Niemeyer en Avilés: autonomía formal y transposición geográfica

Gardinetti, Marcelo

Arquitecto, Editor de Tecnne · La Plata, Argentina

Tecnne · Año 2020, n.º 1

Resumen

El ensayo examina el Centro Cultural Internacional Oscar Niemeyer de Avilés como un caso de transposición geográfica de un lenguaje arquitectónico desarrollado en Brasil. Sostiene que la obra mantiene la autonomía formal característica de Oscar Niemeyer al trasladarse al contexto atlántico, priorizando un repertorio basado en la curva sobre una adaptación arquitectónica, climática y material específica. Paralelamente, plantea que el propio lugar transforma progresivamente la arquitectura mediante la acción de la humedad, la luz y la pátina, incorporando una dimensión temporal generalmente relegada por la crítica. El análisis se estructura en cuatro niveles de adaptación —urbano, arquitectónico, material-climático y fenomenológico— y compara el proyecto con otras obras internacionales del arquitecto. La investigación concluye que el edificio responde con eficacia a los objetivos urbanos de regeneración de Avilés, mientras mantiene una notable continuidad formal, abriendo una reflexión sobre los límites entre autonomía arquitectónica, contexto y permanencia material.

Palabras clave: Oscar Niemeyer, Centro Niemeyer, autonomía formal, regeneración urbana, fenomenología arquitectónica.

Planteamiento teórico: autonomía formal y adaptación al lugar

Este ensayo defiende dos tesis sobre el Centro Niemeyer, inaugurado en 2011 en la margen derecha de la ría de Avilés cuando su autor superaba el siglo de vida. La primera es que el edificio traslada al norte húmedo de la península ibérica un lenguaje de la curva forjado bajo la luz del trópico, sin que sus principios formales sufran en ese trayecto una reformulación sustancial: una transposición geográfica antes que una adaptación. La segunda, que la crítica especializada apenas ha explorado, describe el movimiento inverso: el lugar que recibe ese lenguaje termina por modificarlo, lentamente, a través de la humedad, la luz y la pátina. Ninguna de las dos tesis subordina a la otra; se desarrollan en paralelo a lo largo del texto y se recuperan juntas en la conclusión.

Ambas tesis exigen, antes de avanzar, una precisión terminológica que no volverá a repetirse. La autonomía designa aquí la condición de un vocabulario cuyos principios generadores residen en las convenciones internas de su propia historia, antes que en los condicionantes del sitio, del programa o de una tradición funcionalista que subordine la forma a la función. El lugar, siguiendo la noción de genius loci que Christian Norberg-Schulz consolidó, no es un simple emplazamiento cartografiable sino un carácter compuesto por la luz, el clima, la memoria y la estructura espacial de un sitio (Norberg-Schulz, 1980). Definidos estos dos términos, el ensayo examina su fricción mediante cuatro niveles de adaptación que organizan el análisis y a los que el texto volverá sin necesidad de explicarlos de nuevo: la adaptación urbana, que atiende a la relación del proyecto con la trama y la historia de la ciudad; la adaptación arquitectónica, que atiende a la relación entre programa y forma; la adaptación material y climática, que atiende al comportamiento físico de los materiales frente al clima local; y la adaptación fenomenológica, que atiende a la experiencia sensible —luz, atmósfera, textura— del lugar. El Centro Niemeyer se comporta de manera distinta en cada uno de estos niveles, y esa heterogeneidad, más que un veredicto único, es el objeto real de este ensayo.

Una precisión evita, desde ahora, una lectura simplificada de lo que sigue: no se sostiene que Niemeyer ignore el lugar, sino que prioriza sistemáticamente la autonomía formal sobre la adaptación arquitectónica, climática y material, incluso cuando responde —como se mostrará— con notable exactitud al problema urbano y programático que cada encargo le plantea.

Los objetivos son cuatro: reconstruir la genealogía formal de la obra y su aplicación en Avilés, sometiéndola a una comparación explícita con otros proyectos del arquitecto; examinar las condiciones históricas de la desindustrialización que el edificio viene a atender; describir con brevedad el programa y la espacialidad del conjunto; e interpretar su materialidad y su atmósfera. El análisis combina fuentes primarias sobre Niemeyer —memorias, entrevistas y monografías (Niemeyer, 2000; Salvaing, 2001; Underwood, 1994; Philippou, 2008, 2013a, 2013b; Segre, R., y Barki, J. , 2011; Santos, 2010; Foster, 2010)— con literatura de geografía urbana sobre Avilés (Benito del Pozo, 2016; Prada-Trigo, 2014) y con marcos teóricos sobre el lugar y el regionalismo, introducidos donde el argumento los requiere.

