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Clorindo Testa: las obras no estan hechas para perdurar


Con motivo de las obras realizadas en la plazoleta de Holmberg y Pedro Rivera, que incoporan tres esculturas del arquitecto y un mural del artista callejero grafitero italiano Blu, Clorindo Testa accedió a una entrevista realizada por Alan Levy para Periodico el Barrio que transcribimos a continuación.

“Las obras no están hechas para perdurar”

Por Alan Levy

Clorindo Manuel José Testa es considerado el arquitecto argentino más importante del siglo veinte. El artista nació en Nápoles el 10 de diciembre de 1923, llegó a la Argentina a los pocos meses de edad y desde chico manifestó su inquietud por la construcción. Sus obras han sido reconocidas por su funcionalidad, estética e identidad. Ha erigido edificios claves de la Ciudad de Buenos Aires, como la Biblioteca Nacional, el ex Banco de Londres y América del Sur (en la actualidad el edificio pertenece al Banco Hipotecario), el Hospital Naval y el Centro Cultural Recoleta. Por una obra desarrollada en Villa Urquiza para la comunidad budista Soka Gakkai Internacional recibió el galardón Década de Arquitectura otorgado por la Universidad de Palermo y la fundación catalana Oscar Tusquets. Entre otras distinciones, es Doctor Honoris Causa de la Universidad de Buenos Aires, Premio Konex de Platino y Ciudadano Ilustre de Buenos Aires desde el año 2006.

El Gobierno de la Ciudad estaría inaugurando este mes la plazoleta de Holmberg y Pedro Ignacio Rivera que, además de contener un enorme graffiti -obra del artista italiano Blu- tendrá las primeras tres esculturas de Clorindo Testa pensadas para el espacio público. El mismo lo explica: “El proyecto empezó hace dos o tres años. Surgió con el graffiti que hizo este artista italiano; se trata de un perfil enorme. El cuerpo de la figura está perforado y dentro de la perforación hay pueblitos y ciudades. La idea era hacer una decoración de árboles falsos que se fueran uniendo a este gran graffiti, que tiene como quince metros de largo”.

Cabe recordar que Clorindo Testa, en paralelo a su formación como arquitecto, se desarrolló como artista plástico y participó de decenas de exposiciones durante más de medio siglo de forma ininterrumpida. Así recuerda cómo fue el pasaje de dibujante a artista: “En 1952 participé de mi primera exposición. Me recibí en 1947 y hasta 1951 me fui preparando; hacía dibujos, pero eran dibujos de arquitecto por así decirlo. No eran ni pinturas ni obras de arquitectura. A partir de 1951 dejé de ser alumno para pasar a ser un profesional; no es un cambio que se da de golpe, sino que requiere su preparación”. Aprovechando la buena noticia de la próxima inauguración, nos acercamos al estudio del Maestro y allí Testa reflexionó tanto acerca de sus obras más conocidas como del Auditorio de la Paz -ubicado en Donado 2150- y la Casa Di Tella, del vecino barrio de Belgrano.

Clorindo recuerda

El famoso arquitecto tiene su estudio en Santa Fe y Callao y lo primero que nos llama la atención del edificio es su ascensor, de un siglo de antigüedad. Testa nos hace pasar a la vieja usanza, sin intermediarios ni esperas prolongadas: nos divisa a lo lejos y nos hace una seña con la mano para que entremos. Lo viste un saco que tiene algunas gotas de pintura a la altura de las mangas y la hebilla de su cinturón es un octógono dorado que contiene sus iniciales superpuestas. Clorindo es amable y sus respuestas son claras y sintéticas. Su exposición es contundente y eso nos lleva a preguntarle por qué no se dedicó a la actividad académica. Sus motivos son los siguientes: “Estuve en un taller en el marco de una cátedra en la Universidad de Buenos Aires, pero apenas durante tres o cuatro años. No me divertía mucho: las cosas que uno hace tienen que ser divertidas. Al final había hecho un grupo con los alumnos más destacados y trabajaba con ellos. No debe ser así, hay que enseñar para todos: tratar de que el malo pase a ser bueno, ése es el espíritu de la educación”.

-Hablando de diversión, en una entrevista lo consultaron acerca del orden en las ciudades y usted dijo que no importa que una ciudad sea ordenada sino que sea divertida. ¿Podría ampliarnos esta noción?

-Tiene que haber cosas que atraigan, cosas puntuales. La idea es que uno esté en una ciudad y no vea siempre la misma cosa, que te movilice con edificios distintos, con plazas distintas y espacios abiertos. Buenos Aires es bastante divertida; hay otras ciudades en el mundo que son mucho más monótonas: las manzanas son todas iguales y los edificios idénticos. En Milán o Turín pasa mucho: edificios en manzanas enteras con patios enormes, todos iguales.

