BIBLIOTECAEscritos

Aldo Rossi, introducción a Boulée

Boullee, Biblioteca, tecnne

Introducción a Boulée, Aldo Rossi

Este ensayo de Boullèe ofrece un interés particular para quienes hoy están convencidos de la necesidad de una lectura de la arquitectura basada en principios lógicos y sostienen que la proyección arquitectónica se puede fundar, en gran parte, en el desarrollo de una serie de proposiciones.

Boullèe es un arquitecto racionalista en el sentido de que, construido un sistema lógico de la arquitectura, se propone verificar continuamente los principios sentados, con sus diferentes proyectos; y la racionalidad del proyecto consiste en adherirse a este sistema.

Así, en este ensayo, argumentación y diseño se presentan como unidad del proyecto y constituyen un sistema. Los principios son establecidos por la naturaleza y por los sentimientos que la naturaleza hace nacer en nosotros; se trata de ver cómo participa esto en la arquitectura y cuáles son las relaciones entre la arquitectura como hecho total y el arte.

El sistema rechaza inmediatamente el funcionalismo; que yo sepa, se trata de uno de los pocos tratados de arquitectura, o el único, que niega todo fundamento de certeza al funcionalismo, como teoría y como oficio. De aquí procede la negación, por parte de Boullèe, de toda la tratadística a partir de Vitruvio.

Al presentar esta obra, no he querido recordar un capítulo de la historia de la arquitectura (en la que Boullèe ocupa un sitio que, en líneas generales, no creo que pueda sufrir muchas variaciones), sino proponer el sistema de sobre la composición  arquitectónica, Intentando a la vez proponer un sistema más general. Así, quisiera que todo esto se desarrollará, en la medida de lo posible y en un sentido determinado, al margen de las arquitecturas del propio Boullèe (y nótese que este análisis es tanto más pertinente cuanto Boullèe es un profesor de arquitectura, como David lo es de pintura, en el sentido de que se trata de artistas preocupados por el problema de la transmisión de la experiencia).

Evidentemente, lecturas de este tipo también representan una opción; y yo creo que todos hemos de optar y construir un campo de testimonios, ya que ésta es la manera mejor para valorar una tendencia; sin correr el riesgo de tener que empezar de nuevo, sin seguir de una manera continua el hilo de la experiencia.

En toda la introducción insisto siempre en la relación entre la lógica y el arte, en Boullèe como racionalista, autobiográfico y exaltado.

¿En qué consiste esta exaltación?

Por una parte, y a través del énfasis, sin duda en la dificultad de medir los problemas con el sentido crítico, y, por otra, en algo parecido a lo que dice Giedion hablando de la obsesión de Le Corbusier:

“… Sólo el fanatismo y la obsesión conceden la capacidad de no naufragar en el mar de la mediocridad.»

La mediocridad no se ha de entender tanto o solamente en una clave humana, o en una clave teórica. Ya se reconoce la insuficiencia y la mediocridad que pueden ofrecer los resultados obtenidos sólo en clave racional, y por lo tanto derivados de una manera continua de los principios. De ahí viene la Insistencia en romper la construcción racional desde dentro y plantear una especie de contradicción continua entre la enseñanza sistemática y la necesidad autobiográfica de expresión. .

Desarrollando el hilo continuo de la tendencia, y valiéndome de un procedimiento analógico puedo decir que, en la arquitectura del racionalismo, Boullèe está respecto a los rigoristas en la misma relación que Le Corbusier y Loos están  con el racionalismo europeo del Movimento Moderno. De ahí viene el contraste y la contradicción aparente de su arquitectura; los jardines selváticos y la esfera de , los monumentos blancos y la concitación de Ronchamps, la arquitectura estereométrica y la gigantesca columna de Chicago. Así, Le Corbusier ha ofrecido las más rigurosas construcciones lógicas de la arquitectura, ha deducido los datos del problema en la teoría de la casa como máquina de habitar, y, además de todo esto, nos ha dado la más personal de las arquitecturas. .

En realidad, la construcción lógica de la arquitectura constituye el oficio -en un sentido opuesto al de los tratadistas y los funcionalistas antiguos y modernos-, el corpus teórico y práctico de la arquitectura, pero no se identifica con el resultado de la arquitectura.

Ciertamente, el racionalismo convencional pretende hacer derivar todo el proceso de la arquitectura de los principios, en tanto que este racionalismo exaltado, de Boullèe y de otros, presupone una confianza (o una fe) que ilumina el sistema pero que se sitúa fuera de él.

Por ello, tenemos, por una parte, la máxima autonomía del sistema, la claridad de las proposiciones, y, por otra, la singularidad autobiográfica de la experiencia. Y desde luego, la relación es particularmente compleja en la arquitectura. A consideraciones de este tipo se puede reducir el juicio de Hautecoeur, cuando afirma que Boullèe comprende que existe un grado superior de la metáfora, una posibilidad de provocar emociones y de crear lo que Baudelaire llamaría la corres- pondance.

