casa del Fascio como un paralelepípedo completamente acristalado: allí donde terminaba el vidrio comenzaba necesariamente el mármol, introduciendo una dimensión de nobleza, solidez y permanencia (Pagano, 1937). La oposición entre transparencia y masa adquiría así una lectura material precisa, en la que el mármol no funcionaba como simple revestimiento, sino como parte esencial de la expresión arquitectónica.

Pier Maria Bardi, en cambio, celebró la obra en Quadrante como «il più bel risultato delle lunghe appassionate lotte per inaugurare in Italia la buona stagione dell’architettura del tempo di Mussolini», consolidando su posición como una de las expresiones fundamentales de la arquitectura moderna italiana (Bardi, 1936). Entre la lectura celebratoria de Bardi, la interpretación material de Pagano y las posiciones críticas posteriores, la Casa del Fascio quedó situada en un campo historiográfico marcado por una tensión persistente: su arquitectura puede leerse simultáneamente como expresión de un programa político concreto y como una formulación disciplinar que desborda los códigos monumentales promovidos por el régimen.

Quadrante casa del fascio

Terragni y la formulación del racionalismo italiano

Para Terragni y su entorno intelectual, la Casa del Fascio materializaba los principios del racionalismo italiano y traducía arquitectónicamente la metáfora de la transparencia política. Esta condición no se reducía a la percepción visual del edificio, sino que implicaba una concepción espacial basada en la claridad estructural y la continuidad entre interior y exterior. La reducción de barreras físicas buscaba favorecer la comunicación entre dirigentes y ciudadanos, al tiempo que la composición aspiraba a conciliar tradición y modernidad sin recurrir a modelos históricos explícitos (Terragni, 1936). Bardi respaldó esta posición al interpretar la obra como una culminación del racionalismo italiano y proponerla como referencia tipológica para la arquitectura administrativa contemporánea (Bardi, 1936).

Las posiciones disidentes, tanto dentro del ámbito profesional como en sectores vinculados al aparato político, cuestionaron las decisiones formales de Terragni. Desde la órbita de Casabella se reprochó a la obra una deriva excesivamente literaria y una complejidad compositiva que, según sus críticos, se alejaba de un racionalismo entendido como disciplina moral y constructiva. La geometría rigurosa y la descomposición del volumen fueron consideradas incompatibles con una concepción estrictamente funcionalista de la arquitectura (Schumacher, 1991). Edoardo Persico, por su parte, identificó en la obra una orientación mediterránea que la diferenciaba de una idea más homogénea de la modernidad europea (Etlin, 1991). Al mismo tiempo, determinados sectores del régimen cuestionaron la austeridad de las fachadas y su escasa monumentalidad, llegando a promover propuestas, finalmente no ejecutadas, destinadas a incorporar un programa iconográfico más explícito (Ghirardo, 1980b).

Giuseppe Terragni, Casa del Fascio Como

Estructura, simulación y manierismo en la historiografía

La historiografía posterior desplazó la discusión desde la adecuación del edificio a un lenguaje racionalista hacia las tensiones internas de su propia composición. Manfredo Tafuri interpretó la Casa del Fascio a partir de una serie de oposiciones, entre ellas equilibrio y desplazamiento, adición y sustracción, simetría y dislocación. En su lectura, la retícula geométrica funciona como una superficie ambigua que revela y oculta simultáneamente la consistencia del volumen, situando la obra en una posición intermedia entre lo metafísico y lo futurista (Tafuri, 1977).

Bruno Zevi desarrolló una interpretación de carácter manierista, según la cual Terragni sometió los códigos del racionalismo a operaciones que alteran su aparente estabilidad. La obediencia al programa institucional convive con asimetrías, diferenciaciones entre fachadas y desplazamientos dentro del prisma geométrico, recursos que introducen una tensión crítica en la composición (Zevi, 1981). Diane Ghirardo, desde una perspectiva centrada en la dimensión política, señaló que las decisiones proyectuales responden a significados ideológicos concretos. La ausencia de símbolos explícitos no implicaría una neutralización del contenido político, sino una determinada concepción de la modernidad fascista y de las formas arquitectónicas capaces de representarla (Ghirardo, 1980b).

