La hibridación entre bloque y torre como procedimiento proyectual
Gardinetti, Marcelo
Arquitecto, Editor de Tecnne · La Plata, Argentina
Tecnne · Año 2020, n.º 4
Resumen
El edificio West 57, proyectado por Bjarke Ingels Group en Manhattan, permite analizar una transformación contemporánea del concepto de tipo arquitectónico mediante operaciones diagramáticas. La propuesta combina la lógica del bloque perimetral europeo, organizado alrededor de un patio, con la torre sobre podio característica de Manhattan, configurando el denominado Courtscraper. El análisis sostiene que BIG no inventa una tipología completamente nueva, sino que descompone estructuras existentes y las recombina mediante un proceso capaz de integrar condicionantes urbanos, ambientales y programáticos. El diagrama adquiere así funciones simultáneas de análisis, proyecto, argumentación, comunicación y autoría. La inclinación del volumen, la configuración del patio, la variación de la sección y la disposición de los balcones traducen esas operaciones abstractas en condiciones espaciales concretas. El estudio incorpora además la experiencia residencial como instancia crítica capaz de revelar tensiones entre singularidad formal, estandarización constructiva, espacio colectivo e imagen arquitectónica. West 57 se presenta finalmente como una matriz metodológica transferible para estudiar la relación entre tipo, operación, experiencia, imagen y comunicación.
Palabras clave: BIG West 57, Courtscraper, tipología arquitectónica, arquitectura diagramática, Bjarke Ingels.
West 57 y la transformación contemporánea del tipo
El edificio West 57, proyectado por Bjarke Ingels Group (BIG) en Manhattan, surge de la convergencia de dos tradiciones residenciales distantes en el tiempo y la geografía: el bloque perimetral europeo, organizado alrededor de un patio, y la torre sobre podio característica de Manhattan. BIG denomina Courtscraper a esta combinación, término que sintetiza la operación central del proyecto: no se trata de yuxtaponer dos volúmenes, sino de integrar dos lógicas organizativas en una configuración que adquiere autonomía respecto de sus modelos de origen.
Esta operación permite trasladar el análisis de West 57 hacia una cuestión más amplia: ¿en qué consiste la contemporaneidad del tipo arquitectónico? El caso permite plantear que, en determinadas prácticas proyectuales contemporáneas, el tipo deja de operar únicamente como una estructura formal heredada y pasa a entenderse como un repertorio de relaciones que puede descomponerse, combinarse y transformarse mediante procedimientos diagramáticos. En BIG, esta condición articula organización espacial, configuración formal y representación del proyecto, de manera que tipo, diagrama, experiencia e imagen participan de un mismo proceso proyectual.
Desde esta perspectiva, la especificidad de West 57 no radica en la formulación de una tipología completamente nueva, sino en la transformación operativa de tipos existentes mediante un sistema diagramático capaz de traducir condicionantes urbanas, ambientales y programáticas en operaciones morfológicas. El diagrama interviene así en distintas escalas del proyecto: organiza relaciones espaciales, orienta la configuración volumétrica y proporciona un marco para explicar las decisiones adoptadas. La eficacia de esta operación depende, por tanto, tanto de su desempeño espacial como de la construcción de una forma arquitectónica legible y reconocible.
Esta lectura plantea una segunda cuestión, desarrollada posteriormente en el apartado dedicado a la experiencia residencial: ¿hasta qué punto una lógica formal articulada diagramáticamente, y explicada mediante una secuencia de decisiones racionales, produce una experiencia espacial coherente con esa organización? Tipo, diagrama, transformación morfológica, experiencia espacial, imagen y comunicación no constituyen aquí etapas independientes, sino dimensiones relacionadas de un mismo proceso proyectual. Sin embargo, su articulación también puede generar tensiones entre la lógica que estructura el edificio, la experiencia de sus espacios y la imagen mediante la cual el proyecto se comunica. El interés de West 57 reside precisamente en esa relación: el edificio permite observar cómo la transformación de referentes tipológicos puede extenderse simultáneamente a la organización espacial, la forma, la experiencia y la representación arquitectónica.

