Banco de Londres y América del Sur: brutalismo, estructura y espacio en la obra de Clorindo Testa

Gardinetti, Marcelo

Arquitecto, Editor de Tecnne · La Plata, Argentina

Resumen

El artículo examina el Banco de Londres y América del Sur de Clorindo Testa junto a SEPRA, abordando el problema de cómo integrar estructura, expresión plástica y programa bancario en una arquitectura que rompe con la lógica tipológica tradicional. La obra se analiza como un sistema de grandes vacíos interiores y plataformas suspendidas, donde el hormigón armado expuesto configura una espacialidad densa y monumental. La organización espacial se articula en torno a un gran hall central que concentra circulaciones verticales y horizontales, generando una experiencia continua de movimiento y visuales cruzadas. La envolvente, marcada por elementos macizos y perforaciones profundas, establece una relación tensa entre interior y ciudad, reforzando su condición de objeto urbano. En este marco, la arquitectura combina racionalidad estructural con expresividad formal, incorporando influencias del brutalismo y de la experimentación espacial moderna. El artículo concluye que el Banco de Londres redefine la arquitectura bancaria al transformar el programa en una experiencia espacial intensa, donde estructura, luz y circulación se integran en una síntesis unitaria.

Palabras clave: Clorindo Testa, Sepra, Banco de Londres, Arquitectura Argentina, brutalismo.

Contexto histórico e institucional

El Banco de Londres y América del Sur inició sus operaciones en Buenos Aires en 1862, en el contexto de la expansión del capital financiero británico hacia América Latina durante la segunda mitad del siglo XIX. Cinco años después encargó a los arquitectos Hunt y Schröeder la construcción de una sede propia en la esquina de Reconquista y Bartolomé Mitre, inaugurada en 1869. El edificio incorporaba un gran salón de operaciones de 13,50 × 27,50 metros y 12,80 metros de altura, cubierto mediante una estructura metálica que, según señala Liernur, constituía uno de los mayores espacios interiores cubiertos de la ciudad en ese período.1 La relevancia de Hunt y Schröeder trasciende esta obra particular: ambos participaron de manera decisiva en la configuración inicial de la arquitectura bancaria argentina, siendo también autores del Banco de la Provincia de Buenos Aires (1874) y del Banco Hipotecario de la Provincia de Buenos Aires (1876), actual sede del Banco Central en San Martín 275.

Al aproximarse el centenario de la instalación de la entidad en el país, el directorio resolvió reemplazar el edificio existente y construir una nueva sede sobre la misma parcela. La decisión respondía a requerimientos operativos, pero también expresaba la voluntad de redefinir la representación institucional del banco en una ciudad atravesada por los procesos de modernización económica, tecnológica y cultural de las décadas de 1950 y 1960. Con este propósito, la entidad designó al arquitecto británico Gerald Wakeman, director de proyectos del banco, para elaborar las bases del concurso y coordinar la selección de los participantes. En enero de 1960 fueron convocados cuatro estudios radicados en Argentina, y la entrega de las propuestas tuvo lugar el 31 de mayo de ese mismo año.

Las bases redactadas por Wakeman condensaban las expectativas de la institución. El documento establecía que el nuevo edificio debía expresar arquitectónicamente la integridad y la eficiencia asociadas a casi un siglo de actividad bancaria, evitando tanto los lenguajes historicistas como las fórmulas formales repetidas por la arquitectura contemporánea.2 Esta definición resulta particularmente significativa porque no imponía una imagen predeterminada ni un repertorio estilístico específico. Por el contrario, planteaba una actitud crítica frente a las convenciones arquitectónicas vigentes y habilitaba un amplio margen de exploración proyectual para un programa caracterizado habitualmente por fuertes condicionamientos institucionales.