Pero aquí, más que de arquitectura, deberíamos hablar de manera de hacer la arquitectura, de proyección. Siempre ha habido una gran disparidad de pareceres sobre la manera de enseñar la proyección, o de describirla, y por ello, siempre ha sido difícil determinar la bondad de un procedimiento sobre otro, por el valor de la arquitectura, es decir, de los resultados del procedimiento.

En realidad, no se tiene suficientemente en cuenta el valor de las formas que se presentan, o que los alumnos conocen de alguna otra manera, y cuya imagen se convierte en la experiencia fundamental. Pero esta experiencia puede entrar a formar parte del método y del sistema, aunque tambIén puede superponerse a éste, de una manera externa, como sucede con frecuencia. De ahí viene el éxito de aquellas enseñanzas que insisten directamente en esta imagen; por una parte, con un análisis psicológico, etc., de la forma, casi o decididamente separada de la arquitectura; por otra, con la propuesta formal que se ha de imitar o copiar, o que se propone de manera que ejerza una influencia directa.

En el primer caso, desplazando el interés hacia los procesos de conformación, a la percepción, a todas las implicaciones visuales de la imagen, se pueden realizar experiencias útiles. Las experiencias de este tipo, por su referencia a aspectos auténticos de la cultura moderna, se han de examinar con interés; sólo tienen un inconveniente, que es el de que no pueden ser propuestas dentro de la arquitectura, y, por lo tanto, no pueden proponer una arquitectura. Por falta de un auténtico interés de los resultados de este tipo, y ésta es la posición más científica, o por incapacidad de traducción, lo cierto es que resulta muy difícil considerarlas en el plano de la formación de una teoría de la proyección.

Más complejo todavía resulta el discurso sobre los formalistas. Me refiero al formalismo en sentido elevado. Para poner un ejemplo, diré que arquitectos como Breuer o, en nuestros días, como Louis Kahn, pertenecen a la esfera de los formalistas; estos arquitectos conocen bien el valor de las formas, y sobre todo sus efectos; no construyen un sistema sino que se refieren a una serie de hechos arquitectónicos que constituyen los pretextos formales para su proyección. Su límite es, en sentido propio, la contaminatio.

Esta posición en la arquitectura, y las arquitecturas que derivan de ella, tienen una capacidad de consumo muy elevada; en general son las más limitadas, por su propia cualidad y, en fin, porque a menudo nacen del gusto y concilian con inteligencia aspiraciones auténticas con intuiciones profundas, surgidas en otros lugares, con un tipo de imagen más apta para ser disfrutada y más adecuada para ser divulgada.

Tomemos ora una obra fundamental de la arquitectura contemporánea, como el convento de La Tourette de Le Corbusier; esta obra presenta una síntesis extraordinaria d la arquitectura romana y de cierta arquitectura del siglo XVIII, por ejemplo de Boullèe, y constituye quizá la obra máxima de un artista que en todo su quehacer ha desarrollado una investigación unitaria. Al margen de la admiración más o menos auténtica por el artista, este aspecto se capta difícilmente en su cualidad arquitectónica y no se presta a ser imitado vulgarmente.

Obsérvese en cambio que la misma investigación sobre el clasicismo y las arquitecturas del siglo XVIII, en un artista como Louis Kahn son del todo formales y de superficie, y en las obras de este arquitecto se convierten en un modelo de amplia difusión; en realidad, en las obras de Louis I. Kahn la romanidad se juega del todo en algunos elementos y aproximaciones, medio estilísticos, medio funcionales, y el resultado que se nos ofrece no es, en modo alguno una meditación sobre las formas persistentes en la arquitectura, ni son propuestos de una manera sistemática.

En un determinado sentido, y no paralelamente al ejemplo que antes hemos puesto, también en la arquitectura de Ledoux, en relación con la de Boullèe, hay más gusto y más habilidad, un algo que la hace más apta para ser imitada. En realidad, en Ledoux la disposición pictórica y los elementos fantásticos de la architecture parlante se enfrenta con todos los temas que se le proponen con la misma disposición a hacer arquitectura con ellos; la casa de campo y el monumento se colocan al mismo nivel. Como veremos, Boullèe plantea la cuestión del tema y del carácter, como una cuestión decisiva; es decir, realiza una opción que existe antes que el proyecto arquitectónico, y, al hacerlo así, sitúa en primer plano, necesariamente, el aspecto tipológico de la arquitectura.

Un aspecto típico de esta posición es el que se refiere a la vivienda; ya he indicado antes el rigor con que se presenta este tema en Le Corbusier. Boullèe, y también más tarde Adolf Loos (para insistir siempre en algunos nombres), está convencido de que el discurso sobre la vivienda está individualizado y es separable del de la arquitectura como arte, estando sometido en gran medida a otros determinantes. Cuando Boullèe habla de ejercicio al nivel escolástico sobre la casa de renta, y de las dificultades que ésta presenta, ya nos habla de una máquina residencial, y por ello no es casual, como les parece a los críticos de arte, que la casa construida por él en París no se diferencie  en nada de las construcciones de la época. Y que no presente características arquitectónicas decisivas. Desde un punto de vista urbano, como sabemos hoy, esta posición es muy rigurosa, tanto desde el punto de vista de la dinámica urbana, como desde el punto de vista histórico (pensemos en la construcción gótica), como en fin, desde el punto de vista tecnológico.