El tipo arquitectónico como repertorio de operaciones
En West 57, el tipo no desaparece, pero modifica su estatuto dentro del proceso proyectual. Ya no funciona principalmente como una estructura de continuidad disciplinar, es decir, como aquello que un edificio hereda de una serie histórica y adapta a nuevas circunstancias, sino como un repertorio de relaciones susceptible de reorganización mediante el diagrama. BIG no reproduce formalmente el bloque europeo ni la torre neoyorquina. Extrae de cada uno determinadas relaciones espaciales —el patio colectivo en el primer caso y la articulación entre torre y podio en el segundo— y las somete a un proceso común de transformación. La operación desplaza así la discusión tipológica desde la permanencia de una configuración hacia las posibilidades de descomposición y recomposición de sus relaciones constitutivas.
Esta interpretación encuentra un antecedente relevante en la discusión disciplinar sobre el concepto de tipo. Rafael Moneo entiende el tipo no como un estilo ni como una configuración de fachada, sino como una estructura organizativa compartida por un conjunto de edificios, vinculada a formas de ocupación, relaciones entre espacio público y privado y condicionantes técnicas o climáticas del emplazamiento (Moneo 1978). Esta definición permite comprender parte de la operación desarrollada en West 57, aunque no agota su alcance: mientras Moneo enfatiza la condición estructural del tipo y su continuidad dentro de una serie arquitectónica, el procedimiento de BIG incorpora de manera explícita su descomposición y recomposición como parte del proyecto, con el diagrama como instrumento intermedio.
Aldo Rossi sitúa el tipo en un plano todavía más abstracto al considerarlo la idea misma de la arquitectura, aquello que permanece constante frente a la diversidad de sus manifestaciones formales concretas (Rossi 1982). Anthony Vidler, por su parte, distingue dos concepciones tipológicas anteriores a la que denomina «tercera tipología»: una vinculada con la razón ilustrada y otra con el proceso productivo industrial. Frente a ambas, plantea una recuperación de la ciudad histórica como repertorio de referencias, sin que ello implique una restitución nostálgica de sus formas (Vidler 1976). Alan Colquhoun había defendido, desde el racionalismo británico, la vigencia del método tipológico como alternativa tanto al funcionalismo estricto como al empirismo intuitivo. Para el autor, el tipo permite al proyectista operar a partir de un repertorio culturalmente sedimentado en lugar de resolver cada problema como una situación completamente nueva (Colquhoun 1981). En una línea próxima, Carlos Martí Arís sostiene que la identidad de un proyecto se construye a través de las variaciones introducidas sobre un tipo compartido, antes que mediante la producción de una forma desvinculada de antecedentes disciplinares (Martí Arís 1993).
West 57 puede situarse en continuidad con estas formulaciones, aunque introduce un desplazamiento en el modo de operar sobre el tipo. Ninguno de los autores mencionados concibe la tipología como una estructura rígida e inmutable: Rossi la sitúa en un plano de permanencia conceptual y Vidler subraya su reinterpretación crítica. La particularidad del procedimiento de BIG reside en hacer explícita la descomposición de los referentes tipológicos y su posterior recombinación mediante relaciones diagramáticas. El tipo deja así de presentarse únicamente como una estructura que se transmite y adapta para convertirse también en materia de operaciones proyectuales.
En West 57, ese repertorio está constituido por dos referentes claramente identificables: el bloque perimetral centroeuropeo y la torre sobre podio manhattanita. Ingels los presenta de manera declarativa en la explicación del proyecto y los articula mediante una transformación geométrica que modifica sus relaciones originales. El diagrama funciona entonces como instancia intermedia entre referencia tipológica y configuración arquitectónica: identifica determinadas relaciones, las somete a operaciones de desplazamiento y transformación, y produce una nueva organización volumétrica. La cuestión central no reside, por tanto, en la coexistencia de dos tipos dentro de un mismo edificio, sino en la conversión de sus propiedades organizativas en operaciones capaces de generar una configuración arquitectónica específica.


