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Peter Eisenman, la ficción de la razón

Leon Battista Alberti, prospettiva, tecnne

The “Fiction” of Reason: The Simulation of Truth, Peter Eisenman

La simulación de la verdad

La segunda “ficción” de la arquitectura postmedieval es la razón. Si la representación era una simulación del significado del presente a través del mensaje de la antigüedad, entonces la razón era una simulación del significado de la verdad a través del mensaje de la ciencia. Esta ficción se manifiesta con fuerza en la arquitectura del siglo XX, al igual que en la de los cuatro siglos precedentes; su apogeo fue en la Ilustración. La búsqueda del origen en la arquitectura es la manifestación inicial de la aspiración a una fuente racional para el diseño. Antes del Renacimiento, la idea de origen se consideraba evidente por sí misma; su significado e importancia “se daba por descontado”; pertenecía a un universo de valores a priori. En el Renacimiento, con la pérdida de un universo de valores evidente, se buscaron los orígenes en fuentes naturales o divinas o en una geometría cosmológica o antropomórfica. La reproducción de la imagen del hombre de Vitruvio es el ejemplo más conocido. No es de extrañar que, puesto que se pensaba que el origen contenía las semillas del propósito del objeto y, por tanto, su destino, esta creencia en la existencia de un origen ideal condujo directamente a la creencia en la existencia de un fin ideal. Esta idea genética de principio/fin dependía de la creencia en un plan universal en la naturaleza y el cosmos que, mediante la aplicación de las reglas clásicas de composición relativas a la jerarquía, el orden y el cierre, conferiría una armonía del todo a las partes.

La perspectiva dirigía así la estrategia del comienzo. Por lo tanto, tal como Alberti lo definió por primera vez en Della pittura, la composición no era un proceso de transformación abierto o neutral, sino más bien una estrategia para llegar a una meta predeterminada; era el mecanismo por el cual la idea de orden, representada en los órdenes, se traducía en una forma específica11. Reaccionando contra las metas cosmológicas de la composición renacentista, la arquitectura de la Ilustración aspiraba a un proceso racional de diseño cuyos fines eran producto de la razón pura y secular más que del orden divino. La visión renacentista de la armonía (fe en lo divino) conducía naturalmente al esquema de orden que debía reemplazarla (fe en la razón), que era la determinación lógica de la forma a partir de tipos a priori.

Durand encarna este momento de la autoridad suprema de la razón. En sus tratados los órdenes formales se convierten en formas tipo, y los orígenes naturales y divinos son sustituidos por soluciones racionales a los problemas de acomodación y construcción. El objetivo es la arquitectura socialmente “relevante”; se alcanza a través de la transformación racional de las formas tipo. Más tarde, a finales del siglo XIX y principios del XX, la función y la técnica sustituyeron al catálogo de las formas tipográficas como orígenes. Pero el punto es que a partir de Durand se creyó que la razón deductiva -el mismo proceso utilizado en la ciencia, las matemáticas y la tecnología- era capaz de producir un objeto arquitectónico verdadero (es decir, significativo). Y con el éxito del racionalismo como método científico (casi se podría decir que es un “estilo” de pensamiento) en los siglos XVIII y principios del XIX, la arquitectura adoptó los valores evidentes conferidos por los orígenes racionales. Si una arquitectura parecía racional, es decir, representaba la racionalidad, se creía que representaba la verdad. Como en la lógica, en el punto en que todas las deducciones desarrolladas a partir de una premisa inicial corroboran esa premisa, hay un cierre lógico y, se creía, cierta verdad. Además, en este procedimiento la primacía del origen permanece intacta. Lo racional se convirtió en la base moral y estética de la arquitectura moderna. Y la tarea representativa de la arquitectura en la era de la razón era retratar sus propios modos de conocimiento.

En este punto de la evolución de la conciencia ocurrió algo: la razón se centró en sí misma y así comenzó el proceso de su propia perdición. Al cuestionar su propio estatus y modo de conocer, la razón se expuso a sí misma como una ficción12. Los procesos de conocimiento -medición, prueba lógica, causalidad- resultaron ser una red de argumentos cargados de valor, no más que modos efectivos de persuasión. Los valores dependían de otra teleología, de otra ficción final, la de la racionalidad. Esencialmente, entonces, nada había cambiado realmente de la idea renacentista del origen. Tanto si se apelaba a un orden divino o natural, como en el siglo XV, o a una técnica racional y a una función tipológica, como en el período posterior a la Ilustración, en última instancia se trataba de lo mismo: la idea de que el valor de la arquitectura derivaba de una fuente externa a ella misma. La función y el tipo eran sólo orígenes cargados de valor equivalentes a los divinos o naturales.

En esta segunda “ficción”, la crisis de la creencia en la razón acabó por socavar el poder de la evidencia propia. A medida que la razón comenzó a girar sobre sí misma, a cuestionar su propio estatus, su autoridad para transmitir verdades, su poder de prueba, comenzó a evaporarse. El análisis de los análisis reveló que la lógica no podía hacer lo que la razón había reclamado para ella: revelar la verdad evidente de sus orígenes. Se encontró que lo que tanto el Renacimiento como la modernidad consideraban la base de la verdad requería, en esencia, fe. El análisis era una forma de simulación; el conocimiento era una nueva religión. Del mismo modo, se puede ver que la arquitectura nunca encarnó la razón; sólo podía afirmar el deseo de hacerlo; no hay una imagen arquitectónica de la razón. La arquitectura presentaba una estética de la experiencia de (la persuasión de y el deseo de) la razón. El análisis, y la ilusión de la prueba, en un proceso continuo que recuerda la caracterización de Nietzsche de “verdad”, es una serie interminable de figuras, metáforas y metonimias.

 En un entorno cognitivo en el que la razón se ha revelado dependiente de una creencia en el conocimiento y, por tanto, irreductiblemente METÁFORICA, UNA ARQUITECTURA CLÁSICA -es decir, una ARQUITECTURA cuyos procesos de transformación son estrategias cargadas de valor basadas en orígenes evidentes o a priori- será siempre UNA ARQUITECTURA de reafirmación y no de representación, por muy ingeniosamente que se seleccionen los orígenes para esta transformación, ni por muy ingeniosa que sea la transformación.

El replanteamiento arquitectónico, la replicación, es una nostalgia por la seguridad del conocimiento, una creencia en la continuidad del pensamiento occidental. Una vez que el análisis y la razón sustituyeron a la evidencia propia como medio para revelar la verdad, la cualidad clásica o atemporal de la verdad terminó y comenzó la necesidad de verificación.

Peter Eisenman

Peter Eisenman: The End of the Classical: The End of the Beginning, the End of the End”, Perspecta 21 (1984) 154-173

Notas:

11 Leon Battista Alberti, On Painting (New Haven: Yale University Press, 1966), pp. 68–74.

12 Morris Kline, Mathematics: The Loss of Certainty (New York: Oxford University Press, 1980), p. 5

Imagen de portada: Leon Battista Alberti, prospettiva

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