En el marco de la crisis climática contemporánea y de la intensificación de los dispositivos regulatorios que inciden sobre el sector de la construcción, responsable de una proporción significativa de las emisiones globales de gases de efecto invernadero, la disciplina arquitectónica se enfrenta a la necesidad de revisar de forma crítica los paradigmas materiales que han sostenido su desarrollo moderno. El hormigón, asociado históricamente a la racionalidad industrial, a la estandarización constructiva y a una noción de permanencia mineral, se manifiesta en la actualidad como un elemento conflictivo dentro de los ciclos metabólicos urbanos, en especial en climas templados, donde las demandas térmicas, energéticas y ambientales exigen respuestas más adaptativas y con menor dependencia de procesos extractivos intensivos. En este contexto, los biomateriales emergentes, entre los que se destacan el micelio y la madera contralaminada (CLT), plantean una reducción sustancial de la huella de carbono vinculada a la edificación, al mismo tiempo que introducen una revisión conceptual del hecho constructivo. La incorporación de procesos de crecimiento controlado, de secuestro de carbono durante el ciclo de vida del material y de temporalidades biológicas en la conformación arquitectónica desplaza la lógica estrictamente industrial hacia modelos productivos de carácter regenerativo. Desde esta perspectiva, el análisis comparativo de estos materiales en la arquitectura urbana de climas templados permite evaluar no solo sus implicancias técnicas, ambientales y tectónicas, sino también su capacidad para redefinir la relación entre materia, energía y forma dentro del entorno construido.
El Micelio, más allá del Hormigón
Los desarrollos recientes en biomateriales, en particular el micelio y la madera contralaminada (CLT), configuran una transición material en la arquitectura urbana de climas templados, donde las exigencias térmicas y los criterios de desempeño ambiental demandan una modulación precisa de la envolvente edificatoria. Estos sistemas, cultivados o ensamblados a partir de recursos renovables, permiten reducir la huella de carbono asociada a los ciclos constructivos convencionales e incorporan procesos de secuestro de carbono que inciden directamente en el metabolismo urbano.
En ámbitos territoriales como el pampeano bonaerense, definido por amplitudes térmicas estacionales marcadas, la incorporación de estos materiales introduce una revisión de la rigidez volumétrica y tectónica propia del hormigón. Las configuraciones resultantes tienden a privilegiar sistemas laminares, componentes prefabricados y procesos de crecimiento controlado, estableciendo una relación más ajustada entre estructura, envolvente y condiciones ambientales locales. De este modo, la materialidad deja de operar como un elemento inerte y homogéneo para integrarse en una lógica constructiva que responde de manera más directa a la ecología del entorno.
Avances en Biomateriales
Investigaciones recientes identifican al micelio como un compuesto fúngico cuya red hifal, constituida principalmente por quitina y β-glucanos, permite la generación de biocompuestos con propiedades mecánicas equiparables a las de espumas sintéticas, adaptables a la arquitectura urbana mediante procesos de cultivo sobre sustratos agroindustriales. En climas templados, donde la estabilidad dimensional frente a variaciones higrotérmicas resulta determinante, el micelio presenta una estructura porosa que favorece la transpirabilidad de las fachadas, condición observable en prototipos de paneles bioreceptivos que articulan funciones de bioremediación con prestaciones de aislamiento térmico.
De manera paralela, la madera contralaminada (CLT), a partir de la disposición ortogonal de láminas superpuestas, incrementa la rigidez estructural de los sistemas portantes en edificaciones de media y gran altura. Esta configuración permite resolver mayores luces y alturas libres, superando ciertas restricciones del hormigón armado, en particular en entornos sísmicos moderados propios de regiones templadas, donde la reducción de peso propio adquiere relevancia estructural y constructiva.
La convergencia de estos biomateriales en proyectos urbanos recientes, como las envolventes miceliales implementadas en edificios de enfoque regenerativo en Europa central, evidencia una formalización arquitectónica que no se limita a la sustitución de materiales convencionales. En estos casos, la integración de ciclos biológicos en la definición de la envolvente incorpora respuestas ajustadas a las oscilaciones climáticas de climas templados, mediante una combinación de inercia térmica controlada y capacidades acotadas de autorreparación, que amplían el campo tectónico de la arquitectura contemporánea.