La Casa del Fascio como patrimonio de memoria conflictiva

En la actualidad, la Casa del Fascio se estudia también como un caso de patrimonio disonante, en el que la calidad arquitectónica y la carga histórica del edificio permanecen inseparablemente vinculadas (Malone, 2017). La crítica contemporánea reconoce la precisión de su composición, la complejidad de su organización espacial y la coherencia de su sistema geométrico, al mismo tiempo que sitúa estas cualidades dentro del contexto político que determinó su encargo y construcción. Eisenman ha insistido particularmente en la capacidad del edificio para sostener una lectura autónoma, basada en la abstracción volumétrica, las operaciones geométricas y las relaciones internas de su estructura formal (Eisenman, 2003).

La recepción historiográfica de la Casa del Fascio revela, en consecuencia, una paradoja que permanece abierta. El edificio constituye una de las formulaciones más rigurosas del racionalismo italiano y, simultáneamente, una arquitectura producida para una institución central del régimen fascista. Su estructura formal ha permitido interpretaciones que van desde la expresión directa de una ideología política hasta la identificación de tensiones capaces de introducir una dimensión crítica dentro de esa misma arquitectura. La coexistencia de ambas lecturas impide reducir la obra a una única posición ideológica y explica su permanencia como objeto de debate dentro de la historia de la arquitectura moderna.

Giuseppe Terragni, Casa del Fascio Como

Transformaciones de la Casa del Fascio después de 1945

El devenir de la Casa del Fascio de Como después de 1945 modificó sustancialmente su significado. Concebido como sede del partido y dispositivo de representación ideológica, el edificio pasó a desempeñar funciones administrativas ordinarias, sometido a transformaciones parciales y a nuevas exigencias de uso que tensionaron progresivamente su coherencia arquitectónica. La muerte prematura de Terragni en 1943, a los treinta y nueve años, impidió cualquier intervención directa del arquitecto durante la etapa posterior (Saggio, 1995). Tras la caída del fascismo fueron eliminados los componentes propagandísticos más explícitos. En el salone delle adunate, la efigie fotográfica de Mussolini montada sobre vidrio fue retirada y su emplazamiento quedó cubierto por un tablero de madera que conserva la silueta del retrato ausente. El vacío resultante adquiere una dimensión documental propia: registra la desaparición del símbolo y, al mismo tiempo, mantiene visible la huella espacial del dispositivo de representación que había organizado el recinto (Casero, 2010).

El edificio pasó a manos del Estado y, desde finales de la década de 1950, funciona como sede de la Guardia di Finanza (Poretti, 1998). Con el tiempo, su reconocimiento se desplazó hacia el ámbito de la historia de la arquitectura, donde pasó a valorarse principalmente como una obra fundamental del movimiento moderno italiano, separada de la función institucional que había desempeñado durante el régimen. En 1986 fue declarado bien de interés histórico-artístico por la Soprintendenza. Sin embargo, la continuidad de su uso ha puesto de manifiesto problemas de habitabilidad y rendimiento ambiental que complican la conservación de una arquitectura cuyas soluciones materiales fueron concebidas bajo condiciones técnicas y normativas muy diferentes de las actuales (Kordonouri, 2020).

El elevado porcentaje de superficie acristalada de la fachada principal, cercano al 55 porciento, genera un comportamiento termoambiental desfavorable y episodios de sobrecalentamiento durante el verano, con temperaturas interiores que pueden aproximarse a los 35 °C (Poghosyan, 2018). A esta dificultad se añade el deterioro de las carpinterías de puertas y ventanas, diseñadas y patentadas por Terragni, cuya madera ha sufrido deformaciones y cuyos mecanismos originales presentan una elevada vulnerabilidad. La cubierta del atrio central, formada por bloques de vidrio y cemento, tuvo que reconstruirse íntegramente en 1939 debido a problemas de impermeabilización. Posteriormente, los paramentos de vetrocemento expuestos experimentaron procesos de degradación y filtración que favorecieron la oxidación de las armaduras metálicas. También el sistema original de calefacción y climatización resultó insuficiente para los usos posteriores, hasta el punto de que poco después de la inauguración fue necesario incorporar radiadores en el atrio y en otros sectores del edificio (Poretti, 1998).

La intervención de restauración de mayor alcance se desarrolló a finales de la década de 1980 bajo la dirección de Alberto Artioli y se concentró en los revestimientos exteriores de mármol, determinadas superficies de vetrocemento y la cubierta del atrio. Posteriormente, la Soprintendenza obtuvo financiación para intervenir sobre las carpinterías. En 2012 se restauró y analizó un elemento de muestra con el propósito de estudiar la complejidad técnica de estas piezas, consideradas singulares tanto por su diseño como por su vulnerabilidad estructural (Kordonouri, 2020).

