Gardinetti, Marcelo
Arquitecto, Editor de Tecnne · La Plata, Argentina
Resumen
La Slow House (1989), proyectada por Diller + Scofidio para Long Island, constituye una de las investigaciones arquitectónicas más relevantes sobre la relación entre percepción, tecnología y espacio a finales del siglo XX. El proyecto transforma la vivienda en un dispositivo de observación mediante una secuencia espacial continua que conduce al habitante desde un acceso deliberadamente restringido hasta una apertura visual orientada hacia el paisaje marítimo. A través de la curvatura del volumen, la modulación de las visuales y la incorporación de sistemas de video, la arquitectura organiza la experiencia perceptiva como un proceso gradual y controlado. El análisis vincula la obra con las teorías de la performatividad desarrolladas por Judith Butler y Karen Barad, así como con prácticas artísticas de Rebecca Horn, Trisha Brown y Gordon Matta-Clark. Desde esta perspectiva, la Slow House cuestiona la aparente inmediatez de la visión, examina los mecanismos contemporáneos de mediación tecnológica y propone una comprensión relacional del espacio arquitectónico, donde cuerpo, imagen y entorno se constituyen de manera simultánea.
Palabras clave: Slow House, Diller y Scofidio, performatividad arquitectónica, percepción espacial, cultura visual y arquitectura.
Arquitectura, percepción y medios: el marco conceptual de la Slow House
A finales de la década de 1980 y comienzos de los años noventa, el debate arquitectónico atravesaba un período de agotamiento teórico marcado por la pérdida de impulso de las discusiones posmodernas en torno al estilo, el ornamento y las referencias históricas. En ese contexto, la producción de Elizabeth Diller y Ricardo Scofidio se distinguió por desplazar la atención desde los problemas formales de la disciplina hacia las condiciones de percepción y los mecanismos de mediación tecnológica. Su trabajo incorporó recursos procedentes de las artes visuales, el cine y los medios electrónicos, configurando un campo de investigación centrado en las relaciones entre el cuerpo, la imagen y el entorno construido.
Esta aproximación situó la arquitectura como un dispositivo capaz de organizar y condicionar la experiencia visual. El espacio dejó de concebirse exclusivamente como soporte funcional para asumir un papel activo en la construcción de la percepción. A través de una combinación de elementos arquitectónicos, secuencias espaciales y tecnologías de representación, Diller + Scofidio exploraron cómo los medios técnicos intervienen en la comprensión contemporánea de la realidad y modifican la relación entre observador y entorno.
La Slow House, proyectada en 1989 para un emplazamiento frente al mar en Long Island, constituye una síntesis temprana de estas preocupaciones. El proyecto se organiza a partir de una secuencia espacial continua que prolonga y modula el recorrido del visitante desde un acceso comprimido hasta la apertura gradual hacia el paisaje oceánico. La geometría curva del volumen principal y la progresiva expansión visual transforman el desplazamiento en una experiencia perceptiva cuidadosamente controlada. La vivienda deja de definirse únicamente por sus funciones domésticas para convertirse en un mecanismo de observación orientado hacia la construcción de la mirada.
El elemento más significativo del proyecto reside en la relación establecida entre la vista directa del horizonte y su reproducción tecnológica. En el punto culminante del recorrido, una pantalla de video ocupa una posición equivalente a la ventana panorámica tradicional, introduciendo una equivalencia deliberada entre paisaje y representación. La operación cuestiona la supuesta inmediatez de la experiencia visual y evidencia la creciente influencia de los medios electrónicos en la producción contemporánea de imágenes.
Desde esta perspectiva, la Slow House puede interpretarse como una investigación sobre las condiciones culturales de la percepción a finales del siglo XX. La arquitectura actúa como un aparato que organiza la atención, regula el movimiento y construye una secuencia de acontecimientos visuales. El proyecto anticipa así una línea de trabajo que posteriormente adquiriría mayor desarrollo en la producción de Diller + Scofidio, donde la interacción entre cuerpo, espacio y tecnología se convierte en uno de los principales instrumentos de reflexión arquitectónica.