Pero yo creo que el problema auténtico en la arquitectura es la construcción de este sistema lógico, válido en sí mismo, con independencia de la disidencia entre la concepción científica de la arquitectura y el arte; disidencia que es negada por el racionalismo convencional y es acentuada por el racionalismo exaltado. Este último, en sustancia, quiere aislar la razón científica -y en el intento de aislarla quizás ofrece sus contribuciones más rigurosas- proyectando, en definitiva, su Incapacidad no sólo sentimental sino más bien racional, para construir un mundo que garantice y satisfaga las necesidades lógicas e intelectuales del hombre. Aunque esta arquitectura esté dentro del racionalismo y de las exigencias racionales, que quiere superar partiendo de la misma base lógica. De ahí viene la lucha y el desprecio de Boullèe por la arquitectura de fantasía, y su continua preocupación por las cuestiones técnicas, distributivas, prácticas, de sus proyectos. De esta manera, la arquitectura como Poema no presenta nada de arbitrario. Determinada la oposición Interna de este sistema binario de artes y arte, de teoría y de autobiografía, algunos artistas se inclinan por exasperarla, intentando romper los límites clásicos entre lo real y lo inteligible, entre lo racional y lo pasional. Y en este sentido, hablaba de un racionalismo exaltado, emocional y metafórico.

Con todo, resulta que sólo un auténtico racionalismo, como construcción de una lógica de la arquitectura, puede poner fin al viejo impasse funcionalista y a las nuevas fábulas de la arquitectura como cuestión interdisciplinaria; la arquitectura ha sido presentada siempre con un cuerpo disciplinario bien definido, práctico y  teórico, constituido por problemas compositivos, tipológicos, distributivos, de estudio de la ciudad, etc., que a nosotros toca llevar adelante y que constituyen el corpus de la arquitectura, junto con todas las obras pensadas, diseñadas o construidas que conocemos. Llevar adelante significa aceptarlo desde dentro, es decir, desde dentro del discurso arquitectónico, para intentar responder de esta manera a todos los problemas que el hombre y el progreso civil plantean a la arquitectura. Ves esto, en su forma más general, la actitud racionalista en relación con la arquitectura y con su construcción; creer en la posibilidad de una enseñanza que esté toda comprendida en un sistema y en la que el mundo de las formas es tan lógico y preciso como cualquier otro aspecto del hecho arquitectónico, considerándolo como significado transmisible de la arquitectura, al igual que de cualquier otra forma de pensamiento.

De ello se deduce que los problemas de la arquitectura, como tales, son únicos, y que no tiene sentido decir que los problemas de la arquitectura antigua son distintos de los nuestros; y, en cambio, tiene un sentido muy concreto decir que las ocasiones de la arquitectura antigua eran muy distintas de las nuestras.

Lo que resulta muy difícil es captar si estas condiciones son distintas; pensemos, por ejemplo. en el problema tipológico, en el que a menudo la modificación se .entiende sólo en sentido cuantitativo y dimensional o tecnológico. en tanto que las distintas dimensiones sólo tienen sentido si se opera un salto cualitativo. Pero con cuestiones de este tipo nos encontramos frente a discusiones que escapan a las Intenciones de este escrito.

Aquí se trata de saber cómo esta construcción lógica de la arquitectura (que en las páginas siguientes se intentará delimitar) puede llegar a la composición, y dónde se encuentra en el momento personal o autobiográfico. Evidentemente, esta cuestión nos Interesa, no desde el punto de vista de la estructura del pensamiento, sino desde el punto de vista práctico; es decir, de la posibilidad de transmitir los principios de la proyección, al margen de la imitación formalista, para ver hasta qué punto es comunicable en el racionalismo exaltado, y hasta qué punto es posible, para el racionalismo convencional desarrollar con continuidad todo el arco de la proyección.

Este ensayo de Boullèe es una contribución excepcional para iniciar un análisis de la arquitectura, desde esta posición.

Por ello, volveré siempre al sistema compositivo de Boullèe, desde el momento en que toda la obra se basa precisamente en la explicación de este sistema. Recordemos algunos puntos del mismo. En primer lugar, la polémica con los tratadistas clásicos, a partir de Vitruvio; la arquitectura no es el arte de construir, y Vitruvio, dice , toma el efecto por la causa.

«1 faut concevoir pour effectuer. Nos premiers peras n’ont bati leurs cabanes qu’apres en avoir conu f’image. C’est cette production del’esprit, c’est cette création, qui constitue f’architecture, que nous pouvons en consequence, definirl’art de produire et de porter à la perfection tout Edifice quelconque. L’art de batir n’est done qu’un art secondaire, qu’i nous parait convenable nommer la partie scientifique de l’architecture. L’art propement dite la seience; voilà que nous croyons devoir distinguer dans l’architecture.»