Las exigencias funcionales reforzaban esa orientación. Se requería una organización interior flexible, capaz de adaptarse a modificaciones futuras, con grandes áreas libres de apoyos intermedios, sistemas de compartimentación mediante tabiques livianos y una modulación coordinada entre estructura, instalaciones y distribución espacial. Tales requerimientos anticipaban principios asociados a la planta libre y a la flexibilidad programática que comenzaban a consolidarse en la arquitectura corporativa internacional. La estructura dejaba de concebirse únicamente como soporte resistente para convertirse en un instrumento de organización espacial, capaz de garantizar la adaptabilidad operativa de la institución a largo plazo.

Clorindo Testa Banco de Londres y America del Sud vista nocturna

Concurso, autoría y definición conceptual

El proyecto ganador fue presentado por el estudio SEPRA, integrado por Santiago Sánchez Elía, Federico Peralta Ramos y Alfredo Agostini, en asociación con Clorindo Testa, quien participó como consultor de diseño durante el concurso. La cuestión de la autoría ha ocupado un lugar relevante en la historiografía de la obra. Salomón identifica a Testa como el principal diseñador de la propuesta3, mientras que Liernur sostiene que “hay una buena cantidad de elementos que permite sostener que, dentro del equipo, el principal responsable de esa propuesta plástica, o, mejor dicho, espacial, fue Clorindo Testa”.4

La precisión introducida por Liernur resulta particularmente significativa. La singularidad del proyecto no radica únicamente en la configuración formal de sus fachadas o en la expresividad de sus elementos estructurales, sino en la construcción de una secuencia espacial continua que organiza el edificio en todas sus escalas. El espacio constituye aquí el principio ordenador de la obra: articula estructura, circulación, programa y relación urbana mediante una lógica unitaria que trasciende cualquier lectura centrada exclusivamente en aspectos compositivos o plásticos.

El jurado destacó precisamente esa coherencia entre concepción arquitectónica, organización funcional e inserción urbana. En el acta del fallo señaló que “el concepto arquitectónico básico es el del espacio libre”, subrayando que la propuesta resolvía la totalidad de los departamentos dentro de un volumen compacto, garantizando continuidad espacial y comunicación eficiente entre sus distintas áreas. Asimismo, valoró el “especial cuidado en la solución urbanística para evitar que el nuevo edificio rompiera violentamente con el paisaje urbano, ya definido en esa zona”.5

Esta observación permite identificar una de las cuestiones centrales del proyecto. Aunque el edificio introduce una concepción espacial y estructural profundamente distinta de la arquitectura bancaria precedente, su implantación evita establecer una relación de oposición con el tejido consolidado del microcentro porteño. La obra construye su presencia mediante operaciones de continuidad: prolonga flujos peatonales, incorpora el espacio público a la organización interior y redefine la esquina como ámbito de transición entre ciudad y edificio. Su carácter excepcional surge, en gran medida, de la capacidad de integrar una propuesta arquitectónica de fuerte autonomía formal dentro de una estructura urbana preexistente, estableciendo con ella relaciones de correspondencia antes que de contraste.

Clorindo Testa Banco de Londres y America del Sud en escala

El proyecto: espacio libre y programa bancario

El proyecto del Banco de Londres y América del Sur replantea los principios organizativos de la arquitectura bancaria moderna. Frente al esquema convencional basado en la secuencia jerarquizada de hall público, áreas de atención y oficinas diferenciadas, la propuesta organiza el programa mediante un conjunto de plataformas suspendidas e interrelacionadas dentro de un único volumen espacial. Esta configuración deriva directamente de los requerimientos funcionales establecidos en las bases del concurso y los traduce en una estructura espacial caracterizada por la flexibilidad, la continuidad visual y la integración de las distintas áreas operativas.

