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La modernidad distintiva de Norman Foster

Norman Foster tecnne

Carrée d’Art de Nimes, Norman Foster and Partners

Lejos del proceso de representación ambiguo y controvertido promovido por la convulsión posmoderna que dominaba la escena arquitectónica de principios de los 80, la obra de Norman Foster, alineada al pensamiento de Richard Rogers y Renzo Piano, se promulgó en favor de una actualización tecnológica de la modernidad. Su trabajo pondera las analogías mecánicas del movimiento moderno y afirma esos valores fundacionales atendiendo el carácter natural de las formas a las necesidades estructurales y la luz natural. Asimismo, promueve una ética de la funcionalidad mediante la aplicación de geometrías rectilíneas que fomentan el carácter abstracto de su arquitectura, mediando la utilización de materiales de una tecnología atractiva y una invariable predilección por el uso de sistemas sostenibles.

El racionalismo tecnológico de Foster se define incitando la producción de ambientes unificados debajo de cubiertas ligeras, planos verticales transparentes, estructuras de perfiles sofisticados y detalles de un exhaustivo diseño. En el proyecto para el Carrée d’Art de Nimes, esta depuración resulta más trascendente debido a que se emplaza de manera perpendicular al lateral de la Maison Carrée, un edificio rectangular elevado sobre un podio de 17 metros de altura que data del año 16 a.c.. De este modo, el enfrentamiento entre la casa romana y el delicado edificio de Foster pone de manifiesto la antítesis entre ambas tecnologías y exalta la temporalidad de las dos arquitecturas.

Para evitar la contaminación visual del sitio con figuras hostiles, Foster ensambla una estructura de proporciones similares al edificio romano y pone bajo el nivel del suelo la mitad de la superficie del museo, necesario para cumplir con las exigencias del programa, que se distribuye en dos partes bien diferenciadas: por encima del nivel del suelo la biblioteca y la galería de arte y en los subsuelos los archivos y un cine.

Una serie de esbeltas columnas colocadas a intervalos regulares irrumpe en la superficie del centro para sostener una cubierta de perfil liviano que, en razón de su delgada contextura, se disuelve en la altura de los edificios linderos sin alterar la naturaleza del sitio. La planta está atravesada por un atrio que toma todas las alturas, coronado por un lucernario que realza el espacio con el ingreso de luz natural. Una escalera que desciende desde el extremo opuesto en dirección al templo formula una alegoría dinámica del patio romano, al tiempo que permite una visión cinética del edificio histórico.

Foster enlaza su edificio a la trama histórica mientras compone una serie de gestos para mejorar las condiciones del sitio. Asimilando las terrazas características de Nimes, eleva el podio de contemplación por encima del flujo vehicular para que el transito urbano no interfiera la visión lateral del conjunto. Frente al acceso, la calle peatonal permite extender la terraza del museo e integrarla a la plaza del templo, mientras revitaliza la vida social mediante la instalación de un café y varios elementos de equipamiento urbano.

Desde cualquier ángulo, el museo privilegia la contemplación diáfana del templo. La escalera axial se transforma en una extensión de la plaza, mientras el uso de materiales transparentes y reflectantes permite la filtración de luz natural a través del edificio, pero además promueve la exaltación de la piedra desde el tratamiento visual. Consecuencia de un delicado equilibrio de formas y materiales, Foster concedió al Carré d’Art de un carácter distintivo, sutilmente abstracto y absolutamente racional. Sus formas leves avivan una interesante convivencia entre la actualidad y la antigüedad, o mejor dicho, entre la simplicidad elemental del edificio romano y la complejidad tecnológica de la contemporaneidad.

Marcelo Gardinetti, 2015©

“Uno de nuestros proyectos que fue muy importante en el pasado respecto a su relación con el contexto urbano en sentido amplio fue el que surgió de un pequeño concurso en Nîmes, en el sur de Francia, que se remonta a 1985. El maravilloso templo romano que daba hacia el solar objeto del concurso estaba ocupado en aquel momento por las ruinas de una columnata de un edificio del siglo XIX destinado a ópera, que se había quemado unos años atrás. Antes de que se supieran los nombres de los seleccionados para participar, todo el mundo fue invitado a visitar la ciudad, pero yo preferí recorrerla de incógnito.

Nadie sabía que yo estaba allí, y pude así, con libertad, dibujar y tomar notas sobre las cosas que me resultaban emocionantes en el lugar, todas ellas relacionadas con la infraestructura, con las calles de la ciudad. Por ejemplo: esa especie de túnel oscuro que es el bulevar que conduce hacia el solar; la explosión de luz cuando se llega a la plaza; el problema de los coches aparcados delante del templo romano. A la postre, los dibujos expresaban que no se trataba de hacer un edificio, sino de jugar en un campo más amplio… Lo interesante es que ganamos el concurso, y nos pusimos a trabajar con las autoridades, con el apoyo de un alcalde muy comprensivo.

De nuevo, la transformación que supuso el proyecto fue más allá de un edificio individual. En este sentido, es muy difícil decir lo que es este proyecto: ¿Se trata de un edificio o concierne al espacio urbano? Por supuesto, ambos conceptos son ahora muy difíciles de separar. Se han convertido en una única cosa porque ambos fueron concebidos como parte del mismo problema, del mismo reto. Otro aspecto es que el público puede atravesar directamente el edificio de un lado a otro, por lo que este se ha convertido en un atajo. Constituye una manera más rápida de ir de un lado de la plaza a otro barrio: la gente entra, por tanto, en la pieza no sólo por las dotaciones que alberga sino porque es la manera más directa de atravesar esta parte de la ciudad.

En su respuesta urbana, el edificio presenta la misma altura que los inmuebles de los alrededores, lo que significa que alberga bajo tierra tanto como sobre rasante, de ahí la importancia de llevar la luz natural hasta el fondo del espacio interior. Cuando uno llega a la bajocubierta del edificio, bajo la sombra, tiene conciencia del compromiso del proyecto con la ciudad, del compromiso con la histórica plaza, con el monumento, y del diálogo entre lo antiguo y lo nuevo. Se crea un espacio para la celebración, una especie de escenario para el entretenimiento cívico”1

Notas:

1 Norman Foster, Apertura en Luis Fernandez Galeano (ed.) “Arquitectura lo común” (Madrid: Fundación Arquitectura y Sociedad, 2012), 22

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