El diagrama como mecanismo de transformación morfológica
En West 57, el diagrama no constituye una representación posterior del proyecto, sino un mecanismo de transformación morfológica que interviene simultáneamente en su organización, justificación y comunicación. Carmen Escoda Pastor señala que, en el proceso proyectual de BIG, los diagramas registran decisiones asociadas con influencias no lineales —flujos de tráfico, variaciones climáticas, orientación solar, asentamientos preexistentes y referencias simbólicas del lugar— que no se establecen de manera previa y definitiva, sino que se incorporan al proyecto como resultado de la interacción entre fuerzas dinámicas (Escoda Pastor 2012). La documentación producida por el estudio confirma esta condición operativa: West 57 se explica mediante una secuencia de transformaciones relacionadas con el sitio, la configuración del patio, la densificación del volumen y la preservación de determinadas vistas. Cada diagrama corresponde así a una modificación formal específica.
Para comprender el papel que adquiere este procedimiento conviene distinguir sus distintas funciones. El diagrama opera, en primer lugar, como instrumento de análisis, al identificar condicionantes urbanas, ambientales y programáticas. A partir de esa información interviene como instrumento proyectual, al convertir relaciones abstractas en operaciones geométricas y espaciales. Al mismo tiempo, funciona como argumento, porque establece una cadena causal entre las condiciones iniciales y la configuración resultante; como medio de comunicación, porque hace visible esa cadena mediante representaciones de lectura inmediata; y, finalmente, como mecanismo de autoría, porque vincula el procedimiento con una forma reconocible de producir y explicar arquitectura.
Las dos primeras funciones corresponden a lo que Stan Allen identifica como el valor propiamente proyectual del diagrama: su capacidad para describir relaciones potenciales entre elementos, antes que representar una realidad ya constituida. El diagrama funciona así como un mapa de posibilidades y no como una imagen de lo existente (Allen 1998). Peter Eisenman amplía esta condición al entender el diagrama como una forma de escritura capaz de producir relaciones y, simultáneamente, de legitimar la forma que resulta de ellas (Eisenman 1999). En West 57, ambas dimensiones convergen: las condiciones del emplazamiento ingresan al proceso como información y adquieren una configuración arquitectónica mediante una cadena de transformaciones geométricas.
Las funciones comunicativa y autoral introducen otra dimensión. Robert Somol ha señalado que el esquema adquiere progresivamente un papel central como vehículo de comunicación disciplinar frente a los sistemas tradicionales de representación arquitectónica (Somol 1999). En BIG, esta condición alcanza una particular intensidad porque el diagrama no solo explica una solución, sino que contribuye a construir su identidad discursiva. El procedimiento mediante el cual el estudio presenta la arquitectura adquiere tanta relevancia como el repertorio formal que permite reconocer sus edificios. Kristoffer Roxbergh observa que esta forma de comunicación se apoya en análisis fácilmente comprensibles, capaces de transmitir la impresión de que una propuesta constituye la consecuencia racional de una serie de condiciones objetivas, aunque la relación entre decisión formal y explicación diagramática también implique una construcción retrospectiva del argumento (Roxbergh 2015).
Esta condición diferencia el procedimiento de BIG de otras aproximaciones diagramáticas desarrolladas en la arquitectura contemporánea. Vidler identifica, por ejemplo, una tradición en la que el diagrama mantiene un mayor grado de indeterminación y describe relaciones sin establecer necesariamente una configuración formal única, como ocurre en determinadas investigaciones asociadas con Herzog & de Meuron o SANAA (Vidler 2000). En BIG, en cambio, la secuencia diagramática tiende a conducir hacia una forma arquitectónica precisa y, al mismo tiempo, a producir una explicación accesible de su origen. El diagrama adquiere así una doble condición: organiza la transformación morfológica y construye el relato mediante el cual esa transformación puede ser comprendida.