El edificio ocupa aproximadamente 3.000 m² y alcanza una altura de 26 metros. Su programa se distribuye en seis niveles configurados como entrepisos autónomos que se insertan dentro de un gran vacío central. La articulación entre estas plataformas se realiza mediante un sistema de circulaciones verticales que favorece la conexión funcional y perceptiva entre los distintos sectores. La disposición de plantas libres y la reducción de particiones permanentes permiten una amplia adaptabilidad de los espacios de trabajo, al tiempo que establecen relaciones visuales cruzadas que abarcan gran parte del interior. El resultado es un espacio continuo y estratificado, donde cada nivel participa de una experiencia colectiva antes que de una organización basada en compartimentos aislados.

Las condiciones del emplazamiento desempeñaron un papel determinante en la definición del proyecto. Implantado en la esquina de Reconquista y Bartolomé Mitre, dos calles de aproximadamente diez metros de ancho dentro del tejido compacto del microcentro porteño, el edificio debía responder simultáneamente a exigencias funcionales y urbanas. La continuidad del frente urbano se resuelve mediante una estructura perimetral de pantallas de hormigón armado que mantiene la alineación municipal y define la imagen exterior del conjunto. Esta decisión preserva la lectura continua de la manzana y evita que el edificio se presente como un objeto autónomo desvinculado de su contexto inmediato.

A nivel peatonal, sin embargo, la relación con la ciudad adopta una lógica diferente. Los apoyos estructurales se retraen respecto del plano de fachada, ampliando el espacio disponible sobre las veredas y generando una expansión del dominio público en el punto de acceso. Testa explicó esta decisión en los siguientes términos: “una de las cosas que pedía el banco era que la vereda se ensanchara. Los otros proyectos reculaban el volumen respecto a la calle. Nosotros pensamos que la alineación de la manzana tenía que seguir, no se podía interrumpir. Por eso las patas del hormigón mantienen la alineación municipal”.6

La operación adquiere especial intensidad en la esquina, donde el retiro de los apoyos produce un amplio espacio cubierto que funciona como ámbito de transición entre la calle y el interior. La planta baja se concibe como un recinto abierto, prácticamente exento de cerramientos, cuya permeabilidad visual permite incorporar el entorno urbano a la experiencia del edificio. Las fachadas transparentes y la disposición de los elementos estructurales favorecen una relación constante entre interior y exterior, mientras que la gran pantalla de hormigón suspendida sobre la esquina introduce una condición espacial singular. Su presencia limita las perspectivas ascendentes y orienta las visuales hacia el nivel de la calle, reforzando la percepción de continuidad entre el espacio público y el espacio bancario. En palabras de Testa, el propósito consistía en que “el edificio se vinculara lo más posible a esa esquina”.7

Esta relación constituye uno de los aspectos más significativos de la obra. La institución bancaria, tradicionalmente asociada a configuraciones espaciales cerradas y a una clara delimitación entre usuarios y ciudad, se redefine aquí mediante un sistema de transiciones graduales que incorpora el flujo urbano a la organización arquitectónica. La esquina deja de operar como un límite para convertirse en un espacio de articulación entre edificio y tejido urbano.

La resolución estructural: lógica de suspensión y planta libre

La estructura del Banco de Londres constituye el soporte técnico que posibilita la organización espacial del proyecto. En esta obra, la resolución estructural no aparece como un sistema independiente destinado únicamente a absorber cargas, sino como un componente inseparable de la configuración arquitectónica. La comprensión de su lógica resulta, por tanto, fundamental para interpretar el edificio en su conjunto.

La distribución de esfuerzos se organiza a partir de una trama modular de tres metros de lado que regula la totalidad del sistema constructivo. Aunque esta cuadrícula no se manifiesta explícitamente en la disposición de las plantas, actúa como una matriz ordenadora que articula estructura, programa y circulación. Su presencia permanece implícita, definiendo un orden subyacente comparable al sistema compositivo utilizado por el cubismo analítico, donde la retícula organiza las relaciones espaciales sin convertirse necesariamente en un elemento visible. En el edificio, esta modulación se hace perceptible principalmente en el emparrillado de vigas de la cubierta, sostenido por los pórticos perimetrales, los muros medianeros y una columna central de hormigón armado con sección de doble T. Este elemento concentra las circulaciones verticales y constituye el núcleo resistente principal de la obra.