Del cuerpo normativo al espacio performativo: transformaciones de la experiencia arquitectónica
Una parte significativa de la arquitectura moderna se desarrolló a partir de la idea de un cuerpo estable, mensurable y universal. El ejemplo más representativo de esta concepción es el Modulor de Le Corbusier, sistema proporcional que toma como referencia un cuerpo masculino estandarizado para establecer relaciones dimensionales entre el habitante y el entorno construido. Desde esta perspectiva, la arquitectura se configura como un dispositivo destinado a optimizar las condiciones de uso del espacio mediante parámetros ergonómicos y funcionales previamente definidos. Tal como señala Wigley (1991), el cuerpo moderno aparece frecuentemente concebido como una entidad susceptible de ser corregida o complementada mediante mecanismos arquitectónicos y tecnológicos. La relación entre cuerpo y espacio se organiza así a partir de principios de control, previsibilidad y medida.
Las teorías contemporáneas de la performatividad han cuestionado esta concepción esencialista de la corporalidad. Judith Butler (2011) sostiene que la identidad no constituye una condición previa o natural, sino el resultado de actos reiterados, convenciones sociales y prácticas discursivas que producen efectos de estabilidad a lo largo del tiempo. La corporalidad emerge, en este sentido, como un proceso de construcción continua. Trasladada al campo arquitectónico, esta perspectiva permite comprender el espacio no como una realidad fija y autónoma, sino como una condición que se configura mediante las prácticas, recorridos y relaciones que tienen lugar en él.
Karen Barad (2003) amplía este marco teórico a través del concepto de intra-acción. A diferencia de los modelos que consideran sujetos y objetos como entidades previamente constituidas, la autora plantea que ambos se producen simultáneamente en el marco de relaciones materiales y discursivas específicas. La arquitectura adquiere así una dimensión activa dentro de estos procesos, ya que participa en la configuración de las condiciones bajo las cuales emergen determinadas formas de experiencia, percepción y acción.
La Slow House puede analizarse desde esta perspectiva. El proyecto no se limita a proporcionar un contenedor para actividades domésticas, sino que organiza una secuencia espacial capaz de condicionar la percepción y el movimiento del habitante. La curvatura del recorrido, las variaciones de escala, la modulación de las visuales y la incorporación de dispositivos tecnológicos introducen una relación dinámica entre cuerpo y espacio. El desplazamiento a través de la vivienda exige una atención constante a las transformaciones del entorno, estableciendo una experiencia que se construye progresivamente mediante la acción.
En este sentido, la arquitectura opera como un sistema de relaciones que participa activamente en la producción de la experiencia espacial. El habitante no ocupa una posición exterior frente al edificio, sino que se constituye en diálogo con las condiciones materiales, visuales y tecnológicas que el proyecto dispone. La Slow House pone de manifiesto una concepción del espacio entendida como proceso, donde percepción, movimiento y arquitectura forman parte de una misma red de producción material y cultural.

Cuerpo, prótesis y percepción: antecedentes artísticos de la arquitectura performativa
El desplazamiento de la arquitectura desde una concepción centrada en el objeto hacia otra orientada al acontecimiento y la experiencia puede rastrearse en diversas prácticas artísticas desarrolladas durante la segunda mitad del siglo XX. En este contexto, la obra de Rebecca Horn constituye un antecedente relevante para comprender las relaciones entre cuerpo, tecnología y percepción que posteriormente aparecerán en el trabajo de Diller + Scofidio. Sus intervenciones exploran la capacidad de los dispositivos técnicos para modificar la experiencia corporal, cuestionando la idea del cuerpo como entidad estable y autónoma.
En Finger Gloves (1972), Horn incorpora extensiones ligeras a los dedos de las manos, alterando acciones cotidianas como tocar, acariciar o sujetar objetos. La prótesis amplía el alcance físico del cuerpo, pero también transforma la naturaleza de la acción misma. El contacto deja de producirse de manera inmediata y pasa a estar mediado por un instrumento que modifica la percepción espacial y táctil. La obra introduce una reflexión sobre la corporalidad entendida como una condición variable, susceptible de ser redefinida mediante dispositivos externos.
