Muerte de Le Corbusier, un documento de prensa

Por Marcelo Gardinetti

mayo de 2012

En los últimos 45 años, a partir de la muerte de Le Corbusier, mucho se ha escrito sobre su vida y su vastísima obra. Sin embargo, resulta sumamente interesante este documento, transcripción del diario La Vanguardia de Barcelona en la edición del día posterior a la muerte del maestro, que muestra la dimension de su obra al momento de su muerte.

La vanguardia, 28 de agosto de 1965.

LE CORBUSIER: EL ARQUITECTO MÁS FAMOSO DE LOS TIEMPOS MODERNOS

La obra que le valio su consagración mundial fue La Ciudad Radiante de Marsella. Renovador inspirado.

El famoso arquitecto ha sido sorprendido por la muerte cuando se bañaba en pleno disfrute de todas sus facultades y aureolado por el reconocimiento universal. Si durante muchos años tuvo que luchar contra resistencias e incomprensiones, también desde el primer momento tuvo a su lado quien le acompañó en sus entusiasmos y afanes. Paulatinamente, sus ideas ganaron prestigio y cada día fue más anchuroso el ruedo de sus admiradores. La obra que le valió un crédito mundial fue el bloque de viviendas que construyó en Marsella, titulado «La ciudad radiante», en el que puso en práctica un concepto completa-mente nuevo en los edificios para viviendas. Proyectó y supervisó la nueva capital del Punjab, en la India. Fue uno de los cinco arquitectos encargados de la edificación de la sede de la Unesco, en París. Fue llamado, asimismo, para preparar planes arquitectónicos sobre las ciudades de Bue-nos Aires, Estocolmo, Amberes, Argel, Bogotá, etcétera. Era, igualmente, consejero de urbanismo de varios gobiernos de Europa, Asia, África y América. En 1931 fue invitado por el Gobierno ruso para hacer un informe urbanístico para Moscú. De su taller de París salieron planes y proyectas que le eran encargados para su ejecución con destino a los más distintos lugares y finalidades. Entre ellos, un pabellón para la Feria de París, en 1925; un ministerio en Moscú; apartamentos en Ginebra; casas en Chile. Colombia y Francia. En Francia, particularmente, se edificaron varias de sus «ciudades radiantes», al estilo de la de Marsella, la mayor par-te en el sur del país. Las realizaciones de Le Corbusier en Sudamérica incluyen la Ciudad Universitaria de Río de Janeiro y un plan de urbanización en Bogotá. Era miembro de la delegación francesa que participó en la construcción del edificio de la O.N.U. en Nueva York.

SU OBRA

La obra de Le Corbusier como arquitecto, no tan sólo renovó con su lectura la arquitectura toda de nuestra época, sino también sus ideas como pintor, pues fue pintor también, ejercieron un grandísimo influjo sobre la pintura contemporánea  —desde luego mucho más que su obra—.  Aportó a la teorización de arte la concepción según la cual el cuadro tiene que someterse absolutamente al marco arquitectural que lo envuelve. El y Ozenfant fundaron en 1920 la revista «L’esprit nouveau», que se mantuvo durante cinco años. La inspiración que movía este «nuevo espíritu» que daba título a la revista, puede definirse perfectamente como una entusiástica aspiración a incorporar todas las actividades humanas, desde las artes y las letras y desde la filosofía a las ciencias prácticas, en todas sus manifestaciones, al espíritu de síntesis y de rigurosa construcción exigido por los nuevos tiempos —los de después de la guerra de 1914- 1918—, que tantas cosas había liquidado y al que igual debían someterse un cuadro, un edificio, una poesía queun viaducto o un automóvil. Alrededor de Jeanneret (que no había adoptado aún su seudónimo de Le Corbusier) y Ozenfant, se agruparon para colaborar en su publicación, que obtuvo un alcance que todavía perdura, gentes cómo Louis Aragón, Raymond Aron, André Bretón, Blaise Cendrars, Jean Cocteau, Paul Eluard, Charles Henry, Jean Pauhan, Mauríce Raynal, Max Jacob, Jean Epstein, Cario Carra, Darius Milhaud, Eric Satie, Tristan Tzara, etcétera.