Las plataformas correspondientes al primero y segundo nivel, destinadas a las áreas públicas de atención bancaria, presentan dimensiones aproximadas de 12 × 33 metros. Estas bandejas se apoyan sobre columnas fungiformes de hormigón cuyos capiteles y bordes enfatizados adquieren una fuerte presencia visual dentro del espacio central. La disposición de los apoyos permite que las losas desarrollen importantes voladizos hacia ambos lados, reduciendo la cantidad de elementos portantes perceptibles y ampliando la continuidad espacial de la planta baja.

La resolución estructural adquiere una condición singular en los niveles superiores. Las áreas administrativas y de gestión se organizan en tres plantas principales y un nivel complementario suspendidos mediante tensores de acero modulados cada 3 × 6 metros. Estas losas cuelgan directamente de la estructura superior y permanecen desvinculadas del núcleo central, lo que refuerza la percepción de autonomía de cada plataforma dentro del gran vacío interior. La suspensión de los entrepisos produce una secuencia de alturas variables y relaciones visuales complejas que contribuyen a la continuidad espacial del edificio. La ausencia de apoyos convencionales permite que la estructura participe activamente en la definición de la experiencia arquitectónica.

Por debajo de la planta de acceso se desarrollan tres niveles de subsuelo que alcanzan aproximadamente catorce metros de profundidad. Estos espacios contienen instalaciones técnicas, áreas de servicio y salas de máquinas, y se encuentran delimitados por muros de hormigón armado de gran espesor que aportan estabilidad y rigidez al conjunto estructural.

Dentro del contexto argentino, uno de los antecedentes más relevantes de esta concepción puede reconocerse en el Edificio suspendido de oficinas proyectado por Amancio Williams en 1946. Aquel proyecto proponía una estructura expuesta de hormigón armado de sesenta metros de altura, compuesta por columnas conformadas, vigas Vierendeel y un sistema de tensores metálicos destinados a sostener los entrepisos. Müller observa que “pensar el edificio del Banco de Londres y América del Sur, con sus bandejas interiores colgando de la cubierta, la estructura exterior de hormigón armado y sus formas caladas con carpintería de metal y vidrio por detrás, permite establecer suficientes referencias” con la propuesta de Williams.8

La relación entre ambas obras no puede entenderse en términos de influencia directa o de simple transferencia formal. Más bien revela la continuidad de una línea de investigación desarrollada en la arquitectura argentina de posguerra, centrada en la exploración de las capacidades del hormigón armado para integrar función estructural, organización espacial y expresión arquitectónica. En este marco, el Banco de Londres constituye una de las formulaciones más complejas y construidas de esa búsqueda disciplinar.

Imagen Comparativa, Amancio Williams Clorindo Testa

La envolvente: entre la ciudad y el espacio interior

Los pórticos calados de hormigón armado constituyen el componente más visible de la envolvente y uno de los elementos que definen la identidad arquitectónica del Banco de Londres. Dispuestos sobre las fachadas que enfrentan las calles Reconquista y Bartolomé Mitre, estos marcos estructurales cumplen simultáneamente funciones resistentes, ambientales y espaciales. Actúan como soporte de las cargas principales, regulan el ingreso de luz natural, median entre el interior y el espacio urbano y configuran la expresión formal del edificio.

La materialidad de estos elementos adquiere particular relevancia a través del tratamiento de sus superficies. El hormigón visto conserva la impronta de los encofrados realizados con tablillas de madera cepillada, cuyas huellas permanecen registradas en la textura final. Esta condición no responde a una operación decorativa aplicada sobre una estructura previamente resuelta, sino a la exposición directa del proceso constructivo. La superficie evidencia el modo en que fue producida y convierte la ejecución material en parte constitutiva de la expresión arquitectónica.

