La lección de Roma

La lección de Roma, Le Corbusier

Por Marcelo Gardinetti

Fotografía: ©FLC/ADAGP

Julio de 2013

LA LECCION DE ROMA

La arquitectura tiene que establecer, con materias primas, relaciones conmovedoras.

La arquitectura está más allá de las cosas utilitarias.

La arquitectura es plástica.

Espíritu de orden, unidad de intención.

El sentido de las relaciones; la arquitectura rige les cantidades.

La pasión hace un drama de las piedras inertes.

Se utiliza la piedra, la madera, el cemento, y con estos materiales se levantan casas, palacios: esto es construcción. El ingenio trabaja.

Pero, de pronto, me conmovéis, me hacéis bien, soy dichoso y digo: es bello. Esto es arquitectura.

El arte está aquí.

Mi casa es práctica. Gracias, como doy las gracias a los ingenieros de los ferrocarriles y a la Compañía de Teléfonos. Pero no han conmovido mi corazón.

Sin embargo las paredes se elevan al cielo en un orden tal que estoy conmovido. Siento vuestras intenciones. Sois dulces, brutales, encantadores o dignos. Me lo dicen vuestras piedras. Me unís a este lugar y mis ojos miran. Mis ojos miran cualquier cosa que enuncia un pensamiento. Un pensamiento, que se ilumina sin palabras ni sonidos, sino únicamente por los prismas relacionados entre sí. Estos prismas son tales que la luz los detalla claramente. Esas relaciones no tienen nada necesariamente práctico o descriptivo. Son una creación matemática dé vuestro espíritu. Son el idioma de la arquitectura. Con las materias primas, mediante un programa más o menos utilitario que habéis superado, habéis establecido relaciones que me han conmovido. Esto es arquitectura.

Roma es un paisaje pintoresco. Allí la luz es tan bella que lo excusa todo. Roma es un bazar donde todo se vende. Allí están todos los utensilios de la vida de un pueblo: el juguete de la infancia, las armas del guerrero, los paños de Los altares, los bidets de los Borgia, y los penachos de los aventureros. En Roma, las fealdades son legión.

Si se evoca a Grecia, uno piensa que los romanos tenían mal gusto: el romano-romano, Julio III y Víctor Manuel.

La Roma antigua se aplastaba entre sus muros demasiado estrechos: una ciudad hacinada no es bella. La Roma del Renacimiento tuvo sus salidas pomposas diseminadas por los cuatro rincones de la ciudad. La Roma de Victor Manuel colecciona, clasifica, conserva, e instala su vida moderna en los corredores de ese museo y se proclama “romana” por el monumento conmemorativo a Víctor Manuel I, en el centro de la ciudad, entre el Capitolio y el Foro… ¡ Cuarenta años de trabajo, desproporcionadamente grande, y en mármol blanco!

Decididamente, en Roma se amontona todo.

I   La Roma Antigua

Roma se dedicó a conquistar y gobernar el mundo. Estrategia, abastecimiento, legislación: espíritu de orden. Para administrar una gran casa de negocios, se adoptan principios fundamentales, irrecusables, sencillos. El orden romano es un orden sencillo, categórico. Si es brutal, tanto peor.

Tenían inmensos deseos de dominio, de organización. En Roma la arquitectura no tenía lugar, los muros apretaban demasiado, las casas tenían diez pisos: eran los antiguos rascacielos. El Foro debía ser feo, algo así como el baratillo de la santa ciudad de Delfos. ¿Urbanismo, grandes trazados? Nada de eso. Es necesario ir a ver Pompeya, que emociona por su rectitud. Conquistaron Grecia y, como buenos bárbaros, hallaron el corintio más hermoso que el dórico, por ser más florido. Había, pues, capiteles de acanto, cornisas decoradas sin gran medida, ¡ ni gusto!

Pero debajo de ello, había algo romano que vamos a ver. En suma, construían chasis soberbios, pero diseñaban carrocerías deplorables como los landós de Luis XLV. Fuera de Roma, al aire libre, construyeron la Villa Adriana. Allí se medita acerca de la grandeza romana. Allí pusieron orden. Es la primera ordenación occidental de importancia. Si evocamos a Grecia en este aspecto, decimos: “el griego era un escultor, y nada más”. Pero, atención, la arquitectura es algo más que ordenación. La ordenación es una de las prerrogativas fundamentales de la arquitectura. Pasearse por la Villa Adriana y decirse que la potencia moderna que es “romanas’, aún no ha hecho nada… ¡ Qué tormento para un hombre que se siente partícipe, cómplice, de este fracaso decepcionante!