Una investigación similar aparece en Pencil Mask (1972), donde una estructura fijada al rostro sostiene varios lápices que registran gráficamente cada movimiento de la cabeza. La observación se convierte en una acción productiva: mirar implica simultáneamente dejar una huella material sobre la superficie circundante. El aparato condiciona la movilidad del cuerpo y establece nuevas relaciones entre percepción, representación y espacio. Esta operación resulta especialmente significativa para comprender la Slow House, donde la secuencia arquitectónica y los dispositivos de video organizan la dirección de la mirada y convierten la experiencia visual en el principal mecanismo de construcción espacial.
La relación entre cuerpo y tecnología adquiere una dimensión adicional en Overflowing Blood Machine (1970). En esta instalación, Horn externaliza procesos biológicos mediante tubos, recipientes y mecanismos que prolongan simbólicamente el sistema circulatorio fuera de los límites físicos del organismo. La obra cuestiona la separación convencional entre cuerpo y aparato técnico, proponiendo una condición híbrida en la que ambos sistemas operan de manera conjunta. Una lógica comparable puede identificarse en la Slow House, donde cámaras, pantallas y mecanismos de representación forman parte integral de la experiencia arquitectónica. Los dispositivos tecnológicos no aparecen como elementos complementarios, sino como componentes constitutivos del sistema perceptivo que organiza el proyecto.
Esta genealogía se amplía mediante las investigaciones espaciales desarrolladas por Trisha Brown y Gordon Matta-Clark. En Man Walking Down the Side of a Building (1970), Brown utiliza arneses para desplazar a los intérpretes sobre planos verticales, alterando las referencias habituales de orientación y gravedad. La fachada deja de funcionar como límite y adquiere temporalmente las condiciones de un plano de circulación. La obra pone en cuestión la estabilidad de las categorías espaciales convencionales y demuestra que la experiencia arquitectónica depende tanto del cuerpo como de las convenciones perceptivas que lo orientan.
Por su parte, Gordon Matta-Clark exploró la transformación del espacio construido mediante operaciones de sustracción y corte. En Splitting (1974), una vivienda suburbana es dividida verticalmente mediante una incisión que altera su integridad estructural y perceptiva. El corte revela elementos habitualmente ocultos, expone la materialidad de la construcción y convierte el edificio en un proceso antes que en un objeto concluido. Esta lógica de fragmentación encuentra un eco conceptual en la Slow House, particularmente en el tratamiento del acceso, donde la compresión inicial del recorrido establece una discontinuidad entre exterior e interior y activa una secuencia espacial basada en la progresiva transformación de la percepción.
Consideradas en conjunto, estas referencias permiten situar la Slow House dentro de una tradición interdisciplinaria que entiende la arquitectura como un campo de producción de experiencias. El proyecto comparte con estas prácticas el interés por los mecanismos que articulan cuerpo, tecnología y espacio, así como por la capacidad de los dispositivos materiales para reorganizar la percepción y redefinir las condiciones de la experiencia arquitectónica.


Morfología curvilínea y secuencia espacial: construcción arquitectónica de la mirada
La Slow House se proyectó para un terreno situado sobre un acantilado de aproximadamente sesenta pies de altura en North Haven Point, con vistas hacia la bahía de Great Peconic. Su configuración longitudinal y curvilínea, frecuentemente asociada a la forma de una banana o de una concha en espiral, responde a una investigación sobre la construcción arquitectónica de la mirada. La vivienda se organiza como una secuencia espacial de aproximadamente cien pies de longitud que vincula el acceso con el horizonte marítimo mediante un recorrido continuo. Más que disponer una serie de recintos autónomos, el proyecto articula una trayectoria perceptiva orientada hacia la contemplación progresiva del paisaje.
La aproximación al edificio evidencia esta lógica desde el primer momento. La envolvente exterior prescinde de una fachada principal reconocible y presenta una superficie relativamente hermética, interrumpida únicamente por una puerta pivotante que señala el ingreso. Este elemento funciona como un umbral de transición entre el exterior y una secuencia interior cuidadosamente controlada, donde la percepción visual adquiere un papel central en la organización espacial.
Tras el acceso, un muro transversal introduce una primera operación de división del recorrido. Este plano separa la circulación en dos direcciones diferenciadas: por un lado, una sucesión de dormitorios y servicios se dispone siguiendo la curvatura del volumen; por otro, una escalera conduce hacia las áreas sociales principales. La partición no actúa únicamente como elemento funcional, sino como mecanismo de orientación que regula la experiencia inicial del espacio y fragmenta la lectura inmediata de la planta.