Desde esta perspectiva, el edificio se inscribe en una de las líneas de desarrollo más características del brutalismo, donde la materialidad y los procedimientos constructivos adquieren un papel central en la definición formal de la obra. Las variaciones cromáticas, la rugosidad de las superficies y las marcas dejadas por el encofrado hacen visible la condición física del hormigón y refuerzan su presencia tectónica. En el Banco de Londres, los moldes fueron fabricados en talleres de carpintería y posteriormente trasladados a obra para su montaje, alcanzando un grado de precisión y elaboración poco frecuente en los sistemas convencionales de encofrado.

Detrás de esta estructura perimetral se dispone una envolvente continua de vidrio con aislación térmica y carpinterías de aluminio, materiales que representaban soluciones tecnológicas avanzadas para el contexto argentino de la década de 1960. La combinación entre hormigón visto y superficies transparentes organiza uno de los principales contrastes materiales del edificio. La densidad y profundidad visual de los elementos estructurales dialogan con la ligereza de los cerramientos vidriados, mientras que la textura artesanal del hormigón se contrapone a la precisión dimensional de los componentes industrializados.

La envolvente transparente cumple, además, una función espacial decisiva. La continuidad visual entre la calle y el interior permite percibir desde el exterior la compleja organización de plataformas, circulaciones y vacíos que estructura el edificio. En un tejido urbano caracterizado por calles estrechas y frentes edificados continuos, esta apertura visual amplía perceptivamente el espacio disponible y prolonga las perspectivas urbanas hacia el interior de la manzana.

Esta condición introduce una transformación significativa en la tipología bancaria tradicional. Mientras los edificios destinados a actividades financieras habían tendido históricamente a enfatizar la solidez, el control y la separación respecto del espacio público mediante envolventes opacas y recintos cerrados, el Banco de Londres propone una relación basada en la visibilidad y la continuidad espacial. La transparencia no constituye un recurso exclusivamente compositivo ni una demostración tecnológica, sino un mecanismo que integra la actividad institucional a la experiencia urbana y refuerza la vocación pública del espacio interior.

La dimensión poética y el brutalismo argentino

El Banco de Londres y América del Sur se inscribe dentro del desarrollo del brutalismo arquitectónico, corriente surgida en Europa que encontró en Argentina una de sus expresiones más consistentes entre las décadas de 1950 y 1960. En su formulación original, el brutalismo no definía una estética asociada a la rudeza formal ni a la exaltación de la masa construida, sino una actitud crítica frente a ciertas derivas del Movimiento Moderno tardío. Su interés se concentraba en la expresión directa de los sistemas constructivos, la legibilidad estructural y la afirmación de la materialidad como componente esencial de la experiencia arquitectónica.

En este marco, el Banco de Londres desarrolla una síntesis particularmente compleja entre orden constructivo, organización espacial y elaboración formal. La modulación estructural que regula el conjunto permanece en gran medida oculta a la percepción inmediata, aunque determina la disposición de plataformas, circulaciones y elementos portantes. Sobre esta estructura subyacente se despliega una envolvente compuesta por pórticos calados de hormigón armado cuya geometría combina rigor modular y variaciones formales que atenúan cualquier lectura exclusivamente mecánica del sistema. La luz natural, filtrada a través de estos elementos y de los amplios planos vidriados, produce una secuencia variable de sombras, reflejos y gradaciones lumínicas que transforma continuamente la percepción del espacio interior.

La recepción crítica de la obra fue temprana y trascendió rápidamente el ámbito local. La presentación de la maqueta en la Sociedad Central de Arquitectos despertó un notable interés entre los profesionales y contribuyó a instalar el proyecto como una referencia dentro del debate arquitectónico argentino. En 1963, antes de la finalización de las obras, Architectural Review publicó el edificio y destacó su relevancia en el contexto de la arquitectura bancaria internacional. Esta difusión temprana favoreció la incorporación del proyecto a una red de intercambios disciplinares que excedía el marco nacional y lo situaba dentro de las discusiones internacionales sobre estructura, tecnología y espacio.

