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Constant Nieuwenhuys, Manifiesto

Constant Nieuwenhuys, Manifiesto

Manifest, Reflex N°1, 1948

La disolución de la cultura clásica occidental es un fenómeno que sólo puede entenderse sobre el fondo de una evolución social que puede terminar en el colapso total de un principio de sociedad milenario y su sustitución por un sistema cuyas leyes se basan en las exigencias inmediatas de la vitalidad humana. La influencia que las clases dominantes han ejercido sobre la conciencia creativa en la historia ha reducido el arte a una posición cada vez más dependiente, hasta que finalmente la verdadera función psíquica de ese arte sólo fue alcanzable para unos pocos espíritus de genio que en su frustración y tras una larga lucha fueron capaces de romper con las convenciones de la forma y redescubrir los principios básicos de toda actividad creativa.

Junto con la sociedad de clases de la que surgió, esta cultura del individuo se enfrenta también a la destrucción, ya que las instituciones de aquélla, mantenidas artificialmente, no ofrecen más oportunidades a la imaginación creadora y sólo impiden la libre expresión de la vitalidad humana. Todos los ismos tan típicos de los últimos cincuenta años de la historia del arte re[resentan] tantos intentos de dar nueva vida a esta cultura y de adaptar su estética al terreno estéril de su entorno social. El arte moderno, aquejado de una permanente tendencia a lo constructivo, de una obsesión por la objetividad (provocada por la enfermedad que ha destruido nuestra cultura especulativa-idealizadora), se encuentra aislado e impotente en una sociedad que parece empeñada en su propia destrucción. Como prolongación de un estilo creado para la élite social, con la desaparición de esa élite el arte moderno ha perdido su justificación social y sólo se enfrenta a la crítica formulada por una camarilla de entendidos y aficionados.

El arte occidental, que en su día fue el celebrador de emperadores y papas, se puso al servicio de la nueva y poderosa burguesía, convirtiéndose en un instrumento de glorificación de los ideales burgueses.

Ahora que estos ideales se han convertido en una ficción con la desaparición de su base económica, se abre una nueva era en la que la matriz de las convenciones culturales pierde su importancia y se puede ganar una nueva libertad desde la fuente más primaria de la vida.

Pero, al igual que en el caso de una revolución social, esta revolución espiritual no puede ser atraída sin conflicto. La mente burguesa se aferra obstinadamente a su ideal estético y en un último y desesperado esfuerzo emplea todas sus artimañas para convertir a las masas indiferentes a la misma creencia. Aprovechando la falta de interés general, se sugieren necesidades sociales especiales para lo que se denomina «un ideal de belleza», todo ello destinado a impedir el florecimiento de un nuevo y conflictivo sentido de la belleza que surja de las emociones vitales.

Ya a finales de la Primera Guerra Mundial, el movimiento dadaísta intentó romper con el antiguo ideal de belleza por medios violentos. Aunque el movimiento se concentró cada vez más en el ámbito político, ya que los artistas implicados percibieron que su lucha por la libertad les hacía entrar en conflicto con las leyes que constituían los cimientos de la sociedad, la fuerza vital liberada por esta confrontación también estimuló el nacimiento de una nueva visión artística.

En 1924 apareció el Manifiesto Surrealista, que revelaba un impulso creativo hasta entonces oculto: parecía que se había descubierto una nueva fuente de inspiración. Pero el movimiento de Breton se ahogó en su propio intelectualismo, sin llegar a convertir su principio básico en un valor tangible. Porque el surrealismo era un arte de ideas y, como tal, también estaba infectado por la enfermedad de la cultura de clase del pasado, mientras que el movimiento no logró destruir los valores que esta cultura proclamaba en su propia justificación.

Es precisamente este acto de destrucción el que constituye la clave para la liberación del espíritu humano de la pasividad. Es la condición básica para el florecimiento de un arte popular que abarque a todos. La impotencia social generalizada, la pasividad de las masas, son una indicación de los frenos que las normas culturales aplican a la expresión natural de las fuerzas de la vida. Porque la satisfacción de esta necesidad primitiva de expresión vital es la fuerza motriz de la vida, la cura para toda forma de debilidad vital. Transforma el arte en un poder para la salud espiritual. Como tal, es propiedad de todos y por ello debe eliminarse toda limitación que reduzca el arte a la reserva de un pequeño grupo de especialistas, conocedores y virtuosos.