Las funciones de análisis, proyecto, argumento, comunicación y autoría, por tanto, no constituyen etapas sucesivas. Se superponen dentro de un mismo procedimiento. El diagrama introduce información sobre el sitio y el programa, la traduce en operaciones formales, permite explicar esas operaciones y las incorpora a una representación reconocible del proyecto. Su eficacia depende precisamente de esa continuidad entre producción y representación: la forma arquitectónica se transforma mientras se construye también el discurso que la explica.

West 57: construcción de una organización tipológica híbrida
En West 57, este procedimiento puede reconstruirse a partir de la configuración de la parcela y de las relaciones que el proyecto establece entre volumen, patio, orientación y vistas. La edificación ocupa los bordes del terreno y define un espacio interior de escala considerable para el tejido denso de Manhattan. Esta disposición recupera una condición característica del bloque perimetral europeo, pero la modifica mediante una volumetría que incorpora la lógica vertical de la torre residencial neoyorquina.
La transformación comienza en el extremo sur del conjunto, donde el volumen mantiene una altura menor. Esta reducción favorece la incidencia solar sobre las unidades residenciales y sobre el patio interior, mientras libera determinadas visuales hacia el entorno. A partir de ese punto, la masa edificada asciende mediante una inclinación continua hacia el norte hasta alcanzar su mayor altura. La geometría resultante modifica simultáneamente la sección del edificio, la exposición solar de las fachadas y la relación entre el patio y el espacio urbano circundante.
El Courtscraper que resulta de esta operación no constituye, por tanto, una síntesis abstracta entre bloque y torre. Su configuración procede de una serie de transformaciones concretas en las que una organización tipológica inicial se modifica mediante operaciones geométricas vinculadas con condiciones ambientales, urbanas y programáticas. El interés del proyecto reside precisamente en que esas operaciones pueden reconstruirse como una secuencia, pero también reconocerse en la forma construida. Los dos apartados siguientes examinan esa secuencia a partir de la transformación del tipo y de sus consecuencias sobre la experiencia espacial.
De la parcela a la envolvente: operaciones de transformación
La relación entre parcela, sección y fachada puede reconstruirse como una sucesión ordenada de operaciones. El perímetro casi completo que ocupa el edificio sobre la manzana permite reservar el interior para un patio colectivo, recuperando una condición propia del bloque europeo. Esta disposición introduce, a su vez, una restricción sobre la sección: para favorecer la incidencia solar sobre el patio y las unidades, el volumen desciende en el punto donde la trayectoria solar presenta una menor altura aparente y aumenta allí donde la obstrucción resulta menos significativa. La inclinación puede interpretarse así como una respuesta morfológica asociada a las condiciones de asoleamiento del patio y del entorno inmediato, aunque la documentación disponible no permite determinar hasta qué punto esta variable, por sí sola, establece el perfil definitivo del edificio.
Aplicada a un perímetro casi completo, esta transformación produce una sección variable a lo largo del conjunto. La variación se traslada a la envolvente mediante balcones cerrados asociados a las unidades residenciales, que articulan iluminación, vistas y protección frente a las condiciones climáticas de Nueva York. La fachada deja así de constituir un plano homogéneo: su configuración deriva de las diferencias de sección y de orientación producidas por la geometría general del volumen.
Esta condición modifica también la percepción del edificio según la posición del observador. Desde el río, la silueta inclinada adquiere una presencia compacta y escalonada entre las torres del entorno, aproximándose visualmente a la condición horizontal del bloque perimetral. Desde el norte de Manhattan, en cambio, la construcción puede leerse en continuidad con el perfil vertical de las torres residenciales circundantes. La dualidad perceptiva corresponde a la propia organización tipológica del proyecto: la dimensión horizontal del bloque se reconoce en el patio y en la continuidad de la masa edificada, mientras que la dimensión vertical de la torre aparece en el desarrollo ascendente de la sección.