Dos preguntas atraviesan el ensayo desde este umbral y se amplían en la conclusión: ¿puede una arquitectura profundamente autónoma responder al lugar que ocupa, o solo puede ocuparlo? Y, en un plano disciplinar más amplio, ¿hasta qué punto un lenguaje arquitectónico puede viajar entre geografías sin dejar de ser él mismo?

Oscar Niemeyer, Centro Niemeyer Aviles

Genealogía del lenguaje curvilíneo de Oscar Niemeyer

La obra de Niemeyer se reconoce por el predominio de la línea curva, principio antes que decoración: una concepción de la arquitectura como prolongación de la forma natural. El propio arquitecto situó el origen de ese lenguaje en Pampulha, el conjunto construido a comienzos de los años cuarenta cuyas cubiertas onduladas inauguraron lo que él mismo llamó curvas sensuales e inesperadas (Niemeyer, 2000). Desde entonces la curva dejó de ser un recurso aislado para convertirse en el principio generador de toda su producción.

Esa poética se nutre de fuentes que exceden la disciplina. De Le Corbusier, con quien colaboró en el Ministerio de Educación de Río de Janeiro, Niemeyer heredó la gramática cubista y la geometría depurada; a ella sumó una inflexión surrealista y biomórfica, próxima a la pintura de Cândido Portinari, a los jardines de Roberto Burle Marx y a las figuras de Joan Miró. El resultado antepone la ley del deseo a la ley de la gravedad: la forma se libera del dictado de la función para reclamar un valor plástico propio (Fernández-Galiano, 2007).

Underwood (1994) situó esta operación en la base de un modernismo brasileño de forma libre, una vía que reconducía los principios del movimiento moderno hacia una expresividad orgánica ajena al rigor ortogonal europeo. La historiografía más reciente matiza esa lectura: no se trató de un fenómeno aislado ni de la genialidad de un único autor, sino de una respuesta —entre varias, junto a las de Lucio Costa, Affonso Reidy o Vilanova Artigas— a la tensión entre universalidad técnica y especificidad cultural que atravesó la arquitectura latinoamericana del siglo XX (Carranza y Lara, 2015).

En la lógica espacial de esta producción, Bullaro (2017) distingue tres familias según el espacio se organice desde la planta, desde la sección o —recuperando a Bruno Zevi— como un espacio total que solo el recorrido revela; esta última resultará decisiva para la plaza de Avilés. El hormigón armado fue la condición técnica que hizo posible esa libertad, al permitir cáscaras de gran luz y mínima sección. La elección, además de plástica, fue económica y política: se adaptaba a la industria brasileña de mediados de siglo y proclamaba una modernidad emancipada de los prototipos occidentales (Philippou, 2013a).

Dentro de este marco general, la autonomía formal de Niemeyer tiene cuatro caras acumulativas: frente al lugar, porque la forma no deriva de un análisis del sitio sino de un repertorio ya constituido; frente al programa, porque la curva precede a la resolución funcional del proyecto; frente a la tradición moderna, porque reivindica el placer y la sensualidad frente a la ortogonalidad racionalista; y frente al funcionalismo, porque la forma organiza retroactivamente el uso en lugar de derivarse de él. Se trata de una autonomía biográfica, no tipológica: a diferencia de la que Aldo Rossi formuló para la arquitectura de la ciudad —anclada en la permanencia de los tipos edilicios en la memoria colectiva—, la de Niemeyer procede de la coherencia de una trayectoria individual (Rossi, 1982). Esta distinción explica la fuerza inmediata de su arquitectura y anticipa la fricción que Avilés hará visible.

Centro Niemeyer tecnne Niemeyer

Regeneración urbana y reintegración territorial en Avilés

De los cuatro niveles descritos en el umbral, este capítulo examina el primero: la adaptación urbana, aquel en el que el proyecto negocia sin reservas con las condiciones del lugar que lo recibe.