Para Boullèe, la arquitectura es un arte, y  las mayores dificultades consisten precisamente en reconocerlo como tal; el arte constituye el aspecto reductivo de la arquitectura, constituye su autenticidad. Pero este arte, al igual que las demás artes, se construye por medio de una técnica; técnica que está constituida por la composición arquitectónica.

¿Para la composición arquitectónica son necesarios los principios del construir?

En cierta medida, es evidente que sí, pero no son esenciales, de la misma manera que .no es esencial la distribución o la decoración, que también son partes de la arquitectura. Se ha de tener el valor de buscar los principios constitutivos que estén dentro de la arquitectura y que permitan un tratamiento lógico, una transmisión, un desarrollo.

Todo lo más que hoy podemos responder, con Boullèe, es que conocemos muy pocas de estas teorías que sean convincentes, aunque reconozcamos que de hecho la arquitectura ha hecho progresos. Pero además, hemos de admitir que conocemos a muy pocos que se hayan planteado esta pregunta con suficiente claridad, intentando superar el más o menos declarado funcionalismo que, a partir de Vitruvio, se encuentra en toda la historia de la arquitectura. El gran interés que sentimos por Boullèe como teórico, además del interés que ofrece como artista por sus obras, se funda en este rechazo de la posición funciona lista de la arquitectura, con la consiguiente negativa a identificar el pensamiento de la arquitectura con la obra construida; el proyecto arquitectónico con el hecho urbano.

No cabe duda de que una obra como la de Boullèe se presenta ante nosotros con toda su importancia, prescindiendo de las construcciones de, en un sentido distinto de la tratadística antigua, por ejemplo, de Alberti.

Los diseños de Boullèe son un hecho completo y pueden ser juzgados desde el punto de vista de la historia de la arquitectura; es natural que impliquen una arquitectura o que se funden también en arquitecturas construidas. Las cúpulas de Boullèe son una crítica de las cúpulas existentes, pero las presuponen; y sería difícil imaginar lo contrario.

La diferencia respecto al modo tradicional de entender la arquitectura teórica estriba en el hecho de que estas obras presuponen otras obras construidas, pero no pretenden ser construidas.

Una posición de este tipo en arquitectura presupone también un tipo de experiencia de la arquitectura más amplia que la tradicional (por ejemplo, la de los tratadistas) y sin duda plantea algunas cuestiones que podemos llamar modernas.

Es evidente que al plantear estas cuestiones me refiero a una situación que va más allá de la obra de Boullèe y que alcanza a algunos arquitectos; no cabe duda de que en el mundo contemporáneo, a Loos y a Le Corbusier. Loos y le Corbusier son también arquitectos que han construido mucho, el segundo más que el primero. pero que están totalmente en la obra no construida, que difícilmente podríamos llamar la obra teórica, en el sentido tradicional, ya que se trata de un tipo de experiencia distinta, a aquella por la cual un artista puede ser juzgado.

Hablar también de una pretendida utopía en artistas como Boullèe tiene poco significado, con lo controvertido que es el sentido del término utopía en la arquitectura, y dado que se consideran como utópicas aquellas arquitecturas que topan con dificultades notables, de- carácter económico o sociológico, para ser realizadas. Se trata, por tanto, de obras difíciles, más que de obras utópicas. Sobre todo en arquitectura, en donde las dificultades de realización son tantas y tales que incluso en las obras más modestas resulta siempre problemática su realización.

El procedimiento lógico de Boullèe es aplicado sistemáticamente a cada obra.

Podemos distinguir: un núcleo emocional de referencia, la construcción de la imagen conjunta, el análisis técnico, la reconstitución de la obra.

Observemos un proyecto de Boullèe: el de la Biblioteca Pública.

En el origen del proyecto hay un punto de referencia emocional y que escapa al análisis; se asocia al tema desde el principio y crecerá con él a lo largo de toda la proyección.

Aceptado el tema, Boullèe prescinde del edificio de la biblioteca, ya sea la biblioteca en la que se debe trabajar, ya sean las bibliotecas existentes.

En un primer tiempo, ve la biblioteca como la sede física de la herencia espiritual de los grandes hombres de la cultura del pasado; son estos mismos, con sus obras, quienes constituyen la biblioteca.

Obsérvese que estas obras, los libros, permanecerán, durante todo el proyecto, el dato primario, la materia organizada del proyecto, de la misma manera que en el Palacio Nacional la materia de la arquitectura estará constituida por las leyes constitucionales.

