Arquitectura y cultura

Por Marcelo Gardinetti

Noviembre de 2013

Giulio Carlo Argan, 1980

Entre arquitectura y cultura no existe una relación diferencial; el problema se refiere sólo a la función y al funcionamiento de la arquitectura en el interior del sistema. Por definición es arquitectura todo lo que concierne a la construcción y es con las técnicas de la construcción que se instituye y organiza en su ser y en su devenir, esa entidad social y política que es la ciudad. La arquitectura no sólo le da cuerpo y estructura sino que la vuelve significante con el simbolismo implícito en sus formas; así como la pintura es figurativa, la arquitectura es representativa por excelencia. En la ciudad todos los edificios, sin excluir a ninguno, son representativos y con frecuencia representan las malformaciones, las contradicciones, las vergüenzas de la comunidad. Es el caso de las montañas de basura edilicia que la especulación incontrolada ha acumulado en las ciudades y de las que se dice con demasiada frecuencia que no son arquitectura, aunque los son, y representativa de una desdichada realidad social y política.

En el interior del sistema cultural urbano la arquitectura tiene una figura, como disciplina, compleja y no muy diferente de aquella de la lengua; es una disciplina autónoma pero al mismo tiempo, constitutiva y expresiva de todo el sistema. También por esto, si se quiere dar de la arquitectura una definición vinculada a las cosas que hace y de las que se ocupa, hay que decir que es lo mismo que la ciudad, de modo que todo lo que no funciona en la ciudad refleja, en definitiva, los defectos de la cultura arquitectónica o descubre su incapacidad para cumplir sus tareas institucionales. Sin hablar, por otra parte, de los arquitectos que, poniéndose al servicio de la especulación, traicionan la ética no sólo de la disciplina sino de la profesión.

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En su confrontación con la ciudad la arquitectura siempre ha tenido tareas de gestión; una y otra vez ha determinado su estructura y su figura. La ciudad “ideal”, nacida de la presunta omnipotencia de un príncipe, es una ficción antes política que arquitectónica; ninguna ciudad nació nunca de la invención de un genio, ya que es el producto de toda una historia que se cristaliza y se manifiesta. Lo que interesa no es tanto su fundación, generalmente legendaria, como su desarrollo, o sea sus cambios en el tiempo. Estos cambios no obedecen a leyes evolutivas sino que son la consecuencia de una oposición entre voluntades innovadoras y tendencias conservadoras; una de las contradicciones de nuestro tiempo está en el hecho de que las fuerzas políticas progresistas tienden a conservar y las fuerzas políticas conservadoras a destruir el tejido histórico de las ciudades.

De cualquier modo, la organicidad del sistema urbano es dada en todos los casos por la historia, también cuando la ciudad nació hace poco y tiene una historia breve. De hecho, la idea que tenemos de la ciudad y que no se ha modificado por el momento, es la de un acumulo cultural que da al núcleo la capacidad de organizar una zona más o menos extensa de territorio. Sin estos puntos de concentración e irradiación cultural no es concebible, en la actualidad, ninguna forma de organización del ambiente.

Desde la más remota antigüedad la ciudad se configuró como un sistema de información y comunicación con una función cultural y educativa; los viajes de Telémaco por el Egeo demuestran que, ya en tiempos de Homero, la cultura era considerada sobre todo como conocimiento de la ciudad. Los monumentos urbanos tenían una función no sólo conmemorativa sino didáctica; comunicaban la historia de la ciudad, pero la comunicaban en una perspectiva ideológica, o sea con vistas a un desarrollo coherente con las premisas dadas.

La ciudad moderna tampoco es sólo un sistema de información y comunicación; se integra en una cultura reducida o en vías de reducirse a ser solamente un sistema de información y comunicación. El proceso que está teniendo lugar es el de la transformación estructural de la cultura de clase en cultura de masas, o sea una cultura cuya mayor estructura es, justamente, la información. Las preguntas que nos planteamos, entonces, son las siguientes: ¿existirá, cómo será una arquitectura de masas? ¿Es conciliable la cultura de masas, reducida a circuito de información, con la historicidad constitucional de la ciudad? Y en otro plano, ¿es posible un tránsito que no sea traumático ni destructivo del sistema de la historia al de la información?