La obra se asienta en un sector que la industria había desvinculado de la vida ciudadana. A mediados del siglo XX, la instalación de la Empresa Nacional Siderúrgica transformó el destino de Avilés: el complejo fabril movilizó en torno a dieciocho mil trabajadores entre 1951 y 1957, duplicó la población de la villa en menos de una década y levantó, al mismo tiempo, una barrera física que separó el casco histórico del frente fluvial (Prada-Trigo, 2014). La crisis de la siderurgia, iniciada en los setenta y profundizada por la reconversión industrial española de comienzos de los ochenta, dejó a la ciudad ante un suelo degradado y una imagen asociada casi exclusivamente a la industria pesada.

La literatura sobre Avilés emplea con frecuencia la noción de regeneración urbana sin detenerse a precisarla. No equivale a la rehabilitación arquitectónica ni a la construcción de nuevos equipamientos: describe un proceso multidimensional en el que la inversión en infraestructura, la limpieza medioambiental, la reconversión de suelo industrial y la actuación sostenida de redes de actores locales se combinan, con el tiempo, para modificar el valor social y económico de un territorio. El Ayuntamiento de Avilés articuló, desde el Avance del Plan General de 2002, una estrategia en esa dirección, orientada a diversificar la base económica local mediante el turismo urbano y la puesta en valor del patrimonio industrial; Benito del Pozo (2016) la caracteriza, con matices, como un caso de relativo éxito dentro de la reconversión de ciudades industriales españolas. Entender la regeneración como proceso, y no como objeto, evita atribuir al edificio de Niemeyer un mérito que pertenece a una operación más extensa y menos fotogénica.

El instrumento de esa reincorporación es el plan Isla de la Innovación, cuyo plan director encomendó el Ayuntamiento a Norman Foster, quien expresó públicamente, en la inauguración del centro, su admiración por la obra de Niemeyer (Foster, 2010). La costura entre las dos orillas se resuelve con la recuperación de la antigua plaza del Pescado, rótula de enlace a través del puente de San Sebastián, y con una pasarela peatonal en acero corten que salva las vías del ferrocarril, resuelta con piso de madera y barandillas semejantes a las de un pantalán (Santos, 2010).

Leída en clave política, esta secuencia revela su verdadero alcance. La crítica reprocha con frecuencia a los edificios de Niemeyer un comportamiento escultórico, ajeno a su entorno; Philippou (2013b) responde que muchas de sus obras constituyen apropiaciones efectivas del territorio urbano y fomentan un uso democrático de la ciudad. En Avilés esa vocación encuentra terreno propicio —es, de hecho, el nivel en el que el proyecto negocia con mayor claridad las condiciones del lugar—, pero conviene no sobreinterpretar el logro: su éxito relativo depende de redes de actores locales y de inversiones sostenidas que exceden largamente al objeto arquitectónico (Benito del Pozo, 2016; Prada-Trigo, 2014). El Centro Niemeyer no produjo la regeneración de Avilés; la representa, la anuncia y, en el mejor de los casos, la cataliza.

Centro Niemeyer tecnne Isla de la innovación

Programa, recorrido y organización espacial del conjunto

El segundo nivel, la adaptación arquitectónica, comprende aquí la relación entre programa, forma y recorrido. El conjunto se concibió como un equipamiento cultural de proyección internacional organizado en cinco piezas: una plaza abierta que vincula la isla con la ciudad, un auditorio para mil espectadores, un recinto de exposiciones de cuatro mil metros cuadrados, un edificio polivalente y una torre mirador. Niemeyer resuelve la heterogeneidad del programa renunciando al edificio único y dispersando los volúmenes sobre un plano común, donde la plaza —no la construcción— asume el papel de elemento integrador: el espacio libre deja de ser residuo para convertirse en el contenedor que da sentido al conjunto (Philippou, 2013b).

El proyecto nació, como casi toda su obra, de un dibujo trazado con rotulador negro sobre papel blanco: en Niemeyer el dibujo no ilustra una idea previa, la produce. El arquitecto describía su oficio con una frase deliberadamente sencilla —diseñar edificios—, aunque esa modestia convivía con una conciencia aguda del valor del texto; según recogió Salvaing (2001), muchos de sus planos se aprobaron gracias a los escritos que los acompañaban, más que a los dibujos mismos. De ahí una cualidad del conjunto construido: conserva la frescura del trazo originario incluso resuelto en hormigón.