Este primer dato emocional, y último, en cuanto par se carece de toda posibilidad de desarrollo, se asocia a una solución figurativa, a una forma aparentemente alejada, y que en sí misma no es arquitectura. Aquí Boullèe se declara «profondement frappé de la sublime conception de l’Ecole d’Athenes de Raphael», y declara que quisiera realizarla (dice que su éxito se debe a esta composición). La Escuela de Atenas de Rafael es más que un símbolo; los grandes hombres del pasado. mezclados y personalizados en los contemporáneos, constituyen una unidad entre lo antiguo y lo moderno. una opción de la cultura humanista. Pero a esta referencia no es ajena la de la composición; el gran espacio de la Escuela de Atenas, la dinámica de las figuras, la amplitud del espacio, la maestría técnica que es típica de una composición como ésta.

Esta maestría técnica es propia de los intereses de Boullèe, que intenta siempre resolver su arquitectura más allá del núcleo generador personal, y también de su sistema de proyección en una construcción magistral, totalmente arquitectónica y sustancial mente autónoma, dentro de los límites indicados, de los contenidos con que se enfrenta.

En este momento de la formulación de la obra, aparecen en primer plano las cuestiones que podríamos llamar técnicas; los caracteres de la arquitectura, caracteres distributivos, constructivos, estilísticos que están en la arquitectura y que Boullèe gusta de analizar detalladamente, componiéndolos y descomponiéndolos en el desarrollo de su sistema.

Parece aquí que la distribución tenga una gran importancia; y es cierto, si se piensa que siempre procura identificar la obra en el tipo. construir una obra ejemplar. Cada obra suya procura insertarse en una sistemática tipo lógica prefijada y necesaria.

Así, la biblioteca se convierte en un gran espacio indiviso con galerías superpuestas, iluminado desde lo alto, accesible en todos sentidos; en otro lugar, hablará de basílica, y ciertamente la biblioteca, al igual que los demás edificios públicos, pone de relieve este aspecto clave de la  clasificación: lo público y lo privado. En otra esfera distinta están los monumentos.

Estos caracteres distributivos, así como las estructuras que permiten, forman un todo con la decoración, sin que ésta quede reducida por ninguna consideración funcional. Los libros son un vasto anfiteatro de libros; uso y decoración se encuentran en la misma cosa:

«… J’ai done voulu que nos riehesses littèraires fussent prèsentées dans le plus bel ensemble possble. C’est pourquoi j’ai pensé que ríen ne serait plus grand, plus noble, plus extraordinaire, et d’un plus magnifique aspeet, qu’un vaste anphitheatre de livres. Que, dans ce vaste anphitheatre,l’on se figure des personnes placées sur divers rangs, et distribués de maniere a se passer, de main en main_des livres… On ne prèsumera pas que l’auteur de ce projet, en decrivant la sublime image que presentera le lieu dont iI est question, ait eu le dessein de parler de l’art qu’iI pourra employer pour la deeoration de ce monument assure qu’elle proviendroit de son inmensité.».

En la planta del edificio vuelve la espacialidad de la Escuela de Atenas, de la misma manera que la imagen está presente en las perspectivas del interior de la biblioteca.

La inmensidad de la biblioteca, que es el carácter arquitectónico principal. es simbólicamente la inmensidad de la cultura o de su historia, pero está dentro de un solo ,edificio singular.

El anfiteatro de libros es una solución tipológica, en cuanto podemos crear otros anfiteatros de libros, sin repetir a Boullèe; pero Boullèe no se limita a ofrecernos este esquema de basílica- biblioteca; como siempre, nos ofrece un proyecto acabado, en el que para la decoración, se atiene también al dato del tema: el libro.

Igualmente, en el teatro, acaba por afirmar que la decoración principal está constituida por el propio teatro; es decir. por el espectáculo y por el público que procura poner de relieve al máximo, tanto en el interior como en el exterior del edificio.

Llegados a este punto, nada hay tan superficial como afirmar que los artistas como Boullèe trabajan sin medirse con construcciones concretas. Basta leer las descripciones del proyecto de uno cualquiera de estos edificios, para darse cuenta de lo contrario. Más aún, el autor busca estas contradicciones incluso allí donde no subsisten, y las propone hasta convertirlas en condiciones de la arquitectura. Y así, resulta extraordinario -y me sorprende incluso a mí, que soy un firme mantenedor de una arquitectura a priori- como gran parte de las soluciones nazcan de estas condiciones.

Veamos de nuevo la biblioteca, en la que el proyecto está ligado a la utilización de un área y a construcciones preexistentes. Boullèe cubre un gran patio, creando aquel espacio central cubierto que constituirá una constante tipológica de los edificios públicos modernos; la solución resulta ejemplar en las arquitecturas públicas urbanas:

Para Boullèe dar carácter a una obra significa usar todos los medios adecuados para no hacemos sentir otras sensaciones que las intrínsecas al sujeto. La referencia se hace a los grandes “tableaux de la nature»; a las estaciones, con su curso y con sus distintos aspectos.

El carácter, por tanto. es la naturaleza del sujeto; el carácter constituye la parte evocadora, emocional.