El elemento estructurador más significativo del proyecto es el muro norte, concebido como una superficie curva de desarrollo progresivo. A lo largo del recorrido, este plano modifica gradualmente su inclinación y altura, generando una geometría que altera las referencias espaciales convencionales. El muro comienza en posición vertical cerca del acceso y aumenta progresivamente su inclinación hasta alcanzar aproximadamente doce grados en el extremo opuesto. Simultáneamente, su altura se incrementa hasta superar los treinta pies. Estas variaciones producen una percepción dinámica del espacio y contribuyen a una experiencia corporal marcada por continuos ajustes visuales y posturales.
La organización geométrica de la vivienda refuerza esta condición. El proyecto se desarrolla mediante una secuencia de secciones transversales distribuidas regularmente a lo largo de la curva principal, configurando un sistema espacial que evita los ejes perspectivos tradicionales. La continuidad del muro cóncavo y la ausencia de alineaciones rectilíneas prolongadas dificultan una comprensión inmediata del conjunto. En consecuencia, la percepción del espacio se construye gradualmente a través del desplazamiento, mediante una sucesión de visuales tangenciales que revelan fragmentos parciales del interior.
El programa doméstico queda subordinado a esta estructura espacial. Dormitorios, baños y espacios de servicio se insertan como módulos repetitivos que se acoplan al desarrollo curvo del volumen principal. La distribución funcional no constituye el elemento dominante de la composición; por el contrario, se integra dentro de una secuencia arquitectónica definida por la continuidad del recorrido y la progresiva expansión de las visuales.
La trayectoria culmina en un gran cerramiento acristalado orientado hacia la bahía, de aproximadamente cuarenta pies de longitud. Este frente vidriado constituye el punto de máxima apertura visual del proyecto y concentra la tensión acumulada a lo largo del recorrido. Sin embargo, su función excede la de un mirador convencional. Como ocurre en otros aspectos de la propuesta, la relación con el paisaje se encuentra mediada por dispositivos de representación que cuestionan la distinción entre experiencia directa e imagen tecnológica. El ventanal marca así el momento culminante de una secuencia espacial concebida para modular la percepción, donde la expansión del campo visual constituye el resultado de una construcción arquitectónica precisa y deliberada.


Paisaje, imagen y tecnología: la mediación visual en la Slow House
En el extremo final del recorrido, la Slow House concentra los elementos que articulan su reflexión sobre la visión, la representación y la mediación tecnológica. El gran ventanal orientado hacia la bahía se encuentra acompañado por una serie de dispositivos que transforman el espacio de observación en una infraestructura visual compleja. Entre ellos destacan una cámara de video controlada remotamente, instalada junto al cerramiento acristalado, y un monitor suspendido frente a la ventana. Estos elementos no constituyen un equipamiento secundario incorporado al proyecto, sino componentes fundamentales de su organización conceptual y espacial.
La disposición simultánea de ventana, cámara y monitor introduce una tensión entre la observación directa del paisaje y su reproducción técnica. Mientras el ventanal ofrece una visión inmediata del horizonte, la cámara permite registrar, ampliar y manipular esa misma imagen mediante operaciones de acercamiento, desplazamiento y almacenamiento temporal. El monitor presenta entonces una versión alternativa del paisaje, sometida a procesos de selección, edición y control imposibles para la percepción ocular convencional. La experiencia visual deja de depender exclusivamente de la presencia física del observador frente al territorio y pasa a estar condicionada por sistemas de registro y reproducción tecnológica.
Esta superposición de imágenes altera la relación tradicional entre espacio, tiempo y percepción. El paisaje visible a través del cristal puede coexistir con grabaciones realizadas en momentos diferentes, permitiendo la aparición simultánea de múltiples temporalidades dentro de un mismo campo visual. La continuidad entre observación y representación se fragmenta, evidenciando que toda imagen se encuentra mediada por dispositivos técnicos y marcos culturales específicos.