Pero el arte de este pueblo no es un arte que se ajuste necesariamente a las normas establecidas por el pueblo, ya que éste espera lo que le han educado, a menos que haya tenido la oportunidad de experimentar algo diferente. En otras palabras, a menos que el propio pueblo participe activamente en la creación del arte. El arte del pueblo es una forma de expresión que se nutre únicamente de un impulso natural y, por tanto, general, de expresión. En lugar de resolver problemas de ideal estético preconcebido, este arte sólo reconoce las normas de expresividad, dirigidas espontáneamente por su propia intuición. El gran valor del arte de un pueblo es que, precisamente por ser la forma de expresión de los no formados, se da la mayor latitud posible al inconsciente, abriendo así perspectivas cada vez más amplias para la comprensión del secreto de la vida. También en el arte del genio, la cultura clásica occidental ha reconocido el valor del inconsciente, pues fue éste el que hizo posible una liberación parcial de las convenciones que limitaban el arte. Pero esto sólo pudo lograrse tras un largo proceso personal de desarrollo, y siempre se consideró revolucionario.

El ciclo de hechos revolucionarios que llamamos la evolución del arte ha entrado ahora en su última fase: el desprendimiento de las convenciones estilísticas. Ya debilitado por el impresionismo, puesto al descubierto por el cubismo (y más tarde por el constructivismo y el neoplasticismo), significa el fin del arte como fuerza de idealismo estético en un plano superior al de la vida. Lo que llamamos «genio» no es otra cosa que el poder del individuo para liberarse de la estética dominante y situarse por encima de ella. A medida que esta estética pierda su dominio, y con la desaparición de la actuación personal excepcional, el «genio» se convertirá en propiedad pública y la palabra «arte» adquirirá un significado completamente nuevo. Esto no quiere decir que la expresión de todas las personas vaya a adquirir un valor generalizado similar, sino que todo el mundo podrá expresarse porque el genio del pueblo, una fuente en la que todos pueden bañarse, sustituye a la actuación individual.

En este período de cambio, el papel del artista creador sólo puede ser el del revolucionario: su deber es destruir los últimos restos de una estética vacía y fastidiosa, despertando los instintos creativos que aún dormitan inconscientes en la mente humana. Las masas, educadas en las convenciones estéticas impuestas desde el exterior, aún no son conscientes de su potencial creativo. Este será estimulado por un arte que no define, sino que sugiere, por el despertar de las asociaciones y las especulaciones que surgen de ellas, creando una nueva y fantástica forma de ver. La capacidad creativa del espectador (inherente a la naturaleza humana) pondrá esta nueva forma de ver al alcance de todos cuando las convenciones estéticas dejen de obstaculizar el funcionamiento del inconsciente.

El espectador, hasta ahora condenado a un papel puramente pasivo en nuestra cultura, se verá implicado en el proceso de creación. La interacción entre el creador y el observador hace del arte de este tipo un poderoso estimulador del nacimiento de la creatividad del pueblo. La disolución cada vez mayor y la impotencia cada vez más manifiesta de nuestra cultura hacen que la lucha de los artistas creativos de hoy sea más fácil que la de sus predecesores: el tiempo está de su lado. El fenómeno del «kitsch» se ha extendido con tanta rapidez que hoy en día eclipsa las formas de expresión más cultivadas, o bien está tan íntimamente entrelazado con ellas que resulta difícil trazar una línea de demarcación. Gracias a esta evolución, la fuerza de los antiguos ideales de belleza está condenada a decaer y acabar desapareciendo, y un nuevo principio artístico, que está naciendo, los sustituirá automáticamente. Este nuevo principio se basa en la influencia total de la materia sobre el espíritu creador. Este concepto creativo no es una de las teorías o formas, que podrían describirse como materia solidificada, sino que surge de la confrontación entre el espíritu humano y las materias primas que sugieren formas e ideas.

Toda definición de la forma restringe el efecto material y con él la sugestión que proyecta. El arte sugestivo es un arte materialista porque sólo la materia estimula la actividad creativa, mientras que cuanto más perfectamente definida está la forma, menos activo es el espectador. Dado que consideramos que la activación del impulso de crear es la tarea más importante del arte, en el próximo periodo nos esforzaremos por conseguir el mayor efecto materialista posible y, por tanto, el mayor efecto sugestivo posible. Visto así, el acto creativo es más importante que lo que crea, mientras que este último ganará en importancia cuanto más revele el trabajo que lo hizo nacer y menos aparezca como un producto final pulido. Se ha roto la ilusión de que una obra de arte tiene un valor fijo: su valor depende de la capacidad creativa del espectador, que a su vez es estimulada por la sugestión que la obra de arte despierta. Sólo el arte vivo puede activar el espíritu creativo, y sólo el arte vivo tiene un significado general. Porque sólo el arte vivo da expresión a las emociones, anhelos, reacciones y ambiciones que, como resultado de las deficiencias de la sociedad, todos compartimos.