No existía el problema de las regiones devastadas, sino el de equipar las regiones conquistadas; eso era todo. Entonces inventaron procedimientos constructivos e hicieron cosas impresionantes, “romanas”. La palabra tiene un sentido. Unidad de procedimiento, fuerza de intención, clasificación de los elementos. Las cúpulas inmensas, los tambores que las sostienen. las imponentes bóvedas de medio punto, todo ello está aglutinado por el cemento romano y sigue siendo objeto de admiración. Fueron grandes constructores.

La fuerza de intención, la clasificación de los elementos, es prueba de un cambio de espíritu: estrategia, legislación. La arquitectura es sensible a estas intenciones, produce. La luz acaricia las formas puras: esto produce. Los volúmenes simples desarrollan inmensas superficies que se enuncian con una variedad característica según se trate de cúpulas, bóvedas, cilindros, prismas rectangulares o pirámides. La decoración de las superficies (vanos) pertenece al mismo grupo geométrico. El Panteón, el Coliseo, los acueductos, la pirámide de Cestio, los arcos de triunfo, la basílica de Constantino, las termas de Caracalla.

Nada de charlatanería; ordenación, idea única, audacia y unidad de construcción, empleo de los prismas rectangulares. Sana moralidad.

Conservemos, de los romanos, el ladrillo, el cemento romano, la piedra de travertino, y vendamos a los millonarios el mármol romano. Los romanos no sabían nada acerca del mármol.

II   La Roma Bizantina

Nuevo impacto de Grecia, a través de Bizancio. Esta vez no es la admiración de un primitivo ante la complicación florida del acanto: descendientes de griegos, vienen a construir Santa Maria in Cosmedin. Una Grecia muy alejada de Fidias, pero que ha conservado la estirpe, es decir, el sentido de la proporción, las matemáticas, gracias a las cuales se hace accesible la perfección.

Esta iglesia de Santa Maria, iglesia de gentes humildes, proclama, en la Roma de un lujo ostentoso, el fasto insigne de la matemática, la potencia invencible de la proporción, la elocuencia soberana de las relaciones. El proyecto es una basílica, es decir esa forma de arquitectura con la cual se hacen los graneros, los galpones. Los muros están enjabelgados con cal. Hay un solo color, el blanco; fuerza segura, puesto que es el absoluto. Esta iglesia minúscula paraliza de respeto. “oh!“, exclaman los que vienen de San Pedro, del Palatino o del Coliseo. Los sensuales del arte, los animalistas del arte, quedarán molestos ante Santa Maria in Cosmedin. ¡Decir que esta iglesia estaba en Roma cuando cundía el Gran Renacimiento con sus palacios llenos de dorados y de horrores!

La Grecia de Bizancio, pura creación del espíritu. La arquitectura es sólo ordenamiento, bellos prismas bajo la luz. Es algo que nos fascina, es la medida. Medir. Repartir en cantidades ritmadas, animadas de un soplo igual. Hacer pasar por todas partes la relación unitaria y sutil, equilibrar, resolver la ecuación. Porque, si la expresión choca cuando se habla de pintura, conviene a la arquitectura que no se ocupa de ninguna figuración, de ningún elemento relativo al rostro del hombre, a la arquitectura que preside las cantidades. Esas cantidades forman un conglomerado de materiales al pie de la obra: medidas, colocadas en la ecuación, constituyen los ritmos, hablan de cifras, hablan de relaciones, hablan de espíritu.

En el silencio de equilibrio de Santa María in Cosmedin, se eleva la rampa oblicua de un púlpito, se inclina el libro de piedra de un facistol en una conjugación silenciosa que es como un gesto de asentimiento. Estas dos modestas oblicuas que se conjugan en el engranaje perfecto de una mecánica espiritual, constituyen la belleza pura y simple de la arquitectura.