Salomón ha definido esta condición con particular precisión al señalar que “aunque alude a muchos tipos y tropos modernos, el edificio no se ajusta a ninguno. También hay importantes coincidencias con las convenciones locales, pero nunca una perfecta. El resultado es una combinación compleja, no confusa. Es a la vez disglobal y dislocal. Sus asociaciones extranjeras le impiden ser un espécimen verdaderamente local, y sus alusiones locales le impiden ser puramente global”.9

La observación resulta especialmente pertinente para comprender la posición de la obra dentro de la arquitectura de la segunda mitad del siglo XX. El edificio participa simultáneamente de referencias internacionales y de problemáticas específicas del contexto argentino, sin quedar completamente subsumido en ninguna de ellas. Su importancia historiográfica radica precisamente en esa capacidad de articular influencias diversas mediante una formulación arquitectónica singular, difícil de encuadrar dentro de genealogías lineales o categorías estilísticas cerradas.

La bibliografía especializada ha señalado, en este sentido, ciertos vínculos con la producción británica contemporánea. Liernur establece relaciones con el Furniture Manufacturers Association Headquarters proyectado por Michael Webb en 1957, donde la combinación de elementos de hormigón en voladizo y sistemas estructurales modulados anticipa algunas operaciones desarrolladas posteriormente en Buenos Aires.10 Estas afinidades adquieren particular interés al considerar los intercambios conceptuales que caracterizaron la cultura arquitectónica británica de la época y su influencia en los debates internacionales sobre tecnología, megastructuras y flexibilidad espacial.

Michael Web Furniture Manufacturers Association Headquarters 1957 768x561

La conexión con el universo intelectual de Archigram también ha sido objeto de atención. Peter Cook, figura central de ese colectivo, reconoció públicamente su admiración por el edificio y lo identificó como una de sus obras favoritas.11 Su valoración destaca aspectos que exceden la mera resolución técnica y remiten a la capacidad del proyecto para integrar estructura, instalaciones, espacio y percepción en una experiencia arquitectónica unitaria. En palabras de Cook, “las capas de fantasía que se encuentran en el Banco de Londres y Sudamérica en Buenos Aires de Clorindo Testa, que combina las jugadas estructurales con una celebración a la tecnología de climatización, junto con un dominio del espacio, la luz y la ilusión, compite con lo mejor del barroco y parece totalmente original, para culminar en un gigantesco párpado de hormigón que tiene la audacia de arrastrar ópticamente a los tres edificios circundantes a su juego interno”.12

La comparación con el barroco resulta reveladora porque desplaza la atención desde la dimensión tecnológica hacia la experiencia perceptiva. Aunque concebido a partir de una rigurosa lógica estructural y constructiva, el edificio produce una secuencia espacial caracterizada por cambios de escala, superposición de planos, tensiones visuales y efectos lumínicos que enriquecen la percepción del usuario. Esta condición contribuye a explicar tanto su amplia recepción internacional como su permanencia dentro del canon de la arquitectura argentina del siglo XX.

La construcción: técnica y proceso

La construcción del Banco de Londres y América del Sur constituyó una operación de notable complejidad técnica y logística, acorde con la singularidad estructural del proyecto. El proceso se extendió durante aproximadamente seis años, desde las primeras demoliciones hasta la inauguración del edificio en 1966, e involucró la coordinación de soluciones constructivas poco habituales para la práctica local de la época.

La demolición de la antigua sede comenzó en mayo de 1961. Posteriormente se ejecutaron excavaciones de más de catorce metros de profundidad para alojar los tres niveles de subsuelo previstos por el proyecto. Estas tareas exigieron importantes trabajos de contención y submuración destinados a preservar la estabilidad de las edificaciones linderas dentro de un tejido urbano consolidado y de alta densidad. La ejecución de las obras fue adjudicada a la empresa Crivelli, Cuenya y Goycos Construcciones S.A.