Un arte vivo no distingue entre lo bello y lo feo porque no establece normas estéticas. Lo feo, que en el arte de los siglos pasados ha venido a complementar lo bello, es una queja permanente contra la sociedad de clases antinatural y su estética del virtuosismo; es una demostración de la influencia retardadora y limitadora de esta estética sobre el impulso natural de crear. Si observamos formas de expresión que abarcan todas las etapas de la vida humana, por ejemplo la del niño, que aún no se ha integrado socialmente), ya no encontramos esta distinción. El niño no conoce otra ley que su sensación espontánea de vida y no siente la necesidad de expresar nada más. lo mismo ocurre con las culturas primitivas, por lo que resultan tan atractivas para el ser humano actual, obligado a vivir en una atmósfera mórbida de irrealidad, mentira e infertilidad. Está naciendo una nueva libertad que permitirá al ser humano expresarse de acuerdo con sus instintos. Este cambio privará al artista de su posición especial y encontrará una resistencia obstinada, ya que, al convertirse su libertad individualmente conquistada en posesión de todos, toda la condición individual y social del artista se verá socavada.

Nuestro arte es el arte de un período revolucionario, simultáneamente la reacción de un mundo que se hunde y el heraldo de una nueva era. Por eso no se ajusta a los ideales de la primera, mientras que los de la segunda aún no se han formulado. Pero es la expresión de una fuerza vital que es tanto más fuerte cuanto más se resiste, y de considerable importancia psicológica en la lucha por establecer una nueva sociedad.

El espíritu de la burguesía sigue impregnando todos los ámbitos de la vida, y de vez en cuando incluso pretende llevar el arte al pueblo (un pueblo especial, es decir, puesto a su alcance). Pero este arte es demasiado rancio para servir de droga. Las tizas en las aceras y en las paredes muestran claramente que el ser humano ha nacido para manifestarse; ahora está en plena lucha contra el poder que le obligaría a meterse en la camisa de fuerza de un oficinista o de un plebeyo y le privaría de esta primera necesidad vital. Un cuadro no es una composición de color y línea, sino un animal, una noche, un grito, un ser humano, o todas estas cosas juntas.

El espíritu objetivo y abstracto del mundo burgués ha reducido la pintura a los medios que la han hecho nacer; la imaginación creadora, sin embargo, busca reconocer toda forma e incluso en el ámbito estéril de lo abstracto ha creado una nueva relación con la realidad, activando el poder sugestivo que toda forma natural o artificial posee para el espectador activo. Este poder sugestivo no conoce límites, por lo que se puede decir que después de una época en la que no significaba NADA, el arte ha entrado en una era en la que lo significa TODO.

El vacío cultural nunca ha sido tan fuerte ni se ha extendido tanto como después de la última guerra, cuando la continuidad de siglos de evolución cultural se rompió por un solo tirón de la cuerda.

Los surrealistas, que en su rechazo del orden cultural arrojaron la expresión artística por la borda, experimentaron la desilusión y la amargura del talento convertido en inútil en una campaña destructiva contra el arte, contra una sociedad que, aunque reconocían su responsabilidad, seguía siendo lo suficientemente fuerte como para considerarla suya. Sin embargo, los pintores después de la Segunda Guerra Mundial se ven enfrentados a un mundo de decorados y falsas fachadas en el que se han cortado todas las líneas de comunicación y se ha desvanecido toda esperanza. La falta total de futuro como continuación de este mundo hace imposible el pensamiento constructivo. Su única salvación es dar la espalda a toda la cultura (incluyendo el negativismo moderno, el surrealismo y el existencialismo). En este proceso de liberación se hace cada vez más evidente que esta cultura, incapaz de hacer posible la expresión artística, sólo puede hacerla imposible. El materialismo de estos pintores no conducía, como habían advertido los idealistas burgueses, a un vacío espiritual (¿como el suyo?), ni a la impotencia creativa. Por el contrario, por primera vez se activaron todas las facultades del espíritu humano en una fértil relación con la materia. Al mismo tiempo se inició un proceso en el que las ataduras y las formas culturales específicas que en esta fase aún desempeñaban un papel se desprendieron de forma natural, al igual que en otros ámbitos de la vida.

La fase problemática en la evolución del arte moderno ha llegado a su fin y le sigue un periodo experimental. En otras palabras, a partir de la experiencia adquirida en este estado de libertad ilimitada, se están formulando las reglas que regirán la nueva forma de creatividad. Surgida más o menos de improviso, de acuerdo con las leyes de la dialéctica se producirá una nueva conciencia.

Constant Nieuwenhuys

Nieuwenhuys, Constant, “Manifest” Reflex: orgaan van de experimentele groep in Holland, nº 1, 1948.

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