Desde esta perspectiva, el proyecto propone una revisión crítica de la ventana panorámica, uno de los elementos más representativos de la arquitectura residencial moderna. Tradicionalmente entendida como un mecanismo destinado a establecer una relación transparente entre interior y exterior, la ventana aparece aquí sometida a un proceso de problematización. La incorporación de sistemas electrónicos de captura y reproducción visual pone en evidencia que la contemplación del paisaje nunca constituye una experiencia completamente inmediata, sino una construcción condicionada por instrumentos, convenciones y tecnologías de representación.
La Slow House también puede interpretarse como una reflexión sobre la transformación del paisaje en objeto de consumo visual. La valoración inmobiliaria asociada a las vistas panorámicas encuentra en el proyecto una lectura crítica que desplaza la atención desde el paisaje mismo hacia los mecanismos que producen su apreciación. En lugar de presentar la vista como un atributo natural y evidente, la vivienda expone los procesos técnicos y culturales que convierten determinadas imágenes territoriales en bienes simbólicos de alto valor.
La dimensión económica del proyecto resulta igualmente significativa. Su construcción quedó inconclusa debido a dificultades de financiación vinculadas a la venta de obras de arte pertenecientes al cliente, entre ellas dibujos de Cy Twombly relacionados con la serie Leda and the Swan (1962). La interrupción de las obras puso de manifiesto la estrecha relación existente entre arquitectura, mercado del arte y sistemas de valorización cultural. En este sentido, la historia material de la Slow House complementa los interrogantes planteados por el propio proyecto: tanto la producción arquitectónica como la producción de imágenes participan de redes económicas que condicionan su existencia, circulación y permanencia.
La condición inacabada de la vivienda ha contribuido, además, a consolidar su relevancia teórica. Aunque nunca alcanzó una realización completa, la Slow House mantiene su influencia como una de las investigaciones más rigurosas sobre la relación entre arquitectura, percepción y medios de comunicación desarrolladas a finales del siglo XX. Su importancia reside menos en su condición de objeto construido que en la capacidad del proyecto para examinar críticamente los mecanismos mediante los cuales el espacio organiza la experiencia visual contemporánea.
Representación, temporalidad y experiencia: los instrumentos analíticos del proyecto
La relevancia de la Slow House trasciende su condición de proyecto residencial y se extiende al campo de la representación arquitectónica. Los dibujos, diagramas y modelos producidos durante su desarrollo constituyen una parte fundamental de la investigación, hasta el punto de que la comprensión del proyecto depende tanto de estos documentos como de su configuración espacial. Entre ellos destacan los denominados dibujos de Rayos X y los modelos de madera seccionados mediante planos de vidrio, herramientas que permiten visualizar relaciones espaciales, corporales y temporales habitualmente ausentes en la representación arquitectónica convencional.
Los dibujos de Rayos X incorporan figuras humanas realizando actividades cotidianas dentro de la estructura del edificio. A diferencia de las representaciones tradicionales, donde el habitante suele aparecer como una referencia abstracta de escala, estas imágenes sitúan el cuerpo en el centro de la investigación proyectual. Las acciones domésticas, los recorridos y las ocupaciones temporales del espacio quedan integrados en la representación arquitectónica, evidenciando que la vivienda se define tanto por su configuración física como por los patrones de uso que alberga.
Esta aproximación puede ponerse en relación con las reflexiones de Colomina (2019) sobre los mecanismos de visibilidad y transparencia en la arquitectura moderna. Si en determinadas interpretaciones de la modernidad la transparencia funcionaba como un instrumento para exponer visualmente el interior arquitectónico, los dibujos de la Slow House desplazan la atención hacia los procesos corporales y las dinámicas de ocupación que tienen lugar dentro del espacio doméstico. La representación deja de centrarse exclusivamente en la forma construida para incorporar dimensiones vinculadas al tiempo, la acción y la experiencia.
Los recursos gráficos empleados por Diller + Scofidio refuerzan esta condición. Diagramas secuenciales, símbolos procedentes del ámbito teatral y sistemas de representación temporal convierten el dibujo en un instrumento analítico capaz de registrar transformaciones espaciales y perceptivas. La arquitectura aparece descrita como una sucesión de acontecimientos antes que como un objeto estático. Del mismo modo, los modelos de madera atravesados por planos de vidrio permiten visualizar la progresión del recorrido, las variaciones geométricas del volumen y la expansión gradual de las visuales hacia el paisaje.