Testa se recibió en la Universidad de Buenos Aires en 1947 y en 1949, tras ser becado por la UBA, se fue de viaje de estudios a Europa. Si bien la beca duró tres meses, se quedó allí tres años y a su regreso ganó el concurso nacional para la construcción del edificio de la Cámara Argentina de la Construcción (Paseo Colón 823). La obra, de 1951, fue la primera de este arquitecto influenciado por el estilo del suizo Le Corbusier. A Testa se lo asocia al movimiento brutalista caracterizado por la utilización de materiales “en bruto”; el uso hegemónico de formas angulares y la utilización del hormigón como elemento predominante. Clorindo ahonda en el concepto: “En aquella época había tres arquitectos importantes con tres estilos definidos: Le Corbusier, Frank Lloyd Wright y Ludwig Mies van der Rohe. Van der Rohe utilizaba estructuras de hierro y Wright utilizaba los paisajes, es decir que construía edificios mimetizados con el paisaje. Y a mí me gustaba Le Corbusier”.

-A principios de la década del 60 se realizaron dos de sus obras más importantes: el Banco de Londres y América del Sur y la Biblioteca Nacional de la República Argentina. ¿Qué recuerda de aquél proceso?

-El Banco de Londres -ubicado en Reconquista y Bartolomé Mitre e inaugurado en 1966- surgió de un concurso privado. Invitaron al Estudio S.E.P.R.A (Sánchez Elías, Peralta Ramos & Agostini) -del cual formé parte- y a otros cuatro estudios. El banco había mandado a un arquitecto inglés para supervisar este asunto. Al analizar cada uno de los proyectos del concurso realizó un informe en el que expresó que el proyecto que más se adecuaba para las necesidades y la imagen del banco era el nuestro. El Directorio aceptó esta indicación y lo realizamos. La Biblioteca Nacional (N. de la R. Planificada en 1962, pero inaugurada recién en 1992) fue un concurso abierto organizado por la Sociedad Central de Arquitectos: participamos y lo ganamos. Lo hicimos con Francisco Bullrich y Alicia Cazzaniga, su mujer.

-¿Se podría decir que estas obras fueron su gran puntapié?

-Son importantes. En el caso de la Biblioteca quizá lo más importante es que se respetó el paisaje. No se hizo un edificio aplastado en el suelo. En este caso quedó levantado, es como si el paisaje fuera abierto. Está metido adentro, su terraza cubierta funciona como una suerte de radiografía de lo que es el edificio: uno ya sabe cuál es el auditorio; cuál es el corredor… Se asemeja a una plaza pública. Tiene miles de metros cuadrados, pero el factor de ocupación del suelo son unos cuantos centenares de metros: lo constituyen las patas de adelante y el hall de entrada.

-¿En qué consistió el desafío de hacer las “segundas partes” de estas obras? Me refiero obviamente al Museo del Libro, inaugurado en 2006 como anexo de la Biblioteca, y a la reciente ampliación del Banco Hipotecario (ex de Londres).

-En el caso del Hipotecario, se requería armar un edificio de oficinas. Si bien su fachada respeta la del edificio original, se lo concibió como un edificio independiente. El caso del Museo del Libro es la biblioteca hecha treinta años después. Es como si tuviera los volúmenes de la biblioteca achicados o comprimidos en su interior. Luego, la elección del color estuvo a cargo de la Dirección de Arquitectura; nosotros no tuvimos nada que ver. Sin embargo, creo que quedaron bastante bien, se eligieron colores fuertes que van bien: rojo, verde…

-¿Por qué pasó de utilizar materiales en bruto a elegir colores vivaces e intensos, como se puede apreciar tanto en el Auditorio de la Paz, el Centro Cultural Recoleta y la Casa La Tumbona, que usted realizó en la localidad costera de Ostende?

-Y… las costumbres cambian. Hace 50 años prácticamente no había colores, no se utilizaban en los edificios. Pero, además, la calidad y duración de la pintura en los últimos años han mejorado bastante. Las épocas cambian, las costumbres cambian, la ropa cambia: si vos ves la foto hoy de un tipo de la década del 60 te puede parecer del siglo XIX y no lo es en realidad.

A pesar de que el mundo cambia, uno también va cambiando. Será por eso que la obra del Maestro, mientras muta, sigue conservando algunas de sus características fundamentales. Clorindo dixit: “Lo que a mí me interesa acerca de los espacios lo sigo haciendo siempre. Intento que los edificios se distingan, que tengan elementos distintos, que uno entre al lugar y sea otra cosa. Este concepto permanece, más allá del tamaño de la obra y de sus características. Es un criterio que continúa, por más que vaya cambiando de forma. No es lo mismo un edificio que uno proyecta en 2012 que uno de hace sesenta años: cambian los materiales, los colores, todo”.