III   Miguel Ángel

La inteligencia y la pasión. No hay arte sin emoción, ni emoción sin pasión. Las piedras son inertes, duermen en las canteras, y los ábsides de San Pedro constituyen un drama. El drama está en torno de las obras decisivas de la humanidad. Drama-arquitectura igual a hombre del universo y dentro del universo. El Partenón es patético, las pirámides de Egipto, en un tiempo de granito pulido y brillante como el acero, eran patéticas. Emitidos, tempestades, brisas suaves en la llanura o el mar, levantar cordilleras con los guijarros que constituyen los muros de la casa de un hombre, lograr relaciones concertadas.

A tal hombre, tal drama, tal arquitectura. No se debe afirmar con demasiada certidumbre que las masas producen su hombre. Un hombre es un fenómeno excepcional que se reproduce a través de largas etapas, por quizás, quizás siguiendo la frecuencia de una cosmografía aún difícil de determinar.

Miguel Ángel es el hombre de nuestros últimos mil años, como Fidias lo fue del milenio anterior. El Renacimiento no hizo a Miguel Ángel hizo diversos hombres de talento..

La obra de Miguel Ángel es una creación, no un renacimiento. Es una creación que domina las épocas clásicas. Los ábsides de San Pedro son de estilo corintio. ¡Imaginaos! Contempla ellos y pensad en la Magdalena. El vio el Coliseo y retuvo sus felices medidas. Las Termas de Caracalla y la Basílica de Constantino le mostraron los límites que convenía superar mediante una intención elevada.

Desde entonces tenemos las rotondas, los huecos, los paneles costados, el tambor de la cúpula, el pórtico hipóstilo, la geometría gigantesca en relaciones concordantes. Luego recomienzan los ritmos por los estilóbatos, las pilastras, los entablamentos de perfiles totalmente nuevos. Luego las ventanas y los nichos que reinician una vez más el ritmo. La masa total constituye una novedad emocionante en el diccionario de la arquitectura; conviene detenerse a reflexionar un momento ante este golpe de efecto después del Quintocento.

Finalmente debía aparecer el interior que habría sido el apogeo monumental de una Santa María in Cosmedin: la Capilla de los Médicis, en Florencia, muestra hasta qué punto fue realizada esta obra tan bien preestablecida. Ahora bien, los papas inconscientes y desconsiderados despidieron a Miguel Ángel; unos desgraciados han matado a San Pedro, por dentro y por fuera; el San Pedro actual se ha convertido torpemente en un cardenal muy rico y emprendedor, sin… todo. Pérdida inmensa. Era una pasión, una inteligencia fuera de lo normal, una afirmación; se ha convertido tristemente en un “quizás”, un “aparentemente”, un “es posible”, un “lo dudo”. Miserable fracaso.

Ya que este capitulo se titula Arquitectura, está permitido hablar en él de la pasión de un hombre.

IV   Roma y nosotros

Roma es un pintoresco bazar al aire libre. Tiene todos los horrores y el mal gusto del Renacimiento romano. Este Renacimiento lo juzgamos con nuestro gusto moderno, que nos separa de él por cuatro siglos de esfuerzo: el XVII, el XVIII, el XIX y el XX.

Tenemos la ventaja de este esfuerzo y juzgamos con dureza, pero con una clarividencia motivada. A Roma, dormida después de Miguel Ángel, le faltan estos cuatro siglos. Al poner de nuevo el pie en París, nos damos cuenta del calibre.

La lección de Roma es para los sabios para los que saben y pueden apreciar, los que pueden resistir, los que pueden controlar. Roma es la perdición de los que saben poco.

Llevar a Roma a los estudiantes de arquitectura es lisiarlos para toda la vida. El Gran Premio de Roma y la Villa Médicis son el cáncer de la arquitectura francesa.

Le Corbusier. Hacia una arquitectura, 1923©

Imágenes: ©FLC/ADAGP

TECNNE | Arquitectura y contextos

Escrito en: Biblioteca
Autor: Marcelo Gardinetti
Fotografía: ©FLC/ADAGP
Cite: "La lección de Roma, Le Corbusier; Tecnne"
Enlace corto: http://tecnne.com/?p=8578
Tags: , , , , , , ,

Los artículos de TECNNE se encuentran bajo la licencia Creative Comons | The articles of TECNNE are found under license Creative Comons