La disposición de las viviendas refuerza esta condición híbrida. Una parte significativa de las unidades se orienta hacia el patio, estableciendo relaciones visuales cruzadas entre las distintas fachadas interiores y configurando un espacio colectivo contenido. Las fachadas exteriores incorporan, por su parte, balcones cerrados vinculados a las unidades, que establecen una mediación entre interior y exterior. En los niveles superiores, la cubierta inclinada incorpora balcones de expansión cuya relación con el entorno varía según la altura y el ángulo de observación. La envolvente produce así una condición perceptiva variable: cada posición dentro del edificio establece una relación ligeramente distinta con el cielo, el río y el tejido urbano circundante.
Experiencia residencial y límites de la lógica diagramática
La reconstrucción de la operación formal no agota el análisis de West 57, porque las decisiones que organizan su volumen y su sección también determinan las condiciones concretas de habitarlo. El patio interior concentra buena parte de las relaciones visuales de las viviendas orientadas hacia él y adquiere, por ello, una función espacial que excede su condición de vacío central. Desde esas unidades, la experiencia se aproxima a la de un bloque perimetral europeo: el espacio doméstico mantiene una relación visual con otras viviendas y con un ámbito colectivo interior, cuya escala está definida por el propio perímetro construido. Esta condición difiere de la experiencia habitual de una torre residencial aislada, en la que la vivienda establece su relación principal con la calle, el paisaje urbano o el horizonte y carece, por lo general, de un espacio colectivo interior de dimensiones comparables.
La sección inclinada introduce una segunda fuente de diferenciación. En los niveles superiores, los balcones incorporados a la cubierta establecen relaciones distintas entre interior, exterior y paisaje según su posición vertical. La profundidad de estos espacios, el ángulo de la envolvente y la orientación modifican gradualmente las condiciones de vista y exposición. La repetición de unidades sobre una misma estructura residencial adquiere así variaciones espaciales que no estarían presentes en una torre ortogonal de sección constante.
Esta diferenciación tiene consecuencias sobre el proceso constructivo. Una envolvente inclinada y una sección variable requieren resolver encuentros, cerramientos y unidades residenciales con un grado de adaptación superior al de una torre basada en la repetición estricta de una planta tipo. La singularización espacial que produce la geometría, por tanto, se relaciona con una mayor complejidad en la coordinación entre estructura, envolvente y distribución interior. También puede plantearse una dimensión económica de esta diferenciación: las variaciones de orientación, altura y relación con las vistas podrían incidir en la valoración relativa de las unidades. Esta última relación, sin embargo, constituye una hipótesis derivada de las características arquitectónicas del edificio y requeriría información inmobiliaria específica para ser comprobada.
La cuestión central aparece cuando el proyecto deja de observarse como una secuencia de diagramas y comienza a experimentarse como espacio construido. Josep Maria Montaner ha cuestionado las aproximaciones a la arquitectura excesivamente dependientes de la abstracción diagramática y ha situado la experiencia y la acción como dimensiones necesarias para completar su análisis (Montaner 2014). Esta perspectiva resulta especialmente pertinente en West 57 porque permite distinguir entre la inteligibilidad del procedimiento y sus efectos espaciales concretos.
El diagrama explica con claridad determinadas relaciones: la posición del patio, la transformación de la sección o la inclinación del volumen pueden reconstruirse mediante una cadena relativamente precisa de decisiones. Sin embargo, esa explicación no describe por completo la experiencia cotidiana de atravesar el patio, habitar una vivienda orientada hacia él o utilizar un balcón cuya relación con el horizonte cambia progresivamente con la altura. La experiencia residencial introduce variables que no aparecen completamente contenidas en la representación diagramática.