«Temple de la mort! Votre aspect doit glacer nos coeurs. Artiste, fuis la lumieres des Cieux! Descend dans les tombeaux pour y tracer les idees à la Lueur pàle et mourante des Lampes Sepulcrales!»

Si el carácter es la arquitectura del sujeto, también la arquitectura de un cenotafio penetra en la tierra, y Boullèe afirma que tiene una idea de él tan nueva como atrevida: «… Ce fut d’offrir le tableau de l ‘architecture ensevelie.»

En la exposición de los cenotafios, al igual que en otras obras de Boullèe, se nos ofrece la autobiografía de la obra, que en el fondo es el testimonio más precioso que puede dejamos un artista.

Un poco más, y la autobiografía de la obra se convierte, en sentido stendhaliano, en autobiografía del artista, o resulta inseparable de ésta; no existe un Henry Brulard de la arquitectura, pero sin duda obras como los diarios de Delacroix o de Klee, constituyen un testimonio portentoso sobre la estructura del arte.

Boullèe, Loos, Le Corbusier nos ofrecen concretamente aquella multiplicidad de experiencias y de maneras de ser que es la verdadera técnica del artista. Académico, en el peor sentido del término, quiere decir aceptar una técnica constituida en cualquier parte, renunciando a la invención. Pero renunciar a la invención quiere decir al propio tiempo renunciar a profundizar y quedarse en el umbral que divide o que simplemente es liminar, entre la experiencia personal y la experiencia artística.

No existe arte que no sea autobiográfico.

En el artista, el nexo es tan natural que parece difícil determinar los dos momentos (si es que hay dos momentos); y estamos convencidos de que es también este nexo (de una experiencia humana propia, privada, etc., que se encuentra y se descubre inventando una técnica) lo que distingue el mundo del artista del mundo académico o formalista que no añade ninguna experiencia propia.

Leamos a Boullèe siguiendo el desarrollo de sus ideas, como él mismo nos sugiere.

A partir de aquel núcleo de la arquitectura que es un esqueleto desnudo y despojado (la misma fosa que encuentra Loos: ésta es la arquitectura, etc.) y que Boullèe nos propone en su esencia, en tanto que, como fastidiado, procura avisar a los que, poco versados en el arte, se asombran de que una producción tan simple cueste tanto trabajo; y el trabajo se refiere precisamente a esta difícil simplicidad. Va que la simplicidad en arquitectura no es la reducción de la decoración -que es una tontería- sino la adhesión de la obra a las leyes de la naturaleza.

Trabajando sobre la arquitectura sepultada, Boullèe anuncia el punto fundamental de su arquitectura; la arquitectura de las sombras: «… iI me vint une idèe nouvelle; ce fut de presenter l’architecture des ombres.» La arquitectura de las sombras nace de la experiencia directa, lógica, y sentimental, de la naturaleza. Los cuerpos opuestos a la luz lanzan sus sombras a imagen del cuerpo. Y el artista observa estos hechos naturales, para extraer los principios de su arte.

Pero, tratándose de cosas de arte, están ligados a una experiencia directa de la belleza de las cosas y a un estado de ánimo:

«… Me trouvant à la campagne, j’y côtoyois un bois au clair de lune. Mon effigie, produit par la lumière, excita mon attention (assurement, ce n’était pas une nouveautè pour moi). Par une disposition d’esprit particuliere, l’eftet de ce simulacre me parut d’une tristesse extreme… Qu’y voyoís-je? La masse des obiets se détaehent en noir sur une lumière d’un. pâleur extreme… Frappé des sentiments que (eprouvoís, je m’oeeupaí, dès ce mo- ment, d’en faite une application partículiere a l’arehiteeture…»

Esta disposición del espíritu ve las cosas a través de sus sombras; y capta, no una arquitectura de ilusión, sino que quiere detener un momento de la arquitectura tal como viene concebido, pero también vivido en el tiempo, en los días y en las estaciones.

La arquitectura de las sombras se convierte así en el vínculo y en la búsqueda de los principios de la arquitectura en la naturaleza, que es la preocupación máxima de Boullèe.

La arquitectura no es fantástica; está estrechamente ligada a la naturaleza, a sus leyes, a su devenir.

Con esta temporalidad, revelada por la luz, la arquitectura clásica nacida de una idea a priori,  encerrada completamente en un pensamiento geométrico, vuelve a ser naturaleza; es más, poseerá un valor de cosa natural, inmóvil en el , tiempo, aunque advertida en la luz del tiempo. Ninguna adecuación de las formas orgánicas podría obtener esto. Boullèe no capta toda la amplitud de esta posición; es decir, no ve que el efecto de la luz es una sola cosa con el del tiempo. En realidad, nosotros sabemos que todo el ciclo de la estación de la humanidad es el ciclo de la arquitectura y que siempre tendemos a aquella primera condición de la arquitectura.

Así que el hombre fósil y el utensilio pétreo constituyen a la vez nuestra única imagen; y a partir del sentimiento de estas imágenes se desarrolla la belleza de la forma.