Pero en primer lugar: ¿se quiere o no se quiere conservar a la ciudad como institución, o sea como modelo de agregación social alrededor de un núcleo cultural? Por un lado existe la unánime condena de la megalópolis, confirmada por los mayores exponentes de la arquitectura de nuestro siglo; existe el Buchanam Report que demuestra científicamente que el dinamismo de la ciudad industrial no puede ser contenido por las estructuras de las ciudades preindustriales y, con mayor razón, por las más antiguas; existe finalmente la irritante experiencia cotidiana del tránsito motorizado, que fuerza y con frecuencia termina por romper la red de comunicaciones urbanas. Pero, por otro lado, existe la idea de que las instituciones urbanas son insustituibles en las actuales condiciones culturales (…) En las condiciones presentes parece absolutamente seguro que la institución-ciudad está destinada a sobrevivir, que para sobrevivir tendrá que reformarse y que la reforma la hará la arquitectura, siempre que logre imponer su propia ética y la lógica propia de su disciplina a los grupos que, de hecho, detentan el poder de decidir la suerte de la ciudad. Es necesario, entonces, que se termine de considerar a la arquitectura como una de las “bellas artes” y se reconozca que es la primera de las técnicas urbanas, a la que corresponde la total responsabilidad de la gestión de la ciudad y sus transformaciones.

Es cierto que la historia de la arquitectura moderna no es solamente la historia de su ignominiosa reducción a técnica de explotación. Hay muchos arquitectos que han dado instrucciones precisas para la utilización racional de los espacios urbanos y han proyectado y –a veces- construido edificios que constituyen verdaderos modelos; también la arquitectura moderna tiene sus obras maestras, aunque se trate de lugares de trabajo o de viviendas económicas y no de monumentos. Los grandes arquitectos han sido poco escuchados, pero es indudable que no han propuesto la conservación en vez del desarrollo sino que han propuesto diversos modos y tipos de desarrollo. Lo que los volvió impopulares y, durante el fascismo y el nazismo, los expuso hasta a la persecución política fue la lógica elemental gracias a la cual afirmaban que las viviendas de los trabajadores debían hacerse para los trabajadores y no para el provecho de los propietarios de los terrenos y los empresarios. Ellos también sabían que la ciudad es un sistema de información y comunicación y que la cultura moderna no es más que un sistema más amplio pero homogéneo de información y comunicación. Ellos, con todo, no se preguntaron si el advenimiento de una cultura de masas implicaba necesariamente la revocación de la autonomía individual y la renuncia a cualquier capacidad de reflexión y decisión. En otros términos, esos maestros se proponían afrontar y resolver una crisis de la que muchos otros querían aprovecharse, empeorándola.

Los arquitectos que trabajaron entre las dos guerras –se trate de Le Corbusier o de Wright, de Gropius, de Mies van der Rohe o de Aalto- eran conscientes de que aún estaban ligados ideológicamente a las premisas filosóficas del Iluminismo y de la revolución francesa y se esforzaron lealmente por profundizar el proceso apenas iniciado e inmediatamente reprimido de secularización de la cultura y, por tanto, también de la arquitectura.

Contestaban el mito o la metafísica del arquitecto demiurgo que repetía el acto creador de Dios para que sirviera de modelo a los mortales en la prosecución de la obra creadora; declinaron la misión pantocrática de imponer a la vida de los hombres el orden y la armonía de lo divino; comprendieron que como laicos de la cultura debían hacer tabla rasa no sólo de una larga tradición sino del lenguaje formal con el que se revelaba y comunicaba aquel mensaje sobrenatural. Se daban cuenta de que, libres de la obligación de uniformar la arquitectura con las leyes de la gravedad, libres también de lo que había parecido la relación inmutable entre materia y forma, la dimensión del espacio no tenía más límite que el de una técnica en rápido y valeroso progreso.

Ya no podían seguir subordinando su trabajo, que querían de comprometida investigación, a ningún principio de autoridad, y el principio de autoridad inderogable y constante de la arquitectura era el clasicismo con su morfología condicionada por el traslado de las leyes cósmicas de la gravedad de los cuerpos a la estática de la arquitectura. Finalmente la arquitectura moderna se liberaba de la representación, como la pintura de los mismos años se iba liberando de la figuración.

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Publicado originalmente en: “Argan Giulio Carlo, Historia del Arte como Historia de la Ciudad, Editorial Laia, Barcelona 1984.

Fotografía: ©giuliocarloargan.org

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Publicado en TECNNE ©Marcelo Gardinetti

Cite: Argan Giulio Carlo, Arquitectura y Cultura ; Tecnne”

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