En este sentido, el edificio permite observar una diferencia entre la lógica de producción de la forma y la lógica de su apropiación. La primera organiza relaciones mediante operaciones identificables; la segunda incorpora percepción, uso, privacidad, exposición y variación espacial. Entre ambas aparecen determinadas tensiones: la singularidad geométrica frente a la repetición constructiva, la apertura visual frente a la privacidad doméstica y el carácter colectivo del patio frente a la condición privada de las unidades. Estas relaciones no invalidan la lógica diagramática, pero muestran sus límites como explicación total de la arquitectura. El interés del caso reside precisamente en esa distancia entre una forma que puede ser explicada como sistema de operaciones y una arquitectura que adquiere significado a través de su uso cotidiano.




Forma, percepción urbana e imagen arquitectónica
La atención al entorno inmediato —asoleamiento, configuración del patio, relación con el río Hudson y proximidad de las edificaciones vecinas— vincula la forma de West 57 con condiciones concretas del emplazamiento. El edificio no desarrolla una configuración completamente autónoma respecto de su contexto: desde el norte, su perfil mantiene una relación relativamente continua con las torres residenciales de Manhattan, mientras que desde el río se hace más evidente la inclinación de la masa y, con ella, la condición híbrida del proyecto. La doble pertenencia al bloque con patio y a la torre manhattanita permite así una inserción urbana ambivalente. West 57 participa del perfil vertical de la ciudad y, al mismo tiempo, introduce una silueta diferenciada que puede reconocerse entre las construcciones circundantes.
Esta condición permite precisar la relación entre procedimiento racional e imagen arquitectónica. Más que constituir términos opuestos, ambos forman parte de un mismo proceso. El diagrama establece una relación causal entre las condiciones del sitio y las operaciones que transforman el volumen; la imagen condensa esas operaciones en una configuración perceptivamente identificable. La forma resultante adquiere así una doble condición: puede reconstruirse como consecuencia de una serie de decisiones y, simultáneamente, reconocerse como una figura unitaria. La eficacia comunicativa del proyecto depende de esa correspondencia. Una secuencia diagramática que no pudiera sintetizarse en una configuración legible perdería parte de su capacidad de comunicación; una forma reconocible cuya relación con las condiciones del proyecto no pudiera explicarse mediante un procedimiento coherente quedaría desvinculada del argumento que sustenta su producción.
Autoría, comunicación y dimensión comercial de la arquitectura
Josep Maria Montaner sitúa la obra de Bjarke Ingels dentro de lo que denomina nuevo pragmatismo, una corriente que aborda los hechos arquitectónicos desde una posición menos vinculada con las categorías normativas del Movimiento Moderno y con las convenciones estilísticas de la posmodernidad. Al mismo tiempo, identifica en BIG una continuidad con determinadas operaciones desarrolladas por Rem Koolhaas, especialmente en el uso de la imagen y del signo como instrumentos de construcción arquitectónica (Montaner 2015). Esta filiación posee una dimensión tanto biográfica como disciplinar: Ingels trabajó en OMA antes de fundar BIG y desarrolló posteriormente una práctica que conserva la atención koolhaasiana hacia la densidad, la congestión y la capacidad del rascacielos para producir nuevas relaciones entre programa y forma.
En Delirious New York, Koolhaas interpreta el rascacielos manhattanita a partir de la separación entre organización programática y envolvente, cuya unidad exterior permite contener una multiplicidad de actividades en el interior del edificio (Koolhaas 1978). West 57 retoma esta tradición de transformación tipológica asociada con la densidad urbana, pero introduce una organización espacial de origen diferente. El bloque perimetral europeo aporta el patio y la continuidad de la masa edificada; la torre neoyorquina aporta la concentración vertical y la relación con el perfil urbano. La operación de BIG consiste en articular ambas tradiciones mediante una transformación geométrica que conserva elementos identificables de cada una y los integra en una configuración única.