TRAYECTORIA PICTÓRICA

Le Corbusier había empezado, al principiar el siglo, sus estudios de grabados en la Escuela de Bellas Artes de su ciudad natal, donde su maestro le estimuló para el estudio de la arquitectura, que inició en 1905. Asistió, igualmente, a estudiar Bellas Artes en la Sorbona y en el Conservatorio de Artes y Oficios, pero por poco tiempo, y en 1910 y 1911, trasladado a Berlín, estudió allí con Peter Behrens. Su dedicación a la arquitectura no le hizo dejar de lado, ni mucho menos, su adhesión a la pintura, en la que continuó, como siguió haciendo toda su vida. Aunque más o menos influido por el cubismo, entonces, en pleno auge, el cual hubo de producir en él fuerte impresión, no se hizo su seguidor y, sí, como queda anotado, quiso crear otro nuevo sentido pictórico basado en el cálculo y la geometría, que pro-pugnó en la mencionada revista, de acuerdo con las ideas lanzadas por él y Ozenfant en un manifiesto del mismo 1918, titulado «Después del cubismo». Este nuevo sentido pictórico tenía que venir a salvar al cubismo de la descomposición decorativista a que estaba abocado. Por aquellos tiempos Jeanneret firmaba aún sus pinturas con su propio nombre Con respecto a !a pintura, a pesar de su afán por la pureza constructiva, por lo que su escuela fue llamada «purista», rechazaba toda su-misión al formulismo y, con todo e introducir en su obra el rigor de los números, no negaba en manera alguna la poesía que debe animarla. «La poesía no tiene fórmula, actitud ni aspecto inmutable. Frente a circunstancias siempre variables, a premisas siempre diferentes, en cada momento es una palabra nueva Imprevista. Tal es el inaprensible móvil de nuestras generaciones.»

En su pintura apelo siempre a los «esquemas reguladores»,  a las constantes siempre gobernadoras del arte, en sus máximas manifestaciones, pero continuamente aspiró a dotar sus realizaciones pie un resquicio por el que pudiera filtrar aquel lirismo que en- tendía como imprescindible para la excelencia de la obra. Después de haberse entregado durante largos años al bodegón, lo que parecía solicitarle en mayor grado aquel puro constructivismo, por allá 1930 introdujo muy a menudo en sus composiciones la fi-gura humana. Sin embargo su antigua filiación, ya no cubista, ni tampoco purista, por las razones antedichas, se movió siempre dentro de la órbita de aquéllos, si bien en esquemas mucho más dinámicos y de extrema audacia en su composicionismo. En este sentido trabajó mucho y se especializó en la pintura mural, como también realizó cartones para la tapicería de Aubusson, buscando en toda su obra escapar del frío cálculo matemático para dejar transpirar a través de la exigencia constructiva la palpitación humana.

BREVE BIOGRAFÍA DEL GRAN ARTISTA  

El que sin duda es el arquitecto más famoso de los tiempos modernos no era francés de origen, sino suizo. Ni tampoco se llamaba Le Corbusier. Su nombre era Charles Edouard Jeanneret y había nacido en la ciudad helvética de La Chaux de Fonds, en 1887. Los primeros años de su vida Ios pasó en su país natal. Allí estudió y trabajó. Pero cuando tenía 3o años la abandonó definitivamente. Las autoridades locales habían manifestado su desaprobación rotunda a un cine proyectado por él, después de construir una serie de hotelitos de trazado revolucionario. Entonces se trasladó a París, donde siguió estudiando y, en 1929, adquirió la nacionalidad francesa. Para entonces había definido ya en una serie de trabajos las ideas fundamentales de su estilo. «Corbu», como le llamaban sus admiradores, defendía la necesidad de reducirla composición de los edificios a las más elementales formas geométricas, ideas defendidas, también, por él en varios libros publicados por aquellos años. Al año siguiente de convertirse en ciudadano francés, contrajo matrimonio con Yvonne Gallis, nacida en Mónaco. Su esposa, que falleció en 1957, no siempre aceptaba las ideas de su famoso marido. En alguna ocasión se había quejado de las ventanas de cristal de su piso de la capital francesa. «Toda esta luz me va a volver loca», decía. En los primeros años de su trabajo Le Corbusier diseñó una serie de planes urbanísticos para París y otras seis ciudades.  Estos planes jamás fueron llevados a la práctica. Pero las ideas fundamentales que los presidían —grandes edificios para oficinas, espacios libres, calles a distinto nivel— han servido de inspiración para los urbanistas de la época actual. Su proyecto más famoso y discutido fue, sin duda, la «Ciudad radiante», de Marsella, defendida en un libro que lleva este mismo título. La controversia sobre los audaces proyectos de Le Corbusier no tenía fin.