Comparación de Huella de Carbono
Los valores comparativos de huella de carbono por unidad volumétrica permiten establecer diferencias sustantivas entre los sistemas materiales analizados. El hormigón presenta emisiones aproximadas de entre 300 y 500 kg de CO₂ equivalente por metro cúbico, asociadas principalmente a los procesos de calcinación del clínker y a una alta intensidad energética durante su producción, a lo que se suma un impacto operativo significativo a lo largo de su ciclo de vida. En contraste, los biocompuestos a base de micelio, con densidades comprendidas entre 350 y 550 kg/m³, registran valores de potencial de calentamiento global estimados entre 1,5 y 9 kg de CO₂ equivalente por metro cúbico, debido a la baja demanda energética de los procesos de cultivo y a la capacidad de secuestro neto de carbono durante su crecimiento, situándose en rangos competitivos frente a espumas sintéticas de origen petroquímico.
La madera contralaminada (CLT), por su parte, presenta valores que oscilan entre −100 y 200 kg de CO₂ equivalente por metro cúbico, en función de la gestión forestal y de la certificación de la cadena de suministro, dado que el carbono almacenado en la biomasa puede compensar parcial o totalmente las emisiones derivadas de su transformación industrial. Esta condición introduce una variabilidad que depende de criterios de trazabilidad y manejo sostenible del recurso lignocelulósico.
La comparación evidencia que, mientras el hormigón concentra una carga emisora acumulada derivada de su matriz cementicia, el micelio, mediante procesos de crecimiento enzimático con escasos requerimientos energéticos, y la CLT, a partir de su origen biogénico, alteran la ecuación carbónica al funcionar como sumideros durante las fases de producción y uso. En climas templados, donde la vida útil de los sistemas estructurales se proyecta en escalas temporales de varias décadas, estos biomateriales permiten reducir el potencial de calentamiento global hasta en un 90 % en relación con el hormigón, aunque su implementación a gran escala se encuentra condicionada por la optimización de procesos industriales, como el prensado térmico, y por el desarrollo de cadenas de suministro locales.
Desde una perspectiva crítica, esta lectura comparativa no se limita a la cuantificación de emisiones, sino que introduce una reflexión sobre la configuración volumétrica de la ciudad contemporánea, al proponer una arquitectura cuya materialidad y formalización se derivan de procesos biológicos y regenerativos, en contraste con los modelos basados en la extracción y transformación intensiva de recursos minerales.

Preguntas Frecuentes (FAQ)
¿Qué es la construcción sostenible?
La construcción sostenible se define como un conjunto de prácticas orientadas a reducir los impactos ambientales asociados al ciclo de vida de los edificios, mediante la optimización de recursos, la disminución de emisiones y la incorporación de materiales renovables. En este marco, el empleo de sistemas como el micelio o la madera contralaminada (CLT) permite una reducción significativa de las emisiones en comparación con el hormigón convencional, al tratarse de materiales de origen biogénico y con menores requerimientos energéticos en sus procesos de producción.
¿Cuáles son los beneficios del micelio en arquitectura?
En el ámbito arquitectónico, el micelio presenta ventajas vinculadas a su baja demanda energética, su condición biodegradable y su desempeño como material aislante. Su estructura porosa contribuye a un comportamiento higrotérmico favorable, particularmente en climas templados, donde la regulación pasiva de la temperatura y la humedad resulta determinante para el desempeño de la envolvente edificatoria. Estas características lo posicionan como un material adecuado para aplicaciones no portantes, como paneles y componentes de cerramiento.
¿La CLT es resistente al fuego?
La madera contralaminada, por su parte, ha demostrado un comportamiento controlado frente al fuego, derivado de su proceso de laminación, que genera una capa de carbonización superficial capaz de proteger las secciones interiores. Este mecanismo permite cumplir, e incluso superar, las normativas de seguridad contra incendios vigentes en edificaciones de media y gran altura, consolidando su viabilidad estructural en contextos urbanos.
¿Cuánto carbono secuestra la madera CLT?