La dimensión comunicacional adquiere relevancia en este proceso. Sylvia Lavin ha analizado la arquitectura contemporánea como parte de una cultura visual en la que los edificios circulan también como imágenes y objetos de difusión, sometidos a condiciones de visibilidad que exceden los mecanismos tradicionales de valoración disciplinar (Lavin 2011). West 57 participa claramente de esta condición: la secuencia de diagramas, las imágenes del proceso y las fotografías de su perfil inclinado permiten que el proyecto circule como representación incluso antes de que su experiencia espacial pueda ser conocida directamente. La arquitectura construida y sus representaciones forman, en este sentido, parte de un mismo régimen de comunicación.
Esta dimensión no permite, por sí sola, atribuir al estudio una finalidad comercial específica. Resulta más preciso señalar que la capacidad de una forma para ser reconocida y comunicada interviene en la construcción contemporánea del proyecto y en las condiciones de su recepción. En West 57, la geometría inclinada posee una eficacia doble: responde a determinadas condiciones espaciales y ambientales, y produce una figura que puede ser identificada con facilidad en fotografías, diagramas y vistas urbanas. La condición icónica no aparece, por tanto, como un atributo añadido después de resolver el edificio, sino como una propiedad estrechamente relacionada con la forma en que el proyecto organiza y comunica sus decisiones.
El patio colectivo introduce en este sistema una dimensión diferente. Su configuración establece un espacio intermedio entre las viviendas y el exterior urbano, recuperando una condición característica de la vivienda perimetral europea que resulta menos habitual en las torres residenciales aisladas de Manhattan. Sin embargo, el carácter colectivo del espacio está condicionado por su pertenencia a un conjunto residencial privado. Su función no puede equipararse, por tanto, a la de una plaza o espacio público urbano: constituye un ámbito compartido por los residentes y organizado principalmente en función de las condiciones ambientales, visuales y espaciales del conjunto.
Esta condición introduce una tensión entre dos escalas de valor. En términos arquitectónicos, el patio organiza la masa, regula las relaciones visuales y contribuye al comportamiento ambiental del edificio. En términos urbanos, su capacidad para producir una experiencia colectiva está limitada por el régimen de acceso y propiedad. La operación tipológica adquiere así un alcance preciso: West 57 recupera una forma de organización espacial asociada históricamente con la vivienda colectiva europea, pero la inserta en el régimen residencial privado de la torre contemporánea de Manhattan. El resultado no elimina esa contradicción, sino que la incorpora como parte de las condiciones concretas bajo las cuales funciona el proyecto.




Una matriz para analizar tipo, operación, experiencia e imagen
El interés de West 57 no reside únicamente en la configuración resultante, sino en la posibilidad de reconstruir la cadena mediante la cual una condición urbana se transforma en variable, la variable en operación diagramática, la operación en configuración espacial y esta, finalmente, en experiencia e imagen reconocible. La secuencia desarrollada a lo largo del análisis puede formularse como una matriz de lectura aplicable a otros proyectos contemporáneos en los que la forma arquitectónica se presenta como resultado de procesos analíticos y transformaciones sucesivas:
| Nivel | Pregunta que organiza el análisis |
| 1. Tipo | ¿Qué estructuras tipológicas preexistentes reconoce el proyecto? |
| 2. Condición | ¿Qué variables urbanas, ambientales y programáticas intervienen? |
| 3. Operación | ¿Qué transformaciones diagramáticas —desplazamiento, inclinación, elevación, deformación o superposición— se aplican al repertorio? |
| 4. Configuración | ¿Cómo modifican esas operaciones la planta, la sección, el volumen y la fachada? |
| 5. Experiencia | ¿Cómo se transforma la relación entre espacio, cuerpo, luz, vistas y recorrido? |
| 6. Imagen | ¿Qué características convierten la configuración en una figura reconocible? |
| 7. Comunicación | ¿Cómo se representa y transmite el proyecto ante públicos especializados y no especializados? |
Estos siete niveles pueden reconstruirse, en principio, a partir de la arquitectura construida y de la documentación disponible sobre el proyecto. El mercado requiere una consideración diferente. La relación entre legibilidad arquitectónica, valor inmobiliario o competencia internacional por encargos no constituye un octavo nivel equivalente, porque su comprobación exige fuentes específicas: información comercial, estudios de mercado, datos de venta o documentación de los promotores. Por ello, resulta más preciso entender el mercado como una dimensión transversal relacionada con las condiciones de producción, circulación y recepción del proyecto. Su presencia puede plantearse como hipótesis interpretativa, pero no demostrarse mediante los mismos procedimientos empleados para analizar la forma arquitectónica.