De las cuatro piezas que rodean la plaza, dos anticipan el argumento central. El museo emerge como un montículo de dos bóvedas superpuestas que, al repetir la forma cerrada de planta central característica del arquitecto, se despoja de cualquier referencia funcional legible desde el exterior: una figura pura, ejemplo directo de la autonomía frente al programa descrita en el capítulo anterior. El auditorio, en cambio, abre su escena hacia la plaza e incorpora el espacio público al dispositivo escénico. Entre ambos, la torre mirador condensa la rotación en torno a un eje y el voladizo ya ensayados en el Museo de Niterói.

Estas piezas pertenecen a una genealogía que Segre, R., y Barki, J.  (2011) reconstruyen a partir del diálogo persistente, en toda la obra de Niemeyer, entre las cáscaras ligeras y la forma cerrada de planta central —de la Oca de Ibirapuera a la Catedral de Brasilia y el Museo de Niterói—. La complejidad estructural necesaria para sostener formas icónicas simples revela, en Avilés como en esos otros casos, un repertorio técnico consolidado, no la improvisación.

La disposición de los volúmenes concreta una plaza que no se comprende desde un punto de vista fijo, sino en el desplazamiento: el espacio total o cuatridimensional que Bullaro (2017) reconoce como la tercera familia espacial de Niemeyer, frente a las organizadas por extrusión de una planta o una sección. Desde el casco histórico, el visitante atraviesa la pasarela de acero corten, cruza el puente de San Sebastián y accede a un conjunto que parecía cerrado y se abre con el movimiento, con la torre como referencia vertical entre el museo y el auditorio. La propia pasarela, sin embargo, introduce una tensión: su figura voluminosa traza un límite virtual entre el edificio polivalente y la plaza, y compromete el carácter unitario del vacío que la obra proclama como principio organizador. La calidad del conjunto, en cualquier caso, no reside solo en la plasticidad de sus formas sino en su capacidad de convocar el uso cotidiano: la plaza cumple su función cuando es recorrida y habitada.

Centro Niemeyer tecnne..

La internacionalización del lenguaje arquitectónico de Niemeyer

¿Es Avilés un episodio aislado o parte de una estrategia más amplia de internacionalización? La evidencia apunta en una dirección clara. Desde 1964, cuando el golpe militar lo llevó al exilio, Niemeyer desarrolló una intensa obra fuera de Brasil que permite observar, con una base empírica más amplia que la de un único edificio, cómo se comportó su vocabulario al cruzar fronteras. La sede del Partido Comunista Francés en París (1965–1980) inserta una cúpula acristalada en la trama compacta de un barrio parisino sin ceder a su geometría; la Maison de la Culture de Le Havre —conocida como Le Volcan, 1972–1982— despliega formas blancas de perfil volcánico en una ciudad reconstruida tras la guerra y sometida, como Avilés, a un clima atlántico húmedo; la sede de Mondadori, cerca de Milán, traduce el repertorio de arcos parabólicos a la llanura lombarda; y la Universidad de Constantina, en Argelia, despliega formas curvas sobre un altiplano ajeno a la bahía de Guanabara.

Esta base permite responder a la pregunta que un lector especializado formularía con razón: ¿por qué el Centro Niemeyer estaría menos adaptado a su lugar que Pampulha, Niterói o Brasilia? Dentro de la propia obra del arquitecto conviven dos relaciones distintas con el emplazamiento. Pampulha responde a un encargo específico junto a un lago recién construido en Belo Horizonte, y sus curvas dialogan con el perímetro del agua y una vegetación tropical que el propio proyecto pone en escena: ahí el lenguaje nace con el paisaje. El Museo de Niterói, en un promontorio sobre la bahía de Guanabara, dramatiza con su forma de platillo invertido la vista hacia el mar: el sitio no determina la forma, pero la forma se pone al servicio de una vista que le pertenece. Brasilia, en cambio, no dialoga con un paisaje previo sino con una llanura vacía sobre la que la arquitectura funda un horizonte nuevo.

Las obras europeas revelan una relación más cercana a la de Avilés: en París, Le Havre, Milán y Constantina, el vocabulario se instala sobre lugares densamente cargados de historia y clima propios, y permanece sustancialmente ajeno a esas condiciones. Avilés pertenece a esta segunda familia, no a la de Pampulha o Niterói —no porque el arquitecto haya descuidado el encargo, sino porque esa parece ser la manera en que su lenguaje se comporta cuando abandona el paisaje que lo originó—. La comparación afina, más que debilita, la tesis: Niemeyer no fue indiferente al lugar en general; tendió, dentro y fuera de Brasil, a priorizar la autonomía formal sobre una adaptación climática y material específica del lugar, incluso cuando —como en Avilés— el proyecto respondía con precisión a la escala urbana y programática del encargo. Estas comparaciones son una interpretación de este ensayo, apoyada en información documentada, no un estudio exhaustivo de cada obra.