Desde el punto de vista ambiental, la CLT destaca por su capacidad de secuestro de carbono, ya que la biomasa forestal almacena CO₂ durante su crecimiento. En términos volumétricos, este almacenamiento puede alcanzar valores cercanos a una tonelada de CO₂ por metro cúbico de madera, lo que permite compensar o revertir la huella de carbono asociada a su transformación industrial, en contraste con la carga emisora acumulada del hormigón.
¿Es escalable el micelio para construcción urbana?
En cuanto a la escalabilidad del micelio en la construcción urbana, los desarrollos experimentales y prototipos recientes indican su viabilidad en sistemas modulares y paneles prefabricados. No obstante, su aplicación a mayor escala requiere un control preciso de las condiciones ambientales de cultivo y de las densidades alcanzadas, con el fin de garantizar un comportamiento mecánico estable y repetible.
En conjunto, estos biomateriales, al reducir la dependencia estructural y simbólica del hormigón, contribuyen a la configuración de una arquitectura urbana que, en climas templados, articula la lógica tectónica con principios ecológicos, integrando criterios de desempeño técnico, eficiencia energética y metabolismo ambiental en la definición del espacio construido.

Proyectos con biomateriales miceliales
En el ámbito de la arquitectura urbana desarrollada en climas templados, las aplicaciones del micelio como material constructivo se mantienen, en su mayoría, dentro de una fase experimental y prototípica. No obstante, diversos proyectos realizados entre 2014 y 2023 permiten observar estrategias con potencial de escalabilidad, especialmente en contextos metropolitanos como Nueva York y en regiones europeas caracterizadas por oscilaciones térmicas moderadas. Estas experiencias evidencian la viabilidad de estructuras hifales cultivadas in situ, cuya modulación porosa responde a requerimientos de aislamiento térmico y transpirabilidad en sistemas de envolvente urbana.
Entre los casos más relevantes se encuentra la Hy-Fi Tower, instalación temporal de aproximadamente 13 metros de altura construida en 2014 en el MoMA PS1, en Queens. El proyecto, desarrollado por el estudio The Living, se materializó mediante el ensamblaje de cerca de 10.000 bloques de micelio cultivados sobre sustratos de virutas de madera. Su configuración volumétrica, definida a partir de algoritmos geométricos, permitió verificar un comportamiento estructural estable durante el período de exhibición, así como la completa biodegradabilidad del sistema tras su desmontaje, en un clima templado continental con veranos húmedos.
El Growing Pavilion, realizado en el mismo contexto institucional entre 2014 y 2015, constituyó un antecedente directo al explorar el crecimiento fúngico sobre matrices lignocelulósicas aplicadas a paneles, pavimentos y divisiones temporales. Este pabellón experimental permitió evaluar la integración del micelio en componentes arquitectónicos efímeros dentro de entornos urbanos densos, con énfasis en su desempeño material y constructivo.
Más recientemente, el BioKnit Dome, desarrollado en 2023, introduce una aproximación biohíbrida a través de un arco-domo de 1,8 metros de altura, conformado por tubos textiles impregnados con una pasta micelial. Ensayado en entornos europeos de clima templado, el sistema demostró una combinación de ligereza estructural y complejidad formal, especialmente relevante para aplicaciones en fachadas y cerramientos urbanos. La incorporación de un formwork textil permanente permitió controlar la expansión hifal, optimizando la densidad del material y mejorando sus propiedades mecánicas.
En una escala menor, pero con implicancias urbanas y ecológicas, los prototipos de HIVEOPOLIS Beehives, desarrollados alrededor de 2022, aplican micelio combinado con fibras naturales mediante andamiajes impresos en 3D. Estas estructuras, concebidas como colmenas para contextos citadinos europeos, exploran la capacidad bioreceptiva del micelio y su potencial como soporte arquitectónico para nichos ecológicos resilientes en climas templados.
En conjunto, estos proyectos configuran una tectónica emergente en la que la estructura no se produce mediante procesos de fundición o moldeo mineral, sino a través de dinámicas de cultivo biológico. La formalización arquitectónica, frecuentemente asistida por herramientas digitales que orientan el crecimiento hifal, anticipa configuraciones urbanas donde el metabolismo fúngico se articula con las demandas térmicas estacionales. Este enfoque introduce una revisión crítica de la noción de permanencia asociada al hormigón, al proponer sistemas constructivos alineados con ciclos biológicos y temporales propios de entornos climáticos templados.