En los últimos años de su vida había conseguido una fortuna y era famoso en todo el mundo. Pero su estudio seguía estando en el mismo lugar de la rué de Sévres, de París, donde lo instaló hace treinta y ocho años. Desde la muerte de su esposa vivía solitario y un tanto retirado. Le Corbusier —que era pintor y escultor, además de arquitecto— ha estado trabajando en sus proyectas hasta el último momento de su vida. Antes de ir a la playa para el baño fatal había trabajado en un proyecto de un nuevo hospital que se levantaría en la plaza de San Marcos de Venecia.

 «Una casa es una máquina para vivir» decía Le Corbusier. Sus ideas tuvieron admiradores y detractores. Pero su genio en el campo de la arquitectura no hay ya quien lo discuta.

EL GENIAL FRANCÉS TRIUNFO Y FRACASO

Le Corbusier ha sido uno de los grandes fenómenos de los años veinte. La aparición de su libro «Vers une Architecture» revistió caracteres de trascendental acontecimiento. Le Corbusier alinea entre los aventureros del pensamiento de la postguerra, con Picasso, Spengler, Worringer, Heidegger, Gide, Bertrand Rusell, Enrich Mendelssohn, Ortega, Strawinski, Matisse, Kafka, Charlot, Joyce… De le Corbusier se dijo que sus casas tenían la virtud de ser atravesadas por el paisaje, cosa que jamás había sucedido. Y, sin embargo, el arquitecto, tras sus primeros triunfos arrolladores, hubo de conocer la amargura de los fracasos, para reaparecer de nuevo en una apoteosis gloriosa.

El triunfo y la derrota de Le Corbusier no es un producto de un tiempo qué quema los prestigios y las famas pasajeras. En el caso Le Corbusier se suscita, como tantas veces en la historia del arte, y siempre en el terreno de la arquitectura, el problema de la coexistencia más o menos pacifica entre normas periclitadas y estériles y otras en luminoso amanecer. Así coexistió durante más de tres decenios la nueva arquitectura —que incluso se llamó socialista y fascista— con las monótonas construcciones tradicionales, bien modernistas, bien en estilizaciones siempre falsas de los viejos estilos marchitos. Pero el genial francés no conoció el desaliento y su obra tildada de subversiva por los reaccionarios surgió teñida de fervores clasicistas. Le Corbusier empareja con Bramante, Herrera, Bernini o Churriguera. Lo que sucedió con el alarife revolucionario es que sus concepciones no pudieron seguir en continuidad al provocarse la guerra mundial, que desvió a los jóvenes hacia las praderas de nacionalismo arquitectural, pero, vencida esta etapa, sus concepciones vuelven a campar y se enfrentan, por extraña paradoja, con la arquitectura ingenieril, condenada ya a prisión en las cárceles de la ineficacia. Lo más curioso de Le Corbusier, atalayada su obra desde una relativa leja- nía, consiste en que su obra ya no se nos antoja nueva, y acaso esa ello resida su palpito de perpetuidad. La arquitectura nunca es un arte de vanguardia, sino de retaguardia, es decir, que camina perpetuamente a remolque de las convulsiones sociales, de las guerras y las revoluciones. Por eso Le Corbusier simboliza la inquietud constructiva nacida de los escombros de la formidable con- tienda de 1911 a 1918.

El arquitecto que acaba de morir ha sido en los años de entreguerras Un fabuloso enterrador de conceptos, de formas, ele masas, de ornatos… Fue un triunfador y un fracasado más o menos oficial. Recordemos a propósito de ello el palacio de la Sociedad de Naciones, en estilo dieciochesco que tan feliz hizo a los conservadores al presenciar cómo el proyecto de Le Corbusier era postergado por demasiado audaz. Pero el creador de la arquitectura racional hubo de decir en aquel trance unas palabras profundas: «El Pala- cio de las Naciones no es ya, como se pretendía, una máquina de trabajo, sino un mausoleo representativo de todo lo terriblemente inútil e incapaz de evolucionar que representa una Academia». Le Corbusier, si conserva su primigenia prestancia, lo debe simplemente al hecho de no haber construido jamás un mausoleo. — A. R.

Fuente: Hemeroteca Diario La Vanguardia de Barcelona

Fotografia de portada: Agencia Europa Press, publicado en La Vanguardia.

TECNNE, mayo de 2012

Portal de Arquitectura, Urbanismo, Arte y Diseño


Escrito en: Escritos
Autor: Marcelo Gardinetti
Tags: , , ,

Los artículos de TECNNE se encuentran bajo la licencia Creative Comons | The articles of TECNNE are found under license Creative Comons