Oscar Niemeyer, Centro Niemeyer Aviles vista de conjunto

Materialidad, clima y transformación fenomenológica de la obra

La materialidad del conjunto obedece a una lógica de unidad. El hormigón armado permite que la estructura se integre a la forma sin fragmentarse en soporte y envolvente: las cáscaras curvas son, a la vez, cubierta y estructura. El blanco que las reviste suprime los matices del material y favorece la lectura abstracta de la geometría; Philippou (2013a) sitúa esa elección en la voluntad del arquitecto de desafiar el predominio de los muros puros y los ángulos rectos que asociaba a una tradición ética europea, aunque en Avilés ese mismo blanco, paradójicamente moderno, se ponga al servicio de una plasticidad opuesta a la ortogonalidad.

Los dos niveles que restan por examinar —el material y climático, y el fenomenológico— sostienen la segunda tesis de este ensayo. Hasta aquí la discusión ha seguido la dirección habitual de la crítica arquitectónica: cómo transforma un edificio el lugar que ocupa. Cabe, sin embargo, preguntar lo contrario: ¿cómo termina el lugar modificando, lenta e involuntariamente, una arquitectura concebida desde la autonomía formal? La respuesta no está en el plano ni en el discurso del arquitecto, sino en tres agentes silenciosos que ningún proyecto excluye por completo de su porvenir material: la humedad, la luz y la pátina. David Leatherbarrow (2004) sostiene, en Topographical Stories, que el lugar nunca es un dato fijo que el proyecto simplemente interpreta antes de construirse, sino una construcción temporal que continúa produciéndose después, en el intercambio sostenido entre el edificio y su topografía; ese marco ordena lo que sigue.

El hormigón blanco del Centro Niemeyer se enfrenta en Avilés a una humedad atlántica constante y menos cíclica, que favorece condiciones más propicias para la aparición de colonización biológica superficial de musgos y líquenes, distinta de la que el mismo material desarrollaría en Río de Janeiro. Algo semejante ocurre con la luz: superficies concebidas dentro de un lenguaje desarrollado bajo la intensa luz tropical devuelven aquí una luz difusa y oblicua, propia de las latitudes atlánticas, que modela las cáscaras de otro modo y les da una cualidad más serena que la que habrían tenido bajo el sol carioca. Esta lectura dialoga con Norberg-Schulz (1980), para quien la arquitectura cobra sentido pleno cuando concreta el carácter atmosférico de un lugar; es, conviene aclararlo, una interpretación propia y no un estudio lumínico verificado.

La pátina acumula ambos efectos y es, en sentido estricto, la única parte de la obra que el lugar controla enteramente: mientras la geometría y el programa se decidieron antes de conocer Asturias, el modo en que la superficie envejece depende por completo del clima local. Es la única forma de adaptación —material, climática y, en última instancia, fenomenológica— que el Centro Niemeyer no pudo evitar: no la que el proyecto decidió, sino la que el clima le impone contra su propia voluntad de permanencia.

Evaluación comparada de los niveles de adaptación

Reunidos, los cuatro niveles descritos en el umbral trazan un mapa desigual. Urbanísticamente, el Centro Niemeyer negocia con precisión el problema de Avilés: reconoce la barrera industrial, se implanta en el punto exacto donde puede repararse y organiza el programa en torno a una plaza que responde a una necesidad local de encuentro. Arquitectónicamente, la negociación es más limitada: el programa se aloja en una forma ya constituida, no derivada del sitio. Material y climáticamente, la adaptación no fue una decisión del proyecto sino un efecto involuntario del tiempo. Fenomenológicamente, por último, el edificio produce una atmósfera —la luz difusa, el blanco atemperado— que ni buscó ni pudo anticipar del todo. No es, entonces, una arquitectura indiferente al lugar sin matices, sino una arquitectura que prioriza claramente un nivel de adaptación, el urbano, sobre los otros tres.