 Un auditorio luminoso

Se nota que Clorindo Testa es un hombre de acción. Pese a sus 88 años, vive inmerso en diversos proyectos. En su escritorio, cada tanto, recibe a sus colaboradores que lo consultan acerca de detalles de las obras que se están realizando y corrobora dimensiones; pide fotografías de los avances; agradece y continúa con la entrevista. Tiene una concepción moderna del mundo; liberal, pragmática. Se mantiene en movimiento y su oficina es el testimonio perfecto: papeles y planos apilados por doquier, prototipos, cuadros suyos y esquemas de toda clase ocupan el ambiente del piso de Barrio Norte. Proseguimos consultándolo acerca del Auditorio de la Paz, la obra suya ubicada en Villa Urquiza y construida en 1992. El Auditorio tiene una fachada luminosa y contrasta con lo grisáceo de su entorno, como bien indicó el Arq. Jorge Luchetti en alguna oportunidad. Dicho sea de paso, Luchetti -columnista de este periódico- colaboró muy gentilmente con la producción de esta nota.

Clorindo nos brinda información acerca de la concepción del espacio dedicado al culto budista: “Se pensó que el edificio tuviera una identidad: es por eso que está pintado de amarillo y abarca toda la fachada. No fue mi primera obra relacionada con un culto, pero sí la primera de estas características en culminarse: algunos años antes había proyectado una capilla cerca de La Plata, pero la obra finalmente no se realizó. La asociación que me contrató para proyectar el auditorio me dio mucha libertad de acción. Cuando nos empezamos a comunicar noté que eran muy abiertos. El auditorio propiamente dicho se encuentra en el primer piso. Abajo hay cuatro aulas grandes que se pueden cerrar o unificar y es una especie de paseo. Las rampas suben, son abiertas y la obra tiene ventanas al fondo. Dichas ventanas permanecen siempre abiertas porque no molestan al auditorio: si la ceremonia es nocturna o diurna, da lo mismo; no inciden. También tienen una especie de pantalla corrediza porque atrás hay un altar”.

-En 1969, en pleno barrio de Belgrano, Arribeños 1308, construyó la casa de Guido Di Tella. ¿Cuál fue el encargo? ¿Qué sintió usted cuando se enteró de que iba a ser demolida el año pasado?

-Yo creo que las obras no están hechas para que perduren. Uno puede decir que el Coliseo de Roma va a perdurar. A la Catedral de Notre Dame no la van a tirar abajo; al Duomo de Milán tampoco. Pero cuando uno hace una obra no anda pensando “esto va a ser memorable y durará para siempre”. Las obras de estas características tienen dueños y los dueños cambian de ideas. También cambian las personas y la sociedad: lo que era válido hace veinte años, ahora no lo es. Es inevitable que sea así. A mí en lo personal no me molesta en lo absoluto que demuelan una obra mía: no hago las cosas para que queden para siempre. Las cosas las hacés para que funcionen cuando te las encargan y duran lo que tienen que durar. La Casa Di Tella estaba hecha para Di Tella y Di Tella se murió. En algún sentido ya no es más su casa… Pasó a ser parte de un instituto que la compró. Por lo tanto, las funciones que necesita son otras.

-¿Puede contarnos algo más acerca de las características de esta obra?

-Guido Di Tella era una persona muy inteligente y muy abierta. Cuando me encargó la casa me dijo “hacé lo que te parezca”. Le mostré un primer esquema y gustó. La casa tiene el esquema de las casas viejas, con tres patios. El primer patio se encuentra a la derecha, cuando uno entra, luego hay otro y uno más abajo en el fondo. Al escritorio de Di Tella se accedía mediante una pequeña escalera en la entrada de la propiedad. A su vez, el escritorio tenía un túnel que cruzaba este primer patio e iba a parar al comedor. Es decir que se podía cerrar con puertas corredizas el comedor. De esta manera, el dueño tenía la opción de armar cenas, almuerzos o reuniones en una parte de la casa y separarla del resto: tenía distintas funcionalidades.

-¿Cómo imagina el desarrollo urbanístico de Buenos Aires en los próximos 50 años?

-Nadie lo sabe. Por más que haya un plan -que no lo hay- va ir cambiando. Ahora van a tratar de limitar el acceso de automóviles en el Microcentro, es una experiencia que ya se hizo en otras oportunidades. Vamos a ver cómo funciona. Te diré que a mí mucho no me molesta que haya autos y gente en ellos: forma parte de la vida en la ciudad.

Reportaje publicado Originalmente en El Barrio Online por Alan Levy 

TECNNE | Arquitectura y contextos


mayo de 2012

 

 

Comments (1)

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