La colocación de la piedra fundamental tuvo lugar el 24 de marzo de 1962 y los trabajos principales comenzaron el 15 de diciembre de ese mismo año. La obra movilizó alrededor de seiscientos trabajadores organizados en dos turnos diarios de nueve horas. La construcción de los subsuelos demandó cerca de un año de trabajo continuo, mientras que las etapas superiores incorporaron dificultades adicionales derivadas de la compleja geometría estructural y de las limitaciones propias del emplazamiento. La estrechez de las calles Reconquista y Bartolomé Mitre obligó a desarrollar sistemas temporarios de soporte para los encofrados que ocupaban parcialmente el espacio público durante el proceso de ejecución.

La culminación de la estructura principal se alcanzó hacia finales de 1964 con la construcción de la cubierta. El emparrillado superior de vigas, ubicado a veintiséis metros de altura, debía sostener aproximadamente 4.500 toneladas de carga permanente y constituía el elemento clave del sistema estructural. Durante el fraguado fue necesario incorporar una compleja estructura auxiliar compuesta por vigas y caños tubulares capaces de absorber las solicitaciones temporarias generadas por el peso del hormigón fresco. La losa de cubierta quedó finalizada en enero de 1965, momento a partir del cual se ejecutaron las grandes vigas de vinculación entre las cajas de ascensores, elementos fundamentales para la estabilidad del conjunto.

Las dimensiones de la obra permiten comprender la magnitud del desafío constructivo. Se emplearon aproximadamente 15.000 metros cúbicos de hormigón armado y 2.000 toneladas de acero de refuerzo, mientras que los controles de calidad incluyeron más de mil ensayos de laboratorio sobre los materiales utilizados.13 La rigurosidad de estos procedimientos respondía tanto a las exigencias estructurales del proyecto como al carácter experimental de algunas de sus soluciones constructivas.

Los entrepisos suspendidos incorporaron losas prefabricadas de hormigón de seis metros de longitud por 1,50 metros de ancho, seleccionadas para reducir las cargas permanentes sobre el sistema de tensores. El montaje de estas piezas se realizó mediante un aparejo móvil desplazado sobre un riel superior, procedimiento que permitió resolver con precisión el ensamblaje de las plataformas colgantes. La envolvente exterior se completó mediante paños de vidrio térmico montados sobre carpinterías de aluminio, consolidando la relación entre transparencia, control ambiental y expresión tecnológica que caracteriza al edificio.

Las instalaciones técnicas recibieron un tratamiento equivalente al de la estructura. El acondicionamiento ambiental se organizó mediante un sistema dual: los niveles inferiores utilizaron un esquema convencional de impulsión y retorno de aire, mientras que los pisos superiores incorporaron unidades de inducción. El equipamiento incluía tres calderas de vapor de baja presión de 1.600.000 calorías cada una, dos máquinas de absorción de 414 toneladas de refrigeración y un compresor de 95 toneladas. La iluminación artificial fue objeto de un estudio específico realizado por un consultor especializado en Nueva York, quien definió la ubicación y características de los artefactos a partir del análisis de una maqueta y de los planos del edificio. Los dispositivos resultantes fueron fabricados localmente de acuerdo con esas especificaciones.

La obra constituye también un ejemplo significativo de la capacidad productiva de la industria argentina de la época. La mayor parte de los materiales y componentes empleados fueron fabricados en el país. Solo algunos elementos especializados, entre ellos determinados vidrios de control solar, aceros específicos, revestimientos de linóleo y equipos de climatización, requirieron importación.