Una vez superada su relación con la historia, el monumento se convierte en geografía; y, ¿la luz que crea las sombras no es acaso la misma luz que corroe la materia, dándonos una imagen más auténtica que la que los mismos artistas querían ofrecemos?

Por esta razón, más que por ser personal y colectiva a la vez, la arquitectura es la más importante de las artes y de las ciencias; porque su ciclo es natural como el ciclo del hombre, pero es lo que queda del hombre. En este sentido he hablado del monumento y de la ciudad; y también de la relación continua que tienen las cosas con el tiempo.

Naturalmente, esta relación con el tiempo, a través de la evolución de la arquitectura y la perennidad de los principios, no aflora en Boullèe ni en los arquitectos de la razón, los principios de la naturaleza se refieren a una concepción estática que siempre se repite a sí misma.

Pero aunque sea sencillamente en sentido estilística, o por medio de la observación arqueológica, Boullèe tenía algo más que decirnos sobre la arquitectura del pasado y sobre el uso que hace de los elementos de aquella arquitectura.

Fijémonos por un momento en las reflexiones sumarias sobre el arte de enseñar la arquitectura. Aquí Boullèe desarrolla un tipo de enseñanza que va de la cabaña a la casa de pisos, como dos términos de lo necesario y lo complejo (en los que la casa de pisos introduce dans f’art de combiner) considerados como ejercicio o propedéutica al componer, y, sobre todo, instruction pratique al arte propiamente dicho, que se basa en la teoría de los cuerpos y que en la aplicación de las leyes naturales nos dará a conocer la poesía. De ahí vienen los grandes ejemplos de la arquitectura y los órdenes considerados como leyes inmutables («ils sont devenues des lois immuables pour l’homme de gènie que ne les envisage qu’avec admiration»).

Se ha de hacer observar que para Boullèe el modo de enseñar la arquitectura no es completamente objetivable («… Dans les Beaux Arts n’est pas possible d’instruire par une methode suivie comme dans les Sciencies exactes. Chaque artiste saisit particulierement les beautés de la nature selon ses facultès”).

Esta actitud me parece la más moderna; el sistema de enseñanza no puede dar los mismos resultados en alumnos distintos, ya que cada uno de ellos desarrollará sus aptitudes de acuerdo con sus facultades propias (la arquitectura como arte); pero en todo caso se trata de un sistema de enseñanza, y, por lo tanto, de una serie ordenada de proposiciones sobre la arquitectura que constituyen una teoría.

La base de esta teoría es el estudio de la naturaleza que se recoge y se expresa por medio del gusto, con independencia de su cualidad.

“Así el placer se acrecentará con la imaginación, con la sensibilidad, con las cogniciones. La naturaleza, o  el arte que la reproduce, no dicen nada al hombre obtuso o frío; dicen poco al ignorante. ¿Así pues, qué es el gusto? Una disposición adquirida a través de experiencias repetidas, para captar lo verdadero, lo bueno, junto con aquellas circunstancias que lo hacen bello; para sentirse de inmediato e intensamente turbados.”

-“Y- será sentido critico si las experiencias que determinan el juicio están presentes en la memoria; en cambio, si no guarda memoria de ellas o solamente se conserva la impresión, será tacto, instinto.” (Diderot).

El tratado de Diderot nos ilumina sobre los aspectos generales del pensamiento de Boullèe, sobre todo el Diderot de la Enciclopedia, preocupado por las relaciones entre las artes, entendidas como técnicas y los oficios o la reproducción. El problema del arte como técnica ya está implícito en las repetidas experiencias y en el fundamento crítico de la memoria. En este sentido, Boullèe tenía que ir más lejos en sus relaciones con los monumentos, con el estilo y, por lo tanto, con la técnica, y allí donde aborda el problema se esclarecen su pensamiento y su obra. Por ejemplo, Boullèe, a diferencia de  Ledoux y de ‘otros arquitectos de la Ilustración, nunca plantea de una manera sistemática la cuestión urbana. La ciudad se presenta siempre como el lugar arquitectónico que facilita unas ocasiones, y sus intereses se refieren siempre a una sistematización parcial del entorno. Progresiva de una manera muy distinta resulta la actitud de un arquitecto como Antolini, que precisa. mente extrae de la ciudad el significado de los monumentos y que ve en la relación urbana entre los distintos edificios un fundamento del significado de la arquitectura. En el fondo, la aplicación de su arquitectura, como arquitectura de la ciudad nueva con tipologías definidas y características, que sus sucesores realizarían en San Petersburgo, no estaba prevista por él.

Cuando Boullèe se plantea la cuestión de los monumentos urbanos siempre se orienta hacia un análisis formal de tipo schinkeliano; una reconstrucción descriptiva de las formas, aplicada a una intuición singular. En el análisis de la catedral gótica, las observaciones sobre el estilo gótico captan la belleza de una técnica determinada y el singular efecto que el verticalismo puede provocar en la disposición clásica. Con unas pocas observaciones Boullèe anuncia el desconcertante goticismo de los sucesores de Schinkel.

