El período comprendido entre 1937 y 1941 corresponde a una fase de inestabilidad política y transformaciones estructurales de alcance nacional en la Argentina. En ese marco emergió el Grupo Austral, cuya producción teórica y proyectual adquirió relevancia en el desarrollo de la arquitectura moderna en América Latina durante el siglo XX.

Contexto histórico: modernización y tensiones estructurales

El golpe de Estado de 1930 dio inicio a un ciclo identificado como la Década Infame, caracterizado por el fraude electoral y la consolidación de sectores conservadores en el aparato estatal. En paralelo, se desarrolló un proceso de industrialización por sustitución de importaciones que reconfiguró las bases productivas, acompañado por migraciones internas hacia el área metropolitana de Buenos Aires. Este desplazamiento poblacional incidió en la densificación urbana y en la transformación progresiva de la estructura social.

En este contexto, la arquitectura moderna en Argentina presentó una condición ambivalente. Incorporó repertorios formales vinculados al movimiento moderno internacional —fachadas desornamentadas, continuidad de superficies, predominio del plano—, pero con escasa articulación respecto de las demandas habitacionales, productivas y urbanas emergentes. Sondereguer (1990) caracteriza este proceso como una adopción superficial de la modernidad: la disciplina incorporó sus rasgos expresivos sin integrar sus fundamentos programáticos ni su dimensión social.

El marco teórico de los arquitectos modernistas anteriores a Austral —Wladimiro Acosta, Antonio Vilar, Alberto Prebisch— se estructuró en torno a un funcionalismo centrado en la adecuación técnica. La forma se justificaba por su correspondencia con materiales, sistemas constructivos y requerimientos inmediatos, sin derivar de una problematización del programa en términos sociales o territoriales. Liernur (1994) identifica en estas posiciones una tendencia al esteticismo y al profesionalismo, entendidos como enfoques que restringen el campo disciplinar a la resolución formal o técnica.

El Edificio Kavanagh (1935) permite observar esta disociación. Su volumetría escalonada, resuelta mediante una estructura de hormigón armado, introduce una operación precisa sobre el perfil urbano a partir del control del asoleamiento y la normativa. Sin embargo, su programa de viviendas de renta destinadas a sectores de altos ingresos y su implantación en un sector consolidado de la élite limitan su incidencia en las dinámicas de expansión urbana. La obra se configura como un objeto de alta resolución formal y técnica, cuya lógica proyectual no se vincula con los procesos territoriales en curso.

El debate urbano de la década de 1930 se estructuró en torno a la coexistencia de dos enfoques. Por un lado, el urbanismo higienista, heredero de la tradición Beaux-Arts, centrado en la composición, la apertura de avenidas y el control sanitario. Por otro, el urbanismo racionalista promovido por los CIAM, orientado a la zonificación funcional y a la reorganización integral de la ciudad. El Primer Congreso Argentino de Urbanismo (1935) evidenció la persistencia de criterios académicos, con una incorporación limitada de los principios de la Carta de Atenas.

Integrantes: formación, redes y heterogeneidad ideológica

El núcleo fundador del Grupo Austral se configuró a partir de la experiencia compartida en el atelier de Le Corbusier en París, durante el invierno de 1937–1938. En ese ámbito coincidieron Jorge Ferrari Hardoy, Juan Kurchan y Antonio Bonet, quienes participaron en el desarrollo del Plan de Buenos Aires. La inserción en este espacio de trabajo implicó la asimilación de un sistema proyectual basado en la modulación, el empleo del hormigón armado y la organización racional del espacio, junto con la incorporación de una concepción de la arquitectura como instrumento de ordenamiento urbano y territorial.

A su regreso a la Argentina, Ferrari Hardoy y Kurchan iniciaron la redacción de los estatutos del grupo, alineados con los principios promovidos por los CIAM y el CIRPAC. A este núcleo inicial se sumaron Horacio Vera Barros, Abel López Chas, Itala Villa, Samuel Sánchez de Bustamante, Alberto Le Pera, Hilario Zalba y Simón Ungar; posteriormente se incorporaron Horacio Caminos, Eduardo Catalano, Carlos Coire, Jorge Vivanco y Valerio Peluffo, entre otros.

La cohesión interna no respondió a una homogeneidad ideológica. Las posiciones de sus integrantes abarcaron un espectro amplio, desde el nacionalismo de base popular hasta corrientes reformistas y de izquierda, incluyendo las afinidades republicanas de Bonet. Esta diversidad configuró un campo de discusión activo, en el que la arquitectura se abordó como una disciplina en revisión. La generación que integró el grupo manifestó un doble distanciamiento: respecto de la enseñanza académica vigente, considerada anclada en modelos históricos, y frente a los modernistas locales cuyas propuestas se interpretaban como carentes de una articulación programática amplia.

En este marco, Liernur (2004) define a Austral como el primer grupo «radicalizado» de la arquitectura argentina, en referencia a su disposición a cuestionar los fundamentos epistemológicos y culturales de la disciplina. La heterogeneidad ideológica operó como soporte de esta apertura crítica, permitiendo la articulación de referencias provenientes del corbusierismo, el surrealismo y el pensamiento social europeo, junto con la observación de las condiciones locales.

Redes intelectuales y disciplinares

La red de vínculos del grupo excedió el ámbito disciplinar. El Manifiesto de 1939 fue remitido a figuras centrales del movimiento moderno, como Walter Gropius, Sigfried Giedion y Alvar Aalto, así como a colectivos como MARS y TECTON. De manera simultánea, se establecieron contactos con integrantes de las vanguardias artísticas, entre ellos André Breton, Salvador Dalí, Giorgio de Chirico, Joan Miró y Pablo Picasso.

Esta doble inscripción, en redes técnicas y artísticas, define un posicionamiento en el que la arquitectura se concibe simultáneamente como disciplina racional y como práctica cultural. La vinculación de Austral con los CIAM y su aproximación al pensamiento corbusierano introdujeron un desplazamiento hacia un marco conceptual internacional, que al mismo tiempo exigía una reformulación en relación con las condiciones específicas del territorio argentino.