La conservación contemporánea plantea, por tanto, una tensión entre la preservación de las soluciones originales y las exigencias derivadas de su uso actual. Las características materiales y ambientales que forman parte de la identidad arquitectónica del edificio generan, simultáneamente, dificultades de mantenimiento y habitabilidad. El problema no consiste únicamente en recuperar componentes deteriorados, sino en determinar hasta qué punto puede intervenirse sobre ellos sin alterar las relaciones entre estructura, envolvente, transparencia, iluminación y espacio que definen la obra. En este contexto, la restauración tiende a priorizar la integridad física y conceptual del edificio, entendido como documento arquitectónico y como testimonio material de un periodo histórico conflictivo (Malone, 2017).

Giuseppe Terragni, Casa del Fascio Como, axonométrica

Racionalismo, tradición e ideología: síntesis crítica

La Casa del Fascio de Como permite examinar con particular precisión las relaciones entre arquitectura moderna, ideología política y tradición disciplinar en la Italia de entreguerras. Su análisis ha mostrado que la obra de Terragni no puede reducirse a una manifestación propagandística del régimen ni separarse de las condiciones políticas que hicieron posible su encargo y construcción. Se trata de una arquitectura en la que las contradicciones del contexto histórico quedan inscritas en la propia organización formal, espacial y simbólica del edificio.

Uno de los aspectos centrales de esta complejidad reside en la relación entre tradición y modernidad. El racionalismo de Terragni no supone una ruptura absoluta con la herencia histórica, sino una transformación de sus principios mediante un lenguaje abstracto. Lo clásico aparece despojado de su repertorio figurativo y reducido a relaciones de geometría, proporción, ritmo y claridad volumétrica que organizan tanto la composición como el espacio. Las «articulaciones plásticas» de las fachadas sustituyen el orden ornamental tradicional, mientras que las referencias al palazzo renacentista y al patio doméstico comasco funcionan como matrices tipológicas reinterpretadas, no como citas formales directas (Schumacher, 1991; Eisenman, 2003).

La dimensión espacial introduce una segunda capa de complejidad. La Casa del Fascio traduce determinados principios de la ideología fascista mediante relaciones de visibilidad, jerarquía y control. La proximidad entre los espacios colectivos y los ámbitos administrativos hace que la transparencia adquiera una dimensión política: el atrio central, rodeado por los espacios vinculados al poder institucional, establece una relación simultánea de acceso, exposición y vigilancia. La apertura hacia la plaza y la permeabilidad visual del edificio coexisten así con una organización espacial jerarquizada, donde la posibilidad de ver y ser visto forma parte de la experiencia arquitectónica (Storchi, 2007).

A esta dimensión política se superpone la investigación formal de Terragni. La ausencia de la torre littoria, la diferenciación entre fachadas, la complejidad de las relaciones entre llenos y vacíos y la abstracción del volumen se apartan de los recursos más convencionales de la monumentalidad oficial. La arquitectura mantiene su condición institucional, pero desplaza la representación política desde el símbolo aislado hacia la totalidad de la composición. Esta posición explica tanto las críticas recibidas durante el periodo fascista como la diversidad de interpretaciones desarrolladas posteriormente.

La Casa del Fascio permanece, en consecuencia, como un texto arquitectónico abierto. Su significado se construye en la tensión entre tradición y modernidad, racionalismo y clasicismo, transparencia y control, representación política y autonomía formal. Estas relaciones no alcanzan una resolución definitiva dentro del edificio. Por el contrario, permanecen inscritas en su geometría, en la organización de sus espacios, en la materialidad de sus fachadas y en las transformaciones que ha experimentado después de 1945. Su valor historiográfico reside precisamente en esa coexistencia de posiciones: la obra puede ser analizada como arquitectura racionalista, como sede de una institución fascista, como reinterpretación moderna de la tradición italiana y como patrimonio de una memoria política conflictiva. La persistencia de estas lecturas convierte a la Casa del Fascio en una de las obras más complejas y significativas de la arquitectura italiana del siglo XX.

Giuseppe Terragni, Casa del Fascio Como

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Marcelo Gardinetti
Marcelo Gardinetti

Arquitecto, editor y director de Tecnne desde 2011.
Investigador en teoría y crítica de la arquitectura moderna y contemporánea.
La Plata, Argentina.
ORCID: https://orcid.org/0000-0002-6679-7951

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