La inauguración tuvo lugar en agosto de 1966. Tres décadas más tarde, el 2 de diciembre de 1999, el edificio fue declarado Monumento Histórico Nacional, reconocimiento que consolidó su condición de obra fundamental dentro de la arquitectura argentina del siglo XX. Actualmente alberga la sede central del Banco Hipotecario Nacional, manteniendo su función institucional y su presencia como una de las referencias más significativas de la arquitectura moderna en Buenos Aires.

Conclusión: la recodificación de la arquitectura bancaria

El Banco de Londres y América del Sur ocupa una posición singular dentro de la arquitectura moderna argentina debido a la manera en que articula estructura, organización espacial, programa y expresión material en un sistema coherente. Su relevancia no deriva de la incorporación aislada de recursos inéditos, sino de la integración de elementos diversos en una propuesta capaz de reformular las convenciones de la arquitectura bancaria. La concepción de un gran volumen unitario que contiene plataformas interconectadas y se abre visualmente hacia la ciudad responde con precisión a las exigencias funcionales del encargo, al tiempo que produce una configuración espacial que excede los requerimientos estrictamente operativos.

La estructura suspendida constituye el principio organizador de esta operación. Más que una solución técnica destinada a resolver problemas de soporte, actúa como el mecanismo que libera la planta de acceso, reduce la presencia de apoyos y favorece la continuidad visual entre los distintos niveles. Gracias a esta disposición, el edificio transforma un programa administrativo complejo en un espacio caracterizado por la interacción permanente entre circulaciones, áreas de trabajo y ámbitos de atención al público. Las plataformas suspendidas establecen relaciones de interdependencia antes que de separación, configurando un interior definido por la conectividad espacial y la superposición de experiencias visuales.

La materialidad del hormigón visto contribuye de manera decisiva a esta construcción arquitectónica. Las superficies conservan las huellas de los procesos de encofrado y evidencian una atención particular hacia las cualidades táctiles y visuales del material. Aunque la obra comparte con el brutalismo el interés por la expresividad estructural y la manifestación directa de los sistemas constructivos, su alcance excede cualquier adscripción estilística estricta. La complejidad de sus referencias y la especificidad de sus soluciones impiden reducirla a una única tradición disciplinar.

En este sentido, resulta pertinente la caracterización propuesta por Salomón, quien define el edificio como una obra simultáneamente “disglobal” y “dislocal”.14 La formulación permite comprender una arquitectura que participa de debates internacionales sobre estructura, tecnología y espacio, pero que al mismo tiempo responde a condiciones urbanas, culturales y profesionales propias del contexto argentino. Su importancia histórica radica precisamente en esa posición intermedia, donde las influencias externas y las tradiciones locales se articulan sin disolverse unas en otras.

Más de medio siglo después de su inauguración, el Banco de Londres continúa siendo una referencia central para el estudio de la arquitectura moderna latinoamericana. La obra demuestra cómo la estructura puede convertirse en un instrumento de organización espacial, cómo la materialidad puede asumir un papel activo en la construcción de significado y cómo un programa institucional puede dar lugar a formas inéditas de relación entre edificio y ciudad. Su permanencia dentro del canon arquitectónico argentino se explica por esa capacidad de integrar exigencias técnicas, urbanas y espaciales en una formulación arquitectónica de notable coherencia y densidad conceptual.

Marcelo Gardinetti

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Cómo citar este artículo:
Gardinetti, Marcelo. «Banco de Londres y América del Sur: brutalismo, estructura y espacio en la obra de Clorindo Testa» Tecnne, 2021. https://tecnne.com/arquitectura/clorindo-testa-banco-de-londres/. https://doi.org/10.5281/zenodo.20369099

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Marcelo Gardinetti
Marcelo Gardinetti

Arquitecto, editor y director de Tecnne desde 2011.
Investigador en teoría y crítica de la arquitectura moderna y contemporánea.
La Plata, Argentina.
ORCID: https://orcid.org/0000-0002-6679-7951

Artículos: 1216