Un primer contrapunto teórico ayuda a calibrar esa jerarquía. El regionalismo crítico asimila elementos de una tradición universal sin renunciar a las particularidades táctiles y climáticas de un lugar; medido con ese criterio, el Centro Niemeyer es más bien su reverso, un ejercicio de universalismo autoral que subordina la especificidad del sitio —salvo en su dimensión urbana— a la coherencia de una trayectoria personal (Frampton, 1983).

Un segundo contrapunto describe lo que había antes del proyecto. Los espacios que la industria abandona en las ciudades contemporáneas, indeterminados y sin una identidad formal impuesta desde fuera, reciben de Ignasi de Solà-Morales el nombre de terrain vague (Solà-Morales, 1995); el margen derecho de la ría fue uno de ellos, y el Centro Niemeyer clausura esa condición ambigua con una respuesta formal enfática, legítima pero distinta de una lectura del lugar en su especificidad.

Un tercer contrapunto atiende a la dimensión social. Ningún diseño es neutral respecto de las relaciones de poder que organiza, y la plaza, más que un vacío generoso, es una decisión política sobre quién puede ocupar el frente fluvial (Lefebvre, 1974/1991). Leída junto a esa idea, la afirmación de Philippou (2013b) sobre el uso democrático de la ciudad resulta más exigente: la democracia del espacio no se garantiza con la apertura formal de una plaza, sino que se verifica, o se desmiente, en su uso sostenido. Estas tensiones derivan de un mismo rasgo constitutivo: al estructurar su obra mediante figuras que obedecen a la soltura del trazo, Niemeyer subordina la correspondencia entre forma y función a la coherencia de su repertorio, y queda parcialmente condicionado por sus propias convenciones. Esto no invalida el proyecto: la crítica más fértil no busca un veredicto, sino mostrar que las contradicciones de una obra significativa son indisociables de su ambición.

Centro Niemeyer tecnne el proyecto

Conclusiones: autonomía arquitectónica y permanencia del lugar

El Centro Cultural Internacional Oscar Niemeyer sostiene, se ha argumentado, dos historias que conviene no fundir en una síntesis fácil.

La primera es la de un lenguaje arquitectónico de notable coherencia interna, exportado con notable consistencia a Francia, Italia, Argelia y, finalmente, a Asturias, que en Avilés resuelve con precisión el problema urbano para el que fue concebido, sin intentar reformular con la misma intensidad sus principios arquitectónicos, materiales o climáticos. La segunda, menos visible pero igual de decisiva, es la del propio lugar: la humedad, la luz y la pátina que, sin que el proyecto lo decidiera, empiezan a inscribirse en una forma pensada para permanecer idéntica a sí misma. Ninguna de las dos agota a la otra.

La dimensión social del proyecto se juega en la apropiación de la plaza —el punto donde la autonomía formal y la producción social del espacio se tocan sin resolverse—: la calidad del conjunto se mide en el uso cotidiano de su vacío central, no en la fotografía de sus cáscaras blancas. Esa lección sobre el papel del equipamiento cultural en la regeneración de los territorios postindustriales exige, sin embargo, cautela: el peso de las redes de actores locales y de las inversiones sostenidas en infraestructura es, al menos, tan determinante como la presencia de un edificio icónico (Prada-Trigo, 2014). La arquitectura icónica puede activar, acelerar y simbolizar una regeneración; no puede, por sí sola, garantizarla.

Quedan, finalmente, dos preguntas que este ensayo no cierra sino que traslada a un plano disciplinar más amplio. La primera, formulada desde el umbral: ¿puede una arquitectura profundamente autónoma responder al lugar que ocupa, o solo puede ocuparlo? La segunda, que la envuelve: ¿hasta qué punto un lenguaje arquitectónico puede viajar entre geografías sin dejar de ser él mismo? El caso de Avilés no ofrece una respuesta cerrada a ninguna de las dos, pero sugiere que cuanto más coherente es un lenguaje consigo mismo, mayor es la pregunta sobre su capacidad de dejarse transformar por el lugar que lo recibe —una pregunta que el Centro Niemeyer sigue formulando cada vez que llueve sobre sus cáscaras blancas.

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Marcelo Gardinetti
Marcelo Gardinetti

Arquitecto, editor y director de Tecnne desde 2011.
Investigador en teoría y crítica de la arquitectura moderna y contemporánea.
La Plata, Argentina.
ORCID: https://orcid.org/0000-0002-6679-7951

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