Proceso de Fabricación
El procedimiento constructivo del sistema BioKnit se organiza en una secuencia de fases que articulan la preparación del compuesto micelial con la conformación textil, con el objetivo de garantizar repetibilidad y escalabilidad en contextos urbanos de clima templado, donde la transpirabilidad de la envolvente y la reducción del peso propio resultan condiciones determinantes.
La primera etapa corresponde al diseño y fabricación del formwork textil permanente. Para ello se emplean telares industriales Shima Seiki, capaces de producir tubos o mallas tubulares de gran diámetro, de hasta 20 cm, a partir de hilos de poliéster reciclado o fibras naturales. La estructura tejida, generada mediante patrones paramétricos de knit computacional, actúa como andamiaje estructural que define la morfología final del elemento, como arcos curvos en configuraciones de domo, y limita el crecimiento anisotrópico del micelio, asegurando una geometría controlada y estable.
En una segunda fase se prepara la pasta micelial, conocida como mycocrete. El proceso consiste en la inoculación de un sustrato lignocelulósico, compuesto por virutas de madera, bagazo agrícola o fibras celulósicas molidas a tamaños inferiores a 2 mm, con micelio de especies fúngicas como Trametes versicolor o Ganoderma lucidum. La mezcla incorpora entre un 20 y un 40 % de sustrato seco, se hidrata hasta alcanzar niveles de humedad del 60 al 70 % y se somete a esterilización en autoclave a 121 °C durante 60 minutos. Posteriormente, se añaden aditivos como glicerol en proporciones del 5 al 10 %, con el fin de ajustar la viscosidad y obtener una pasta inyectable con un pH comprendido entre 5 y 6.
La fase de inyección e incubación se desarrolla con la introducción manual o mecánica de la pasta micelial en el interior del formwork textil previamente dispuesto sobre moldes curvos, ocupando aproximadamente entre el 80 y el 90 % del volumen tubular. El conjunto se incuba en condiciones controladas, con temperaturas entre 25 y 30 °C y humedades relativas del 70 al 85 %, durante un período de 7 a 14 días. Durante este tiempo, las hifas colonizan el sustrato y se entrelazan con las fibras textiles, conformando un biocompuesto de carácter monolítico, con resistencias a compresión del orden de 0,5 a 2 MPa y un módulo elástico de comportamiento anisotrópico.
Finalmente, el proceso concluye con una etapa de curado y acabado. Tras la incubación, los elementos se someten a un secado controlado a temperaturas de entre 40 y 50 °C durante 48 a 72 horas, con el fin de fijar la matriz quitinosa y reducir el contenido de humedad sin afectar la integridad de la red hifal. El formwork textil permanece integrado al sistema, aportando refuerzo tensional y mejorando hasta cinco veces la resistencia a tracción respecto a componentes de micelio sin refuerzo. Antes de su ensamblaje en obra, los elementos resultantes son sometidos a ensayos mecánicos que verifican su desempeño estructural y su adecuación a aplicaciones de arquitectura ligera.
Implicaciones Arquitectónicas
La aplicación de esta metodología en el prototipo de domo arqueado de 1,8 m de altura pone en evidencia una tectónica de carácter híbrido, en la que el formwork textil no se limita a definir la geometría del volumen micelial, sino que introduce gradientes de porosidad capaces de regular la permeabilidad al vapor. Esta condición resulta particularmente relevante en climas templados sometidos a ciclos higroscópicos recurrentes, ya que contribuye a un equilibrio entre transpirabilidad y estabilidad material, al tiempo que habilita procesos acotados de autorreparación mediante recolonización fúngica.
En relación con los sistemas basados en ladrillos miceliales convencionales, el BioKnit presenta una reducción del peso por unidad de volumen estimada entre el 60 y el 70 %, lo que amplía su campo de aplicación hacia componentes de fachada ventilada y pabellones de carácter efímero en contextos urbanos. No obstante, su transferencia a escalas mayores permanece condicionada por la optimización de protocolos de esterilidad en entornos industriales y por la obtención de certificaciones que garanticen un desempeño estable frente a ciclos térmicos repetidos.
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