La relación de Boullèe con la naturaleza ciertamente es la parte más singular de su poética. Va mucho más allá de la aplicación teórica de Rousseau y se precisa en la técnica.

Por una parte se refiere al estudio de los objetos de la naturaleza, por otra al carácter, y, en fin, a la aplicación de la misma naturaleza como fundamentos de la arquitectura. “L’architecture c’est mettre en oeuvre la nature.”

Aquí también su posición está más cerca, desde un punto de vista cultural, de la de Diderot, en quien la culminación, el prodigio de la habilidad técnica consiste en una adhesión tan profunda e integral a la naturaleza, que permita reducir al mínimo cualquier aportación cultural. La naturaleza es la individualización del carácter de las cosas, un problema de conocimiento. A propósito del Salón de 1796, Diderot, reproduciendo una frase de La Tour, escribe: «Todo ser ha tenido que soportar más o menos las fatigas de su estado. Y esto deja una marca más o menos profunda. Lo importante es, sobre todo, captar esta marca, de tal manera que, si se ha de pintar un rey, un general, un ministro, un magistrado, un sacerdote, un filósofo, un jayán, estos personajes reflejen en el mayor grado posible su condición.»

También la relación con la luz se convierte para Boullèe en principio para reflejar el sentimiento, para suscitar sentimientos por medio del estudio de la naturaleza. Y de ahí viene el sentido de las descripciones de las estaciones y su relación con el carácter de las cosas. Las imágenes sonrientes del otoño están generadas por la variedad de los objetos, de las cosas, por el contraste de luces y sombras, por el aspecto extraño de los colores en transformación; las salas de reuniones han de tener en cuenta esto, de la misma manera que las luces frías del invierno han de regir el diseño de los monumentos fúnebres.

Utilizando elementos arquitectónicos concretos (para Boullèe se trata de leyes inmutables), insiste en su combinación y en su disposición. Así, repeticiones y oposiciones, contrastes de luces, alternancia de masas y líneas; y la referencia a esta técnica es siempre una memoria más general, directa y autobiográfica, de la naturaleza.

“… J’obtins enfin une lueur d’espèrance en me rappelant les effets sombres et mystèerieux que j’avais observes dans les fôrets… c’est la lumière que produit ces effets. Ceux- ci nous causent des sensations contraires suivant qu’iIs sont brillant ou sombres… Ces effets résultant d’un jour mysterieux produiront des effets inconcevables et en quelque façon une magie vraiment enchanteresse.”

En una sola obra -el Monumento para el Reconocimiento Público- esta relación compleja con la naturaleza parece anularse en una especie de recinto mágico en el que la cosa misma se convierte en inicio y fin del proceso artístico; el museo natural es la propia naturaleza, el ambiente y los objetos resultan intraducibles.

La lógica paradójica de Boullèe anuncia la experiencia del romanticismo y del naturalismo, de una manera directa. Y no solamente la lógica interna del sistema sugiere esta experiencia sino que el mismo sistema parece no poder renunciar, rompiendo la unidad clásica y sacrificando la forma, a proponer las mismas cosas sin tocarlas o intentando comprender su misterio.

Este tipo de experiencia será llevado a un grado muy alto por Schinkel, quien sostendrá su frío análisis de las formas arquitectónicas en una descripción sin, tiempo! poniendolas en un elemento natural casi obsesivo y acabando por proponer la arquitectura misma como hecho naturalista. El ambiente y los objetos circundantes adquieren el mismo valor que la arquitectura.

También Diderot, con su profunda intuición, nos habla de las ideas reveladas por el ambiente y por los objetos circundantes.

«Me he preguntado muchas veces por qué los templos de los antiguos, abiertos y aislados, son tan bellos y sugestivos. La razón es que se podían decorar por los cuatro lados sin perjudicar su simplicidad; y siendo accesibles por todas partes, eran la imagen misma de la seguridad. Además, estaban colocados en lugares apartados y el tremolar de un bosque próximo se añadía a las ideas extrañas dictadas por un sentido de superstición, infundiendo en el ánimo una singular sensación de turbación… Si me hubiera correspondido proyectar la plaza de Luis XV en el lugar en que está situada, me hubiera guardado mucho de talar el bosque. Hubiera querido que se viera su oscura profundidad, entre los columnas de un gran peristilo. Nuestros arquitectos no tienen fantasía, no saben lo que son las ideas accesorias reveladas por el ambiente y por los objetos circundantes.”

La gran plaza de Diderot- Boullèe, la inmensa columnata de estos monumentos urbanos abiertos sobre la profundidad del bosque, hacen crecer y unen el hilo de la arquitectura en el cuadro general que le es propio: la naturaleza, el hombre, la construcción de la ciudad.

Aldo Rossi

Introducción a: Boullèe, Étienne-louis “Architettura, Saggio sull’arte” (Padua, Marsílio Editori, 1967)

TECNNE | Arquitectura y contextos