La matriz tampoco plantea que los proyectos contemporáneos deban seguir un procedimiento uniforme. Su utilidad consiste en proporcionar una secuencia crítica mediante la cual reconstruir, en cada caso, las relaciones entre tipo, condición, operación, configuración, experiencia, imagen y comunicación. El método puede aplicarse a proyectos de OMA, MVRDV, SANAA o Herzog & de Meuron, así como a edificios culturales, conjuntos residenciales o intervenciones urbanas. Tampoco requiere que la obra persiga deliberadamente una condición icónica. El criterio de transferencia reside en la posibilidad de identificar relaciones verificables entre un repertorio previo, determinadas condiciones, operaciones proyectuales y una configuración arquitectónica resultante.
West 57: tipo, diagrama y experiencia arquitectónica
El análisis de West 57 permite identificar en la práctica de BIG una articulación específica entre la tradición tipológica y los recursos analíticos y comunicativos del diagrama contemporáneo. El edificio no parte de una forma desvinculada de antecedentes disciplinares, sino de la combinación de dos estructuras organizativas consolidadas: el bloque perimetral con patio y la torre sobre podio. Su transformación se produce mediante operaciones relacionadas con las condiciones del sitio, el programa, el asoleamiento, las vistas y la configuración del tejido urbano. El resultado es una forma reconocible cuya unidad visual no elimina las relaciones tipológicas que la sustentan.
Esta operación puede situarse en continuidad con la reflexión sobre el tipo desarrollada por Rossi, Moneo, Colquhoun y Martí Arís, y con las aproximaciones al diagrama examinadas por Vidler, Allen, Eisenman y Somol. La particularidad de West 57 reside en la convergencia de ambas dimensiones dentro de un mismo proceso: el repertorio tipológico proporciona relaciones iniciales; el diagrama permite transformarlas; la configuración arquitectónica materializa esas operaciones; y la representación gráfica y visual hace posible comunicarlas. La experiencia residencial introduce, sin embargo, una instancia adicional de comprobación. El edificio construido no reproduce de manera transparente la lógica de sus diagramas, sino que incorpora condiciones de uso, percepción, privacidad, exposición y apropiación que pueden coincidir con esa lógica o generar tensiones respecto de ella.
La relevancia de West 57 para la cultura arquitectónica contemporánea reside, por tanto, en su capacidad para hacer visible este proceso. Su interés no consiste en ofrecer una forma reproducible, sino en mostrar cómo un repertorio tipológico puede convertirse en materia de operaciones diagramáticas y cómo esas operaciones repercuten simultáneamente sobre la configuración espacial, la experiencia arquitectónica y la construcción de una imagen reconocible. El proyecto puede leerse así como un caso en el que el tipo proporciona las relaciones de partida, el diagrama organiza su transformación, la arquitectura construida somete esas operaciones a las condiciones concretas del habitar y la imagen comunica una síntesis parcial del proceso.
Desde esta perspectiva, West 57 no constituye únicamente un ejercicio de composición morfológica. También permite observar una transformación en la manera de producir, explicar y recibir arquitectura: la forma puede surgir de un conjunto de relaciones tipológicas y condiciones específicas, transformarse mediante operaciones diagramáticas y adquirir posteriormente una dimensión comunicativa que participa de su recepción pública. La experiencia arquitectónica introduce el límite de esta cadena, porque aquello que el diagrama puede explicar no coincide necesariamente con aquello que el edificio produce al ser recorrido, habitado y observado. Precisamente en esa diferencia entre procedimiento, representación y experiencia se encuentra una de las principales posibilidades críticas del caso.
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