Estos mecanismos de representación adquirieron una importancia aún mayor tras la interrupción de la construcción. Al permanecer inconclusa, la Slow House continuó desarrollándose como objeto de investigación a través de exposiciones, publicaciones e instalaciones. Un ejemplo significativo fue The Desiring Eye (1992), presentada en Tokio, donde una serie de pantallas de video reconstruía y reinterpretaba los principales temas del proyecto. La obra demostraba que la producción arquitectónica podía extenderse más allá de la materialización física del edificio y encontrar nuevas formas de existencia mediante medios expositivos y audiovisuales.
Desde esta perspectiva, la Slow House puede entenderse como un proyecto en el que representación y arquitectura forman parte de un mismo proceso intelectual. Los dibujos, modelos e instalaciones no actúan como documentos secundarios destinados a describir una obra terminada, sino como instrumentos de conocimiento que permiten examinar las relaciones entre cuerpo, espacio, percepción y tecnología. La vivienda se presenta así como un sistema de observación mutua en el que las condiciones de habitabilidad, los mecanismos de representación y las prácticas cotidianas se hacen visibles de manera simultánea, revelando dimensiones de la experiencia doméstica que habitualmente permanecen fuera del campo de la representación arquitectónica.




La Slow House y la redefinición de la experiencia arquitectónica contemporánea
La Slow House ocupa una posición singular dentro del debate arquitectónico de finales del siglo XX debido a su capacidad para articular cuestiones espaciales, tecnológicas y culturales en un único sistema proyectual. A través de la integración de dispositivos de representación, secuencias perceptivas y mecanismos de observación, el proyecto desplaza la atención desde la forma arquitectónica entendida como objeto autónomo hacia las condiciones que estructuran la experiencia del espacio. En este sentido, la vivienda constituye una investigación sobre los procesos mediante los cuales la arquitectura organiza relaciones entre cuerpo, imagen y entorno.
El análisis del proyecto permite observar cómo la experiencia arquitectónica se construye mediante una interacción constante entre elementos materiales y sistemas de mediación tecnológica. Tal como plantea Colomina (2016), la condición contemporánea del sujeto resulta inseparable de los medios técnicos que amplían, registran y transforman su percepción. La Slow House incorpora esta problemática en su propia configuración espacial, convirtiendo la observación del paisaje en una experiencia atravesada por mecanismos de captura, reproducción y control de la imagen.
La relevancia crítica de la obra también radica en su cuestionamiento de la relación tradicional entre arquitectura y paisaje. Al introducir cámaras, monitores y sistemas de visualización en el punto culminante del recorrido, el proyecto pone en evidencia que la contemplación del entorno nunca se produce de manera completamente inmediata. La vista panorámica deja de aparecer como una cualidad natural del emplazamiento para revelarse como una construcción cultural mediada por dispositivos técnicos y convenciones visuales. Desde esta perspectiva, la Slow House examina las formas en que la arquitectura participa en la producción y valorización contemporánea de las imágenes territoriales.
Paradójicamente, la interrupción de su construcción contribuyó a consolidar su influencia teórica. Aunque el edificio nunca alcanzó una materialización completa, sus dibujos, modelos, publicaciones e instalaciones permitieron que el proyecto continuara operando como un objeto de reflexión crítica. Su permanencia en el discurso arquitectónico demuestra que la relevancia de una obra no depende exclusivamente de su realización física, sino también de su capacidad para generar nuevas interpretaciones sobre el espacio, la representación y la cultura visual.
En última instancia, la Slow House puede entenderse como una investigación sobre las formas de mediación que estructuran la experiencia contemporánea. El proyecto sitúa la arquitectura en un territorio compartido con los medios de comunicación, las tecnologías de la imagen y las prácticas culturales de observación, proponiendo una comprensión del espacio como un proceso relacional antes que como una entidad estática. Su aportación fundamental consiste en mostrar que la arquitectura no organiza únicamente materia y programa, sino también modos de percepción, regímenes de visibilidad y formas específicas de interacción entre el cuerpo, la tecnología y el paisaje.
Marcelo Gardinetti
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